«Por el paisaje
gris de mi memoria, cruzan arrieros sin retorno, pastores
y alfareros olvidados, bardos ahogados en el miedo lacustre
de sus propias leyendas». Julio
Llamazares. Memoria de la nieve, 1982...
1. Moros, mudéjares,
moriscos
La historiografía
oficial denomina mudéjares a los musulmanes
que siguieron permaneciendo en su tierra después
de haber sido conquistada por los cristianos. Sin embargo,
esta denominación se refería sobre todo
a los musulmanes del Reino de Castilla, ya que en Aragón
se les llamaba moros y, en Valencia, moros o sarraïns
(sarracenos). De hecho, en aquellas localidades en las
que convivían con cristianos y/o judíos,
los barrios que habitaban se conocían como morerías.
Generalmente, los mudéjares establecieron pactos
con los nuevos dominadores cristianos quienes, en general,
les permitieron conservar sus pertenencias, religión,
costumbres y leyes. Sin embargo, tras algunos siglos
de convivencia más o menos pacífica, la
situación se fue deteriorando con el tiempo,
especialmente desde que los Reyes Católicos impulsaran
la idea de la unidad religiosa en todos sus territorios.
Así, mediante la pragmática del 14 de
febrero de 1502 obligaron al bautismo de los mudéjares
de Castilla, so pena de destierro. En Aragón,
la medida se retrasó hasta el 8 de diciembre
de 1525, reinando ya Carlos I.
Puestos en tal disyuntiva,
acudieron, sin apenas resistencia, a recibir las aguas
bautismales (Figura 1). A esa población conversa
se le pasó a denominar moriscos, palabra
derivada de moro. De hecho, a los moriscos aragoneses
se les siguió conociendo como moros hasta su
expulsión y el nombre ha mantenido un uso popular
hasta nuestros días. En aquella época
también se usaba con frecuencia el término
“cristiano nuevo” y, más
específicamente, “cristiano nuevo de
moro” para diferenciarlos de los judíos
conversos.
En cualquier caso,
los mudéjares y moriscos aragoneses habitaban
fundamentalmente las riberas del Ebro y los valles de
sus afluentes por la derecha (Huecha, Queiles, Jalón,
Huerva, Aguas, Martín, Guadalope y Matarraña).
También existían algunos núcleos
desde el Jiloca hasta Albarracín. Al norte del
Ebro existían algunos grupos concretados al oeste
y sur de Huesca y más al este, en los ríos
Vero y Cinca. La localidad más septentrional
con una aljama relevante era Naval (Conte, 2013a).

Figura 1. San Juan
de Ribera convierte a un grupo de moriscos. Pintura
de Francisco Domingo Marqués, 1864. Museo San
Pío V de Valencia. Fondos UCM.
En general, los monarcas
aragoneses dictaron leyes para proteger primero a mudéjares
y luego a moriscos ya que les interesaba económica
y demográficamente. El morisco estuvo reconocido
como un componente más de la estructura social
del reino, estando fuertemente integrado en la sociedad
aragonesa; salvo algunos sucesos esporádicos,
las relaciones entre las dos comunidades estuvieron
presididas por la tolerancia. Los moriscos aragoneses,
a diferencia de los de otros puntos de la península,
hablaban y vestían como los cristianos, de tal
manera que las Cortes de 1301 ordenaron que llevaran
un signo exterior para que pudieran ser distinguidos
de los cristianos: «porque
los moros de Aragón no van signados, antes van
a manera de cristianos, por la qual cosa muytos pecados
et scandalos se siguen et muytos no son conocidos por
moros».
El crecimiento de la población morisca fue mucho
más rápido que el de los “cristianos
viejos”. Según el censo de 1495 los
fuegos moriscos en Aragón eran 5.674 mientras
que en el momento de su expulsión (año
1609), se habían convertido en 14.190, con un
incremento del 150%. De hecho, el campesinado musulmán
mantuvo en muchos pueblos la economía agraria
merced a sus técnicas y experiencia. Además,
había toda una serie de oficios o profesiones,
igualmente esenciales para la economía medieval
(tintoreros, curtidores, herreros, alpargateros, borceguineros,
alfareros…), estrechamente asociadas con mudéjares
y moriscos. Entre ellas destacaban, las profesiones
de tipo (semi)nómada, como las de arriero (trajinero
o recovero), recadero o vendedor ambulante. En particular,
la arriería estuvo en manos moriscas en prácticamente
toda la Península Ibérica. Los arrieros
moriscos aprovisionaron a los habitantes de pueblos
y ciudades, independientemente de su religión,
y fueron una herramienta de cohesión entre los
moriscos de distintas localidades, como veremos más
adelante. Numerosos textos de la época y estudios
posteriores confirman esta primacía morisca en
el transporte de mercancías a lomos de caballería.
Así, según
García-Arenal (1987), los moriscos granadinos
constituyen en Castilla «un
grupo desarraigado (por más intentos que hace
el Estado por fijarlos), paupérrimo, mucho más
islamizado que la población morisca autóctona
castellana, y que crea toda serie de problemas. Se les
acusa (…) de subir los precios acaparando mercancías,
pues muchos de ellos se dedican al comercio y, sobre
todo, a la trajinería». En
el mismo sentido, las Actas del Consejo de Guadalajara,
del 29 de julio de 1598, recogen «que
en estos rreynos ay grandisima abundancia de moriscos
naturales del Reyno de Granada que a causa de no salir
del rreyno ni entrar en rrelixion an multiplicado y
ban creciendo en numero, y lo que es peor es que con
que an dado en ser tenderos, tratantes y corredores
y otros oficios de comercios y abastecimientos de las
ciudades y lugares, como allan en estas grangerías
y tratos mucha ganancia y poco trabajo an dejado la
labor y agricultura y se hacen ricos y poderosos...».
Aunque los moriscos
granadinos eran los que levantaban más suspicacias
entre los políticos cristianos del momento, los
moriscos castellanos se dedicaban en igual medida a
la arriería. Un memorial de 1606 indica que «los
moriscos por la mayor parte son cavadores, segadores,
pastores, hortelanos, correos de a pie, recueros, herreros,
y otros oficios de trabajo y ejercicio»
(Valencia, 1606). Sobre los moriscos extremeños
afirma que muchos de ellos se ocupaban en cosas de mercancía,
la mayor parte en oficios mecánicos, caldereros,
herreros, alpargateros, jaboneros, olleros y arrieros,
y que su trato común era la trajinería
y ser ordinarios de unas ciudades a otras.
De hecho, los cristianos
españoles del Siglo de Oro solían tener
un mal concepto de los dedicados a esta profesión,
dando por hecho que todos eran moriscos. Se puede comprobar
en las afirmaciones del cervantino Licenciado Vidriera,
cuando es increpado por un mozo de mulas, al cual contesta:
«Mozos
sois vosotros de la más ruin canalla que sustenta
la tierra... Todos los mozos de mulas tienen su punta
de rufianes, su punta de cacos y su es no es de truhanes...
Estos, y los carreteros y arrieros, tienen un modo de
vivir extraordinario y sólo para ellos: el carretero...
canta la mitad del tiempo y la otra mitad reniega...
Los arrieros son gente que han hecho divorcio con las
sábanas y se han casado con las enjalmas; son
tan diligentes y presurosos que, a truco de no perder
la jornada, perderían el alma; su música
es la del mortero; su salsa, la hambre; sus maitines,
levantarse a dar sus piensos, y sus misas, no oír
ninguna».
En el Quijote también
aparecen diversas alusiones a arrieros moriscos. Por
ejemplo, al hablar del arriero que compartía
la estancia de Don Quijote y Sancho en la aventura de
la venta (primera parte, capítulo XVI), encontramos
la siguiente descripción:
«Sucedía
a estos dos lechos el del arriero [Cide
Hamete Benengeli], fabricado,
como se ha dicho, de las enjalmas y de todo el adorno
de los mejores mulos que traía, aunque eran doce,
lucios, gordos y famosos, porque era uno de los ricos
arrieros de Arévalo, según lo dice el
autor de esta historia, que deste arriero hace particular
mención, porque le conocía muy bien...».
Y, por fin, llegamos
a Aragón, donde sucede lo mismo:
«eran dados a officios de poco trabajo, texedores,
sastres, sogueros, esparteñeros, olleros, çapateros,
albeytares, colchoneros, hortelanos, recueros, y revendedores
de azeyte, pescado, miel, pasas, açucar, lienços,
huevos, gallinas, çapatillos y cosas de lana
para los niños; y davan lugar para yr discurriendo
por los lugares y registrando cuanto passava de paz
y de guerra (...) pero pocos y bien pocos de ellos tenian
oficios que tratasen en metal, o en yerro, o en piedras
ni maderos, excepto que tenian algunos herradores procurados
para su común, por el grande amor que tenian
a sus respectados machos…» (Aznar
Cardona, 1612).
2. Influencia mudéjar/morisca en el léxico
arrieril
El dominio morisco
de esta profesión tuvo como lógica consecuencia
la abundancia de nombres de origen árabe que
se encuentran en el léxico relacionado con este
oficio. Empezando por la mismísima palabra arriero
o harriero, que parece haberse formado a partir
del imperativo harre, transcripción
del árabe harri´ (¡anda
ligero!), imperativo a su vez de la forma II del verbo
hari´a (correr raudo, apresurarse). La
exclamación del arriero solía ir acompañada
de un castigo con la vara, para que la orden fuera más
eficaz; por lo tanto, no es de extrañar que,
en árabe, esta forma II también signifique
“asestar, herir o dar una estocada”,
en referencia al varetazo (Pezzi, 1991).
Covarrubias afirmaba
que harre es «palabra
que se suele decir al mulo o qualquier bestia de albarda,
y que por ella, quando se la dizen, eche de ver que
quieren que se mueva y ande». En el
mismo sentido, el Diccionario de Autoridades (primer
diccionario de la lengua castellana editado por la Real
Academia Española, 1726-1739) definía
harre como «verbo
defectivo que sólo tiene uso en el imperativo.
Voz que usan aquellos que conducen bestias de carga,
o van montados
en ellas, que para hacerlas caminar las avisan con esta
palabra harre: a la qual, como se suelen seguir palos,
si no caminan más, se hacen a ella con brevedad,
y assí que la oyen marchan más apresuradamente».
Existen otros nombres para este oficio, igualmente relacionados
con las caballerías, como recuero o
recovero, derivado de la palabra recua,
del árabe racûba (montura, cabalgadura),
o almocrebe, de al- mukrib (el que
carga una bestia) (Pezzi, 1991).
Según esta misma
autora, trajinar vendría de trajín
y éste del árabe tarhîm,
nombre de acción de la forma II de rahana;
esta raíz, entre otros significados, encierra
el de proveer. De aquí se habría
derivado el catalán tragí y el
castellano traína (trahina)
de la primera mitad del siglo XV, que acabarían
en los actuales traginer y trajinero,
respectivamente. Para Covarrubias traginar era «llevar
cargas de una parte a otra, como hacen los recoveros,
que por esta razón se llaman tragineros”
y añade que
“traginar al lomo es llevar las cargas en recua».
También abundan
los nombres árabes para designar a las caballerías,
como acémila, de az-zâmila
(bestia de carga), que dio también acemilero,
y a los aparejos y guarniciones, llamados también
arreos, jaeces y arneses.
Arreo procedería de ar-rawa' (belleza
que sobrecoge de admiración, magnificencia);
jaez de yihâz o yahâz
(aparejo, objetos necesarios de los que uno se pertrecha);
y arnés, de harrâz, con posible
pronunciación vulgar harnâz (guarnición).
Entre los diversos tipos de aparejo se pueden citar
la albarda, de al-barda´a (protección
del lomo de la caballería); la jáquima,
de Sâkima (cabezada); el ronzal,
de rasan (cabestro); la jalma o enjalma,
de udd jamla (albardilla ligera); los guadafiones,
de wazâfa o wazîfa (trabas
para las extremidades de las caballerías); el
alcafar, de al-kafal (cubierta de
adorno de las grupas de las caballerías); la
almártaga, de al-mata´a (especie
de cabezal para asir las caballerías); los aciones
(correas que unen el estribo a la silla de montar),
de as-siyûr (correas) y sus arrices
(hebillas que sujetan los aciones a los estribos de
la silla), de ar-rizâz (cierres); el
ataharre o atafarra (banda de cuero
que, sujeta a los bordes laterales y posteriores de
la caballería, pasando bajo sus ancas, impide
que la montura se corra hacia adelante), de at-tafara
(baste, grupera o baticola); etc. La lista es mucho
más extensa (Pezzi, 1991).
3. Los moros de Naval
En el año 1095,
se produce la entrega de Naval por sus propios habitantes
a las tropas de Pedro I de Aragón. En señal
de gratitud, el monarca concede numerosos privilegios
a los moradores de Naval (moros de Napal) en
1099, como la autorización para seguir utilizando
la antigua mezquita y, especialmente, el hecho de que
solo tuvieran que entregarle el noveno de los
frutos y ganados y la quinta parte de la sal obtenida
anualmente (Arco y Garay, 1946). Su objetivo es ofrecer
unas garantías mínimas para que esta comunidad
prosiga sus actividades con normalidad, en la medida
de lo posible, y asegurar su autonomía interna,
ya que solo se reconoce subordinación
respecto a ciertas autoridades cristianas. El Rey, consciente
de la importancia de la población musulmana como
fuente de riqueza, intenta atraer a la población
autóctona a una política de colaboración;
dado su éxito, el pacto sirvió de modelo
en otras capitulaciones posteriores (Lema, 1991).
En el siglo XVI, y
a pesar de haber transcurrido más de cuatro siglos
desde la reconquista definitiva de la villa de Naval,
su morería seguía siendo tan floreciente
e importante como la de Barbastro; según un protocolo
del año 1512, del notario Bernardo de Toledo,
la aljama mora de Naval se componía de los siguientes
cabezas de familia: «Braym
de Franco, alamín [que significa
juez de pequeñas cosas, y por eso se llamaría
“alamina” la multa que se imponía
a los alfareros por cargar demasiado los hornos];
Zalema, otro alamín, Braym de Barrio, alias Cabero;
Mahoma de Ceit; Mahoma Galter; Mahoma Dalbacar; Mahoma
Ferrero; Iza Nabarro; Iza Cayton; Mahoma Galban; Mahoma
Pasacalles; Mahoma Zalema; Amet Alamín; Juce
de Calvo; Juce de Barrio; Alí de Barrio; Mahoma
de Franquo Mayor; Mahoma de Franquo Menor; Mahoma Joyel;
Brahem de Burro Menor; Joyel Cotón, y Monferriz
Cotón» (Cabezudo, 1956). En
contraste, la morería de Barbastro únicamente
contaba con diez familias, de los cuales, dos eran caldereros,
uno herrero, uno cantarero, y uno alfaquí (o
doctor de la ley) de la mezquita (Cabezudo, 1956).
Naval, con una importante
población mudéjar/morisca y una situación
privilegiada para el desarrollo de la actividad mercantil
(tanto por su localización geográfica
como por sus propios productos comerciales), fue el
principal núcleo arriero del Alto Aragón.
Según Conte (2013a), «todo
apunta a que eran oficios [mercaderes y
trajineros] muy frecuentes,
o al menos han dejado mucha huella documental en las
numerosas comandas que toman o dan muchos moros de la
villa. (…) Debieron ser muchos los moros dedicados
a este oficio y de hecho la villa de Naval, a lo largo
de su historia, ha sido un lugar que ha dado muchos
trajineros». De hecho, en la Edad
Media, los arrieros de Naval fueron conocidos en prácticamente
cualquier punto desde el sur de Francia hasta el Ebro
y desde la costa cantábrica hasta el Segre. Esta
actividad estaba hasta tal punto copada por mudéjares
y moriscos, que los arrieros de esta villa fueron conocidos
durante siglos simplemente como “los moros
de Nabal/Naval”, no solo a nivel popular
sino en documentos oficiales, como los registros de
las aduanas (que se tratan en la próxima sección).
Por ejemplo, en los libros de la Tabla de Jaca del año
1447 se puede leer «Morenico,
moro de Nabal, saqua del regno 2 quint. olio [aceite]
a razon de 36 s. quint., fan 72 s.” o
“a XXII de março anyo mil CCCCXXXXVII,
misso en el regno [introdujo en el reino]
Galban, con sus conpanyeros
moros de Nabal…».
De la lectura de los
libros de las aduanas se deduce que en Naval, aparte
de existir arrieros dedicados exclusivamente a esta
actividad, también había herreros, zapateros
y otros profesionales que también se dedicaban,
al menos ocasionalmente, a la arriería. Por ejemplo,
«a XII d’abril
anyo mil CCCCXXXXVII. El ferrero Ali de Ceyt e Onecar
de Coton, moros de Nabal, saquan del regno en 17 hodres,
do dizen van 17 quint. 1 rov., olio a razon de 30 s.
quint., fan 25 lb. 17 s. 6 d.” o
“el abatero [zapatero]
moro de Nabal, saqua del regno en 7 hodres, do dize
van 8 quint., olio a 37 s. quint. fan 14 lb. 16 s.».
Otros documentos que
acreditan la actividad trajinera son las escrituras
o protocolos notariales, la mayor parte referidas a
comandas comerciales o préstamos. Barbastro era
uno de los principales puntos de encuentro de los trajineros
de Naval con sus clientes y abastecedores, no solo durante
las ferias de agosto sino durante todo el año,
estando documentadas numerosas comandas tomadas o entregadas
por moros navaleses que abarcan un marco geográfico
realmente amplio, desde el Bearne francés a Navarra,
pasando por Borja, Calanda y todo el pirineo aragonés
(Conte, 2013a).
El ganado de los montañeses
se ha llevado a invernar a la ribera del Ebro y al Bajo
Aragón desde hace muchos siglos. En consecuencia,
en el siglo XVI y principios del XVII se llevaban a
una zona eminentemente morisca, en momentos de, cuando
menos, cierta tensión y desconfianza entre musulmanes
y cristianos. Este hecho fue responsable de escaramuzas
y altercados, tanto por causas religiosas (a menudo
un mero pretexto) como por los eternos roces entre agricultores
(moriscos, tierra llana) y ganaderos (cristianos, montañeses).
En ocasiones, los conflictos fueron a mayores y desembocaron
en acontecimientos trágicos, como los sucesos
de Codo y la matanza de Pina, que se comentarán
posteriormente.
No obstante, en siglos
anteriores ya latía el conflicto religioso, como
lo demuestra el triste episodio de julio de 1320. Unos
meses antes se había formado un ejército
de presuntos cruzados cristianos (los autodenominados
pastorells) en el sur de la actual Francia.
Se llamaron así creyéndose los sucesores
de los pastorcillos que adoraron a Jesús en el
portal de Belén. Aunque la mayoría de
ellos eran miserables y andrajosos, surgidos de la hambruna
que asolaba Europa en esa época, también
había clérigos y otras personas de un
nivel social más elevado. Todos tenían
en común su fanatismo radical: los infieles
que no se reconvertían en cristianos eran enemigos
acérrimos y había que matarlos. A muchos
también les movía la codicia de un botín
jugoso. Iban armados de cuchillos, lanzas, espadas y
adargas. A primeros de julio de ese año, entraron
en Aragón, presumiblemente por Bujaruelo, una
banda formada por unos cinco mil pastorells.
Su intención era la de engrosar el ejército
que iba a formar Alfonso, hijo del rey Jaime II, en
Sarrión (Teruel) para dirigirse contra el Reino
de Granada, ignorando que la campaña se había
desconvocado unos días antes (Riera i Sans, 2004).
Se concentraron en Aínsa y el día 2 de
julio pernoctaron en Plampalacios (Figura 2).

Figura 2. Plampalacios,
donde pernoctaron los pastorells el día
anterior al asalto, y el lugar en el que se ubicó
Monclús.
Juan M. Rodríguez.
En la mañana
del día siguiente, y con la colaboración
de algunas gentes del país, asaltaron Monclús,
asesinando a gran parte de la población judía
y saqueando la judería (Figura 3). Ese mismo
día iniciaron su descenso hacia el Somontano
y, en su camino hacia Barbastro, promovieron el saqueo
de la morería de Naval, acto que también
contó con colaboración local. De hecho,
el mismísimo prior de Naval compró algunos
de los bienes que habían sido saqueados, como
una taza de plata, un mortero de cobre y diversas ropas
que pertenecían a Bonafós Gallipapa y
su esposa, y que posteriormente tuvo que devolver (aunque
muy posiblemente sus legítimos dueños
ya no estarían vivos para entonces). Más
allá de su localización geográfica,
la elección de Naval para el saqueo no fue al
azar y denota la importancia de la comunidad musulmana
que albergaba.
Figura 3. En el año
2020 se cumplieron 700 años de la tragedia de
Monclús. Las ruinas de Santa María de
Monclús únicamente son visibles cuando
el nivel del pantano de Mediano está muy bajo.
Daniel Vallés (2013).
El rey se enteró
el 4 de julio y entre ese día y el 6 de julio
expide diversas circulares a sus oficiales ordenando
que los pastorells sean rechazados y expulsados
e imponiendo la pena de horca a cualquiera, fuera pastorell
o súbdito asociado a los mismos, que se atreviera
a injuriar u ofender a un solo judío o moro.
El infante Alfonso se encargó personalmente del
caso y ordenó a los jueces que investigaran:
(a) la participación de los oficiales reales
y súbditos en el saqueo de la morería
de Naval; (b) el consentimiento prestado por los oficiales
y regidores de Aínsa, Naval, Barbastro y otras
localidades para que se pudieran vender los bienes que
habían sido saqueados; (c) la desobediencia de
algunos oficiales a los mandatos recibidos de detener
a los pastorells, dejándoles en libertad
después de despojarles de lo que llevaban; y
(d) la desobediencia de los hombres de las juntas dejando
de acudir a la llamada de los sobrejunteros para perseguir
a los pastorells, e injuriando a los hombres
que los llevaban presos.
Paralelamente, se dio orden a los moros de Naval para
que presentaran sus querellas a los jueces comisarios
que enviaba a la zona y secundaran las gestiones de
los fiscales (ACA, Cancillería, Reg. 406, fol.
86v-87r, con fecha Huesca 13 de julio de 1320). Es más,
tras llegar a Barbastro, el infante recabó información
directa y personal de los moros de Naval (Orden del
infante a l’aljama de moros de Naval para que
al día siguiente le envíen 15 hombres
«de los mas dignos de
fe e de millor fama»; ACA, Cancillería,
Reg. 406, fol. 90v, Barbastro: 25 de julio de 1320).
Este hecho revela el respeto de la corona aragonesa
hacia esta comunidad. El 28 de julio, el infante cursa
citaciones por querella a numerosas personas para que
en el término de cuatro días se presentaran
en su corte. Entre ellos se incluyeron al justicia,
jurados, baile, merino y lugarteniente de sobrejuntero
de Naval. El 6 de agosto se inició el proceso
contra los oficiales y regidores de Barbastro, Aínsa
y Naval. Antes de que concluya, los regidores municipales
de Naval se libran pagando una remisión particular
de 500 sueldos (ACA, Cancillería, Reg. 383, fol.
484r; Huesca: 17 y 21 de agosto de 1320).
Estos hechos ocasionales
contrastan con la actitud pacífica, e incluso
amigable, de los montañeses aragoneses hacia
los moriscos cuando éstos llegaban a sus valles.
Un porcentaje muy elevado de esta actitud cordial se
debía al trato frecuente que tenían con
los arrieros de Naval, que acudían con sus recuas
de mulos a proveerles de aceite, vino, sal y vajilla,
entre otros artículos. La dependencia o complementariedad
era mutua: los clientes necesitaban transportistas de
confianza que les suministraran artículos de
primera necesidad y que, al mismo tiempo, dieran salida
a las producciones montañesas (lana, quesos,
hierro…) (anexo
1). Su actividad también era fundamental
para que los agricultores del Somontano pudieran comercializar
sus productos a gran escala. Así, en 1485 Mahoma
Franco comercia con aceite adquirido a Domingo Laspuertas,
de Colungo, mediante una comanda de 10 quintales de
«olio bueno, limpio
y mercadero» (Conte, 2013a).
Un ejemplo bastará
para ilustrar lo necesarios que podían llegar
a ser algunos de los productos que transportaban los
trajineros, en este caso la sal. En 1586, la junta del
valle de Tena incluyó en sus estatutos la prohibición
de la entrada de forasteros en el valle ante la amenaza
de que llegara hasta allí la epidemia de peste
que asolaba otros lugares; pues bien, la prohibición
únicamente exceptuaba a los navaleses que subieran
a vender el preciado mineral. En esas circunstancias,
la venta tenía que realizarse en plaza pública
(no podían ir vendiendo casa por casa ni mezclarse
con los habitantes de los pueblos tensinos) y no podían
ser alojados en casas particulares (Gómez de
Valenzuela, 2000). La relación, pues, se basaba
en una confianza mutua: el compromiso de proporcionar
productos con una cierta calidad frente al compromiso
de pago en la forma y momento que se estableciera entre
las partes.
Las relaciones en algunos
casos iban más allá, de tal manera que
los arrieros llegaron a actuar desde vendedores de los
afamados machos navaleses hasta prestamistas de dinero,
pasando por fiadores de aceite y otras mercancías.
Estos negocios se establecían bien en la Montaña,
donde acudían regularmente los arrieros, o bien
en el Somontano, cuando los montañeses y gentes
de muchísimas otras tierras acudían a
sus ferias y, particularmente, a la de Barbastro. En
consecuencia, no es extraño que abunden los testimonios
documentales de negocios entre montañeses y navaleses,
bien en forma de contratos o bien en forma de pleitos
cuando una de las partes consideraba que no se había
respetado el compromiso inicial.
En un estudio sobre
la procedencia de los trajineros que operaban en Barbastro
en esa época, «llama
la atención la fuerte presencia de moros de Naval,
especializados, por lo que la documentación permite
ver, en oficios como trajineros y comerciantes, lo que
justifica su estancia en la ciudad a lo largo de todo
el año, no solamente en periodo ferial, además
de los numerosos vínculos familiares que se han
detectado» (Comte, 2013b). Según
los documentos estudiados por este mismo autor, al menos
exsistían 120 moros de Naval cuyas actividades
comerciales en Barbastro están bien documentadas
entre 1434 y 1521 (ver anexo
2).
Algunas de las comandas
entregadas por los moros navaleses son realmente sustanciales
y nos hablan de personas con un «gran
poder económico, muy lejos del tópico
del moro pobre y marginal» (Conte,
2013a). Entre ellas destaca la comanda de 220 florines
de oro que entrega Jahe de Naval a Alamén y Çalema
de Albaho, de Huesca, en 1412, durante las ferias de
Barbastro (Conte, 2013a). En este mismo sentido, hay
que señalar que, en 1467, los jurados de la ciudad
de Barbastro aprehendieron a Mahoma Franco y Jucé
lo Burro, trajineros de Naval, catorce quintales de
aceite y cuatro mulos como consecuencia de un conflicto
comercial (Conte, 2013a). Los arrieros tuvieron que
depositar 1000 sueldos en concepto de caplienta,
es decir, como garantía para cubrir su responsabilidad
y garantizar, en su caso, el cumplimiento de la sentencia.
No se conoce el resultado final del conflicto, pero
el hecho de que pudieran dejar 1000 sueldos en depósito
da una idea de la magnitud de las transacciones comerciales
de esos trajineros.
Aunque los moros de
Naval tenían relaciones comerciales por todo
el Pirineo, una buena parte de los documentos que muestran
su frenética actividad comercial están
relacionados con el valle de Tena y debemos su conocimiento
a la prolífica actividad de Manuel Gómez
de Valenzuela. Veamos algunos ejemplos. En 1506, Guillamolo
de Fortet y Juan de Leca, ambos de Gabás (Francia),
tenían en comanda dinero procedente de moros
de Naval. El primero, 208 sueldos de Abrayme Murallón
y el segundo 240 de Mahoma Dobec; ese mismo año,
Guallart de la Viña y Peyrolet de Carrera, del
valle de Ossau (Francia), debían 200 sueldos
a Juce de Franco por un mulo (Gómez de Valenzuela,
1992; Gómez de Valenzuela, 2003). En 1521, Miguel
de Puey, vecino de Sallent, había recibido 440
sueldos en comanda de Brahim de Calvo, otro moro de
Naval; ese mismo año, el navalés Mahoma
Calvo, alias Moreno, nombraba procuradores
a dos infanzones tensinos para que cobraran los 180
sueldos que le debía Juan de Lop, de Tramacastilla,
por la venta de un macho; dos años más
tarde, el también sallentino Sancho Sánchez
Mozota, tenía en su poder 540 sueldos que le
había encomendado Moreno (Gómez
de Valenzuela, 1992).
Los pleitos por cuestiones
de aceite eran frecuentes a principio del otoño
debido a que las grandes operaciones de compraventa
de aceite al por mayor se solían realizar en
la citada feria barbastrense, que tenía lugar
a finales de agosto y a la que solía acudir un
gran número de montañeses, tanto aragoneses
como franceses. Por ejemplo, en 1527, el arriero Juan
Sánchez, alias Burro, nombraba a un
procurador de Sallent para que reclamara a Juan y Peyrolet
de Carrera, de Laruns (Francia) el dinero por cierta
cantidad de aceite que habían adquirido a dos
sobrarbenses en la feria de San Bartolomé de
Barbastro y que no habían abonado todavía.
En este caso, Burro había actuado como
fiador del aceite (Gómez de Valenzuela, 1992).
En 1530, el mismo Burro volvió a tener
otro conflicto en el Valle de Tena, en este caso con
relación a la sal; más concretamente,
compareció ante el jurado sallentino Pedro Moliner
y denunció a los jurados de Tramacastilla por
incumplimiento de contrato y desacato al tribunal. Según
el arriero morisco, los munícipes habían
contratado la compra de una gran cantidad de sal. Una
vez allí, solo habían adquirido
un cuartal, por lo que el navalés pedía
una indemnización por los perjuicios sufridos
al tener que revender su producto a un precio menor.
El lugarteniente de justicia había sentenciado
a favor de Juan Sánchez, pero, aun así,
los partacueses (término aplicado a los naturales
de Tramacastilla y Sandiniés) se habían
negado a pagarle el importe pactado alegando que se
trataba de un pleito partacués y, por lo tanto,
que no era de la competencia de Sallent (Gómez
de Valenzuela, 2003).
Los compromisos de
compraventa de alimentos solían incluir fechas
concretas para su entrega. Así, el 10 de septiembre
de de 1557 tres vecinos de Sallent contrataron con el
navalés Juan de Casas Nobas, alias Granada,
la compra de 600 cuartales (4.800 litros; «mesura
se entiende seze [16]
cuartales el cafiz de Tena mayor»)
de sal anuales traídos a Sallent (AHPH, Protocolo
de Juan Guillén, 1557, ff. 132-134). El precio
de cada cuartal era de 2 sueldos y 3 dineros o, lo que
hacia un total de 1.350 sueldos anuales. El contrato
se extendía desde el 1 de enero de 1558 hasta
el 31 de diciembre de 1561 y los 600 cuartales anuales
debían llegar a Sallent distribuidos en tres
remesas iguales: la primera para Santa Cruz de mayo,
la segunda para el Corpus y la tercera para San Bartolomé.
Como indica Gómez Valenzuela (2003), las fechas
coinciden con el regreso del ganado trashumante y su
estancia estival en el valle.
Los desajustes entre
las fechas acordadas también originaron más
de un conflicto. Fue el caso de Abrayme Calvo, moro
de Naval, y Martín de Bona Maiso, natural de
Arudy (valle de Ossau), que habían quedado en
Sallent el 7 de octubre de 1506 para intercambiarse
dos cargas de aceite por dos de queso. Tras tres días
sin señales del francés, el arriero protestó
ante las autoridades sallentinas por los perjuicios
que tal retraso le ocasionaba. El 16 de octubre de ese
mismo año, un Béarnés se querelló
contra Ramón Savina, vecino de Saqués,
porque había incumplido el compromiso de suministrarle
«cuatro quintales de
olio posados en Gavas» (Gómez
de Valenzuela, 1992).
Los miembros de la
iglesia católica tampoco tenían ningún
problema en hacer tratos con los moros de Naval, como
se aprecia en unas escrituras de comanda (fechadas el
30 de noviembre y el 1 de diciembre de 1491) de 300
y 360 sueldos otorgadas por el canonje del monasterio
de Santa Cristina, dos habitantes de Canfranc y uno
de Jaca a favor de dos moros de Naval, poniendo como
garantía sendos mulos «de trajín»
(Gómez de Valenzuela, 2007) (anexo
1).
El hecho de que cada
arriero navalés soliera tener su propio radio
de acción unido a que, frecuentemente, el oficio
se heredaba de padres a hijos (como se aprecia en la
repetición de nombres y apodos a lo largo del
tiempo), hizo que se establecieran lazos muy fuertes
entre navaleses y montañeses, y que tales relaciones
se mantuvieran de generación en generación.
En resumen, los moros de Naval constituyeron
una flota muy respetada entre los montañeses
de uno y otro lado del Pirineo.
4. El paso por las aduanas
Como se ha comentado
anteriormente, los arrieros de Naval y de otros lugares
del Somontano fueron conocidos desde el sur de Francia
hasta el Ebro y desde la costa cantábrica y algunas
zonas del interior castellano hasta más allá
del Segre. Esta actividad implicaba la exportación
e importación de diversos productos entre reinos
distintos y, en ocasiones, enfrentados entre sí.
El control, más o menos estricto, de las fronteras
se inició en el siglo XII con la creación
de juntas y sobrejunterías cuya principal función
era vigilar los pasos fronterizos, tanto por motivos
militares como para evitar la entrada o salida de mercancías
prohibidas o fuertemente reguladas (trigo, caballerías…).
El control fiscal sobre las mercancías autorizadas
tardaría un poco más en llegar.
Las Cortes Generales
de Monzón (1362-63) inician el proceso de fijación
de un sistema de aduanas para recaudar los derechos
del tránsito sobre el tráfico exterior.
Fruto de las deliberaciones, se crearon las Generalidades
(o Derecho del General), un sistema de exacción
cuyo objetivo era el control del comercio exterior.
Para tal fin, se crearon cerca de dos centenares de
puestos (tablas, taulas o collidas)
dispuestos estratégicamente, tanto en todo el
perímetro del territorio aragonés como
en los principales centros comerciales del interior.
Estos puestos se agrupaban
en seis sobrecollidas (Huesca, Jaca, Tarazona,
Daroca-Teruel, Montalbán y Alcañiz) y
dos taulas independientes (Zaragoza y Escatrón)
(Sesma, 1977). Obviamente, el proceso fue gradual, pero
en pocos años se pasó de doce taulas iniciales
(básicamente en los límites con Navarra
y Francia) a 45 en 1376, 140 hacia 1410 y 180 a mediados
del siglo XV. La actividad de algunas de ellas, como
la de Berdún o la de Tiermas (ver anexo
3), sufrió algunos altibajos dependiendo
de los conflictos con los reinos vecinos.
La Diputación
del General era el organismo responsable de gestionar
la recaudación del impuesto sobre las exportaciones
e importaciones; sin embargo, hasta 1446 no lo hizo
directamente, sino que arrendaba las taulas en subasta
pública por periodos de tres o seis años.
A partir de ese año, se designan administradores
para llevar la gestión directamente en nombre
del reino, aunque en épocas posteriores se volvió
al sistema de arriendo. En cualquier caso, toda persona
que quisiera introducir o sacar mercancías del
territorio aragonés tenía que declararlas
en el primer puesto aduanero que encontrase en su camino
y pagar la tasa que le correspondiera (dependiendo del
tipo y volumen de la mercancía); de lo contrario,
corría el riesgo de perder tanto la mercancía
como el medio de transporte empleado.
El responsable de la
collida (el collidor) debía anotar en
el libro de taula cada paso de mercancías, incluyendo
la fecha, nombre del declarante y/o del propietario,
tipo de mercancía y cantidad y el importe abonado
por el derecho de tránsito (Sesma, 2005). El
impuesto solía representar el 5-10% del valor
de la mercancía o una cantidad determinada por
unidad de medida (como en el caso de la lana). Además,
el collidor daba un recibo o justificante (albarán
de remesa o de guía) al mercader, quien debía
conservarlo hasta el final de su viaje ya que se lo
podían exigir en otras taulas por las que tuviera
que pasar o bien por parte de los guardas que vigilaban
los caminos para evitar fraudes (Lozano, 2004).
Una vez finalizado
cada ejercicio (de 25 de agosto a 24 de agosto siguiente),
el arrendador tenía que entregar una copia de
cada libro de taulas a la Diputación, para su
revisión y custodia. De esta manera, se generó
una información muy abundante pero que, tristemente,
se perdió en gran parte en el incendio del Archivo
del Reino a comienzos del siglo XIX, durante el asedio
de Zaragoza por el ejército napoleónico.
Los que se pudieron salvar se conservan actualmente
en el Archivo de la Diputación Provincial de
Zaragoza.
Los Libros de la Taula
del General de Jaca de los Ejercicios 1444-45 y 1446-47
(ADZ, leg. 664 y 652, respectivamente), estudiados en
detalle por Sesma (2006), dan una idea bastante clara
de la actividad de los arrieros de Naval y, en menor
medida de los de Alquézar, a lo largo de todo
el año y de las mercancías que exportaban
(fundamentalmente aceite) e importaban (merluza, congrio,
arenques, hierro, como tal o en forma de clavos…).
Casi siempre utilizaban la vía de Tiermas (Figuras
4, 5) e iban a sitios tan lejanos como la Bretaña
francesa o el Cantábrico español. En el
caso del hierro, cada mulo podía transportar
unos 165 kg, empleando dos jornadas en cubrir el trayecto
Tiermas-Jaca (50 km).

Figura 4. Tiermas, lugar de
paso de los moros de Naval hacia Francia y el Cantábrico.
Balneario (edificio blanco de la izquierda) y puente
antes de la construcción del embalse de Yesa.
Fuente: Asociacion Pro Defensa de Tiermas.

Figura 5. Arriero cruzando
el puente de Tiermas. Postal, archivo Juan M. Rodríguez.
En el anexo
4 se exponen diversos ejemplos de la presencia de
los arrieros de Naval y Alquézar en los Libros
de la Taula del General de Jaca de los Ejercicios 1444-45
y 1446-47:
5. La cuestión
de los moriscos
El siglo XVII iba a
comenzar de una forma traumática para Aragón,
en general, y para sus arrieros moriscos, en particular,
como consecuencia de una serie de acontecimientos que
comenzaron más de un siglo atrás en lugares
bastante alejados de la villa oscense y que, brevemente,
relataremos a continuación.
En 1491 Boabdil, el
último rey nazarí, capitula ante los Reyes
Católicos con los que, entre otras cosas, acuerda:
«que los moros podrán
mantener su religión y sus propiedades. Que los
moros serán juzgados por sus jueces bajo su ley,
que no llevarán identificación que delaten
que son moros como las capas que llevan los judíos.
Que no pagarán más tributo a los reyes
cristianos que el que pagaban a los moros. Que podrán
conservar todas sus armas salvo las municiones de pólvora.
Que se respetará y no se tratará como
renegado a ningún cristiano que se haya vuelto
moro. Que los reyes sólo pondrán de gobernantes
gente que trate con respeto y amor a los moros y si
estos faltasen en algo serían inmediatamente
sustituidos y castigados. Que los moros tendrán
derecho a gestionar su educación y la de sus
hijos». De esta manera, castellanos
y aragoneses garantizaban a los musulmanes granadinos
la preservación de su lengua, religión
y costumbres.
Durante algunos años
hubo cierta tolerancia, pero poco a poco las autoridades
empezaron a reprobar esta fidelidad al islam y a combatirla
mediante la Inquisición, al tiempo que esperaban
la conversión “espontánea”
de esta parte de la población. La presión
para las conversiones aumentó paulatinamente
y fue una de las causas de los levantamientos populares
en Granada y zonas vecinas (el levantamiento de
las Alpujarras), que fueron respondidos con una
fuerte represión militar de la mano del Conde
Tendilla.
Sofocados los levantamientos,
Tendilla pidió «pasar
por cuchillo a todos los moros que habían participado
en las revueltas», a lo que el rey
Fernando le contestó: «Cuando
vuestro caballo hace alguna desgracia no echáis
mano de la espada para matarle, antes le dais una palmada
en las ancas, y le echáis la capa sobre los ojos;
pues mi voto y el de la Reina es que estos moros se
bauticen, y si ellos no fueron cristianos, lo serán
sus hijos o sus nietos».
Con la excusa del levantamiento,
los reyes rompieron unilateralmente el pacto de 1491.
En este sentido, dictaron la Pragmática de 14
de febrero de 1502, que ordenaba la conversión
(o, en caso negativo, la expulsión) de todos
los musulmanes, exceptuando a los varones de menos de
14 años y las niñas menores de 12, antes
de abril del citado año. También se exceptuaron
todos los del Reino de Aragón, independientemente
de su edad, ante la presión de los señores
del citado Reino, que adivinaban las consecuencias económicas
que tal medida les podía acarrear. De hecho,
las Cortes de Monzón del año 1528 acordaron
una serie de disposiciones favorables a los moriscos,
de acuerdo con los deseos de muchos nobles y señores
de la Corona de Aragón. Conviene recordar que,
ya en tiempos de Jaime I, la compilación de fueros
de Vidal Cañellas (Obispo de Huesca) inauguró
una era de tolerancia y fraternidad, «que
si tímida al principio, había de acabar
en franca y decidida protección hacia los que
daban elocuentes muestras de ser fieles vasallos»
(Macho, 1923).
Los sucesivos reyes
de Aragón siguieron la senda trazada y concedieron
toda una serie de privilegios a sus vasallos mudéjares.
De esta forma, lograron mantenerse hasta finales del
siglo XV como una comunidad propia sin integrarse en
la sociedad cristiana de su tiempo, lo que generaba
grandes recelos. Como curiosidad, la expresión
popular “mala leche” procede de
la prohibición de que las amas reales tuvieran
origen morisco o judío. Fijémonos en la
visión que un historiador coetáneo tenía
sobre los moriscos (Mármol, 1600):
«...y
si con fingida humildad usaban de algunas buenas costumbres
morales en sus tratos, comunicaciones y trajes, en lo
interior aborrecían el yugo de la religión
cristiana, y de secreto se doctrinaban y enseñaban
unos a otros en los ritos y ceremonias de la secta de
Mahoma. Esta mancha fue general en la gente común,
y en particular hubo algunos nobles de buen entendimiento
que se dieron a las cosas de la fe, y se honraron de
ser y parecer cristianos, y destos tales no trata nuestra
historia. Los demás, aunque no eran moros declarados,
eran herejes secretos, faltando en ellos la fe y sobrando
el baptismo, y cuando mostraban ser agudos y resabidos
en su maldad, se hacían rudos e ignorantes en
la virtud y la doctrina. Si iban a oír misa los
domingos y días de fiesta, era por cumplimiento
y porque los curas y beneficiados no los penasen por
ello. Jamás hallaban pecado mortal, ni decían
verdad en las confesiones. Los viernes guardaban y se
lavaban, y hacían la zalá en sus casas
a puerta cerrada, y los domingos y días de fiesta
se encerraban a trabajar. Cuando habían baptizado
algunas criaturas, las lavaban secretamente con agua
caliente para quitarles la crisma y el óleo santo,
y hacían sus ceremonias de retajarlas, y les
ponían nombres de moros; las novias, que los
curas les hacían llevar con vestidos de cristianas
para recibir las bendiciones de la Iglesia, las desnudaban
en yendo a sus casas y vistiéndolas como moras,
hacían sus bodas a la morisca con instrumentos
y manjares de moros...».
El hecho de que la laboriosidad y la sobriedad de los
moriscos les permitieran sortear las crecientes dificultades
económicas con mayor fortuna que la mayoría
cristiana aumentó el recelo. Los moriscos son
todos «exercitados y
trabajadores». Están acostumbrados
a «caminar y trasnochar
y padecer hambre y descomodidades de calor y frío,
parar con poca y mala comida, no extrañar el
dormir en el suelo. Ponen [a sus hijos]
desde mui pequeños en oficios y los muestran
a trabajar y a que no sean ociosos y sin arte. Por eso
no se ve de ellos mendigos casi ninguno»
(Valencia, 1606).
En 1566, Felipe II
prohibió el uso de la lengua árabe, de
trajes y ceremonias de origen musulmán, lo que
provocó nuevas rebeliones y deportaciones. Durante
la segunda mitad del siglo XVI hubo varias ocasiones
en las que se pensó en decretar su expulsión,
pero la medida se fue posponiendo debido a las presiones
de la nobleza aragonesa y valenciana, precisamente los
territorios en los que su número era mayor. La
opinión acerca de los moriscos se encontraba
muy dividida entre los que consideraban que eran buenos
profesionales y que se les debía seguir tolerando
con su religión y costumbres, los que creían
que se debía dar tiempo a su cristianización
y los que proponían expulsarlos. No obstante,
los moriscos se convirtieron en objeto de toda clase
de sospechas y fue tomando cada vez mayor peso la opinión
de que esta minoría religiosa constituía
un verdadero problema de seguridad nacional. Los moriscos
empezaron a ser considerados como una especie de “quinta
columna” de las numerosas incursiones de los piratas
berberiscos y como potenciales aliados de turcos y hugonotes
franceses.
En 1585, el inicio
de la guerra entre los moriscos de Codo, Pina y alrededores
y los montañeses del valle de Tena y Serrablo,
en la que los primeros contaron con el apoyo de sus
señores y de los béarneses, acrecentó
los recelos (Melón y Ruíz de Gordejuela,
1917). Tres años después, el rey convocó
una junta extraordinaria en El Pardo para analizar los
problemas planteados por los moriscos aragoneses. En
el informe se incluye la siguiente reflexión:
«Considerando el gran número de moriscos,
que están muy armados, viven en su errada y perversa
secta, tienen inteligencia con los turcos y herejes,
y no pudiendo esperar de ellos sino una conmoción
y rebelión, parece que es necesario y casi forzoso
desarmarlos» (Reglá, 1974;
ACA, CA, 221, IV, 21).
Dicho y hecho. En 1593 dos inquisidores recorrieron
el reino y se incautaron de 7.076 espadas, 3.783 arcabuces,
489 ballestas, 1.356 picas, lanzas, etc. La razón
de esta medida se manifestó claramente durante
la expulsión de 1610, en la que los moriscos
apenas ofrecieron resistencia.
En resumen, el bautismo
no mejoró su antigua condición de mudéjar.
Los moriscos continuaron siendo una minoría marginada.
La negativa a integrarse en la nueva religión
levantó muchas suspicacias y no tardó
en arrastrar implicaciones políticas. La Iglesia
y la monarquía los consideraron como falsos cristianos
y enemigos del Estado. Y se introduce un nuevo elemento
clave: la Inquisición; según algunos autores,
esta institución se convierte en un colaborador
activo en la imposición de la autoridad real
sobre el régimen foral aragonés (Colás
y Salas, 1982; Sánchez, 1989). Así, «desde
el momento de la conversión, los moriscos pasan
a estar bajo vigilancia y jurisdicción del Santo
Oficio; si antes su situación legal de musulmanes
les libraba de ser juzgados por crímenes religiosos,
salvo en casos excepcionales, como proselitismo, a partir
de su conversión estarán perpetuamente
sujetos a las sospechas de apostasía y herejía»
(García-Arenal, 1987). Como tales, fueron perseguidos,
encarcelados y torturados. Según Bennassar (1984),
el tribunal inquisitorial de Zaragoza fue el más
duro con los moriscos, sometiendo a tormento al 40%
de los procesados entre 1566 y 1620, mientras que el
de Valencia lo hace con un 27%. Desde los primeros años
tras su conversión forzosa los moriscos se quejaron
de tal persecución, de los abusos en penas pecuniarias
y de las confiscaciones constantes de bienes (Lea, 1901).
De hecho, fueron necesarios varios edictos de gracia
para aliviar su situación.
Como comentaba la profesora
García-Arenal en una entrevista, en ocasiones,
la cosa tenía visos de vodevil, como el caso
de aquel morisco que se jugó la hacienda a los
naipes y perdió hasta la camisa. Llegó
a casa con un enfado enorme, cogió una imagen
de un Cristo y le rompió una pierna a mordiscos.
¡Directo al Santo Oficio! Frente a los jueces
el morisco alegó que estaba borracho. Era una
doble coartada: como borracho, no controlaba y, por
tanto, no era responsable de su mordisco a la cruz y,
si además bebía, era prueba de que sus
costumbres eran cristianas. Nuestro hombre vivió
para contarlo.
La situación se agravó en la segunda mitad
del siglo, en la que los moriscos aragoneses vivieron
en un permanente estado de inseguridad que afectaba
tanto a sus personas como a sus bienes. Podían
ser condenados a muerte, a prisión o a galeras,
pero más frecuentemente eran víctimas
de sanciones económicas que llegaban hasta la
incautación de sus bienes, agravando su situación
económica e incluso llevándolos a la ruina
total. Tal fue así, que casi la mitad de las
causas instruidas por el Santo Oficio en Aragón
desde 1540 a ¡1700! fueron contra moriscos, en
la mayoría de las ocasiones sin ningún
fundamento legal (Contreras, 1977).
De hecho, una vez expulsados
los moriscos, el tribunal de la Inquisición entró
en decadencia ya que ya había cumplido su misión
de lograr la unidad de la fe en los reinos de España
y podía, incluso, cuestionarse su continuidad.
Los datos son concluyentes: mientras que el tribunal
de Zaragoza juzgó 1.284 procesos de fe en los
primeros 14 años del siglo XVII, hizo lo propio
con únicamente 843 entre 1621 y 1665, un periodo
de 44 años (Contreras, 1977). Globalmente, se
procesó a 2.668 moriscos aragoneses y, a partir
de la expulsión, únicamente se acusó
a 40 personas de hacer ceremonias a la usanza morisca
y solo a tres bajo el reinado de Felipe IV.
Al disminuir la actividad
de la Inquisición, también se redujeron
sus rentas, provenientes de la confiscación de
los bienes de los procesados. Y no es que el Santo Oficio
renegase de su constante lucha en persecución
de la herejía, sino que, una vez expulsados los
moriscos, fueron los cristianos viejos las principales
víctimas de su actuación (Pastor, 2010).
Y con ellos, no se podían permitir las mismas
licencias que con los moriscos. Se ralentizó
su “ritmo de trabajo” y se moderó
el rigor de sus castigos. En 1623, el rey Felipe III
de Aragón jura los fueros y preside Cortes en
Barbastro. Estas Cortes tuvieron como tema principal
las quejas contra la Inquisición. Se pidieron
inquisidores y funcionarios aragoneses para esta institución
y con jurisdicción limitada exclusivamente a
asuntos de fe y mixta en materias graves como bigamia,
brujería, sodomía y solicitación.
6. Los arrieros
moriscos en el punto de mira de la Inquisición
En 1541 la Inquisición
ordenó a los moriscos, bajo pena de muerte, no
cambiar de domicilio ni señor, pretextando peligro
de difusión de sus prácticas religiosas.
En este sentido, la movilidad de los arrieros, consustancial
con su profesión, les puso directamente en el
punto de mira de la Inquisición. En un informe
de la época enviado desde Madrid a la junta de
prelados y teólogos reunida en el Palacio Real
de Valencia, para tratar de conseguir mejores resultados
en la conversión de los moriscos, se dice: «y
porque algunos, so color de arrieros, andan procurando
que unos no se conviertan y que otros vuelvan atrás,
sería de mucho momento que se vedasse en cuanto
se pudiese, que durante el tiempo de la predicación,
los moriscos no anduviesen de una parte a otra»
(Pezzi, 1991). Preocupaba particularmente las posibles
funciones de los arrieros como enlaces entre comunidades
moriscas de distintas partes de España (algunas
de las cuales podrían, a su vez, contactar con
turcos y magrebíes) y con los hugonotes del Béarn
a través del Pirineo (Figura 6). Como se verá
posteriormente, en los legajos de la Inquisición
son muy frecuentes las alusiones a arrieros dentro de
los procesos a moriscos.

Figura 6. El “contubernio”
morisco-hugonote de los siglos XVI-XVII.
Las autoridades castellanas
temían lo que pudiera suceder en la parte de
su frontera oriental que limitaba con Aragón,
pues en los valles de los afluentes de la orilla derecha
del Ebro habitaba una densa y homogénea población
morisca. Ciertamente, los moriscos conquenses y los
de la actual provincia de Guadalajara se hallaban en
constante contacto con los del reino vecino, mucho más
islamizados que ellos (García-Arenal, 1987).
Los moriscos aprovechaban los contactos que establecían,
valiéndose de sus oficios de arrieros o mercaderes,
para profundizar sus conocimientos, hasta el punto de
que diversas voces pidieron remedio a la Inquisición
pues «los moriscos de
este reino comunican con los nuevamente convertidos
de Aragón» (ADC, leg. 208,
núm. 2398).
Los moriscos de Arcos
y Deza llegaban incluso hasta Cataluña, llevando
cargas de lana y trayendo almendras, avellanas y fruta
(ADC, leg. 266, núm. 5174). Por ejemplo, Luis
de Hortuvia «partió
para el lugar de Reus en Cataluña en compañía
de otos moros de aquélla villa [Deza]
con cargas de lana». Tras venderlas,
partió hacia Falset, al igual que Reus en la
actual provincia de Tarragona, para adquirir nuevas
mercancías. El viaje se hacía en unos
veinte días y estaba salpicado de etapas aragonesas.
Por la noche, los viajeros se reunían en casas
de los moriscos de la localidad y organizaban veladas
religiosas. Otras veces recorrían largas etapas
con otros arrieros moriscos de Aragón que les
enseñaban oraciones y ritos. Así, Mateo
Almotazán hizo un viaje de Deza a Zaragoza y
los moriscos aragoneses le enseñaron cómo
y cuándo ayunar en Ramadán (ADC, leg.
375, núm. 5323). Luis Hernández, arriero,
había aprendido todo lo referente al Islam en
Aragón, donde iba en sus viajes y donde se había
hecho retajar con voluntad de ser moro (ADC,
leg. 246, núm. 3398).
En otras ocasiones,
son los moriscos aragoneses los que al ir a vender a
otras zonas inician o afianzan a sus anfitriones en
el islam. Por ejemplo, unos moriscos aragoneses venidos
a Deza con sus mercancías se alojaron en casa
de otro arriero, también cristiano nuevo, llamado
Lope de Herrero. Le enseñaron cosas referentes
a la religión y le escribieron en un papel, en
lengua castellana, oraciones de moros y otras cosas
de la Ley de Mahoma, «diciendo
que con aquello sabria cuanto avia de saber”
(ADC, leg. 250, núm. 3370). Y es que
«aca [Castilla]
la gente [los moriscos]
se arrimava mas a la fe de Jesuchristo»
(ADC, leg. 291, núm. 4110).
Además de las
enseñanzas religiosas, estas relaciones servían
para transmitir conocimientos de astronomía,
magia, agricultura, gastronomía, farmacopea…
Así, un arriero de Arcos que iba con regularidad
a Aragón a vender fruta, trajo una vez, entre
cargas de pera, un libro en árabe que contenía
una mezcla de remedios científicos y mágicos
para la curación de todas las enfermedades (ADC,
leg. 377, núm. 5342). También se avisaban
unos a otros cuando tenían noticias de que el
Santo Oficio les iba a arrestar (ADC, leg. 208, núm.
2408) y eran extremadamente solidarios con los que tenían
cualquier tipo de problema.
Como se ha comentado
anteriormente, las relaciones entre moriscos castellanos
y aragoneses eran muy estrechas en el valle del Jalón
(García- Arenal, 1987). De hecho, eran muy frecuentes
los matrimonios entre moriscos de Ariza, Villafeliche,
Sestrica, Morés, Daroca, Calatayud, Urrea o Calanda,
donde «viven todos como
moros» (ADC, leg. 237, núm.
5342) y los de Arcos, Deza y Medinaceli. A su vez, los
arrieros moriscos de estas últimas localidades
tenían contactos con los de Zaragoza, Bajo Aragón,
Huesca y Somontano de Barbastro, y con los de Toledo
y otras zonas de la Mancha, donde iban a vender el azafrán
aragonés que compraban en la zona de Urrea (ADC,
leg. 265, núm. 3633). Es decir, los moriscos
habían establecido una densa red de intercambios
(mercancía e información) en la que los
arrieros solían ser los principales mensajeros.
En palabras de García-Arenal (1987), «de
un sentimiento religioso nace una solidaridad política
nacional que tiene unos soportes materiales concretos.
Entre ellos, ese movimiento que mantienen gracias a
sus oficios de trajineros. Esos viajes y esos movimientos
de población servían para establecer contactos,
para transmitir conocimientos, para mantener vivo el
sentimiento de pertenecer a otro grupo. Factor de cohesión
es también la lengua y la pervivencia de los
nombres árabes, ambos casi totalmente perdidos
en las regiones que tratamos [Castilla].
Acertadamente veía el gobierno en estos factores
el soporte de la existencia de los moriscos como grupo».
Y es que el radio de
acción de los arrieros en aquella época
podía ser muy amplio, por lo que se conocían
incluso los de zonas muy distantes: Juan de Hortuvia
relataba como «estando
en Çaragoça avia llegado alli un portugues
que traia a bender unas bayetas y lanillas, y que se
concertaron de ir a Medina del Campo llebandose el las
cargas que tenia, y que yendo caminando de noche por
ser tiempo de verano y pasando desde Berlanga a Santiesteban
[San Esteban] de Gormaz, biendo
que este no bebia vino ni comia toçino le pregunto
el portugues si era morisco y diciéndole que
si dixo que era buena gente os moriscos»
(ADC, leg. 277, núm. 3830). El colega portugués
era judío y había tendencia a considerar
amigos a los enemigos de los cristianos viejos y a buscar
la compañía de aquellos a los que la sociedad
cristiana católica margina.
En este contexto, hubo
una corriente de simpatía entre moriscos y protestantes.
Durante la segunda mitad del siglo XVI y en todo el
siglo XVII, la existencia de un Béarn protestante
al otro lado de los Pirineos constituyó una preocupación
constante en la corte de Madrid. Al miedo a una posible
invasión, había que añadir el persistente
tráfico de personas (moriscos que huían
del Santo Oficio o fugitivos de la justicia) que se
realizaba por los puertos aragoneses (Contreras, 1977)
en el que, frecuentemente, protestantes del Béarn
servían de guías (AHN, Inq., libro 988;
Lincoln, 1939; Monter, 1990). Esto era considerado como
un gran peligro por el temor a que se estableciera una
alianza entre moriscos y béarneses y llevó
a las autoridades a la prohibición de mantener
cualquier trato comercial con los herejes hugonotes
(Pastor, 2010). El temor se vio reforzado cuando los
béarneses apoyaron a los moriscos en la guerra
entre éstos y los montañeses en 1585.
La impresión
que los cristianos viejos tuvieron del luteranismo fue
que se trataba de algo parecido al mahometismo que tanto
odiaban. Aunque el protestante destruía las imágenes
por rechazo a su adoración y el musulmán
lo hacía por negar la crucifixión de Cristo,
para el cristiano medio de la época, analfabeto
y muy manipulable por las esferas eclesiásticas,
el resultado era el mismo: ambos habían destruido
las cruces, ¿para qué hacer otro tipo
de distinciones? (Thomas, 2001).
La simpatía
que varios luteranos mostraron hacia la minoría
morisca peninsular no hizo más que confirmar
las sospechas de una gran complicidad de protestantes
y moriscos. De hecho, se produjeron numerosos contactos
y algún que otro intento de algo “más
gordo”. En 1578, la Inquisición de Zaragoza
detuvo al clérigo francés Bernad Serra
mientras actuaba de mensajero del capitán hugonote
Francisco Nalias, quien negociaba la sublevación
de los moriscos aragoneses (AHN, Inq., libro 988, f.
348). El capitán había hablado con los
moriscos más influyentes de Zaragoza, entre ellos
Lope de Arcos, quienes aprobaron la propuesta. Acordaron
que los moriscos reunirían entre diez y doce
mil ducados para pagar a los solados hugonotes; paralelamente,
enviarían mensajes al Gran Turco para que invadiera
el país en el mismo momento en el que los hugonotes
cruzaran los Pirineos. Los moriscos hacían saber
a sus aliados que contaban con un gran número
de armas escondidas (Lea, 1901; Cardaillac, 1979). Serra
fue arrestado cuando se disponía a partir al
Béarn para comunicárselo al resto de capitanes
hugonotes. Tres años más tarde, el sastre
gascón Juan del Escudero manifestó en
Blesa que esperaba una invasión simultánea
de moros y luteranos para destruir a los cristianos
(AHN, Inq., libro 988, f. 479). Episodios de similares
características se fueron repitiendo durante
los años siguientes (Archivo Zabálburu,
carp. 139, nº 14).
En esta época,
el tribunal de la Inquisición de Zaragoza se
convirtió en tribunal de frontera frente al problema
hugonote en el Béarn (Sánchez, 1989) y
abrió numerosos procesos contra aquellos moriscos
que se aventurasen hacia Francia. Además, las
exportaciones aragonesas a Béarn quedan prohibidas
y, a este respecto, la Inquisición y los diputados
del Reino obligan a que el estatuto conjunto entre Biescas
y Tena de 1573 recoja tal prohibición ya que
«dan provisión
a los que son declarados hereges y luteranos por el
Santo Concilio y la Iglesia de Dios nuestro Senyor».
La pena contra los contraventores era elevada: 500 sueldos
de multa. Ambos hechos afectaban de lleno a los intereses
comerciales de nuestros moros de Naval, que tantos intereses
tenían en la zona de Béarn y en el valle
de Tena. Como es lógico, los largos brazos de
la Inquisición también les alcanzó
y, así, el 14 de septiembre de 1581 ordenó
la detención de «tres
moriscos y nuevos convertidos, vecinos de Naval»
(Miguel Fierro, padre e hijo, y Antón Palacio)
cuando transportaban quince cueros de aceite destinados
a Jayme de Finestra, vecino de Nay, en el Béarn
francés (AHPH, protocolo de Juan Lacasa para
1581, ff. 118-120; Gómez de Valenzuela, 2003).
Ser moriscos, arrieros e ir al Béarn era su delito
a pesar de que lo habían estado haciendo desde
algún que otro siglo atrás.
7. Forma de
vida de los moriscos aragoneses
La persona que redactó
el texto parcial de una denuncia ante la Inquisición
no se rompió mucho la cabeza: «se
juntaban los moros a hacer cosas de moros».
Sí, pero ¿qué eran las cosas
de moros?
En 1612, el canónigo
Pedro Aznar Cardona, publica en Huesca su libro Expulsión
justificada de los moriscos españoles, con
la aprobación de Fray Iuan de Yribarne, lector
de Theulugia, y Guardián del Convento de Nuestro
Señor Padre San Francisco de Huesca quien «vide
este libro y hallo que no tiene cosa repugnante a las
buenas costumbres sino santa doctrina, sana y Católica,
de mucha edificación y provecho para los fieles».
La descripción de Aznar Cardona sobre
las costumbres de los moriscos aragoneses (capítulo
10: De la
conducción, trato, traje, comida, oficio, vicio
y pestilencia pegajosa de los moriscos) es particularmente
relevante, ya que conocía bien diversas zonas
de Huesca y Zaragoza en las que un porcentaje importante
de la población era morisca. Su relato está
repleto de prejuicios y descalificaciones gratuitas,
pero también contiene algunas observaciones objetivas
y valiosas sobre el modo de vida de los moriscos:
«Era
una gente vilísima, descuidada, enemiga de las
letras y ciencias ilustres, y por consiguiente, ajena
de todo trato urbano, cortés y político.
Cuidaban a sus hijos cerriles como bestias, sin enseñanza
racional y doctrina de salud. Eran torpes en sus razones,
bestiales en su discurso, bárbaros en su lenguaje,
ridículos en su traje, yendo vestidos por la
mayor parte con greguesquillos ligeros de lienzo, o
de otra cosa baladí al modo de marineros, y con
ropillas de poco valor y mal compuestas adrede; y las
mujeres de la misma suerte, con un corpecito de color
y una faja sola, de forraje amarillo, verde o azul,
andando en todos tiempos ligeras y desembarazadas, con
poca ropa, casi en camisa, pero muy peinadas las jóvenes,
lavadas y limpias.
Eran
brutos en sus comidas, comiendo siempre en tierra (como
quienes eran) sin mesa, sin otro aparejo que oliese
a personas, durmiendo de la misma manera, en el suelo,
en transportines (almadravas), en los escaños
de las cocinas o cerca de ellas. Comían cosas
viles como son fresas de diversas harinas de legumbres,
lentejas, panizo, habas, mijo y pan de lo mismo. En
este pan los que podían juntaban pasas, higos,
miel, arrope, leche y frutas a su tiempo [como]
melones (aunque fuesen verdes y no mayores que un puño),
pepinos dureznos, y otras cualesquiera, por mal sazonadas
que estuviesen, solo fuese fruta, tras la cual bebían
los aires, y no dejaban barda de huerto a vida; y como
se mantenían todo el año de diversidad
de frutas, verdes y secas, guardadas hasta casi podridas,
y de pan y de agua sola, porque ni bebían vino
ni compraban carne ni cosa de cazas muertas por perros
o en los lazos o con escopeta o con redes ni la comían,
sino que ellos la matasen según el rito de su
Mahoma, por eso gastaban poco, así en el comer
como en el vestir, aunque tenían harto que pagar
de tributos a los Señores.
Eran
muy amigos de burlerías, cuentos, berlandinas
y sobre todo amiguísimos (y así tenían
comúnmente gaitas, sonajas, adufes) de bayles,
danças, solazes, cantarzillos, alvadas, paseos
de huertas y fuentes, y de todos los entretenimientos
bestiales en que con descompuesto bullicio y griterío,
suelen ir los mozos villanos vocinglando por las calles.
Vanagloriabanse de bailones, jugadores de pelota y de
la estornija, tiradores de bola y del canto, y corredores
de toros, y de otros hechos semejantes de gañanes.
(…) Estaban ordinariamente ociosos vagabundos
echados al sol en invierno con su botija al lado, y
en sus porches en verano, sacadas las pocas horas que
trabajaban con gran ahínco en sus oficios o en
sus huertas, por la codicia entrañable de coger
frutas, hortalizas y legumbres. (…) En el menester
de las armas eran bisoños (parte porque eran
cobardes y afeminados). (…) Así estos pusilánimes
nunca andaban solos por los caminos ni por los términos
de sus propios lugares sino a camaradas. Eran entregadísimos
sobremanera al vicio de la carne».
Sin duda se trata de
una descripción cuyo objetivo era ridiculizar
las costumbres y oficios de los moriscos a los ojos
de la población cristiana. Cabe preguntarse cuantos
cristianos sentirían cierta envidia ante la forma
de tomarse la vida de los moriscos ya que, salvando
las distancias, podría servir actualmente para
presentar a una población trabajadora, pacifista,
amante de las buenas prácticas dietéticas,
de la ropa vistosa y práctica, de la higiene
personal, de los paseos, de la música y el baile
(Figura 7). ¡Lo que cambian los tiempos! Una de
las cosas que más horrorizaba a los cristianos
viejos era precisamente su manía de lavarse,
como se observa en la famosa exclamación de fray
Bermúdez de Pedraza (1638) sobre «la
impudicia de los moriscos, que llegaban a bañarse
hasta en invierno. (…) Lavabanse hasta en diziembre».
Aldrete (1614) nos confirma que
«fueron los árabes muy aficionados a ello
(a bañarse) y hacían gran estima de ellos
(los baños) para su recreación por ser
tan a propósito para su carnalidad y lascivia,
que se irrita con ellos y afemina los ánimos».
8. La expulsión
de los moriscos aragoneses
Felipe III decretó
la expulsión de los moriscos el 4 de abril de
1609. Se estima que, en esa fecha, la población
morisca estaba constituida por entre 275.000 y 325.000
personas en un país de unos 8,5 millones de habitantes.
Estaban concentrados en los reinos de Aragón,
donde constituían aproximadamente un 20% de la
población, y de Valencia, donde representaban
un 33% del total de habitantes. En los territorios de
la antigua Corona de Aragón, la expulsión
se iniciaría con los moriscos valencianos, seguidos
de los catalanes y de los aragoneses. El 25 de noviembre
de 1609, el Consejo de Aragón comunica a Felipe
III la toma de posesión del nuevo virrey, don
Gastón de Moncada, Marqués de Aytona,
y añade que los moriscos están muy excitados
temiendo lo que les puede ocurrir y que los diputados
quieren enviar una embajada a la corte «a
representar el daño irreparable del dicho reyno
si se sacan los moriscos del» y que,
si no hay más alternativa que la expulsión,
que sea organizada por los propios señores de
los moriscos (ACA, CA, 221, III, 2). La embajada no
obtuvo ningún resultado (Boronat, 1901). El estado
de ánimo de los moriscos aragoneses se puede
deducir de un informe del virrey a Felipe III fechado
en Zaragoza el 11 de diciembre de 1609 (ACA, CA, 221,
IV, 6): «Los moriscos
deste reyno estan muy temerosos de que se a de hazer
con ellos lo que se ha hecho con los del reyno de Valencia,
venden quanto pueden y no quieren cultivar la tierra,
pareciendoles que no an de gozar el fruto de su trabajo.
Los cristianos viejos les maltratan y les dan ocasión
a que se pierdan con esperanza de gozar sus haziendas
y posesiones. Los acreedores, de temor de perder sus
deudas, los executan y aprietan con estraño rigor,
nadie les fia y todo esto causa grandisimo daño
en este reyno».

Figura 7. Familia morisca
(arriba) y danza morisca (abajo). Christoph Weiditz,
1530–1540. Museo Nacional Germano, Núremberg
(Alemania), Hs. 22474. (Bl. 105-106 y Bl. 107-108, respectivamente).
Finalmente, Felipe
III firma la orden de expulsión de los moriscos
aragoneses el 18 de abril de 1610 (ACA, CA, 221, II,
17), decisión que, según el censo encargado
por el marqués de Aytona, afectaba a 14.109 casas
y 70.545 personas (se calculó a cinco personas
por casa) (Figura 8). Se les permitía llevarse
todo aquello que pudieran, pero sus casas y tierras
pasarían a manos de sus señores, so pena
de muerte en caso de quema o destrucción antes
de la transferencia. La población morisca aragonesa
se concentraba especialmente en las comarcas del Bajo
Cinca, Caspe, Alcañiz-Calanda, Pina-Sástago
e Híjar, con numerosos pueblos en los que prácticamente
toda la población era morisca (Calanda: 1.905
moriscos; Gelsa 1.655; Puebla de Híjar 2.035,
Urrea de Híjar 2.005; Sástago 850; …),
y en la de Barbastro, donde existían algunos
pueblos de mayoría cristiana, pero con una comunidad
morisca más o menos importante. Dentro de esta
última comarca, la localidad con mayor población
morisca seguía siendo, con gran diferencia, Naval.
Según los documentos oficiales, las cifras de
moriscos de la comarca de Barbastro eran las siguientes:
Naval, 275; Pueyo, 80; Ripolí, 65; Barbastro,
15; Enate, 15; sorprendentemente (¿o intencionadamente?)
no existen en Monzón, Binéfar, Binaced,
Alfantega y tantas otras localidades vecinas.

Figura 8. Bando de
expulsión de los moriscos de Aragón. Fondos
UCM.
Cinco días después
de la orden, el vicecanciller de Aragón apremia
al rey para que se haga efectiva lo antes posible (ACA,
CA, 221, II, 11): «los
inconvenientes que se pueden seguir de la dilación
estando el verano adelante y la cosecha tan cerca que
ni ellos la levantaran por haber dexado el trabajo no
se les permitira, assi por los señores como por
los acreedores, i la miseria que han sacado de los bienes
muebles que an vendido, i no teniendo que comer, como
es cierto les a de faltar, es mui contigente que con
la necesidad tomen ocasión de cometer diversos
delitos para perturbar la paz pública y rebelarse».
En este mismo sentido, y en plena fase de
expulsión, el duque de Lerma envía un
informe al vicecanciller de Aragón en el que
se afirma que los moriscos aragoneses son los más
pobres de España, ya que han malvendido sus bienes
y prácticamente no pueden ya comer de ello. Entre
los más pobres rige la miseria más absoluta
y conviene expulsarles en bloque, lo antes posible (ACA,
CA, 221, II, 11). En este mismo informe, se recoge la
preocupación por el paso de “esta gente”
a Francia ya que «no
son buenos para vezinos de Aragón, particularmente
si confinassen con las montañas de Jaca, de quien
han sido tan capitales enemigos y se hallan tan ofendidos
de las cosas pasadas en tiempo de Lupercio Latrás
[la guerra de 1585]
y es gente tan vengativa como lo ha demostrado la experiencia
cuando tenian armas».
En principio, la expulsión
de todos los moriscos aragoneses debía realizarse
a través de Los Alfaques, en la desembocadura
del Ebro. Sin embargo, teniendo en cuenta que inicialmente
los navíos concentrados en dicho punto «son
menester para los moriscos de Cataluña, que son
los primeros siguiendo la orden de V.M., se començara
en este reyno esta expulsión por los que an de
ir por tierra»; es decir, por los
que se tenían que dirigir a Francia a través
del Pirineo. Por Somport pasan 12.470 personas (AGS,
Estado, leg. 225, fol. 66), procedentes de la zona de
Huesca (capital), del valle del Ebro por encima de Zaragoza,
de los valles del Jalón y Huerva. El último
grupo pasa la frontera el 4 de septiembre (AGS, Estado,
leg. 224). Previamente a la expulsión, hay constancia
de que varios moriscos aragoneses habían emigrado
a Francia por el Pirineo (Boronat, 1901). Resulta tentador
pensar si entre ellos se podían encontrar algunos
arrieros de Naval, tan acostumbrados a los pasos pirenaicos
y con tantos contactos en Francia fruto de sus frecuentes
viajes comerciales. O al menos, si pudieran haber facilitado
la migración de moriscos de otras poblaciones
aragonesas. Otras 9.965 personas pasaron por los puertos
navarros de Vera y de Roncesvalles (AGS, Estado, leg.
228-20). Todos los moriscos que pasaron a Francia fueron
encaminados hacia Languedoc y el puerto de Agde, donde
fueron embarcados con dirección al norte de África.
No obstante, la mayor
parte de los moriscos aragoneses (38.286 personas),
incluyendo todos los de la provincia de Teruel, los
de los pueblos de la provincia de Huesca situados al
este de la capital y los de la parte oriental de la
provincia de Zaragoza, fue conducida a los Alfaques,
conforme al plan inicial (AGS, Estado, leg. 225). Para
proceder a la evacuación, los pueblos con presencia
morisca se agruparon en 35 itinerarios. Juan de la Sierra,
de Barbastro, fue el comisionado para ejecutar la expulsión
de los de Naval, que estaban comprendidos en el 33º
tránsito (o itinerario de expulsión),
y se tenían que juntar con los de otros pueblos
oscenses en Sariñena, seguir por Bujaraloz y
Caspe hasta llegar a Maella, último lugar de
Aragón. Desde allí serían conducidos
a los Alfaques, puerto cercano a Tortosa.
El embarque de tal
cantidad de personas exigió tres meses, del 15
de junio al 16 de septiembre y se desarrolló
sin el menor incidente. El 21 de agosto de 1610, don
Agustín Mexía escribía desde Tortosa
que «El [Dios]
a sido serbido que en esta salida de los moriscos deste
principado y reyno de Aragon se aya echo con tanta quietud
que espanta; pienso que para Nuestra Señora de
septiembre estará acabada y estubieralo mucho
antes si no nos ubiera embarasado el aser que los ricos
paguen por los pobres, que prometo a V.P. que a sido
una pesadumbre la más grande, mas al fin se a
echo lo que S. M. a mandado» (Boronat,
1901). La última frase revela una humillación
más que tuvieron que sufrir los moriscos aragoneses:
pagar el importe del viaje hacia su propio exilio forzoso.
Veamos las palabras de Juan Núñez Gutiérrez,
criado de Mejía, en una carta fechada el 1 de
septiembre de 1610: «Mañana
se aguardan en esta ciudad dos tropas [expediciones
de moriscos] de Aragón
que tendrán 6.000 personas; son las ultimas que
an salido de alla y traen bien con que pagar su flete
y servir con alguna cosa al rey, que esta diferencia
ha avido de la comodidad con que se embarcava los de
esse reyno [Valencia],
pues se hizo la mayor parte de Hazienda real, y de los
servicios que an hecho los que se an embarcado aquí,
que seran mas de 40.000, se abran sacado 24.000 maravedíes»
(Boronat, 1901).
El viaje de los moriscos
desde sus pueblos al exilio tuvo, en la mayoría
de los casos, un carácter trágico. Aznar
Cardona, testigo directo de los hechos, lo plasma perfectamente
en el libro citado anteriormente en el que el autor
confiesa que no pretende escribir la historia de la
expulsión de los moriscos sino manifestar su
justicia y «responder
a ciertas proposiciones heréticas y escandalosas
que oí en los últimos días de su
ejecución cuando sacaban a los moriscos. Entendí
por ciertos cristianos, sencillos y de pocas letras,
las titubaciones, y escrúpulos de dudas infieles,
que había causado en sus pechos, razones y acotaciones
hereticales, afirmadas con ánimo desosado, por
aquellos perros removidos ya para el viaje de su merecido
destierro». Para él, el género
humano estaba dividido en dos bandos contrarios: uno
cuyo capitán es Dios (los cristianos) y otro
cuyo guía es el demonio, en el que se encontraban
judíos y moriscos. Según su opinión,
el Rey Don Felipe había intentado la sincera
conversión de los moriscos mediante la vigilancia
de los reverendísimos obispos, que proporcionaban
constante instrucción y adoctrinamiento, y «sobretodo
habiéndolos estercolado, echándoles en
cara el estiércol de sus pecados, prodimentos
y herejías, amonestándoles con caridad
en los Autos Públicos y fuera de ellos, a la
enmienda y al fruto de ella».
Pero, ¡qué
le vamos a hacer!, había descubierto que «con
estas paternales diligencias, llenas de misericordia,
que ni por esas se pudo hallar jamás en tiempo
alguno, ni en algunos de ellos, presentes ni pasados,
el fruto deseado de la bondad, sino siempre espinas
de infidelidad, blasfemias, crímenes de lesa
Majestad divina y humana, que son las conspiraciones
y prodimentos actualmente intentados contra la persona
Real, en este año y en el otro, y casi en todos
los años». Por este motivo,
y con autoridad del Santo Pontífice, determinó
«no de mandarles quitar
las vidas ni dar lugar a que se viesen correr ríos
de sangre enemiga y traidora, sino mezclando la justicia
con la misericordia, como es costumbre en Dios, y de
sustitutos suyos en la tierra, desterrarlos para siempre
por sentencia y edicto público, de toda España,
y tierras y estados suyos», so pena
de muerte. En un “exceso” de bondad, les
concedió que «para
su camino sacasen el precio de todos sus bienes muebles
y les guió con su autoridad Real, hasta ponerlos
fuera de los mojones del sus Reinos y señoríos,
para que nadie en ellos se atreviese (aún conociéndoles
por tan perros descreídos) a hacerles afrenta,
injuria ni vejación alguna, ni por obra ni de
palabra. Así que mandó arrancar de raíz
tan malas plantas infructuosas, de amargos y mortales
efectos, indignos de tanto favor, y de ocupar tan santa
y fructuosa tierra».
«Comienzan
a salir, ejecutando su merecido destierro, el año
de 1609, por el mes de octubre, los del Reino apacible
de Valencia. Prosiguen la salida los de Aragón,
Cataluña y Castilla, el año 1610, y se
remató por último escombro en este año,
de 1611, por lo que [España]
habrá quedado bajo color de Cristiandad, como
consta por última publicación del edicto
definitivo de su Majestad, el cual vi publicar en la
ciudad de Zaragoza, a 12 de mayo del presente de 1611.
Y después también me hallé presente
cuando lo publicaron en la ciudad de Huesca, a 15 de
junio del mismo año. Salieron los más
de ellos por mar, embarcándoles en los Alfaques,
y para este efecto presidía con grandes poderes
de su Majestad, un famoso caballero anciano, llamado
Don Agustín Mexía, Maese de Campo, General
de España, y del Consejo de Guerra de su Majestad,
a quienes los moriscos decían el Mecedor porque
venía a removerlos. Los demás que eran
los menos, salieron por tierra, por estas partes de
Jaca y de Navarra, y algunos millares por las montañas
de Jaca. ¿Qué hombre habrá ahora
tan capaz que pueda bien contar lo que los ojos vieron?
¿Qué lengua podrá narrar, qué
juicio podrá bien ponderar, las cosas tan memorables
como aquí se ofrecieron? Ninguno; más
quiero relatar algunas aunque sea cortamente».
En el capítulo
2 del libro, Aznar Cardona trata precisamente «del
modo como salieron los moriscos a cumplir su destierro
y del número de los que salieron, y murieron
no por respeto de Cristo, sino por sus bienes».
La descripción pone los pelos de punta:
«Salieron,
pues, los desventurados moriscos en los días
señalados por los ministros Reales, en orden
de procesión desordenada, mezclados los de a
pie con los de a caballo, yendo unos entre otros, reventando
de dolor y de lágrimas, llevando gran estruendo
y confuso vocerío, cargados de sus hijos y mujeres,
y de sus enfermos, y de sus viejos y niños, llenos
de polvo, sudando y jadeando, los unos en carros, apretados
allí con sus personas, alhajas y baratijas; otros
en cabalgaduras con extrañas invenciones y posturas
rústicas, en sillones, albardones, espuertas,
aguaderas, rodeados de alforjas, botijas, cestillas,
ropas, sayos, camisas, lienzos, manteles, pedazos de
cáñamo, piezas de lino, con otras cosas
semejantes, cada cual con lo que tenía. Unos
iban a pie, rotos, mal vestidos, calzados con una esparteña
y un zapato, otros con sus capas al cuello, otros con
sus fardelillos, y otros con diversos envoltorios y
líos, todos saludando a los que les miraban o
encontraban, diciéndoles: “el Señor
les guarde”, “Señores queden con
Dios”. Entre los sobredichos de los carros y cabalgaduras
(todo alquilado, porque no podían sacar ni llevar
sino lo que pudiesen de sus personas, como eran sus
vestidos, y el dinero de los bienes muebles que hubiesen
vendido) iban de cuando en cuando (de algunos moros
ricos) muchas mujeres hechas unas devanaderas, con diversas
patenillas de plata en los pechos, colgadas de los cuellos,
con gargantillas, collares, arracadas, manillas, corales,
y con mil gaiterías, y colores, con sus trajes
y ropas, con que disimulaban algo el dolor del corazón.
Los otros que eran más sin comparación,
iban a pie, cansados, doloridos, perdidos, fatigados,
tristes, confusos, corridos, rabiosos, corrompidos,
enojados, aburridos, sedientos y hambrientos; tanto,
que por justo castigo del cielo no se veían hartos,
ni satisfechos, ni les bastaba el pan de los lugares,
ni el agua de las fuentes con ser tierra tan abundante
y con darles el pan sin límite con su dinero.
En fin, así los de a caballo (no obstante sus
tristes galas) como los de a pie, padecieron en los
principios de su destierro trabajos insoportables, grandísimas
amarguras, dolores y sentimientos agudos en el cuerpo
y en el alma, muriendo muchos de pura aflicción,
pagando el agua y la sombra por el camino, por ser en
tiempo de estío cuando salían los desdichados.
Y más adelante, salidos ya de los señoríos
de nuestro Católico Rey, perecieron en pocos
días, aquejados de mil duras pesadumbres y oprimidos
de otras inevitables necesidades, según ha llegado
a mi noticia, más de 60.000. Unos por esos mares
hacia Oriente y Poniente; otros por esos montes, caminos
y despoblados, y otros a manos de sus amigos los Alarbes
[árabes]
en esas costas de Berberia, cuyos cuerpos han servido
para henchir los buches desaforados de las bestias marinas
y los estómagos de los animales cuadrúpedos
y fieras alimañas de la tierra, sin hacer más
cuenta de ellos que del estiércol de la calle.
¿No ves el desastroso fin de los malos? Pues
por ahí sacarás la victoria de los buenos».
Como hiciera Agustín
Mexía, Aznar Cardona también destaca la
ausencia de incidentes dignos de destacar durante los
traslados de los moriscos aragoneses (Figura 9). Tal
es así que dedica el tercer capítulo de
su libro a «la suavidad
milagrosa de la expulsión sin suceder muerte
ni rebelión», ya que resultaba
sorprendente «que llevase
rendidos y humillados por esos caminos, montes y soledades
un solo fiel ministro del Rey, 500, y 1.000, y 2.000
de ellos juntos, como quien lleva un rebaño de
ganado, sin que alguno de ellos osase descomedirse,
ni echar mano de una piedra, ni aún hacer ademán
de ello. Maravilla es, que dos pares de hombres leales,
sin otras armas algunas, más de ser el uno de
ellos comisario real, sacasen y guiasen por donde dicho
es, 1.000 y 3.000 de ellos, sin suceder escándalo,
sedición, alboroto ni muerte de algún
cristiano. ¿Quién lo creyera? Pues pasó
así en realidad de verdad. Los escándalos
mayores, y perjuicios nuestros y principalmente de Dios,
que sucedieron en Aragón fueron de lengua (…).
Hálleme presente en la expulsión [de
los de varios lugares de Aragón]
y yo les oí decir (no sin dolor interno del corazón)
algunas proposiciones heréticas tan impías,
que por no ofender los oídos cristianos, dejo
de ponerlas aquí».
Curiosamente, los moriscos
de Naval no figuran en la relación de embarcados
en los Alfaques ni entre los que fueron expulsados por
Navarra o Somport. Este hecho ha llevado a especular
si lograron evitar la expulsión gracias a la
mediación del Obispo de Barbastro, a la evasión
y/o a dedicarse a oficios como la arriería (que
tan bien conocían) sin una localidad fija de
residencia. La idea es atractiva pero parece poco probable
y, de hecho, diversos autores coinciden en el carácter
radical de la expulsión de los moriscos aragoneses;
de hecho, hasta el reinado de Felipe IV se produjeron
quejas ante las justicias ordinarias de diversas regiones
por el incumplimiento de las órdenes reales:
«en la Corona de Aragon
se sabe que fuera de los [moriscos]
que se han buelto y pasado los de Castilla ay con
permision mucha cantidad dellos y la que con las mysmas
licencias y con probanças falsas se han quedado
en España son tantos que era cantidad muy considerable...».

Figura 9. Expulsión
de los moriscos.
En
la ciudad de Monzón (Huesca) se celebra una singular
tradición relacionada con estos moriscos conocida
como “El Bautizo del Alcalde”.
Se reedita cada 4 de diciembre, festividad de Santa
Bárbara, patrona de la ciudad, y consiste en
el lanzamiento de castañas y golosinas desde
los balcones del Ayuntamiento a la muchedumbre congregada
en la plaza Mayor. Los encargados de lanzar los regalos
son los concejales, las Zagalas y Zagaletas y algunos
invitados. El 4 de diciembre de 1643, las tropas castellanas
reconquistaron el castillo de Monzón que estaba
en poder del ejército francés desde el
19 de mayo de 1642 (Guerra de Secesión) y, por
este motivo, Santa Bárbara es patrona de la ciudad.
Hasta aquí, la historia. A renglón seguido,
la leyenda cuenta que la población decidió
nombrar alcalde, y que la mayoría se pronunció
a favor de un hombre recto, cabal... ¡y morisco!
La confesión religiosa del electo estaba en duda,
y el conflicto se solucionó cuando confirmó
su fe cristiana, aceptando ser bautizado en público,
y la ciudad estalló en una fiesta, y desde los
balcones del Ayuntamiento cayeron castañas y
dulces... Y así hasta hoy.
No obstante, la documentación
oficial sigue negando que en Aragón quedasen
muchos moriscos tras la expulsión. En 1618, con
motivo de la detención en Borja de dos moriscas
que habían regresado a sus hogares, el vicecanciller
informa al rey que el reino de Aragón «es
el que más limpio se halla en España desta
semilla y no se sabe que aya en él más
que estas dos moriscas» (ACA, CA,
221, VI, 7). En cualquier caso, resulta prácticamente
seguro que, o bien no quedaron en Naval, o se integraron
completamente entre los cristianos viejos ya que pocos
años después (el 27 de abril de 1627)
el Obispo de Barbastro autoriza la venta del cementerio
de los moriscos de Naval (Archivo Diocesano de Barbastro,
Legajo 577):
«El
Muy Ilustre Señor Don Fray Alonso de Requesens
y Fenollet por la Gracia de Dios y de la Santa Sede
Apostolica Obispo de Barbastro y del Consejo del Rey
Nuestro Señor, hallando en visita general de
su Obispado et por ciertas causas y razones a su Reverendisima
bien vista dijo que daba licencia y dio licencia y permiso
y facultad a Mosén Miguel Almalilla vecino de
la villa de Naval para que pueda vender y venda a Jeronimo
Sanz Broto, natural de la villa un censal de 400 sueldos
de propiedad y suerte principal con 20 sueldos jaqueses
de comun pension pagaderos en cada un año por
el dia de los Reyes. El cual fue vendido y originalmente
cargado por Pedro Cavero de la misma villa de Naval
sobre unas casas suyas como consta por institución
fecha en la dicha villa de Naval a 4 dias del mes de
enero del año 1600 y por el dicho Jeronimo Sanz
de Broto testificado y las dichas casas donde fue cargado
el sobredicho censal las tiene y posee de presente el
dicho Jerónimo Sanz Broto y confronta con casas
de su habitacion y calle de los herederos de Juan de
Almalilla y calle publica caidas y prorreten corridas
y asimismo dio licencia, permiso y facultad su Señoria
para que puedan vender al dicho Jeronimo Sanz de Broto
un pedazo de cementerio que era de Cristianos Nuevos
junto a la ermita de San Miguel y confronta con via
publica que va a las heras de cuello y con cuadron de
Tomas Morillo. Et quibus Ecclesia».
No se trataba de un cementerio morisco cualquiera sino
del más importante de la provincia (Figura 10).
Tal es así que hasta los moriscos más
destacados de Barbastro eran enterrados allí,
tal y como relata Aznar Cardona:
«El hijo querido del
Morisco Baltasar [vecino de Barbastro],
estimado entre moriscos, habiéndose muerto en
su propia casa de enfermedad, ninguna iglesia ni cementerio
le estuvo bien a su padre, antes procuró llevarlo
al cementerio particular de los moriscos, en la villa
de Naval, a donde le enterraron entre aquellos abominables
condenados, poniéndole oro, higos y pasas en
la boca y en el seno de la mortaja para el camino. Son
cosas tan ridículas estas y tan indignas de asiento
en juicio humano, que no solamente contradice a toda
razón y verdad católica, más también
a los que ellos mismos profesan de su Alcorán».

Figura 10. Escalereta
de los moros. Naval (Huesca). Juan M. Rodríguez,
2007.
Algunos años
después, en 1634, la villa de Naval adquiere
al señor temporal las salinas que habían
pertenecido a los moriscos por un precio de 15.000 sueldos.
Forzosamente, la expulsión de 55 familias de
una villa como Naval se tuvo que notar durante cierto
tiempo en las actividades que, hasta ese momento, habían
sido típicamente moriscas, como la alfarería,
la arriería o la producción salinera (Figura
11). Paulatinamente, parte de la población cristiana,
que era mayoritaria en esta villa, fue ocupando los
puestos “vacantes” y las actividades comerciales
retornaron a la normalidad.

Figura 11. Naval.
Rodeado en amarillo el barrio de Cotón, donde
vivían los moriscos. Google Earth, 2022.
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Zafra.
Abreviaturas
de archivos
ACA, Archivo de la
Corona de Aragón
ADC, Archivo de la Diputación de Cuenca
ADZ, Archivo de la Diputación Provincial de Zaragoza
AGS, Archivo General de Simancas
AHN, Archivo Histórico Nacional
AHPH, Archivo Histórico Provincial de Huesca
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