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El carrusel de la memoria:
1. Antonio Bellosta, Banastón de Naval
  Juan Miguel Rodríguez Gómez
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«Las primeras luces surgen y traen consigo otra vez la vida, el frío matinal y la jornada fatigosa que dale y dale. Giran las ruedas y marcan sobre el barro, o sobre el polvo, sobre el hielo o la nieve, sus llantas. Y sigo andando con traca y traca, chirridos, y hielo en las manos, y pies y ojos. Siempre hay alguien que nos necesita, que nos llama. Y seguimos, porque tan sólo se nos permite detenernos una vez, y es para siempre». José Antonio Labordeta, El Trajinero, 1974.

1. De casta le viene al galgo

Don Antonio Jesús Bellosta Pardina nació el 18 de enero de 1914 (Figura 1). Era hijo de Antonio Bellosta Murillo y de Luisa Pardina Portella, ambos naturales y vecinos de Naval. Bien podría no haberse llamado Antonio si su hermano mayor (Antonio Lorenzo Bellosta Pardina; 9 de agosto de 1908 - 4 de marzo de 1909) no hubiera fallecido, un hecho frecuente en una época en la que la tasa de mortalidad infantil era muy elevada.

Figura 1. Partida de nacimiento de Antonio Bellosta Pardina. Ayuntº de Naval.

La familia tenía una larga tradición de arrieros a sus espaldas, como su bisabuelo, Manuel Murillo (natural de Samitier) o su abuelo paterno, Antonio Bellosta procedente de Casa L’Arriero de Olsón (Figura 2). Ambos antepasados fueron a casarse a Naval debido a los lazos que se establecían entre arrieros de diversas localidades.

Figura 2. Casa L’Arriero de Olsón reconvertida en casa de turismo rural en la actualidad.

Y, ¡cómo no!, su padre: el célebre arriero Mamón (Figura 3). Su apodo, por el que era conocido en gran parte del Pirineo oscense, no tenía nada de peyorativo. Los mamones o mamadores eran niños, con una succión vigorosa, que aliviaban las ingurgitaciones o retenciones de leche en mujeres lactantes que, o bien habían perdido a su hijo, o bien sufrían mastitis. Por muy extraño que nos pueda parecer hoy en día, los mamadores siguen presentes en el recuerdo de las personas más mayores. En algunos casos, los mamones tenían que recibir la conformidad de sus párrocos para ejercer esta actividad y, aunque desempeñaban su trabajo con discreción, todavía recorrían los pueblos en los años treinta. No obstante, su actuación tenía un carácter subsidiario y únicamente se acudía a ellos cuando no se contaba con personas de la familia o niños del vecindario (vamos, gente de “confianza”) que pudieran llevar a cabo la tarea. Parece ser que Antonio padre era el niño del vecindario de Naval que más destacaba por su habilidad para resolver ese tipo problemas.


Figura 3. Antonio Bellosta Murillo (Mamón), señalado con una flecha, en la plaza de Naval.
Fotografía cedida por Simón Carruesco (Naval).

Antonio hijo (Figura 4) no heredó esa habilidad (o no la tuvo que poner nunca en práctica) y se le conocía por el nombre de su casa: “Banastón”. Así fue como se rebautizó su casa cuando su bisabuela Antonia Lamúa (o Lamuga, en algunos papeles) vino a casarse procedente de Casa Santa Tecla de Banastón (Figura 5).

Figura 4. Antonio Bellosta Pardina, en la plaza de Naval. Juan M. Rodríguez.

Figura 5. Casa Santa Tecla, Banastón. Juan M. Rodríguez.

Los hijos mayores de los arrieros acompañaban ya a sus padres antes de cumplir los diez años, para que fueran aprendiendo el oficio y conociendo a su futura clientela. Por lo tanto, con muchos viajes ya a su espalda, se casó con María Lanau Palacio, de Casa El Sorde de Naval, con la que tuvo dos hijos y una hija.

2. Y el tiempo se detuvo…

Antonio no se acordaba (no quería acordarse) del día exacto en el que, allá por los años 50, emprendió su último viaje hacia “La Montaña”, con su carro cargado de diversas mercancías. Pero, desde entonces, el tiempo se detuvo en el Pirineo, sobre todo en el posteriormente deshabitado Sobrepuerto. Y allí, en un lugar particularmente querido de su prodigiosa memoria, permaneció intacto hasta el final: el humo salía, como todos los días, por las chamineras de las casas, los campos estaban cultivados, de las fuentes manaba agua, todas las paredes seguían en pie, las personas se afanaban en sus tareas y, a cada paso, se encontraba con conocidos por los caminos. Para él, la vida en Sobrepuerto siempre siguió siendo la misma que tan bien conoció, y disfrutó, a fuerza de recorrer cíclicamente sus pueblos durante las cuatro estaciones de muchos años. No llegó a ver ninguno deshabitado, pero sí fue testigo del inicio de la diáspora final.

De hecho, la emigración, que le iba arrebatando rápidamente a sus clientes, fue una de las causas que le obligaron a abandonar su oficio de siempre. También la irresistible irrupción de neveras y nuevos materiales para el procesado y conservación de alimentos. La construcción o mejora de las vías de comunicación y, por ende, la generalización de nuevos sistemas de distribución de mercancías, como furgonetas y camiones, con los que era imposible competir, hizo el resto. En otras palabras, lo que hemos dado en llamar “el progreso” (¿?). Por eso, y a su pesar, a la vuelta de uno de sus viajes decidió solicitar trabajo en las obras del embalse del Grado. El fin de los arrieros, antiguo cordón umbilical Montaña-Somontano, unido a la frenética construcción de embalses: toda una siniestra premonición para tantos pueblos del Pirineo aragonés. Camino de convertirse en centenario, Antonio nos describía, con todo lujo de detalles, rutas, campos, casas, rostros, voces, silencios...

3. Una vida de ida y vuelta

La vida de cualquiera de los arrieros de Naval era un continuo viaje de ida y vuelta. Vamos, una vida en el camino. En este sentido, no pude evitar sonreír cuando, durante un viaje a Cartagena de Indias (Colombia), vi una compañía de arrieros, profesión plenamente vigente en aquella zona, cuyo nombre era Voy y Me Vengo. Cuatro palabras que definen una profesión.

El recorrido de los arrieros navaleses fue menguando progresivamente desde mediados del siglo XIX. El lento pero progresivo desarrollo de las incipientes redes ferroviarias, primero, y de carreteras, después, hizo que se fueran reduciendo sus áreas de influencia. Este hecho es evidente en el “historial arrieril” de la familia de Antonio. Su bisabuelo llegaba hasta las costas francesa y cantábrica. Una generación después, su abuelo, acompañado de un hermano y un criado, iba con 4-6 machos y llegaba desde Huesca hasta Jaca y desde Uncastillo y algunos pueblos navarros limítrofes con Aragón hasta Hecho y Ansó.

Testigo del paso de estos arrieros por la capital oscense era Casa Navalés, tienda de ultramarinos (espacio actualmente ocupado por un pub) en la céntrica calle de Goya, en la que siempre existieron comercios de distinta clase: ultramarinos, carnecerías, fonda, herrería, almacén de hielo... No fue, ni mucho menos, la única tienda Casa Navalés por la geografía aragonesa: Labuerda, El Grado, Gerbe…

La zona de acción de Antonio y su padre se limitaba ya a Serrablo y Sobrarbe. A grandes rasgos, estaba delimitada por la línea Sabiñánigo-Lanave-Carretera de la Guarguera-Boltaña-Ribera del Ará-Linás-Biescas-Sabiñánigo, incluyendo la zona entre Acumuer y Larrés, los “Oroses” (Orós Alto y Orós Bajo) y Oliván, Sobrepuerto, el valle de Vio y la zona comprendida entre el mesón de Barranco Fondo y Paúles de Sarsa (Figura 6). No fue el único cambio: los potentes mulos navaleses dejaron paso a los esforzados asnos. Compraba los animales con 3 ó 4 años, generalmente en la Feria de Barbastro, y los tenía hasta los 10-12 años. Nunca les faltó cebada tres veces al día. Según Antonio, el trato a las caballerías debía ser el mejor posible pues creaba una confianza mutua y mejoraba su rendimiento.

Figura 6. Itinerarios de Antonio Bellosta, padre (Mamón) e hijo (Banastón).

Su periplo, con carro y dos burretes, duraba aproximadamente entre 8 y 15 días; no obstante, no había una duración fija ya que el tiempo cronológico dependía del tiempo meteorológico y de cómo se le dieran las ventas. El viaje comenzaba de madrugada, temprano, cuando todavía era de noche, de tal suerte que cuando daban las 6 ó 7 de la madrugada ya había coronado el famoso Alto de Pino, límite natural entre el Somontano y La Montaña.

Tras dejar atrás Abizanda, pasaba por Ligüerre de Cinca, dejando a su derecha mesón y a su izquierda la herrería. La comida la realizaba en el mesón de Samitier, elogiado y fotografiado por el mismísimo Lucien Briet durante uno de sus viajes. En los tiempos de nuestro arriero, estaba atendido por Dña. Filomena, natural de Asque y casada con el mesonero Mariano Carruesco. Mediano seguía siendo Mediano y no la punta de una torre fuera del agua (Figura 7).

Figura 7. Puente del diablo y Mediano al fondo, en la segunda mitad de los años 30 del siglo pasado.
Josep Brangulí i Soler, Arxiu Nacional de Catalunya.

La siguiente parada era Aínsa, para dormir en el Mesón Tozola, situado a mano izquierda antes de cruzar el puente sobre el río Ara (Figura 8). El mesón se reformó profundamente con los años y el resultado es el actual Mesón de L’Aínsa. A las 4 ó 5 de la mañana, vuelta al carro para llegar a Boltaña antes de que se hiciera de día. Sus caballerías conocían tan bien esa parte del trayecto que no hacía falta guiarlas y Antonio aprovechaba para echar una cabezada (como me diría alguna vez «el día del arriero era muy largo»). Poco después de atravesar Boltaña, hacía parada de carro en el Mesón Frechín (comida: 10 reales) (Figura 9). Años y años parando en Frechín, ¡cómo iba olvidar a los dueños Gregorio Garcés Melis (nacido en Gere) y María Frechín Lardiés!; o a su hijo Emilio y su nuera, Francisca Castillo, de Casa Castillo de Jánovas (Figura 10); o el drama, todavía inacabado, del pantano de papel que sacudiría al pueblo algunos años después (Menjón, 2004). Es el mejor sitio para escuchar Habanera Triste (La Ronda de Boltaña, 1996).

Figura 8. Aínsa, hacia 1920. En la parte inferior izquierda, Mesón Tozola.
Julio Soler Santaló, Centre Excursionista de Catalunya.

Figura 9. Mesón de Frechín, Jánovas. Archivo familia Garcés.

Figura 10. Emilio Garcés y Francisca Castillo, la dignidad de Jánovas.

En el mesón iniciaba un recorrido con una caballería, y la mercancía que pudiera portar, por Jánovas, San Felices, Planillo, Albella, Lacort y Lavelilla. Entre sus recuerdos de Lacort destacan el batán, para el que hizo algunos recados (llevar o recoger alguna pieza) (Figura 11) y, por supuesto, los establecimientos de Casa Macario (Figura 12), Casa Marcial (Figuras 13 y 14), Casa Revilla (Figura 15) y El Ventorrillo (Figura 16). Fue testigo del surgimiento de algunos de ellos que, en poco tiempo, pasaron de ser buenos clientes para convertirse en grandes competidores ya que podían adquirir mucha más mercancía y mucho más rápidamente mediante el suministro con camiones a partir de los grandes almacenes de Barbastro. De hecho, el auge de estas tiendas limitó notablemente la actividad arriera de algunos de los colegas de Antonio, como Tomasón de Buera.

Figura 11. Batán-Serrería de Lacort. Cortesía de Pablo Muro, de Casa Morer (o Batanero) de Lacort.

Figura 12. Casa Macario (Macario Garcés, Panadería y Carnicería, como rezaba un calendario de 1957), Lacort.
Archivo Pablo Muro.

Figura 13. Casa Marcial, en el centro del pueblo (Lacort). Archivo Pablo Muro.

Figura 14. Almacén de Casa Marcial, en la carretera (Lacort).
Ricardo Agramunt.

Figura 15. Casa Revilla, Lacort. Ricardo Agramunt.

Figura 16. El Ventorrillo, Lacort. Ricardo Agramunt.

Su itinerario continuaba por Santolaria y Javierre de Ara. Allí, en Casa Gabarre, se ubicaba el telar (actualmente en el Museo de Artes Populares de Sabiñánigo) de Víctor Ger (Figura 17), donde el tejedor elaboraba magníficas alforjas, sacos y mantas. Antonio hizo más de un encargo a Víctor, bien para traer materias primas al telar o bien para llevar algunas piezas acabadas a sus propietarios.

Figura 17. Víctor Ger en su telar. Javierre de Ara. Ricardo Agramunt.

A propósito de tejedores, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, resulta casi obligado incluir la descripción que Ricardo del Arco y Garay hizo en 1946 de Mariano Gracia, uno de estos artesanos, que ya sabía bien el futuro que le esperaba a su oficio:
«He conocido en Loarre un tejedor entrado en años, que en sus buenos tiempos en aquel aposento de la planta baja se pasaba horas y horas sentado ante el telar, dándole con una mano a la lanzadera, al peine con la otra y a los pedales de la trama con los pies… Tal como tejió su bisabuelo, tejieron su abuelo y su padre, así teje él; los dos telaratos de pino que hay en ese aposento son los mismos que ellos usaron; solo que uno permanece quieto, como esqueleto petrificado; hace muchos años que no rechinan sus articulaciones. Y es que el oficio está “acabado del todo”; día con otro, contando con los perdidos por ausencias para vender las piezas obradas saca este tejedor unas 5 pesetas de jornal.

En el aposento no caben sino los dos telares y la devanadera. Los artefactos llegan al techo, y el suelo es de tierra. Por una ventanilla entra la luz que ilumina al operario y a la obra; el fondo de la estancia permanece en penumbra. El tehedor sonríe ante el terliz, mientras el algodón y el cáñamo cantan su canción de alianza; y al cabo del día, sube a la dueña unas varas de tela recia, compacta, diríamos “sincera”, de esa que los biznietos encontrarán tan fuerte y apretada como ahora.

He dejado el taller: aquel armazón de pino que la sierra, hoy monda, criaba en otro tiempo, las garruchas de boj, las canillas de caña, las clavijas de vidrio, los peines inservibles que penden del techo con tiras de algodón empolvado como colgaduras de triunfo de un trabajo secular. Y he seguido al tejedor por entre un arco de pinochas puestas a secar hasta llegar al hogar, Me ha hecho sentar en la cadiera junto al fuego, y me ha mostrado sábanas, manteles, toallas, toallones, rollos de lienzo que acaricia con amor de artífice; tela blanquísima, fuerte y dúctil a un tiempo, después de aprestada con el lavado. Y una alacena de nogal, repleta de piezas obradas por sus antepasados; todo un museo de tejidos de este taller, ignorado y simpático.

De añadidura, el generoso tejedor me ha obsequiado, de buen grado, con jamón casero, longaniza que tiene su fama en el lugar, clarete y “poncho” navideño. Como obsequiara, sin duda, el abuelo y el padre del tejedor.

Ha llegado su hijo, otra generación. Pero el muchacho no quiere aprender el oficio. El padre confirma, moviendo la cabeza de un lado a otro; no da para vivir, apenas hay encargos; las telas que se venden en la capital son más baratas aunque sean mezquinas, falsas y duren poco. Pero el caso el satisfacer el apremio del momento.

Y un mal día, cuando el tejedor envejezca, después de un siglo y medio, el taller enmudecerá para siempre y las mujeres que vayan por la calle con los cántaros a la cintura, no oirán ya la canción cotidiana del telar que nació allí, en aquel aposento angosto, y allí quedará sepultado. Y será otro de los últimos jirones de una industria popular que ha pasado a la Historia».

Ligüerre de Ara era el siguiente pueblo en el recorrido de Antonio. El puente de acceso, como tantos otros, fue destruido durante la guerra (Figura 18) y pasó mucho tiempo hasta que se construyó uno nuevo. Hasta entonces, Antonio tenía que cruzar el río a nado (decía a nado, no a vado) para acceder a la localidad. Allí se hospedaba en Casa Antín (Figura 19). Posteriormente, pasaba por Arresa, donde le llamaba la atención la gran cantidad de vacas existentes en Casa Sebastián, y cuya leche se vendía en Barbastro. Salvo casos excepcionales, Antonio no se adentraba en La Solana, cuyos pueblos ya se empezaban a suministrar de forma casi exclusiva a partir de las tiendas de Lacort o Fiscal.

Figura 18. Restos del antiguo puente de acceso a Ligüerre de Ara, destruido durante la guerra civil.
Juan M. Rodríguez, 2022.

Figura 19. Casa Antín (a la izquierda), en Ligüerre de Ara, construida originalmente en el año 1717
y donde pernoctaba Antonio. Juan M. Rodríguez.

En este último pueblo paraba en el comercio de Bellosta (Casa Bautista), regentado en aquel momento por una mujer natural de Ligüerre de Ara, de Casa Ballarín para más señas; allí almacenaba mercancía, especialmente cazuelas y pucheros que, entre viaje y viaje de Antonio, era vendida en la propia tienda. Fiscal era el punto de partida para sus andanzas por Sobrepuerto, por donde se desplazaba a carga (es decir, sin carro) con uno de los burros. Madrugando, como siempre, llegaba a Bergua cuando se empezaba a hacer de día; allí, establecía su “cuartel general” en Casa Juana, de cuyos moradores guardaba un recuerdo nítido: Generosa, el abuelo Antonio y su hermano Mariano, Antonio “hijo” y su mujer Encarna, Meregelio (casado en el Valle de Tena)… El precio que el arriero tenía que abonar por cenar y pernoctar osciló desde los 3 reales iniciales (cuando un banastón de cacharrería valía 25 pesetas) hasta 1 peseta cuando dejó el oficio; los pagos los hacía en dinero o en forma de trueque por algún tipo de mercancía. Siempre que le resultaba posible, Antonio intentaba seguir el siguiente itinerario por Sobrepuerto y pueblos cercanos: Bergua-Ayerbe de Broto-Escartín-Otal-Ainielle-Berbusa-Basarán-Cortillas-Cillas-Sasa-Bergua. En total, el recorrido, con sus correspondientes paradas, le llevaba un mínimo de 3 ó 4 días. En ocasiones, incluía Oliván, Casbas y Susín en este trayecto, a los que accedía desde Berbusa, mientras que otras veces llegaba a estos pueblos desde Orós Alto, donde tenía otro de sus cuarteles generales, tal y como comentaremos posteriormente.

De vuelta a Fiscal, seguía con su carro y se dirigía por Sarvisé (desde donde hacía incursiones al valle de Vio) y Broto hasta Linás, localidad que hasta 1935 constituyó un fondo de saco para Antonio. Hasta entonces, el paso por el puerto de Cotefablo, cabecera de dos grandes barrancos (el del Sía, afluente del río Gállego, y el de Sorrosal, afluente del Ara), únicamente se podía realizar por un camino de herradura no apto para carros. En consecuencia, para llegar a Biescas y Yésero tenía que ir desde Boltaña a Sabiñánigo, atravesando la Guarguera, vendiendo en todos los pueblos por los que pasaba, desde el Mesón de Fuebla y el de Barranco Fondo al Hostal de Ipiés, pasando por Matidero, Laguarta o Secorún.

El calado del túnel de Cotefablo (altitud: 1.423 m¸ longitud: 683 m) en 1935 fue una buena noticia para Antonio (Figura 20).

Figura 21. Túnel de Cotefablo, entre Linás de Broto y Yésero, poco antes de su apertura oficial.
Archivo Julio Gavín.

No obstante, tuvo que esperar hasta después de la Guerra para atravesarlo por primera vez. A partir de ese momento, pasaba directamente de Linás a Yésero, con la tristeza de no poder reencontrarse en ese último pueblo con Antonio Salvador del Río, el secretario del Ayuntamiento, asesinado durante la contienda en el Barranco de Pubieto, muy próximo al puerto de Cotefablo. Hasta antes de la guerra, tanto su padre como él se habían alojado en su casa (Casa Secretario) cuando pasaban por allí. En Gavín, hacía una nueva parada de carro en Casa Petronila y, ya solo con una caballería, recorría Espierre, Barbenuta, Orós Alto y Orós Bajo. A “los Oroses” accedía, en otras ocasiones, desde Biescas.

Como he comentado anteriormente, en Orós Alto tenía otra de sus grandes bases de operaciones, Casa Jacinto, donde se quedaba su hijo mayor cuando se lo llevaba con él durante las vacaciones escolares (Figuras 21 y 22). Desde allí también podía acceder a Oliván, Susín, Casbas y Berbusa. Para ello, le dejaban un buen macho mientras se quedaban sus caballerías descansando. Los amos le conminaban a aceptar el macho con un contundente «Antonio, ¡no seas bárbaro!, no mates a tus caballerías. Usa una de las nuestras, que están sin hacer nada, igual que el criado». Paralelamente, le decían al criado de turno que tratara a los burros de Antonio como si fueran los machos de la casa. Según Antonio, en aquella casa cuidaban muy bien a los criados y «no se les iba ninguno hasta que se iban a la mili o se casaban».

Figura 22. Casa Jacinto, Orós Alto. Juan M. Rodríguez.

En tiempos del estraperlo, Antonio dejaba parte del aceite que llevaba en una pila de Casa Jacinto, adonde bajaba gente de Biescas y del valle de Tena cuando les hacía falta. En Oliván o en Orós Alto le llamaba la atención la gran cantidad de mulas lechales traídas de Francia para su recría en la ribera del Gállego. En Orós Alto también había una buena cantidad de vacas frisonas, cuya leche se vendía en Biescas y en la central lechera de Grañén.

Figura 22. ¡Como se acordaban Pascual Salvador y Amparo Lapuente de Antonio! Casa Jacinto, Orós Alto.
Juan M. Rodríguez.

Nuevamente a dos ruedas, seguía la ruta Biescas-Escuer-Senegüe. En este último pueblo, cruzaba el puente para acceder a los pueblos del otro lado del Gállego, desde Sardas a Lárrede. Por fin, llegaba a Sabiñánigo, otro punto importante de su periplo y base para sus operaciones entre Larrés y Acumuer. En total, el recorrido de Fiscal a Sabiñánigo le solía llevar 3 ó 4 días. En la actual capital del Alto Gállego, Antonio reponía las mercancías que había ido agotando. Y es que, antes de partir, las había facturado en la estación de Barbastro con destino a la de Sabiñánigo, donde la guardaban en el almacén de la RENFE hasta que pasaba a por ella. No estamos hablando del Sabiñánigo que conocemos actualmente sino del Sabiñánigo que en palabras de Antonio «era una sola calle, con una sola tienda [Casa Tomás, donde comía] allá al final, al final» (Figura 23). Una vez vendida toda la mercancía, la vuelta a Naval la hacía de un tirón, bien por Cotefablo o por la Guarguera deteniéndose únicamente para comer o pernoctar.

Figura 23. Sabiñánigo, una calle con la estación al fondo. Archivo Julio Gavín.

Finalmente, también hacia viajes por la zona comprendida entre Suelves y Las Bellostas. Como su suegra era de Paúles de Sarsa (Casa Palacio), cuando vendía en localidades próximas (Sarsa de Surta, Almazorre, Eripol, Arcusa, Hospitaled…), las consignas eran tan diáfanas como irrefutables: «mientras vendes por aquí, a dormir a casa».

Si pasaba por Las Bellostas almorzaba en el mesón de Gallinero (Figura 24). Por allí también pasaba Ángel Sasa, otro vendedor ambulante navalés que llevaba las mercancías que vendía… ¡¡a hombros!! Con el hambre que solía traer, cuando Doña Maximina, el ama del mesón, le preguntaba a Ángel qué le apetecía, la respuesta era siempre la misma: «un par de huevos, un trozo de longaniza y todo lo que se ponga por delante».

Figura 24. Ruinas del mesón de Gallinero, entre Las Bellostas y Sarsa de Surta.
Juan M. Rodríguez.

Las principales casas, mesones y fondas en las que pernoctaba Antonio en sus viajes se muestran en la Tabla 1.

Tabla 1. Casas y mesones en los que pernoctaba Antonio Bellosta.

Pueblo
Casa
Ainielle
Franco
Aínsa
Mesón Tozola (actual mesón de L'Aínsa)
Ayerbe
Cadena
Basarán
Miguel Lóbez
Berbusa
Chuanico
Bergua
Juana
Biescas
Fonda Ruba
Cillas
Blas
Cortillas
Isábal
Escartín
Satué (hasta 1938). Blas (después de la Guerra)
Espierre
Ramón
Fiscal
Bautista
Gavín
Petronila
Jánovas
Mesón de Frechín, Casa Sarrate
Javierre
Orús, Maza
Ligüerre de Ara
Antín
Oliván
Capitán
Orós Alto
Jacinto
Otal
Orós, Bergua, Calderero
Samitier
Mesón de Samitier
Sasa
Ramón
Susín
Ramón
Yésero
Secretario

 

4. Mercancías “de subida”

El catálogo de productos que Antonio llevó a Sobrarbe y Serrablo es bastante amplio pero, entre ellos, dos destacaban por su importancia: el aceite y la cacharrería (cazuelas, pucheros y demás). El primero iba en boticos, generalmente suspendidos de la parte baja del carro (la bolsa), de tal manera que se aprovechase al máximo la capacidad de carga del vehículo. En cada viaje solía llevar entre 400 y 500 kg de aceite, procedente de diversos tornos, como los de Hoz de Barbastro, Coscojuela de Fantova o Colungo. El transporte de aceite se complicó durante algunos años después de la guerra ya que pasó a ser un artículo racionado y su comercio, fuera del cauce de las cartillas de racionamiento, era considerado como estraperlo… incluso en aquellas zonas donde no llegaban las raciones. Para evitar problemas, Antonio y los responsables de los tornos llegaron a un acuerdo: los aceiteros dejaban el preciado líquido en una zona convenida de la almazara, Antonio pasaba cuando no había nadie, lo cogía y dejaba el dinero estipulado. De esa manera, nadie era “físicamente” responsable de haberle proporcionado aceite y tampoco había testigos de la compraventa. Las propias palabras de Antonio resumen bien el trato, sellado con el correspondiente apretón de manos: «yo lo dejo ahí, tú lo cojes y ni yo te lo he vendido ni tú me lo has comprado».

Por su parte, las piezas de los alfares navaleses se transportaban en cestos de mimbre (banastos) debidamente mezcladas con paja y broza para evitar que se rompieran antes de que llegasen a su destino. Los banastos iban dentro del carro, en la caja o cajón. Algunas personas le compraban cestos enteros confiando en una buena rebaja en el precio (“¿en cuánto me lo dejas?”). Esto fue especialmente frecuente tras la guerra, que tantos estragos hizo en el menaje de las casas altoaragonesas. En general, cada arriero de Naval tenía su propio alfarero de cabecera. En el caso de Antonio, su suministrador habitual era Paco Buetas, uno de los últimos alfareros navaleses, fallecido en 2001.

En los trayectos en los que no podía emplear el carro, el transporte lo efectuaba “a carga”, directamente sobre las caballerías. En estos casos, Antonio era todo un artista en colocar boticos, cestos y demás fardos en el sitio correcto, con la presión adecuada, de tal manera que se cumplieran tres objetivos: que las mercancías llegaran en buen estado (evitando la perforación de boticos o la rotura de piezas…), que el animal pudiera deambular cómodamente y… que lo pudiera hacer con la máxima carga posible (unos 100 kg por caballería).

Otros de los productos importantes de Antonio eran el vinagre (20-30 decalitros por viaje), el vino, el aguardiente, las alfombras, los higos secos y los orejones, el jabón, el sebo o las velas. Estas últimas podían ser muy importantes en ciertas fechas, como el día de Todos los Santos o la Semana Santa. Tal es así que en la Ribera del Ara le conocían como el velero. En esos días, solía llevar dos cargas de velas, colocadas en cajones según las medidas. Como se vendían como rosquillas, llevaba los cajones bien a mano de tal manera que las podía coger simplemente abriendo la portalada, sin necesidad de descargar (como era habitual para otros artículos). Antonio siempre llevaba consigo un juego de medidas, tanto para líquidos como para sólidos. Curiosamente, lo que no solía llevar prácticamente nunca era sal ya que una cantidad relativamente pequeña ocupaba un volumen importante en el carro y, además, era un artículo que dejaba un margen muy pequeño de ganancias si no se vendía en grandes cantidades.

Aparte de los productos que transportaba habitualmente, le hacían muchos encargos específicos («acuérdese de traerme tal o cual cosa en el próximo viaje»): desde especias y conservas a medicamentos humanos o veterinarios pasando por telas y artículos de mercería, papelería o ferretería, que él religiosamente adquiría en Barbastro o en cualquier otro lugar. También le pedían que llevara tal o cual cosa o paquete de un pueblo a otro, como se ha comentado anteriormente con relación al batán de Lacort o al tejedor de Javierre de Ara.

Finalmente, recibía muchos encargos intangibles: llevar recados de un sitio a otro, desde noticias sobre el estado de salud de familiares hasta contactar con músicos para que subieran para las fiestas o con jornaleros para la siega. En este apartado se pueden incluir sus labores como casamentero. Como la búsqueda de un novio montañés para una chica de Estadilla, ya que, según la tía que solicitaba el novio para su sobrina, los mocetones montañeses eran «canela en rama». En sentido contrario, recuerda a un pastor de Bagüeste que lo que quería era una buena moza.

A pesar de su inagotable memoria, Antonio anotaba todo cuidadosamente en su libreta: lo que cargaba, lo que vendía, lo que gastaba, lo que le debían y lo que le encargaban. Obviamente, acumuló muchas libretas en su vida, que serían una excelente fuente de información socioeconómica si no las hubiera ido tirando cada cierto tiempo. No es ningún reproche ya que es lo que seguramente hubiéramos hecho la inmensa mayoría de nosotros. No nos damos cuenta de la importancia de los hechos y usos aparentemente cotidianos y “normales” hasta que dejan se serlo.

5. Mercancías “de bajada”

La lista de productos que Antonio se traía de vuelta en sus viajes tampoco era pequeña. Algunos le interesaban especialmente por su demanda en el Somontano o en otros lugares mientras que otros simplemente los admitía en forma de trueque ante las dificultades económicas o la escasez de dinero en metálico en algunas casas. En este sentido, Antonio solía decir, medio en serio y medio en broma, que sus clientes tenían tres formas de pago:
«tarde, mal y nunca». Y es que tenía clientes con poderes adquisitivos diversos.

Generalmente, siempre tenían buena salida los huevos y las patatas “montañesas”, especialmente los famosos tubérculos del valle del Ara. El estanquero de Estadilla era uno de sus más ávidos compradores de patatas. No le iban a la zaga las calabazas, algunas tan enormes, como las de Casa Estaún, que tenían que ser cargadas en el carro con ayuda de la faja, ni las judías; estas últimas se intercambiaban frecuentemente por velas y acababan en los mismos sitios en los que Antonio adquiría el aceite: Hoz de Barbastro, Coscojuela de Fantova, Colungo… Algunos establecimientos de Barbastro (Gómez, Padrós, El Rano –allá en el puente de Portillo-, Alzano) eran el destino de las pieles (cabra, garduña o fuina, zorro, conejo…) que bajaba. Allí hacían los botos con los que los arrieros subirían más aceite, más vino, más vinagre… Nuevamente, el eterno círculo entre la Montaña y el Somontano.

El trigo era otro producto que le solían ofrecer a cambio de sus mercancías, especialmente en Sobrepuerto (Figura 25). Antonio lo solía vender en Casa Bautista de Fiscal y solo se llevaba el trigo montañés al Somontano en caso de que el precio que pagaban en Fiscal fuese menor que el que tenía en esos momentos en Naval. Curiosamente, en tiempos pretéritos, los arrieros navaleses fueron grandes proveedores de este cereal para los valles pirenaicos.

Figura 25. Basarán (Sobrepuerto), recién deshabitado. Todavía se ven bien los campos de trigo.
Al fondo, Escartín. Jesús Tornero Gómez, 1955.

Dejamos para el final los productos que, una vez en manos del arriero, viajaban más lejos de su lugar de origen: los quesos. Antonio los adquiría a cambio de aceite, especialmente en Sobrepuerto, zona de elaboración de unos afamados quesos de leche de oveja churra. Según su experta opinión, tenían un sabor similar al del queso Manchego o al Roncal. El peso de cada queso solía oscilar entre un kilo y kilo y medio. El trueque era de aproximadamente 20 kg de aceite por 100 kg de queso. Antonio aseguraba que algunas casas de Cortillas, Escartín, Otal o Sasa tenían el suministro anual de aceite garantizado debido a la gran cantidad de queso que producían.

Los quesos que iba adquiriendo en los pueblos de Sobrepuerto los iba almacenando en Casa Juana de Bergua, Posteriormente, los miembros de dicha casa le ayudaban a bajarlos a Fiscal, donde tenía “aparcado” el carro. El hecho de que en ocasiones se llevara hasta una carretada completa (es decir, unos 1000 kg – ¡¡1 Tm!!) de queso en un mismo viaje puede dar una idea de la magnitud de la producción quesera en la zona mencionada. Se acuerda especialmente de los quesos de Casa Juan Domingo de Sasa ya que, aparte de estar entre los de mayor calidad, estaban marcados con un sello propio. También se acuerda de algunos quesos que, por falta de higiene durante su producción o conservación tenían un color negruzco por fuera. Pero como había que venderlos también, cuando a su padre le preguntaban porqué algunos quesos tenían ese aspecto, solía responder que simplemente porque se habían elaborado con leche de ovejas negras. Una explicación breve y contundente a la que nadie le hizo ninguna objeción.

En el carro, los quesos iban en las cajas de mimbre, formando capas y separando cada capa mediante paja de centeno. Una vez en Naval los almacenaba «de canto, para que no florecieran», en cestos con paja (entre 20 y 30 quesos/cesto) hasta que emprendía su itinerario de venta de queso: Barbastro, Graus (mercado los lunes), Benabarre (mercado los martes y miércoles), Tolva y Puente de Montañana (Figura 26). Allí dejaba el carro y “a carga” hasta Tremp atravesando la Sierra de Figols. En la zona de Tremp tenía una clientela particularmente fiel: los obreros que construían las distintas presas hidráulicas (Figura 27). Tras la venta, algunos clientes los consumían tal cual mientras que otros los ponían en aceite.

Figura 26. Puente de Montañana. Josep Renalias.

Figura 27. Obras hidráulicas en Tremp. Postal, colección del autor.

Los pocos días que pasaba en Naval los dedicaba a estar con la familia, a adquirir y almacenar las mercancías que subiría en su siguiente viaje hacia el norte y a atender las tierras que tenían, en muchos casos arrendadas, básicamente dedicadas a cereal, olivos, almendros o viñas. También repasaba las herraduras de las caballerías (poniendo calvos de contrahielo para sus desplazamientos en invierno) y los herrajes y engranajes del carro. Y vuelta a empezar.

6. Los sanos competidores

Según Antonio, «los caminos no tenían dueño» por lo que las áreas de venta de algunos arrieros de Naval y/o de otras localidades del Somontano podían solaparse. Había competidores y pequeños roces «pero sin grandes discordias». Bien al contrario, recordaba con mucho cariño a varios de sus colegas, con los que coincidía en mesones o en las casas en las que pernoctaban en los pueblos. Entre ellos, Pedro Felipe de Casa Jabonero de Alquézar, Tomasón de Buera (que vendía vino en la Ribera del Ara), Leoncio (Casa Luquetas de Naval, que vendía vajilla en Paúles y el valle de Nocito, entre otros sitios), José Alpín (Perús, de Casa Perús de Naval, con sus célebres botas con herrajes), Casolas de Naval (vendía vajilla y aceite en la Ribera del Ara) o Antonio Juncosa (Cardelina, de Casa Cardelina de Naval). Algunos de ellos tienen su propio capítulo en este libro.

Los precios de unos y otros eran similares y, en general, no regateaban con los clientes, aunque hacían descuentos cuanto mayor fuese la venta y, si escaseaba el dinero, aceptaban de buen grado el trueque o intercambio de productos, tal y como se ha comentado anteriormente. Los arrieros no solían intercambiar ni prestar género entre ellos; cada uno vendía lo que llevaba y se volvía para casa.

Otros arrieros de Naval (de los tradicionales: de a lomos o a carga) que conoció bien, pero cuyas áreas apenas coincidían fueron los de Casa Fantova (Aínsa-valle de Gistaín), Casa Coneja (Ribera del Cinca, Tierra Baja) o Casa Susana (Graus, provincia de Lérida) y muchos otros que, conjuntamente, no dejaban rincón altoaragonés sin visitar. Cuando apenas había carreteras y la mayor parte del transporte se hacía a lomos de caballerías, había tanta gente de Naval andando por los caminos que eran frecuentes los toques de perdidos de las campanas de la iglesia, especialmente cuando había nevadas o nieblas importantes y los caminos “desaparecían”; así, arrieros, pastores y demás se podían orientar mejor durante su regreso a casa. Las nuevas generaciones de transportistas de Casa Parranda, Casa Chavalín, Casa Cardelina o Casa Fantova se adaptaron a los nuevos tiempos y cambiaron caballerías y carros por camiones. Así lo explicaba José Luis Solanilla, de Casa Solanilla de Naval, en el periódico Nueva España (30 de agosto de 1979):
«Hace ya muchos años, mi bisabuelo, arriero de profesión, se dedicaba a subir con caballerías por los valles del Pirineo, transportando y comerciando mercancías compradas en Barbastro; más tarde, mi abuelo trocó los lomos de las mulas por el trajineo de los carros, hasta que, por fin, fue mi padre quien, con el llegar de los nuevos inventos, cambió los vehículos de tracción animal por los de tracción mecánica. En tres generaciones, los tiempos giraron en redondo, pero la actividad realizada por mis tres antecesores fue siempre la misma: recorrer en toda su extensión los valles de Bielsa, Broto, Gistaín, Plan, etc., en papel de recaderos, comerciantes y transportistas».

7. El parón de la guerra y la difícil posguerra

Obviamente, la Guerra Civil paralizó las actividades de Antonio ya que la mayor parte de su zona de acción se vio particularmente afectada por la contienda y, más importante aún, porque él mismo fue movilizado. Naval se encontraba en zona republicana por lo que, como tantas otras personas, no pudo elegir bando ni mucho menos la posibilidad de no estar en ninguno de ellos (Figura 28). Los arrieros eran personas muy demandadas por el ejército de uno u otro bando por su conocimiento de los caminos y su pericia en el manejo de las caballerías, elementos esenciales para tareas tan diversas como el avituallamiento o el transporte de munición o de piezas de artillería.

Figura 28. Trincheras de la guerra civil en Naval. Ayuntamiento de Naval.

Su primer destino fue Laguarta, donde no lo pasó del todo mal; por una parte, allí la guerra solo tocaba de refilón, al menos en aquellos momentos; por otra, cuando tenía tiempo podía alternar con conocidos, clientes de muchos años y, entre ellos, algunos de mucha confianza.

Poco duró esa relativa calma. En el verano de 1937, los republicanos atacaron Zaragoza, pero no consiguieron llegar a la capital aragonesa. En ese momento, volvieron sus ojos hacia el frente de Serrablo (zona Lanave-Orna-Ipiés) ya que les parecía un objetivo más sencillo y que, eventualmente, les podría permitir llegar hasta Jaca o Pamplona, zonas muy importantes para el avituallamiento de los sublevados. El defecto de este planteamiento era que «la base republicana Barbastro, estaba a más de 150 km de los frentes de operaciones y el abastecimiento de un gran contingente de batallones y su municionamiento, víveres, evacuación de heridos a través de carreteras de montaña de mal tránsito, a veces hechas a toda prisa como la de Campodarve a Boltaña, iba a costarles muchos sacrificios. Por el contrario el frente franquista de Serrablo, mal establecido posicionalmente, con pocas fuerzas, sin línea continua de frente, tenía muy cerca la base de Jaca, de donde socorrerse y abastecerse de todos los pertrechos» (López, 1989).

Precisamente en septiembre de ese año enviaron a Antonio y sus compañeros a la ofensiva de Orna, pueblo que fue efectivamente tomado junto con otros de la zona. Esos días hubo choques violentos, con muchas bajas, pero el frente quedó inmóvil hasta la retirada de los republicanos en abril de 1938. Antonio recordaba ese tiempo en Orna con gran tristeza, tanto por la crudeza de la guerra durante la ofensiva como por la tensa espera después. Además, nunca había ido a vender a Orna y alrededores por lo que, a diferencia de sus días en Laguarta, no conocía a nadie y cada día se le hacía eterno. Unos meses después, les evacuaron a Molino Escartín tras una fuerte y definitiva ofensiva del ejército nacional sobre Orna.

Allí existía un hospital de campaña, donde se atendían de primera instancia a los heridos y, según Antonio, «se acondicionaba a los muertos». Precisamente, el 8 de septiembre de 2013 (más de 80 años después del ataque a Orna), diversos periódicos publicaron la siguiente noticia Buscan el cementerio de un hospital republicano de la Guerra Civil. De inmediato, me vino a la cabeza la historia del arriero. Y, efectivamente, hablaban del mismo lugar (Figura 29):

«Se sabe que está en dos campos cuyos dueños los dejaron de cultivar hace años al saber que había decenas de enterramientos. Hace años que dejaron de cultivarse. Son dos campos situados en junto al histórico Molino Escartín, en Sabiñánigo (Huesca), pero hace tiempo que sus propietarios los dejaron sin sembrar tras saber que, bajo sus tierras, reposan los restos de decenas de soldados republicados. Se cree que son alrededor de 70 en total las tumbas que hay en esos campos junto al Molino Escartín. Todos ellos soldados republicanos heridos que habían sido trasladados al hospital de campaña que por un tiempo se localizó en ese paraje. Los que morían en el hospital eran enterrados en sus alrededores.

Miembros de la familia a la que pertenecen estos campos fueron los que informaron al círculo republicano del Alto Gállego sobre la existencia de esos enterramientos. Durante años se conservaron incluso sobre el terreno, sobre las tumbas, las lápidas de madera con una placa de identificación de cada soldado que estaba enterrado. Ante el deterioro progresivo, los dueños de la finca retiraron las placas y las guardaron en la vieja casa del molino. Pero este edificio rural ha sufrido un centenar de robos con el paso de los años, y las placas identificativas desaparecieron. Por eso resulta complicado identificar a quienes están enterrados allí. La alternativa es indagar en archivos de la Guerra Civil, pero la tarea se presume ardua.

El vicepresidente del círculo republicando del Alto Gállego, José Ángel Pérez, ha declarado a Efe que el centro sanitario que hubo allí durante la Guerra Civil era uno de los hospitales "volantes" que se iban moviendo de ubicación conforme se desplazaba la línea de combate».

Figura 29. Estado actual del cementerio del hospital de campaña de Molino Escartín (al fondo). Juan M. Rodríguez.

Entre Orna y Molino Escartín, se encontraba Molino Villobas, lugar donde se estableció un segundo hospital de campaña, también en septiembre de 1937 (Figura 30). El relato de la enfermera australiana Agnes Hodgson, que sirvió como voluntaria en dicha unidad describe las condiciones tan complicadas en las que se desarrollaba su trabajo, incluyendo las pésimas vías de comunicaciones que tan bien conocían los arrieros:

«Estamos aquí como unidad móvil de ambulancias para la 27 División. El jefe de Sanidad de la división eligió el lugar, una granja aislada que cuenta con un molino entre sus dependencias, situada en la carretera de Boltaña a Jaca, a una distancia de entre cuatro y doce kilómetros del frente. Aquí es donde hemos establecido nuestra Casa de Urgencias. Está muy lejos de ser ideal y ni por asomo podría llamarse otra cosa que “puesto de emergencias”. Sanidad nos ha proporcionado un pequeño quirófano móvil pero es más práctico utilizar el matadero de la granja. Aparte de las horribles heridas que nos llegan, las camas manchadas de sangre, el suelo lleno de barro y las moscas, que aparecen allí donde hay sangre, hacen nuestro trabajo aún más penoso.

Aguiló [médico] sólo opera a los heridos más urgentes, heridas abdominales, de cabeza, amputaciones y casos de gangrena gaseosa. Los que no necesitan cirugía con tanta urgencia son evacuados a Boltaña. Intentamos que los casos de heridas abdominales se queden aquí el máximo tiempo posible, que nunca es más de dos días, e incluso a veces son evacuados dos o tres horas después de la operación. Las ambulancias tardan tres horas en llegar a Boltaña y la carretera es una pesadilla para los conductores, curvas y más curvas. Tienen que parar para que pasen los vehículos que circulan en dirección contraria, y la bajada hasta Boltaña tiene más de 30 curvas tan cerradas que para tomarlas, en algunos casos, hay que llegar hasta el borde, dar marcha atrás y después poner la primera otra vez. Un pequeño error y la ambulancia caería a centenares de metros más abajo.

A medida que avanzan las tropas, los ingenieros, poco a poco, reparan y construyen carreteras para que las ambulancias y los camiones puedan seguir a los soldados pero es un trabajo peligroso y conducir por allí es aún más peligroso. Allí donde no hay carreteras todavía se utilizan mulas. Nos traen a los heridos con prontitud aunque a veces pueden pasar 36 horas antes de que los encuentren y los bajen al hospital. Este servicio está mejor organizado ahora que al comienzo de la guerra, cuando a menudo pasaban días antes de poder encontrar a los heridos».

Figura 30. Guerra Civil: molino Villobas convertido en hospital de urgencias. Archivo familia Hodgson (Australia).

Sigamos con el periplo de Antonio. De Molino Escartín, les ordenaron ir hacia Francia. Antonio no quería, bajo ningún concepto, salir de España y buscaba una ocasión propicia para volver a Naval. Encontró la oportunidad en Andorra, donde habían llegado por Benasque; no lo dudó y regresó a España por Seo de Urgel. Fue siguiendo el Segre «hacia el Ebro», con la intención de llegar a Coll de Nargó y, tomar el camino hacia Tremp; una vez allí, llegaría a Naval por la ruta que tan bien conocía. Sin embargo, poco después fue pillado por una patrulla. Temiendo lo peor, lo llevaron ante la persona al mando y, ante su sorpresa, se encontró ante un ex-guardia civil de Naval que había tratado mucho a su padre. Y, así, con un simple «sé que usted es una buena persona», lo dejó marchar, no sin antes proporcionarle un salvoconducto. De cuando en cuando, la guerra también tenía sus grandezas.

Después de la guerra, retomó su actividad arriera. Era un momento complicado porque, aunque muchas casas necesitaron reponer casi de todo, el dinero no era precisamente abundante (Figura 31). Este hecho acentuó mucho más el trueque de productos. También fue un momento de grandes dificultades por la cantidad de puentes e infraestructuras que se habían destruido o se encontraban en muy mal estado; en resumen, «las salidas eran muy malas».

Figura 31. Siétamo. Huellas de la guerra y pucheros de Naval. Archivo UCM.

A ello había que añadir la incertidumbre que suponía la existencia de maquis por algunas de las zonas por las que tenía que pasar (ver capítulo 11). Los tristes sucesos del Mesón de Sevil, de Tuartas o de la Pardina Albás, cerca de Las Bellostas, reflejaban la tensión latente (Abad y Angulo, 2001). Muy cerca, Clara Martínez, natural de María (Almería) y maestra de Bagüeste durante ocho años (a partir de 1947), recordaba que, a ella y a su hijo, los pararon tres guardias civiles cerca de una borda cuando regresaban de Sarsa de Surta, donde iba frecuentemente a charlar con la maestra de allí y a hacer alguna compra. Tras las explicaciones oportunas, siguieron su camino y pocos minutos después escucharon disparos. Posteriormente, se enteraron de que había maquis escondidos en esa borda y los tres guardias (un cabo y dos números) habían fallecido en el tiroteo. En el libro La sombra del olvido: tradición oral en el pie de sierra meridional de Guara (González et al., 1998) se incluye la siguiente entrevista a una persona de Colungo:

«[Entrevistadora:] ¿Hubo maquis aquí?

[Entrevistado:] ¡Hombre, maquis! Sí. Buah, aquí almorzaron, aquí en almorzó dos, dos maquis, y con el fusil y l’ametrallador, que ponían aquí [señala a la mesa], y todo. Se presentaron treinta y dos maquis un día aquí. Con un jefe».

A este respecto, Antonio recordaba un día de principios de los cuarenta en Casa Ramón de Sasa de Sobrepuerto (Figura 32), donde habían coincidido tres arrieros. De repente llegó un grupo de unos 40 maquis (Figura 33). Al amo le dio el tiempo justo de salir por una ventana y huir mientras su mujer les hacía frente… con un cuchillo jamonero y un «no está el amo, ¿qué quieren?». Los maquis requisaron la comida que encontraron; antes de irse, abrieron un jamón y fueron seleccionando las partes más magras, tirando el tocino al suelo. Mamón (el padre de Antonio) les reprendió su actitud: «¡pero hombre, por Dios, nos le da vergüenza tirar comida en tiempo de tanta escasez!»; ante un convincente,
«¡Cállese o le meto un tiro!», optó sensatamente por la primera opción.

Figura 32. Casa Ramón. Sasa de Sobrepuerto. Juan M. Rodríguez.

Figura 33. Nota sobre la presencia de un pequeño grupo maquis en Sasa de Sobrepuerto en noviembre de 1944
y su triste final. Fuente: Pérez de Berasaluce (2020).

Siguiendo con el mismo tema, Antonio contaba que existían dos hermanos en Bergua, uno falangista (del Tradicional Movimiento) y, a la sazón, alcalde de la localidad tras la guerra, mientras que el otro estaba declarado por su propio hermano como no afecto al régimen. Pues bien, el alcalde otorgó a su hermano el dudoso honor de actuar como cebo para maquis en una ocasión en la que había que ir a buscar a una pareja de la Guardia Civil a Barranco Oscuro para que se desplazara a dicha localidad. Se trataba de una costumbre relativamente común en la zona durante los años 40 y consistía en que una persona del pueblo al que iban los guardias (o del que venían) tenía que ir unas decenas de metros por delante de la pareja para detectar si había algo raro en el camino o para ver si era abordado por individuos sospechosos. Los desafectos al régimen tenían muchas papeletas para desempeñar el papel ya que se presuponía que simpatizaban con los maquis y podía tener contactos con ellos. Lo curioso de este caso es que, una vez cumplida la “misión” a regañadientes, el hermano del alcalde, con un par de narices, solicitó al ayuntamiento una indemnización de 6 pesetas «en concepto de alpargatas debido al mal estado del terreno [por el que había ido a buscar a la Guardia Civil], por lo cual pido que me sean abonadas en mi cuenta corriente del Banco de la estación» (Libro Registro del Ayuntamiento de Bergua-Basarán, 1940-1960) (Figura 34).

Figura 34. Solicitud de compensación por desgaste de alpargatas por ir a buscar y acompañar a los guardias civiles. Libro de Registro de Salidas, Ayuntamiento de Bergua. Archivo Ángel Lardiés.

Si los maquis podían ser una fuente de preocupación, algunos guardias civiles no les iban a la zaga (Figura 35). Como se ha comentado anteriormente, eran tiempos de estraperlo y el aceite era uno de los artículos más vigilados. Antonio recuerda los controles de la Guardia Civil de Biescas en el túnel de Cotefablo; el peligro dependía del guardia de turno pues, si bien había algunos muy compresivos con la situación real del momento, otros desempeñaban su trabajo con un inusitado exceso de celo.

Figura 35. Guardias civiles en la época del estraperlo: ¿problemas con la mercancía? J. Mádico i Grau, mediados s. XX.

A Antonio le informaban en Linás cuando se daba este último caso. Entonces dejaba los boticos de aceite en dicha localidad y volvía por la noche desde Yésero para recogerlos. En una de esas ocasiones, al acercarse al túnel, se le acercó el guardia al que todos temían (un viejo conocido) y le inquirió con cara de pocos amigos «Antonio, ¿cuánto aceite llevas? Dime la verdad, antes de retirarte el carro, que si no será peor». Antonio respondió que no llevaba aceite, solo vinagre. No le creyeron y le hicieron vaciar el carro, revisaron toda la mercancía concienzudamente y abrieron todos los boticos, a pesar del evidente olor a vinagre que emanaba de ellos. Hicieron bien en no fiarse ya que, en aquellos días, una práctica habitual para engañar a los agentes era impregnar la apertura externa de los boticos que llevaban aceite con una buena cantidad de vinagre; vamos, gato por liebre. Pero, nada, en aquel caso, realmente llevaban vinagre. Un pequeño contratiempo para Antonio que tuvo que darse el consiguiente paseo nocturno para recuperar el aceite que, prudentemente, había dejado en Linás.

El libro La sombra del olvido: tradición oral en el pie de sierra meridional de Guara (González et al., 1998) incluye otro ejemplo ilustrativo de la combinación “estraperlo-aceite-trueque” bajo el título Intercambio en la posguerra:
«Fuimos a buscar patatas de siembra a Las Bellostas y… sí, patatas de siembra y no sé si subimos aceite u algo así pa intercambio. Y estaba todo intervenido, entonces venía la inspección, por aquí, a ver la fábrica de aceite de tornos y todo. Y un panadero que venía de Alberuela a masar a casa de Claver de… de jornal, digamos, ice: —Mira que está la inspección por a carretera y después de bajar de Las Bellostas (que hay siete u ocho horas de andada, con los mulos), escóndete por ahí, por ande puedas ir. Para que no nos cogieran. Porque nos avisaron; si no, vamos de cara pa ellos. ¡Lo que se vivía entonces!» (testimonio de Mariano Cortés Ballabriga, Adahuesca).

Claro que, para ciertas personas influyentes, lo del estraperlo tenía otro rasero. Contaba Antonio Cardelina que, yendo con su hijo Mariano (a la sazón tenía unos 14 años) por la zona de Fanlillo, le paró la Guardia Civil: «¡Alto!, ¿qué llevan ahí? Pues ya lo ven, pucheros de Naval». La mala fortuna hizo que uno de los boticos goteara, de tal manera que el reguero de aceite era claramente visible. «¡Con qué sólo pucheros, eh! Y entonces esto qué gotea, ¿qué demonios es?». La pregunta ya llevaba implícita la respuesta. Pero Antonio no se dio por vencido ante un más que posible requisamiento de la mercancía, carro y caballerías, y añadió «Pues ustedes verán lo que hacen porque ese aceite era para Villacampa de Artosilla». «¿Seguro? Mire que preguntaremos y como nos engañe al próximo viaje no tendrá tanta suerte». «Seguro, seguro». Entonces, los guardias se llenaron las mochilas con los higos y orejones que también transportaban y les dejaron marchar. Cuando Cardelina lo contó en Artosilla, la respuesta del potentado fue corta y contudente: «¡ya se habrán guardado bien de tocar ese aceite!».

Había otros sectores influyentes después de la guerra, a los que era conveniente arrimar el ascua. Conviene recordar que, después de la guerra, se estableció una zona de vigilancia especial en la parte de la frontera hispanofrancesa que iba desde el mar Mediterráneo hasta el límite de la provincia de Huesca con la de Navarra. El 30 de abril de 1942, el Gobernador Civil de Huesca, D. Antonio Mola, firma una orden que entra en vigor el 15 de mayo de ese mismo año, por la que dispone:
«1º La zona de vigilancia especial correspondiente a esta provincia de mi mando comprenderá la franja comprendida entre la frontera francesa y una línea ideal que comenzando en Arén, pasa por Puebla de Roda, Aguilar, Morillo de Monclús, Coscojuela de Sobrarbe, Las Bellostas, Alastrué, Vibán, Binuesté, Gésera, Serué, Aquilué, Rasal, Anzánigo, Salinas de Jaca y todo el límite de la provincia con las de Zaragoza y Navarra.

2º Para poder circular libremente por dicha zona especial de vigilancia, tanto las personas que habitualmente residen en ella como las que justifiquen la necesidad de concurrir a la misma, precisarán proveerse de un salvoconducto especial, que será expedido por las comisarías, inspecciones o puestos de policía y donde estos no existan, por los comandantes de los puestos de la Guardia Civil. Toda persona que solicite salvoconducto de esta clase, deberá justificar la necesidad de trasladarse fuera de su residencia» (Figura 36).

Figura 36. Salvoconducto para desplazarse por el Alto Aragón tras la guerra.

Se daba la circunstancia de que la distancia que tenían que recorrer algunas personas para obtener el permiso (desde su pueblo hasta el puesto más cercano de la Guardia Civil) era más larga que la del desplazamiento para el que lo solicitaban. Se consideraban las siguientes excepciones: (1) los funcionarios públicos en servicio activo dentro de la zona especial, aunque debían portar un documento que acreditara tal condición; (2) sus familiares, siempre que fueran en su compañía; (3) las jerarquías y mandos de la Falange Española Tradicional y de las JONS; y (4) los alcaldes. La orden estuvo vigente durante varios años.

Pues bien, preguntado Antonio por los salvoconductos que, teóricamente, eran necesarios para deambular por prácticamente todas las zonas por las que transitaba con su carro, su contestación fue que ni los llevó ni los solicitó nunca; simplemente, siguió la recomendación de su padre: «hijo, hazte amigo de los curas, que te abrirán todas las puertas». Eso hizo y más de una vez tuvo que invocar al cura de tal o cual sitio para evitar problemas con las mercancías.

8. Fin de su actividad como arriero

A principios de los años 50, el tiempo de los arrieros tradicionales había pasado. Antonio no podía competir, ni en precio ni en rapidez, con tiendas o camiones y sus últimos reductos de clientes iban menguando a pasos agigantados: pueblos adquiridos por el Patrimonio Forestal del Estado, proyectos de pantanos y pueblos de colonización, la atracción de las ciudades… Tras un último viaje a La Montaña, decidió solicitar trabajo en las obras del embalse de El Grado y quemó sus naves: vendió su carro de siempre a una persona de la localidad que dio nombre al pantano (Figura 37).

Figura 37. Obras del embalse de El Grado. CHE.

El carro y los burros fueron sustituidos por una moto Ossa, que usaba para desplazarse todos los días de Naval a El Grado y viceversa. En uno de esos viajes, se le rompió una varilla del guardabarros, con tan mala suerte de que quedó atravesada en la rueda. El batacazo fue tremendo y le tuvieron que llevar al Hospital de Barbastro. Pero el peor accidente de su vida tuvo lugar trabajando sus tierras con un tractor; el vehículo se dio la vuelta y Antonio “solo” se rompió los dos brazos y siete costillas, lo que le obligó a pasar por el quirófano. Antonio debió pensar aquello de donde esté un buen burro….

En el embalse le esperaba un destino también curioso. Al poco de incorporarse a las obras, el encargado se dirigió a Antonio: «nos hemos dado cuenta de que usted es uno de los primeros en llegar todos los días». La costumbre de madrugar, heredada de su oficio anterior, le llevó a ocupar un puesto relativamente cómodo en una obra faraónica: el de encargado del caldero, cuya función era que los trabajadores dispusieran siempre de agua caliente, desde primera hora de la mañana. En cualquier caso, las condiciones laborales distaban mucho de las actuales: se trabajaba todos los días, incluyendo festivos y domingos. Los únicos días en los que no tenía que trabajar eran Navidad y Reyes.

9. Anécdotas de sus viajes

A pesar de su experiencia viajera, la meteorología, con sus repentinos cambios, también le causó algún que otro contratiempo. Como aquel día en el que la boira no le permitía localizar el puente de Lacort, de tal manera que se tiró unas cuantas horas «río arriba, río abajo» (Figura 38).

Figura 38. Puente de Lacort. Ricardo Agramunt.

Don Antonio también recordaba nevadas importantes, «de las de antes». Como aquella que no le dejó salir de Cortillas en unas semanas, dedicando buena parte del tiempo a charlar con los vecinos y a jugar a las cartas en Casa Montes. Y es que su familia sabía cuando se iba pero nunca tenía certeza de cuando regresaría, algo que puede parecer difícil de creer hoy en día, inundados por móviles, sms y correos electrónicos. En otra ocasión, se salvó por los pelos. Estaba cenando en casa Secretario de Yésero, junto con un maderero de Laspuña, cuando empezó una nevada que, por su intensidad, hacia temer el cierre de Cotefablo. El maderero le dijo «venga, después de cenar tú coges el carro y yo el camión y ya verás como pasaremos el túnel». Dicho y hecho. Lo lograron, no sin grandes problemas, debido a «los cuatro palmos de nieve» que ya cubrían la carretera. Antonio llegó a dormir a Sarvisé.

Y es que las nevadas estuvieron presentes en muchos de sus viajes. En tales ocasiones, solía ser objeto de grandes muestras de solidaridad. Siempre que podía Antonio declaraba su eterno agradecimiento a Eusebio, tratante de cerdos y dueño de un mesón, posada y herrería cerca de Jánovas (el mesón de Eusebio o de l’Usebio) (Figura 39). Un buen día, de regreso a Naval, se topó con él en Aínsa, bajo una intensa nevada y con más de un palmo de nieve sobre la calzada. Eusebio iba andando y, ni corto ni perezoso, condujo el carro a mano hasta el mesón de Samitier para que Antonio, que venía cansado por un largo trayecto, no tuviera ni que bajarse del carro. Y atención al detalle: Eusebio dispuso el carro de tal modo que Antonio pudiera pasar directamente, sin pisar el suelo, del carro a la cocina para calentarse mientras él desenganchaba las caballerías. En palabras literales de Antonio: «¡Esos sí que eran hombres! No como ahora que no aguantan nada y cada uno va a lo suyo».

Figura 39. Mesón de Eusebio (arriba a la derecha), cerca de Jánovas, no muy lejos del de Frechín.
El Alto Aragón pintoresco nº 71. Colección del autor.

La orografía fue otra fuente de apuros. Antonio recordaba las dificultades de algunos colegas suyos cuando, yendo de El Grado (467 metros) a Graus, tenían que afrontar la subida de San Roque (671 metros) con el carro cargado a tope. Los burros no eran tracción suficiente y los arrieros necesitaban que les acompañaran algunos navaleses para empujar el carro en ese trayecto. Lo mismo sucedía en otros casos para alcanzar el Alto del Pino desde Naval. También su colega Fantova necesitaba bajarse del carro en varias cuestas para poder llevar su mercancía hasta Plan. Ya lo decía la coplilla popular:

«Chistén está en un alto,
y San Juan en una cuesta;
dichosa valle de Plan,
cuantos suspiros me cuestas»

A la orografía había que sumarle las malas infraestructuras (especialmente la falta de puentes) en muchas de las vías de comunicación. Como aquella ocasión en la que, al cruzar un crecido río Sía, la corriente se llevó por delante al padre de Antonio y a su caballería. Menos mal que entonces los caminos estaban bien transitados y unos mozos de Gavín pudieron rescatar a ambos, sanos y salvos, pero con un buen susto en el cuerpo. Entre los testigos del incidente se encontraba Mosén Mariano Sampietro, natural de Sasé y párroco de Barbenuta entre 1897 y 1930. Precisamente, Mosén Mariano fue el que le proporcionó a su padre el remedio para que nunca más le volviera a pasar lo mismo. Para ello, había que ponerse de rodillas hacia el río, mojarse la mano y decir, cual nuevo Moisés, la siguiente oración: «río caudaloso que grande vas, tócame los coj…s que me voy p’atrás». Según el párroco «así no te llevará nunca el río, por grande que vaya». No hay testimonios históricos que constaten si el padre de Antonio o el mismo Antonio recurrieron en alguna ocasión a tal ceremonial.

No tuvo tanta suerte otra caballería en la parte del trayecto entre Ainielle y Berbusa que va prácticamente al borde del precipicio. Era un día con mucha nieve en el camino y Antonio llevaba un rato notando algo raro en la forma de deambular del animal. Por si acaso, le quitó la mercancía y la dejó tras la pared de un campo, con la intención de venir a buscarla después con otro animal que le dejasen en Berbusa. Esta acción que resultó providencial para la carga de Antonio ya que, pocos metros más adelante, en una curva del camino, el burro se despeñó hasta el fondo del barranco de Oliván. Como nos contaba Manuel Arnal, de Casa de Blas de Berbusa, la noticia del burro despeñado constituyó una atracción para los niños del pueblo, que en cuanto pudieron fueron en masa a ver los restos del desgraciado animal. A Antonio no le quedó más remedio que comprar otro burro sobre la marcha, cosa que hizo en Casa Ramón de Espierre. Y es que no eran zonas fáciles para las caballerías, tal y como describe Garrido (1933): «Fue una jornada de siete horas a lomo de mula. Al comienzo, carretera abierta, hasta pasar las aldeas de Gavín y Yésero; después, camino de herradura. La marcha de las caballerías era lenta, pausada, por terreno rocoso; a ratos los cascos de las caballerías arrancaban chispas como de pedernal; a veces daba sensación de que resbalarían, teniendo que ahincar las patas con ademán tozudo. El sudor les ponía manchas jabonosas sobre el cuello y las corvas, y en el aire de la mañana, sacudida de brisa, elevaban las mulas el aliento de su fatiga en vaporosas nubecillas».

Antonio gozó de una buena salud. Tal es así que no recuerda ninguna enfermedad digna de reseñar durante su vida como arriero. En este apartado únicamente nos cuenta lo que le sucedió en Laguarta, de camino a Sabiñánigo. Tenía mucha sed y se metió para el cuerpo una buena cantidad de agua helada que surgía de una fuente. Se puso malísimo y, desde entonces, una de sus máximas fue «más vale vino caliente que agua fría». Una de las anécdotas que puede reflejar bien de qué pasta estaba hecho Antonio tuvo lugar con motivo de la enfermedad de la mujer del también arriero Antonio Cardelina, de quien ya hemos hablado anteriormente (y del que también se habla en el capítulo 2). Cardelina hacía unos días que había partido en uno de sus viajes comerciales. Como parecía que la enfermedad era seria y el teléfono todavía no había llegado a la villa, le pidieron a Antonio que, por favor, fuera a buscarle ya que «tú sabes los caminos por los que suele andar». Según se lo dijeron, se fue a su casa, cogió la bicicleta y… tras la pista de Cardelina. De una tirada llegó… ¡hasta Laguarta!, donde le informaron que había estado allí hacía dos días.

Vuelta a la bicicleta y hasta el Hostal de Ipiés, donde pernoctó. Toda una etapa digna de la Vuelta Ciclista a España, con sus buenos altos y todo. Al día siguiente, fue directamente a la estación de Sabiñánigo. No iba desencaminado: el día anterior Cardelina había recogido la mercancía que se había auto-enviado desde Barbastro. Partió hacia Biescas. Hacía unas horas que había pasado por Senegüe y, poco después, vio el carro de Cardelina aparcado en el mesón de Escuer. Imaginándose la misión de Banastón, la primera reacción de Cardelina fue lógica: «Antonio, dime la verdad ¿ha muerto?» «No, no, pero vete que está bastante enferma». Cardelina marchó rápidamente a Sabiñánigo y regresó a Naval en un taxi. Mientras tanto, Antonio se hizo cargo del carro e igualmente emprendió viaje de regreso a la villa. Esa noche pernoctó en Molino de Escartín, la siguiente en el mesón de Samitier y al tercer día llegó a Naval. Fue una historia con final feliz ya que la mujer de Cardelina se recuperó de su enfermedad.

En sus viajes, Antonio y su padre asistieron en muchas ocasiones a diversos acontecimientos sociales de los pueblos por donde pasaban: bodas, bautizos, entierros, funerales, fiestas, conflictos… Como aquella vez que asistió a la romería de Santa Orosia, subiendo temprano por la mañana con los de Berbusa y bajando por la tarde con los de Bergua, camino de Fiscal. También recordaba bien dos bodas. En la primera, el protagonista fue su padre y tuvo lugar en Casbas. Al principio del banquete, sacaron un plato con albondiguillas y el padre del novio dijo «que sirva el cura». Cuando se quisieron dar cuenta, el párroco había dado buena cuenta de prácticamente todas las albondiguillas. Cuando llegó el turno del asado, le pidieron a Antonio que lo partiera y repartiera; fue dando a todo el mundo su correspondiente ración con excepción del cura que, sorprendido, le pidió su parte: «Señor Antonio, que no me ha echado asado». Antonio, ni corto ni perezoso, le respondió con un «no se preocupe Mosén que va a comer tantas piezas de asado como albondiguillas he catado yo».

La segunda boda, hacia finales de los años 40, fue mucho más triste. Se casaba una mujer de Ainielle con un mozo de Yebra de Basa, en el pueblo de la novia. Antonio se encontraba en la localidad y asistió a la boda; posteriormente el cortejo nupcial partió hacia Yebra por Santa Orosia y Antonio se unió al mismo para ir hacia Basarán y Cortillas. En un momento del camino, al novio se le rompió una variz en una pierna y murió desangrado de una forma casi fulminante. Según Antonio, la rotura de la vena se debió al contacto violento con una rama de boj o un arto. Me quedé perplejo al leer en un número de la revista Serrablo el relato del mismo suceso (Valero, 1990), que reproduzco íntegramente a continuación:

«En el apeadero Caldearenas-Aquilué, sube una mujer con un ramo en sus manos. De tez blanquísima, enjuta, aparenta unos sesenta años y una mirada serena y resignada como el alma del Altoaragón. Pañoleta negra anudada al cuello. Lozana y habladora. Familiar, que así son las gentes de esta tierra.

"Oí las risas pero no me volví. Veníamos hablando de la boda, entre bromas y chanzas, y de la fiesta que siguió, y toda la comitiva a grupas de los mulos, se deshacía en risas y carcajadas. Habíamos salido de Ainielle y ya andábamos cerca de la Cruz de Basarán, a punto de enfilar el camino para regresar a Yebra de Basa por Monte Oturia. Bueno, regresar ellos, porque yo no había estado nunca. Así es que, de primeras, no me volví por aquellas risas. Pero después, se hizo un silencio largo que resonó por todo el Sobrepuerto, y las caballerías se pararon presintiendo el suceso. Entonces sí, me volví, y le vi en el suelo, yerto, tumbado al pie del macho, pálido y con una expresión dulce, como sonriendo. Y allí fue que todos me miraron con un asombro. Después fue el lamento.

Hace cuarenta y dos años, justo tal día como hoy. La víspera al atardecer nos casamos. A lomos de veinte mulos había llegado a Ainielle con sus parientes y amigos, el Jesús, que así se llamaba mi marido, Jesús Lárrede Aínsa. Venían desde Yebra de Basa, pues de allí eran, y tardaron a buen paso unas siete horas por un camino difícil que bien conocían, ya que al despuntar los veranos, arreaban el ganado por la senda escarpada de los eremitorios, subiendo a Santa Orosia, y bordeando después los congostos de Monte Oturia, alcanzaban la Cruz de Basaran, en el centro del Sobrepuerto, donde se cruzan los senderos que llevan a los pueblos vecinos de Cillas, Cortillas, Escartin y Bergua.

Allí tomaron la dirección de Ainielle, prendido en la solana de un barranco escalonado en terrazas de bancales estrechos, fajas de miseria, así uno encima de otro, desde arriba hasta el torrente. Mi pueblo era muy hermoso, con su plaza, su escuela, su iglesia y todos los tejados de losas de pizarra, y sus bordas y sus matas grandes de moras y rosas silvestres. Un poco más arriba, los prados, donde pastaban las vacas hasta entrado el otoño, que la nieve las echaba. Ahora Ainielle está abandonado, al igual que todos los pueblos del Sobrepuerto, por donde solo se oyen los crujidos del viento y la pena.

Pues llegaron con fatiga y todo el pueblo salió a recibirlos. Yo, al Jesús lo conocía desde hacía cuatro años que empezó a subir con las vacas. De mirar amplio y claro, gesto paciente y callado. Y la cosa fue que empezamos a festejar bien pronto y apalabrarnos para el casamiento. El cura había venido desde Oliván y los sesenta vecinos asistieron a nuestra boda. Después comimos y bebimos, que hasta ocho borregas preñadas se asaron, se mataron dos tocinos y no sé cuántas barricas de rancio se gastaron. Y se fue haciendo noche con todo el mundo en la calle, que aquello era una fiesta: las campanas repicaban y era tal la juerga, que apenas se escuchaban los chistes, los cohetes y cencerros, y la gente estuvo cantando y disfrutando, hasta que empezó a helar y el último candil se apagó. Entonces el Jesús dijo, ven, vamos, y nos fuimos a la alcoba, y allí me estrechó fuerte, tierno y cálido, y ya después, el corazón se me volteó.

A la mañana siguiente, preparamos todo para irnos a Yebra, y el pueblo entero nos despidió. En un recodo del sendero, desde el que se contempla Ainielle, miré el molino en el fondo del barranco y no se lo que me pasó, así, por aquí, un escalofrío, y se me empezó a vaciar por los ojos un sentir muy triste, muy hondo, que me desgarraba el alma, como si fuera a perderlo todo. Poco después, fue cuando las risas, el largo silencio que sobrecogió el Sobrepuerto, y más tarde, el asombro que se rompió en un lamento.

Al quitarle las botas, un hilico caliente y denso se escapo por los guijarros. Aún estaban palpitando las varices reventadas. El grueso baste de esparto y lana que cubría el macho, estaba empapado, y goteaba ahora, desangrándose, poco a poco, lentamente, en ceremonia.

Y ahí termino mi casamiento, que bien poco duro. Lo enterramos en Yebra y yo me vine a vivir a Caldearenas, a casa de unos tíos, y allí voy desandando mi pena como se desanda un vaso camino de su fondo, recordando a mi marido y a mi pueblo, muertos los dos, sin hacerles falta y sin darse cuenta”.

Sabiñánigo. Pueblo largo, industrioso y descoyuntado, crecido al amparo de la estación. La mujer que me ha hecho compañía desde Caldearenas baja con su ramo de flores, para proseguir viaje en coche de línea, hasta Yebra de Basa. Dejando el Valle del Gállego, el tren arranca hacia Poniente, y todo el vagón se me queda lleno de mariposicas de nostalgia».

También fue testigo de relaciones que no acabaron en boda, sino que tuvieron un final mucho más trágico. Así, Antonio estuvo presente en Bergua el día en el que un suceso conmocionó a toda la zona. Una chica de la localidad había roto la relación con un chico de la misma localidad, con el que había estado festejando. Ese día, el chico le pidió que le devolviese las cartas que se habían intercambiado y, al llegar con ellas al sitio donde habían quedado, la acuchilló. El joven se suicidó ahorcándose de un nogal de Casa Lacosta, árbol que inmediatamente quedó estigmatizado y que, a pesar de su gran porte y las buenas nueces que daba, sería arrancado poco después. Afortunadamente, la muchacha sobrevivió gracias, en parte, a las atenciones del entonces Dr. García Bragado, que se desplazó desde Huesca a requerimiento de la familia. Se trataba de un cirujano con fama en toda la provincia, y le vamos a dedicar unas palabras.

Franco García Bragado (Figura 40) nació el 29 de octubre de 1901 en Cebreros (Ávila). Estudio Medicina en Zaragoza y, tras unos años iniciales como médico militar, el 23 de abril de 1928 tomó posesión de la plaza de cirujano de la Beneficencia Provincial de Huesca. A partir de entonces, su carrera profesional transcurrió en la ciudad de Huesca, primero como cirujano del Hospital Provincial, del que fue director, y al final de su vida profesional en la Residencia Sanitaria San Jorge, simultaneando su trabajo con el que le proporcionaba su propia clínica.

Figura 40. El Dr. Franco García Bragado. Colección García-Bragado Lacarte.

Cuando el Dr. García Bragado llegó al Hospital Provincial de Huesca se encontró con un caserón viejo, destartalado y en estado ruinoso (AHPH, 1926). Se trataba del antiguo Hospital de Ntra. Sra. de la Esperanza, fundado a mediados del siglo XV, que por aplicación de la Ley de Beneficencia de 1822 pasó a depender de la Junta Provincial de Beneficencia y, posteriormente, en 1868 a la Diputación Provincial, que lo transformó en un hospital medicalizado. La plantilla estaba compuesta por un médico internista, un cirujano, un farmacéutico, un practicante de cirugía y otro de farmacia, doce Hermanas de la Caridad y varios enfermeros (AHPH, 1927). A pesar de las limitaciones, poco tardó en correrse la voz de que en Huesca había un cirujano joven y hábil que practicaba intervenciones nuevas, por lo que su consulta se fue llenando de pacientes. Por ello, solicitó a la Diputación Provincial la compra de una central de esterilización, una mesa nueva de operaciones e instrumental variado. Su petición se enfrentaba con el presidente, D. Miguel Gastón, que el cirujano definió como «un montañés serio y buena persona, pero austero como todos los de su tierra» (Arcarazo, 2017). No obstante, la modernización del Hospital Provincial de Huesca por la casualidad de que el presidente tuvo un problema médico agudo… que le solucionó García Bragado. Desde aquel momento pudo practicar intervenciones más complicadas.

En cualquier caso, «la mayor parte de estas operaciones las había estudiado en los libros, pero las había visto hacer por primera vez a mí mismo» y es que, estando prácticamente solo, tuvo que hacer de todo, desde cirugía digestiva, hasta urológica y ginecológica (Arcarazo, 2017). Su fama y sus ingresos fueron aumentando en paralelo. Los últimos gracias al salario de cirujano y a lo que cobraba por asistir a los pacientes distinguidos (había una sala en el hospital con ocho camas reservadas a ese tipo de pacientes). Pero «los plumíferos de la Diputación no podían tolerar que el Cirujano ganara más que ellos y empezaron a restarme ingresos, pidiendo una participación en la tarifa de distinguidos. Por ello me hice una clínica» (Arcarazo, 2017). El 25 de agosto de 1931 se inauguró su clínica dedicada a la cirugía y a la traumatología con quirófano y zona de hospitalización (Figura 41). En ella captaba a los pacientes que no querían acudir al Hospital Provincial, ofreciéndoles unas instalaciones modernas y, de paso, evitaba la fiscalización de la Diputación. Actualmente, el edificio de la antigua clínica está ocupado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses (IEA).

Figura 41. La moderna clínica García Bragado. Col. García-Bragado Lacarte.

Posteriormente, su influencia fue muy importante para la construcción de la Residencia Sanitaria San Jorge, inaugurada en 1967, y que mejoraba considerablemente la capacidad asistencial de Huesca y su provincia. Entre tanto, fue presidente del Colegio de Médicos de Huesca. El doctor García Bragado se jubiló el 29 de octubre de 1971 y en los años siguientes fue objeto de muchos homenajes. Murió en Huesca el 8 de enero de 1990 y, desde entonces, su nombre se ha ido difuminando en la memoria popular.

El herrero de Cortillas (Casa Ferrero) también fue otro sus pacientes. Antonio (nuestro arriero) sonreía al recordar cuando el herrero le explicaba que había acudido a Huesca a la consulta del citado médico quien, tras unas pruebas, le dijo que tenía que someterse a dos intervenciones quirúrgicas sucesivas para eliminar un problema en el estómago. Al herrero eso de operarse no le hacía ninguna gracia por lo conminó al doctor a que hiciera todo lo que tuviera que hacer en una sola operación ya que «Antonio, no quiero morirme dos veces».

Asimismo, Antonio fue testigo de un conflicto laboral en Sasa de Sobrepuerto. Una casa había contratado a un mozo de Naval para trabajar durante la siega. Sin embargo, el trabajo del navalés dejaba bastante que desear; a pesar de las reiteradas advertencias la situación no cambió y, un buen día, el dueño (de buena planta y fuerte carácter) le comunicó que fuera a la casa a recoger sus cosas y que se marchara porque «no cumples». Temiendo no cobrar ni un duro, al llegar a la casa fue a ver a la dueña y le dijo que, si no le pagaban lo estipulado, «voy a incendiar la casa y va a arder por los cuatros costados». La dueña, para evitar males mayores, cogió el dinero de una reserva que había ido creando en casa y le pagó, advirtiéndole de que no quería volverle a ver por allí en toda su vida. Una vez que se marchó, la mujer se dirigió a Antonio, que estaba en la casa y presenció la amenaza y, temiendo la posible reacción de su marido, le pidió que «por favor, no le diga usted nada de lo sucedido». Cuando el jornalero navalés se marchaba, el dueño de la casa le vio desde un campo y le llamó. Temeroso, llegó hasta el corpulento hombre que, ante su sorpresa le preguntó: «¿qué?, ¿no quieres cobrar?»; acto seguido, le pagó la parte proporcional del salario que le correspondía hasta ese día, con lo que al rufián la jugada le salió redonda: cobró bastante más de lo estipulado por trabajar mucho menos. Habría que ver la cara de la pobre mujer cuando su marido le contó lo acaecido en el campo.

Antonio desarrolló su trabajo en una época dura para todos los habitantes de la Montaña pero que no estaba exenta de momentos gratificantes y divertidos. Como aquel día en el que José Miranda, de Casa Chuanico de Berbusa, apostó con el padre de Antonio a que, yendo a pie y con el abuelo Miranda al hombro, era capaz de llegar hasta Casa Agustina (bastante apartada de las demás casas de Berbusa) más rápidamente que Mamón montado en su burro y portando una talega con 6 cuartales de trigo. Ante la expectación de los carboneros (apodo por el que se conocía a los habitantes de Berbusa) y la incomprensión del borrico, la victoria fue para José Miranda y todo parece indicar que no fue necesario recurrir al foto finish. Al relatar esta anécdota, Antonio la asocia con la fiesta de invierno de Berbusa. Entonces las nevadas eran frecuentes y no era raro que los huéspedes, entre ellos él mismo, tuvieran que aguardar hasta una semana antes de poder partir. Igualmente, recuerda que «allí y en Ainielle hacían para las fiestas una morcilla de verdura, con picante, muy buenas». Más de una acabó en Casa Banastón de Naval.

Para acabar, comentaremos que, tal y como relata Fuster (1986), la casa de Antonio tenía su propia anécdota esotérica: «Al parecer sucedió en casa Banastón. Fue toda la familia a la consabida misa del Gallo quedando en casa tan sólo un crío durmiendo en la cuna. Al volver de la iglesia se encontraron con el niño llorando al lado de la puerta, por dentro junto a la gatera, un orificio para que puedan entrar y salir los gatos pero insuficiente para poder pasar por allí al niño, por lo que quedó allí tirado en el patio. Al parecer las brujas (que sí podían pasar convirtiéndose en gatos) no habían podido llevarse al crío». ¡Menos mal! Imaginemos por un momento que el niño era Antonio y las brujas hubieran conseguido su propósito: ¡nos hubieran dejado sin capítulo!

10. Retorno… ¿al pasado?

Antonio vendió su carro en El Grado pero nada pudo impedir que La Montaña y los montañeses se quedaran en su mente y en su corazón. Siempre los tenía presentes. Sabía qué había sido de prácticamente todos los miembros de casi todas las antiguas casas de la Ribera del Ara, Sobrepuerto, La Guarguera, Yésero, Gavín, Biescas, Orós Alto… Donde vivían, a qué se dedicaban, los que habían emigrado, los que habían tenido fortuna, los que habían sufrido alguna desgracia, los que habían vuelto, los que habían fallecido…

Casi 50 años después de su último viaje en carro, volvió a recorrer la ruta de Naval hacia La Montaña (Alto del Pino-Aínsa-Boltaña-Broto-Linás-Yésero-Gavín-Biescas-Orós Alto-Sabiñánigo y vuelta a Naval) aunque esta vez con un familiar que le llevó en coche. Ya no estaba Filomena, de Mediano solo se veía la punta de la torre de la iglesia, el antiguo mesón de Aínsa había dejado paso a un enorme hotel, los mesones de Eusebio y Frechín se habían reducido a unas cuantas piedras, Jánovas era un fantasma, en Lacort ya no estaba el batán ni en Javierre el telar, en Fiscal la tienda de Bellosta había cambiado de sitio, la de Silverio había desaparecido y, ¡lo que son las cosas!, allí habían llevado los restos mortales del batán de Lacort; en Broto se anunciaba la práctica del barranquismo, el túnel de Cotefablo estaba iluminado, las ovejas habían dejado el sitio a las vacas, Gavín y Biescas eran sitios prácticamente irreconocibles y el Sía bajaba flojo. ¡Menos mal que Casa Jacinto seguía en su sitio! Y no solo la casa sino la mismísima habitación en la que tantas veces durmiera, décadas atrás (Figura 42) ¡Algo es algo!

Figura 42. Habitación de Casa Jacinto (Orós Alto). En esa misma cama dormía Antonio. Juan M. Rodríguez.

Por la misma época, se apuntó a un viaje en autocar que se había organizado desde Naval para visitar Sabiñánigo, Biescas y Torla. Mientras recorrían los lugares más destacados de cada sitio, Antonio les explicaba a sus paisanos como eran “apenas” 80 años atrás. Bien podría haber impartido una clase magistral durante su visita al excelente Museo de Artes Populares. Aún fue reconocido por varias personas que le pararon por la calle; de hecho, las preguntas más frecuentes entre sus convecinos fueron «¿con quién está hablando Antonio?» y «¿dónde está ahora Antonio?» El autocar tenía que llegar a Torla para la comida y el chofer casi se desespera esperando a Antonio en Biescas mientras el antiguo arriero departía con antiguos clientes y era invitado a comer por Salomé, descendiente de Casa Jacinto de Orós Alto.

A pesar de esos dos viajes, Antonio tenía una espina clavada. Cada vez que lo veía me hacía la misma pregunta: «bueno, qué, ¿cuándo me llevas a Sobrepuerto?» Siempre le respondía que tuviera en cuenta que ya no era el lugar al que había subido tantas veces hasta sus aproximadamente 40 años. Pero las ganas de volver podían más que la posible tristeza por el estado en el que encontraría a Cortillas, Sasa, Basarán, Escartín… Por fin, y tras varios años de insistencia, establecimos un día de finales de julio del año 2004 (¡parece que fue ayer!) como la fecha para su retorno a Sobrepuerto… a sus 91 años. El viaje fue posible gracias a que Ángel Lardiés, natural de Bergua, entusiasta del Sobrepuerto y dueño del taller Biescas Motor de Sabiñánigo, nos cedió un vehículo todo terreno. Dado que no había pista hasta Otal y que los ramales que llegaban a Ainielle y Escartín desde la Cruz de Basarán se encontraban en mal estado, decidimos ir a Cortillas. Antonio llegó puntual a la cita en la plaza de Naval; de allí fuimos directamente a Sabiñánigo, a casa del inefable Julio Gavín, que había mostrado un gran interés en conocer al arriero. El encuentro fue eléctrico ya que se estableció un intenso diálogo entre ambos que inició Antonio con un «pues fíjese, cuando llegué aquí por primera vez, Sabiñánigo era sólo una calle, sin asfaltar, con mucho polvo y con una única tienda, allá al final, casi enfrente de la estación». Ese comentario dio pie a un repaso a la evolución de la zona a lo largo del siglo XX, en el que salieron a relucir opiniones, anécdotas y muchos lugares y conocidos comunes, todo ello aderezado con un gran sentido del humor.

Como pueden imaginar, se nos hizo tardísimo, por lo que tuvimos que salir corriendo a recoger el 4x4 en Biescas Motor. De allí, a Cortillas, por la pista que recorre el barranco de Oliván construida bajo la dirección del Ingeniero de Montes D. Jesús Tornero Gómez, del Patrimonio Forestal del Estado, algunos años después de que Antonio dejara de subir por la zona, cuando ya no quedaban habitantes ni en Berbusa, ni en Ainielle, ni en Basarán, ni en Cortillas, ni en Cillas, ni… Ascendimos lentamente, no solo por el estado de la pista, la edad de Antonio o la inexperiencia del conductor con ese tipo de vehículos sino, especialmente, porque Banastón quería saborear esa parte del viaje, redescubrir paisajes en los que los campos labrados habían dejado su sitio a los pinos del Patrimonio Forestal (Tarazona, 2006) y a algunos árboles autóctonos mientras las viejas paredes de piedra luchaban por no desmoronarse. Pasamos frente al esqueleto de Berbusa y frente al lugar por el que se le cayó el burro. Esa parte del viaje discurrió en total silencio.

Llegamos a la Plaza Pública de Cortillas. Nadie a la vista. Antonio se baja del coche y mira alrededor: a un lado de la plaza, Casa Ferrero y Casa Malena dejaron de existir hace años. solo quedan montones de piedras, zarzas y ortigas. Menos mal que han arreglado Casa Isábal, en la que se quedaba y en cuya puerta desea que le haga una foto (Figura 43). Lo que queda de las casas del otro lado (Practicante, María Pueyo y Ambrosio) está en un equilibrio inestable: fachada y poco más. La calle que bajaba hacia Casa Montes, en la que jugaba a las cartas, está casi intransitable.

Figura 43. Antonio en la puerta de Casa Isábal (Cortillas). Juan M. Rodríguez.

De repente, Antonio otea hacia el este, con la mano en la frente para evitar el sol en los ojos. Descubre con horror que Cillas ¡está aún peor que Cortillas! Es el bombardeo del tiempo. Triste, pregunta con un hilo de voz: «Pero ¿está todo así?». Ante la afirmación de su interlocutor, su decisión es irrevocable: «Pues no quiero ver nada más». Emprendemos el camino de retorno. Antonio se despide para siempre de Cortillas y Cillas. Paramos en la Cruz de Basarán. Escartín, a lo lejos, no parece que esté tan mal. Antonio alegra un poco la cara y recuerda que, como gran parte de los campos de Basarán se encontraban en paco (umbría), se decía que en aquel pueblo casi tenían que «cosechar antes de sembrar», para poder recoger algo.

Pasado Berbusa, vemos el desvío que permite que los coches lleguen hasta Susín. Ante el comentario de que sería muy probable que Angelines Villacampa estuviera en su casa (Casa Mallau), Antonio lo tiene claro: «Pues sí que me haría ilusión ver una casa abierta». Allá que vamos. Pero surge contratiempo: una cadena de al menos un metro de altura situada a unos 100- 150 metros del pueblo está cerrada. ¿Un obstáculo definitivo para un ex-arriero de noventa y tantos años? Nada de eso. Antonio hace un esfuerzo y pasa la cadena… por arriba. Recorre la distancia que le separa del pueblo con garbo, ayudado por su bastón, feliz de que tanto la iglesia como Casa Mallau y Casa Ramón (en la que se quedaba) hayan llegado en pie hasta nuestros días. Felizmente, Casa Mallau está abierta y en unos segundos Angelines está con nosotros (Figura 45). Comemos tranquilamente en el huerto y Antonio revive: pregunta por los familiares de Angelines y por los de Casa Ramón, cuenta numerosas anécdotas de sus estancias y de las de su padre en Susín y Casbas, sonríe abiertamente. ¡Esto ya es otra cosa!

Figura 45. Antonio con Angelines Villacampa. Puerta de Casa Mallau, Susín. Juan M. Rodríguez.

De vuelta a Sabiñánigo, devolvemos el todo terreno prestado y volvemos a Naval por Cotefablo. Al pasar por la altura de Fiscal, Antonio ya propone otro futuro viaje: «otro año me tienes que llevar a Bergua». Y me comenta que, hace muchos años, ya le había expresado ese deseo a su pariente Blas Colomina, herrero de Boltaña. Blas, sorprendido, le preguntó que para qué quería volver a Bergua si allí no había ya más que hippies. Antonio le contestó que precisamente para eso, para ver a los hippies. Y es que Antonio permanecía bien informado sobre todo lo que pasaba en “sus” pueblos. Poco después, paramos en la farmacia de Boltaña; no se asusten, Antonio está cansado de un día tan intenso, pero no tiene ningún problema. Simplemente, desea saludar al matrimonio que regenta el establecimiento ya que habían sido los farmacéuticos de Naval durante años. ¡Ay, Naval!; lo importante que fue durante siglos, la de tesoros que posee… ¡y la de población, oficios y servicios que ha ido perdiendo también desde mediados de los años 50!

El viaje a Bergua se retrasó más de lo deseado. Antonio sufrió una trombosis que hizo temer por su vida y que le afectó el habla durante algunos meses. La suerte de la visita parecía estar echada. En julio de 2006, me despedí de él con un «Bueno Don Antonio, a ver si el año que viene se encuentra bien y vamos a Bergua». Era más un deseo que una propuesta real. No le volví a ver hasta el 24 de julio de 2007. Como siempre, llegué a la Plaza Mayor de Naval y, como casi siempre, allí estaba Antonio, sentado en un banco de los soportales. Le saludé con un «¡hombre, Don Antonio! ¿qué tal está?». Se volvió y sus primeras palabras fueron «qué, ¿cuándo vamos a Bergua?». Se había recuperado notablemente y quedamos para dos días después. Me preguntó si me importaba que viniera «un muchacho» con nosotros. «Por supuesto que no».

El día 26 de julio, Antonio ya estaba esperando en la plaza junto con un amigo, Simón Carruesco, de Casa Sastre, un hombre con los 70 años ya cumplidos. Le pregunté que dónde estaba el muchacho que iba a acompañarnos (pensando que sería un nieto) y señaló con el bastón hacia Simón. Entonces caí que, para una persona de 93 años, una de setenta seguía siendo «un muchacho». Simón fue en su juventud uno de los músicos de Naval que, dirigidos por Sebastián Villar, iban a tocar a las fiestas de diversos pueblos de La Montaña (Yeba, Sasa, Otal…) (ver el anexo a este capítulo). Todavía conserva la carta que la comisión de festejos de Sasa le envió para asegurarse su presencia para las fiestas de la localidad (San Ramón) del año 1955. Por lo tanto, se trataba de otro acompañante excepcional.

En Bergua aparcamos el coche en un margen de la pista, cerca de la entrada al pueblo. Antonio anduvo a buen paso hasta la primera casa, Casa Ferrero, que reconoció enseguida. Se dirigió directamente a la puerta y con voz enérgica se puso a llamar a la dueña: «¡Señora, Señora! ¡Que ha llegado Banastón!» (Figura 45). Simón y yo quedamos maravillados de asistir en directo a una escena habitual… ¡70 años atrás! Desafortunadamente, nadie respondió a la llamada de Antonio y proseguimos hacia Casa Aguado y Casa Agustín (Figura 46).

Figura 45. Antonio en la puerta de Casa Ferrero (Bergua), Juan M. Rodríguez.

Figura 46. Antonio y Simón en Bergua. Juan M. Rodríguez.

Por allí nos encontramos con un par de miembros del equipo de grabación de Eugenio Monesma. Obviamente, no perdieron la oportunidad de grabar la vuelta del arriero a uno de sus antiguos centros de operaciones y, para ello, le pidieron que se sentara en las escaleras de una borda de Casa Lacosta (Figura 47). Allí, con lo que quedaba de “su” Casa Juana al fondo (apenas una esquina), Antonio se emocionó de verdad. Fue un acúmulo de sentimientos: Bergua, Casa Juana, el reciente fallecimiento de su esposa y, como él nos decía -y todos sabíamos-, su última incursión en sus antiguos territorios. En unos segundos aparecieron por su cabeza todos sus viejos clientes. No es de extrañar que, mientras le grababan, apenas pudiera balbucear algunas palabras (¡con lo que a le gustaba explayarse con sus andanzas arrieriles!). La muchacha que hacía las preguntas no sabía que hacer para animarle… ni nosotros tampoco.

Figura 47. Entrevista en Bergua. Juan M. Rodríguez.


Y cuando su voz se fue recuperando, en vez de hablar largo y tendido de su antigua profesión, gastó sus últimas energías en un brillante alegato en el que recordó la laboriosidad, austeridad, dignidad e integridad de los fueron sus clientes en una época dura, gentes cuya palabra o apretón de manos tenía más fuerza que cualquier contrato. Acabó con un «¡aquéllos eran años! ¡aquéllos sí que eran hombres y mujeres! ¡ahora se vive a lo grande! ¡se tiene de todo y no se aprovecha nada! ¡no puede ser, no puede ser!». Quizás un aviso para la crisis que se nos avecinaba. Ahí acabó la grabación.

Visiblemente cansado, Antonio bajó del improvisado “estudio” de grabación y se sentó en el carasol de la borda de Casa Lacosta, actualmente arreglada como vivienda (la casa cayó hace años). Allí, Juan Antonio Lacosta (precisamente el hijo del que tuviera que cortar el nogal por el ahorcamiento citado anteriormente) y su mujer sacaron algo para comer y beber y Antonio, sin la presión de la cámara y los focos, volvió a renacer y a contar todo lo que quisiéramos oír sobre su vida con las caballerías por aquellos lugares (Figura 48). El cámara y la entrevistadora se tiraban de los pelos. Ya habían recogido todo el material y precisamente lo que estaba contando ahora era lo que querían haber grabado. ¡La ley de Murphy también rige en La Montaña! En cualquier caso, para los demás había sido una jornada inolvidable.

Figura 48. Antonio conversando con Juan Antonio (Casa Lacosta, Bergua). Juan M. Rodríguez.

En el último año, la salud de Antonio se deterioró rápidamente. La última vez que lo vi me habían avisado previamente que había perdido su prodigiosa memoria y que apenas se acordaba de nada. Sin embargo, nada más ponerme delante suyo, y antes de que me diera tiempo a saludarle, ya me había preguntado que cómo estaban las cosas por Cillas, Cortillas, Bergua, Otal, Basarán…. ¿Se había arreglado algo? ¿Se sabía algo del futuro parque natural de Sobrepuerto? ¿Te acuerdas de cuándo estuvimos por allí? ¡Cómo olvidarlo! Simón reflexionaba «hay que ver con el señor Antonio, casi no reconoce ni a amigos ni a familiares y todavía se acuerda de aquellos pueblos». El propio Simón me comentaba que el 8 de enero de 2011, pocos meses antes de morir y cuando parecía ajeno a todo, a Antonio se le iluminaron los ojos cuando un acompañante que estaba leyendo el Diario del Alto Aragón, comentó en voz alta «¡anda!, dicen aquí que van a arreglar las fuentes de Cortillas, Escartín y Otal» (Figura 49). Tuvieron que leerle la noticia completa, a lo que respondió con un gesto de asentimiento y una sonrisa.

Figura 49. Noticia que provocó el interés de un Antonio ya muy enfermo.
Diario del Alto Aragón, 8 de enero de 2011.

Decía Severino Pallaruelo en una entrevista en Aragón Digital que había «tenido la suerte de conocer dos mundos absolutamente diferentes. Y creo que gran parte de mi interés por la etnografía, por el paisaje pirenaico, por su arquitectura, por las costumbres de la zona…, tiene que ver con el hecho de saber que nací en un mundo que ha desaparecido». A ese mundo pertenecía el oficio de arriero, del que Banastón fue uno de sus últimos exponentes en el Alto Aragón. El gran Julio Gavín solía reiterar: «No os preocupéis por las montañas, que esas siempre van a estar ahí. Preocuparos por las personas, por sus actividades y creaciones, sus costumbres, por los objetos que han elaborado o empleado. Habrá un día en el que desaparecerán para siempre». Como los arrieros, siglos surcando los caminos en legión hasta que, sin darnos cuenta, desaparece el último.

Querido Antonio, escucharte estos años ha sido un regalo de valor incalculable. Por más que habláramos, siempre nos quedaban cosas pendientes. Será imposible olvidarte. ¡Muchas gracias y un fuerte abrazo!

11. 29 de abril de 2011: fin de una época

«El Señor D. Antonio Bellosta Pardina, viudo de Dña. María Lanau Palacio falleció en Naval el día 29 de abril de 2011, a los 97 años de edad, habiendo recibido los S.S, y la B.A.» (Figura 50). Aparentemente, una esquela cualquiera, pero nada más lejos de la realidad. El 29 de abril de 2011 es una fecha histórica para el Alto Aragón a pesar de que no la recogerán los libros de Historia. Ese día fallecía uno de los últimos arrieros de Naval, villa arriera por excelencia del Alto Aragón. Punto final a siglos y siglos de hombres surcando los caminos con sus caballerías, complementando economías que, de otra manera, difícilmente hubieran sido viables.

Figura 50. ¡Fin de un modo de vida!: esquela de Antonio.


12. Referencias

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Arcarazo, L.A. 2017. El Dr. D. Franco García Bragado, el médico militar que modernizó la cirugía en Huesca. Sanidad Militar, 73: 129-139.

Archivo Histórico Provincial de Huesca. 1926. Informe acerca del estado en que se halla el edificio destinado a Hospital Provincial de Huesca. Sig. D-1539/3.

Archivo Histórico Provincial de Huesca. 1927. Inventario del Hospital Provincial. Sig. 1485/2.

Arco y Garay, R. del. 1943. Notas de Folklore Altoaragonés. Instituto Antonio de Nebrija, CSIC, Madrid.

Fuster, B. 1986. Supersticiones recogidas en Naval (Huesca). En: V Jornadas de Cultura Altoaragonesa, pp. 195-204. Instituto de Estudios Altoaragoneses, Huesca.

Garrido, E. 1933. El hombre en la montaña. Espasa-Calpe, Madrid.

González, C., Lacaste, A.J., Gracia, J.A. 1998. La sombra del olvido: tradición oral en el pie de sierra meridional de Guara. Instituto de Estudios Alto Aragoneses, Huesca.

López, S. 1989. Esquema general de la Guerra en Serrablo (1936-1938). Serrablo, 72: 14-17.

Menjón, M. 2004. Jánovas, Víctimas de un Pantano de Papel. Biblioteca Aragonesa de Cultura, Ibercaja, Zaragoza.

Pérez de Berasaluce, L. 2020. Guerrilla en Bergua (Huesca) en noviembre de 1944. Cuando los maquis, https://www.cuandolosmaquis.com/?s=bergua.

Tarazona, C. 2006. Pinos y penas en tiempos del Patrimonio. DVD. DeDía Producciones.

Valero, V. 1990. Entrados los fríos, el alba es helada y cenicienta. Serrablo, 78: 15- 18.