«Las
primeras luces surgen y traen consigo otra vez la vida,
el frío matinal y la jornada fatigosa que dale
y dale. Giran las ruedas y marcan sobre el barro, o
sobre el polvo, sobre el hielo o la nieve, sus llantas.
Y sigo andando con traca y traca, chirridos, y hielo
en las manos, y pies y ojos. Siempre hay alguien que
nos necesita, que nos llama. Y seguimos, porque tan
sólo se nos permite detenernos una vez, y es
para siempre». José Antonio
Labordeta, El Trajinero, 1974.
1. De casta
le viene al galgo
Don Antonio Jesús
Bellosta Pardina nació el 18 de enero de 1914
(Figura 1). Era hijo de Antonio Bellosta Murillo y de
Luisa Pardina Portella, ambos naturales y vecinos de
Naval. Bien podría no haberse llamado Antonio
si su hermano mayor (Antonio Lorenzo Bellosta Pardina;
9 de agosto de 1908 - 4 de marzo de 1909) no hubiera
fallecido, un hecho frecuente en una época en
la que la tasa de mortalidad infantil era muy elevada.

Figura 1. Partida de
nacimiento de Antonio Bellosta Pardina. Ayuntº
de Naval.
La familia tenía
una larga tradición de arrieros a sus espaldas,
como su bisabuelo, Manuel Murillo (natural de Samitier)
o su abuelo paterno, Antonio Bellosta procedente de
Casa L’Arriero de Olsón (Figura 2). Ambos
antepasados fueron a casarse a Naval debido a los lazos
que se establecían entre arrieros de diversas
localidades.

Figura 2. Casa L’Arriero
de Olsón reconvertida en casa de turismo rural
en la actualidad.
Y, ¡cómo
no!, su padre: el célebre arriero Mamón
(Figura 3). Su apodo, por el que era conocido en gran
parte del Pirineo oscense, no tenía nada de peyorativo.
Los mamones o mamadores eran niños, con una succión
vigorosa, que aliviaban las ingurgitaciones o retenciones
de leche en mujeres lactantes que, o bien habían
perdido a su hijo, o bien sufrían mastitis. Por
muy extraño que nos pueda parecer hoy en día,
los mamadores siguen presentes en el recuerdo de las
personas más mayores. En algunos casos, los mamones
tenían que recibir la conformidad de sus párrocos
para ejercer esta actividad y, aunque desempeñaban
su trabajo con discreción, todavía recorrían
los pueblos en los años treinta. No obstante,
su actuación tenía un carácter
subsidiario y únicamente se acudía a ellos
cuando no se contaba con personas de la familia o niños
del vecindario (vamos, gente de “confianza”)
que pudieran llevar a cabo la tarea. Parece ser que
Antonio padre era el niño del vecindario de Naval
que más destacaba por su habilidad para resolver
ese tipo problemas.
Figura 3. Antonio Bellosta Murillo
(Mamón), señalado con una flecha, en la
plaza de Naval.
Fotografía cedida por Simón Carruesco
(Naval).
Antonio hijo (Figura
4) no heredó esa habilidad (o no la tuvo que
poner nunca en práctica) y se le conocía
por el nombre de su casa: “Banastón”.
Así fue como se rebautizó su casa cuando
su bisabuela Antonia Lamúa (o Lamuga, en algunos
papeles) vino a casarse procedente de Casa Santa Tecla
de Banastón (Figura 5).

Figura 4. Antonio Bellosta
Pardina, en la plaza de Naval. Juan M. Rodríguez.

Figura 5. Casa Santa
Tecla, Banastón. Juan M. Rodríguez.
Los hijos mayores de
los arrieros acompañaban ya a sus padres antes
de cumplir los diez años, para que fueran aprendiendo
el oficio y conociendo a su futura clientela. Por lo
tanto, con muchos viajes ya a su espalda, se casó
con María Lanau Palacio, de Casa El Sorde de
Naval, con la que tuvo dos hijos y una hija.
2. Y el tiempo
se detuvo…
Antonio no se acordaba
(no quería acordarse) del día exacto en
el que, allá por los años 50, emprendió
su último viaje hacia “La Montaña”,
con su carro cargado de diversas mercancías.
Pero, desde entonces, el tiempo se detuvo en el Pirineo,
sobre todo en el posteriormente deshabitado Sobrepuerto.
Y allí, en un lugar particularmente querido de
su prodigiosa memoria, permaneció intacto hasta
el final: el humo salía, como todos los días,
por las chamineras de las casas, los campos
estaban cultivados, de las fuentes manaba agua, todas
las paredes seguían en pie, las personas se afanaban
en sus tareas y, a cada paso, se encontraba con conocidos
por los caminos. Para él, la vida en Sobrepuerto
siempre siguió siendo la misma que tan bien conoció,
y disfrutó, a fuerza de recorrer cíclicamente
sus pueblos durante las cuatro estaciones de muchos
años. No llegó a ver ninguno deshabitado,
pero sí fue testigo del inicio de la diáspora
final.
De hecho, la emigración,
que le iba arrebatando rápidamente a sus clientes,
fue una de las causas que le obligaron a abandonar su
oficio de siempre. También la irresistible irrupción
de neveras y nuevos materiales para el procesado y conservación
de alimentos. La construcción o mejora de las
vías de comunicación y, por ende, la generalización
de nuevos sistemas de distribución de mercancías,
como furgonetas y camiones, con los que era imposible
competir, hizo el resto. En otras palabras, lo que hemos
dado en llamar “el progreso” (¿?).
Por eso, y a su pesar, a la vuelta de uno de sus viajes
decidió solicitar trabajo en las obras del embalse
del Grado. El fin de los arrieros, antiguo cordón
umbilical Montaña-Somontano, unido a la frenética
construcción de embalses: toda una siniestra
premonición para tantos pueblos del Pirineo aragonés.
Camino de convertirse en centenario, Antonio nos describía,
con todo lujo de detalles, rutas, campos, casas, rostros,
voces, silencios...
3. Una vida
de ida y vuelta
La vida de cualquiera
de los arrieros de Naval era un continuo viaje de ida
y vuelta. Vamos, una vida en el camino. En este sentido,
no pude evitar sonreír cuando, durante un viaje
a Cartagena de Indias (Colombia), vi una compañía
de arrieros, profesión plenamente vigente en
aquella zona, cuyo nombre era Voy y Me Vengo.
Cuatro palabras que definen una profesión.
El recorrido de los
arrieros navaleses fue menguando progresivamente desde
mediados del siglo XIX. El lento pero progresivo desarrollo
de las incipientes redes ferroviarias, primero, y de
carreteras, después, hizo que se fueran reduciendo
sus áreas de influencia. Este hecho es evidente
en el “historial arrieril” de la familia
de Antonio. Su bisabuelo llegaba hasta las costas francesa
y cantábrica. Una generación después,
su abuelo, acompañado de un hermano y un criado,
iba con 4-6 machos y llegaba desde Huesca hasta Jaca
y desde Uncastillo y algunos pueblos navarros limítrofes
con Aragón hasta Hecho y Ansó.
Testigo del paso de
estos arrieros por la capital oscense era Casa Navalés,
tienda de ultramarinos (espacio actualmente ocupado
por un pub) en la céntrica calle de
Goya, en la que siempre existieron comercios de distinta
clase: ultramarinos, carnecerías, fonda, herrería,
almacén de hielo... No fue, ni mucho menos, la
única tienda Casa Navalés por
la geografía aragonesa: Labuerda, El Grado, Gerbe…
La zona de acción
de Antonio y su padre se limitaba ya a Serrablo y Sobrarbe.
A grandes rasgos, estaba delimitada por la línea
Sabiñánigo-Lanave-Carretera de la Guarguera-Boltaña-Ribera
del Ará-Linás-Biescas-Sabiñánigo,
incluyendo la zona entre Acumuer y Larrés, los
“Oroses” (Orós Alto y Orós
Bajo) y Oliván, Sobrepuerto, el valle de Vio
y la zona comprendida entre el mesón de Barranco
Fondo y Paúles de Sarsa (Figura 6). No fue el
único cambio: los potentes mulos navaleses dejaron
paso a los esforzados asnos. Compraba los animales con
3 ó 4 años, generalmente en la Feria de
Barbastro, y los tenía hasta los 10-12 años.
Nunca les faltó cebada tres veces al día.
Según Antonio, el trato a las caballerías
debía ser el mejor posible pues creaba una confianza
mutua y mejoraba su rendimiento.

Figura 6. Itinerarios
de Antonio Bellosta, padre (Mamón) e
hijo (Banastón).
Su periplo, con carro
y dos burretes, duraba aproximadamente entre 8 y 15
días; no obstante, no había una duración
fija ya que el tiempo cronológico dependía
del tiempo meteorológico y de cómo se
le dieran las ventas. El viaje comenzaba de madrugada,
temprano, cuando todavía era de noche, de tal
suerte que cuando daban las 6 ó 7 de la madrugada
ya había coronado el famoso Alto de Pino, límite
natural entre el Somontano y La Montaña.
Tras dejar atrás
Abizanda, pasaba por Ligüerre de Cinca, dejando
a su derecha mesón y a su izquierda la herrería.
La comida la realizaba en el mesón de Samitier,
elogiado y fotografiado por el mismísimo Lucien
Briet durante uno de sus viajes. En los tiempos de nuestro
arriero, estaba atendido por Dña. Filomena, natural
de Asque y casada con el mesonero Mariano Carruesco.
Mediano seguía siendo Mediano y no la punta de
una torre fuera del agua (Figura 7).

Figura 7. Puente del
diablo y Mediano al fondo, en la segunda mitad de los
años 30 del siglo pasado.
Josep Brangulí i Soler, Arxiu Nacional de Catalunya.
La siguiente parada
era Aínsa, para dormir en el Mesón Tozola,
situado a mano izquierda antes de cruzar el puente sobre
el río Ara (Figura 8). El mesón se reformó
profundamente con los años y el resultado es
el actual Mesón de L’Aínsa. A las
4 ó 5 de la mañana, vuelta al carro para
llegar a Boltaña antes de que se hiciera de día.
Sus caballerías conocían tan bien esa
parte del trayecto que no hacía falta guiarlas
y Antonio aprovechaba para echar una cabezada (como
me diría alguna vez «el
día del arriero era muy largo»).
Poco después de atravesar Boltaña, hacía
parada de carro en el Mesón Frechín
(comida: 10 reales) (Figura 9). Años y años
parando en Frechín, ¡cómo iba olvidar
a los dueños Gregorio Garcés Melis (nacido
en Gere) y María Frechín Lardiés!;
o a su hijo Emilio y su nuera, Francisca Castillo, de
Casa Castillo de Jánovas (Figura 10); o el drama,
todavía inacabado, del pantano de papel
que sacudiría al pueblo algunos años después
(Menjón, 2004). Es el mejor sitio para escuchar
Habanera Triste (La Ronda de Boltaña,
1996).

Figura 8. Aínsa,
hacia 1920. En la parte inferior izquierda, Mesón
Tozola.
Julio Soler Santaló, Centre Excursionista de
Catalunya.

Figura 9. Mesón
de Frechín, Jánovas. Archivo familia Garcés.

Figura 10. Emilio Garcés
y Francisca Castillo, la dignidad de Jánovas.
En el mesón
iniciaba un recorrido con una caballería, y la
mercancía que pudiera portar, por Jánovas,
San Felices, Planillo, Albella, Lacort y Lavelilla.
Entre sus recuerdos de Lacort destacan el batán,
para el que hizo algunos recados (llevar o recoger alguna
pieza) (Figura 11) y, por supuesto, los establecimientos
de Casa Macario (Figura 12), Casa Marcial (Figuras 13
y 14), Casa Revilla (Figura 15) y El Ventorrillo (Figura
16). Fue testigo del surgimiento de algunos de ellos
que, en poco tiempo, pasaron de ser buenos clientes
para convertirse en grandes competidores ya que podían
adquirir mucha más mercancía y mucho más
rápidamente mediante el suministro con camiones
a partir de los grandes almacenes de Barbastro. De hecho,
el auge de estas tiendas limitó notablemente
la actividad arriera de algunos de los colegas de Antonio,
como Tomasón de Buera.

Figura 11. Batán-Serrería
de Lacort. Cortesía de Pablo Muro, de Casa Morer
(o Batanero) de Lacort.

Figura 12. Casa Macario
(Macario Garcés, Panadería y Carnicería,
como rezaba un calendario de 1957), Lacort.
Archivo Pablo Muro.

Figura 13. Casa Marcial,
en el centro del pueblo (Lacort). Archivo Pablo Muro.

Figura 14. Almacén
de Casa Marcial, en la carretera (Lacort).
Ricardo Agramunt.

Figura 15. Casa Revilla,
Lacort. Ricardo Agramunt.

Figura 16. El Ventorrillo,
Lacort. Ricardo Agramunt.
Su itinerario continuaba
por Santolaria y Javierre de Ara. Allí, en Casa
Gabarre, se ubicaba el telar (actualmente en el Museo
de Artes Populares de Sabiñánigo) de Víctor
Ger (Figura 17), donde el tejedor elaboraba magníficas
alforjas, sacos y mantas. Antonio hizo más de
un encargo a Víctor, bien para traer materias
primas al telar o bien para llevar algunas piezas acabadas
a sus propietarios.

Figura 17. Víctor
Ger en su telar. Javierre de Ara. Ricardo Agramunt.
A propósito
de tejedores, y aprovechando que el Pisuerga pasa por
Valladolid, resulta casi obligado incluir la descripción
que Ricardo del Arco y Garay hizo en 1946 de Mariano
Gracia, uno de estos artesanos, que ya sabía
bien el futuro que le esperaba a su oficio:
«He
conocido en Loarre un tejedor entrado en años,
que en sus buenos tiempos en aquel aposento de la planta
baja se pasaba horas y horas sentado ante el telar,
dándole con una mano a la lanzadera, al peine
con la otra y a los pedales de la trama con los pies…
Tal como tejió su bisabuelo, tejieron su abuelo
y su padre, así teje él; los dos telaratos
de pino que hay en ese aposento son los mismos que ellos
usaron; solo que uno permanece quieto, como esqueleto
petrificado; hace muchos años que no rechinan
sus articulaciones. Y es que el oficio está “acabado
del todo”; día con otro, contando con los
perdidos por ausencias para vender las piezas obradas
saca este tejedor unas 5 pesetas de jornal.
En
el aposento no caben sino los dos telares y la devanadera.
Los artefactos llegan al techo, y el suelo es de tierra.
Por una ventanilla entra la luz que ilumina al operario
y a la obra; el fondo de la estancia permanece en penumbra.
El tehedor sonríe ante el terliz, mientras el
algodón y el cáñamo cantan su canción
de alianza; y al cabo del día, sube a la dueña
unas varas de tela recia, compacta, diríamos
“sincera”, de esa que los biznietos encontrarán
tan fuerte y apretada como ahora.
He
dejado el taller: aquel armazón de pino que la
sierra, hoy monda, criaba en otro tiempo, las garruchas
de boj, las canillas de caña, las clavijas de
vidrio, los peines inservibles que penden del techo
con tiras de algodón empolvado como colgaduras
de triunfo de un trabajo secular. Y he seguido al tejedor
por entre un arco de pinochas puestas a secar hasta
llegar al hogar, Me ha hecho sentar en la cadiera junto
al fuego, y me ha mostrado sábanas, manteles,
toallas, toallones, rollos de lienzo que acaricia con
amor de artífice; tela blanquísima, fuerte
y dúctil a un tiempo, después de aprestada
con el lavado. Y una alacena de nogal, repleta de piezas
obradas por sus antepasados; todo un museo de tejidos
de este taller, ignorado y simpático.
De
añadidura, el generoso tejedor me ha obsequiado,
de buen grado, con jamón casero, longaniza que
tiene su fama en el lugar, clarete y “poncho”
navideño. Como obsequiara, sin duda, el abuelo
y el padre del tejedor.
Ha
llegado su hijo, otra generación. Pero el muchacho
no quiere aprender el oficio. El padre confirma, moviendo
la cabeza de un lado a otro; no da para vivir, apenas
hay encargos; las telas que se venden en la capital
son más baratas aunque sean mezquinas, falsas
y duren poco. Pero el caso el satisfacer el apremio
del momento.
Y
un mal día, cuando el tejedor envejezca, después
de un siglo y medio, el taller enmudecerá para
siempre y las mujeres que vayan por la calle con los
cántaros a la cintura, no oirán ya la
canción cotidiana del telar que nació
allí, en aquel aposento angosto, y allí
quedará sepultado. Y será otro de los
últimos jirones de una industria popular que
ha pasado a la Historia».
Ligüerre de Ara
era el siguiente pueblo en el recorrido de Antonio.
El puente de acceso, como tantos otros, fue destruido
durante la guerra (Figura 18) y pasó mucho tiempo
hasta que se construyó uno nuevo. Hasta entonces,
Antonio tenía que cruzar el río a
nado (decía a nado, no a vado)
para acceder a la localidad. Allí se hospedaba
en Casa Antín (Figura 19). Posteriormente, pasaba
por Arresa, donde le llamaba la atención la gran
cantidad de vacas existentes en Casa Sebastián,
y cuya leche se vendía en Barbastro. Salvo casos
excepcionales, Antonio no se adentraba en La Solana,
cuyos pueblos ya se empezaban a suministrar de forma
casi exclusiva a partir de las tiendas de Lacort o Fiscal.

Figura 18. Restos del
antiguo puente de acceso a Ligüerre de Ara, destruido
durante la guerra civil.
Juan M. Rodríguez, 2022.

Figura 19. Casa Antín
(a la izquierda), en Ligüerre de Ara, construida
originalmente en el año 1717
y donde pernoctaba Antonio. Juan M. Rodríguez.
En este último
pueblo paraba en el comercio de Bellosta (Casa Bautista),
regentado en aquel momento por una mujer natural de
Ligüerre de Ara, de Casa Ballarín para más
señas; allí almacenaba mercancía,
especialmente cazuelas y pucheros que, entre viaje y
viaje de Antonio, era vendida en la propia tienda. Fiscal
era el punto de partida para sus andanzas por Sobrepuerto,
por donde se desplazaba a carga (es decir,
sin carro) con uno de los burros. Madrugando, como siempre,
llegaba a Bergua cuando se empezaba a hacer de día;
allí, establecía su “cuartel general”
en Casa Juana, de cuyos moradores guardaba un recuerdo
nítido: Generosa, el abuelo Antonio y su hermano
Mariano, Antonio “hijo” y su mujer Encarna,
Meregelio (casado en el Valle de Tena)… El precio
que el arriero tenía que abonar por cenar y pernoctar
osciló desde los 3 reales iniciales (cuando un
banastón de cacharrería valía
25 pesetas) hasta 1 peseta cuando dejó el oficio;
los pagos los hacía en dinero o en forma de trueque
por algún tipo de mercancía. Siempre que
le resultaba posible, Antonio intentaba seguir el siguiente
itinerario por Sobrepuerto y pueblos cercanos: Bergua-Ayerbe
de Broto-Escartín-Otal-Ainielle-Berbusa-Basarán-Cortillas-Cillas-Sasa-Bergua.
En total, el recorrido, con sus correspondientes paradas,
le llevaba un mínimo de 3 ó 4 días.
En ocasiones, incluía Oliván, Casbas y
Susín en este trayecto, a los que accedía
desde Berbusa, mientras que otras veces llegaba a estos
pueblos desde Orós Alto, donde tenía otro
de sus cuarteles generales, tal y como comentaremos
posteriormente.
De vuelta a Fiscal,
seguía con su carro y se dirigía por Sarvisé
(desde donde hacía incursiones al valle de Vio)
y Broto hasta Linás, localidad que hasta 1935
constituyó un fondo de saco para Antonio. Hasta
entonces, el paso por el puerto de Cotefablo, cabecera
de dos grandes barrancos (el del Sía, afluente
del río Gállego, y el de Sorrosal, afluente
del Ara), únicamente se podía realizar
por un camino de herradura no apto para carros. En consecuencia,
para llegar a Biescas y Yésero tenía que
ir desde Boltaña a Sabiñánigo,
atravesando la Guarguera, vendiendo en todos los pueblos
por los que pasaba, desde el Mesón de Fuebla
y el de Barranco Fondo al Hostal de Ipiés, pasando
por Matidero, Laguarta o Secorún.
El calado del túnel
de Cotefablo (altitud: 1.423 m¸ longitud: 683
m) en 1935 fue una buena noticia para Antonio (Figura
20).

Figura 21. Túnel
de Cotefablo, entre Linás de Broto y Yésero,
poco antes de su apertura oficial.
Archivo Julio Gavín.
No obstante, tuvo que
esperar hasta después de la Guerra para atravesarlo
por primera vez. A partir de ese momento, pasaba directamente
de Linás a Yésero, con la tristeza de
no poder reencontrarse en ese último pueblo con
Antonio Salvador del Río, el secretario del Ayuntamiento,
asesinado durante la contienda en el Barranco de Pubieto,
muy próximo al puerto de Cotefablo. Hasta antes
de la guerra, tanto su padre como él se habían
alojado en su casa (Casa Secretario) cuando pasaban
por allí. En Gavín, hacía una nueva
parada de carro en Casa Petronila y, ya solo
con una caballería, recorría Espierre,
Barbenuta, Orós Alto y Orós Bajo. A “los
Oroses” accedía, en otras ocasiones,
desde Biescas.
Como he comentado anteriormente,
en Orós Alto tenía otra de sus grandes
bases de operaciones, Casa Jacinto, donde se quedaba
su hijo mayor cuando se lo llevaba con él durante
las vacaciones escolares (Figuras 21 y 22). Desde allí
también podía acceder a Oliván,
Susín, Casbas y Berbusa. Para ello, le dejaban
un buen macho mientras se quedaban sus caballerías
descansando. Los amos le conminaban a aceptar el macho
con un contundente «Antonio,
¡no seas bárbaro!, no mates a tus caballerías.
Usa una de las nuestras, que están sin hacer
nada, igual que el criado». Paralelamente,
le decían al criado de turno que tratara a los
burros de Antonio como si fueran los machos de la casa.
Según Antonio, en aquella casa cuidaban muy bien
a los criados y «no
se les iba ninguno hasta que se iban a la mili o se
casaban».

Figura 22. Casa Jacinto,
Orós Alto. Juan M. Rodríguez.
En tiempos del estraperlo,
Antonio dejaba parte del aceite que llevaba en una pila
de Casa Jacinto, adonde bajaba gente de Biescas y del
valle de Tena cuando les hacía falta. En Oliván
o en Orós Alto le llamaba la atención
la gran cantidad de mulas lechales traídas de
Francia para su recría en la ribera del Gállego.
En Orós Alto también había una
buena cantidad de vacas frisonas, cuya leche se vendía
en Biescas y en la central lechera de Grañén.

Figura 22. ¡Como
se acordaban Pascual Salvador y Amparo Lapuente de Antonio!
Casa Jacinto, Orós Alto.
Juan M. Rodríguez.
Nuevamente a dos ruedas,
seguía la ruta Biescas-Escuer-Senegüe. En
este último pueblo, cruzaba el puente para acceder
a los pueblos del otro lado del Gállego, desde
Sardas a Lárrede. Por fin, llegaba a Sabiñánigo,
otro punto importante de su periplo y base para sus
operaciones entre Larrés y Acumuer. En total,
el recorrido de Fiscal a Sabiñánigo le
solía llevar 3 ó 4 días. En la
actual capital del Alto Gállego, Antonio reponía
las mercancías que había ido agotando.
Y es que, antes de partir, las había facturado
en la estación de Barbastro con destino a la
de Sabiñánigo, donde la guardaban en el
almacén de la RENFE hasta que pasaba a por ella.
No estamos hablando del Sabiñánigo que
conocemos actualmente sino del Sabiñánigo
que en palabras de Antonio «era
una sola calle, con una sola tienda [Casa
Tomás, donde comía]
allá al final, al final» (Figura
23). Una vez vendida toda la mercancía, la vuelta
a Naval la hacía de un tirón, bien por
Cotefablo o por la Guarguera deteniéndose únicamente
para comer o pernoctar.

Figura 23. Sabiñánigo,
una calle con la estación al fondo. Archivo Julio
Gavín.
Finalmente, también
hacia viajes por la zona comprendida entre Suelves y
Las Bellostas. Como su suegra era de Paúles de
Sarsa (Casa Palacio), cuando vendía en localidades
próximas (Sarsa de Surta, Almazorre, Eripol,
Arcusa, Hospitaled…), las consignas eran tan diáfanas
como irrefutables: «mientras
vendes por aquí, a dormir a casa».
Si pasaba por Las Bellostas
almorzaba en el mesón de Gallinero (Figura 24).
Por allí también pasaba Ángel Sasa,
otro vendedor ambulante navalés que llevaba las
mercancías que vendía… ¡¡a
hombros!! Con el hambre que solía traer, cuando
Doña Maximina, el ama del mesón, le preguntaba
a Ángel qué le apetecía, la respuesta
era siempre la misma: «un
par de huevos, un trozo de longaniza y todo lo que se
ponga por delante».

Figura 24. Ruinas del
mesón de Gallinero, entre Las Bellostas y Sarsa
de Surta.
Juan M. Rodríguez.
Las principales casas,
mesones y fondas en las que pernoctaba Antonio en sus
viajes se muestran en la Tabla 1.
Tabla 1. Casas y mesones
en los que pernoctaba Antonio Bellosta.
| Pueblo |
Casa |
| Ainielle |
Franco |
| Aínsa |
Mesón
Tozola (actual mesón de L'Aínsa) |
| Ayerbe |
Cadena |
| Basarán |
Miguel
Lóbez |
| Berbusa |
Chuanico |
| Bergua |
Juana |
| Biescas |
Fonda
Ruba |
| Cillas |
Blas |
| Cortillas |
Isábal |
| Escartín |
Satué
(hasta 1938). Blas (después de la Guerra) |
| Espierre |
Ramón |
| Fiscal |
Bautista |
| Gavín |
Petronila |
| Jánovas |
Mesón
de Frechín, Casa Sarrate |
| Javierre |
Orús,
Maza |
| Ligüerre
de Ara |
Antín |
| Oliván |
Capitán |
| Orós
Alto |
Jacinto |
| Otal |
Orós,
Bergua, Calderero |
| Samitier |
Mesón
de Samitier |
| Sasa |
Ramón |
| Susín |
Ramón |
| Yésero |
Secretario |
4. Mercancías
“de subida”
El catálogo
de productos que Antonio llevó a Sobrarbe y Serrablo
es bastante amplio pero, entre ellos, dos destacaban
por su importancia: el aceite y la cacharrería
(cazuelas, pucheros y demás). El primero iba
en boticos, generalmente suspendidos de la parte baja
del carro (la bolsa), de tal manera que se
aprovechase al máximo la capacidad de carga del
vehículo. En cada viaje solía llevar entre
400 y 500 kg de aceite, procedente de diversos tornos,
como los de Hoz de Barbastro, Coscojuela de Fantova
o Colungo. El transporte de aceite se complicó
durante algunos años después de la guerra
ya que pasó a ser un artículo racionado
y su comercio, fuera del cauce de las cartillas de racionamiento,
era considerado como estraperlo… incluso en aquellas
zonas donde no llegaban las raciones. Para evitar problemas,
Antonio y los responsables de los tornos llegaron a
un acuerdo: los aceiteros dejaban el preciado líquido
en una zona convenida de la almazara, Antonio pasaba
cuando no había nadie, lo cogía y dejaba
el dinero estipulado. De esa manera, nadie era “físicamente”
responsable de haberle proporcionado aceite y tampoco
había testigos de la compraventa. Las propias
palabras de Antonio resumen bien el trato, sellado con
el correspondiente apretón de manos: «yo
lo dejo ahí, tú lo cojes y ni yo te lo
he vendido ni tú me lo has comprado».
Por su parte, las piezas
de los alfares navaleses se transportaban en cestos
de mimbre (banastos) debidamente mezcladas
con paja y broza para evitar que se rompieran antes
de que llegasen a su destino. Los banastos iban dentro
del carro, en la caja o cajón. Algunas personas
le compraban cestos enteros confiando en una buena rebaja
en el precio (“¿en cuánto me
lo dejas?”). Esto fue especialmente frecuente
tras la guerra, que tantos estragos hizo en el menaje
de las casas altoaragonesas. En general, cada arriero
de Naval tenía su propio alfarero de cabecera.
En el caso de Antonio, su suministrador habitual era
Paco Buetas, uno de los últimos alfareros navaleses,
fallecido en 2001.
En los trayectos en
los que no podía emplear el carro, el transporte
lo efectuaba “a carga”, directamente sobre
las caballerías. En estos casos, Antonio era
todo un artista en colocar boticos, cestos y demás
fardos en el sitio correcto, con la presión adecuada,
de tal manera que se cumplieran tres objetivos: que
las mercancías llegaran en buen estado (evitando
la perforación de boticos o la rotura de piezas…),
que el animal pudiera deambular cómodamente y…
que lo pudiera hacer con la máxima carga posible
(unos 100 kg por caballería).
Otros de los productos
importantes de Antonio eran el vinagre (20-30 decalitros
por viaje), el vino, el aguardiente, las alfombras,
los higos secos y los orejones, el jabón, el
sebo o las velas. Estas últimas podían
ser muy importantes en ciertas fechas, como el día
de Todos los Santos o la Semana Santa. Tal es así
que en la Ribera del Ara le conocían como el
velero. En esos días, solía llevar dos
cargas de velas, colocadas en cajones según las
medidas. Como se vendían como rosquillas, llevaba
los cajones bien a mano de tal manera que las podía
coger simplemente abriendo la portalada, sin necesidad
de descargar (como era habitual para otros artículos).
Antonio siempre llevaba consigo un juego de medidas,
tanto para líquidos como para sólidos.
Curiosamente, lo que no solía llevar prácticamente
nunca era sal ya que una cantidad relativamente pequeña
ocupaba un volumen importante en el carro y, además,
era un artículo que dejaba un margen muy pequeño
de ganancias si no se vendía en grandes cantidades.
Aparte de los productos
que transportaba habitualmente, le hacían muchos
encargos específicos («acuérdese
de traerme tal o cual cosa en el próximo viaje»):
desde especias y conservas a medicamentos humanos o
veterinarios pasando por telas y artículos de
mercería, papelería o ferretería,
que él religiosamente adquiría en Barbastro
o en cualquier otro lugar. También le pedían
que llevara tal o cual cosa o paquete de un pueblo a
otro, como se ha comentado anteriormente con relación
al batán de Lacort o al tejedor de Javierre de
Ara.
Finalmente, recibía
muchos encargos intangibles: llevar recados de un sitio
a otro, desde noticias sobre el estado de salud de familiares
hasta contactar con músicos para que subieran
para las fiestas o con jornaleros para la siega. En
este apartado se pueden incluir sus labores como casamentero.
Como la búsqueda de un novio montañés
para una chica de Estadilla, ya que, según la
tía que solicitaba el novio para su sobrina,
los mocetones montañeses eran «canela
en rama». En sentido contrario, recuerda
a un pastor de Bagüeste que lo que quería
era una buena moza.
A pesar de su inagotable
memoria, Antonio anotaba todo cuidadosamente en su libreta:
lo que cargaba, lo que vendía, lo que gastaba,
lo que le debían y lo que le encargaban. Obviamente,
acumuló muchas libretas en su vida, que serían
una excelente fuente de información socioeconómica
si no las hubiera ido tirando cada cierto tiempo. No
es ningún reproche ya que es lo que seguramente
hubiéramos hecho la inmensa mayoría de
nosotros. No nos damos cuenta de la importancia de los
hechos y usos aparentemente cotidianos y “normales”
hasta que dejan se serlo.
5. Mercancías
“de bajada”
La lista de productos
que Antonio se traía de vuelta en sus viajes
tampoco era pequeña. Algunos le interesaban especialmente
por su demanda en el Somontano o en otros lugares mientras
que otros simplemente los admitía en forma de
trueque ante las dificultades económicas o la
escasez de dinero en metálico en algunas casas.
En este sentido, Antonio solía decir, medio en
serio y medio en broma, que sus clientes tenían
tres formas de pago:
«tarde, mal y nunca».
Y es que tenía clientes con poderes adquisitivos
diversos.
Generalmente, siempre
tenían buena salida los huevos y las patatas
“montañesas”, especialmente los famosos
tubérculos del valle del Ara. El estanquero de
Estadilla era uno de sus más ávidos compradores
de patatas. No le iban a la zaga las calabazas, algunas
tan enormes, como las de Casa Estaún, que tenían
que ser cargadas en el carro con ayuda de la faja, ni
las judías; estas últimas se intercambiaban
frecuentemente por velas y acababan en los mismos sitios
en los que Antonio adquiría el aceite: Hoz de
Barbastro, Coscojuela de Fantova, Colungo… Algunos
establecimientos de Barbastro (Gómez, Padrós,
El Rano –allá en el puente de Portillo-,
Alzano) eran el destino de las pieles (cabra, garduña
o fuina, zorro, conejo…) que bajaba.
Allí hacían los botos con los que los
arrieros subirían más aceite, más
vino, más vinagre… Nuevamente, el eterno
círculo entre la Montaña y el Somontano.
El trigo era otro producto
que le solían ofrecer a cambio de sus mercancías,
especialmente en Sobrepuerto (Figura 25). Antonio lo
solía vender en Casa Bautista de Fiscal y solo
se llevaba el trigo montañés al Somontano
en caso de que el precio que pagaban en Fiscal fuese
menor que el que tenía en esos momentos en Naval.
Curiosamente, en tiempos pretéritos, los arrieros
navaleses fueron grandes proveedores de este cereal
para los valles pirenaicos.

Figura 25. Basarán
(Sobrepuerto), recién deshabitado. Todavía
se ven bien los campos de trigo.
Al fondo, Escartín. Jesús Tornero Gómez,
1955.
Dejamos para el final
los productos que, una vez en manos del arriero, viajaban
más lejos de su lugar de origen: los quesos.
Antonio los adquiría a cambio de aceite, especialmente
en Sobrepuerto, zona de elaboración de unos afamados
quesos de leche de oveja churra. Según su experta
opinión, tenían un sabor similar al del
queso Manchego o al Roncal. El peso de cada queso solía
oscilar entre un kilo y kilo y medio. El trueque era
de aproximadamente 20 kg de aceite por 100 kg de queso.
Antonio aseguraba que algunas casas de Cortillas, Escartín,
Otal o Sasa tenían el suministro anual de aceite
garantizado debido a la gran cantidad de queso que producían.
Los quesos que iba
adquiriendo en los pueblos de Sobrepuerto los iba almacenando
en Casa Juana de Bergua, Posteriormente, los miembros
de dicha casa le ayudaban a bajarlos a Fiscal, donde
tenía “aparcado” el carro. El hecho
de que en ocasiones se llevara hasta una carretada
completa (es decir, unos 1000 kg – ¡¡1
Tm!!) de queso en un mismo viaje puede dar una idea
de la magnitud de la producción quesera en la
zona mencionada. Se acuerda especialmente de los quesos
de Casa Juan Domingo de Sasa ya que, aparte de estar
entre los de mayor calidad, estaban marcados con un
sello propio. También se acuerda de algunos quesos
que, por falta de higiene durante su producción
o conservación tenían un color negruzco
por fuera. Pero como había que venderlos también,
cuando a su padre le preguntaban porqué algunos
quesos tenían ese aspecto, solía responder
que simplemente porque se habían elaborado con
leche de ovejas negras. Una explicación breve
y contundente a la que nadie le hizo ninguna objeción.
En el carro, los quesos
iban en las cajas de mimbre, formando capas y separando
cada capa mediante paja de centeno. Una vez en Naval
los almacenaba «de canto,
para que no florecieran», en cestos
con paja (entre 20 y 30 quesos/cesto) hasta que emprendía
su itinerario de venta de queso: Barbastro, Graus (mercado
los lunes), Benabarre (mercado los martes y miércoles),
Tolva y Puente de Montañana (Figura 26). Allí
dejaba el carro y “a carga” hasta Tremp
atravesando la Sierra de Figols. En la zona de Tremp
tenía una clientela particularmente fiel: los
obreros que construían las distintas presas hidráulicas
(Figura 27). Tras la venta, algunos clientes los consumían
tal cual mientras que otros los ponían en aceite.

Figura 26. Puente de
Montañana. Josep Renalias.

Figura 27. Obras hidráulicas
en Tremp. Postal, colección del autor.
Los pocos días
que pasaba en Naval los dedicaba a estar con la familia,
a adquirir y almacenar las mercancías que subiría
en su siguiente viaje hacia el norte y a atender las
tierras que tenían, en muchos casos arrendadas,
básicamente dedicadas a cereal, olivos, almendros
o viñas. También repasaba las herraduras
de las caballerías (poniendo calvos de contrahielo
para sus desplazamientos en invierno) y los herrajes
y engranajes del carro. Y vuelta a empezar.
6. Los sanos
competidores
Según Antonio,
«los caminos no tenían
dueño» por lo que las áreas
de venta de algunos arrieros de Naval y/o de otras localidades
del Somontano podían solaparse. Había
competidores y pequeños roces
«pero sin grandes discordias».
Bien al contrario, recordaba con mucho cariño
a varios de sus colegas, con los que coincidía
en mesones o en las casas en las que pernoctaban en
los pueblos. Entre ellos, Pedro Felipe de Casa Jabonero
de Alquézar, Tomasón de Buera
(que vendía vino en la Ribera del Ara), Leoncio
(Casa Luquetas de Naval, que vendía vajilla en
Paúles y el valle de Nocito, entre otros sitios),
José Alpín (Perús, de
Casa Perús de Naval, con sus célebres
botas con herrajes), Casolas de Naval (vendía
vajilla y aceite en la Ribera del Ara) o Antonio Juncosa
(Cardelina, de Casa Cardelina de Naval). Algunos
de ellos tienen su propio capítulo en este libro.
Los precios de unos y otros eran similares y, en general,
no regateaban con los clientes, aunque hacían
descuentos cuanto mayor fuese la venta y, si escaseaba
el dinero, aceptaban de buen grado el trueque o intercambio
de productos, tal y como se ha comentado anteriormente.
Los arrieros no solían intercambiar ni prestar
género entre ellos; cada uno vendía lo
que llevaba y se volvía para casa.
Otros arrieros de Naval
(de los tradicionales: de a lomos o a carga)
que conoció bien, pero cuyas áreas apenas
coincidían fueron los de Casa Fantova (Aínsa-valle
de Gistaín), Casa Coneja (Ribera del Cinca, Tierra
Baja) o Casa Susana (Graus, provincia de Lérida)
y muchos otros que, conjuntamente, no dejaban rincón
altoaragonés sin visitar. Cuando apenas había
carreteras y la mayor parte del transporte se hacía
a lomos de caballerías, había tanta gente
de Naval andando por los caminos que eran frecuentes
los toques de perdidos de las campanas de la
iglesia, especialmente cuando había nevadas o
nieblas importantes y los caminos “desaparecían”;
así, arrieros, pastores y demás se podían
orientar mejor durante su regreso a casa. Las nuevas
generaciones de transportistas de Casa Parranda, Casa
Chavalín, Casa Cardelina o Casa Fantova se adaptaron
a los nuevos tiempos y cambiaron caballerías
y carros por camiones. Así lo explicaba José
Luis Solanilla, de Casa Solanilla de Naval, en el periódico
Nueva España (30 de agosto de 1979):
«Hace
ya muchos años, mi bisabuelo, arriero de profesión,
se dedicaba a subir con caballerías por los valles
del Pirineo, transportando y comerciando mercancías
compradas en Barbastro; más tarde, mi abuelo
trocó los lomos de las mulas por el trajineo
de los carros, hasta que, por fin, fue mi padre quien,
con el llegar de los nuevos inventos, cambió
los vehículos de tracción animal por los
de tracción mecánica. En tres generaciones,
los tiempos giraron en redondo, pero la actividad realizada
por mis tres antecesores fue siempre la misma: recorrer
en toda su extensión los valles de Bielsa, Broto,
Gistaín, Plan, etc., en papel de recaderos, comerciantes
y transportistas».
7. El parón
de la guerra y la difícil posguerra
Obviamente, la Guerra
Civil paralizó las actividades de Antonio ya
que la mayor parte de su zona de acción se vio
particularmente afectada por la contienda y, más
importante aún, porque él mismo fue movilizado.
Naval se encontraba en zona republicana por lo que,
como tantas otras personas, no pudo elegir bando ni
mucho menos la posibilidad de no estar en ninguno de
ellos (Figura 28). Los arrieros eran personas muy demandadas
por el ejército de uno u otro bando por su conocimiento
de los caminos y su pericia en el manejo de las caballerías,
elementos esenciales para tareas tan diversas como el
avituallamiento o el transporte de munición o
de piezas de artillería.

Figura 28. Trincheras
de la guerra civil en Naval. Ayuntamiento de Naval.
Su primer destino fue
Laguarta, donde no lo pasó del todo mal; por
una parte, allí la guerra solo tocaba
de refilón, al menos en aquellos momentos; por
otra, cuando tenía tiempo podía alternar
con conocidos, clientes de muchos años y, entre
ellos, algunos de mucha confianza.
Poco duró esa
relativa calma. En el verano de 1937, los republicanos
atacaron Zaragoza, pero no consiguieron llegar a la
capital aragonesa. En ese momento, volvieron sus ojos
hacia el frente de Serrablo (zona Lanave-Orna-Ipiés)
ya que les parecía un objetivo más sencillo
y que, eventualmente, les podría permitir llegar
hasta Jaca o Pamplona, zonas muy importantes para el
avituallamiento de los sublevados. El defecto de este
planteamiento era que «la
base republicana Barbastro, estaba a más de 150
km de los frentes de operaciones y el abastecimiento
de un gran contingente de batallones y su municionamiento,
víveres, evacuación de heridos a través
de carreteras de montaña de mal tránsito,
a veces hechas a toda prisa como la de Campodarve a
Boltaña, iba a costarles muchos sacrificios.
Por el contrario el frente franquista de Serrablo, mal
establecido posicionalmente, con pocas fuerzas, sin
línea continua de frente, tenía muy cerca
la base de Jaca, de donde socorrerse y abastecerse de
todos los pertrechos» (López,
1989).
Precisamente en septiembre
de ese año enviaron a Antonio y sus compañeros
a la ofensiva de Orna, pueblo que fue efectivamente
tomado junto con otros de la zona. Esos días
hubo choques violentos, con muchas bajas, pero el frente
quedó inmóvil hasta la retirada de los
republicanos en abril de 1938. Antonio recordaba ese
tiempo en Orna con gran tristeza, tanto por la crudeza
de la guerra durante la ofensiva como por la tensa espera
después. Además, nunca había ido
a vender a Orna y alrededores por lo que, a diferencia
de sus días en Laguarta, no conocía a
nadie y cada día se le hacía eterno. Unos
meses después, les evacuaron a Molino Escartín
tras una fuerte y definitiva ofensiva del ejército
nacional sobre Orna.
Allí existía
un hospital de campaña, donde se atendían
de primera instancia a los heridos y, según Antonio,
«se acondicionaba a
los muertos». Precisamente, el 8 de
septiembre de 2013 (más de 80 años después
del ataque a Orna), diversos periódicos publicaron
la siguiente noticia Buscan el cementerio de un
hospital republicano de la Guerra Civil. De inmediato,
me vino a la cabeza la historia del arriero. Y, efectivamente,
hablaban del mismo lugar (Figura 29):
«Se
sabe que está en dos campos cuyos dueños
los dejaron de cultivar hace años al saber que
había decenas de enterramientos. Hace años
que dejaron de cultivarse. Son dos campos situados en
junto al histórico Molino Escartín, en
Sabiñánigo (Huesca), pero hace tiempo
que sus propietarios los dejaron sin sembrar tras saber
que, bajo sus tierras, reposan los restos de decenas
de soldados republicados. Se cree que son alrededor
de 70 en total las tumbas que hay en esos campos junto
al Molino Escartín. Todos ellos soldados republicanos
heridos que habían sido trasladados al hospital
de campaña que por un tiempo se localizó
en ese paraje. Los que morían en el hospital
eran enterrados en sus alrededores.
Miembros de la familia a la que pertenecen estos campos
fueron los que informaron al círculo republicano
del Alto Gállego sobre la existencia de esos
enterramientos. Durante años se conservaron incluso
sobre el terreno, sobre las tumbas, las lápidas
de madera con una placa de identificación de
cada soldado que estaba enterrado. Ante el deterioro
progresivo, los dueños de la finca retiraron
las placas y las guardaron en la vieja casa del molino.
Pero este edificio rural ha sufrido un centenar de robos
con el paso de los años, y las placas identificativas
desaparecieron. Por eso resulta complicado identificar
a quienes están enterrados allí. La alternativa
es indagar en archivos de la Guerra Civil, pero la tarea
se presume ardua.
El
vicepresidente del círculo republicando del Alto
Gállego, José Ángel Pérez,
ha declarado a Efe que el centro sanitario que hubo
allí durante la Guerra Civil era uno de los hospitales
"volantes" que se iban moviendo de ubicación
conforme se desplazaba la línea de combate».

Figura 29. Estado actual
del cementerio del hospital de campaña de Molino
Escartín (al fondo). Juan M. Rodríguez.
Entre Orna y Molino
Escartín, se encontraba Molino Villobas, lugar
donde se estableció un segundo hospital de campaña,
también en septiembre de 1937 (Figura 30). El
relato de la enfermera australiana Agnes Hodgson, que
sirvió como voluntaria en dicha unidad describe
las condiciones tan complicadas en las que se desarrollaba
su trabajo, incluyendo las pésimas vías
de comunicaciones que tan bien conocían los arrieros:
«Estamos
aquí como unidad móvil de ambulancias
para la 27 División. El jefe de Sanidad de la
división eligió el lugar, una granja aislada
que cuenta con un molino entre sus dependencias, situada
en la carretera de Boltaña a Jaca, a una distancia
de entre cuatro y doce kilómetros del frente.
Aquí es donde hemos establecido nuestra Casa
de Urgencias. Está muy lejos de ser ideal y ni
por asomo podría llamarse otra cosa que “puesto
de emergencias”. Sanidad nos ha proporcionado
un pequeño quirófano móvil pero
es más práctico utilizar el matadero de
la granja. Aparte de las horribles heridas que nos llegan,
las camas manchadas de sangre, el suelo lleno de barro
y las moscas, que aparecen allí donde hay sangre,
hacen nuestro trabajo aún más penoso.
Aguiló
[médico]
sólo opera a los heridos más urgentes,
heridas abdominales, de cabeza, amputaciones y casos
de gangrena gaseosa. Los que no necesitan cirugía
con tanta urgencia son evacuados a Boltaña. Intentamos
que los casos de heridas abdominales se queden aquí
el máximo tiempo posible, que nunca es más
de dos días, e incluso a veces son evacuados
dos o tres horas después de la operación.
Las ambulancias tardan tres horas en llegar a Boltaña
y la carretera es una pesadilla para los conductores,
curvas y más curvas. Tienen que parar para que
pasen los vehículos que circulan en dirección
contraria, y la bajada hasta Boltaña tiene más
de 30 curvas tan cerradas que para tomarlas, en algunos
casos, hay que llegar hasta el borde, dar marcha atrás
y después poner la primera otra vez. Un pequeño
error y la ambulancia caería a centenares de
metros más abajo.
A medida que avanzan
las tropas, los ingenieros, poco a poco, reparan y construyen
carreteras para que las ambulancias y los camiones puedan
seguir a los soldados pero es un trabajo peligroso y
conducir por allí es aún más peligroso.
Allí donde no hay carreteras todavía se
utilizan mulas. Nos traen a los heridos con prontitud
aunque a veces pueden pasar 36 horas antes de que los
encuentren y los bajen al hospital. Este servicio está
mejor organizado ahora que al comienzo de la guerra,
cuando a menudo pasaban días antes de poder encontrar
a los heridos».

Figura 30. Guerra Civil:
molino Villobas convertido en hospital de urgencias.
Archivo familia Hodgson (Australia).
Sigamos con el periplo
de Antonio. De Molino Escartín, les ordenaron
ir hacia Francia. Antonio no quería, bajo ningún
concepto, salir de España y buscaba una ocasión
propicia para volver a Naval. Encontró la oportunidad
en Andorra, donde habían llegado por Benasque;
no lo dudó y regresó a España por
Seo de Urgel. Fue siguiendo el Segre «hacia
el Ebro», con la intención
de llegar a Coll de Nargó y, tomar el camino
hacia Tremp; una vez allí, llegaría a
Naval por la ruta que tan bien conocía. Sin embargo,
poco después fue pillado por una patrulla. Temiendo
lo peor, lo llevaron ante la persona al mando y, ante
su sorpresa, se encontró ante un ex-guardia civil
de Naval que había tratado mucho a su padre.
Y, así, con un simple «sé
que usted es una buena persona»,
lo dejó marchar, no sin antes proporcionarle
un salvoconducto. De cuando en cuando, la guerra también
tenía sus grandezas.
Después de la
guerra, retomó su actividad arriera. Era un momento
complicado porque, aunque muchas casas necesitaron reponer
casi de todo, el dinero no era precisamente abundante
(Figura 31). Este hecho acentuó mucho más
el trueque de productos. También
fue un momento de grandes dificultades por la cantidad
de puentes e infraestructuras que se habían destruido
o se encontraban en muy mal estado; en resumen, «las
salidas eran muy malas».

Figura 31. Siétamo.
Huellas de la guerra y pucheros de Naval. Archivo UCM.
A ello había
que añadir la incertidumbre que suponía
la existencia de maquis por algunas de las zonas por
las que tenía que pasar (ver capítulo
11). Los tristes sucesos del Mesón de Sevil,
de Tuartas o de la Pardina Albás, cerca de Las
Bellostas, reflejaban la tensión latente (Abad
y Angulo, 2001). Muy cerca, Clara Martínez, natural
de María (Almería) y maestra de Bagüeste
durante ocho años (a partir de 1947), recordaba
que, a ella y a su hijo, los pararon tres guardias civiles
cerca de una borda cuando regresaban de Sarsa de Surta,
donde iba frecuentemente a charlar con la maestra de
allí y a hacer alguna compra. Tras las explicaciones
oportunas, siguieron su camino y pocos minutos después
escucharon disparos. Posteriormente, se enteraron de
que había maquis escondidos en esa borda y los
tres guardias (un cabo y dos números) habían
fallecido en el tiroteo. En el libro La sombra del
olvido: tradición oral en el pie de sierra meridional
de Guara (González et al., 1998) se incluye
la siguiente entrevista a una persona de Colungo:
«[Entrevistadora:]
¿Hubo maquis aquí?
[Entrevistado:]
¡Hombre, maquis! Sí. Buah, aquí
almorzaron, aquí en almorzó dos, dos maquis,
y con el fusil y l’ametrallador, que ponían
aquí [señala a la mesa],
y todo. Se presentaron treinta y dos maquis un día
aquí. Con un jefe».
A este respecto, Antonio
recordaba un día de principios de los cuarenta
en Casa Ramón de Sasa de Sobrepuerto (Figura
32), donde habían coincidido tres arrieros. De
repente llegó un grupo de unos 40 maquis (Figura
33). Al amo le dio el tiempo justo de salir por una
ventana y huir mientras su mujer les hacía frente…
con un cuchillo jamonero y un «no
está el amo, ¿qué quieren?».
Los maquis requisaron la comida que encontraron; antes
de irse, abrieron un jamón y fueron seleccionando
las partes más magras, tirando el tocino al suelo.
Mamón (el padre de Antonio) les reprendió
su actitud: «¡pero
hombre, por Dios, nos le da vergüenza tirar comida
en tiempo de tanta escasez!»; ante
un convincente,
«¡Cállese
o le meto un tiro!», optó sensatamente
por la primera opción.

Figura 32. Casa Ramón.
Sasa de Sobrepuerto. Juan M. Rodríguez.

Figura 33. Nota sobre
la presencia de un pequeño grupo maquis en Sasa
de Sobrepuerto en noviembre de 1944
y su triste final. Fuente: Pérez de Berasaluce
(2020).
Siguiendo con el mismo
tema, Antonio contaba que existían dos hermanos
en Bergua, uno falangista (del Tradicional Movimiento)
y, a la sazón, alcalde de la localidad tras la
guerra, mientras que el otro estaba declarado por su
propio hermano como no afecto al régimen.
Pues bien, el alcalde otorgó a su hermano el
dudoso honor de actuar como cebo para maquis
en una ocasión en la que había que ir
a buscar a una pareja de la Guardia Civil a Barranco
Oscuro para que se desplazara a dicha localidad.
Se trataba de una costumbre relativamente común
en la zona durante los años 40 y consistía
en que una persona del pueblo al que iban los guardias
(o del que venían) tenía que ir unas decenas
de metros por delante de la pareja para detectar si
había algo raro en el camino o para ver si era
abordado por individuos sospechosos. Los desafectos
al régimen tenían muchas papeletas
para desempeñar el papel ya que se presuponía
que simpatizaban con los maquis y podía tener
contactos con ellos. Lo curioso de este caso es que,
una vez cumplida la “misión” a regañadientes,
el hermano del alcalde, con un par de narices, solicitó
al ayuntamiento una indemnización de 6 pesetas
«en concepto de alpargatas debido al mal estado
del terreno [por el que había ido
a buscar a la Guardia Civil], por
lo cual pido que me sean abonadas en mi cuenta corriente
del Banco de la estación» (Libro
Registro del Ayuntamiento de Bergua-Basarán,
1940-1960) (Figura 34).

Figura 34. Solicitud
de compensación por desgaste de alpargatas por
ir a buscar y acompañar a los guardias civiles.
Libro de Registro de Salidas, Ayuntamiento
de Bergua. Archivo Ángel Lardiés.
Si los maquis podían
ser una fuente de preocupación, algunos guardias
civiles no les iban a la zaga (Figura 35). Como se ha
comentado anteriormente, eran tiempos de estraperlo
y el aceite era uno de los artículos más
vigilados. Antonio recuerda los controles de la Guardia
Civil de Biescas en el túnel de Cotefablo; el
peligro dependía del guardia de turno pues, si
bien había algunos muy compresivos con la situación
real del momento, otros desempeñaban su trabajo
con un inusitado exceso de celo.

Figura 35. Guardias
civiles en la época del estraperlo: ¿problemas
con la mercancía? J. Mádico i Grau, mediados
s. XX.
A Antonio le informaban
en Linás cuando se daba este último caso.
Entonces dejaba los boticos de aceite en dicha localidad
y volvía por la noche desde Yésero para
recogerlos. En una de esas ocasiones, al acercarse al
túnel, se le acercó el guardia al que
todos temían (un viejo conocido) y le inquirió
con cara de pocos amigos «Antonio,
¿cuánto aceite llevas? Dime la verdad,
antes de retirarte el carro, que si no será peor».
Antonio respondió que no llevaba aceite, solo
vinagre. No le creyeron y le hicieron vaciar el carro,
revisaron toda la mercancía concienzudamente
y abrieron todos los boticos, a pesar del evidente olor
a vinagre que emanaba de ellos. Hicieron bien en no
fiarse ya que, en aquellos días, una práctica
habitual para engañar a los agentes era impregnar
la apertura externa de los boticos que llevaban aceite
con una buena cantidad de vinagre; vamos, gato por liebre.
Pero, nada, en aquel caso, realmente llevaban vinagre.
Un pequeño contratiempo para Antonio que tuvo
que darse el consiguiente paseo nocturno para recuperar
el aceite que, prudentemente, había dejado en
Linás.
El libro La sombra
del olvido: tradición oral en el pie de sierra
meridional de Guara (González et al., 1998)
incluye otro ejemplo ilustrativo de la combinación
“estraperlo-aceite-trueque” bajo el título
Intercambio en la posguerra:
«Fuimos a buscar patatas
de siembra a Las Bellostas y… sí, patatas
de siembra y no sé si subimos aceite u algo así
pa intercambio. Y estaba todo intervenido, entonces
venía la inspección, por aquí,
a ver la fábrica de aceite de tornos y todo.
Y un panadero que venía de Alberuela a masar
a casa de Claver de… de jornal, digamos, ice:
—Mira que está la inspección por
a carretera y después de bajar de Las Bellostas
(que hay siete u ocho horas de andada, con los mulos),
escóndete por ahí, por ande puedas ir.
Para que no nos cogieran. Porque nos avisaron; si no,
vamos de cara pa ellos. ¡Lo que se vivía
entonces!» (testimonio de Mariano
Cortés Ballabriga, Adahuesca).
Claro que, para ciertas
personas influyentes, lo del estraperlo tenía
otro rasero. Contaba Antonio Cardelina que,
yendo con su hijo Mariano (a la sazón tenía
unos 14 años) por la zona de Fanlillo, le paró
la Guardia Civil: «¡Alto!,
¿qué llevan ahí? Pues ya lo ven,
pucheros de Naval». La mala fortuna
hizo que uno de los boticos goteara, de tal manera que
el reguero de aceite era claramente visible. «¡Con
qué sólo pucheros, eh! Y entonces esto
qué gotea, ¿qué demonios es?».
La pregunta ya llevaba implícita la respuesta.
Pero Antonio no se dio por vencido ante un más
que posible requisamiento de la mercancía, carro
y caballerías, y añadió «Pues
ustedes verán lo que hacen porque ese aceite
era para Villacampa de Artosilla».
«¿Seguro? Mire
que preguntaremos y como nos engañe al próximo
viaje no tendrá tanta suerte».
«Seguro, seguro».
Entonces, los guardias se llenaron las mochilas con
los higos y orejones que también transportaban
y les dejaron marchar. Cuando Cardelina lo
contó en Artosilla, la respuesta del potentado
fue corta y contudente: «¡ya
se habrán guardado bien de tocar ese aceite!».
Había otros
sectores influyentes después de la guerra, a
los que era conveniente arrimar el ascua. Conviene recordar
que, después de la guerra, se estableció
una zona de vigilancia especial en la parte de la frontera
hispanofrancesa que iba desde el mar Mediterráneo
hasta el límite de la provincia de Huesca con
la de Navarra. El 30 de abril de 1942, el Gobernador
Civil de Huesca, D. Antonio Mola, firma una orden que
entra en vigor el 15 de mayo de ese mismo año,
por la que dispone:
«1º
La zona de vigilancia especial correspondiente a esta
provincia de mi mando comprenderá la franja comprendida
entre la frontera francesa y una línea ideal
que comenzando en Arén, pasa por Puebla de Roda,
Aguilar, Morillo de Monclús, Coscojuela de Sobrarbe,
Las Bellostas, Alastrué, Vibán, Binuesté,
Gésera, Serué, Aquilué, Rasal,
Anzánigo, Salinas de Jaca y todo el límite
de la provincia con las de Zaragoza y Navarra.
2º
Para poder circular libremente por dicha zona especial
de vigilancia, tanto las personas que habitualmente
residen en ella como las que justifiquen la necesidad
de concurrir a la misma, precisarán proveerse
de un salvoconducto especial, que será expedido
por las comisarías, inspecciones o puestos de
policía y donde estos no existan, por los comandantes
de los puestos de la Guardia Civil. Toda persona que
solicite salvoconducto de esta clase, deberá
justificar la necesidad de trasladarse fuera de su residencia»
(Figura 36).

Figura 36. Salvoconducto
para desplazarse por el Alto Aragón tras la guerra.
Se daba la circunstancia
de que la distancia que tenían que recorrer algunas
personas para obtener el permiso (desde su pueblo hasta
el puesto más cercano de la Guardia Civil) era
más larga que la del desplazamiento para el que
lo solicitaban. Se consideraban las siguientes excepciones:
(1) los funcionarios públicos en servicio activo
dentro de la zona especial, aunque debían portar
un documento que acreditara tal condición; (2)
sus familiares, siempre que fueran en su compañía;
(3) las jerarquías y mandos de la Falange Española
Tradicional y de las JONS; y (4) los alcaldes. La orden
estuvo vigente durante varios años.
Pues bien, preguntado
Antonio por los salvoconductos que, teóricamente,
eran necesarios para deambular por prácticamente
todas las zonas por las que transitaba con su carro,
su contestación fue que ni los llevó ni
los solicitó nunca; simplemente, siguió
la recomendación de su padre: «hijo,
hazte amigo de los curas, que te abrirán todas
las puertas». Eso hizo y más
de una vez tuvo que invocar al cura de tal o cual sitio
para evitar problemas con las mercancías.
8. Fin de su
actividad como arriero
A principios de los
años 50, el tiempo de los arrieros tradicionales
había pasado. Antonio no podía competir,
ni en precio ni en rapidez, con tiendas o camiones y
sus últimos reductos de clientes iban menguando
a pasos agigantados: pueblos adquiridos por el Patrimonio
Forestal del Estado, proyectos de pantanos y pueblos
de colonización, la atracción de las ciudades…
Tras un último viaje a La Montaña, decidió
solicitar trabajo en las obras del embalse de El Grado
y quemó sus naves: vendió su
carro de siempre a una persona de la localidad que dio
nombre al pantano (Figura 37).

Figura 37. Obras del
embalse de El Grado. CHE.
El carro y los burros
fueron sustituidos por una moto Ossa, que usaba para
desplazarse todos los días de Naval a El Grado
y viceversa. En uno de esos viajes, se le rompió
una varilla del guardabarros, con tan mala suerte de
que quedó atravesada en la rueda. El batacazo
fue tremendo y le tuvieron que llevar al Hospital de
Barbastro. Pero el peor accidente de su vida tuvo lugar
trabajando sus tierras con un tractor; el vehículo
se dio la vuelta y Antonio “solo” se rompió
los dos brazos y siete costillas, lo que le obligó
a pasar por el quirófano. Antonio debió
pensar aquello de donde esté un buen burro….
En el embalse le esperaba
un destino también curioso. Al poco de incorporarse
a las obras, el encargado se dirigió a Antonio:
«nos hemos dado cuenta
de que usted es uno de los primeros en llegar todos
los días». La costumbre de
madrugar, heredada de su oficio anterior, le llevó
a ocupar un puesto relativamente cómodo en una
obra faraónica: el de encargado del caldero,
cuya función era que los trabajadores dispusieran
siempre de agua caliente, desde primera hora de la mañana.
En cualquier caso, las condiciones laborales distaban
mucho de las actuales: se trabajaba todos los días,
incluyendo festivos y domingos. Los únicos días
en los que no tenía que trabajar eran Navidad
y Reyes.
9. Anécdotas
de sus viajes
A pesar de su experiencia
viajera, la meteorología, con sus repentinos
cambios, también le causó algún
que otro contratiempo. Como aquel día en el que
la boira no le permitía localizar el puente de
Lacort, de tal manera que se tiró unas cuantas
horas «río arriba,
río abajo» (Figura 38).

Figura 38. Puente de
Lacort. Ricardo Agramunt.
Don Antonio también
recordaba nevadas importantes, «de
las de antes». Como aquella que no
le dejó salir de Cortillas en unas semanas, dedicando
buena parte del tiempo a charlar con los vecinos y a
jugar a las cartas en Casa Montes. Y es que su familia
sabía cuando se iba pero nunca tenía certeza
de cuando regresaría, algo que puede parecer
difícil de creer hoy en día, inundados
por móviles, sms y correos electrónicos.
En otra ocasión, se salvó por los pelos.
Estaba cenando en casa Secretario de Yésero,
junto con un maderero de Laspuña, cuando empezó
una nevada que, por su intensidad, hacia temer el cierre
de Cotefablo. El maderero le dijo «venga,
después de cenar tú coges el carro y yo
el camión y ya verás como pasaremos el
túnel». Dicho y hecho. Lo lograron,
no sin grandes problemas, debido a «los
cuatro palmos de nieve» que ya cubrían
la carretera. Antonio llegó a dormir a Sarvisé.
Y es que las nevadas
estuvieron presentes en muchos de sus viajes. En tales
ocasiones, solía ser objeto de grandes muestras
de solidaridad. Siempre que podía Antonio declaraba
su eterno agradecimiento a Eusebio, tratante de cerdos
y dueño de un mesón, posada y herrería
cerca de Jánovas (el mesón de Eusebio
o de l’Usebio) (Figura 39). Un buen día,
de regreso a Naval, se topó con él en
Aínsa, bajo una intensa nevada y con más
de un palmo de nieve sobre la calzada. Eusebio iba andando
y, ni corto ni perezoso, condujo el carro a mano hasta
el mesón de Samitier para que Antonio, que venía
cansado por un largo trayecto, no tuviera ni que bajarse
del carro. Y atención al detalle: Eusebio dispuso
el carro de tal modo que Antonio pudiera pasar directamente,
sin pisar el suelo, del carro a la cocina para calentarse
mientras él desenganchaba las caballerías.
En palabras literales de Antonio: «¡Esos
sí que eran hombres! No como ahora que no aguantan
nada y cada uno va a lo suyo».

Figura 39. Mesón
de Eusebio (arriba a la derecha), cerca de Jánovas,
no muy lejos del de Frechín.
El Alto Aragón pintoresco nº 71. Colección
del autor.
La orografía
fue otra fuente de apuros. Antonio recordaba las dificultades
de algunos colegas suyos cuando, yendo de El Grado (467
metros) a Graus, tenían que afrontar la subida
de San Roque (671 metros) con el carro cargado a tope.
Los burros no eran tracción suficiente y los
arrieros necesitaban que les acompañaran algunos
navaleses para empujar el carro en ese trayecto. Lo
mismo sucedía en otros casos para alcanzar el
Alto del Pino desde Naval. También su colega
Fantova necesitaba bajarse del carro en varias
cuestas para poder llevar su mercancía hasta
Plan. Ya lo decía la coplilla popular:
«Chistén
está en un alto,
y San Juan en una cuesta;
dichosa valle de Plan,
cuantos suspiros me cuestas»
A la orografía
había que sumarle las malas infraestructuras
(especialmente la falta de puentes) en muchas de las
vías de comunicación. Como aquella ocasión
en la que, al cruzar un crecido río Sía,
la corriente se llevó por delante al padre de
Antonio y a su caballería. Menos mal que entonces
los caminos estaban bien transitados y unos mozos de
Gavín pudieron rescatar a ambos, sanos y salvos,
pero con un buen susto en el cuerpo. Entre los testigos
del incidente se encontraba Mosén Mariano Sampietro,
natural de Sasé y párroco de Barbenuta
entre 1897 y 1930. Precisamente, Mosén Mariano
fue el que le proporcionó a su padre el remedio
para que nunca más le volviera a pasar lo mismo.
Para ello, había que ponerse de rodillas hacia
el río, mojarse la mano y decir, cual nuevo Moisés,
la siguiente oración: «río
caudaloso que grande vas, tócame los coj…s
que me voy p’atrás».
Según el párroco «así
no te llevará nunca el río, por grande
que vaya». No hay testimonios históricos
que constaten si el padre de Antonio o el mismo Antonio
recurrieron en alguna ocasión a tal ceremonial.
No tuvo tanta suerte
otra caballería en la parte del trayecto entre
Ainielle y Berbusa que va prácticamente al borde
del precipicio. Era un día con mucha nieve en
el camino y Antonio llevaba un rato notando algo raro
en la forma de deambular del animal. Por si acaso, le
quitó la mercancía y la dejó tras
la pared de un campo, con la intención de venir
a buscarla después con otro animal que le dejasen
en Berbusa. Esta acción que resultó providencial
para la carga de Antonio ya que, pocos metros más
adelante, en una curva del camino, el burro se despeñó
hasta el fondo del barranco de Oliván. Como nos
contaba Manuel Arnal, de Casa de Blas de Berbusa, la
noticia del burro despeñado constituyó
una atracción para los niños del pueblo,
que en cuanto pudieron fueron en masa a ver los restos
del desgraciado animal. A Antonio no le quedó
más remedio que comprar otro burro sobre la marcha,
cosa que hizo en Casa Ramón de Espierre. Y es
que no eran zonas fáciles para las caballerías,
tal y como describe Garrido (1933): «Fue
una jornada de siete horas a lomo de mula. Al comienzo,
carretera abierta, hasta pasar las aldeas de Gavín
y Yésero; después, camino de herradura.
La marcha de las caballerías era lenta, pausada,
por terreno rocoso; a ratos los cascos de las caballerías
arrancaban chispas como de pedernal; a veces daba sensación
de que resbalarían, teniendo que ahincar las
patas con ademán tozudo. El sudor les ponía
manchas jabonosas sobre el cuello y las corvas, y en
el aire de la mañana, sacudida de brisa, elevaban
las mulas el aliento de su fatiga en vaporosas nubecillas».
Antonio gozó
de una buena salud. Tal es así que no recuerda
ninguna enfermedad digna de reseñar durante su
vida como arriero. En este apartado únicamente
nos cuenta lo que le sucedió en Laguarta, de
camino a Sabiñánigo. Tenía mucha
sed y se metió para el cuerpo una buena cantidad
de agua helada que surgía de una fuente. Se puso
malísimo y, desde entonces, una de sus máximas
fue «más vale
vino caliente que agua fría».
Una de las anécdotas que puede reflejar bien
de qué pasta estaba hecho Antonio tuvo lugar
con motivo de la enfermedad de la mujer del también
arriero Antonio Cardelina, de quien ya hemos
hablado anteriormente (y del que también se habla
en el capítulo 2). Cardelina hacía
unos días que había partido en uno de
sus viajes comerciales. Como parecía que la enfermedad
era seria y el teléfono todavía no había
llegado a la villa, le pidieron a Antonio que, por favor,
fuera a buscarle ya que «tú
sabes los caminos por los que suele andar».
Según se lo dijeron, se fue a su casa, cogió
la bicicleta y… tras la pista de Cardelina.
De una tirada llegó… ¡hasta Laguarta!,
donde le informaron que había estado allí
hacía dos días.
Vuelta a la bicicleta
y hasta el Hostal de Ipiés, donde pernoctó.
Toda una etapa digna de la Vuelta Ciclista a España,
con sus buenos altos y todo. Al día siguiente,
fue directamente a la estación de Sabiñánigo.
No iba desencaminado: el día anterior Cardelina
había recogido la mercancía que se había
auto-enviado desde Barbastro. Partió hacia Biescas.
Hacía unas horas que había pasado por
Senegüe y, poco después, vio el carro de
Cardelina aparcado en el mesón de Escuer.
Imaginándose la misión de Banastón,
la primera reacción de Cardelina fue
lógica: «Antonio,
dime la verdad ¿ha muerto?» «No,
no, pero vete que está bastante enferma».
Cardelina marchó rápidamente
a Sabiñánigo y regresó a Naval
en un taxi. Mientras tanto, Antonio se hizo cargo del
carro e igualmente emprendió viaje de regreso
a la villa. Esa noche pernoctó en Molino de Escartín,
la siguiente en el mesón de Samitier y al tercer
día llegó a Naval. Fue una historia con
final feliz ya que la mujer de Cardelina se
recuperó de su enfermedad.
En sus viajes, Antonio
y su padre asistieron en muchas ocasiones a diversos
acontecimientos sociales de los pueblos por donde pasaban:
bodas, bautizos, entierros, funerales, fiestas, conflictos…
Como aquella vez que asistió a la romería
de Santa Orosia, subiendo temprano por la mañana
con los de Berbusa y bajando por la tarde con los de
Bergua, camino de Fiscal. También recordaba bien
dos bodas. En la primera, el protagonista fue su padre
y tuvo lugar en Casbas. Al principio del banquete, sacaron
un plato con albondiguillas y el padre del novio dijo
«que sirva el cura». Cuando
se quisieron dar cuenta, el párroco había
dado buena cuenta de prácticamente todas las
albondiguillas. Cuando llegó el turno del asado,
le pidieron a Antonio que lo partiera y repartiera;
fue dando a todo el mundo su correspondiente ración
con excepción del cura que, sorprendido, le pidió
su parte: «Señor
Antonio, que no me ha echado asado».
Antonio, ni corto ni perezoso, le respondió con
un «no se preocupe Mosén
que va a comer tantas piezas de asado como albondiguillas
he catado yo».
La segunda boda, hacia
finales de los años 40, fue mucho más
triste. Se casaba una mujer de Ainielle con un mozo
de Yebra de Basa, en el pueblo de la novia. Antonio
se encontraba en la localidad y asistió a la
boda; posteriormente el cortejo nupcial partió
hacia Yebra por Santa Orosia y Antonio se unió
al mismo para ir hacia Basarán y Cortillas. En
un momento del camino, al novio se le rompió
una variz en una pierna y murió desangrado de
una forma casi fulminante. Según Antonio, la
rotura de la vena se debió al contacto violento
con una rama de boj o un arto. Me quedé perplejo
al leer en un número de la revista Serrablo
el relato del mismo suceso (Valero, 1990), que reproduzco
íntegramente a continuación:
«En
el apeadero Caldearenas-Aquilué, sube una mujer
con un ramo en sus manos. De tez blanquísima,
enjuta, aparenta unos sesenta años y una mirada
serena y resignada como el alma del Altoaragón.
Pañoleta negra anudada al cuello. Lozana y habladora.
Familiar, que así son las gentes de esta tierra.
"Oí
las risas pero no me volví. Veníamos hablando
de la boda, entre bromas y chanzas, y de la fiesta que
siguió, y toda la comitiva a grupas de los mulos,
se deshacía en risas y carcajadas. Habíamos
salido de Ainielle y ya andábamos cerca de la
Cruz de Basarán, a punto de enfilar el camino
para regresar a Yebra de Basa por Monte Oturia. Bueno,
regresar ellos, porque yo no había estado nunca.
Así es que, de primeras, no me volví por
aquellas risas. Pero después, se hizo un silencio
largo que resonó por todo el Sobrepuerto, y las
caballerías se pararon presintiendo el suceso.
Entonces sí, me volví, y le vi en el suelo,
yerto, tumbado al pie del macho, pálido y con
una expresión dulce, como sonriendo. Y allí
fue que todos me miraron con un asombro. Después
fue el lamento.
Hace
cuarenta y dos años, justo tal día como
hoy. La víspera al atardecer nos casamos. A lomos
de veinte mulos había llegado a Ainielle con
sus parientes y amigos, el Jesús, que así
se llamaba mi marido, Jesús Lárrede Aínsa.
Venían desde Yebra de Basa, pues de allí
eran, y tardaron a buen paso unas siete horas por un
camino difícil que bien conocían, ya que
al despuntar los veranos, arreaban el ganado por la
senda escarpada de los eremitorios, subiendo a Santa
Orosia, y bordeando después los congostos de
Monte Oturia, alcanzaban la Cruz de Basaran, en el centro
del Sobrepuerto, donde se cruzan los senderos que llevan
a los pueblos vecinos de Cillas, Cortillas, Escartin
y Bergua.
Allí
tomaron la dirección de Ainielle, prendido en
la solana de un barranco escalonado en terrazas de bancales
estrechos, fajas de miseria, así uno encima de
otro, desde arriba hasta el torrente. Mi pueblo era
muy hermoso, con su plaza, su escuela, su iglesia y
todos los tejados de losas de pizarra, y sus bordas
y sus matas grandes de moras y rosas silvestres. Un
poco más arriba, los prados, donde pastaban las
vacas hasta entrado el otoño, que la nieve las
echaba. Ahora Ainielle está abandonado, al igual
que todos los pueblos del Sobrepuerto, por donde solo
se oyen los crujidos del viento y la pena.
Pues
llegaron con fatiga y todo el pueblo salió a
recibirlos. Yo, al Jesús lo conocía desde
hacía cuatro años que empezó a
subir con las vacas. De mirar amplio y claro, gesto
paciente y callado. Y la cosa fue que empezamos a festejar
bien pronto y apalabrarnos para el casamiento. El cura
había venido desde Oliván y los sesenta
vecinos asistieron a nuestra boda. Después comimos
y bebimos, que hasta ocho borregas preñadas se
asaron, se mataron dos tocinos y no sé cuántas
barricas de rancio se gastaron. Y se fue haciendo noche
con todo el mundo en la calle, que aquello era una fiesta:
las campanas repicaban y era tal la juerga, que apenas
se escuchaban los chistes, los cohetes y cencerros,
y la gente estuvo cantando y disfrutando, hasta que
empezó a helar y el último candil se apagó.
Entonces el Jesús dijo, ven, vamos, y nos fuimos
a la alcoba, y allí me estrechó fuerte,
tierno y cálido, y ya después, el corazón
se me volteó.
A
la mañana siguiente, preparamos todo para irnos
a Yebra, y el pueblo entero nos despidió. En
un recodo del sendero, desde el que se contempla Ainielle,
miré el molino en el fondo del barranco y no
se lo que me pasó, así, por aquí,
un escalofrío, y se me empezó a vaciar
por los ojos un sentir muy triste, muy hondo, que me
desgarraba el alma, como si fuera a perderlo todo. Poco
después, fue cuando las risas, el largo silencio
que sobrecogió el Sobrepuerto, y más tarde,
el asombro que se rompió en un lamento.
Al
quitarle las botas, un hilico caliente y denso se escapo
por los guijarros. Aún estaban palpitando las
varices reventadas. El grueso baste de esparto y lana
que cubría el macho, estaba empapado, y goteaba
ahora, desangrándose, poco a poco, lentamente,
en ceremonia.
Y
ahí termino mi casamiento, que bien poco duro.
Lo enterramos en Yebra y yo me vine a vivir a Caldearenas,
a casa de unos tíos, y allí voy desandando
mi pena como se desanda un vaso camino de su fondo,
recordando a mi marido y a mi pueblo, muertos los dos,
sin hacerles falta y sin darse cuenta”.
Sabiñánigo.
Pueblo largo, industrioso y descoyuntado, crecido al
amparo de la estación. La mujer que me ha hecho
compañía desde Caldearenas baja con su
ramo de flores, para proseguir viaje en coche de línea,
hasta Yebra de Basa. Dejando el Valle del Gállego,
el tren arranca hacia Poniente, y todo el vagón
se me queda lleno de mariposicas de nostalgia».
También fue
testigo de relaciones que no acabaron en boda, sino
que tuvieron un final mucho más trágico.
Así, Antonio estuvo presente en Bergua el día
en el que un suceso conmocionó a toda la zona.
Una chica de la localidad había roto la relación
con un chico de la misma localidad, con el que había
estado festejando. Ese día, el chico le pidió
que le devolviese las cartas que se habían intercambiado
y, al llegar con ellas al sitio donde habían
quedado, la acuchilló. El joven se suicidó
ahorcándose de un nogal de Casa Lacosta, árbol
que inmediatamente quedó estigmatizado y que,
a pesar de su gran porte y las buenas nueces que daba,
sería arrancado poco después. Afortunadamente,
la muchacha sobrevivió gracias, en parte, a las
atenciones del entonces Dr. García Bragado, que
se desplazó desde Huesca a requerimiento de la
familia. Se trataba de un cirujano con fama en toda
la provincia, y le vamos a dedicar unas palabras.
Franco García
Bragado (Figura 40) nació el 29 de octubre de
1901 en Cebreros (Ávila). Estudio Medicina en
Zaragoza y, tras unos años iniciales como médico
militar, el 23 de abril de 1928 tomó posesión
de la plaza de cirujano de la Beneficencia Provincial
de Huesca. A partir de entonces, su carrera profesional
transcurrió en la ciudad de Huesca, primero como
cirujano del Hospital Provincial, del que fue director,
y al final de su vida profesional en la Residencia Sanitaria
San Jorge, simultaneando su trabajo con el que le proporcionaba
su propia clínica.

Figura 40. El Dr. Franco
García Bragado. Colección García-Bragado
Lacarte.
Cuando el Dr. García
Bragado llegó al Hospital Provincial de Huesca
se encontró con un caserón viejo, destartalado
y en estado ruinoso (AHPH, 1926). Se trataba del antiguo
Hospital de Ntra. Sra. de la Esperanza, fundado a mediados
del siglo XV, que por aplicación de la Ley de
Beneficencia de 1822 pasó a depender de la Junta
Provincial de Beneficencia y, posteriormente, en 1868
a la Diputación Provincial, que lo transformó
en un hospital medicalizado. La plantilla estaba compuesta
por un médico internista, un cirujano, un farmacéutico,
un practicante de cirugía y otro de farmacia,
doce Hermanas de la Caridad y varios enfermeros (AHPH,
1927). A pesar de las limitaciones, poco tardó
en correrse la voz de que en Huesca había un
cirujano joven y hábil que practicaba intervenciones
nuevas, por lo que su consulta se fue llenando de pacientes.
Por ello, solicitó a la Diputación Provincial
la compra de una central de esterilización, una
mesa nueva de operaciones e instrumental variado. Su
petición se enfrentaba con el presidente, D.
Miguel Gastón, que el cirujano definió
como «un montañés
serio y buena persona, pero austero como todos los de
su tierra» (Arcarazo, 2017). No obstante,
la modernización del Hospital Provincial de Huesca
por la casualidad de que el presidente tuvo un problema
médico agudo… que le solucionó García
Bragado. Desde aquel momento pudo practicar intervenciones
más complicadas.
En cualquier caso,
«la mayor parte de estas
operaciones las había estudiado en los libros,
pero las había visto hacer por primera vez a
mí mismo» y es que, estando
prácticamente solo, tuvo que hacer de todo, desde
cirugía digestiva, hasta urológica y ginecológica
(Arcarazo, 2017). Su fama y sus ingresos fueron aumentando
en paralelo. Los últimos gracias al salario de
cirujano y a lo que cobraba por asistir a los pacientes
distinguidos (había una sala en el hospital
con ocho camas reservadas a ese tipo de pacientes).
Pero «los plumíferos
de la Diputación no podían tolerar que
el Cirujano ganara más que ellos y empezaron
a restarme ingresos, pidiendo una participación
en la tarifa de distinguidos. Por ello me hice una clínica»
(Arcarazo, 2017). El 25 de agosto de 1931
se inauguró su clínica dedicada a la cirugía
y a la traumatología con quirófano y zona
de hospitalización (Figura 41). En ella captaba
a los pacientes que no querían acudir al Hospital
Provincial, ofreciéndoles unas instalaciones
modernas y, de paso, evitaba la fiscalización
de la Diputación. Actualmente, el edificio de
la antigua clínica está ocupado por el
Instituto de Estudios Altoaragoneses (IEA).

Figura 41. La moderna
clínica García Bragado. Col. García-Bragado
Lacarte.
Posteriormente, su
influencia fue muy importante para la construcción
de la Residencia Sanitaria San Jorge, inaugurada
en 1967, y que mejoraba considerablemente la capacidad
asistencial de Huesca y su provincia. Entre tanto, fue
presidente del Colegio de Médicos de Huesca.
El doctor García Bragado se jubiló el
29 de octubre de 1971 y en los años siguientes
fue objeto de muchos homenajes. Murió en Huesca
el 8 de enero de 1990 y, desde entonces, su nombre se
ha ido difuminando en la memoria popular.
El herrero de Cortillas
(Casa Ferrero) también fue otro sus pacientes.
Antonio (nuestro arriero) sonreía al recordar
cuando el herrero le explicaba que había acudido
a Huesca a la consulta del citado médico quien,
tras unas pruebas, le dijo que tenía que someterse
a dos intervenciones quirúrgicas sucesivas para
eliminar un problema en el estómago. Al herrero
eso de operarse no le hacía ninguna gracia por
lo conminó al doctor a que hiciera todo lo que
tuviera que hacer en una sola operación ya que
«Antonio, no quiero
morirme dos veces».
Asimismo, Antonio fue
testigo de un conflicto laboral en Sasa de Sobrepuerto.
Una casa había contratado a un mozo de Naval
para trabajar durante la siega. Sin embargo, el trabajo
del navalés dejaba bastante que desear; a pesar
de las reiteradas advertencias la situación no
cambió y, un buen día, el dueño
(de buena planta y fuerte carácter) le comunicó
que fuera a la casa a recoger sus cosas y que se marchara
porque «no cumples».
Temiendo no cobrar ni un duro, al llegar a la casa fue
a ver a la dueña y le dijo que, si no le pagaban
lo estipulado, «voy
a incendiar la casa y va a arder por los cuatros costados».
La dueña, para evitar males mayores, cogió
el dinero de una reserva que había ido creando
en casa y le pagó, advirtiéndole de que
no quería volverle a ver por allí en toda
su vida. Una vez que se marchó, la mujer se dirigió
a Antonio, que estaba en la casa y presenció
la amenaza y, temiendo la posible reacción de
su marido, le pidió que «por
favor, no le diga usted nada de lo sucedido».
Cuando el jornalero navalés se marchaba,
el dueño de la casa le vio desde un campo y le
llamó. Temeroso, llegó hasta el corpulento
hombre que, ante su sorpresa le preguntó:
«¿qué?, ¿no quieres cobrar?»;
acto seguido, le pagó la parte proporcional del
salario que le correspondía hasta ese día,
con lo que al rufián la jugada le salió
redonda: cobró bastante más de lo estipulado
por trabajar mucho menos. Habría que ver la cara
de la pobre mujer cuando su marido le contó lo
acaecido en el campo.
Antonio desarrolló su trabajo en una época
dura para todos los habitantes de la Montaña
pero que no estaba exenta de momentos gratificantes
y divertidos. Como aquel día en el que José
Miranda, de Casa Chuanico de Berbusa, apostó
con el padre de Antonio a que, yendo a pie y con el
abuelo Miranda al hombro, era capaz de llegar hasta
Casa Agustina (bastante apartada de las demás
casas de Berbusa) más rápidamente que
Mamón montado en su burro y portando
una talega con 6 cuartales de trigo. Ante la expectación
de los carboneros (apodo por el que se conocía
a los habitantes de Berbusa) y la incomprensión
del borrico, la victoria fue para José Miranda
y todo parece indicar que no fue necesario recurrir
al foto finish. Al relatar esta anécdota,
Antonio la asocia con la fiesta de invierno de Berbusa.
Entonces las nevadas eran frecuentes y no era raro que
los huéspedes, entre ellos él mismo, tuvieran
que aguardar hasta una semana antes de poder partir.
Igualmente, recuerda que «allí
y en Ainielle hacían para las fiestas una morcilla
de verdura, con picante, muy buenas».
Más de una acabó en Casa Banastón
de Naval.
Para acabar, comentaremos
que, tal y como relata Fuster (1986), la casa de Antonio
tenía su propia anécdota esotérica:
«Al parecer sucedió en casa Banastón.
Fue toda la familia a la consabida misa del Gallo quedando
en casa tan sólo un crío durmiendo en
la cuna. Al volver de la iglesia se encontraron con
el niño llorando al lado de la puerta, por dentro
junto a la gatera, un orificio para que puedan entrar
y salir los gatos pero insuficiente para poder pasar
por allí al niño, por lo que quedó
allí tirado en el patio. Al parecer las brujas
(que sí podían pasar convirtiéndose
en gatos) no habían podido llevarse al crío».
¡Menos mal! Imaginemos por un momento que el niño
era Antonio y las brujas hubieran conseguido su propósito:
¡nos hubieran dejado sin capítulo!
10. Retorno…
¿al pasado?
Antonio vendió
su carro en El Grado pero nada pudo impedir que La Montaña
y los montañeses se quedaran en su mente y en
su corazón. Siempre los tenía presentes.
Sabía qué había sido de prácticamente
todos los miembros de casi todas las antiguas casas
de la Ribera del Ara, Sobrepuerto, La Guarguera, Yésero,
Gavín, Biescas, Orós Alto… Donde
vivían, a qué se dedicaban, los que habían
emigrado, los que habían tenido fortuna, los
que habían sufrido alguna desgracia, los que
habían vuelto, los que habían fallecido…
Casi 50 años después de su último
viaje en carro, volvió a recorrer la ruta de
Naval hacia La Montaña (Alto del Pino-Aínsa-Boltaña-Broto-Linás-Yésero-Gavín-Biescas-Orós
Alto-Sabiñánigo y vuelta a Naval) aunque
esta vez con un familiar que le llevó en coche.
Ya no estaba Filomena, de Mediano solo se veía
la punta de la torre de la iglesia, el antiguo mesón
de Aínsa había dejado paso a un enorme
hotel, los mesones de Eusebio y Frechín se habían
reducido a unas cuantas piedras, Jánovas era
un fantasma, en Lacort ya no estaba el batán
ni en Javierre el telar, en Fiscal la tienda de Bellosta
había cambiado de sitio, la de Silverio había
desaparecido y, ¡lo que son las cosas!, allí
habían llevado los restos mortales del batán
de Lacort; en Broto se anunciaba la práctica
del barranquismo, el túnel de Cotefablo estaba
iluminado, las ovejas habían dejado el sitio
a las vacas, Gavín y Biescas eran sitios prácticamente
irreconocibles y el Sía bajaba flojo. ¡Menos
mal que Casa Jacinto seguía en su sitio! Y no
solo la casa sino la mismísima habitación
en la que tantas veces durmiera, décadas atrás
(Figura 42) ¡Algo es algo!

Figura 42. Habitación
de Casa Jacinto (Orós Alto). En esa misma cama
dormía Antonio. Juan M. Rodríguez.
Por la misma época,
se apuntó a un viaje en autocar que se había
organizado desde Naval para visitar Sabiñánigo,
Biescas y Torla. Mientras recorrían los lugares
más destacados de cada sitio, Antonio les explicaba
a sus paisanos como eran “apenas” 80 años
atrás. Bien podría haber impartido una
clase magistral durante su visita al excelente Museo
de Artes Populares. Aún fue reconocido por varias
personas que le pararon por la calle; de hecho, las
preguntas más frecuentes entre sus convecinos
fueron «¿con
quién está hablando Antonio?» y
«¿dónde está ahora Antonio?»
El autocar tenía que llegar a Torla para la comida
y el chofer casi se desespera esperando a Antonio en
Biescas mientras el antiguo arriero departía
con antiguos clientes y era invitado a comer por Salomé,
descendiente de Casa Jacinto de Orós Alto.
A pesar de esos dos
viajes, Antonio tenía una espina clavada. Cada
vez que lo veía me hacía la misma pregunta:
«bueno, qué,
¿cuándo me llevas a Sobrepuerto?»
Siempre le respondía que tuviera en cuenta que
ya no era el lugar al que había subido tantas
veces hasta sus aproximadamente 40 años. Pero
las ganas de volver podían más que la
posible tristeza por el estado en el que encontraría
a Cortillas, Sasa, Basarán, Escartín…
Por fin, y tras varios años de insistencia, establecimos
un día de finales de julio del año 2004
(¡parece que fue ayer!) como la fecha para su
retorno a Sobrepuerto… a sus 91 años. El
viaje fue posible gracias a que Ángel Lardiés,
natural de Bergua, entusiasta del Sobrepuerto y dueño
del taller Biescas Motor de Sabiñánigo,
nos cedió un vehículo todo terreno. Dado
que no había pista hasta Otal y que los ramales
que llegaban a Ainielle y Escartín desde la Cruz
de Basarán se encontraban en mal estado, decidimos
ir a Cortillas. Antonio llegó puntual a la cita
en la plaza de Naval; de allí fuimos directamente
a Sabiñánigo, a casa del inefable Julio
Gavín, que había mostrado un gran interés
en conocer al arriero. El encuentro fue eléctrico
ya que se estableció un intenso diálogo
entre ambos que inició Antonio con un «pues
fíjese, cuando llegué aquí por
primera vez, Sabiñánigo era sólo
una calle, sin asfaltar, con mucho polvo y con una única
tienda, allá al final, casi enfrente de la estación».
Ese comentario dio pie a un repaso a la evolución
de la zona a lo largo del siglo XX, en el que salieron
a relucir opiniones, anécdotas y muchos lugares
y conocidos comunes, todo ello aderezado con un gran
sentido del humor.
Como pueden imaginar,
se nos hizo tardísimo, por lo que tuvimos que
salir corriendo a recoger el 4x4 en Biescas Motor. De
allí, a Cortillas, por la pista que recorre el
barranco de Oliván construida bajo la dirección
del Ingeniero de Montes D. Jesús Tornero Gómez,
del Patrimonio Forestal del Estado, algunos años
después de que Antonio dejara de subir por la
zona, cuando ya no quedaban habitantes ni en Berbusa,
ni en Ainielle, ni en Basarán, ni en Cortillas,
ni en Cillas, ni… Ascendimos lentamente, no solo
por el estado de la pista, la edad de Antonio o la inexperiencia
del conductor con ese tipo de vehículos sino,
especialmente, porque Banastón quería
saborear esa parte del viaje, redescubrir paisajes en
los que los campos labrados habían dejado su
sitio a los pinos del Patrimonio Forestal (Tarazona,
2006) y a algunos árboles autóctonos mientras
las viejas paredes de piedra luchaban por no desmoronarse.
Pasamos frente al esqueleto de Berbusa y frente al lugar
por el que se le cayó el burro. Esa parte del
viaje discurrió en total silencio.
Llegamos a la Plaza
Pública de Cortillas. Nadie a la vista. Antonio
se baja del coche y mira alrededor: a un lado de la
plaza, Casa Ferrero y Casa Malena dejaron de existir
hace años. solo quedan montones de piedras, zarzas
y ortigas. Menos mal que han arreglado Casa Isábal,
en la que se quedaba y en cuya puerta desea que le haga
una foto (Figura 43). Lo que queda de las casas del
otro lado (Practicante, María Pueyo y Ambrosio)
está en un equilibrio inestable: fachada y poco
más. La calle que bajaba hacia Casa Montes, en
la que jugaba a las cartas, está casi intransitable.

Figura 43. Antonio
en la puerta de Casa Isábal (Cortillas). Juan
M. Rodríguez.
De repente, Antonio
otea hacia el este, con la mano en la frente para evitar
el sol en los ojos. Descubre con horror que Cillas ¡está
aún peor que Cortillas! Es el bombardeo del tiempo.
Triste, pregunta con un hilo de voz: «Pero
¿está todo así?».
Ante la afirmación de su interlocutor, su decisión
es irrevocable: «Pues
no quiero ver nada más». Emprendemos
el camino de retorno. Antonio se despide para siempre
de Cortillas y Cillas. Paramos en la Cruz de Basarán.
Escartín, a lo lejos, no parece que esté
tan mal. Antonio alegra un poco la cara y recuerda que,
como gran parte de los campos de Basarán se encontraban
en paco (umbría), se decía que
en aquel pueblo casi tenían que «cosechar
antes de sembrar», para poder recoger
algo.
Pasado Berbusa, vemos
el desvío que permite que los coches lleguen
hasta Susín. Ante el comentario de que sería
muy probable que Angelines Villacampa estuviera en su
casa (Casa Mallau), Antonio lo tiene claro: «Pues
sí que me haría ilusión ver una
casa abierta». Allá que vamos.
Pero surge contratiempo: una cadena de al menos un metro
de altura situada a unos 100- 150 metros del pueblo
está cerrada. ¿Un obstáculo definitivo
para un ex-arriero de noventa y tantos años?
Nada de eso. Antonio hace un esfuerzo y pasa la cadena…
por arriba. Recorre la distancia que le separa del pueblo
con garbo, ayudado por su bastón, feliz de que
tanto la iglesia como Casa Mallau y Casa Ramón
(en la que se quedaba) hayan llegado en pie hasta nuestros
días. Felizmente, Casa Mallau está abierta
y en unos segundos Angelines está con nosotros
(Figura 45). Comemos tranquilamente en el huerto y Antonio
revive: pregunta por los familiares de Angelines y por
los de Casa Ramón, cuenta numerosas anécdotas
de sus estancias y de las de su padre en Susín
y Casbas, sonríe abiertamente. ¡Esto ya
es otra cosa!

Figura 45. Antonio
con Angelines Villacampa. Puerta de Casa Mallau, Susín.
Juan M. Rodríguez.
De vuelta a Sabiñánigo,
devolvemos el todo terreno prestado y volvemos a Naval
por Cotefablo. Al pasar por la altura de Fiscal, Antonio
ya propone otro futuro viaje: «otro
año me tienes que llevar a Bergua».
Y me comenta que, hace muchos años, ya le había
expresado ese deseo a su pariente Blas Colomina, herrero
de Boltaña. Blas, sorprendido, le preguntó
que para qué quería volver a Bergua si
allí no había ya más que hippies.
Antonio le contestó que precisamente para eso,
para ver a los hippies. Y es que Antonio permanecía
bien informado sobre todo lo que pasaba en “sus”
pueblos. Poco después, paramos en la farmacia
de Boltaña; no se asusten, Antonio está
cansado de un día tan intenso, pero no tiene
ningún problema. Simplemente, desea saludar al
matrimonio que regenta el establecimiento ya que habían
sido los farmacéuticos de Naval durante años.
¡Ay, Naval!; lo importante que fue durante siglos,
la de tesoros que posee… ¡y la de población,
oficios y servicios que ha ido perdiendo también
desde mediados de los años 50!
El viaje a Bergua se
retrasó más de lo deseado. Antonio sufrió
una trombosis que hizo temer por su vida y que le afectó
el habla durante algunos meses. La suerte de la visita
parecía estar echada. En julio de 2006, me despedí
de él con un «Bueno
Don Antonio, a ver si el año que viene se encuentra
bien y vamos a Bergua». Era más
un deseo que una propuesta real. No le volví
a ver hasta el 24 de julio de 2007. Como siempre, llegué
a la Plaza Mayor de Naval y, como casi siempre, allí
estaba Antonio, sentado en un banco de los soportales.
Le saludé con un «¡hombre,
Don Antonio! ¿qué tal está?».
Se volvió y sus primeras palabras fueron «qué,
¿cuándo vamos a Bergua?».
Se había recuperado notablemente y quedamos para
dos días después. Me preguntó si
me importaba que viniera «un
muchacho» con nosotros. «Por
supuesto que no».
El día 26 de julio, Antonio ya estaba esperando
en la plaza junto con un amigo, Simón Carruesco,
de Casa Sastre, un hombre con los 70 años ya
cumplidos. Le pregunté que dónde estaba
el muchacho que iba a acompañarnos (pensando
que sería un nieto) y señaló con
el bastón hacia Simón. Entonces caí
que, para una persona de 93 años, una de setenta
seguía siendo «un
muchacho». Simón fue en su
juventud uno de los músicos de Naval que, dirigidos
por Sebastián Villar, iban a tocar a las fiestas
de diversos pueblos de La Montaña (Yeba, Sasa,
Otal…) (ver el anexo
a este capítulo). Todavía conserva la
carta que la comisión de festejos de Sasa le
envió para asegurarse su presencia para las fiestas
de la localidad (San Ramón) del año 1955.
Por lo tanto, se trataba de otro acompañante
excepcional.
En Bergua aparcamos
el coche en un margen de la pista, cerca de la entrada
al pueblo. Antonio anduvo a buen paso hasta la primera
casa, Casa Ferrero, que reconoció enseguida.
Se dirigió directamente a la puerta y con voz
enérgica se puso a llamar a la dueña:
«¡Señora,
Señora! ¡Que ha llegado Banastón!»
(Figura 45). Simón y yo quedamos maravillados
de asistir en directo a una escena habitual… ¡70
años atrás! Desafortunadamente, nadie
respondió a la llamada de Antonio y proseguimos
hacia Casa Aguado y Casa Agustín (Figura 46).

Figura 45. Antonio
en la puerta de Casa Ferrero (Bergua), Juan M. Rodríguez.

Figura 46. Antonio
y Simón en Bergua. Juan M. Rodríguez.
Por allí nos
encontramos con un par de miembros del equipo de grabación
de Eugenio Monesma. Obviamente, no perdieron la oportunidad
de grabar la vuelta del arriero a uno de sus antiguos
centros de operaciones y, para ello, le pidieron que
se sentara en las escaleras de una borda de Casa Lacosta
(Figura 47). Allí, con lo que quedaba de “su”
Casa Juana al fondo (apenas una esquina), Antonio se
emocionó de verdad. Fue un acúmulo de
sentimientos: Bergua, Casa Juana, el reciente fallecimiento
de su esposa y, como él nos decía -y todos
sabíamos-, su última incursión
en sus antiguos territorios. En unos segundos aparecieron
por su cabeza todos sus viejos clientes. No es de extrañar
que, mientras le grababan, apenas pudiera balbucear
algunas palabras (¡con lo que a le gustaba explayarse
con sus andanzas arrieriles!). La muchacha que hacía
las preguntas no sabía que hacer para animarle…
ni nosotros tampoco.

Figura 47. Entrevista
en Bergua. Juan M. Rodríguez.
Y cuando su voz se fue recuperando, en vez de hablar
largo y tendido de su antigua profesión, gastó
sus últimas energías en un brillante alegato
en el que recordó la laboriosidad, austeridad,
dignidad e integridad de los fueron sus clientes en
una época dura, gentes cuya palabra o apretón
de manos tenía más fuerza que cualquier
contrato. Acabó con un «¡aquéllos
eran años! ¡aquéllos sí que
eran hombres y mujeres! ¡ahora se vive a lo grande!
¡se tiene de todo y no se aprovecha nada! ¡no
puede ser, no puede ser!». Quizás
un aviso para la crisis que se nos avecinaba. Ahí
acabó la grabación.
Visiblemente cansado,
Antonio bajó del improvisado “estudio”
de grabación y se sentó en el carasol
de la borda de Casa Lacosta, actualmente arreglada como
vivienda (la casa cayó hace años). Allí,
Juan Antonio Lacosta (precisamente el hijo del que tuviera
que cortar el nogal por el ahorcamiento citado anteriormente)
y su mujer sacaron algo para comer y beber y Antonio,
sin la presión de la cámara y los focos,
volvió a renacer y a contar todo lo que quisiéramos
oír sobre su vida con las caballerías
por aquellos lugares (Figura 48). El cámara y
la entrevistadora se tiraban de los pelos. Ya habían
recogido todo el material y precisamente lo que estaba
contando ahora era lo que querían haber grabado.
¡La ley de Murphy también rige en La Montaña!
En cualquier caso, para los demás había
sido una jornada inolvidable.

Figura 48. Antonio
conversando con Juan Antonio (Casa Lacosta, Bergua).
Juan M. Rodríguez.
En el último
año, la salud de Antonio se deterioró
rápidamente. La última vez que lo vi me
habían avisado previamente que había perdido
su prodigiosa memoria y que apenas se acordaba de nada.
Sin embargo, nada más ponerme delante suyo, y
antes de que me diera tiempo a saludarle, ya me había
preguntado que cómo estaban las cosas por Cillas,
Cortillas, Bergua, Otal, Basarán…. ¿Se
había arreglado algo? ¿Se sabía
algo del futuro parque natural de Sobrepuerto? ¿Te
acuerdas de cuándo estuvimos por allí?
¡Cómo olvidarlo! Simón reflexionaba
«hay que ver con el
señor Antonio, casi no reconoce ni a amigos ni
a familiares y todavía se acuerda de aquellos
pueblos». El propio Simón me
comentaba que el 8 de enero de 2011, pocos meses antes
de morir y cuando parecía ajeno a todo, a Antonio
se le iluminaron los ojos cuando un acompañante
que estaba leyendo el Diario del Alto Aragón,
comentó en voz alta
«¡anda!, dicen aquí que van a arreglar
las fuentes de Cortillas, Escartín y Otal»
(Figura 49). Tuvieron que leerle la noticia completa,
a lo que respondió con un gesto de asentimiento
y una sonrisa.

Figura 49. Noticia
que provocó el interés de un Antonio ya
muy enfermo.
Diario del Alto Aragón, 8 de enero de
2011.
Decía Severino
Pallaruelo en una entrevista en Aragón Digital
que había «tenido
la suerte de conocer dos mundos absolutamente diferentes.
Y creo que gran parte de mi interés por la etnografía,
por el paisaje pirenaico, por su arquitectura, por las
costumbres de la zona…, tiene que ver con el hecho
de saber que nací en un mundo que ha desaparecido».
A ese mundo pertenecía el oficio de arriero,
del que Banastón fue uno de sus últimos
exponentes en el Alto Aragón. El gran Julio Gavín
solía reiterar: «No
os preocupéis por las montañas, que esas
siempre van a estar ahí. Preocuparos por las
personas, por sus actividades y creaciones, sus costumbres,
por los objetos que han elaborado o empleado. Habrá
un día en el que desaparecerán para siempre».
Como los arrieros, siglos surcando los caminos en legión
hasta que, sin darnos cuenta, desaparece el último.
Querido Antonio, escucharte
estos años ha sido un regalo de valor incalculable.
Por más que habláramos, siempre nos quedaban
cosas pendientes. Será imposible olvidarte. ¡Muchas
gracias y un fuerte abrazo!
11. 29 de abril
de 2011: fin de una época
«El
Señor D. Antonio Bellosta Pardina, viudo de Dña.
María Lanau Palacio falleció en Naval
el día 29 de abril de 2011, a los 97 años
de edad, habiendo recibido los S.S, y la B.A.»
(Figura 50). Aparentemente, una esquela cualquiera,
pero nada más lejos de la realidad. El 29 de
abril de 2011 es una fecha histórica para el
Alto Aragón a pesar de que no la recogerán
los libros de Historia. Ese día fallecía
uno de los últimos arrieros de Naval, villa arriera
por excelencia del Alto Aragón. Punto final a
siglos y siglos de hombres surcando los caminos con
sus caballerías, complementando economías
que, de otra manera, difícilmente hubieran sido
viables.

Figura 50. ¡Fin
de un modo de vida!: esquela de Antonio.
12. Referencias
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2001. La tormenta que pasa y se repliega - Los años
de los maquis en el Pirineo aragonés-Sobrarbe.
Prames, Zaragoza.
Arcarazo, L.A. 2017.
El Dr. D. Franco García Bragado, el médico
militar que modernizó la cirugía en Huesca.
Sanidad Militar, 73: 129-139.
Archivo Histórico
Provincial de Huesca. 1926. Informe acerca del estado
en que se halla el edificio destinado a Hospital Provincial
de Huesca. Sig. D-1539/3.
Archivo Histórico
Provincial de Huesca. 1927. Inventario del Hospital
Provincial. Sig. 1485/2.
Arco y Garay, R. del.
1943. Notas de Folklore Altoaragonés. Instituto
Antonio de Nebrija, CSIC, Madrid.
Fuster, B. 1986. Supersticiones
recogidas en Naval (Huesca). En: V Jornadas
de Cultura Altoaragonesa, pp. 195-204. Instituto
de Estudios Altoaragoneses, Huesca.
Garrido, E. 1933.
El hombre en la montaña. Espasa-Calpe,
Madrid.
González, C.,
Lacaste, A.J., Gracia, J.A. 1998. La sombra del
olvido: tradición oral en el pie de sierra meridional
de Guara. Instituto de Estudios Alto Aragoneses,
Huesca.
López, S. 1989.
Esquema general de la Guerra en Serrablo (1936-1938).
Serrablo, 72: 14-17.
Menjón, M.
2004. Jánovas, Víctimas de un Pantano
de Papel. Biblioteca Aragonesa de Cultura, Ibercaja,
Zaragoza.
Pérez de Berasaluce,
L. 2020. Guerrilla en Bergua (Huesca) en noviembre de
1944. Cuando los maquis, https://www.cuandolosmaquis.com/?s=bergua.
Tarazona, C. 2006.
Pinos y penas en tiempos del Patrimonio. DVD.
DeDía Producciones.
Valero, V. 1990. Entrados
los fríos, el alba es helada y cenicienta. Serrablo,
78: 15- 18.
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