«Le acababa
de arreglar el guarnicionero el collarón de una de
sus mulas y, a poco de ponérselo a la caballería,
se le rompió por el mismo sitio del arreglo. El carretero,
dijo: “Pa siempre, Dios”». José María
Iribarren, Refranes y adagios. Cantares y jotas.
Dichos y frases proverbiales, 1946.
Hasta hace apenas unas décadas,
en prácticamente todos los pueblos o comarcas altoaragonesas
existían una serie de oficios necesarios para una
vida en la que las caballerías resultaban esenciales
en las labores agrícolas y en el transporte de personas
y mercancías. Obviamente, tales oficios eran fundamentales
para el trabajo de los arrieros, independientemente
de que trajinasen con carro o sin él, y los podríamos
dividir en cuatro grupos básicos:
(a) Los relacionados con la cría,
venta, cuidados y vestimenta de las caballerías: recriadores,
tratantes, herradores, esquiladores o peladores (Figura
1), curanderos, albéitares y veterinarios, basteros,
albardoneros y guarnicioneros.
Figura 1. Izquierda:
instrumentos de los esquiladores o peladores de caballerías
(Museu del Traginer, Igualada). Derecha:
Esmerada obra de un pelador en la grupa de un mulo
(Archivo UCM)
(b) Los relacionados con la elaboración
y reparación de los recipientes necesarios para el
transporte de las mercancías: boteros, alfareros,
lañeros, latoneros, caldereros, pega-remiendos,
toneleros, cesteros, esparteros, etc.
(c) Los relacionados con el alojamiento
de los arrieros y sus caballerías: mesoneros, venteros,
posaderos, particulares, mozos de establo.
(d) En el caso de los arrieros con
carro, los relacionados con la construcción, mantenimiento
y acondicionamiento de estos vehículos: carreteros,
carpinteros y herreros.
Si añadiéramos a aquellas personas
o gremios que proporcionaban las materias primas y
los artículos elaborados que comercializaban los arrieros,
a los que mantenían caminos y puentes, y a las administraciones
públicas de la época (permisos, tasas, vigilancia
de caminos y mercancías, etc.), tendríamos ante nosotros
a la sociedad de la época prácticamente al completo.
Algunos oficios participaban en más
de una de las categorías citadas anteriormente. Por
ejemplo, los esparteros hacían recipientes pero también
las piezas con las que se vestían los carros. Del
mismo modo, los tejedores podían participar en la
elaboración de mantas para las caballerías pero también
en la de talegas, sacas y otros tipos de recipientes.
De hecho, aunque las fronteras entre algunos de esos
oficios estaban bien delimitadas, en otros casos podían
ser muy difusas. Por ejemplo, en algunos lugares coexistieron
basteros (bastes), albarderos (albardas) y guarnicioneros
(cabezadas, collerones, correajes), mientras que en
otros estas palabras se empleaban como sinónimos ya
que la(s) misma(s) persona(s) se encargaba(n) de elaborar
todos los aparejos y atalajes.
Precisamente en este capítulo, y
como complemento a los dedicados los constructores
de carros, se tratará de los guarnicioneros, basteros
y albarderos, las personas encargadas de elaborar
los arreos de las caballerías. En los capítulos previos
han aparecido algunos de los oficios citados anteriormente
(recriadores, tratantes, herradores, carreteros, herreros,
boteros). Algunos otros aparecen en otros volúmenes
de esta obra sobre los arrieros altoaragoneses.
En cualquier caso, todas aquellas
personas interesadas en los oficios del mundo de los
arrieros pueden recurrir a la excelente colección
de videos de Eugenio Monesma, especialmente a la serie
dedicada a los Oficios Perdidos (http://www.pyrenepv.com/),
muchos de ellos directamente relacionados con el Alto
Aragón. También a diversos libros del mismo autor
sobre el tema (Labores tradicionales en Aragón,
Labores de un milenio, etc.).
1. Los arreos
Los equinos fueron empleados por
los arrieros como animales de transporte a lomo
o para el tiro de carros. Para que pudieran ejercer
esas funciones eran necesarios diversos aparejos,
unos para depositar adecuadamente la carga sobre la
acémila, otros para que pudieran arrastrar los carros,
y otros para que el arriero pudiera dominarlos y dirigirlos.
En general, todos ellos se suelen englobar en el término
arreos, tan asociado al mundo de la arriería
que, según la RAE, en diversos países iberoamericanos
todavía se sigue empleando esa palabra como sinónimo
de recua (conjunto de animales de carga).
En cualquier caso, existen muchos sinónimos: guarniciones,
atalajes, jaeces, aparejos, abríos, arneses, etc.
Los arreos se usaban tanto para transporte
de cercanía (acarreo de agua, productos agrícolas
locales…) como para el transporte profesionalizado
que ejercían los arrieros, que generalmente llevaban
cargas mucho más pesadas, a distancias mucho más largas
y, frecuentemente por orografías complicadas. En consecuencia,
sus arreos solían ser el fruto del trabajo de talleres
o artesanos cualificados, estaban cuidados
con esmero (la puesta a punto, como diríamos
hoy) y no era raro que estuvieran ricamente ornamentados
ya que, para estos transportistas, el estado y vestimenta
de sus caballerías constituía una auténtica tarjeta
de presentación.
Los principales aparejos para el
transporte a lomo fueron la albarda (o ropón)
y, especialmente, el baste. Ambas palabras hacen referencia
a aparejos diferentes aunque, como se ha comentado
anteriormente, en algunos sitios se utilizaban casi
como sinónimos, pues la misma persona o el mismo taller
hacía albardas y bastes.
2. La albarda y el albardero
Los albarderos, que llegaron a recibir
el apelativo de los sastres de las caballerías,
se encargaban fundamentalmente de elaborar las albardas.
En ciertos lugares, este término se refería simplemente
a una manta (sudador o sudadera)
sujeta con una cincha que se colocaba sobre
el lomo del animal antes de ponerle el baste. Su función
era aliviar la presión de la carga, evitar roces que
pudieran causarles heridas y enjugar el sudor.
Más comúnmente, la albarda
era una manta (en ocasiones con colores muy vivos
y motivos geométricos, vegetales o animales), una
pieza de cuero o una lona acolchada que, convenientemente
doblada, rellena de paja y cosida, se ponía sobre
los lomos del animal, encima de una manta o directamente
sobre la piel, con la misma función protectora (Figura
2). Este aparejo se ataba con una cincha y se sujetaba
a los cuartos traseros, por debajo del rabo, con otra
cincha, denominada tarria o ataharre,
para evitar su desplazamiento hacia adelante. Frecuentemente
se colocaba otra cincha por delante del pecho (el
pretal, pechopetral o petrala)
para que no se desplazara la carga en las cuestas.
Durante muchos siglos la albardería
o albardonería constituyó uno de los oficios
básicos en las sociedades rurales y urbanas antes
de la generalización de la maquinaria agrícola y los
vehículos a motor. Hasta entonces, el trabajo (especialmente
en el campo, pero también en las minas o en otros
sectores [pre]industriales), el desplazamiento y el
transporte dependían casi por completo de las bestias
de carga, principalmente mulos, burros y caballos.
Pero la modernización y el progreso llegaron, poco
a poco, a todas partes. Hasta entonces los arrieros,
los labradores y, en general, la población rural cohabitaba
a diario, codo con codo, con unas caballerías que,
por su valor económico y laboral, eran generalmente
cuidadas con esmero y llegaban a ser tratadas como
auténticos miembros de la familia; tanto era así que
se podía ver a familias que salían adelante mal alimentadas
y vestidas, pero no así sus acémilas, a las que no
les faltaba ni su ración diaria ni sus arreos y atalajes.
Figura 2. Izquierda:
mulo con albarda acolchada y rellena de paja en el
lomo, sujeta con la cincha por su parte ventral y
con la tarria por su parte trasera (fuente: Oyonarte,
2017). A la derecha, albarda ricamente ornamentada
(fuente: Carlos Luengo, 2017).
Los arrieros y labradores solicitaban
continuamente los servicios de los albarderos, tanto
para piezas nuevas como para reparaciones de las que
tuvieran en uso. Uno de los últimos representantes
de este oficio comentaba que «la
vistosidad de los arreos - ¡había que causar buena
impresión! - era muy importante para los arrieros,
que vendían su mercancía de cara al público. Los arrieros,
por la cuenta que les traía, eran bastante cuidadosos
con sus caros aparejos: siempre los cepillaban tras
el uso, además de procurar cubrirlos con una lona
de goma cuando llovía, para que no se mojasen. En
cambio, los trabajadores del campo reservaban el aparejo
de lujo exclusivamente para ocasiones especiales como
romerías, celebraciones y para visitar a las novias;
el resto del tiempo utilizaban arreos muy sencillos,
que requerían menos cuidados y reparaciones menos
costosas».
La albardonería contaba
con un vocabulario muy rico y algunas de las palabras
más características del oficio se muestran al final
de este capítulo. Sus herramientas consistían, entre
otras, en agujas de distintos calibres, el palmete
(protector de cuero con una pieza de hierro en el
centro para apoyar la aguja), la baquetilla
o vara (para rellenar de paja las albardas), los punzones
de distintos tamaños y las tijeras. Por lo que respecta
a los materiales, usaban lanas e hilos de casi todos
los colores (evitaban el gris ya que no combinaba
bien con otros colores), lonas de algodón, telas de
estambre, hilo de cáñamo, cuero para remates, amén
de la paja de centeno y el tamo (pelusa desprendida
de la lana, el algodón o el lino; paja menuda tras
la trilla del trigo o del lino…) para rellenar las
albardas. Cada albardonero procuraba dejar su impronta
personal en sus trabajos para que fuesen después reconocibles.
3. El baste y el bastero
El baste era un armazón
de madera bajo el que se colocaba una tela de cáñamo
rellena de paja y lana, y esa estructura se forraba
con piel. El Museo Ángel Orensanz y Artes de Serrablo
de Sabiñánigo contiene una colección de bastes y utensilios
relacionados con su elaboración, donada por Marino
Lacasta, bastero de Larrés que ejercía su oficio de
pueblo en pueblo, hasta que el tractor, el camión
y la emigración le dejaron sin clientes (Figura 3).
La madera para el baste tenía que ser resistente,
preferiblemente haya y, si no de fresno o roble. En
cualquier caso, debía de proceder de bosques donde
nevara mucho ya que la forma de crecer el árbol tras
soportar mucha nieve en el invierno hacía que la veta
de su madera fuera idónea para trabajar las piezas
del armazón con la azuela y otras herramientas. Y
es que, como decía Marino, en este oficio era
«muy importante entender las vetas de las maderas».
Figura 3. Artularios
de bastero, donados por Marino Lacasta (Larrés) al
Museo Ángel Orensanz y Artes de Serrablo (Sabiñánigo).
Los sillares y las tabletas, con
sus orificios para el petral, la cincha, la sobrecincha
(en su caso) y la tarria, formaban el armazón
del baste, que tenía una forma abovedada (Figuras
4 y 5). La tela de cáñamo se cosía, se le hacía una
raja longitudinal en la parte central de una de las
caras, por donde se le daba la vuelta para que quedaran
las costuras en el interior (Figura 4). Entonces,
se colocaban cuatro pajones enrollados con cuerda
en los lados largos (dos por lado) y dos palos forrados
de paja de centeno en los lados cortos (uno por lado)
del rectángulo para darle una estructura sólida (Figura
4). Seguidamente, el interior de esa estructura de
tela de cáñamo se rellenaba con fardos de paja de
centeno (ligero, flexible y resistente), doblados
y humedecidos.
A continuación, se colocaba el armazón
boca abajo y se ponía en su interior la estructura
de tela de cáñamo rellena de paja, que se fijaba al
armazón con una puntada en cada esquina (Figura 4
y 5). Se introducía más paja, en este caso machacada
y retorcida, entre la paja que se había colocado previamente
para que esa zona quedase más esponjosa antes de colocar
la lana. Cuando el cuerpo del baste (armazón
más estructura de tela de cáñamo con paja) estaba
listo, se forraba con piel, que habitualmente era
de cabra pero que, en ciertas ocasiones, también podía
ser de sarrio o ternero (en este último caso solo
tenían esta utilidad cuando morían al nacer). La piel
se cosía a la tela inicial con hilo de cáñamo. El
bastero protegía su mano de tirar con un
guante de cuero bien recio, en cuya parte interna
ponía una moneda o un refuerzo de cuero para empujar
e imprimir la fuerza necesaria para que la aguja pasadera
pudiera traspasar los duros materiales que tenía que
coser sin lastimarse la palma de la mano (Figura 5).
Figura 4. Estructura
de tela de cáñamo rellena de paja de centeno (izquierda)
y su colocación sobre la parte interna del armazón.
Fuente: Eugenio Monesma.
Figura 5. Guante
del bastero. Fuente: Eugenio Monesma.
El relleno de paja se cubría con
lana (fina pero bien ligada), siendo necesarios unos
10-12 kg de lana para rellenar un baste. A esta labor
se le denominaba emborrar el baste, es decir,
incrustar la lana con un emborrador entre
la paja de centeno, sin cosidos ni más sujeciones
que la propia presión que la paja de centeno ejercía
sobre la lana. Este almohadillo de lana, que era la
zona que reposaba directamente sobre la caballería,
se conocía como cortezón. Finalmente, se
ataban las garroteras, piezas de madera a
las que se ajustaban los correajes del baste (Figura
6). En Aragón, se usaba el verbo engarrotar
para describir la acción de sujetar una soga en las
garroteras del baste. Una vez elaborado el baste,
se tenía que probar para que asentara perfectamente
en la cruz del animal, bien centrado sobre su espina
dorsal. Según Felipe Sampietro, antiguo bastero en
Yebra de Basa, para ejercer dicho oficio «había
que ser sastre, carpintero y pelaire» (Garcés
et al., 1984). No le faltaba razón.
Figura 6. Emborrado
del baste (izquierda) y baste acabado colocado sobre
un burro (derecha). Fuente: Eugenio Monesma.
Sobre el baste o albarda se colocaban
distintos aparejos, según lo que se tuviera que transportar:
alforjas, angarillas, sogas, ganchos, tablas,
serones y otros tipos de recipientes de madera,
esparto, cáñamo, arpillera, cuero o mimbre (Figuras
7 y 8).
Figura 7. Distintos
atalajes sobre una caballería, dispuestos para el
transporte de tres sacos. Fuente: Archivo UCM.
Figura 8. Arrieros
españoles (Muletiers espagnols), 1899. Fondo Eugène
Trutat (MHNT.PHa.659.L.107). Museo de Toulouse.
4. El mundo del cuero: curtidores
Cuando el arriero empleaba un carro
para sus desplazamientos, la caballerías no requerían
bastes, pero necesitaban otros arreos para tirar de
un carro de varas, como el horcate, el collerón
o el sillón, amén de correajes específicos
(barriguera, zufra…) (Figuras 9,
10 y 11). Y aquí intervenían los guarnicioneros
o, en otras palabras, los profesionales que transformaban
el cuero en las guarniciones de las caballerías.
Figura 9. Arreos
para un carro de varas. Fuente: José Flores.
Figura 10. Arreos
para un mulo de varas. Fuente: José María Moreno.
Figura 11. Arreos
para un carro de varas tirado por seis mulos. Fuente:
José María Moreno.
Pero empecemos por el principio;
según el Diccionario Crítico Etimológico Castellano
e Hispánico, la palabra cuero «en
todos los romances ha tendido a tomar el significado
'pellejo curtido de los animales'», conservando
el mismo que tenía la palabra latina de la que precede
(curium, piel curtida). Como del pellejo
al cuero va un trecho o, lo que es lo mismo, para
que los guarnicioneros pudieran hacer su trabajo requerían
que alguien transformara la piel de los animales en
cueros. Y aquí aparece otro gremio igualmente relevante
en esta historia: el de los curtidores.
El proceso del curtido
consigue que la piel rígida y poco duradera de un
animal muerto se convierta en un material flexible,
resistente y duradero. El método de trabajo fue técnicamente
idéntico en todas las regiones de Europa y permaneció
sin apenas modificaciones hasta bien entrado el siglo
XVIII cuando se empezó a introducir maquinaria industrial.
Las operaciones de curtido se llevaban a cabo en curtidurías,
curtiembres o tenerías, locales o talleres que se
instalaban lejos de zonas de viviendas (por su insalubridad
y los malos olores) y cerca de ríos o canales, ya
que los procedimientos de limpieza exigían grandes
cantidades de agua corriente (Figura 12). Por ese
último motivo, también se los conocía como trabajos
de ribera. De ahí, el nombre de Ribera de
Curtidores (anteriormente calle Tenerías) que
recibe la calle donde se ubica el popular Rastro
madrileño (Figura 12). En 1497 se instaló en esa zona
el primer matadero municipal de Madrid, en torno al
cual se empezaron a acoplar los gremios relacionados
(curtidores, guarnicioneros, zapateros), dando lugar
a una incipiente actividad comercial. Según cuentan
las crónicas, cuando trasladaban a los animales degollados
del matadero a las tenerías, iban dejando un reguero
de sangre por la calle, un rastro que es
el que bautiza a toda esta zona.
Figura 12. Barrio
de Curtidores de Pamplona, a la orilla del río, 1934
(fotografía: J. J. de Arazuri). Derecha: placa de
la calle Ribera de Curtidores de Madrid.
En Huesca capital se ubicaban, ¡cómo
no!, en la actual calle Tenerías, pegada al río Isuela.
La relevancia socio-económica del gremio se deduce
fácilmente del hecho de que, durante siglos, el 15%
de los trabajadores de Jaca se dedicasen a la curtición.
En Zaragoza también existe la Plaza de Tenerías, por
supuesto pegada al Ebro (Figura 13).
La mayor parte de las especies empleadas
para la obtención de cuero eran mamíferos domésticos
de abasto (ganado vacuno, ovino, caprino, equino y
porcino); los perros y gatos, aunque no tan frecuentemente,
también podían compartir ese destino, así como casi
cualquier mamífero silvestre (ciervos, corzos, sarrios,
cabras montesas, jabalíes, conejos, ardillas, osos,
lobos, zorros, gatos monteses, tejones, comadrejas,
fuinas, nutrias…) y las culebras. Las pieles
de algunas de las especies de caza no se empleaban
para cuero, sino que se curtían conservando su pelo
para destinarlas a prendas de abrigo.
Figura 13. Postal
del año 1908 que muestra la calle de las Tenerías
de Zaragoza.
En lo referente al cuero, la zona
del lomo (crupón) era la de mayor valor ya
que allí las fibras de colágeno son más fuertes y
gruesas mientras que la del cuello, patas (garra)
y cola era la de peor calidad; la zona de las ijadas
o flancos (falda) ocupaba una posición intermedia.
La putrefacción de las pieles empieza en menos de
24 horas del sacrificio del animal por lo que, si
no se podían enviar frescas de la carnecería o matadero
a la tenería, entonces se salaban y se apilaban durante
varios días. Las pieles saladas podían conservarse
durante meses e incluso años antes de que se curtieran.
La primera fase del proceso tenía
como objetivo eliminar la epidermis (capa
de la piel más externa, donde está el pelo) y la hipodermis
(capa de la piel más interna, en contacto con la carne),
ya que únicamente la parte intermedia (la dermis)
se convertirá en cuero. Se iniciaba con un remojo
prolongado de las pieles en agua limpia para quitar
la suciedad, reblandecerlas y para eliminar la sal
en el caso de que se hubieran salado.
Tras un escurrido, las pieles limpias
y todavía húmedas pasaban a la fase de encalado
o apelambrado. Para ello se trasladaban a
los llamados pozos caleros, pelambres
o calciners, donde se sumergían en baños
con una mezcla de agua y cal apagada (más recientemente
se empezó a añadir también sulfuro sódico), en los
que tenían que ser removidas con frecuencia (Figura
14). Esos mismos pozos o estanques que se siguen empleando
actualmente en Fez (Marruecos) y que constituyen uno
de los principales reclamos turísticos de la ciudad.
La proporción de agua y cal, así como el tiempo del
tratamiento dependía del número, tamaño de las piezas
y época del año pero, en cualquier caso, llevaba muchos
días. Para que la acción de la cal fuera aumentando
gradualmente, las piezas se metían primero en baños
de cal ya usados (con poca fuerza), y posteriormente
se iban trasladando a baños frescos más fuertes. Algunas
tenerías tenían los distintos pozos o pilas intercomunicadas
para hacer el trasiego del agua con cal de unos a
otros sin necesidad de trasladar las pieles (Córdoba
de la Llave, 2000) (Figura 14).
Figura 14. Tenería
tradicional, con sistema de balsas intercomunicadas,
tambor o bombo (1) y tanque con molinete (2). Fábrica
de Curtidos Familia Nogueiras (Allariz, Orense).
Este proceso tradicional de encalado
mejoró drásticamente con la aparición de los tambores
o bombos en el siglo XIX (Figuras 14 y 15), enormes
contenedores de giro vertical donde se introducía
la mezcla de pieles, cal, sulfuro y agua. El movimiento
giratorio permitía una absorción mucho más rápida
de los agentes químicos, lo que reducía considerablemente
los tiempos respecto al uso de los pozos, balsas o
tanques. Así, en unas 5 horas las pieles ya estaban
listas para la siguiente fase. La cal reblandecía
la epidermis y el pelo asociado, favoreciendo su eliminación
posterior. El suministro de la cal dependía de otros
profesionales esenciales en el mundo tradicional:
los caleros.
Figura 15. La maquinaria
entra en las tenerías: tambores o bombos (derecha)
y operarios descarnando (izquierda). Años 40. Museu
de la Pell (Igualada).
Cuando el suministro de cal era imposible
o dificultoso existieron otros agentes alternativos
(a veces adicionales) pero su uso solía requerir tiempos
de tratamientos aún más largos que el de la cal. Entre
ellos, destacan, las cenizas, la orina y los excrementos.
Las sales de las cenizas actuaban de una forma similar
a la lejía, blanqueando y desinfectando, por lo que
su principal uso era el lavado o colado de la ropa.
Sin embargo, para estos menesteres se prefería la
orina humana (por su pH y la presencia de urea) y/o
las heces de algunos animales (Figura 16). Las heces
(confits) podían proceder de los palomares
(como sigue siendo en la actualidad en algunas tenerías
magrebíes) o de los gallineros, pero las preferidas
eran las de perro ya que su capacidad para ablandar
la piel era mayor. Por ese motivo, antiguamente en
las localidades de todo el Viejo Continente en las
que existían curtidurías y faltaba cal era frecuente
ver a niños persiguiendo truños caninos,
mucho tiempo antes de que en nuestras ciudades empezase
la obligación de recoger las heces de los perros urbanitas…
para tirarlas a la basura. Igualmente se colocaban
orinales u otros recipientes en las esquinas para
recoger la orina humana destinada a las curtidoras.
¡Aquello sí que era reciclar!
Figura 16. Los trabajos
de la tenería. Al fondo, operario pisando heces y
a la izquierda, otro añadiéndolos a las balsas para
el tratamiento de la pieles. Ilustración anónima,
año 1822. Archivo UCM.
Y, a pesar de que «este
baño de los cueros con excrementos de animales, por
los hedores que expedía, contribuyó a divulgar la
imagen de suciedad y pestilencia atribuida al oficio
de curtidor» (Torras i Ribé, 1991), llevamos
esa práctica al Nuevo Continente, como bien describe
Fernando del Paso (Premio Cervantes en 2015) en su
novela José Trigo:
«Bravo,
mi niño maravilloso, tú sigue juntando cagadas de
perro para curtir las pieles de tu padre porque tu
padre te dice: no hay nada mejor para la purga de
la piel, para que su flor quede suave como los capullos
de seda, que hacerlo a la antigüita, con mierda de
perro, de gallina o de paloma, y mejor si es de perro,
así que ve y busca y tráeme y haz una masa con agua
y luego unas tortitas y ponlas a secar hasta que se
fermenten y suelten el jugo y luego con el jugo embadurna
las pieles de la cola a la frente, de la falda a la
falda, sin olvidar las garras y ponlas a reposar y
verás después cómo se ablandan, cómo se ponen tan
blandas como la piel de tu madre la castellana que
no me oiga».
Pero ¿por qué era tan importante
la caca, especialmente la de perro, para el tratamiento
de la piel? Para obtener una respuesta convincente
hubo que esperar hasta principios del siglo XX, cuando
Joseph Turney Wood, un químico perteneciente a una
familia del gremio, se formuló la misma pregunta y
decidió aplicar el método científico para resolver
tan curioso enigma. Para ello, separó los componentes
de distintas muestras de heces en dos porciones: la
porción mineral y la porción orgánica, En la primera
identificó la presencia de diversos sulfatos, cloruros,
carbonatos y fosfatos y explicaba porqué las heces
de las especies citadas anteriormente tenían, al menos,
una acción similar a la orina. Pero lo más interesante
estaba en la fracción orgánica, donde detectó la presencia
de proteasas (pepsina, tripsina) y lipasas, unas enzimas
que se producen en el páncreas y que degradan las
proteínas y las grasas, respectivamente (es decir,
justo lo que formaba parte de los restos de carne
que había que eliminar de las pieles). Y había más.
En esa misma fracción aisló bacterias, como Escherichia
coli, que también producían ese tipo de enzimas.
Dado que la carne forma parte importante de la dieta
de los perros, la presencia de proteasas y de las
bacterias productoras de las mismas en sus excrementos
es mucho mayor que en las heces de las palomas o las
gallinas.
Este descubrimiento fue aprovechado
en 1907 por el farmacéutico alemán Otto Röhm para
sustituir los excrementos caninos por un extracto
de páncreas (especialmente rico en tripsina) obtenido
de los animales sacrificados en el matadero, al que
bautizó como Oropon (Figura 17). Su interés
en el tema nació después de que casi se desmayase
durante la visita a una tenería debido a la tremenda
pestilencia que emanaba de las instalaciones. Salió
de allí con la firme voluntad de erradicar los excrementos
de la actividad curtidora… y lo consiguió. Poco después,
en 1914, las enzimas de Otto revolucionaron el sector
de los detergentes. Años más tarde Röhm inventó, entre
otras muchas cosas, el omnipresente plexiglás
pero eso ya es otra historia. Los extractos de páncreas
o las enzimas proteolíticas purificadas siguen siendo
los agentes depilantes, de rendido
o rindentes más empleados actualmente por
las industrias curtidoras. En cualquier caso, en algunas
comarcas europeas se siguió empleando las heces caninas
hasta mediados del siglo XX (Thomson, 1981).
Figura 17. Otto Röhm
(izquierda), inventor del Oropon (arriba,
derecha). En la imagen inferior, un empleado de una
curtiduría empleando dicho producto (en la mano izquierda
del trabajador de la izquierda). Archivo UCM.
Tras esta fase, las pieles se aclaraban
con agua, especialmente cuando se habían tratado con
sulfuro ya que les confería un color azulado, y entraban
en la etapa de depilación y descarnado
(Figura 18). El raspado del pelo (parte externa o
de la flor) se efectuaba colocando la pieza
sobre una sección de tronco de árbol y utilizando
un cuchillo cóncavo de doble mango y filo romo. La
eliminación de los restos de carne de la parte interior
se hacía de la misma manera, pero usando un cuchillo
con filo cortante. A continuación, las pieles se lavaban
de nuevo para eliminar por completo los restos de
cal, ya que puede tener efectos negativos en las siguientes
etapas.
Figura 18. Descarnado
de las pieles, en la Edad Media (izquierda; Libro
de la Fundación de los Doce Hermanos de Nuremberg,
Ms. Amb. 317.2° Folio 92 recto) y casi ayer (derecha,
Archivo UCM).
El desencalado requería
una serie de lavados enérgicos en pozos reservados
para ese fin en los que, según las características
de las piezas y el fin a que fueran destinadas, podía
ser suficiente agua abundante o había que añadir otros
ingredientes, incluyendo alumbre (sulfato de aluminio
y potasa), heces animales (palomina, gallinaza o caninas),
o algunas materias vegetales (cebada, centeno, higos,
corteza de fresno). El alumbre se usaba por las reacciones
químicas que establecía con la cal mientras que las
heces y los materiales vegetales se utilizaban para
generar una fermentación bacteriana que eliminara
la cal.
Este desencalado también
se vio favorecido con la introducción de los bombos
citados anteriormente, donde se desencalaba primero
con una solución de sulfato amónico y posteriormente
con un agente rindiente (enzimas). En el
mismo bombo o en balsas se procedía al piquelado,
etapa en la que las pieles se trataban a la vez o
sucesivamente con sal gorda, ácido fórmico y/o ácido
sulfúrico (y más modernamente con poliéter poliol
o sintanol®) para que posteriormente el agente
curtiente pudiera difundir bien por todo el espesor
de la dermis y no se fijase solo a las capas más externas
de colágeno. Tras el piquelado, las pieles se lavaban
con agua limpia para eliminar los restos de los agentes
químicos y rehidratar la piel.
Hasta aquí llegaban los trabajos
de ribera. Ahora las pieles ya estaban preparadas
para la curtición propiamente dicha. Las diferencias
entre ambos tipos de labores hicieron que en la Edad
Media existieran dos gremios diferenciados: los blanqueadores
o adobadores, que eliminaban el pelo o la
lana de las pieles, y las trabajaban hasta dejar pieles
en blanco, y los zurradores o assaonadors
(palabra procedente de saïm, sebo o parte grasa del
cerdo), que eran los que realizaban las operaciones
de acabado de pieles o cueros adobados, engrasándolos
(de ahí lo de assaonadors) y tiñéndolos.
En el barrio de La Ribera (que no se llama
así por casualidad) de Barcelona todavía se conservan
las calles Assaonadors (a veces escrita Assahonadors)
y la calle de la Blanquería (Figura 19), mientras
que en Valencia hacen lo propio la calle de las Blanquerías
y la calle Zurradores. En Zaragoza también existió
el Coso de los Zurradores y la rúa de la Pellicería.
Posteriormente, ambos oficios se fundieron ya que,
al fin y al cabo, estaban tan relacionados entre sí
que compartían las mismas instalaciones.
Figura 19. Los oficios
de la curtiduría medieval aún permanecen en el callejero
de Barcelona.
El proceso de curtido permaneció
prácticamente inalterado desde el siglo XI al XIX,
y en el que las diferencias locales eran debidas a
los agentes curtientes disponibles. En general, hubo
tres grandes métodos tradicionales de curtido: (a)
el curtido al aceite o agamuzado; (b) el
curtido con alumbre; y (c) el curtido con taninos
vegetales. El primero fue posiblemente el más antiguo
y únicamente se practicaba con pieles de oveja o cabra.
Consistía en empaparlas con aceite y amontonarlas
para que el aceite se oxidara rápidamente; durante
la oxidación, se generaba mucho calor por lo que se
tenían que desempilar frecuentemente las
pieles para enfriarlas. Una vez transformadas las
pieles en cuero, se exprimían para eliminar el exceso
de aceite, se lavaban, se dejaban secar y, finalmente,
se frotaban con una piedra para que las badanas
tuvieran un acabado aterciopelado.
El curtido con alumbre generaba un
cuero muy rígido que tenía que ser suavizado a base
de golpes; por ese motivo se solía añadir también
sal (una parte de sal por cada dos de alumbre) y,
posteriormente, las pieles se sometían a un baño con
una mezcla de alumbre, sal, yema de huevo, harina
y aceite. Este método era más empleado cuando se curtían
pieles que debían conservar el pelo del animal (gorros,
forros de abrigos…), pero no para las que acabarían
en las manos de un guarnicionero.
El curtido con taninos vegetales
fue, con diferencia, el más empleado. Los taninos
son unos compuestos químicos amargos y astringentes
del grupo de los polifenoles, muy de moda en los últimos
años por las propiedades antioxidantes que confieren
al vino tinto o al cacao. Los taninos eran tan importantes
en curtiduría porque tienen la capacidad de unirse
a las proteínas animales y estabilizarlas lo que,
unido a su actividad antibacteriana (Maugeri et
al., 2022), impide la fermentación y, en consecuencia,
el proceso de descomposición de la piel. La unión
de los taninos al colágeno durante el curtido vegetal
se debe a la formación de enlaces de hidrógeno entre
los grupos fenólicos del tanino y los grupos peptídicos
del colágeno (Figura 20).
Los taninos están ampliamente distribuidos
en la naturaleza, por ejemplo, en la corteza de las
muchas especies de árboles y arbustos que constituían
la principal fuente de tales compuestos para el curtido
de las pieles. La especie dependía mucho de la zona
donde estuviera la tenería, pero entre las más empleadas
estaban las encinas, las carrascas, los castaños,
las hayas, los robles, el espino albar, el roldor
(Coriaria myrtifolia, también conocido como
redor, hierba de los curtidores
o emborrachacabras), el lentisco (Pistacia
lentiscus) y el zumaque (Rhus coriaria).
Este último fue muy apreciado y, según Falcón (2001),
el más empleado en Aragón durante algunos siglos.
Sancho Ramírez, rey de Aragón y Navarra, allá por
el siglo XI fomentó el cultivo de las zumaqueras alrededor
de aquellas localidades con una importante industria
de curtidos. Posteriormente, se cultivó en grandes
cantidades en ciertas zonas de Aragón, como Calatayud
y Daroca.
Figura 20. Representación
esquemática de la reacción química que se establece
entre el colágeno de la piel y los taninos durante
el proceso de curtido.
Las cortezas troceadas recibían el
nombre de cascas y su obtención en los bosques
era cosa de los corteceros, que las arrancaban de
los árboles y arbustos en las fechas adecuadas sin
dañarlos, ya que eran su sustento. Las cascas se trituraban,
se lavaban para eliminar la tierra o suciedad que
pudieran tener y se molían en los alfarjes
(Figura 21), instalados en el interior de las propias
tenerías para tener controlado todo el proceso. El
objetivo era convertir las cascas en un polvo
fino y, que era mejor cuanto más fino quedaba ya que
así se aprovechaba mejor su contenido en taninos.
Figura 21. Molino
de cascas en la antigua curtiduría de Mota del Marqués.
La aplicación de la materia curtiente
elegida se efectuaba en los noques, depósitos
excavados en el suelo en los que se colocaba una capa
de unos 30-40 cm del polvo de la corteza y sobre la
que se extendía una primera piel; a continuación,
se iban alternando capas de corteza molida y pieles
hasta llenar el noque. Arriba del todo se
ponía una capa más gruesa de cortezas y el depósito
se rellenaba con una mezcla de agua fría y cortezas.
Las pieles tenían que permanecer largos periodos de
tiempo (meses) en curtición y la duración dependía
del grosor de la piel, del curtiente empleado y de
la época del año. Como pasaba con la cal, las pieles
se metían primero en baños con mezclas previamente
usadas y con menor contenido en taninos y se iban
pasando a baños con soluciones más frescas y concentradas.
Pasado el tiempo adecuado, las piezas se sacaban de
los noques y se lavaban bien para eliminar los restos
vegetales.
La primera mecanización de las tenerías
introdujo los molinetes o molinetas,
pilas con juegos de balancines y aspas que, accionados
manualmente o a través de un rudimentario motor, removían
las piezas constantemente y permitían una penetración
más rápida de los taninos curtientes en las pieles
(Figuras 14 y 22). En el siglo XIX se introdujo otra
innovación importante: la sustitución de los taninos
vegetales por el sulfato de cromo mineral, que no
mejoraba la calidad de los cueros, pero hacía que
el proceso se acortase sensiblemente, además de proporcionar
otras ventajas técnicas (facilidad de tinción, resistencia
al calor). Actualmente, el curtido al cromo es el
más utilizado y se aplica en aproximadamente el 80%
del cuero mundial.
Figura 22. Cuba con
molinete (en primer plano). Pilas rectangulares de
piedra en las que se colocan las pieles y son agitadas
por unas aspas de madera que giran accionadas por
un motor. Al fondo, bombos de encalado y piquelado.
Tenería Vascongada, Guernica, Vizcaya. Fotografía:
Santiago Yáñiz.
En este punto, los cueros iniciaban
la fase de zurrado que, a su vez, constaba
de diversas operaciones. Inicialmente, los cueros
se humedecían con agua, se escurrían y se colgaban
en los almacenes o patios de las tenerías hasta que
perdían gran parte (60-70%) de su humedad (Figura
23).
Figura 23. Pieles
de cabra en el secadero de una tenería. Archivo UCM.
Entonces se engrasaban por ambas
caras con unto o grasa de cerdo (sayno),
frotando repetidamente con pellas o trapos suaves,
y se ponían al sol para que la pieza absorbiese bien
la grasa. Las grasas de otras especies eran menos
eficaces para este fin y se trataban de evitar, llegando
a estar prohibidas en las ordenanzas de Huesca (Falcón,
2001). Posteriormente, el cuero se suavizaba golpeándolo
con pesados rodillos de madera (remanaderas)
o pisándolo (acoceándolo). Y aquí llegaba
otra de las fases críticas del proceso: el raspado
del cuero por el lado original de la carne para darle
a la piel el grosor deseado por el cliente (1 mm,
2 mm…), guiándose por sus ojos y su tacto. Para ello,
el zurrador pasaba repetidamente, de arriba para abajo,
una cuchilla parecida a las de afeitar con una hoja
de corte rectangular y doble filo engastada en un
mango. El cuero se doblaba, flor contra flor, y se
ablandaba presionándolo con una corcha, quedando
la parte de la carne brillante y aterciopelada. En
muchos casos, el proceso finalizaba aquí mientras
que, en otras ocasiones, los cueros se teñían de diversos
colores siguiendo un proceso similar al de los tejidos
(aplicación primero de un mordiente y de las sustancias
tintóreas después).
En la provincia de Huesca fueron
muy conocidas las fábricas de curtidos Viuda de Martín
Buera, en la capital (Figura 24), y la de Enrique
Padrós Lailla (Figura 25) y José Padrós (Figura 26),
en Barbastro. En la actualidad, todavía quedan algunos
negocios de curtido de pieles, aunque ya haciendo
uso de toda la maquinaria aplicable en la actualidad,
como Tenerías del Pirineo en Barbastro y
otra compañía (Enrique Naval S.L.) en Tamarite de
Litera.
Figura 24. Membrete
de la fábrica de curtidos Viuda de Martín Buera (Huesca),
año 1935. Archivo UCM.
Figura 25. Documento
de la fábrica de curtidos, cueros, pieles y lanas
de Enrique Padrós Lailla (Barbastro), año 1930. Archivo
UCM.
Figura 26. Antigua
fábrica de curtidos de José Padrós (Barbastro).
5. El mundo del cuero: guarnicioneros
Los guarnicioneros, como su propio
nombre indica, eran los fabricantes y vendedores de
guarniciones (Figura 27) que, en rigor, son los
«correajes que se ponen a las caballerías»
(Diccionario de la Lengua Española, RAE). También
se los conocía como talabarteros, aunque el origen
de esa palabra es bastante distinto; según la misma
fuente, un talabarte era una «pretina
o cinturón, ordinariamente de cuero, que lleva pendientes
los tiros de que cuelga la espada o sable».
Vamos, que lo que tenían en común era el cuero y,
de hecho, el término guarnicionero acabó extendiéndose
a todo aquel «operario que
trabaja o hace objetos de cuero». Aunque
esta última acepción tampoco es cierta pues, entre
los profesionales de trabajar el cuero existían tres
gremios muy bien diferenciados e igualmente potentes:
los zapateros (a sus zapatos), los pelliceros (pieles
de vestir) y los guarnicioneros, que hacían casi cualquier
otro tipo de objeto que no estuviera en las dos categoría
anteriores y que, aparte de las guarniciones, podía
incluir guantes, cinturones, bolsos, baúles, arcones,
sillas y otros muebles, maletas, monederos, carteras,
estuches, pulseras, cubiertas, armaduras ligeras,
escudos, fundas de armas, canoas, elaboración de pergaminos,
encuadernado y un largo etcétera. A veces también
incluía trabajos con otros materiales, como las velas
o toldos de lona de los carros.
Figura 27. Puesto
de guarnicionero en una feria de los años 50. Fotografía:
Isidro de las Heras (Campo de Criptana, Ciudad Real).
Los guarnicioneros tenían tres tareas
básicas para elaborar un objeto de cuero: cortar,
marcar y coser. Los cortes se realizaban empleando
cuchillos de media luna y punzones de cortar, el marcado
con rodillos punzantes cuyas huellas indicaban dónde
se tenía que coser, y el cosido con leznas o puntas
de acero con forma de rombo, ayudándose de la grapa
de madera para fijar el cuero (Figuras 28 y 29).
Figura 28. Herramientas
de guarnicionero. Colección Miranda Bistuer. Museo
de Historia y Tradición de Graus.
Figura 29. Herramientas
y otros instrumentos empleados para la elaboración
de las guarniciones de las caballerías. En el centro
se pueden ver algunos moldes o patrones, y a la derecha,
un sistema para obtener el diámetro deseado para una
collera. Museu del Traginer, Igualada.
Como sucedía con las albardas, algunas
guarniciones eran sencillas, para las faenas diarias,
y otras profusamente adornados con tachuelas y clavos
dorados, formando primorosas filigranas (Figuras 30
y 31). Estas últimas se empleaban en fiestas y romerías
pero también eran las que solían portar las caballerías
de los arrieros, pues si las albardas y bastes eran
una buena tarjeta de presentación, no lo eran menos
los artículos de cuero para el manejo de las acémilas
y mercancías o para el tiro de los carros.
Figura 30. Complementos
para la decoración de las guarniciones de las caballerías.
Museu del Traginer, Igualada.
Figura 31. Tipos
y precios de los cascabeles y campanas que se vendían
para los guarnicioneros en el comercio Mestre de Lérida,
fundado en 1921 por Agustí Mestre Launes de Cal Sabater
la Creu (Maials). Pocos años después vendía sus productos
por todo Aragón. Fuente: https://calsabaterlacreu.com/es/cascabeles-y-campanas.
6. Breve léxico de los arreos
Seguidamente, se ofrece un listado
alfabético de los arreos, atalajes o guarniciones
más frecuentes en las caballerías y carros que empleaban
los arrieros altoaragoneses, independientemente de
que las elaborasen albarderos, basteros y/o guarnicioneros.
Conviene señalar que las palabras empleadas para describir
una misma pieza podían variar dependiendo de la región,
comarca o localidad.
Albarda, ropón, jalma:
Acolchado a base de telas gruesas, rellenas de paja,
para evitar que la silla causara rozaduras a la caballería
(Figura 32).
Figura 32. Distintos
tipos de albardas oscenses. ALEANR, lámina 331.
Alforja: Especie de talega
abierta por el centro y cerrada por sus extremos,
los cuales forman dos bolsas grandes y ordinariamente
cuadradas, donde, repartiendo el peso para mayor comodidad,
se guardaban algunas cosas que se tenían que llevar
de una parte a otra, bien al hombro o, más habitualmente,
sobre una caballería. Se usa más en plural, con el
mismo significado que en singular (Figura 33).
Figura 33. Alforja
de lana, procedente de la ribera de Fiscal y posiblemente
elaborada por el tejedor de Javierre de Ara. Museo
de Oficios y Artes Tradicionales, Aínsa.
Barriguera: Correa que pasaba
por debajo de la barriga de la caballería y llegaba
hasta las varas del carro (Figura 34).
Figura 34. Barriguera.
Archivo UCM.
Baste: Aparejo para transportar
a lomos de caballería las cargas más dispares.
Cabezada, cabezal,
jáquima: Correaje que ceñía la cabeza de
una caballería (Figura 35). Podían llevar anteojeras
para limitar su visión y mosquiteras o frontaleras
para espantar las moscas. Llevaba un aro a cada lado
de la boca donde se enganchaban los ramales. Los asnos
y el ganado mular no necesitaban bocados para ser
conducidos.
Figura 35. Cabezadas.
Colección Miranda Bistuer, Graus (izquierda). Colección
Lacasta, Sabiñánigo (derecha).
Campanillas: Sarta de campanillas
que se colocaba alrededor del cuello de los machos
(Figura 36). Iba unida al cabezal. El sonido armonioso
estimulaba a las caballerías.
Figura 36. Campanillas.
Museu del Traginer, Igualada.
Collera o collerón:
Horcajo relleno de paja y lana y forrado de cuero
sobre el que descansa el horcate para centrar la fuerza
en la cruz y aumentar el potencial de tiro (Figura
37).
Figura 37. Collera.
Colección Miranda Bistuer, Graus.
Horcate: Horcajo de madera
sobre el cuello del animal al que se engancha el tiro
(Figura 38).
Figura 38. Horcate.
Archivo UCM.
Manta, mantilla
o entremantilla: Manta o saco relleno de
paja que se colocaba por debajo de la collera y el
horcate para evitar que la presión de estos elementos
causase rozaduras al animal.
Petral: Correa o faja que ciñe y
rodea el pecho de la acémila (Figura 39).
Figura 39. Petral
(señalado por la flecha amarilla). Archivo UCM.
Ramales: Cintas, tiras o
cuerdas unidas a la cabezada de una caballería, que
manejaba el arriero a base de ligeros tirones para
detener o hacer girar al animal delantero. Se trataba
de un término empleado habitualmente cuando una acémila
se manejaba desde el carro (Figura 40). En ocasiones
se empleaba como sinónimo de ronzal.
Figura 40. Conductor
de un carro peculiar manejando la caballería mediante
los ramales. Archivo UCM.
Riendas: Según la RAE,
«cada una de las dos correas, cintas o cuerdas que,
unidas por uno de sus dos extremos a las camas del
freno, lleva asidas por el otro quien gobierna una
caballería». Se diferencian de los ramales
en que se solían aplicar cuando alguien montaba una
caballería, especialmente en el caso de los jinetes
de caballos (Figura 41).
Figura 41. Jinete
manejando un caballo con las riendas. Archivo UCM.
Ronzal: Según la RAE, «cuerda
que se ata al pescuezo o a la cabeza de las caballerías
para sujetarlas o para conducirlas caminando»
(Figura 42). Normalmente se refería a la cuerda con
la que conducía el arriero a una acémila cuando iba
andando delante de ella. Sinónimos: cabestro, cabresto,
capristo, brida o dogal y, en ocasiones, también ramal.
Figura 42. Paisano
conduciendo dos acémilas por sus respectivos ronzales.
Archivo UCM.
Sejadores: Correas de cuero
o cadenas que unían la retranca con las varas.
Silla, sillón,
sillín o cinchuelo: Silla de madera,
almohadillada por su parte inferior donde se afirmaba
el carro para sostenerlo recto (Figura 43). Lo llevaba
el animal de varas, que era el que aguantaba el peso
del carro. Arreo que se colocaba sobre el lomo, encima
de la albarda, y donde se podían acoplar otros atalajes.
Figura 43. Macho
ajaezado. Obanos (Navarra), 1974. Atlas Etnográfico
de Vasconia.
Sobrecincha: Faja o correa
que, pasada por debajo de la barriga de la caballería
y por encima del aparejo, sujeta la manta, la mantilla
o el baste.
Tarria, ataharre,
retranca, baticola o sotacola:
Correa que sujeta la albarda o la silla a las ancas
de la caballería (Figura 44). Según la RAE, «banda
de cuero, cáñamo o esparto que, sujeta por sus puntas
o cabos a los bordes laterales y posteriores de la
silla, albarda o albardón, rodea los ijares y las
ancas de la caballería y sirve para impedir que la
montura o el aparejo se corran hacia adelante».
En ocasiones, cuando la acémila está unida a un carro,
se emplea como sinónimo de retranca. La retranca
cubría la parte trasera del animal, de donde salían
dos cadenas —una por cada lado— que se enganchaban
a las varas del carro, para poder frenarlo o hacerlo
retroceder.
Figura 44. Lado derecho
de una tarria o ataharre. Colección Lacasta, Museo
Ángel Orensanz y Artes de Serrablo (Sabiñánigo).
Tirantes: Correaje que se
utilizaba para enganchar una acémila delante de otra
en los carros de varas.
Tiros: Correas de cuero
o sogas que unían el horcate a las varas y soportaban
toda la fuerza de tiro del animal.
Zanjalete: Pequeñas correas
que salían del collerón y que se unían a las anillas
metálicas existentes en el extremo de las varas (Figura
43).
Zufra, sufra, zofra
o zafra: Correa que pasaba por encima de
la silla y llegaba hasta las varas del carro (Figura
43).
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