Este capítulo recoge una buena parte
del artículo de José Ferrer Altemir titulado El
carrero (o conductores de vehículos de tracción animal),
que fue publicado originalmente en la revista Zimbel
(número 12, año 1984).
El transporte ha sido la actividad
humana que más se ha convulsionado con la llegada
de la tracción mecánica. Las carreteras, cuyo nombre
nos habla de carros, allí han quedado. Camioneros
que, en vez de con centraminas [anfetaminas] combatían
el frío y el calor con la bota. Y podían dormirse
tranquilamente, porque el motor animal que los llevaba
conocía el camino tan bien como el carrero que los
conducía. Aunque estos personajes lleven camino de
extinguirse totalmente, todavía subsisten algunas
variantes salidas de esta profesión, que contra viento
y marea consiguen mantenerse de pie.
Antes de seguir adelante es mi deseo
hacer un inciso aclaratorio sobre la palabra que da
título a este artículo. Según el diccionario, se le
puede llamar también carretero y que a su vez sirve
para definir a los que construyen o construían carros.
También quisiera, y a modo de excusa, decir que para
la confección de esta narración tuve necesidad de
recurrir a informaciones y datos que muy gustosamente
me facilitaron personas que estuvieron muy vinculadas
a esto. Si algo de lo narrado no se ajustase a la
realidad, declino toda responsabilidad, ya que en
el peor de los casos el primer engañado hubiese sido
yo.
La agonía del transporte de tracción
animal por carreteras se inicia en nuestra post-guerra.
Ya en años anteriores su desplazamiento empieza a
ser manifiesto con los primeros camiones de ruedas
neumáticas, que a su vez orillan a los “Saurer” e
“Hispano Suiza”, con ruedas de goma maciza (Figura
1).

Figura 1. La competencia
ya está aquí: primitivo camión Hispano Suiza.
Dentro de los grandes núcleos y pueblos
importantes, las caballerías todavía subsistirán unos
años más, arrastrando sobre ruedas toda clase de artículos
y materiales que necesariamente hay que mover para
que una comunidad vaya siempre boyante (Figura 2).

Figura 2. Los primeros
vehículos a motor no pudieron sustituir completamente
a la tracción animal. Revista Cu-Cut, 1906.
De la Estación de Ferrocarril [de
Barbastro] a los grandes almacenes de coloniales,
salen diariamente sobre ligeras plataformas, y tiradas
por hermosos percherones, toneladas y toneladas de
mercancía (Figuras 3 y 4). De los montes cercanos
y cargados en carros, entran a los aserraderos muchos
quintales de leña. De las graveras o arenales de nuestro
río Vero (después de haber basculado previamente un
viaje de escombro), el carrero se dispone a cargar
su volquete con metro y cuarto o metro y medio de
grava o arena. En la campaña cerealista, remolachera,
vendimia, olivarera y otras, aunque el tractor ha
enseñado sus orejas, sigue predominando la tracción
con caballerías.

Figura 3. Estación
de Barbastro en los años 20. La carga de tracción
animal todavía se imponía a los primeros camiones.
Fotografía coloreada y cedida por Jorge Mayoral (Fundación
Hospital de Benasque).

Figura 4. Estación
de Barbastro, 1920. Carro dispuesto para la carga.
Fotografía coloreada y cedida por Jorge Mayoral (Fundación
Hospital de Benasque).
La estación de ferrocarril fue durante
muchos años el más exacto baremo o termómetro que
medía con facilidad la marcha comercial e industrial
de Barbastro. En lo comercial mucho era lo que entraba,
pero creo, y sin tener que hacer cálculos muy finos,
que era la rama alimenticia la que más vagones recibía.
Para la industria, el cemento de entrada y la madera
y leñas de salida iban a la cabeza.
Al cumplir mi servicio militar en
plaza, tuve a mi cargo la sección de transportes militares,
dependiente de las oficinas de Intendencia, cuerpo
al que yo pertenecía. Un fuerte contratista tenía
la concesión de toda la carga y descarga que venía
consignada para el Depósito de Intendencia (muchos
vagones de pienso, muchos de víveres y algún que otro
de vestuario). Este contratista contrató a su vez
a un carrero, su plataforma (muy rudimentaria) y sus
dos caballerías. La mayor de las dos (procedente de
una subasta militar) era tan “guita” y tenía tan mala
uva, que para colocarle en varas tenía que hacer los
mil visajes a pesar de que ya le había tapado la cabeza
con un saco.
Hablando de este carrero, cuando
llegaron aquí (él y su padre) lo hicieron directamente
desde el monte donde llevaban muchos meses sacando
leña para el mismo contratista. Durante los 26 meses
que estuve, tuve la satisfacción de tratar de cerca
a la totalidad de carreros y farderos que tan buenos
dineros ganaban a cambio de sudar fuertemente su cuerpo.
Sin levantar polémica y apoyándome solamente en la
verdad, tengo que manifestar que este carrero de Intendencia
fue un “fuera de serie” para la carga y descarga.
El solito, y a una velocidad que no era normal, “devoraba”
vagón tras vagón. Su padre, al tener bastante edad,
poco o nada le podía ayudar. A pesar de tener el “esquinazo”
muy torcido, motivado por los grandes esfuerzos realizados,
este coloso de la carga y descarga era inagotable.
¡Cuántas más toneladas pasaban por sus brazos y espalda,
más “caliente” se ponía!
Como todo lo bueno no siempre va
emparejado a lo bueno, este mini-Sansón tenía su lado
negativo: era un salvaje para tratar a las caballerías.
A la mula pequeña (que llevaba delante) ¡cuántas y
cuántas veces no le mordería las orejas! sin merecerlo
porque esta caballería (al decir de los otros carreros)
era una “pera en dulce”. A la que llevaba en varas
(la guita) la emprendía con largos “camales” de leña,
hasta que la pobre bestia, cansada de dar coces y
sonoras ventosidades, se “rendía” sin condiciones.
Contaba muchas veces que a él una caballería de tiro
jamás le había hecho la burla. Cuando sacaban leña
(en un carretón que él mismo se había construido en
el monte y que “colocó” sobre dos ruedas y un eje
que adquirió en una chatarrería de Huesca) de Montearruego
y alguna caballería “flojeaba”, le metía un buen brazado
de aliagas (o aulagas) debajo del vientre y le daba
fuego. El resultado era previsible, ya que la aliaga
tiene un arder muy rápido. ¡Bueno, hagamos punto!
El reverso de la moneda estaba en
que había verdaderos maestros en ese no tan fácil
arte de “conducir” un carruaje de tracción animal.
Por estar unos ausentes, otros ya jubilados y por
desgracia la mayoría fallecidos, permítaseme silenciar
sus nombres. No obstante, quiero memorizar a un caballo
percherón que, por su fuerza e inteligencia, fue durante
muchos años el número uno en la estación. El carrero
que lo llevaba (ya fallecido) tenía tanta confianza
en él y le había enseñado tan bien, que nunca tuvo
necesidad de emporcar su calcero con el negro barro
que se formaba entre la quinta y sexta vía de descargue.
Se llamaba “Moro” (era negro zaino), y verle hacer
las maniobras de acercamiento (con su “jefe” encima
de la plataforma) a las puertas de los vagones para
retirar mercancía, era todo un espectáculo. Le hablaba
como si de una persona se tratase, y rara vez tuvo
que cogerle del “bocado” para rectificar una maniobra
mal hecha. Si se quedaba corto le decía: un paso más
Moro, si era al revés: echa un poco para atrás. La
inteligencia de este caballo se veía siempre recompensada
por blancos terrones de azúcar que, puestos en la
palma de su mano, el carrero le ofrecía al tiempo
que jaleaba su buen hacer. El caso era que el bueno
de Moro, en dos viajes de plataforma se ventilaba
un vagón de diez toneladas, sin importarle mucho los
veinte centímetros de negro barro que en aquellos
años “alfombraban” parte de la Estación de Ferrocarril
de Barbastro.
En parte de la otoñada y tomando
casi todo el invierno (si no hay cosecha de olivas
será más) algunos se dedicaban al transporte de troncos
y “camalaje” de leñas. La llevaban a los aserraderos
para que, una vez convertida en “taquillo” sea reexpedido
en su mayoría (y también por ferrocarril) a Cataluña.
Salen a “punto de día” y nunca lo hacen en solitario.
Por lo menos son dos los carros que van juntos ya
que al regreso y cargados con cuarenta quintales,
en los repechos muy pronunciados habrá necesidad de
doblar el tiro. Todavía subsistirá la feliz costumbre
(costumbre barrida por el tractor) de colocar colgada
en la escalera del carro a la heroína de la jornada:
¡la alforja! En sus dos amplios compartimentos cabía
muy bien la bota, el pan y algo “variado” para hacer
en la brasa, que podía ser lomo o costilla de cerdo,
panceta o todo blanco y alguna que otra “torteta”
o morcilla de arroz, de la última matacía. Después
de un buen “tentempié” acompañado de “limpios chaparrazos”
de vino tinto, venía la dura faena del cargue. Lo
mismo que con la mies, el saber cargar un carro de
leña en condiciones óptimas, no todos sabían hacerlo.
Si el tajo está cerca de casa, la comida la harán
ya a cubierto y, si no, sentados en pequeñas losas
de salagón al “amor” de una buena brasa de “chocas”
de olivo, habrá necesidad de ver de nuevo cómo están
las “reservas” de las alforjas (Figura 5).

Figura 5. Hora de
comer… para todos. Plaza del matadero, Barbastro,
años 20. Fotografía cedida por Jorge Mayoral (Fundación
Hospital de Benasque).
Al finalizar la “campaña de transporte”,
son cientos de toneladas de leña las que han llevado
los carros desde el monte a sus respectivos puntos
de arribada. Son ya muchos los campos de olivos y
almendros que empiezan a sucumbir ante la perspectiva
de dedicarlos al cereal. Por un lado, la inexplicable
autorización para realizar estas “masacres” y, por
otro, la gran demanda que esta madera tenía (no hay
que olvidar que la madera de olivo va a la cabeza
en cuanto a calorías se refiere) para usos domésticos
e industriales, hicieron que este legado de los árabes
fuese el más castigado.
Para final de esta narración, he
dejado a los carreros que conducían los volquetes
(Figura 6), carruajes dedicados casi exclusivamente
a sacar áridos de los ríos y al transporte de tierras
y escombros. A mi modesto entender eran los que tenían
que disponer de muy “fino olfato” o de un “sexto sentido”
para poder salir airosos de las difíciles situaciones
que a diario se les presentaban. Al hacer largos trechos
de “glera” y cruzar muchas veces el río eran los más
propensos a sufrir encalladas o “rabosadas”. Después
de las riadas quedaban suculentos bancales de arena
que era muy apreciada por los maestros albañiles de
entonces. Para llegar a estos bancales vírgenes, lo
primero que hacía el carrero era “estudiar” el terreno.
Unas veces acertaba, pero otras no, ya que después
de cargado tenía que soltar la “barra” y bascular
para poder salir. En alguna ocasión, esto no fue suficiente
y hubo necesidad de ir a buscar refuerzos: el volquete
estaba semi enterrado. Si esta “rabosa” se producía
en el mes de agosto era llevadera, pero si sucedía
en enero la cosa cambiaba mucho. Desde Santafé a la
Penilla había infinidad de bajadores o entradas al
río que los carreros utilizaban para su cometido.
Generalmente llevaban tres buenas caballerías en cada
volquete, aunque a veces, y por lo ya reseñado, resultasen
insuficientes.

Figura 6. Carro volquete,
en posición de marcha (fila superior) y en posición
de descarga (fila inferior).
Aunque no llegué a conocerlo (era
a principios de los 30) existió un caballo percherón
llamado “Bombero” que fue la admiración de propios
y extraños. Si el Moro tenía “salero” para arrastrar
cinco toneladas desde la estación a los almacenes,
pisando terreno firme y con ligera inclinación a su
favor, para este no suponía ningún inconveniente sacar
dos toneladas de arena, primeramente por la "glera"
y, a continuación, por cualquiera de los pronunciados
repechos que a lo largo del río Vero había. En su
día ¡fueron los colosos! Por mi profesión tuve la
oportunidad de conocer a la mayoría de estos carreros
que recalaban en nuestros talleres para la reparación
de sus carruajes. Me place mucho mencionar desde aquí
a D. Antonio Nadal, ya jubilado y con el que me une
una gran amistad. Hicimos muchos viajes de madera
juntos, con una plataforma que también poseía la empresa
en la que trabajó la totalidad de su vida laboral.
Por muy buen carrero que uno haya podido ser, esto
no le da autoridad para decir que jamás tuvo una encallada.
Antonio las tuvo como el primero y, como personalmente
presencié alguna, puedo testimoniar que fue una excelente
“vara” para saber resolverlas. ¡Ah!, en ninguna ocasión
vi que pegase a una caballería.
Y antes de terminar con los carreros
de volquetes, y a modo de observación, quiero hacer
una última apuntación. La mayoría de ellos eran de
estatura no muy alta. ¿Por qué?, ¿para qué? No creo
que esto pertenezca a secreto profesional y cualquiera
de los antiguos carreros-volqueteros nos daría gustoso
la contestación. Entre los que yo conocí destacó uno
que, con su corta estatura pero con brazos y muñecas
de acero, llevó el volquete de maravilla. Su pelo
ensortijado y su tez muy quemada le hacían inconfundible.
Cuando de su garganta salía un chorro de voz en forma
de orden, las caballerías le obedecían sin rechistar.
Fue sin duda alguna una de las mejores “varas” dentro
de los carreros de río.
Gracias por su atención, amigo lector. ¡Mucha salud
y guárdate del frío!