«Ante
la Ley hay un guardián. Hasta ese guardián
llega un hombre del campo y le pide ser admitido en
la Ley. Pero el guardián dice que por ahora no
le puede permitir la entrada. El hombre del campo no
había previsto semejantes dificultades; la Ley,
piensa, tiene que ser accesible siempre y para todos».
El proceso, Franz Kafka, 1925.
En diversos capítulos
de este libro se ha hablado del estraperlo, el mercado
negro o los maquis. A continuación se abordarán
brevemente esos tres delicados temas, que prácticamente
coexistieron en el tiempo, pues con ellos tuvieron que
lidiar nuestros esforzados transportistas.
1. Estraperlo
La historia de esta
curiosa y sonora palabra se remonta a una trama de soborno
y actividades ilegales relacionadas con el juego en
la España de la II República (1931-1936).
El nombre de la ruleta eléctrica Straperlo
(Figura 1) era un acrónimo formado con las primeras
sílabas de los apellidos de sus artífices:
Daniel Strauss (empresario de origen
germano-holandés y nacionalidad mexicana), Joachim
Perlowitz (empresario holandés)
y Frieda Lowann (socia de los dos y
esposa de Strauss). En 1933 Daniel Strauss ya había
instalado su ruleta straperlo en un hotel de
Aquisgrán (Alemania) pero debido a su origen
judío se trasladó a Holanda tras el triunfo
del nazismo. Allí montó su invento en
tres casinos (Scheveningen, Zandvoort y Noordwijk) y
en uno de Ostende (Bélgica), obteniendo pingües
beneficios.

Figura 1. La ínclita
ruleta Straperlo. Archivo UCM.
Hasta que el gobierno
holandés se dio cuenta de que todo aquello era
un vil engaño y empezó a poner serias
trabas al invento. Tan serias, que la policía
entró en tromba en los casinos donde se explotaban
y, sin más preámbulos, arrojaron todas
las ruletas y mesas de juego a la calle a través
de las ventanas. Sus creadores captaron la indirecta
y salieron huyendo de los Países Bajos.
El siguiente destino
de Daniel Strauss, su esposa y su socio fue España,
se cree que sobre todo porque Daniel hablaba español
al haber vivido durante unos años en México.
En resumen, se trata de la historia de unos holandeses
errantes con bastante jeta que se atrevieron a probar
fortuna… en el mismísimo país de
los pícaros. Y claro, salieron escaldados, y
en su caída arrastraron a todo un presidente
de gobierno de la II República.
Y es que la maquinita
en cuestión suponía un cierto desafío
a la legalidad vigente ya que los juegos de azar estaban
prohibidos en España desde octubre de 1924. Para
“blanquear” su invento, Strauss presentó
una solicitud de modelo de utilidad (Un aparato
para juego de sociedad) ante el Registro de la
Propiedad Industrial con fecha 12 de septiembre de 1934.
La patente tenía por objeto un juego muy similar
a la ruleta clásica, pero con la peculiaridad
de que, según afirmaba el inventor, «había
conseguido eliminar el factor de la suerte, convirtiéndolo
en un juego de habilidad». Así
lo relataba el inventor en la memoria presentada en
el Registro: «el juego
consiste en adivinar, mientras los hoyos de captación
giran a una velocidad constante y la bola rueda a lo
largo de la pista, en qué hoyo dicha bola pueda
caer. Este problema puede ser resuelto observando qué
número pasa por un punto de la pista, en el cual
se halla la bola en un momento determinado, deduciéndose
de ello en qué hoyo la bola puede entrar. Suponiendo
que, cuando la bola se halla en el punto A de la pista,
el hoyo designado por 29 pasa en ese momento por el
punto A, entrando finalmente la bola en el hoyo designado
por 12. Debido a que los hoyos de captación giran
con una velocidad constante, necesitando la bola siempre
el mismo tiempo para llegar del punto A hasta el final
de la pista, existirá una relación fija
entre el número del hoyo por el que pasa la bola
que se encuentra en el punto A y el número del
hoyo en el cual dicha bola finalmente entra. En el ejemplo
dado basta restar 17 del número indicado por
el respectivo hoyo para determinar exactamente el hoyo
en el que la bola deberá caer».
Por farragosa que sea
esa explicación, viene a decir que el inventor
había transformado la clásica ruleta en
un juego de habilidad y no de azar, por lo que su cacharro
no iría contra la prohibición de los juegos
de azar entonces vigente. Ganar o perder dependía
de los cálculos que hicieran los jugadores para
adivinar en qué número caía la
bola. Lo que no se decía era que el movimiento
de la bola en el dichoso aparatillo se podía
controlar a través de un botón oculto
que accionaba un mecanismo de relojería, con
el que el banquero podía variar la velocidad
del motor eléctrico, dejando sin sentido los
cálculos de los apostadores y decidiendo lo que
iba a suceder. Y, se lo crean o no, casi siempre ganaba
la banca. En cualquier caso, y revestido de unos ribetes
de legalidad bastante cuestionables, el estraperlo consiguió
implantarse en algunas salas de juego de todo el país
a pesar de constituir una estafa colosal.
Su primer destino dentro
de España fue Cataluña donde trató
de convencer a la Generalitat para que autorizaran la
explotación de la invención. Para ello
se infiltraron en los círculos del poder a través
de Hugo Cyril Baruch, también conocido como Jack
Bilbo, del que se decía que había trabajado
como guardaespaldas de Al Capone en los EE. UU. Bilbo,
de trayectoria antifascista tenía muy buenos
contactos entre la izquierda catalana y sobre todo en
Esquerra Republicana. Sea como fuera, sus planes en
Cataluña se vieron frustrados, posiblemente porque
los mandatarios de la Generalitat fueron informados
de los oscuros antecedentes de Daniel Strauss y sus
socios.
Sin embargo, no todo
les salió mal; en Barcelona Strauss consiguió
un contacto con el que llegar a miembros del mismísimo
gobierno de la República: Juan Pich i Pon, subsecretario
de Marina y cabeza visible del Partido Republicano Radical
(PRR) en Cataluña. Pich i Pon le presentó
a Aurelio Lerroux, delegado del ministerio de comunicaciones
en la Compañía Telefónica Nacional
de España, y lo que era más relevante,
sobrino e hijo adoptivo de Alejandro Lerroux, líder
del PRR y ministro de la Guerra en ese momento. Aurelio
Lerroux, personaje clave de esta historia, se prestó
para conseguir los permisos personalmente a través
de las relaciones con su padre adoptivo y con Rafael
Salazar Alonso, a la sazón ministro de Gobernación.
Strauss estaba a un paso del Gobierno del Estado. Entre
las andanzas surrealistas del grupo, destaca el traslado
clandestino y furtivo (a medianoche) de la ruleta al
mismismo Ministerio de Gobernación para exhibirla
ante el ministro Salazar Alonso y otros altos cargos.
Finalmente, mediante el regalo de relojes de oro, promesas
de participación en los beneficios y otras atenciones,
Daniel Strauss y sus socios consiguieron de la Dirección
General de Seguridad un permiso para emprender el negocio
de la ruleta. Sin ni siquiera esperar a que la autorización
fuera confirmada por el Consejo de Ministros, como era
preceptivo, el straperlo funcionó en
el Gran Casino de San Sebastián durante la noche
del 12 al 13 de septiembre de 1934 pero solo durante
las tres horas que tardó el cabreado público
en descubrir que no era casualidad que siempre ganara
la banca. Al día siguiente, el propio ministro,
quizás asustado por las consecuencias de la algarada,
mandó a unos cuantos guardas, pistola en mano,
para que retiraran las máquinas.
Daniel Strauss y sus
socios no se dieron por vencidos ante los repetidos
fracasos y decidieron esperar a un anunciado cambio
de gobierno que podría resultarles favorable.
Efectivamente, el 4 de octubre de 1934 Alejandro Lerroux
es nombrado presidente del consejo de ministros y tras
“trabajarse” de nuevo a las personas adecuadas,
Daniel y sus socios logran que el Ministerio de la Gobernación
comunique al Gobernador Civil de Baleares que se autoriza
la apertura del salón de juegos del Hotel Formentor
de Pollensa a partir del 1 de diciembre. Allí
estuvo funcionando unos días el straperlo.
Sin embargo, un diputado de la CEDA por Baleares se
quejó al líder de su partido José
María Gil-Robles, que formaba parte del gobierno,
y logró que el salón de juego se cerrara
el 10 de diciembre.
A finales de 1934,
completamente arruinado, Strauss decidió abandonar
el fallido proyecto y volverse a Holanda no sin antes
pedir que se le devolvieran todos los pagos de soborno
que había realizado los meses anteriores, empezando
por Aurelio Lerroux y Pich i Pon. Pero todo el mundo
se hizo el longuis y ante la nula respuesta
de toda la red de funcionarios y políticos sobornados,
abandonó España llevándose bajo
el brazo un buen puñado de documentos altamente
comprometedores. En la primavera de 1935, Strauss quiso
chantajear a Alejandro Lerroux mediante una carta sellada
en La Haya con documentación que demostraba todos
los hechos. Lerroux hizo caso omiso a dicha misiva;
de hecho, las malas lenguas dicen que hizo un gurruño
con la carta y la “archivó”
directamente en la papelera.
Ante la falta de respuesta,
a principios de septiembre Strauss envió la carta
con la documentación directamente al Presidente
de la República, Niceto Alcalá-Zamora.
Este se la enseñó a Lerroux, quien no
le concedió importancia con el argumento de que
sería muy difícil probar sus presuntos
contactos con Strauss (Casanova, 2007). A mediados de
septiembre Lerroux renunció a seguir encabezando
el gobierno, habiéndose especulado con que realmente
fue Alcalá Zamora el que le obligó a dimitir
ante la gravedad del dossier de Strauss (Jackson, 1965).
A pesar de ello, Lerroux continuó en el gobierno
como ministro. En un primer momento, Alcalá-Zamora
quiso dirigir el caso ante la fiscalía sin hacerlo
público, pero pocos días después
supo que Indalecio Prieto y Manuel Azaña, dos
de los principales responsables de los grupos de izquierda,
se habían reunido con Strauss en Bélgica
y disponían de toda la información (Figura
2).

Figura 2. Enemigos
íntimos. Lerroux (izquierda), Alcalá Zamora
(centro) y Azaña (derecha),
el 17 de agosto de 1930 durante el encuentro entre los
diferentes partidos políticos republicanos
para poner fin a la monarquía, más conocido
como Pacto de San Sebastián.
En ese momento existía
una importante indignación y agitación
entre la izquierda, en gran parte a causa de la actuación
del gobierno ante la revolución de mineros de
Asturias de 1934 y Alcalá-Zamora tuvo el convencimiento
de que utilizarían la información de este
caso para arremeter contra del gobierno. Por ello, decidió
adelantarse y hacer un comunicado escueto y ambiguo
a la prensa. La tarde del 18 de octubre de 1935, los
periodistas recibían la siguiente nota redactada
por el Ministro de Guerra José María Gil
Robles: «Ha llegado
oficialmente a poder del Gobierno una denuncia suscrita
por un extranjero cuya personalidad no consta de modo
auténtico en España, en la que se formulan
acusaciones contra determinadas personas por supuestas
irregularidades cometidas con ocasión del ejercicio
de funciones públicas. El Gobierno ha trasladado
de oficio esta denuncia al fiscal, con el propósito
de que se practique la más amplia y escrupulosa
investigación».
Al día siguiente,
su publicación en los periódicos suscitó
un gran revuelo con toda clase de rumores en la opinión
pública y la prensa ponía el foco en el
Gobierno con tal de esclarecer qué hechos subyacían
bajo el comunicado. Estallaba así el caso Straperlo.
El gobierno quiso plantear la entrega de la nota a la
prensa del día anterior como un ejercicio de
transparencia de un caso carente de importancia (Diario
de Sesiones, 22 de octubre de 1935; https://www.congreso.es/es/cem/vidparl1933).
La intención era quitar hierro a la denuncia
poniendo énfasis en el factor de que el denunciante
era un extranjero cuya personalidad no consta de modo
auténtico en España, tal como se decía
en la nota, de este modo se ponía en duda la
veracidad de los hechos descritos por Strauss. El gobierno
defendía, además, que el caso debía
seguir los cauces ordinarios del procedimiento judicial
sin la necesidad de constituir una comisión puesto
que, según ellos, no era pertinente que el Congreso
tuviera que constituir una comisión especial
de investigación cada vez que hubiera una acusación
por parte de un desconocido.
Sin embargo, las cosas
no fueron así. La información tenía
bastante verisimilitud y era lo suficientemente grave
como para formar una comisión especial. Según
la versión de Strauss, Alejandro Lerroux recibiría
el 25 % de los beneficios, Juan Pich y Pon, el 10 %;
y Aurelio Lerroux y otros dos compinches, el 5 % por
cabeza. Además, para asegurarse la cooperación
del ministro de la Gobernación (Salazar Alonso)
y del director general de Seguridad (José Valdivia
y Garci-Borrón), Pich y Pon se había comprometido
a hacerles llegar sobornos de 100.000 y 50.000 pesetas
de la época, respectivamente.
El dictamen de la comisión
parlamentaria señaló que habían
existido actuaciones «que
no se ajustaron a la austeridad y a la ética
que en la gestión de los negocios públicos
se suponen» (Figura 3). El 28 de octubre
de 1935 las Cortes votaron la culpabilidad de los ocho
acusados por la comisión, todos ellos destacados
miembros del Partido Radical, mediante un sistema de
bolas: salieron 14 bolas blancas de “inocente”
y 166 bolas negras de “culpable”. Inmediatamente,
todos los incriminados dimitieron de los cargos que
ocupaban y al día siguiente Alejandro Lerroux
abandonó definitivamente el Gobierno.

Figura
3. Portada de El Diario de Huesca del 27 de
octubre de 1935, con el escándalo del Straperlo
como asunto más destacado.
El escándalo
del straperlo, junto con otro ligeramente posterior
(el escándalo Nombela), que también
afectó al Partido Radical, supuso el derrumbe
del partido, puso fin al denominado bienio conservador
y condujo a la convocatoria de las elecciones generales
en febrero de 1936, ganadas por el Frente Popular. Pocos
meses después, la Guerra Civil. Algo más
de tres años después, la posguerra, el
hambre, el racionamiento... y la época dorada
del mercado negro.
2. El mercado
negro
El impacto que tuvo
el asunto straperlo fue tan grande que se generalizó
el uso de término estraperlo para hacer referencia
al comercio ilegal de bienes sometidos a algún
tipo de impuesto o tasa por el Estado. Y por extensión,
durante la posguerra española, como sinónimo
de “mercado negro”, término que hace
referencia al comercio ilegal de los artículos
intervenidos por el Estado o sujetos a racionamiento
desde 1939 hasta 1952. De hecho, se conocía como
estraperlistas a quienes practicaban ese comercio.
Posiblemente la palabra
“hambre” sea la más repetida,
cuando se pregunta por la posguerra a los ya cada vez
más escasos sufridores de ese periodo.
Un recuerdo traumático y persistente. Las colas
interminables para lograr lo que fuera, un pedazo de
pan negro, un poco de azúcar, arroz, aceite...,
los cupones de las cartillas, la necesidad de comer
las cáscaras de naranja, las mondas de patata,
la constatación de que todo lo que corre o vuela
puede acabar en una cazuela, los calambres en la tripa,
los desmayos, la muerte por las enfermedades que volaban
sobre el nido de la desnutrición…
El hambre estaba más
extendida en las ciudades, donde más escaseaban
los alimentos. Tener un huerto, unos animales o un monte
cercano fue un privilegio en comparación con
quien sufrió el hambre en las ciudades. La llegada
de viandas, gallinas, pollos o conejos de los parientes
“del pueblo” fue el flotador de
más de una familia. Con los productos de primera
necesidad racionados -y en cantidades que no evitaban
la desnutrición- y una nefasta política
agraria, el panorama era desolador. Como reconocería
el mismísmo Jefe Provincial de Falange y de la
JONS de Alicante en un informe enviado al gobierno en
diciembre de 1940, «la
situación es pavorosa, tenemos toda la provincia
sin pan y sin la posibilidad de adquirirlo. Hace más
de cuatro meses que no se ha repartido aceite, por no
hablar de otros productos. En la provincia, prácticamente
todos seríamos cadáveres si tuviésemos
que comer de los racionamientos de la Delegación
de Abastos» (Molinero e Ysás,
2003).
Un hambre atroz empujó
a muchas personas al estraperlo (pequeño
estraperlo, estraperlo de los pobres) y el mercado
negro arraigó rápidamente en toda la piel
del toro. Niños, ancianos, viudos, viudas, padres
y madres de familias numerosas. Seres desesperados pertenecientes
a las clases más bajas, sin propiedades, sin
tierras y sin recursos económicos, que estraperleaban
pequeñas cantidades, a veces mínimas,
de alimentos de subsistencia o tabaco: unas cuantas
hogazas de pan, alguna arroba de aceite, algunas cajetillas
de tabaco… Pero no es menos cierto que otros se
vieron atraídos por una gran oportunidad de enriquecimiento
rápido (gran estraperlo o estraperlo de los
ricos). Fueron los grandes estraperlistas, generalmente
personas afines a la dictadura, cuyos contactos y trapicheos
al por mayor con los funcionarios corruptos
les permitieron acaparar grandes cantidades de artículos
de primera necesidad y amasar grandes fortunas a costa
de la desgracia de los demás. También
grandes propietarios en el ámbito rural. Por
el contrario, la marea de pequeños estraperlistas,
cuyo único objetivo era sobrevivir vendiendo
pequeñas cantidades de pan, huevos o patatas,
fue duramente perseguida (requisamientos, denuncias,
multas y hasta condenas de cárcel) por las mismas
autoridades que hacían la vista gorda con los
estraperlistas de primera. Para más
escarnio, el estraperlo de los pobres se convirtió
en el pretexto perfecto para justificar la escasez de
los años cuarenta.
Y ambos estraperlos
conformaban casi una sociedad al completo. En palabras
de Del Arco (2010), «España
entera vivió, durante más de una década,
al margen de la legalidad» mientras
que un funcionario inglés afirmaba a mediados
de la década de los 40 que
«en España la nación entera, desde
el más alto al más bajo, está casado
con los hábitos y formas de la economía
del mercado negro» (Public Record
Office, 1946). Y fue porque el racionamiento, que duró
hasta 1952, no garantizaba la subsistencia. Por tanto,
los que no disponían de los recursos necesarios
para abastecerse, tenían que atravesar la línea
de la legalidad para seguir adelante. Y muchos de los
que disponían de medios holgados para subsistir,
vieron en el mercado negro un medio para aumentar rápidamente
su patrimonio. Pero las líneas de la legalidad
siempre eran claras y bien delimitadas para los primeros
y mucho más difusas e incluso invisibles para
los sectores más acomodados o influyentes. En
un país donde aparentemente no había casi
de nada, con provincias que en 1942 alcanzaron tasas
de mortalidad infantil por encima del 30%, se podía
conseguir casi de todo si se tenía dinero o buenos
contactos, dos cosas que a menudo iban de la mano. Para
obtener grandes beneficios en el mercado negro, era
necesario contar con los recursos necesarios (dinero,
tierras, industrias, comercios, transportes), así
como con la tolerancia, complicidad o participación
(corrupción pura y dura) del entramado administrativo
del régimen (fraude fiscal, falsificación
de las declaraciones de cosechas, la compra de favores,
desvío de vagones de trigo, traslados ilegales,
reparto ilegal de racionamiento, adulteración
de productos…) (Barciela, 1994; Barciela, 1998).
La zorra cuidando el gallinero.
Se mire por donde se
mire, el mercado negro alcanzó una magnitud impresionante.
En productos tan básicos como el trigo o el aceite
llegó a superar el 50 por 100 de la cosecha o
del producto comercializado. Los artículos que
circularon en este mercado clandestino alcanzaron precios
astronómicos, que en general oscilaron, como
mínimo, entre dos y tres veces los precios oficiales,
aunque en zonas deficitarias de algún producto
determinado, se llegaron a pagar precios hasta diez
veces superiores a los oficiales fijados por el régimen;
los precios más altos afectaron, ¡cómo
no!, a los artículos de primera necesidad esenciales
para las clases menos pudientes (Barciela, 1986). Por
ejemplo, un kilo de azúcar costaba 1,90 pesetas
a precio de tasa y 20 pesetas de estraperlo, mientras
que, por el aceite, que se pagaba a 3,75 el litro para
el racionamiento, se llegaban a pedir 30 pesetas; en
el caso del trigo, su precio llegó a ser, de
media, cinco o seis veces superior a los de la tasa
oficial (Barciela y García, 1983).
En 1940 se crea la
Fiscalía Superior de Tasas (Ley de la
Jefatura del Estado del 30 de septiembre de 1940, BOE
nº 277 del 6 de octubre), «organismo
superior para la represión de los delitos y faltas
que se cometan contra la Ley de Tasas y demás
infracciones en materia de abastecimientos»;
es decir, el organismo teóricamente encargado
de velar por el escrupuloso respeto de los precios oficiales.
En Aragón prestaron
una atención muy especial al aceite y al trigo.
La mera presencia de sus agentes en los pueblos españoles
provocaba terror, por una parte, por el miedo a los
registros a cualquier hora y en cualquier lugar (hogar
o almacén) y, por otra, porque su simple presencia
aumentaba los precios en el mercado negro. En esta misma
dinámica, las sucesivas leyes de tasas, endureciendo
las penas impuestas por delitos de estraperlo, no harán
más que empujar todavía más al
alza espectacular de los precios.
Ese mismo año
se establece la obligatoriedad de obtener una guía
de circulación para el transporte de mercancías
(Figura 4). Cualquier traslado de mercancías
sin la correspondiente autorización pasó
a constituir un delito, independientemente de la distancia
que se recorriera (Figura 5). Para velar por su cumplimiento
se crearon servicios de vigilancia en los principales
puntos de salida o entrada a ciudades, en estaciones
de ferrocarril y en carreteras (Figura 6). Guías
que son frecuentemente falsificadas o ante cuya ausencia
se hace la vista gorda dependiendo de quién sea
el propietario de la mercancía y/o del camión.
Las mercancías
que incautaba la fiscalía provincial de tasas
se entregaban al delegado local de abastos del municipio
en cuyo término municipal se había producido
la intervención. Ese cargo era ocupado habitualmente
por el alcalde. Los productos decomisados eran tasados
y se podían vender a particulares o asociaciones
benéficas. La fiscalía enviaba al gobernador
civil de la provincia en cuestión, la información
sobre las multas impuestas, cuyo importe no podía
ser menor de la cantidad con la que se hubiera tasado
la mercancía incautada.

Figura 4. Izquierda:
Autorización para el transporte de aceitunas
desde un olivar en Castejón de Becha (Esquedas)
hasta una almazara de Bolea (27 de diciembre de 1950).
Derecha: Guía para la circulación de azúcar
de Barbastro a Pertusa (2 de agosto de 1951). Los nombres
de las personas a las que aluden los documentos han
sido borrados digitalmente. Exposición virtual
Tiempos de escasez, visitable en la web
de la Hoya de Huesca (https://hoyadehuesca.es).

Figura 5. Documento
de la fiscalía provincial de tasas de Huesca
sobre un decomiso de 26 kilos de judías (derecha)
y resguardo del pago de 41’60 pesetas que el ayuntamiento
de Bolea hace al Gobierno Civil (izquierda). Exposición
virtual Tiempos de escasez, visitable en la
web de la Hoya de Huesca (https://hoyadehuesca.es).

Figura 6. Acta de
aprehensión de artículos intervenidos
tras un registro de equipajes en la estación
de Ayerbe (10 de noviembre de 1942). Las autoridades
incautaron una cesta con 6 kilos de carne y tres docenas
de huevos. Ningún viajero confesó ser
propietario de la cesta. Exposición virtual
Tiempos de escasez, visitable en la web
de la Hoya de Huesca (https://hoyadehuesca.es).
El infractor tenía
que ingresar el importe impuesto en la cuenta corriente
abierta que, a tal efecto, tenía abierta la fiscalía
en el Banco de España. Si la incautación
era fruto de la denuncia (habitualmente anónima)
de un particular, el denunciante tenía derecho
al 40% de la multa impuesta. En caso contrario, esa
parte era ingresada en un fondo especial para repartirla
entre asociaciones benéficas. Si el denunciado
no pagaba la multa tras la notificación, comenzaba
el procedimiento de apremio y si resultaba insolvente
se le detenía y se le enviaba a un campo de trabajo,
en el que le iban descontando 10 pesetas de la multa
por cada día, con un límite máximo
de un año de reclusión en aquellos aberrantes
lugares.
La puesta en marcha
de la Fiscalía de Tasas iba a suponer la creación
de tribunales militares en las diferentes regiones de
España para luchar contra los delitos de «acaparamiento,
ocultación y venta, a precios abusivos, de los
bienes de primera necesidad» (Figura
7). A este respecto, el gobierno hizo publicar en los
periódicos una nota cuyo titular, a toda página,
no podía ser más claro: «Se
acerca inexorablemente la hora del castigo para los
logreros y traficantes sin conciencia».
La nota rezaba así: «Señores
estraperlistas, ya está montada la máquina
penal que habrá de extirpar vuestras malvadas
ganancias y traeros a los caminos de la honestidad.
Si persistís en vuestros manejos, negocios bajo
cuerda y demás culpas contra el bien público,
no durará muchos días vuestra ilusión
de impunidad. Hay cerrojos, detrás de puertas
de hierro, que se abren con facilidad para entrar, pero
muy difícilmente para salir, como no sea para
enfrentarse con el pelotón de ejecución.
La perspectiva, señores del mil por ciento de
lucro en venta, no tiene nada de halagüeña»
(ABC, 28 de octubre de 1941).

Figura 7. Portada del
diario Nueva España (Huesca) del día
23 de octubre de 1941,
informando de los artículos del código
militar aplicables en los casos de straperlo.
Las posibles repercusiones
eran incluso exageradas para aumentar el temor de la
población. Así hablaba de las posibles
sanciones el diario ABC: «¿Sabéis
cuáles son las sanciones? Las que previene el
Código de Justicia Militar contra los delitos
cometidos contra la seguridad del Estado y el Ejército,
cuyo capítulo se abre con la definición
y castigo del de rebelión: ‘Los reos de
rebelión militar serán castigados, en
primer lugar, con la pena de muerte el jefe de la misma
y, en segundo, con la reclusión perpetua a muerte
los demás no comprendidos en el caso anterior».
«¿Por qué has de ser tú quién
sirva de ejemplo ante un pelotón de fusilamiento,
si por un casual has cometido delitos de esta especie
o en el fondo de tu conciencia persiste todavía
la tentación de seguir cometiéndolos?».
Mucha más determinación
y contundencia para perseguir el estraperlo… de
los pobres, siempre expuestos a que les cayera una sanción.
Entre 1946 y 1949, la inmensa mayoría de las
sanciones impuestas por la Fiscalía de Tasas
(hasta el 98% en algunas provincias) recayeron sobre
pequeños estraperlistas (Pérez, 2004).
La multa podía ser un gran problema por sí
misma ya que no era raro que la economía del
pequeño estraperlista no le permitiera hacer
frente a sanciones aparentemente modestas. Pero, en
ocasiones, las multas ni siquiera eran el principal
escollo: al pequeño estraperlista se le podía
requisar toda la mercancía y el medio empleado
para su transporte (un asno, una mula, un carro, una
bicicleta…). Entonces, muchos quedaban en deuda
(y a merced) del gran estraperlista que le había
proporcionado la mercancía y/o los medios de
transporte. Y con los insolventes, como se ha expuesto
anteriormente, tampoco había muchos miramientos:
se enviaban a los batallones de trabajadores, en los
que se sometían sus escuálidos cuerpos
a un intenso trabajo (Figura 8).

Figura 8. Documento
en el que se informa de la obligatoriedad de ingresar
en un campo de trabajo si no se paga la multa impuesta
en un plazo de 8 días (Ayerbe, 1 de marzo de
1949). Archivo municipal de Ayerbe (AYE 0283/004). Exposición
virtual Tiempos de escasez, visitable en la
web de la Hoya de Huesca (https://hoyadehuesca.es).
Tras la nueva regulación,
se intervinieron más artículos, especialmente
cereales, y los pequeños agricultores y los molineros,
entre otros, fueron sometidos a una vigilancia digamos
que especial. El Servicio Nacional de Trigo
enviaba inspectores a registrar las casas y la gente
ocultaba lo que podía bajo tierra, entre las
paredes, en dobles techos o en los tejados, ante el
temor a que les quitaran cosechas y bienes. El cereal
se llevaba a moler por las noches, incluso se llegó
a hacer con molinillos de café para no levantar
sospechas. El transporte de muchas mercancías
también se hacía con nocturnidad y preferiblemente
por rutas poco transitadas, alejada de las carreteras.
Hubo arrieros que llevaron aceite desde el torno de
Betorz hasta Sabiñánigo aprovechando las
largas noches de invierno (Figura 9). A pesar de los
esfuerzos de agricultores, ganaderos y molineros, obviamente
los agentes de tasas o los guardias civiles también
estaban al tanto de todas las argucias y cada vez era
más difícil engañarlos. Entre los
sabuesos encargados de controlar los productos tasados
o las materias primas necesarias para elaborarlos hubo
de todo: auténticos matones con exceso de celo
(quedar bien ante los superiores siempre ha sido una
buena forma de escalar en el escalafón), otros
que aceptaban sobornos por hacer la vista gorda y también
buenas personas, mucho más permisivas, conscientes
de la situación y de los ahogos en los que sobrevivía
una buena parte de la población.

Figura 9. Torno de
Betorz. Desde aquí salía aceite hacia
Sabiñánigo en reatas nocturnas. Juan M.
Rodríguez.
El testimonio de Antonio
Castel (Campo), recogido por Fuster (2012) sobre la
situación en los molinos harineros es el siguiente:
«Después de la
terminación de la guerra, el año 1939,
quedó limitada la venta y adquisición
de alimentos, sobre todo los de primera necesidad como:
pan, aceite, azúcar, garbanzos, lentejas, etc.
El estado procedía de la siguiente forma: obligaba
al agricultor a la entrega del fruto de las cosechas.
El trigo era recogido en grandes almacenes, llamados
silos, que eran del estado y de allí salía
controlado hacia las harineras para ser molido; de éstas,
convertido en harina, llegaba a los panaderos, meticulosamente
pesado para que a cada persona le dieran tantos gramos
de pan al día. El montaje era perfecto y no podía
desviarse de lo trazado, sin embargo, el cosechero procuraba
desviar parte del trigo cosechado y quedárselo
para el consumo de su casa. Lo escondía en armarios,
en sacos bajo la paja, etc. por si había una
inspección. Mayor problema presentaba el trabajo
de molerlo, necesariamente debía recurrir al
molino público. El peligro le acechaba constantemente,
durante el día tanto la Guardia Civil como unos
Inspectores llamados de "Tasas" podían
sorprender al arriero que llevara a moler sacos de trigo.
Se intentó sacarlo de casa durante la noche,
pero también había riesgo. La Guardia
Civil vigilaba día y noche. Hubo casos de aprehendimiento,
la ley actuaba rápida: requisición del
grano, una multa y en ocasiones hasta cárcel».
En tiempos de una escasez
e inflación desorbitantes, un problema adicional
para los arrieros y para la gran cantidad de gente que
iba a las ciudades o grandes pueblos a vender lo que
fuera (piñas, nueces, almendras, higos, castañas,
miel…) recorriendo las casas puerta a puerta,
era que todavía estaban vigentes los fielatos,
los puestos a las entradas de las ciudades y grandes
pueblos en los que, con la excusa ejercer un cierto
control sanitario sobre los alimentos, se cobraban impuestos
(arbitrios de consumo) por cada producto que entrase
para ser vendido en la localidad. Los guardas de los
fielatos o consumistas tenían vía libre
para cachear a las personas y buscar y rebuscar en sus
pertenencias (recipientes, medios de transporte) (Rodríguez
2025).
Los arrieros eran capaces
de dar grandes rodeos en sus recorridos con tal de evitar
que los parasen en el fielato. Los fielatos existieron
hasta los años 60 del pasado siglo XX y muchos
de los operarios que trabajaron en ellos acabarían
siendo guardias municipales. Un arriero recordaba la
anécdota de una persona que ante la clásica
pregunta del guarda del fielato «¿Hay
algo que declarar?» respondió
«Dos huevos nada más»
(obviamente ninguno era de gallina ni de ninguna otra
especie de ave). Todo cuanto tuviese peso en este país
debía responder ante el «juicio
de la romana».
Mientras tanto, un
buen número de autoridades y otro de servidores
de casi cualquier eslabón de la Administración
Estado se deleitaba surfeando en la ola del
estraperlo: gobernadores civiles y agentes de la Fiscalía
de Tasas, alcaldes y miembros de la Guardia Civil o
militares y personal del Servicio Nacional del Trigo
(Barciela, 2003). Tal era así que incluso había
alguna que otra voz (muy pocas) que se atrevían
a denunciar la situación. En 1940, Higinio París
Eguilaz, economista teóricamente simpatizante
con el régimen, redactaba un informe auténticamente
demoledor contra la política económica
del gobierno, en el que denuncia abiertamente la implicación
de las autoridades, especialmente las locales en el
estraperlo («una serie
de indeseables, caciques, tenderos, negociantes e individuos
sin oficio conocido»), existiendo
una ardua «lucha en
torno a obtener puestos en los organismos oficiales
que intervienen en los abastecimientos».
En 1946, Gregorio Marañón afirmaba que
lo que levantaba más salpullidos entre el pueblo
no era el hambre sino la constatación de que
«demasiados altos cuadros de la política
especulan con productos alimenticios de primera necesidad
y chupan la sangre del pueblo». Precisamente
el estraperlo alcanzó su nivel más alto
en ese año, que pasó a ser conocido como
el «año del hambre».
Algunas ovejas negras
del mundo eclesiástico también se hicieron
eco de este fenómeno. En 1950, Vicente Enrique
y Tarancón, a la sazón obispo de Solsona
(Lérida), denunciaba la situación en una
arriesgada carta pastoral:
«No podemos callar.
No debemos callar por más tiempo. Llegan hasta
nuestros oídos los clamores de la multitud […]
No son pocos los que se han enriquecido desaforadamente
en estos últimos años… pero esas
risas y esas alegrías de unos no pueden apagar
los clamores de la muchedumbre que sufre hambre y que
vive en la miseria […]. Durante estos diez años
son bastantes los que se han aprovechado de la escasez
para hacer grandes negocios. […] Los que ocupan
algún cargo en estos momentos no solamente deben
ser dignos y honrados; deben evitar con cuidado todo
aquello que pueda servir de razón o de pretexto
para que los demás duden de ellos».
Décadas más
tarde, en 1998, José Luis de Villalonga no tendrá
ningún reparo en admitir que en su casa «había
de todo» durante aquel triste periodo
por dos motivos: ser de «familia
rica y vivir del mercado
negro, del estraperlo y de todas esas cosas (…);
al lado había gente que se moría de hambre».
Doña Merceditas también tenía excelentes
relaciones con las élites franquistas de alta
alcurnia. Suyo era el camión cargado de trigo
ilegal que dos guardias civiles detuvieron en Binaced
cuando se dirigía a Cataluña. Se trataba
ni más ni menos que de un delito considerado
como de alta traición a la patria. Los guardias
fueron felicitados por sus inmediatos superiores y compañeros.
Apenas transcurridas unas pocas horas de la intervención,
se firmaba la resolución de expulsión
del cuerpo de los dos guardias que únicamente
habían cumplido con su trabajo sin importarles
el quién. La historia completa la pueden encontrar
en el magnífico libro Historias de contrabando
en el Pirineo aragonés (Editorial Pirineum,
1998).
Pero el franquismo
utilizará repetidamente los medios de comunicación
para propagar su empeño en perseguir el mercado
negro (Fandiño, 2009), un gran efecto adverso
de su propia política económica y en el
que muchos de sus incondicionales estaban implicados,
tal y como han confirmado muchos estudios. De forma
persistente, en la prensa aparecerán noticias
de grandes sanciones a estraperlistas, auténticos
cabezas de turco.
3. Las cartillas
de racionamiento
Una cartilla de racionamiento,
cupón o libreta de abastecimiento es un vale
emitido por un gobierno para que el titular pueda obtener
alimentos y algunos otros productos de primera necesidad
(pan, aceite, leche, carne, patatas, jabón) que
sean muy escasos en un periodo determinado, como en
tiempos de guerra o en otras situaciones de emergencia.
El objetivo es que su reparto se produzca de forma equitativa
entre la población, con especial atención
para aquellos más vulnerables o con menos recursos
(niños, mujeres embarazadas, viudas con una gran
carga familiar…).
Los cupones de racionamiento
fueron habituales en gran parte de Europa durante la
Primera y la Segunda Guerra Mundial y, por supuesto,
en la España de la guerra civil y la casi peor
posguerra. Aunque “en todas partes cuecen
habas”, la peculiaridad española,
como ya se ha expuesto, fue la magnitud de la picaresca
y del mercado negro que se generó en torno al
racionamiento. En el contexto de la guerra civil, las
primeras cartillas de racionamiento aparecieron en el
Madrid sitiado en noviembre de 1936 (Figura 10).

Figura 10. Izquierda:
tarjeta de racionamiento («aprovisionamiento»)
creada por el Ayuntamiento de Canillas (actualmente
un barrio del distrito de Hortaleza, al este de la ciudad
de Madrid) en la temprana fecha de septiembre de 1936.
El pan debía ir en tarjeta aparte. Crónica,
20 de septiembre de 1936. Biblioteca Nacional de España.
Derecha: tarjeta para el “suministro de leche
por prescripción facultativa” en el Madrid
republicano, marzo de 1937.
El 5 de marzo de 1937,
un decreto del gobierno de Largo Caballero extendió
la tarjeta de racionamiento familiar a «todos
los municipios de la España leal».
La propaganda rebelde se encargó de repetir un
mensaje machaconamente: la España nacional no
conocía (oficialmente, claro) el hambre. Según
Seidman (2012), los sublevados, de una manera u otra,
evitaron la inflación y la escasez de alimentos
y de suministros militares, al contrario de lo que sucedió
en la parte republicana. El régimen de Franco,
represivo y controlador, producía comida para
las tropas y los civiles. De hecho, «la
propaganda de los nacionales dirigida a los soldados
republicanos puso el énfasis en los estómagos
repletos de los insurgentes más que en ningún
otro tema, aunque el dinero republicano "carente
de valor" le siguió de cerca. Los nacionales
se jactaban del “pan blanco de Franco” sin
adulterar». Tal es así que
la aviación de Franco realizó en el otoño
de 1938 varios bombardeos de pan blanco sobre
Madrid, Barcelona y Alicante, posiblemente más
eficaces para sus intereses que los terroríficos
bombardeos a los que había sometido a esas ciudades
en los meses previos (Figura 11). No parece casualidad
que uno de los ataques aéreos más sangrientos
e indiscriminados ocurridos durante la guerra civil
española fuera precisamente el del Mercado Central
de Alicante, el 25 de mayo de 1938.
Pero una cosa es predicar
y otra dar trigo. Nada más acabar la guerra,
una buena parte de la clase media se vio despojada de
sus ahorros. Muchas personas habían escondido
parte de su dinero en los sitios más insospechados
para tenerlo seguro (por ejemplo, en el interior de
los rieles de las cortinas y en dobles fondos de todo
tipo) pero, de la noche a la mañana vieron cómo
se convertía en papel mojado.

Figura 11. Un relato
de cómo fue recibido en Madrid el pan de la España
nacional. ABC de Sevilla, 13 de octubre de 1938. El
hambre en la zona republicana fue un elemento importante
de la propaganda nacional, que alardeaba de un abastecimiento
abundante de alimentos. Lo cierto es que la República
tenía grandes ciudades y elevada densidad de
población, y había quedado desconectada
de las principales zonas productoras de cereal y ganado.
Esa gran pérdida
de poder adquisitivo en algunos casos significó
la ruina familiar. Otras de las consecuencias de la
guerra (pérdida de capacidad productiva con campos
e industrias arrasadas y un porcentaje relevante de
la mano de obra agraria e industrial fallecida, discapacitada
o encarcelada, reducción salarial, escasez en
los productos de primera necesidad...) tampoco eran
nadan halagüeñas. Para más inri,
el contexto internacional no auguraba nada precisamente
bueno en Europa. El ambiente prebélico, llevó
a los gobiernos europeos, incluyendo el alemán
y el italiano, a ir acaparando dinero y productos para
lo que se avecinaba y, en consecuencia, se redujo drásticamente
la ayuda internacional que el gobierno nacional
había recibido durante la guerra.
Todo ello llevó
a la recién creada Comisaría General de
Abastecimientos a proponer la creación de un
sistema de racionamiento para asegurar el abastecimiento
de artículos esenciales a «26
millones de españoles o extranjeros residentes»
(Orden del Ministerio de Industria y Comercio de 14
de mayo de 1939, BOE nº 137, del 17/05/1939). Un
informe emitido apenas cuatro días antes por
dicha Comisaría advertía de la situación:
«Tenemos la necesidad
de asegurar el normal abastecimiento de la población
e impedir que prospere cierta tendencia al acaparamiento
de algunas mercancías. Por eso se aconseja la
adopción, con carácter temporal, de un
sistema de racionamiento para determinados productos
alimenticios».
La cartilla de racionamiento
fue el instrumento implantado para controlar el abastecimiento
y podía ser de 1ª, 2ª o 3ª categoría
dependiendo del nivel social, estado social y tipo de
trabajo del cabeza de familia, que era el titular de
la cartilla. Como era de suponer, la abrumadora mayoría
de las cartillas que se expidieron eran de 3º categoría.
En términos generales, la cartilla de racionamiento
era, ante todo, una ofensa al más humilde, ya
que quien pudo optar a una de 1ª o 2ª categoría
era porque realmente no la necesitaba.
La ración tipo
para un hombre adulto se fijó en 400 gramos diarios
de pan, 250 de patatas, 100 de legumbres secas (lentejas,
garbanzos o judías) o arroz, 50 de aceite, 10
de café, 30 de azúcar, 125 de carne, 25
de tocino, 75 de bacalao y 200 de pescado fresco (Orden
del Ministerio de Industria y Comercio, 28 de junio
de 1939; BOE nº 182, 1 de julio de 1939) (Figura
12). La de una mujer adulta era el 80% de la del hombre,
igual que la de los hombres y mujeres desde los 60 años
en adelante. La de un niño o niña de hasta
14 años era un 60% de la de un hombre adulto.
Las raciones de las mujeres embarazadas y de algunos
trabajadores, como mineros o ferroviarios, eran ligeramente
mejores. Sobre el papel no estaba del todo mal. El problema
es que las entregas no se cumplían nunca. El
artículo 3º del citado decreto ya advertía
que «estas raciones
tipo se fijan únicamente a los fines de regular
la distribución en su caso de cada uno de los
artículos sometidos a racionamiento, sin que
ello preceptúe el que cada una de las raciones
haya de suministrarse diariamente».
Los diversos productos y las cantidades que se iban
a distribuir cada semana dependían de las existencias
y, por lo tanto, cambiaban muy a menudo, siempre dentro
de una generalizada escasez. Por lo general, el español
urbanita medio volvía a casa con una pizca de
pan negro, un puñado de lentejas llenas de gusanos
(extra que, afortunadamente, no se computaba como carne),
azúcar amarillento cuando no negruzco, un poco
de chocolate medio rancio y algún que otro boniato.

Figura 12. Orden del
Ministerio de Industria y Comercio, de 28 de junio de
1939, regulando la distribución de los productos
alimenticios (BOE nº 182, 1 de julio de 1939).
La cartilla fue rápidamente
bautizada como el salvoconducto del hambre
(Figura 13). Las delegaciones de abastecimientos eran
las encargadas de fijar los días del suministro,
la cantidad de raciones y la hora exacta del reparto,
que se solían anunciar en la prensa en ciudades
y mediante un pregonero en los pueblos. A pesar de que
la formación de colas estaba prohibida por el
decreto de mayo, esa es una de las imágenes habituales
de aquel periodo. En las grandes ciudades las filas
se formaban ya desde las cuatro de la mañana,
aunque las tiendas abrieran a las nueve. Los vecinos
se peleaban por coger un hueco, ya que los productos
que se distribuían entre la población
no llegaban a los últimos, que se tenían
que quedar esperando un nuevo suministro o, por el contrario,
directamente sin él.

Figura 13. Listado
de beneficiarios de una cartilla familiar, que incluía
no solo a los miembros de la familia sino también
a las personas que trabajaban en la casa (Quinzano,
29 de noviembre de 1941; Archivo Municipal, QUI 0008/016).
Los nombres de los beneficiarios han sido borrados digitalmente.
Exposición virtual Tiempos de escasez,
visitable en la web de la Hoya de Huesca (https://hoyadehuesca.es).
En 1943, un decreto
del Ministerio de Industria y Comercio obligó
a la sustitución de las cartillas familiares
por cartillas individuales, ya que permitían
un control más exhaustivo de la población
(BOE nº 105, 6 de abril de 1943). Ese mismo mes,
se publican las «instrucciones
relativas a la implantación y uso de la cartilla
individual de racionamiento» (BOE
nº 108, 18 abril de 1943). Al mes de la entrada
en vigor de la cartilla individual, el número
de racionados en España era de 27.071.978 personas
(Moreno, 2003). La cartilla constaba de una cubierta,
en cuya parte interior se anotaban los datos relativos
a su titular y los establecimientos (habitualmente panadería
y tienda de ultramarinos) en los que la cartilla estaba
inscrita para el suministro. En su interior había
hojas semanales con cupones diarios para los artículos
alimenticios de consumo teóricamente diario:
el I, para pan; el II, para grasas; el III, para legumbres,
patatas y arroz; el IV, para carne, y el V, para azúcar.
En el caso de los menores de dos años, el cupón
I era para pan o harina; el III, para arroz o patatas
y el IV, para leche (Figura 14).

Figura 14. Cartillas
individuales de racionamiento hasta en el mismísimo
Sobrepuerto (Cortillas, noviembre de 1943). Archivo
Casa Lucas (Panticosa), V- 3-32/D.
Además, la cartilla
contenía una o más hojas de 35 cupones
con la denominación varios, que servían
para adquirir aquellos artículos alimenticios
de consumo o reparto no diario (por ejemplo, bacalao)
o bien no alimenticios, pero sujetos a racionamiento
(por ejemplo, jabón). Finalmente, la cartilla
incluía una hoja con “boletines de inscripción”
para acreditar los establecimientos donde se daba de
alta la cartilla. Toda persona, española o extranjera
con residencia en territorio español («territorio
nacional, zona del Protectorado de Marruecos y plazas
de soberanía de África»),
tenían derecho a una cartilla individuad de racionamiento
(Figura 15). Cada cupón estaba compuesto por
dos partes idénticas (superior e inferior) troqueladas,
una para el establecimiento y otra que permanecía
en la cartilla del beneficiario.
La persona del establecimiento,
al dar un producto determinado a una persona, cortaba
su parte del cupón y lo añadía
a una hoja, donde iba pegando todos los cupones para
un producto concreto. Posteriormente, entregaba esas
hojas a la administración para que le abonasen
el importe (multiplicando los kilos o litros servidos
por el precio tasado) (Figura 16).

Figura 15. Cada titular
de una cartilla individual de racionamiento figuraba
en el fichero de su delegación local de Abastecimientos
y Transportes con sus datos personales, número
de tarjeta y tiendas en los que estaba inscrito. Salinas
de Jaca, 1 de enero de 1945. Los datos personales han
sido borrados digitalmente. Exposición virtual
Tiempos de escasez, visitable en la web de
la Hoya de Huesca (https://hoyadehuesca.es).

Figura 16. Resumen
de las raciones suministradas durante el mes de julio
de 1943 por el establecimiento de ultramarinos nº
1 de Torres de Montes. Archivo municipal (TOR 0004/065).
Exposición virtual Tiempos de escasez,
visitable en la web de la Hoya de Huesca (https://hoyadehuesca.es).
Nuevamente cedemos
la palabra a Antonio Castel para que describa cómo
se efectuaba el reparto de víveres a la población
en Campo: «Cada
ciudadano era titular de una Tarjeta de Abastecimiento,
expedida por una Comisaría General de Abastecimientos,
en la que constaba la filiación completa. Luego,
le adjudicaban una Cartilla de racionamiento de varias
hojas a modo de sellos, que entregaba al comerciante
en el momento de retirar la mercancía correspondiente
a cada mes.
En
general funcionaba así: tres o cuatro comerciantes
de Campo estaban autorizados a repartir el racionamiento
recibido. Una vez al mes llegaba el aceite, arroz, etc.
El pregonero anunciaba la llegada y el día de
su distribución a cada familia, que recibía
la ración del mes correspondiente. Recuerdo que
de niño vi colas de mujeres frente a casa del
señor Miguel de Juan, con pucheros y botellas
en las manos esperando que se deshelara el aceite congelado
en los bidones, el comerciante hacía fuego bajo
los recipientes metálicos, con el calor se licuaba
el preciado líquido. Entonces empezaba el reparto.
Hasta que se armaba cierto "guirigay" entre
las asistentes que aguardaban cola. La cantidad entregada
debía durar para todo el mes, de lo contrario,
a partir del momento de su terminación no habría
más para seguir comiendo hasta el próximo
reparto.»(Fuster,
2012).
Durante la época
de las cartillas, casi España entera se hizo
“de doble fondo”. Los pobres a
escala pequeña y los ricos al por mayor. Entre
medias, toda la escala posible de grises. Cualquier
producto encontró su hueco donde pasar desapercibido,
ya fuera arropado en el carrito de un bebé inexistente,
oculto en el interior de las faldas y blusas de las
mujeres (hubo una plaga de simulación de embarazos
y de chepas), entre los hábitos de falsas monjas
o sacerdotes, en el interior de libros e instrumentos
de música, en ataúdes, en los depósitos
de combustible de los vehículos o en las cubiertas
de las ruedas de repuesto, entre la tierra de los tiestos,
debajo de las baldosas del suelo o tras los baldosines,
entre los muros de las paredes, en huecos de los tejados,
en chimeneas, canalones y tuberías, en depósitos
de agua (algunos con doble fondo para almacenar aceite
debajo del almacén de agua), hasta en infectos
retretes (Figura 17).
Muchos tenderos sisaban,
robaban de forma continua a los más necesitados:
unos gramos de harina por aquí, unos centilitros
de aceite por allá, un poco de agua en la leche
y así con todos los productos. Los empleados
de las tiendas sisaban a sus empleadores para sacar
algo de dinero a otros pobretones con peor suerte. Los
grandes comerciantes hacían la vista gorda por
el temor a ser denunciados, mientras la doble contabilidad
iba engordando su fortuna.

Figura 17. El aceite
fue uno de los objetos estrella durante el estraperlo.
En la imagen se muestra el escondite de un bidón
de aceite: una colección de novelas convenientemente
ahuecadas. Rafael Yzquierdo Perrín (España
años 40, Beta III Milenio, Bilbao, 2008).
Las mujeres, en general,
fueron las grandes protagonistas de las largas colas
del racionamiento y algunas lo pasaron particularmente
mal durante ese periodo, especialmente las viudas con
niños pequeños y sin recursos y las que
tenían a sus maridos en las cárceles,
que en algunos casos tenían que soportar todo
tipo de comentarios o auténticas humillaciones.
Nuestras abuelas se las ingeniaron para alimentar a
su prole con casi nada. Se hacían pucheros sin
huesos, frituras sin aceite, tortillas sin huevos, embutidos
con pescado en un estado un tanto dudoso, café
sin café, dulces sin azúcar, las mondas
de naranjas era un auténtico delicatessen,
se freían las peladuras de patatas, se hacían
cocciones con plantas y hierbas inéditas en la
gastronomía y el tocino se calentaba para sirviera
de aceite para freír cuando estuviera un poco
derretido. Las carnes de todo tipo de pájaros,
roedores, perros y gatos fueron boccato di cardinale,
especialmente cuando se desconocía su origen
ya que tampoco era necesario preguntar y estropear el
emocionante momento de hincarle el diente a algo. En
un ambiente tan complicado también hubo hueco
para historias de solidaridad entre vecinos o con personas
más desfavorecidas, incluyendo comerciantes que
fiaron hasta en los peores momentos (lo que a algunos
los llevó a la ruina). Se repartía la
miseria, se canjeaba un producto por otro, se hacían
muchos trueques. Y que no falte el humor y el poder
reírnos de nuestras propias miserias. En 1947,
Luis Escobar crea un personaje para la mítica
Editorial Bruguera que constituiría el arquetipo
del hambriento de la posguerra: Carpanta (Figura 18).
El calado de ese peculiar personaje (todo el mundo en
esa época era un carpanta o tenía carpantas
a mano) fue tal que la Real Academia de la Lengua define
carpanta como «hambre
violenta».

Figura 18. Carpanta,
con un mensaje que define bastante bien al periodo de
la posguerra y de sus inseparables cartillas de racionamiento.
Había mercancías
que, aunque no estaban racionadas, también eran
escasas y la imaginación siempre obra milagros:
ropa eternamente remendable, chaquetas reversibles,
es decir, cuyo interior se mutaba en exterior cuando
este ya estaba demasiado raído, o los pantalones
cuyos dobladillos subían o bajaban según
crecía el portador o pasaba de una generación
a otra. ¡Y qué decir de los escasísimos
medicamentos! Las abuelas bajaban la fiebre con rodajas
de patata estratégicamente colocadas en la frente.
Y los chichones con una gota de aceite o con una perra
gorda, a la que el propio accidentado tenía que
apretar fuertemente en el lugar del impacto (en otras
ocasiones se amarraba a la cabeza con un pañuelo).
Todos estaban al quite.
Si aparecía un camión que aparcaba con
un toldo de lona, la chiquillería lo abría
y rapiñaba lo que se pudiera. Muchos chavales
se disponían en la cercanía de unidades
militares detrás de cualquier cacho de algarroba
que se le cayera a una caballería. Hasta existían
perros y burros contrabandistas. Su adiestramiento tenía
dos fases. En al primera, hombres vestidos de guardias
civiles les pegaban unas buenas palizas, de manera que
los pobres animales huían que se las pelaban
de las personas uniformadas de esa guisa. En la segunda
fase, les ataban fardos (sin ninguna mercancía
de las perseguidas) y los tenían un día
sin comer. Al día siguiente los llevaban a un
kilómetro de la casa y los soltaban en dirección
a su casa, dándoles de comer generosamente cuando
llegaban. La distancia iba aumentando en los días
posteriores hasta que llegaban al sitio donde los propietarios
de esos animales recibían el alijo o tenían
el almacén de tabaco o alimentos sujetos a racionamiento.
En un país que
era cuna y máximo exponente de la picaresca y
que se había dejado sus últimos escrúpulos
en la guerra, abundaban los timadores. Falsas colectas
para parroquias u orfanatos que no existían o
a los que no les llegaba nada si existían. Falsos
inspectores con documentación falsa se llevaban
lo que podían de los asustados agricultores,
ganaderos y comerciantes a los que iban a visitar (y
sabían muy bien a quién iban a visitar).
Las cartillas se falsificaban como churros. En 1943,
se descubrió una red que había falsificado
20.000 cartillas de aceite, 50.000 tarjetas de fumador
y vales de gasolina por un volumen de 30.000 litros.
Hasta los muertos, muchos, tenían cartillas.
Y, a su vez, las cartillas
también pasaron a mejor vida. A principios de
los años 50, se produjeron buenas cosechas de
cereal (especialmente en 1951) y aumentaron los intercambios
comerciales, especialmente con algunos países
iberoamericanos y con Estados Unidos. Por aquel entonces,
el consumo per cápita de carne se había
duplicado con respecto al de 1939. En ese contexto,
el racionamiento del pan acabó el 1 de abril
de 1952. El 16 de mayo de ese mismo año, durante
la sesión inaugural de la cuarta legislatura
de las Cortes, Franco anunciaba la supresión
de las cartillas de racionamiento. Ese periodo de trece
años fue tan duro, y para tanta gente, que muchos
autores consideran que la guerra no acabó en
1939 sino el día en que desaparecieron las cartillas
(otros tendrían que esperar muchos años
más para que acabase para ellos). En particular,
la situación fue tan catastrófica en la
década de los años 40 (caída drástica
de la producción agraria y de la disponibilidad
de alimentos) que esa década ha quedado en la
memoria colectiva como los años del hambre.
Hubo que esperar hasta 1954 para que se superara la
renta por habitante de 1935 (¿veinte años
son nada?).
4. Guerrilleros
republicanos: de “los del monte”
a maquis
La palabra maquis
procede de la adaptación al francés del
vocablo italiano macchia (campo cubierto de
maleza o paisaje de arbustos y matorrales). La maquia
o maquis es uno de los principales ecosistemas
mediterráneos y está formado principalmente
por plantas, arbustos y árboles perennes, de
una altura media de entre 60 cm y 4 metros. La expresión
italiana darsi alla macchia equivale a la francesa
prendre le maquis y a la española echarse
al monte. En Francia se comenzó a emplear
este término en la Segunda Guerra Mundial para
referirse a los grupos de guerrilleros de la resistencia
francesa que se escondían en zonas montañosas
o boscosas. Era en la maquia donde se camuflaban
para cometer actos de sabotaje o asestar sus emboscadas.
Conviene recordar que, finalizada la guerra civil, el
casi inmediato estallido de la Segunda Guerra Mundial
sorprendió a una buena parte de los excombatientes
republicanos en territorio francés y muchos de
ellos se incorporaron a la Resistencia francesa.
En España, hasta
1944, a los huidos al monte organizados en guerrillas
se les conocía como guerrilleros, los del
monte, fugados, escapados o emboscados
entre otros. El nuevo término se empezó
a usar en España para aludir a los guerrilleros
españoles que habían participado en el
maquis francés y que, con la retirada
de las tropas alemanas nazis de territorio galo en 1944,
retornaron a España con la vana esperanza de
provocar una sublevación popular en las grandes
ciudades y de que los aliados aprovecharían la
coyuntura para acabar con el régimen franquista
y desterrar el fascismo de Europa. Más concretamente,
participaron en el intento de invasión del Valle
de Arán por parte de la división 204 y
en las maniobras previas de distracción que tuvieron
lugar en diversos puntos a lo largo de toda la cordillera
pirinaica, desde el Bidasoa al Alto Ampurdán,
a cargo de la División 102. Esa operación
estuvo organizada por la Unión Nacional Española
(UNE), organización antifranquista creada en
1942 en Montauban (Francia) bajo los auspicios del Partido
Comunista de España (PCE) para incluir a todos
los grupos, incluyendo conservadores, monárquicos
o carlistas, que tenían en común su oposición
frontal al régimen dictatorial.
Globalmente, la operación
tuvo un saldo devastador para los guerrilleros ya que,
mientras que un pequeño puñado quedaron
esparcidos por territorio navarro, aragonés o
catalán, o lograron contactar con grupos de otras
zonas de España, la inmensa mayoría tuvieron
que retornar a Francia y los que tuvieron peor suerte
fueron abatidos o detenidos (y algunos de ellos fusilados
posteriormente) (Figura 19). Su derrota fue hábilmente
utilizada por la propaganda franquista y así
lo comunicó a Londres el embajador británico:
«El infatigable movimiento
de unos pocos cientos de aventureros españoles
en la frontera le ha dado [a Franco]
la posibilidad de aparecer como el paladín
de España ante la invasión roja. (…)
También le ha brindado el pretexto para arrestar
y ejecutar a un formidable número de adversarios
políticos». Según Paul
Preston, se produjo «la
revitalización de la mentalidad de la Guerra
Civil, proporcionando al Ejército algo que hacer
y, en general, cohesionando el cuerpo de oficiales en
torno a Franco» (Preston, 1994). Franco
aprovechó la coyuntura para reforzar la frontera
pirenaica, apostando unos 100.000 efectivos distribuidos
en 13 divisiones, amén de las fuerzas de orden
público y del cuarto tabor de Regulares (Ceuta
número 3).

Figura 19. Noticia
en la Vanguardia de finales de octubre de 1944.
Por su parte, al gobierno
de la Francia Libre de Charles de Gaulle, que había
reconocido oficialmente al gobierno de Franco el 16
de octubre de 1944 (apenas unos días antes de
la malograda invasión), también le vino
bien el devenir de los acontecimientos. Con el pretexto
de la invasión y para mantener la tranquilidad
fronteriza, desarmó y desmovilizó a los
guerrilleros republicanos, «que
habían convertido el suroeste de Francia en un
verdadero feudo. Un feudo español y comunista»
(Serrano, 2002). En un pispas y, sin despeinarse, se
había quitado un problema de en medio. La Operación
Reconquista de España fue la primera y última
intentona militar de derrotar a Franco. Unos meses después,
el fallecimiento de Roosevelt (principal partidario
de acabar con la dictadura franquista) y los crecientes
encontronazos entre Stalin y sus socios durante la guerra,
patentes en las conferencias de Potsdam y Yalta, condujo
a una nueva situación geopolítica mundial
e hizo que la suerte cayera del lado del régimen.
Franco era útil y además resultaba barato
para las potencias occidentales.
No obstante, un número
pequeño de los guerrilleros que participaron
en esa operación o en las maniobras previas de
distracción logró salvar el cerco y se
integró en los grupos guerrilleros que actuaban
en el interior de España (Figura 20). Algunos
autores hablan de unos 200 efectivos (Serrano, 2002).

Figura 20. Guerrilleros
españoles en el Pirineo bearnés. Fuente:
La Dêpeche du Midi (Toulouse, Francia).
El caso es que, con
esta operación y la diseminación de guerrilleros
por el territorio español, el vocablo maquis
se difundió por toda la península, siendo
actualmente el más empleado para aludir al conjunto
de movimientos guerrilleros opositores al régimen
franquista tras la Guerra Civil, a pesar de que ya habían
empezado a operar durante la contienda.
Pese al fracaso de
la invasión del valle de Arán, el PCE
siguió convencido de que el fin de Franco estaba
cercano y que la resistencia armada podía contribuir
decisivamente a su derrocamiento. Y se optó por
la táctica del goteo, aumentando el número
de pequeñas incursiones procedentes de Francia,
para contactar y organizar los grupos de huidos, cuyo
número ya era considerable en algunas zonas con
una orografía propicia (cordillera cantábrica,
sistema ibérico, Sierra Morena…). La pretensión
era que el movimiento guerrillero fuera la mecha que
condujera a la rebelión de las masas. En el pleno
del PCE celebrado en Toulouse en 1945, que ratificó
la vía armada, la Pasionaria proclamó
que «una ola de huelgas,
manifestaciones y acciones guerrilleras, combinadas
con sublevaciones militares, debe inundar todo el país
de punta a cabo» (Serrano, 2002).
No repararon en la ausencia de organizaciones que permitieran
enlazar a los hombres de armas con un pueblo que estaba
harto de violencia, ni en la eficacia de la brutal represión
franquista en el ablandamiento de las voluntades.
En cualquier caso,
la resistencia se organizó en agrupaciones guerrilleras.
Las más importantes que operaron en territorio
aragonés fueron la Agrupación Guerrillera
de Levante-Aragón (AGLA), que fue la más
importante que tuvo el PCE dentro de España durante
los años 1940, y la más modesta Agrupación
Guerrillera del Alto Aragón (AGAA). En la creación
de esta último jugó un papel esencial
el sobrarbense Joaquín Arasanz Raso, que utilizó
varios alias, como José Buil Broto, José
Ibáñez Lascorz o el más conocido
de Antonio Villacampa (Casa Buil, La Pardina,1917-Barbastro,
1995) (Figura 21). Villacampa formaba parte,
como comisario general, del Estado Mayor de la Brigada
21 que entró en Aragón en las maniobras
de distracción del otoño de 1944. A su
mando se tomaron diversos pueblos del valle de La Fueva,
incluyendo su capital (Tierrantona), logrando permanecer
un mes en suelo español. Sin embargo, tuvo que
regresar a Francia debido al fracaso de las otras brigadas
y de los otros batallones de su propia brigada. Pocos
meses después, entró en Aragón
con una partida para crear la AGAA. Fue detenido por
la policía en enero de 1947 en la central eléctrica
de Huerta de Vero y condenado a reclusión perpetua.
Salió de prisión en 1963, marchando a
Francia. Con la democracia, en abril de 1979, fue elegido
concejal por el PCE en Barbastro (Huesca).

Figura 21. Joaquín
Arasanz Villacampa. www.cuandolosmaquis.com.
Aunque desde la guerra
civil se habían empleado diversas fuerzas para
combatir a la resistencia armada, el mayor peso recayó
en la fuerza de orden rural por excelencia: la Guardia
civil. En esa misión participaron los puestos
tradicionales de las zonas montañosas que, en
general, habían sido reforzados tras la guerra.
Además, se crearon puestos eventuales en los
puntos más significados de las áreas de
maquis. A modo de ejemplo, se dispuso de un
puesto al lado del mesón de Sevil, en el epicentro
de la abrupta sierra de mismo nombre. Dentro de la benemérita,
las secciones más significadas en la lucha contra
el maquis fueron las brigadillas especiales o móviles,
principales responsables de las batidas, las operaciones
de apostadero o el acoso a los enlaces.
Estas unidades eran
auxiliadas por el somatén, una especie de organización
armada integrada por civiles voluntarios. De origen
catalán, funcionó en aquellas tierras
desde la Edad Media, para colaborar con las autoridades
en el mantenimiento del orden en los campos, lo que
frecuentemente derivaba en la represión de cualquier
actividad considerada contraria a los intereses de los
propietarios rurales. En 1923, el dictador Miguel Primo
de Rivera decidió extender esta institución
al resto de España, dándole una organización
paramilitar y sometiéndolos en última
instancia al Ejército. Los miembros del somatén
tuvieron inmunidad para casi todas sus acciones, determinados
privilegios en tasas e impuestos y además eran
frecuentes las fiestas y actos “patrióticos”
para estimular la afiliación. Durante la II República
el somatén fue suprimido pero el régimen
franquista lo reinstauró en Cataluña en
1939 y, posteriormente, en 1945 aprobó su funcionamiento
en los pueblos de menos de 10.000 habitantes de toda
España, con la finalidad de ayudar en la lucha
contra el maquis y la oposición interna
bajo el control de la Guardia Civil. El somatén
no se suprimió… ¡hasta 1978! Y lo
que son las cosas, la reducción de las dotaciones
de la guardia civil y de los mossos d’esquadra
en las zonas rurales de Aragón y Cataluña,
respectivamente, produjo su resurrección en el
año 2013. Así, en localidades como Tamarite
de Litera y Albelda se formaron patrullas de vigilancia
por parte de agricultores y ganaderos para frenar la
ola de robos en sus propiedades, con la permisividad
del Ministerio del Interior que optó por dejarles
hacer a cambio de que no fueran armados y de que informaran
a los agentes de sus rutas y horarios de patrulla.
Pero volvamos a lo
nuestro. La Guardia Civil también pagó
una cuota importante de muerte como eslabón más
expuesto contra los guerrilleros y, de hecho, en algunos
casos constituyeron auténtica carne de cañón
para la actividad represiva del régimen, como
bien retrata Montxo Armendariz en su película
Silencio roto (2001). La mayor parte de sus
miembros llegaba al cuerpo debido a las condiciones
miserables del país y, en muchos casos, tras
varios años de militarización, entre servicio
militar y guerra. Por supuesto, siempre hubo oficiales
y números, ávidos de sangre, que vieron
en la lucha contra la guerrilla un medio ideal para
tratar de medrar. No obstante, las dudas sobre el futuro
del franquismo entre 1942 y 1945 provocó una
especie de pacto no escrito por el que guardias civiles
y guerrilleros evitaron, en la media de lo posible,
los enfrentamientos. Había que hacer méritos
por si la situación daba un giro de 180º.
Pero con el lavado
de manos de la comunidad internacional tras la Segunda
Guerra Mundial, el régimen se vino arriba y,
a partir de 1947, obligó a la Guardia Civil a
emplearse a fondo contra los maquis. El teniente general
Alonso Vega, director a la sazón de la Benemérita,
impulsó la creación de un sistema represor
particularmente duro y para ello recurrió a los
arrestos, sanciones y castigos (llegando en algunos
casos hasta la ejecución) para aquellos que no
actuaban con la contundencia deseada por los mandos
más duros. En el año 1948, varios oficiales
y suboficiales destinados en Aragón fueron sometidos
a consejos de guerra por «incumplimiento
de misiones encomendadas en la lucha contra los guerrilleros»
(Serrano, 2002). Las expulsiones del cuerpo se multiplicaron
por «baja moral»,
«negligencia en el servicio»
o «falta de celo en
el cumplimiento del deber». El arresto
significaba la imposibilidad de ascender o al menos
hacerlo al ritmo deseado mientras que una expulsión
significaba convertirse en a la vez en un parado y en
un paria en un contexto de miseria generalizada. En
resumen, muchos guardias tenían más miedo
a sus jefes que a los guerrilleros.
Esa política
de sanciones y castigos contrastaba con los premios
(pagas extras, recompensas, ascensos) a aquellos que
mostraban una obsesión enfermiza en la lucha
contra los maquis, sobrepasando todos los límites
de la ética, la moral y la legalidad. En general,
resultaba más rentable ejecutar a un guerrillero
que detenerlo, especialmente bajo el paraguas de la
ley de fugas, auténtica fábrica
de asesinatos. Algunos guardias aprovecharon la lucha
contra el maquis para participar en el gran negocio
del momento (el estraperlo o mercado negro, por supuesto),
lo que les permitía enriquecerse y/o ganarse
los favores de sus superiores. La gran intensificación
de la lucha contra los guerrilleros no se dirigió
precisamente hacia los enfrentamientos directos (que
causaban bajas y no tenían grandes resultados
positivos) sino, particularmente, a la mejora de los
sistemas de espionaje y contrapartidas, al fomento del
premio a confidentes y delatores (especialmente, los
que permitían la detención de los enlaces,
quienes se convirtieron en los objetivos prioritarios
de la represión), y a los abusos y torturas a
las que se sometían a detenidos, familiares y
amigos de guerrilleros, o a toda aquella persona que
se considerase sospechosa, frecuentemente de una forma
totalmente arbitraria y caprichosa. En muchos casos,
las delaciones no eran precisamente espontáneas
sino la única forma de salvar el propio pellejo
o el de la familia. La furia exterminadora entre 1947
y 1949 ha sido calificada como el trienio del terror.
Tras la fallidas operaciones
pirenaicas, la provincia de Huesca quedó en gran
medida al margen del proyecto guerrillero auspiciado
por el PCE desde Toulouse, a pesar de que algunas zonas
eran particularmente adecuadas para la resistencia,
tanto por su orografía como por su proximidad
a Francia. No obstante, se produjeron numerosos sabotajes,
ocupaciones, secuestros y actos de venganza (incluyendo
diversos asesinatos). Esa disminución de la actividad
en el Alto Aragón se debió a la necesidad
de enfriar la zona y disminuir la presencia
de fuerzas represivas, de tal manera que sirviera de
pasillo natural entre Francia y el área de acción
de la AGLA, a la que se pretendía convertir en
uno de los principales arietes contra la dictadura.
Buena parte de los hombres y del material con destino
a la AGLA y a otras agrupaciones entraba por Ansó
y Hecho, además de por otros puntos del pirineo
aragonés. Los pequeños grupos que operaban
en las comarcas de Jacetania, Alto Gállego, Sobrarbe
o Ribagorza, en la sierra de Guara, etc., facilitaban
ese tránsito, que solía tener un punto
intermedio en Los Monegros, especialmente en la sierra
de Alcubierre. En ese lugar se habían asentado
algunos de los guerrilleros de la 241ª Brigada
que, comandados por José Cortés Brun,
natural de Siresa, habían penetrado por la cabecera
de los valles de Ansó y Hecho en las operaciones
previas a la intentona de invasión del valle
de Arán.
En cualquier caso,
la provincia de Huesca, desde Ansó hasta el límite
con el valle de Arán, pasando por la sierra de
Alcubierre, la de Guara o la zona de la Peña
Montañesa, entre otros lugares, fue uno de los
escenarios del maquis (bandolerismo según el
régimen) en España. En otras palabras,
su zona de acción se solapaba completamente con
la de los arrieros altoaragoneses, con los que compartían
muchos caminos secundarios en horas intempestivas (recordemos
que los arrieros solían iniciar sus jornadas
temprano en la madrugada). En tales circunstancias,
no es de extrañar los frecuentes encuentros,
cuando no encontronazos, que se produjeron. Los arrieros
llevaban alimentos, bienes muy preciados por sus clientes…
pero también por los maquis. Hubo algún
que otro arriero que concertaba encuentros con paisanos
«que se habían
echado al monte», para llevarles alimentos
y cartas o noticias de sus familias. Uno de los más
activos, y que mantendremos en el anonimato, enfilaba
la cabañera que pasaba por el mesón de
Sevil sobre las 5 o 6 de la mañana y tenía
el sambenito de ser de derechas, por lo que no despertaba
recelos en la Guardia Civil. Cuando retornaba a su pueblo,
si algún número del citado cuerpo le preguntaba
si había visto «algo
raro, usted que va tan temprano por esos sitios»,
le respondía negativamente o indicando un lugar
alejado del fijado para sus encuentros.
Como se ha señalado
en un capítulo previo, cualquier persona necesitaba
un permiso o salvoconducto otorgado por la Guardia Civil
para poder desplazarse por prácticamente la mitad
norte del territorio oscense, debido a su cercanía
con el territorio galo. Los pastores, carboneros o arrieros
que se desplazaban regularmente por zonas montañosas
no estaban eximidos de ese requisito y, además,
debían ajustarse a unos horarios establecidos
(que los cumplieran o no, ya es otro tema). Se prohibió
la caza. El gobernador civil de Huesca ordenó
a los alcaldes de localidades próximas a focos
«de huidos»
que detuvieran a «cuantos
mendigos circulen por ese pueblo y sus alrededores,
ingresándolos en el depósito municipal»
(Yusta, 2000). Todo un detalle de humor
negro o surrealismo en una época donde la miseria
campaba a sus anchas.
Poco a poco, los maquis
empezaron a resultar una patata caliente para
todos, empezando por el propio PCE que en 1948 cambió
su estrategia e inició la disolución de
las agrupaciones guerrilleras, desapareciendo de la
memoria oficial del partido, incluso tras la transición
que siguió a la muerte de Franco. También
para sus familiares, sometidos a una presión
constante y en ocasiones brutal. Igual que para los
habitantes de los pueblos ubicados en zonas de maquis
(Sevil, Las Bellostas, Fanlillo, Gallisué, Tuartas,
Sasa…), a los que habitualmente llegaban de noche,
reunían a la gente en alguna plaza, donde celebraban
mítines y pedían alimento; en ocasiones
se repartían por las casas para cenar o dormir.
Mientras estaban en el lugar, no permitían que
nadie saliera de él. Muchas veces a su presencia
sucedía casi de inmediato la del ejército
o la guardia civil, lo que ponía a los vecinos
en situaciones de gran compromiso, y contribuía
a debilitar aún más sus maltrechas economías
(Bravo, 2008). Algunos abandonaron sus casas para ir
a lugares más populosos pues podían sufrir
represalias (e incluso la muerte) tanto por delatar
a los maquis como por no colaborar con la Guardia Civil.
Muchos de los integrantes
del maquis murieron o fueron detenidos, mientras que
otros escaparon a Francia (fundamentalmente a través
de los Pirineos) o al Marruecos francés. Según
Sánchez (2001), «a
partir de 1950, la diezmada guerrilla del Alto y el
Bajo Aragón se fue recluyendo en Peña
Montañesa, la gigantesca casamata que la naturaleza
engendró en los Pirineos centrales».
Allí, se refugiaron en cuevas ocultas entre la
vegetación (Loja Fuente, Hueso Santo, Esplugón
de Chaime, Espluga do Cabo a Rasa etc.), que hacían
de polvorín, de estación de radio o de
imprenta (Figura 22). Para controlar esa zona, la Guardia
Civil estableció un cuartel en la escuela de
Torrelisa. En el año 1952 se procedió
a la evacuación de los últimos contingentes
relevantes. A partir de ese año, los maquis que
resistían que no pudieron salir de España
o que se negaron a exiliarse, lucharon ya casi exclusivamente
por la supervivencia pura y dura. Incómodos para
casi todos, silenciados o minimizados por la historia
oficial, muchos pasaron de ser héroes de la resistencia
frente a los nazis a ser unos simples bandoleros para
la propaganda franquista.

Figura 22. Interior
de la cueva de Hueso Santo, cuya entrada es realmente
angosta. Juan M. Rodríguez.
En 1956, la Guardia
Civil descubrió un zulo lleno de armas y munición
en una de las muchas cuevas que los maquis ocuparon
en Peña Montañesa. Mucho más recientemente
(entre 2017 y 2019), la sección de espeleología
del Club Atlético Sobrarbe encontró en
cuevas prácticamente inaccesibles de la Peña,
diversos materiales utilizados por los maquis (una multicopista,
libros y revistas del PCE, manuales de sabotaje, vendas,
cartuchos de tinta, latas, etc.). En los últimos
años, el Ayuntamiento de El Pueyo de Araguás
ha creado un sendero histórico interpretado desde
la cercanía del Monasterio de San Victorián
hasta uno de los abrigos-refugio de los maquis. Qué
mejor resumen de ese triste periodo que la letra de
la Canción
sin final (Manuel Domínguez) de La Ronda
de Boltaña, incluida en su disco Bailando
entre las ruinas (2019):
«Pasaron
ayer,
al oscurecer.
Fuina ni gato montés
pisan con tan leve pie.
-
Sólo quedamos los tres.
No hay balas, ni qué comer.
¡Ni en la Espelunga, mujer,
nos podemos ya esconder!
Cerca
nos vienen siguiendo
los guardias, ¡fuerte retén!
Si logro pasar a Francia,
a buscaros volveré.
¡Basta
de lloros, mujer!
¡Cuida a tu madre, mocé!
Tú, aunque te peguen: ¡no sé!;
¡nada he visto, nada sé!
Cada
instante que me des
la vida te deberé,
o antes del amanecer
de un cajigo colgaré.
Luces
venían subiendo…
- ¡Aguantad, regresaré!
Con un temblor de chinibros
se cerró el bosque tras él.
- Nosotros, ¡a resacar!,
(se quejó el cabo al entrar)
y otros al puesto, a esperar:
¡Pim, pam pum!; ¡eso es cazar!
¿Por
dónde cruzan la sierra?
¿Te haces el hombre, chaval?...
¡O cantas tú, o de tu madre
va a ocuparse “la social”!
Sierra
Ferrera,
La Valle detrás;
senda y rallera,
¡no mires atrás!
Yo atado a un bucho,
madre en el corral.
Lo que más duele
es oirla gritar.
Antes
de salir el sol
una patrulla informó:
- ¡Un bandolero cayó! ....
por el bosque huyeron dos.
Un
morral, un “naranjero”,
¡libros!, y una tricolor;
en el bolsillo una foto:
una joven y un ninón.
¡No
me preguntes!
no sé nada más.
Como lo canto
lo he oído contar.
Sangra la herida
sin cicatrizar.
Tiempos del maquis,
canción sin cerrar.
¡Sube a la Peña,
o entra en la cueva!
Tal vez el viento
-gloria y lamento-
te sople un final».
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