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«La
mercancía marchaba en tren y los arrieros de
largo recorrido encontraron su finiquito».
Alejandro Pérez, La Casa de la Troya,
1915.
1. El nacimiento
de un nuevo sistema de transporte
Arrieros y carreteros
fueron los amos absolutos del transporte de mercancías
hasta mediados del siglo XIX. Realmente, eran la única
alternativa para el comercio interior si exceptuamos
los pocos lugares en los que era posible el tráfico
fluvial. Pero, aunque no lo supieran, las cosas habían
empezado a cambiar a finales del siglo XVII.
Entre 1690 y 1711,
Savery y Newcomen desarrollan las primeras máquinas
de vapor y logran la primera aplicación industrial
del carbón para realizar un trabajo mecánico:
la extracción de agua de las minas subterráneas.
Más recientes eran los trabajos de James Watt
(Figura 1) quien había dado el impulso definitivo
a la máquina de vapor, ya que transformó
un proyecto tecnológico atractivo en una forma
viable y económica de producir energía.
Además de inventar el medidor de presión,
Watt descubrió que la máquina de Newcomen
estaba gastando casi tres cuartos de la energía
del vapor en calentar el pistón y el cilindro.
Para evitarlo, desarrolló una cámara de
condensación separada que incrementó drásticamente
la eficiencia. Watt patentó su máquina
en 1786. Nos encontramos ante uno de los momentos clave
de la historia.

Figura 1. Retrato de
Watt por Henry Howard (c. 1797). National Portrait Gallery.
Archivo UCM.
Paralelamente, durante
todo el siglo XVIII se estaban construyendo numerosos
ferrocarriles mineros en toda Europa. Es cierto que
quien arrastraba las vagonetas sobre unos carriles no
era una locomotora sino una caballería; pero,
sin los raíles de hierro, el animal no hubiese
podido arrastrar más que un solo contenedor mientras
que, con ellos, remolcaba varias vagonetas (Figura 2).
Dado que tanto los ferrocarriles como las máquinas
de vapor se habían desarrollado en el ámbito
minero era cuestión de tiempo que sus caminos
se entrecruzaran y naciera el tren.

Figura 2. Las mulas,
primitivas locomotoras aún en uso en las minas
de algunos países. Archivo UCM.
Y esto sucedió
en 1802 cuando Richard Trevithick construyó una
máquina de alta presión para una planta
siderúrgica en Merthyr Tydfil (Gales). La sujetó
a un bastidor e hizo de ella una locomotora (Figura
3). La patente la vendió en 1803 a Samuel Homfray,
el propietario de la planta, quien estaba tan impresionado
que se apostó con otro industrial que la locomotora
podía arrastrar diez toneladas de hierro por
unas vías hasta Abercynon, a una distancia de
15,7 km. La apuesta se llevó a cabo el 21 de
febrero de 1804. La locomotora de Trevithick remolcó
cinco vagones con diez toneladas de hierro y 70 hombres
a una velocidad media aproximada de 3,9 km/h y necesitó
cuatro horas y cinco minutos para cubrir toda la distancia.
Aunque funcionaba, esta locomotora no tuvo éxito
porque era demasiado pesada para los raíles de
hierro fundido, ideados para carromatos tirados por
caballerías. A los cinco meses dejó de
funcionar y se volvió a utilizarla como máquina
estacionaria.

Figura 3. Dibujo de
la locomotora de Trevithick de 1803. Archivo UCM.
Hasta 1825 las nuevas
locomotoras se emplearon exclusivamente en el interior
de minas de carbón para la extracción
de este mineral. Ese año se inauguró el
ferrocarril Stockton-Darlington (Figura 4), el primero
en prestar servicio público de transporte de
cargas con locomotoras a vapor. Pocos meses después
se abría la línea Canterbury-Wishtable,
la primera con servicio regular de pasajeros con tracción
a vapor. Finalmente, en 1830 se inaugura la primera
línea considerada “moderna”: la Manchester-Liverpool
(40 km/h) (Figura 5).

Figura 4. Inauguración
del ferrocarril Stockton-Darlington, 27 de septiembre
de 1825. Archivo UCM.
Las tres líneas
utilizaban locomotoras construidas por una de las personas
clave en el desarrollo del tren, tal y como hoy lo conocemos:
George Stephenson (Figura 6). Su trayectoria es ejemplar
y no me resisto a comentarla brevemente: hijo de un
peón minero, en su infancia guardó vacas
y no aprendió a leer hasta los 18 años.
En 1804 entró en las minas de Killingsworth en
sustitución de su padre que se había quedado
ciego. Pronto destacó por una serie de prácticos
inventos (como una de las primeras lámparas de
seguridad que se emplearon en las minas) que realizaba
sin tener ningún tipo de estudios. En 1810, un
agricultor de la comarca le enseñó nociones
de matemáticas, de mecánica y biología.
Solo dos años más tarde, ya era ingeniero-director
de aquellas minas. En 1823 creó una fábrica
en Newcastle para la producción de locomotoras,
actividad a la que se dedicaría hasta su muerte.

Figura 5. Manchester-Liverpool,
la primera línea ferroviaria moderna. Primera
clase (fila superior) y segunda clase (fila inferior).
Archivo UCM.

Figura 6. George Stephenson
y una de sus locomotoras. Imagen de los billetes de
5 libras esterlinas. Archivo UCM.
El desarrollo de la
tecnología ferroviaria, con la consiguiente creación
de las redes nacionales europeas durante las siguientes
décadas, iba a representar todo un desafío
para el gremio de los arrieros, especialmente en aquellas
zonas en las que se instauraban líneas. Antes
de analizar el impacto que tuvo el nuevo medio de transporte
sobre la actividad arriera, parece inevitable comentar
brevemente las particularidades del desarrollo del ferrocarril
en España y Aragón.
2. El ferrocarril:
un salto cualitativo
Antes de la aparición
del ferrocarril, los caminos fueron evolucionando lentamente:
las sendas y veredas para personas y animales, los caminos
de carro, las carreteras con firmes lisos… Pero,
de pronto, el hombre es capaz de aplicar la máquina
de vapor a un vehículo que hace rodar sobre un
carril de hierro; de repente, el mundo se encuentra
con un sistema que permite el establecimiento de relaciones
rápidas entre lugares distantes. Se trata de
una auténtica revolución. El efecto que
produce en la sociedad es enorme «y
la economía de los pueblos donde se fomenta,
se desarrolla, crece y crece» (Wais,
1974). Las repercusiones sociales, políticas,
culturales y urbanísticas fueron tan relevantes
como las económicas.
Es prácticamente
imposible describir el cambio que supuso la irrupción
del ferrocarril y el entusiasmo con que se acogió.
Se da un paso de gigante en la conquista del espacio,
que permite otros análogos para el comercio y
la industria; es el factor decisivo para la revolución
industrial que se opera. De hecho, se ha llegado a considerar
que la revolución de los sistemas de transporte
en los dos últimos siglos ha sido el factor más
importante en la modernización de los países
ya que, por una parte, ha permitido acortar espectacularmente
el tiempo de traslación de pasajeros y mercancías
y, por otra, abaratar los costes de estos servicios.
Los efectos del progreso
en el transporte han sido tan grandes porque «ha
abierto y conectado mercados, permitido el aumento de
las escalas de producción, aminorado los costes
medios de producción, estimulado la introducción
de procesos crecientemente tecnificados (…). Que
las malas condiciones del transporte interior en la
Península Ibérica han sido uno de los
grandes factores explicativos del retraso económico
de España es axioma aceptado por todos»
(Tortella, 1999). Ciertamente, España es uno
de los países europeos que reúnen peores
condiciones para el transporte interior debido a su
orografía montañosa y a la escasez de
tramos fluviales navegables. Este hecho parece responsable,
al menos parcialmente, de las grandes diferencias sociales,
económicas y culturales de sus regiones y de
la tendencia histórica a la fragmentación.
3. Luces y
sombras de la expansión ferroviaria en España
Los efectos globales
del ferrocarril sobre la economía española
fueron notables. El ferrocarril permitió mejorar
el abastecimiento de las grandes ciudades, trayendo
productos perecederos o pesados desde mercados cada
vez más alejados, lo que aseguraba los suministros
y, al mismo tiempo, los abarataba. También posibilitó
la adquisición de materias primas y productos
semiacabados y la venta de los productos industriales
que se fabricaban en ciudades del interior, como Zaragoza
(Comín, 1999).
Hacia 1870, ya se había
creado una primera red ferroviaria peninsular (Figura
7) que contribuyó, con la ayuda de los nuevos
medios de información (telégrafo, prensa
rotativa), a la convergencia de los precios del trigo
y otros productos agrícolas en las distintas
regiones (Sánchez-Albornoz, 1977; Barquín,
1997), a la especialización del sector ganadero,
a la lenta pero progresiva reconversión de la
ganadería trashumante y a la expansión
del sector textil (lana, algodón).

Figura 7. Red ferroviaria
construida entre 1848 y 1868. Archivo UCM.
El sector vinícola
encontró en este medio de transporte un aliado
necesario para su expansión desde 1879. Por primera
vez, los viticultores de la España interior pudieron
sacar provecho de la demanda internacional provocada
por la difusión de la filoxera en Francia durante
la década de 1880 (Carnero, 1980; Pan-Montojo,
1996). El ferrocarril fue básico para la expansión
de la minería (carbón, hierro, plomo)
en la segunda mitad del siglo XIX y para el desarrollo
de otras industrias a principios del XX, como el cemento,
el papel o las industrias químicas. Sabiñánigo
constituye un buen ejemplo. Si esto fuera poco, el ferrocarril
trajo consigo una mejora sustancial del servicio de
Correos (Sánchez-Albornoz, 1975). Así,
de 25 millones de objetos postales que circularon en
1855 se pasó a 60 millones en 1861 y a cerca
de 90 millones en 1876.
Sí, los efectos
globales del ferrocarril sobre la economía española
fueron notables… pero pudieron haber sido muy
superiores (Comín, 1999). Todo indica que el
mayor error fue la franquicia arancelaria concedida
a las compañías ferroviarias por los progresistas
de 1855. Querían que la red ferroviaria se construyese
lo más rápidamente posible y, en este
empeño, dejaron a las compañías
extranjeras la iniciativa de la construcción
y gestión de las distintas líneas. Estas
compañías trajeron prácticamente
todos los materiales que necesitaban (a excepción
de una parte del carbón y la madera) de sus países
de origen. Los empresarios españoles de la siderurgia
e industrias afines o auxiliares exigieron una protección
arancelaria que no fue tenida en cuenta. En la decisión
del Gobierno primó el hecho de que las empresas
extranjeras no solo eran más eficientes
en el terreno económico sino también en
la búsqueda de rentas (Comín y Martín
Aceña, 1996). Obviamente, si los gobiernos españoles
de la época hubiesen obligado a las compañías
ferroviarias a adquirir todos los materiales en España,
no se habrían interesado en el negocio porque
los productos de otros países europeos eran más
baratos y de mejor calidad. Pero, había vías
intermedias entre el proteccionismo absoluto y la franquicia
total. Es difícil saber el impacto que hubieran
tenido otro tipo de actuaciones, pero, tal y como hicieron
diversos estados alemanes, podría haberse optado
por políticas intermedias permitiendo que empresas
españolas proporcionaran parte del material y
obligando a las compañías extranjeras
a colaborar o establecer empresas conjuntas con industriales
españoles (Comín, 1999). Esta política
habría propiciado la asimilación de tecnologías
punta y habría servido de catapulta para la modernización
industrial de España.
En resumen, no se pueden
negar las notables aportaciones del ferrocarril a la
economía española. Casi todos los expertos
están de acuerdo en que solucionó los
problemas básicos de transporte al permitir la
movilización de la población, los efectos
postales y las mercancías hacia mercados alejados,
incluyendo el exterior (Comín y col., 1998).
Pero también en que la política ferroviaria
impidió una revolución industrial similar
a la experimentada por otros países europeos
durante la segunda mitad del siglo XX.
Analizando la historia
socioeconómica del ferrocarril español
aparecen otras situaciones aparentemente paradójicas.
Por ejemplo, el retraso con el que se acometieron las
obras de construcción de ferrocarriles en España
(en comparación con otros países europeos)
ha sido causa de repetidos lamentos. Y, sin embargo,
una de las etapas de mayor crecimiento ferroviario (1855-1864)
vino seguida de una de las grandes crisis económicas
en nuestro país (1864- 1874). Por otra parte,
si el tren parecía tan necesario, ¿por
qué las compañías ferroviarias
españolas resultaron, en general, un negocio
ruinoso? Hay diversas causas económicas, políticas
y geográficas que pueden ayudar a explicar esta
paradoja (Tortella, 1999).
En primer lugar, aunque
el ferrocarril era necesario y existía una demanda
social “abstracta”, no había una
demanda “concreta” inmediata ya que, a mediados
del siglo XIX España seguía siendo un
país atrasado, con o sin ferrocarril. En otras
palabras, la educación de la población
y el desarrollo de la agricultura y la industria eran,
en aquellos momentos, tan necesarios o más que
el ferrocarril. La economía española,
que necesitaba el ferrocarril, no podía pagar
su coste y su mantenimiento.
En segundo lugar, la
ceguera de los gobiernos durante los reinados de Fernando
VII e Isabel II, que no comprendieron la conveniencia
de favorecer la construcción de una red ferroviaria
ni la necesidad de una planificación seria. Prueba
de ello, es el decreto de 1844 que establecía
un ancho de vía diferente al del resto de Europa.
Posteriormente, los gobiernos progresistas quisieron
corregir los errores anteriores y se pasaron en el sentido
contrario; entre otras cosas, no modificaron el ancho
de vía cuando estaban a tiempo, utilizaron sistemas
de adjudicación mediante subasta que propiciaba
ofertas insensatas e improvisaron un sistema de financiación
del ferrocarril que condujo a la gran crisis financiera
de 1864. En resumen, la construcción ferroviaria
en España comenzó demasiado tarde y posteriormente
se intentó recuperar el tiempo perdido con demasiada
precipitación. La demanda empezó a crecer
a partir de 1874 pero, pocos años después,
aparecería un competidor feroz: el motor de explosión.
Finalmente, la accidentada
orografía, que era una de las razones más
importantes que justificaban la construcción
de la red ferroviaria, también constituía
un serio problema técnico y económico.
Además, resultaban igualmente problemáticas
otras condiciones geográficas típicamente
españolas: la baja densidad de población
y su gran dispersión. Tortella (1999) pone un
ejemplo muy gráfico de nuestro tiempo: la dificultad
para diseñar el trazado del AVE Madrid-Valencia.
Así, «si se quiere
que atraviese núcleos de población de
una cierta importancia (secundaria en todo caso) el
trazado tiene que hacer extraños zigzags. La
alternativa son 300 km de línea sin atravesar
apenas poblaciones de consideración. Este mismo
problema, en mucho mayor escala, porque España
contaba con poco más de la tercera parte de los
habitantes de ahora, se planteaba a los planificadores
del siglo pasado. En realidad era un problema insoluble
porque no se podía reagrupar a la población
para complacer a los planificadores ferroviarios».
4. Construcción
de la red ferroviaria en Aragón
Los ferrocarriles empiezan
a extenderse por Europa hacia 1825-1830. En aquel momento,
la situación de los caminos carreteros en España
dejaba mucho que desear. Su desarrollo más o
menos sistemático por parte del Estado había
comenzado durante el reinado de Fernando VI (1746-1759)
cuando Bernardo Ward expone al monarca un plan de progreso
en el que destaca la creación de un sistema radial
de carreteras que, partiendo desde Madrid, llegaran
a costas y fronteras. El plan se potenció durante
el reinado de su sucesor, Carlos III (1759-1788). Sin
embargo, la red contaba con poco más de 400 leguas
al inicio del siglo XIX. Por ellos circulaban arrieros
con sus acémilas y, por lo que respecta al tránsito
rodado, carros, galeras, sillas de posta y diligencias.
Estas últimas eran las auténticas señoras
de las carreteras. La mayoría de los pueblos
no gozaban del paso de una carretera y estaban comunicados
con los pueblos cercanos mediante un denso entramado
de caminos, la mayoría inmemoriales. Por estos
caminos, las mercancías solo podían ser
transportadas a lomos de caballerías y, en el
mejor de los casos, con pequeños carros. En cualquier
caso, las posadas, ventas y mesones constituían
una parte esencial de caminos carreteros y de sendas
de herradura. Los viajes más o menos largos no
podían concebirse sin lugares adecuados para
hacer las escalas necesarias para reponer fuerzas, pernoctar
y dar descanso a las caballerías.
En España, los
primeros proyectos relacionados con el ferrocarril no
llegan a ver la luz debido a que no eran muy convincentes
y a la inestabilidad política que vive el país,
en el que se suceden rápidamente los gobiernos.
Entre ellos se encuentra el de 1851, según el
cual la red se dispondría en forma de tres grandes
troncos que partirían desde Madrid y que se dirigirían
a los que estarían llamados a ser los grandes
centros de producción del interior peninsular:
Valladolid, Córdoba y Zaragoza. De estas tres
ciudades, saldrían líneas de segunda clase
hasta el mar y las fronteras. Al final se aprueba la
Ley General de Ferrocarriles de 1855 que supone el punto
de partida para el desarrollo de la red ferroviaria.
No es casualidad que
el nombre de Zaragoza aparezca ya en los primeros planes
ferroviarios y que en 1863 ya constituyera un nudo ferroviario
muy relevante. El centro de Aragón era una localización
estratégica de particular importancia ya que
era el punto natural de conexión de los tres
principales núcleos industriales y de servicios
del país: Barcelona, Madrid y el País
Vasco. Antes de la llegada del ferrocarril, Zaragoza
estaba conectada con Madrid y Barcelona por la posta
que unía estas dos ciudades. Además, entre
la capital aragonesa y Madrid circulaban las reales
diligencias que salían de Madrid los lunes y
viernes, a las doce del mediodía en invierno
y a las dos de la tarde en verano. El camino, lleno
de baches, no resultaba precisamente cómodo y,
además, era caro (entre 180 y 300 reales, dependiendo
de la clase). Por este motivo, se acogió con
gran satisfacción la noticia de que unos ingleses
habían obtenido la concesión de la línea
Madrid-Zaragoza por parte del Gobierno. Corría
el año 1845. El trazado era sencillo y en general
seguía el trazado de la carretera. En Zaragoza,
la línea se dividiría en dos ramales:
uno en dirección a Barcelona y el otro hacia
Pamplona. El proyecto quedó en agua de borrajas
y, como se ha comentado anteriormente, hubo que esperar
hasta la Ley de 1855 para que se retomara la idea.
En aquel momento fueron
los franceses los que se interesaron y fundaron la Compañía
de los Ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y a Alicante
(MZA). El 16 de mayo de 1863 se concluyó el trayecto
Madrid-Zaragoza. La inauguración de la “línea
de Zaragoza” fue festejada por todo lo alto. A
las 7’30 h parte el primer tren desde Madrid,
en el que viajan los ministros de Fomento y de Marina
y personalidades como Sagasta. Tras los correspondientes
agasajos en Alhama y Calatayud, el tren llega a Zaragoza
a las 19’30 h. La noche culminó con una
cena de las autoridades en el gran salón de la
Lonja en la que se sirvió un menú “sencillito”:
«Sopas: primavera y
tapioca, con vinos Sauternes. Entradas: pastelillos
rellenos, salmón a la mayonesa, filete de ternera
a la jardinera, perdices trufadas, timbales de aves,
filetes de pescado a la francesa, guisados a la española
y vino de Burdeos. Asados: pierna de cordero, langosta
a la tártara, pavos trufados, pastel de hígado
de pato, jamón a la gelatina. Postres: dulces,
quesos bávaros, gelatina de fresa, quesos helados
y vino de Champagne» (Wais, 1974).
La línea Barcelona-Zaragoza
fue un poco más precoz. En 1852 un grupo de empresarios
catalanes y aragoneses (que se constituirían
en la Compañía del Barcelona a Zaragoza)
proponen al Gobierno la construcción de un trazado
que pasase por Sabadell, Tarrasa, Manresa, Lérida
y una zona del Alto Aragón. La parte más
problemática del trazado fue la de Lérida
a Zaragoza, estableciéndose una fuerte rivalidad
entre Monzón y Barbastro ya que ambas ciudades
eran conscientes del impacto socioeconómico de
la llegada del tren. Ese mismo año, la Compañía
obtiene la concesión, calculándose el
capital necesario en 250.000 reales. Finalmente, la
línea constaría de cuatro secciones: la
primera, de Barcelona a Manresa; la segunda, a Lérida;
la tercera, a Monzón; y la cuarta, a Zaragoza.
El 6 de septiembre de 1861 se inaugura la línea
en Zaragoza, con asistencia de la reina. Ese mismo año
se abre la línea Zaragoza- Pamplona.
De esta manera, la
red ferroviaria aragonesa quedaba inicialmente restringida
al eje Ebro-Jalón. En palabras de Sabio (2000),
«el Pirineo y el Prepirineo quedaron convertidos
en un desierto ferroviario, sin ningún kilómetro
de raíl». A pesar de que posteriormente
se realizaron algunas otras conexiones (Huesca, Jaca,
Barbastro, Cariñena, Alcañiz, algunas
pequeñas líneas de vía estrecha…),
todavía en 1900 una parte importante del territorio
aragonés quedaba al margen de la red: las Cinco
Villas zaragozanas, la mitad septentrional de la provincia
de Huesca y casi la totalidad de la de Teruel (Germán,
1999) (Figura 8). De hecho, Teruel fue la última
capital de provincia en estar conectada ferroviariamente
con Madrid (1901). Durante el primer tercio del siglo
XX, Aragón mejoró notablemente su red
ferroviaria, tanto en cifras absolutas como relativas,
pasando de representar el 5,7% de la red española
en 1900 al 8,3% en 1935 (Tabla 1). Esta expansión
estuvo liderada por las conexiones con diversas explotaciones
mineras turolenses. En contraste, no se produjo ningún
avance en la mitad norte de Huesca.

Figura 8. Extensión
del ferrocarril en la provincia de Huesca (1900). Archivo
UCM.
Tabla 1. Evolución
de la red ferroviaria (km) en Aragón entre 1900
y 1935.
|
1900 |
1935 |
Aragón |
España |
% |
Aragón |
España |
% |
| Red principal (vía
ancha) |
690 |
11.040 |
6,2 |
1.120 |
12.253 |
9,1 |
| Red secundaria (vía
estrecha) |
62 |
2.166
|
2,9 |
316 |
5.148 |
6,1 |
| Total red ferroviaria |
752 |
13.206 |
5,7 |
1.436 |
17.401 |
8,3 |
Fuentes: Wais (1974), Biescas (1985),
Germán (1999).
5. Barbastro
se conecta a la red: la hora de la Burreta…
y del Mulebús
La decisión
de que el tren pasase por Monzón dejó
a Barbastro, uno de los principales centros agrícolas
y comerciales del Alto Aragón, fuera del trazado
ferroviario por apenas unos pocos kilómetros.
A la decepción inicial, le siguió una
fuerte determinación: ¡Había que
llegar a la línea! Para ello, se inició
la construcción de una carretera “perfeccionada”,
que permitiese un tránsito fácil y ágil
de carros y diligencias. No era suficiente. Había
que sustituir el proyecto de la carretera por uno ferroviario.
La elección fue un enlace con la estación
de Selgua, situada a poco menos de 20 km de la villa
barbastrense. Esta estación se había inaugurado
en 1862 y formaba parte de la línea Barcelona-Zaragoza.
En 1867 el Gobierno
subasta la concesión de las obras, que fue pasando
de unas manos a otras. La Compañía “Zaragoza
a Barcelona” (ZB) había pasado a formar
parte de la “Zaragoza a Pamplona y Barcelona”
(ZPB) y esta, a su vez, se encontraba en proceso de
compra por la Compañía del Norte, que
fue realmente la que posibilitó que las obras
pudiesen terminar. Estamos ya en 1880 y habían
transcurrido 13 años desde la concesión
inicial. El ramal de Barbastro pasó oficialmente
a poder de la Compañía del Norte en 1889.
La llegada del ferrocarril a Barbastro tuvo gran importancia
para la comercialización del vino que se producía
en el Somontano pero su impacto para la zona pirenaica
pudo haber sido mucho mayor si las comunicaciones terrestres
hubieran sido atendidas paralelamente. El trazado de
la carretera Aínsa-Barbastro por el Alto del
Pino en vez de por el borde del Cinca no fue una ayuda
precisamente.
En cualquier caso,
también es cierto que la renovación del
trayecto Barbastro-Selgua no parecía preocupar
mucho a la administración ferroviaria, situación
que era (irónicamente) palpable incluso una vez
rebasada la primera mitad del siglo XX:
«La
verdad es que, entre la electrificación y la
dieselificación de los ferrocarriles, están
haciendo perder aquel prestigio romántico que
tenían las locomotoras anteriores. (…)
Ahora ni las máquinas eléctricas ni los
“Talgos” ni los “Tafes” echan
humo. Para acabar de fastidiar, ni siquiera son de hierro.
O, si lo son, lo disimulan con el maquillaje de la pintura
que llevan encima.
Menos
mal que la “Renfe”, con muy buen acuerdo,
conserva líneas en las que se sigue viajando
como en el tiempo de nuestros abuelos. Una de estas
líneas es la de Selgua-Barbastro, cuyas locomotoras
arrastraron ya a locas aventuras a damas con veloz polisón,
y a caballeros con gorra a cuadros, guardapolvo y gafas
contra la carbonilla. Viendo pasar estas máquinas
acerantes, que mueven con sensualidad su furgón
de cola, el escritor puede emular a Azorín sin
el menor esfuerzo y hasta considerarse de la generación
del 98, que era una generación gordísima.
Felicitamos
a la “Renfe” por su exquisita sensibilidad
al no convertir en chatarra estos valetudinarios monstruitos»
(La Codorniz, núm. 1885, Madrid, 3 de
diciembre de 1955).
Se trata de una visión
muy similar a la que tenían los propios vecinos
de Barbastro. Según el testimonio de María
Esquilloz, «el tren
que circulaba desde Selgua a Barbastro le llamaban la
burreta por lo despacio que iba. Era una máquina
de vapor que tiraba de dos o tres vagones, uno de ellos
de primera con asientos de terciopelo y los otros de
segunda y tercera con asientos de madera; si te asomabas
por la ventanilla se te llenaban los ojos de carbonilla
pues la máquina funcionaba con carbón».
Y es que, en los años 60 todavía se podía
ver a la Burreta 230-2134, construida por Hartmann
en 1913 (¡la última de la serie!) saliendo
de Barbastro y ascendiendo suavemente hasta alcanzar
la planicie de Selgua (Figura 9). Aquel lector que desee
conocer la historia detallada del ferrocarril de Selgua
a Barbastro tiene a su disposición el libro monográfico
de Botanch (2012).
Pero, el tren de Barbastro
también desapareció. En una primera fase,
la célebre Burreta fue cerrada para
el tráfico de pasajeros. El 20 de diciembre de
1969, cinco días después de que dejase
de funcionar, el periodista Luis Carandell publicó
la pertinente esquela en la revista Triunfo,
que fue reproducida, a su vez, en El Cruzado Aragonés
(Figura 10).

Figura 9. La Burreta
en la estación de Barbastro (Ferrán Llauradó,
1968).

Figura 10. Esquela
por el alma de la Burreta. Luis Carandell (Triunfo
y El Cruzado Aragonés, 20 de diciembre
de 1969).
En realidad, el tren
se llevó al polígono industrial Valle
del Cinca de Barbastro, pero exclusivamente para el
tráfico de mercancías, un servicio que
se acabó definitivamente en el año 1985.
¿Volverá el tren a Barbastro? Es posible
que, a medio plazo, la respuesta sea afirmativa. De
hecho, la cuestión volvió sobre el tapete
hace pocos años como consecuencia de la entonces
inminente puesta en marcha del AVE Madrid-Zaragoza-Barcelona.
Más concretamente, las Cortes de Aragón
discutieron «la recuperación
del ferrocarril entre Barbastro, Monzón y la
estación de Selgua (…) por la preocupación
(…) que supone la inminente llegada del AVE, que
puede poner en jaque y puede poner en peligro los servicios
del ferrocarril convencional. En estos momentos, esa
zona, la línea Zaragoza-Tardienta-Sariñena-Monzón-Binéfar-Lérida,
tiene una alta densidad de tráfico, puesto que
es la línea central que se utiliza para el tráfico
entre Madrid y Barcelona, y otras comunidades, y en
el momento en que el AVE pueda entrar en funcionamiento,
obviamente, el grueso y las unidades de viajeros dejarán
de discurrir por esa línea, que en principio
parece abocada y condenada a ser una línea importante,
pero una línea de mercancías (…).
En
este contexto se inserta la posible reapertura y reaprovechamiento
de la línea de Selgua, con independencia de que
fuera el tramo actual u otro paralelo similar, gracias
al cual se acercaría una parte importante del
Alto Aragón al sistema ferroviario, gracias al
cual permitiríamos conectar las comarcas orientales
del Alto Aragón, Sobrarbe, Ribagorza, Somontano
y Cinca Medio, que ya evidentemente tiene esa conexión,
y la posibilidad del establecimiento de líneas
de carácter regional, con la apertura de estas,
entre Barbastro, Monzón, Binéfar y Zaragoza,
cosa que en estos momentos evidentemente ha desaparecido
(…).
Ahora,
en un momento oportuno en el que se está planteando
y en el que ha surgido una asociación en defensa
del tren del Alto Aragón, que se plantea no solo
la recuperación de esta conexión sino
un objetivo más amplio, aunque ciertamente también
a medio plazo, la posibilidad de una línea entre
Barbastro y Monzón, que vertebrara todo ese territorio
y que además acercara el Pirineo, todos los Pirineos,
el oriental y el occidental, a una parte de sus potenciales
clientes más importantes, como son los visitantes
catalanes, supondría, desde luego, una vertebración
territorial en el Alto Aragón gracias al ferrocarril,
de la que siempre se ha carecido, porque nunca se ha
estado en condiciones de contar con esa conexión
directa de la capital de la provincia con el resto de
localidades importantes de la parte oriental»
(D.S.C.A., 2001).
Prácticamente
todos los partidos políticos con representación
en Aragón lo han visto con buenos ojos (casi
siempre cuando estaban en la oposición) pero
las discusiones sobre competencias, recursos, oportunidad,
plazos, impacto, etc. parecen no acabar nunca.
Ya que hemos hablado
de una burreta, le dedicaremos unas líneas
al mulebús, otro medio de transporte
peculiar (pero más modesto) que hubo en Barbastro
(Figura 11). En este caso, la referencia a una caballería
estaba más justificada. Lo describe bien Ezquerro
(2002): «En agosto de
1964 llegaba yo a Barbastro por vez primera en mi vida.
El Batallón de Cazadores nº XVI era mi primer
destino de Oficial y hacia la ciudad del Vero nos dirigíamos
varios jóvenes tenientes cargados de ilusión.
Tras llegar a la estación a bordo de la vaporosa
“burreta” alquilamos un motocarro para trasladar
al cuartel nuestras exiguas pertenencias. En el camino
nos cruzamos con un extraño artilugio: parecía
un microbús, pero en lugar de motor llevaba en
su parte delantera un pescante, del cual salía
una lanza a cuyos lados se acomodaban sendos mulos,
dirigidos, rienda en mano, por un soldado. Ante tamaña
aparición interrogamos al conductor del motocarro,
quien sin darle importancia nos contestó: “¡Ah,
eso! Eso es el mulebús”. Palabra que oíamos
por vez primera, pero totalmente adecuada, pues la tracción
mecánica del “bus” había sido
sustituida por la “mular”. Nos acostumbramos
a utilizarlo en los desplazamientos hasta la ciudad,
y pasó a ser un elemento habitual en nuestras
actividades cotidianas».

Figura 11. El mulebús
de Barbastro. Cortesía de Jorge Mayoral, Fundación
Hospital del Benasque.
6. Las líneas
transpirenaicas: Huesca y el ferrocarril de Canfranc
Al igual que Barbastro,
Huesca tampoco consiguió que la línea
Zaragoza-Lérida-Barcelona pasase por allí
y el ferrocarril tuvo que esperar hasta 1864, año
en el que se terminó un pequeño ramal
de 22 km que la unía con Tardienta. Pero a la
capital oscense le quedaba un as en la manga: Canfranc.
Realmente, la conexión ferroviaria entre España
y Francia por Aragón constituyó (aunque
parezca mentira) un objetivo importante de los planes
ferroviarios del Gobierno español. Pero había
que buscar el paso adecuado a través del Pirineo.
Antes o después fueron saliendo a la palestra
casi todos los candidatos posibles, dependiendo de los
intereses que primasen en cada momento: Somport (el
Summus Portus romano), el Portalé, el
Puerto Viejo de Sallent, el de Panticosa (con el valor
añadido del balneario), el de Bujaruelo y los
que dirigían al valle del Cinca (por Plan o por
Bielsa) o al del Ésera (Benasque). Los puertos
de la zona de Ansó-Hecho no se tuvieron en cuenta
debido a la relativa proximidad al más que probable
paso Irún-Hendaya (Parra de Mas, 1999).
En 1853, varias entidades
de Zaragoza y Huesca remiten al Gobierno la primera
solicitud de construcción del ferrocarril a Canfranc.
Paralelamente, redactan una pequeña monografía
(Los Aragoneses a la Nación Española.
Consideraciones sobre las ventajas del ferrocarril del
Norte por Zaragoza y Canfranc), en la que exponen
los motivos que justifican su demanda. Los firmantes
advierten que «esta
idea se ha hecho popular, y ya se sabe, atenido el carácter
aragonés, cuyo distintivo es la constancia y
el tesón, lo que puede esperarse de una idea
que llega a formar parte de las convicciones de un pueblo».
Como se ha comentado anteriormente, «no
deja de ser curiosa esta preferencia aragonesa tan destacada
hacia las comunicaciones con Francia, por encima incluso
de las que podrían considerarse como opciones
prioritarias, esto es los caminos férreos hacia
Cataluña, Valencia, Madrid, Logroño, etc.
Ciertamente éstos también llegaron, y
aún mucho antes que el de Canfranc, que era,
sin embargo el que se convirtió en una verdadera
obsesión regional» (Parra de
Mas, 1999). Este autor apunta a que la región
conservaba la memoria histórica de los tiempos
en los que, con algunos matices, «el
grueso de sus intercambios comerciales aragoneses se
hacía con Francia», a pesar
de verse claramente perjudicados por las tradicionales
malas relaciones entre París y Madrid. De hecho,
ni siquiera hacía falta apelar a la memoria ya
que las relaciones comerciales/laborales entre ambos
lados del Pirineo seguían siendo intensas.
La solicitud fue bien
recibida en el Ministerio de Fomento que, inmediatamente,
nombra una Comisión (25 de noviembre de 1853)
para que estudie el tema. El informe resulta tan favorable
(y los conocimientos geográficos de los miembros
de la Comisión tan escasos) que la línea
de Canfranc aparece como la mejor solución para
la conexión con Francia, por delante de la Madrid-Irún.
De hecho, por Real Orden de 24 de diciembre de ese mismo
año se ordena que se suspendan todos los trabajos
del Ferrocarril del Norte (Madrid-Irún)
y que se inicien los estudios de la línea Madrid-Zaragoza-Francia
por Canfranc (Figura 12).

Figura 12. Primer itinerario
propuesto para El Canfranc (1853). Archivo UCM.
Obviamente, las cosas
cambiaron notablemente en los siguientes años.
La conexión a través de Canfranc se sigue
mencionando en la Ley de 1855 pero como una posibilidad
a largo plazo debido a las dificultades técnicas
de la época para atravesar el Pirineo. Por ese
motivo, y por los intereses de industriales vascos y
catalanes, se acometieron primero los pasos por Irún
y Portbou. En 1856 desde la propia provincia de Huesca
parece alentarse otro itinerario: el paso por Gavarnie.
Sin embargo, la conexión a Francia por Aragón
pasa a un segundo plano hasta 1861. La mencionada línea
Madrid- Zaragoza-Barcelona acapara la atención.
El 13 de abril de 1864
se promulga una Ley por la que se concede un crédito
extraordinario al Gobierno para la confección
de los estudios y reconocimientos previos necesarios
para determinar las nuevas líneas que se han
de construir. Una nueva oportunidad para la conexión
aragonesa con Francia. No hay tiempo que perder. Hacia
finales de ese mismo año una comisión
técnica se dirige a Francia para ver qué
se había hecho al norte de los Pirineos en pos
de la conexión ferroviaria por el Pirineo Central
y para tratar de que los trabajos se realizaran conjuntamente
en el futuro (Parra de Mas, 1999).
En 1865, la Comisión
elabora un informe en el que se proponen las siguientes
soluciones posibles:
a. Línea de
Canfranc: Zaragoza-Canfranc-Pau (la única con
un proyecto más o menos definido).
b. Línea de Garvarnie: Huesca-Gavarnie-Lourdes.
c. Línea del Cinca: Monzón-puerto de Sancourt-Labarthe.
d. Línea del Ésera: Monzón-puerto
de Glera-Montrejéau.
e. Línea del Noguera Ribagorzana: Monzón-
puerto de Toro-Montrejéau.
f. Línea del Noguera Pallaresa: Lérida-puerto
de Salau-Saint-Girons.
Tantas posibles soluciones
dieron aliento a conflictos regionales y provinciales
(y, en el caso de Huesca, intraprovinciales), todos
pugnando porque la línea pasase por su lado.
La cuestión seguía sin resolverse.
La Ley General de Ferrocarriles
de 1870 abría, por enésima vez, nuevas
expectativas: «Artículo
5º: El gobierno presentará oportunamente
un proyecto de ley especial para la línea que
ha de penetrar en Francia por el Pirineo central tan
luego como la Comisión nombrada al efecto haya
fijado y se tenga aprobado el correspondiente proyecto;
proponiendo entonces, en vista del presupuesto, la subvención
que para ella se conceptúe necesaria».
Y se encargaron nuevos proyectos. El 28 de junio de
ese año, los mismos ingenieros que se habían
encargado del proyecto del Canfranc recibieron el encargo
de estudiar con más detalle la línea del
Cinca. La finalización del ferrocarril Zaragoza-Barcelona
y del ramal Tardienta-Huesca hacía atractiva
esa solución. Un jarro de agua fría para
el Canfranc y ánimos renovados para el eje Barbastro-Monzón.
En esa misma fecha, el gobierno español solicitó
al francés que nombrara a los ingenieros que
debían representarle para el establecimiento
de la ansiada vía ferroviaria a través
del Pirineo Central. El Estado francés “solo”
tardó 8 años en dar señales de
vida y fue para indicar que su preferencia era una línea
que fuera por el valle del Noguera Pallaresa a Lérida,
bien vía Garona-valle de Arán-Pla de Verte
o bien por el valle del Salat. Se trataban de las líneas
más cortas entre París y Alicante/Cartagena
y, en consecuencia, entre París y sus colonias
del Oranesado (Argelia). El Gobierno español
pilló un buen rebote, tanto por la tardanza como
por la propuesta, que únicamente atendía
a los intereses galos. Por otra parte, los itinerarios
por Canfranc o por el Cinca estaban bastante estudiados
a diferencia de la línea del Noguera Pallaresa,
que apenas se había reconocido. A pesar de todo,
este episodio sirvió para reforzar la comunicación
con los franceses y para crear una comisión internacional.
Sin embargo, la elección
del acceso más favorable por el Pirineo
Central se seguía demorando con el consiguiente
malestar en Aragón. En 1880 la situación
se hizo prácticamente insostenible cuando la
Junta Consultiva de Guerra emite un dictamen desfavorable
al tren transpirenaico por razones estratégicas.
Esta decisión provoca una gran explosión
de ira y la movilización de todas las fuerzas
vivas aragonesas. El Diario de Huesca, una
de las “válvulas de escape” del hartazgo
aragonés, describe de forma elocuente la situación
(un día sí y otro también) con
frases como «el que
no está hoy con los intereses del Altoaragón,
está contra ellos» (6 de agosto
de 1880) o «si se quiere
que la locomotora silbe a orillas del Pirineo, empecemos
por procurar la caída de este Gobierno»
(16 de agosto de 1880). Por si esto fuera poco, Barbastro
clamaba para que la conexión con Francia se estableciese
por el valle del Cinca para lo que contó con
el apoyo entusiasta de los periódicos barbastrenses
de la época, como El Clamor, donde florecieron
titulares como «la provincia
de Huesca contra Huesca la capital»
(Sabio, 2000). A juicio de Barbastro y Monzón,
toda la provincia (con las notables excepciones de los
partidos de Huesca y Jaca), era partidaria del paso
por el Cinca pues «representa
una economía en el trayecto de 34 millones de
pesetas y de más de 30 kilómetros de construcción
de vía, siendo al mismo tiempo la línea
más corta hasta París atravesando el corazón
del Pirineo» (El Diario de Huesca,
25 de septiembre de 1880).
El Diario de Huesca,
apoyado por el resto de los periódicos de la
capital provincial y de Zaragoza, contraatacaba y acusaba
a Barbastro de moverse por un mero interés local
y destruir la unanimidad aragonesa sobre un tema capital:
«¿Acaso Barbastro,
por más que sea una localidad de cierta importancia,
y que ha hablado hasta la fecha en nombre propio, pretende
monopolizar la representación de Aragón,
cuando las provincias de Zaragoza, Teruel y gran parte
de la de Huesca han hecho explícitas y terminantes
declaraciones en pro de la línea internacional
por Canfranc?» (El Diario de Huesca,
24 de septiembre de 1881). Estas palabras irritaban
aún más los ánimos a orillas del
Vero: «¡Aragón
lo quiere! Falso, falsísimo. Aragoneses y muy
aragoneses somos y queremos el del Cinca»
(El Clamor, 27 de septiembre de 1881). Por
otra parte, El Diario de Huesca también
denunciaba que la prensa de la capital del Somontano
estaba haciendo el juego a El País,
diario de Lérida en plena campaña en pro
de que la conexión francesa se realizase por
el Noguera Pallaresa (Sabio, 2000). Esta situación
era utilizada por el Gobierno para ir demorando aún
más el proyecto con el argumento repetitivo de
que las opiniones estaban muy encontradas hasta dentro
de la misma provincia.
Pero ya faltaba menos.
En 1881 se discute el proyecto de ley del ferrocarril
de Canfranc en el Congreso y el Senado. Las opiniones
están encontradas. Algunos generales lo ven como
la vía de entrada de todas las invasiones: habría
que convertir a la mismísima Zaragoza en una
auténtica fortaleza. En palabras del General
San Román, «Zaragoza
será ceñida con un anillo inmenso de piedra,
hierro y bronce, como plaza fuerte de primer orden.
(…) Si no se perfora el camino de Canfranc, Zaragoza
se verá libre, no respirarán sus habitantes
el aire triste que se respira en todas las plazas fuertes,
se podrá ensanchar la población, se pasearán
sin reglamento sus moradores por sus verdes y fértiles
afueras». Tuvo que ser otro militar,
el General Jovellar, el encargado de recordar que el
aislamiento era un objetivo tan imposible como contraproducente
ya que en aquel momento ya existían once carreteras
que comunicaban ambos países. Los tiempos estaban
cambiando y que era inútil tratar de poner puertas
al campo. Un penúltimo sobresalto: a punto de
votarse la ley alguien se da cuenta de que Francia no
ha dicho ni una sola palabra sobre la continuidad de
ese trazado en la vertiente francesa. La incertidumbre
queda en el aire, pero la ley se aprueba en enero de
1882 y se define el recorrido por La Peña, Caldearenas,
Sabiñánigo y Jaca.
La Sociedad Anónima
Aragonesa fue la concesionaria y las obras se iniciaron,
entre grandes festejos, el 22 de octubre de 1882 aunque
se desarrollarían con una lentitud exasperante.
De hecho, lo que se empezaba era el trayecto Huesca-Jaca
porque el paso a Francia todavía estaba en el
aire. Así, ese mismo año se constituyó
una nueva comisión técnica cuya misión
era ¡¡encontrar el trazado más ventajoso
para la unión España-Francia a través
de los Pirineos!! La comisión no sirvió
precisamente para tomar decisiones ya que nuevamente
presentó las tres variantes ya conocidas: la
línea de Canfranc, la del Cinca y la del Noguera
Pallaresa. Obviamente, los tres frentes territoriales
renovaron las presiones para que el ferrocarril pasase
por su zona. Huesca y Jaca eran favorables al Canfranc
mientras que Barbastro, Monzón, Albalate, Fraga
y pueblos cercanos eran partidarios de eje del Cinca
y, en consecuencia, de que se horadase un túnel
en Bielsa o en Benasque (Figura 13). La situación
seguía siendo tan delicada como peligrosa porque
dividía a la opinión pública de
la provincia en dos, mientras que toda Cataluña
(que ya contaba con la conexión por Portbou)
apostaba, lógicamente, por la variante leridana.

Figura 13. José
Motiñó (1884). Memoria sobre el Ferrocarril
Internacional por el Pirineo Central. Del Puerto de
los Alfaques por Monzón á Benasque y á
Bagneres de Luchon. Archivo UCM.
En Francia también
se tenía en cuenta la posibilidad de la línea
del Cinca. Allí la llamaban “Tarbes-Gavarnie-Monzón”.
Incluso se llegó a hacer el presupuesto de los
dos túneles que habría que hacer en territorio
galo. Uno en el valle de Nestes (a una altura de 1.100
m; distancia: “12 km 625 m”; coste:
“44 millones 500.000 francos”)
y otro en Gavarnie (también a 1.100 m; distancia:
20 km; coste: 70 millones de francos) (El Pirineo
Aragonés, núm. 126, 7 de septiembre
de 1884). En Barbastro, el ambiente social era tan favorable,
que el maestro Enrique Ferrer y Rodrigo compuso una
«gran marcha paso doble
para piano» titulada El Ferrocarril
del Cinca. En la portada de la partitura se observa
una locomotora que porta unas bandas en las que aparecen
los nombres de Barbastro, El Grado, Boltaña y
Bielsa «poblaciones
por donde debía de pasar este ferrocarril»
(Figura 14). Además, tal y como indica Soláns
(2000), en la máquina «también
leemos "London", pueblo inglés muy
grande donde se fabricaban algunas burretas...».

Figura 14. Portada
de la partitura El ferrocarril del Cinca. Archivo
UCM.
La decisión
de que fuese por Canfranc (sin desestimar la variante
leridana) estaba contenida en el Convenio Hispanofrancés
de 1885, tal y como lo recogió el periódico
El Pirineo Aragonés (núm. 150;
Jaca, 22 de febrero de 1885): «El
viernes de la semana pasada se firmó solemnemente
en Madrid el convenio internacional para las proyectadas
vías férreas que han de atravesar el Pirineo
por esta provincia y la de Lérida».
El plazo para el término de las obras se fijó
en «10 años que
podrán acortarse si los contratistas o partes
interesadas tuvieran medios o interés en darlas
por acabadas antes». Las intenciones
debieron ser buenas pero el tiempo demostró que
los medios y/o el interés no fueron precisamente
excesivos. El final de esta crónica periodística
sobre el ferrocarril a Francia era revelador: «Dígalo
el ferro-carril de Canfranc: Unánimes pedimos;
contestes protestamos; juntos insistimos; unidos triunfamos.
Esta conciencia del propio valer es la garantía
del éxito indudable».
Tras las elecciones de 1886, se pidió a los diputados
electos por los distritos de Barbastro (Álvarez
Capra), Boltaña (Lacadena) y Fraga (Moncasi)
que hicieran un último esfuerzo para recuperar
la idea del ferrocarril: «y
no pedimos una cosa irrealizable, pues se ha puesto
de relieve lo importante que es a Aragón la construcción
de este ferrocarril, muy económico, supuesto
que lo pedimos sin subvención»
(El Diario de Huesca, 9 de mayo de 1881). Pero
la suerte estaba echada y en 1888 el proyecto del Cinca
se esfumó… ¿para siempre? (Figura
15).

Figura 15. Plano de
los «ferrocarriles inter-nacionales por el
Pirineo Central» (Molino, 1884).
En 1892, y a punto
de acabar el recorrido Huesca-Jaca, la Sociedad Anónima
Aragonesa cedió sus derechos a la poderosa Compañía
del Norte. El tren llega a Jaca en 1893 pero el tramo
no se puso en explotación hasta 1898. Se trataba
de la primera conexión regular y estable entre
ambas ciudades ya que la diligencia tenía que
hacer frente a frecuentes problemas. No es extraño
encontrar en los periódicos de la época
avisos como el siguiente: «Asegúrase
que desde primeros de abril, la empresa de diligencias
de la competencia, reanudará su servicio entre
esta ciudad y Huesca, interrumpido por los accidentes
del pasado invierno» (El Pirineo
Aragonés, núm. 155; Jaca, 29 de marzo
de 1885).
Para el resto del recorrido,
¡paciencia! Fueron necesarias otras tres décadas
para cubrir el tramo entre Jaca y Canfranc: 21 kilómetros
con un desnivel de 400 m. y varios puentes, viaductos
y túneles por construir, entre los que destacaba
el de Somport, de 7 km., a través del cual se
cruzaba la frontera (una obra de ingeniería excepcional
para la época); además de los problemas
técnicos inherentes a una obra de tal naturaleza,
el Ministerio de la Guerra español seguía
viendo con recelo la construcción de un nuevo
paso con Francia, por lo no solo fue retrasando las
oportunas autorizaciones sino que exigió la construcción
y/o reparación de diversas fortificaciones (torre
de fusileros entre Canfranc y Villanúa, fuerte
de Coll de Ladrones en Canfranc y de Rapitán
en Jaca, etc.), con un coste adicional elevado. Los
problemas económicos estuvieron a punto de impedir
la llegada a Canfranc. Solo en la estación internacional
y en el nuevo poblado de Los Arañones se gastaron
doce millones de pesetas de la época entre 1921
y 1928, siendo necesario realizar otras obras adicionales
de repoblación y construcción de diques
en barrancos y laderas como prevención ante los
aludes de nieve.
Pero al final se consiguió
y el 18 de julio de 1928 se inauguró la línea
con la presencia del rey Alfonso XIII, Gaston Dourmergue
(presidente de la República francesa) y el General
Primo de Rivera (Figura 16); al año siguiente
comenzó una explotación comercial que
ha estado repleta de avatares. En 1929 se inauguró
el ramal Zuera-Turuñana (39 km) con el objetivo
de acortar el recorrido de Zaragoza a Francia, ya que
evitaba el desvío por Huesca.
7. ¿Una
unión ferroviaria entre Serrablo, Sobrarbe y
el Somontano?
Parece ser que las
líneas de Canfranc y del Cinca (norte-sur) no
fueron los únicos proyectos ferroviarios que
se contemplaron el Alto Aragón a caballo entre
los siglos XIX y XX, sino que, además, se planteó
un trayecto transversal (oeste-este). La idea era prolongar
el ferrocarril del Irati (Pamplona-Sangüesa) hacia
territorio oscense. El tren Irati (Figura 17) supuso
un gran avance socioeconómico en aquella zona,
al quedar bien comunicada con Pamplona. Así,
Sangüesa podía enviar cómodamente
sus afamados productos hortícolas, que constituían
una de las bases económicas más importantes
de sus vecinos, mientras que, por otra parte, se abría
la posibilidad de enviar a Pamplona la madera bajada
en almadías (el equivalente navarro de las navatas)
por el Salazar y el Esca-Aragón procedentes del
Pirineo (valles de Salazar y Roncal). Este tren de vía
estrecha fue de los pioneros de la tracción eléctrica
en España. La corriente empleada era monofásica
a 6.000 voltios, que se reducían a 600 en los
puntos en que el trayecto coincidía con calles
o carreteras, para evitar accidentes. El presupuesto
ascendió a 4.421.375 pesetas, con un recorrido
total de 58 kilómetros. La línea inició
sus servicios el 23 de abril de 1.911, entre grandes
manifestaciones de júbilo popular y pronto recibió
el jocoso nombre de Escachamatas. Para inaugurarlo oficialmente,
el 30 de dicho mes, se celebró un banquete en
Sangüesa, al que asistieron las autoridades navarras,
entre ellas el obispo, el Ayuntamiento en pleno y representantes
de la Sociedad El Irati, hasta un total de 90 personas
a 25 pts. el cubierto. Se repartieron 123 puros de a
peseta, hubo música y baile y a los vecinos más
pobres de la localidad les dieron gratis carne, pan
y vino. El gasto supuso al Ayuntamiento 2.500 pts.

Figura 16. Alfonso
XIII, Primo de Rivera y Gaston Doumergue, presidente
de Francia, en la inauguración del Canfranc,
18 julio 1828. Archivo Filmoteca Nacional (Madrid).

Figura 17. El viejo tren de Irati a
su paso por la Foz de Lumbier. Archivo Diario
de Navarra.
La prolongación
de la línea se desarrollaría siguiendo
la Canal de Berdún hasta llegar a Jaca y, posteriormente,
a Sabiñánigo. Desde allí, se dirigiría
a Yebra de Basa y atravesaría la divisoria Gállego-Ara
mediante la perforación de un túnel con
salida en el barranco de Forcos. A continuación,
seguiría primero la ribera del Ara, con paradas
en Fiscal, Boltaña y Aínsa; finalmente,
iría pegado al Cinca hasta su destino final:
Barbastro. Dado que la línea Sangüesa-Pamplona
conectaba con la Pamplona-San Sebastián (el Plazaola,
inaugurado el 19 de enero de 1914), el proyecto estaba
abierto a múltiples variantes (Hendaya, el puerto
de Pasajes, etc.).
El equipo que estudió
el trazado no encontró grandes pegas hasta que
se topó con el hipotético túnel
que habría de unir Yebra con Fiscal. Muy mal
lo debieron ver. López (1981) recoge las impresiones
de Gabriel Arilla, un vecino de Yebra que conoció
al equipo. Cuando preguntaron al ingeniero sobre el
proyecto éste contestó con un lacónico
«qué difícilmente
sus nietos viajarán es ese ferrocarril».
¡Todo un profeta! Del ferrocarril no se volvió
a saber. Es más, a medida que avanzaba el siglo
XX, la competencia del transporte por carretera se fue
haciendo insostenible tanto para el Irati como para
el Plazaola. El primero desapareció en 1955 y
el segundo en 1953.
El citado López,
comentaba ya en 1981 que «hoy
el transporte por carretera supera las necesidades de
comunicación y transporte, y sería deseable
para Sabiñánigo el que desde Yebra se
hiciera un túnel que comunicara directamente
con Fiscal por aquel mismo sitio por el que fue marcado
el del ferrocarril que nunca se hizo».
El sentimiento popular, entre la esperanza y el escepticismo,
estaba perfectamente recogido en una estrofa de la canción
Pasacarreras de Carnaval (“País
de anochecida”, La Ronda de Boltaña):
«¡Brindo
por el día
-¡tiempo hay de brindar! ...-
que pueda ir en auto
de Yebra a Fiscal!»
Por fin, el 6 de julio
de 2012, tras numerosos retrasos en la ejecución
de las obras, se inauguró oficialmente, la variante
Sabiñánigo-Fiscal de la N-260. De la magnitud
de la obra da una idea el hecho de que en el conjunto
del trazado se tuvieran que construir tres puentes de
15 metros de luz sobre los barrancos de Osán,
Gabardué y Santa Orosia; cinco viaductos entre
91 y 263 metros de longitud con altura de pilas hasta
de 60 metros, el puente sobre el río Ara de 81
metros de longitud. y dos túneles, el de Petralba
con 2.625 metros de longitud y de Berroy, de 168 metros
de longitud. ¡Qué razón tenía
aquel antiguo ingeniero!
8. El tráfico
ferroviario de mercancías en Aragón (1879-1930)
El tonelaje total expedido
por la compañía del Norte en Aragón
se multiplicó por 7,6 entre 1879 y 1930, aunque
el despegue importante se produjo realmente en las tres
primeras décadas del siglo XX. Entre esos años,
las expediciones aragonesas estuvieron lideradas por
dos grandes grupos de mercancías: los productos
agrícolas y los productos alimenticios. Este
hecho refleja una economía basada, de una forma
muy marcada, en el sector primario. Conjuntamente, estos
dos grupos representaban aproximadamente el 84% de las
mercancías totales en 1879 y el 65% en 1930 (Germán,
1999). En el periodo citado, el grupo formado por los
productos agrícolas ganó peso gracias
al creciente protagonismo de cereales, remolacha y forrajes.
Así, creció de aproximadamente 37.000
Tm en 1879 (32% del total) a más de 332.000 Tm
en 1930 (48% del total). Por el contrario, el formado
por los productos alimenticios experimentó un
descenso relativo notable, pasando de cerca de 61.000
Tm (1879; 52% del total) a 115.000 Tm (1930; 17% del
total). En este caso, la explicación radica en
la disminución acelerada de las exportaciones
de vino, un producto que representaba casi la tercera
parte del tonelaje total expedido en 1879, la mitad
en 1891 y algo más de la cuarta parte todavía
en 1902. La caída del vino solo pudo ser mitigada
parcialmente por la creciente exportación de
harinas y azúcar a partir de 1890, en el que
jugaron un papel importante diversas localidades oscenses:
Monzón, en el caso del azúcar (Biescas,
1985), y Tardienta, Selgua, Barbastro y Binéfar,
en el de la harina (Germán, 1999b). Con la excepción
(y con muchos matices) del vino, el ferrocarril todavía
no quitaba el sueño a los arrieros altoaragoneses
dado el tipo y volumen de las mercancías expedidas,
y los lugares de origen y destino de estas.
En el periodo analizado
(1879-1930) creció significativamente el peso
relativo del grupo “Materias primas/Productos
intermedios”: de apenas 12.000 Tm (10% del total)
en 1879 a más de 155.000 Tm (22%) en 1930. En
este incremento se debió en gran medida al nuevo
protagonismo de la producción de productos químicos
en la moderna industria electroquímica de Sabiñánigo
(Figura 18).

Figura 18. Sabiñánigo,
tren y fábricas. Fotografía tomada hacia
el año 1920. Colección de Moncho García
Coca.
9. El caso
de Sabiñánigo
El ferrocarril tuvo
una influencia determinante en el devenir de muchas
localidades y, en este sentido, Sabiñánigo
representa un caso paradigmático. En 1900, el
pueblo tenía 280 habitantes y ni su economía
ni su demografía se diferenciaban de la de otros
núcleos rurales de la comarca. Pero contaba desde
1893 con una estación a poco más de un
kilómetro. Este hecho propició la instalación
de un modesto número de fondas, almacenes y comercios
en sus proximidades a principios de siglo XX. El despegue
estaba a la vuelta de la esquina (Figura 19). Así
lo explicaba un nativo, Juan Emilio Aragonés,
en su artículo Compendio de gratitudes al
ferrocarril. De cómo una aldea pirenaica sin
apenas vida, pero con estación, se ha convertido
gracias a ésta, en floreciente ciudad industrial
y nudo de comunicación hacia amplias zonas de
turismo, publicado el 21 de noviembre de 1974 en
el diario Ya (Madrid):
«La
historia empieza en 1918. Un grupo financiero había
decidido transformar en fuente de energía eléctrica
algunos de los briosos ríos del Alto Aragón
e instalar fábricas para la elaboración
de productos químicos con la energía procedente
de las centrales generadas al efecto.
Según
me han referido, las intenciones primeras de dicho grupo
eran las de instalar en Jaca el complejo industrial,
aprovechando las aguas del río Aragón.
Surgieron dificultades por la contrastadora vecindad
que chimeneas y conducciones eléctricas supondría
para el carácter monumental e histórico
de la bella ciudad pirenaica. Y los financieros trasladaron
su proyecto al río Gállego. Concretamente
a Sabiñánigo, una aldea de escasos habitantes
fundada hace dos milenios por las legiones romanas que
de las Galias bajaron a Cesaraugusta, y sin apenas vida…,
pero con estación ferroviaria a dos kilómetros
de distancia, en la línea Zaragoza-Canfranc.
La
existencia de esa estación fue el factor decisivo
en aquel trance. Lógicamente, el complejo industrial
no era concebible lejos de un sistema integrado de transportes.
Y aquí empiezan mis gratitudes al ferrocarril.
Gracias
a la existencia de la estación de Sabiñánigo,
la aldea de 1918 es hoy una floreciente ciudad industrial,
con fábricas de productos químicos, de
fósforos, de aluminio, etc., y base de partida
para el turismo hacia Ordesa, el valle de Tena, Panticosa
y las pistas de esquí de El Formigal, con autocares
de línea que inician su trayecto hacia todos
esos puntos desde la misma estación ferroviaria,
gracias al ferrocarril fue posible la posterior instalación
de una vía apartadero hasta la misma fábrica,
por la que los trenes de mercancías depositaban
a pie de obra los diversos materiales necesarios para
la actividad industrial, desde el carbón a las
piritas, de igual modo que trasladaban a la estación
los productos terminados.
De tal manera, nos encontramos con que la providencial
estación ferroviaria de Sabiñánigo
ha sido factor determinante, no sólo de la ejecutoria
fabril del núcleo, sino también poderoso
instrumento mediante el que los turistas españoles
y extranjeros han podido conocer la esplendidez artística
de las iglesias románicas de la comarca del Serrablo,
y de las mozárabes o góticas, coexistentes
en este venero artístico lindante con la Jacetania.
Gracias,
en fin, al ferrocarril, porque merced a él aquella
aldeíca aislada entre las montañas prepirenaicas
se ha transformado hoy en el más importante complejo
industrial del Alto Aragón, una de cuyas fábricas
ha exportado, entre enero y septiembre del año
actual, productos químicos por valor de 435 millones
de pesetas».

Figura 19. Sabiñánigo:
puentes de la cabañera y del ferrocarril. Se
avecina un cambio importante en la forma de vida. Postal
(autor y fecha desconocidos). Archivo Julio Gavín.
Efectivamente, la empresa
Energía e Industrias Aragonesas se instaló
en 1918 y Aluminio Español lo hizo en 1925. A
partir de entonces se distinguen cuatro etapas en la
evolución demográfica de Sabiñánigo
(Garcés, 1997): (1) un despegue inicial entre
1900 y 1917; (2) un crecimiento constante entre 1918
y 1950 (se pasa de 720 habitantes en 1920 a 2.249 en
1950); (3) el boom demográfico experimentado
entre 1951 y 1970 (año en el que se alcanzan
los 8.293 habitantes), periodo de máxima despoblación
de la montaña y en el que desaparecieron los
últimos arrieros altoaragoneses; y (4) una fase
de cierto estancamiento desde 1971. En el Real Decreto
2124/2008 de 26 de diciembre de 2008 (BOE de 29 de diciembre
de 2008), Sabiñánigo aparecía con
una población de 10.112 habitantes, sobrepasando
el listón de los 10.000 por primera vez en su
historia. El Heraldo de Aragón (11 de
enero de 2009) se hizo eco de la noticia y comentaba
que «en relación
con las poblaciones de la provincia de Huesca que a
fecha 01.01.2003 sobrepasaban los 2.000 habitantes,
la evolución en estos últimos cinco años,
indica que Sabiñánigo es la población
que mayor aumento porcentual ha experimentado con más
de un 14 por ciento. En relación al aumento en
valor absoluto figura únicamente por detrás
de la capital de la provincia y prácticamente
igualado con Monzón».
10. Impacto
del ferrocarril sobre la actividad arrieril
Al nacer el ferrocarril,
se anunció precipitadamente el fin de todos los
medios de transporte de viajeros y mercancías
que existían hasta la fecha. Pero, al menos inicialmente
(1855-1870), no fue así. El mayor problema estribaba
en que los ferrocarriles españoles no podían
ofrecer un precio mucho más barato que el de
arrieros y carreteros. No es de extrañar que
en el Acta del Consejo de Administración de MZA,
celebrado el 21 de octubre de 1858 se afirmase que «de
los datos que el Jefe de Explotación Comercial
ha adquirido durante su permanencia en Barcelona, resulta
que los precios del transporte por la carretería
desde dicha ciudad a Madrid son de 7 reales por arroba
en las mercancías comprendidas bajo la denominación
de farderías, mientras que por nuestro camino
dichos portes salen a 7,92 reales de vellón,
deducidos ya de este precio una rebaja del 20 por 100
que hacen los Sres. López en el flete de sus
vapores y del 25 por 100 en los gastos de intermediación».
Y eso que se trataba de un trayecto interior, largo
y difícil, en el que el ferrocarril mostraba
ventajas evidentes sobre carros y carretas. No es de
extrañar que, en aquellos años, la compañía
MZA tuviera que aprobar tarifas especiales destinadas
a combatir la carretería (Barquín, 1999).
Lo cierto es que, en este periodo, el ferrocarril no
pudo captar gran parte del mercado de la arriería.
Este hecho, unido a unos costes fijos elevados, condujo
a una profunda crisis ferroviaria y financiera a mediados
de la década de 1860. Un artículo aparecido
en la Gaceta Industrial en 1866 resulta ilustrativo:
«Si
descendemos a detalles, aún en ellos hallaremos
graves causas de la decadencia de los ferrocarriles,
mereciendo muy particular preferencia la cuestión
de competencia con los antiguos y ordinarios medios
de locomoción y transporte. ¡Triste es
confesarlo! Son muchos los carromatos y carretas de
bueyes que siguen transportando con toda regularidad
en puntos donde hay vías férreas, y lo
que es más triste aún, seguirán
siempre, porque su existencia no es debida a la imposibilidad
de destruir estos elementos en un solo día, sino
a que el trazado de líneas es tal, que las distancias
que se recorren entre puntos determinados son notablemente
mayores que las correspondientes carreteras en tales
términos que no hay compensación posible
entre las ventajas de la celeridad y economía
del ferrocarril, y la menor distancia y viaje directo
del otro camino» (IV, p. 121, 1866).
En estas palabras se
reconocía que las posibilidades de éxito
del nuevo medio de transporte eran escasas en un país
donde las transacciones comerciales eran muy reducidas
y, en consecuencia, podían ser cubiertas con
sistemas de transporte tan tradicionales como eficaces.
Las cosas empezarían a cambiar pocos años
después. Así, en un segundo período,
desde 1870 hasta los años 1920 aproximadamente,
el ferrocarril apenas tendría competencia en
las distancias largas por su mayor rapidez y regularidad
y sus menores precios en comparación con los
carros y acémilas. A pesar de la dificultad de
cuantificar el coste del transporte que realizaban los
arrieros aragoneses, que era muy variable y tenía
un gran componente de trueque, se estima que, entre
1868 y 1898, la tarifa media para una tonelada kilométrica
(tonelada transportada por kilómetro; Tkm) sería
de entre 7 y 10 céntimos en tren (compañías
MZA y Norte), entre 35 y 63 céntimos en carro
y de alrededor de 1 peseta a lomos de caballerías
(Gómez, 1982; Gómez, 1989). En ese periodo
los precios del transporte tradicional permanecieron
prácticamente estables mientras que los del ferroviario
disminuyeron significativamente.
Lógicamente
el ferrocarril portaba, entre otras mercancías,
productos típicamente asociados a la arriería.
Así, la información de las compañías
que operaron en Aragón (MZA y Norte) nos dice
que un 13,1% del volumen transportado en 1878 se correspondía
con aceite, vino y aguardiente (Anes, 1978). Este hecho
trajo la ruina a algunas comunidades cuya actividad
económica básica era la arriería
de largo recorrido. El ejemplo paradigmático
son los maragatos del Noroeste de León, los arrieros
que durante siglos transportaron a lomos de mulas pescado
fresco y otros artículos desde Galicia o Vizcaya
a Madrid. Todavía en los años 50 quedaban
ancianos maragatos que conocieron la arriería
en su infancia y que recordaban como «por
entonces los arrieros se opusieron al paso del ferrocarril
por la comarca» (Martín, 1956).
Obviamente, la extensión de la red ferroviaria
fue inevitable y el efecto fue demoledor: «por
entonces los maragatos recurrieron, en un esfuerzo supremo
para vencer al nuevo medio de transporte, a la utilización
de carretas. Pero la derrota era inevitable. La pobre
agricultura del país no pudo sostener a tantas
gentes, que habían prosperado con las arrierías;
comienza la gran emigración de hombres y dinero.
Las grandes casonas arrieras quedan vacías y
pasan a poder de agricultores pobres; los pueblos se
llenan de ruinas. Miles de maragatos marchan a América,
a Galicia o a Madrid» (Martín,
1956). El camión les hubiera salvado, pero cuando
el camión llegó ya no había arrieros
(López, 1953) (Figura 20).

Figura 20. Estación
de León a principios del siglo XX. La estación
trajo progreso,
pero también supuso el fin de los arrieros maragatos.
Museo del Ferrocarril (Madrid).
Sin embargo, la situación
de los arrieros altoaragoneses no se vio muy comprometida
en aquel momento ya que las caballerías (con
o sin carros) seguían siendo competitivas en
distancias medias o cortas debido a los “atajos”
que podían tomar y a la comodidad de sus servicios
puerta a puerta. Veamos, por ejemplo, lo que publicaba
al respecto el Heraldo de Aragón en
su número del 8 de octubre de 1887:
«La
empresa del ferro-carril de Cariñena viene luchando
con la competencia de los carros. El ingeniero y el
administrador de aquella línea, Sres. Peña
y Campos, han tratado de arreglar el asunto conciliando
los intereses de todos y proponiendo a cambio de la
cesación de la competencia, el usufructo, para
los carros, de los servicios de este género que
necesite la vía.
Los carreteros no se han avenido. La empresa resulta
perjudicada, y para evitar esto va a adoptar un remedio
radical: bajar el precio de la tarifa. Pero, antes de
adoptar tal medida, los Sres. citados han visitado al
Gobernador Sr. Montes dejando a su iniciativa hallar
una transacción.
El
Sr. Montes ha agradecido la deferencia, deseado que
continúen las gestiones y autorizado a la compañía,
si aquellas son eficaces, para obrar libremente».
Esta competencia explica
que el recorrido medio de las mercancías expedidas
por ferrocarril fuera de 164 km en el periodo 1875-1879,
distancia que se redujo a 144 km a finales de siglo
debido a la construcción de líneas secundarias
(Gómez, 1982). Todo parece indicar que, por debajo
de esa distancia, los arrieros seguían siendo
rentables además de gozar del «apego
a los hábitos de los mayores»
(Gil y Carrasco, 1852). Resulta llamativo que, entre
1865 y 1878, el número de animales dedicados
al transporte más allá del propio municipio
habría sido suficiente para movilizar todas las
mercancías expedidas por ferrocarril en aquellos
años (además de las que se seguían
llevando a lomos o en carros) (Barquín, 1999).
En dicho periodo un mínimo de 171.000 caballos,
149.000 mulas, un número similar de asnos y entre
24.000 y 68.600 bueyes, según las fuentes, se
dedicaban al transporte intermunicipal (Madrazo, 1984).
La situación
empezaría a cambiar lenta pero inexorablemente
y, así, los Censos de la Ganadería
de 1891, 1905 y 1906 muestran de una forma palpable
el efecto del ferrocarril sobre el ganado de tiro, registrándose
un notable descenso con respecto al de 1865. Las cifras
de 1891 sugieren que en la última década
del siglo XIX ya no había suficientes medios
de transporte alternativos para reemplazar a los servicios
de del ferrocarril (GEHR, 1985). La reducción
fue particularmente marcada en el ganado asnal. A este
respecto, se ha sugerido que posiblemente el tren sustituyó
al caballo, al mulo y al buey en las grandes distancias
y éstos, a su vez, al asno en las distancias
cortas, en parte por la mejora del firme de carreteras
y caminos (Barquín, 1999). En el Alto Aragón
esta explicación contrasta con el hecho de que
los últimos arrieros, que hacían recorridos
generalmente más cortos sus predecesores, utilizaran
básicamente burros en contraste con las reatas
de machos que emplearon los arrieros de Naval durante
siglos.
En muchas zonas, los transportes basados en las caballerías
fueron complementarios al ferrocarril ya que eran los
que nutrían y vaciaban las estaciones de viajeros
y mercancías. De hecho, surgió un nuevo
tipo de arrieros y carreteros: los farderos. Estos llevaban
las mercancías desde las estaciones recién
abiertas a los lugares donde todavía no llegaba
el tren «y que en Huesca
fue importante gremio que nació al llegar el
tren y terminó no hace muchos años»
(Chavala, 2012). «Farderos
domésticos, como los Ribera, Laliena, Abarquetas
y otros como Galán, Nogués, Mur o Cristóbal
Belenguer y Feliciano Lanzarote, todos ellos con enormes
carros y grandes percherones, que duraron mientras no
entraron en liza camiones y furgonetas»
(Chavala, 2012). No todos los antiguos arrieros se adaptaron
igual de bien. Por ejemplo, «Jarrea,
un arriero que entonces se vio relegado a ser casi un
recadero, un mal día se tiró al tren,
a ese tren que le había matado el negocio previamente»
(Chavala, 2012).
En cualquier caso,
es evidente que los medios de transporte tradicionales
subsistieron durante muchas décadas para esas
distancias relativamente cortas y/o en aquellos lugares
en los que el tren tardó en llegar… o no
llegó nunca. Precisamente, las condiciones que
caracterizaban los intercambios comerciales entre Pirineo
y Somontano. En Huesca, «provincia
poco afectada por el ferrocarril, perduraron los arrieros»
que solo sucumbirían con la llegada del camión,
«bastantes años
después» (Chavala, 2012). Posiblemente,
otro gallo les hubiera cantado si el proyecto Sangüesa-Barbastro
se hubiera materializado y hubiera existido un abastecimiento
abundante, rápido y continuo de aceite, vino,
cacharrería y otros artículos a pueblos
como Yebra de Basa o Fiscal, en un tiempo en el que
no existían ni carreteras asfaltadas ni camiones
ni furgonetas. Dichos pueblos habrían servido,
a su vez, como centros de abastecimiento para los pueblos
de, por ejemplo, Sobrepuerto o La Solana, tal y como
sucedió con Sabiñánigo y sus zonas
de influencia. De hecho, los comercios de Lacort, Fiscal
o Broto jugarían un papel parecido algunas décadas
después cuando “esos locos cacharros”
empezaron a recorrer con cierta frecuencia la carretera
que unía Barbastro con Broto a través
de Naval, Aínsa y Boltaña.
Los recorridos de los
arrieros altoaragoneses se tuvieron que adaptar a los
nuevos tiempos en las zonas de influencia del ferrocarril
(Sabiñánigo-Jaca); en general, se acortaron
sensiblemente las distancias. Por ejemplo, el arriero
navalés Antonio Banastón nos contaba que
su abuelo se desplazaba habitualmente hasta las poblaciones
de los valles de Ansó y Hecho mientras que su
padre no sobrepasaba la línea Sabiñánigo-Larrés-Acumuer-Biescas.
Además, las grandes recuas del pasado, conducidas
por varios miembros de una familia de arrieros y uno
o más criados, se tuvieron que transformar en
una o dos caballerías (con o sin carro) conducidos
por una sola persona.
El ferrocarril incluso
supuso una ayuda estimable a aquellos arrieros de Naval
y otras localidades del Somontano que se desplazaban
regularmente a zonas que disfrutaban de estaciones de
tren más o menos próximas. Así,
si se les acababa la mercancía durante su trajín
de pueblo en pueblo, no hacía falta que volvieran
hasta Naval a por más. Tenían la opción
de llamar a algún familiar o conocido de su pueblo,
quien se encargaba de facturar más mercancía
en Barbastro y el arriero podía recogerla en
la estación de Sabiñánigo, por
ejemplo. Algunos arrieros facturaban personalmente cierta
cantidad de mercancía antes de emprender su viaje
con las caballerías. Obviamente, no podían
utilizar este recurso aquellos que, por ejemplo, cubrían
la ruta entre Naval y el valle de Gistaín o el
de Bielsa.
Realmente, la jubilación
de los arrieros en el Alto Aragón no se produjo
por una pérdida de clientes debido a la llegada,
primero, del ferrocarril y, luego, del Patrimonio Forestal
del Estado, el Instituto de Colonización, los
embalses, la irrupción de los frigoríficos,
etc. Su jubilación vino de la mano de furgonetas,
camionetas y camiones, nuevos medios de transporte que
tuvieron un impacto mucho más fuerte que el ferrocarril
en los sistemas de abastecimiento de alimentos; es cierto
que el trazado de las carreteras determinó la
supervivencia o desaparición de muchos pueblos
de montaña pero, para entonces, la suerte de
los arrieros ya estaba echada. Muchos arrieros cambiaron
una forma de transporte por otra, como Fantova, Cardelina
o Chavalín de Naval. También fueron famosos
los hermanos Palacín de Lascellas, célebres
arrieros que pasaron a ser accionistas de una empresa
de transporte «que cubría
su antigua ruta, en un saber adaptarse a los tiempos»
(Chavala, 2012). Este autor señala que conoció
«al Sr. D. Isabelino
Escar de la placeta de Latre, que con sus hijos Mariano
(más conocido por Calma) y Manolo, así
como con Nicolás e Ismael Beltrán, fueron
los últimos, con “Los Cubas”, sustituyendo
al patrón de la profesión extinguida,
San Antón, por San Cristóbal, la cebada
por la gasolina. Desapareciendo por inútiles
las ventas y posadas así como los mojones, que
a lo largo de las carreteras y caminos que aún
no hace cuarenta años, conservaban con muy pocas
variantes las trazas con que fueron construidas para
carros y tiros de caballerías».
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