| «Largo
como una anguila,
sin patas ni costilla.
Saber de que se trata,
Es cosa sencilla»
(Adivinanza)
«En
cada legua hay un pedazo de mal camino» (Refrán
popular).
1. Las primeras
redes viarias
Resulta obvio que los
primitivos pobladores de nuestro territorio disponían
de su propia red viaria; sin embargo, la red viaria
actual es heredera del periodo de dominación
romana, en la que se construyó una gran red de
calzadas en toda Hispania y que, según el itinerario
de Antonino, tenía «cerca
de 80.000 kilómetros de recorrido»
(Uriol, 2001). Según el mismo autor, entre estas
vías destacaba el itinerario Ilerda-Osca-Caesaragusta.
La Tabula Imperii Romani (1993, 1997), un proyecto
internacional que pretende mostrar las características
de la población y comunicaciones en el periodo
romano y que está coordinado en España
por el Consejo Superior de Investigaciones Científica,
cita los siguientes lugares del Alto Aragón dentro
de dicho itinerario: Mendiculeia, Tolous -donde
cruza el Cinga Flumen-, Caum (de polémica
ubicación), Pertusa y Osca.
Allí se podía seguir este mismo itinerario
hasta Caesaraugusta pero, además, se
iniciaba la vía que llevaba al Svmmo Pyreneo
a través de Iacca.
A finales del siglo
XIX, el itinerario de Antonino fue objeto de discusión
entre los estudiosos ya que, mientras unos situaban
la mansio llamada Tolous en Tamarite,
otros lo hacían en la Puebla de Castro y el escolapio
binefarense Eduardo Llanas la ubicaba entre el Pueyo
de Santa Cruz y el Santuario de la Alegría de
Monzón. En 1919, Ricardo del Arco completa las
vías romanas con «la
vía romana del Ésera y la del Isábena»
(Diario de Huesca, 2-7-1919). En 1951, Pedro
Carrillo documentó el recorrido que, a su criterio,
seguía dicho itinerario puesto que «muy
pronto no quedarán ni vestigios del paso de la
Vía Romana de Tarragona a Zaragoza, debido al
abandono». Además, existía
otra gran vía, denominada Augusta, que discurría
al sur de la provincia uniendo Ilerda con Celsa y pasando
cerca de Gallica Flavia (topónimo identificado
tradicionalmente con Fraga) (Tabula, 1997: 82).
Los romanos utilizaron
los miliarios (indicadores de miles de pasos o millas)
como unidades de referencia para sus calzadas y, de
hecho, los miliarios jalonaban las mismas desde su origen,
milla a milla. Dentro de las medidas de longitud romanas
encontramos en orden creciente, el dedo, el pie (18
dedos, 0,2957 m), el paso (5 pies, 1,478 m), el estadio
(125 pasos, 184,81 m), la milla romana (1000 pasos,
1.478,5 m) y la legua romana (1,5 millas, 2.217,75 m)
(González, 2008). No obstante, tampoco las medidas
y sus equivalentes en el sistema métrico decimal
actual están exentas de controversia.
El “descubrimiento”
del sepulcro del apóstol Santiago y el inicio
de las peregrinaciones da un nuevo uso a los caminos
al iniciarse el paso de los peregrinos por el Alto Aragón.
Es en el siglo XII cuando un singular viajero francés
llamado Aimerico Picaud recorre dicho camino hacia Santiago
de Compostela pasando «por
los Puertos Asperos la tierra de Aragón»
(García, 1999). Utiliza una especie de guía
para los peregrinos que formará parte del Códice
Calixtino, tristemente famoso por su robo de la
Catedral de Santiago el año 2011.
En la Edad Media, la
destacada actividad del centro artesano de Barbastro,
junto a las nuevas ferias y mercados en la provincia
de Huesca, incrementan el uso de los caminos, por la
necesidad de transportar las mercancías de unos
lugares a otros. Este movimiento se une al generado
por la explotación de minas y salinas en lugares
como Bielsa y Naval, respectivamente (Orcástegui,
1999) en las que, con toda seguridad, tienen un lugar
importante los arrieros.
2. La seguridad
en los caminos
Hasta bien entrado
el siglo XV, la inseguridad en los caminos dificulta
los viajes de las personas por España. Es a partir
de estas fechas cuando estos viajeros, unidos muchas
veces a «recuas de arrieros…
en busca de compañía y protección»,
se aventuran a tan arriesgada experiencia. Este cambio
en las condiciones de los caminos de España viene,
en gran medida dado por la creación, a cargo
de los Reyes Católicos, de la Santa Hermandad,
un equivalente a la actual policía rural (Meneses,
1976).
Los asaltos por bandoleros
son frecuentes y, al realizarse en medio del campo,
quedan bajo la jurisdicción de la Hermandad,
siendo los alcaldes de ésta, elegidos cada año
«en cada ciudad, villa
o lugar que fuere de treinta vecinos y dende arriba»,
los encargados de conocer los «delitos
y excesos cometidos en el campo».
Para «perseguir a los
malhechores», dichos alcaldes, pueden
nombrar a “Cuadrilleros de la Hermandad”
una vez que «el
delito les fuere denunciado» (Novísima,
1804). Esta Hermandad, pionera en Europa también
conocida como la Santa Hermandad por su relación
con los delitos de la fe, se disuelve en 1834, tras
la creación en 1824 de la Policía General
del Reino.
Las historias de peligrosos
salteadores, como Juan de la Daga y su banda, explican
la necesidad de las hermandades para mantener la seguridad
de los caminos. Estos malhechores recorren los caminos,
robando y matando. Los siguientes versos glosan su búsqueda:
«La Hermandad, con mucha
gente,/cuidadosa le buscaba;/pero él, con fiero
denuedo,/defenderse procuraba./ Disparando, con enojo
las pistolas que llevaba,/y a un Ministro de justicia/el
cabello le quemaba» (Famosa, 1681).
Pero los desmanes de Juan de la Daga acaban en Madrid
el año 1681, donde es detenido, juzgado y ahorcado.
Sus historias y las
de otros bandoleros se cuentan en folletos de cordel
que avisan: «al que
del vicio se aparta, aunque viva con trabajos, se librará
de desgracias» (Famosa, 1681). Otros
treinta, que dedican su vida a «sacrilegios
y estupros de doncellas»
por los caminos, no debieron leer estas líneas.
Y «aquesta gente perversa»,
narran los versos de un folleto, profanan iglesias,
«por caminos, y mil
veredas, executando mil males» y arriesgándose
a acabar en la horca o en galeras, que son los castigos,
que les esperan según el tipo de delito (Primera,
Segunda, 1735).
En Aragón, las
Cortes de Monzón de 1510 declaran abolida la
Hermandad dejando «al
arbitrio de los pueblos que escogiesen los medios para
vigilar los caminos con aprobación de los Reyes».
Estas partidas tomaron el nombre de Guardas del Reino
y tienen su jurisdicción sobre bandoleros y salteadores
de caminos (Sidro, 1858), desempeñando sus cometidos
hasta que en 1708 las suprime Felipe V, en los Decretos
de Nueva Planta, como represalia al haberse alineado
Aragón con el bando perdedor del Archiduque Carlos
en la Guerra de Sucesión.
3. Los primeros
mapas y libros sobre caminos
En 1546 se publica
el libro Repertorio de todos los caminos de España
por el valenciano Pedro Juan Villuga. Este rarísimo
impreso, del que solo se conoce un ejemplar, recoge
todos los itinerarios de Hispania, y entre ellos, encontramos
seis que recorren el Alto Aragón (Figura 1).
Lo primero que puede observarse es la falta de conexiones
con Huesca, que no cita, y la ausencia total de itinerarios
en el Norte de la provincia. Villuga recurre a «la
información directa, preguntando a los carreteros
y arrieros» y solicitándoles
su colaboración para mejorar ediciones posteriores
(Serrano, 1999).

Figura 1. Itinerarios
del Repertorio de Caminos de Pedro Juan Villuga,
1546.
El primer recorrido,
y más importante, va de Zaragoza a Barcelona,
en cuarenta leguas, por Bujaraloz, Candasnos y Alcarrás.
Los otros cinco tienen Monzón como principio
o fin y, en cuatro de ellos, la ruta, debe cruzar el
río Cinca, aunque en solo una ocasión
describe el método;
«la varca [sic] de puerba»,
de la que no aporta ningún dato más.
Alonso de Meneses en
1576, edita su Repertorio de caminos, tras
la «experiencia de los
muchos trabajos y desasosiegos que en los largos caminos
suelen acontecer a los no instruidos».
Este repertorio recoge en sus páginas, como Villuga,
de manera escueta, el origen de cada ruta, el destino,
los pueblos que atraviesa, y la distancia a la que se
hallan en leguas. Villuga cita, en 1546, 139 itinerarios,
«algo más de
18.000 kilómetros» mientras
que Meneses recoge, unos años después,
134 recorridos. (Uriol, 2001). Éste es un poco
más generoso en su contenido e incorpora una
hoja con los cambios de las monedas, una tabla de multiplicar
y encarga a Juan Timoneda una «memoria
hispanea [sic]…en la cual se hallará cosas
memorables y dignas de saber» (Meneses,
1976).
Difícilmente
nadie podría hacerse una idea de la ubicación
de poblaciones, ríos y castillos sin el uso de
la cartografía. Es en 1535 cuando aparece Aragón
en uno de estos novedosos mapas -el primero dicen los
expertos- realizado por Michaele Villanovano, nombre
latino del oscense Miguel Servet (Adiego et al.,
1986).
En esta época
están pensados para formar parte del atlas -palabra
que aparece por primera vez en esas fechas- por su tamaño
y decoración. En ellos, los pueblos, en algunos
casos dibujados con imaginación, los ríos
y unas estéticas montañas, complementan
-según su destino- a divisiones religiosas o
de territorios. La información que nos ofrecen
de caminos o pasos es prácticamente inexistente
hasta bien entrado el siglo XVIII.
Entre 1610 y 1611,
el geógrafo portugués Juan Bautista Labaña,
recorre durante unos meses los caminos de Aragón,
anotando todo cuanto necesita para la composición
de un mapa -según su propio relato- «por
mandato de su Majestad» (Labaña,
2006). Parte de Madrid y el 20 de noviembre de 1610
entra en el Alto Aragón por Fago y Ansó.
En su relato, no solo
aparece información geográfica, sino que
también dibuja las inscripciones de miliarios
y monumentos que encuentra en su camino. Recoge dichos
e historias de los lugares que pueden ser de interés
y de ellos hace una privilegiada descripción,
en muchos casos la única que se conoce. Anota
las distancias entre las poblaciones que recorre y para
describir sus rutas se sube a los lugares y montañas
más elevadas o singulares y, desde allí,
describe lo que ve e indica su posición en grados
y su distancia en leguas «grandes
y pequeñas».
Es difícil saber
a qué equivalían esas leguas ya que la
longitud de esa unidad de medida variaba dependiendo
del territorio. Así, una legua de Aragón
de 18 al grado equivalía a 6160-6180 metros,
una castellana de 3.400 pasos (17’5 al grado)
a 6336-6357 metros, y una legua de una hora francesa
(20 al grado) a 5544-5573 metros. Por si fuese poco,
también había variaciones locales. ¿Pero
qué significa «leguas
de 20 al grado»? Si tomamos la circunferencia
de la Tierra y la dividimos en 360 trocitos o grados,
cada uno mide, aproximadamente, 111 kilómetros.
Al ser las leguas de 20 al grado, dividimos esta distancia
por 20 y nos da los (kiló)metros que contiene
cada una de esas leguas.
Unos años más
tarde, en 1860, el Curso elemental de geografía
de Monreal ya nos presenta como medidas modernas el
kilómetro y el miriámetro, diciendo: «La
Francia inventó a principios de este siglo el
sistema métrico, medida que nosotros también
hemos adoptado, siendo probable se vaya luego introduciendo
en las demás naciones de Europa».
También debemos decir que en dichas medidas modernas
todavía conserva la legua legal española
y, en los mapas que acompañan a dicha geografía,
las utiliza junto a las unidades métricas (Monreal,
1860: 18).
En cualquier caso,
la descripción que hizo Labaña de los
caminos que recorrió fue bastante escueta y se
limitó a las distancias y ubicación, en
sus dibujos, de algunos puentes. Con los datos de sus
libretas de campo y siguiendo sus pasos, hemos trazado
el recorrido que hizo por los caminos de la época
(Figura 2).
Labaña, en su
periplo, visita Canfranc el día 24 de noviembre,
donde nos cuenta los orígenes de la iglesia dedicada
a la Santísima Trinidad que «fue
fundada y dotada de seis capellanías por un arriero
de la villa que ganó en el oficio 24.000 ducados,
los cuales empleó en esta obra santa»
(Labaña, 2006). Ese mismo día llega a
Candanchú donde explica las rentas necesarias
para mantener el puerto abierto «en
lo que se gastan más de cien escudos».
Y los pagos, por el paso, de las cabalgaduras
«de carga 1 real, y cada peón que lleva
carga a la cabeza 8 dineros, y cada peón sin
carga dos». El invierno hace acto
de presencia, y, según su relato, lo «tiene
retenido en Jaca por la nieve dos días»
(Labaña, 2006).

Figura 2. Itinerario
recorrido por Juan Labaña (1610).
4. Los cambios
de la Ilustración.
José de Taberner,
Conde de Darnius, al inicio del siglo XVIII, después
«de haber seguido los
ejércitos de V.M. en el espacio de veinte y siete
años», escribe una
guía de caminos mas principales.
En ella describe, entre otros, el que desde Pont de
Suert lleva a Benasque: «es
malísimo y desfilado… aunque lo abrieron
carretera para pasar la artillería, costó
y costará muchísimo cada vez que se haya
de transitar por él» (Taberner,
1701). Relata, también, los métodos que
utilizaron en su apertura «para
subir la artillería cuando fueron a Benasque,
y costó muchísimo…y hubieron de
subir la artillería a torno trayendo allí
ancoras de navíos para tener amarraderos»
(Taberner, 1701). Resulta difícil encontrar algún
camino sin problemas o dificultades en la obra de Taberner,
pero sus comentarios sobre el camino de Viella a Benasque
son los peores: «Este
camino es tan malo que no puede ser peor, casi impracticable
e intratable» (Taberner, 1701: h147v).
En 1711 se crea el
Cuerpo de Ingenieros militares por D. Jorge Próspero
de Verboom y aglutina a los ingenieros militares o del
Rey, que llevan años realizando labores de fortificación.
Este hecho es un punto de inflexión para la gestión
de los caminos y obras públicas y, así,
en 1749 la Ordenanza de Intendentes asigna
a dichos ingenieros la labor de «elaboración
de los mapas geográficos provinciales»
(Carrillo, 2006).
En esa época, los caminos se clasifican siguiendo
varios criterios. Según el punto de partida y
llegada, existían caminos reales o
«públicos de primer orden, que van de una
Ciudad a otra, son del Rey, y deben ser guardados, y
amparados por su Alteza» y los denominados
vecinales, también públicos, que salen
de los caminos reales y llegan hasta una
villa o alguna colonia. Según su
ubicación o su propiedad, los había urbanos,
de Realengo o militares; sin embargo, la clasificación
más interesante es la que los definía
según el tipo de vehículo que los podía
transitar: carreteros o de rueda,
«donde pueden caminar coches, o a lo menos carretas»
y de herradura
«donde
no puede caminarse sino a caballo»
(Fernández, 1755). Para tener una idea del estado
de los caminos baste decir que incluso existían
caminos con otros apelativos, como aquel llamado «de
las Cabrillas, sin duda porque solo es bueno para semejantes
animales», y que desata «las
quejas, y reniegos del Caminante»
(Fernández. 1755). Unas décadas más
tarde, Baccigalupi (1800) divide los puertos pirenaicos
del Alto Aragón en función de si “pasan”
o “no pasan” caballerías (Tabla 1)
Tabla 1. Relación
de los puertos pirenaicos del Alto Aragón y sus
características de tránsito.
| Valle
de Ansó |
|
| Puerto
de Pietragema |
Pasan caballerías |
|
Puerto de Lacherit |
No pasan caballerías |
| Valle
de Hecho |
|
|
Puerto del Palo |
Pasan caballerías |
|
Paso de Aguastortas |
No pasan caballerías |
| Valle
de Aysa |
|
| Garganta
de Aysa |
No pasan caballerías |
| Valle
de Borau |
|
|
Gargantas de Borau |
No pasan caballerías |
|
Valle de Canfranc |
|
|
Cruz de Sonport |
«Es
paso para Francia mui abierto y se pasa en todo
el año con cavallerías» |
|
Puerto de Astum |
No pasan caballerías |
|
Valle de Tena |
|
|
Puerto de Soba |
No
pasan caballerías |
|
Puerto de la Forqueta |
Pasan
caballerías |
|
Valle de Broto |
|
|
Puerto del Cerbellonar |
No
pasan caballerías |
|
Puerto de Petrañara |
Pasan caballerías |
|
Valle de Vio |
|
| Puerto
de Godi |
No pasan caballerías |
| Valle
de Bielsa |
|
| Puerto
de Aura |
Pasan
caballerías |
|
Valle de Gistau |
|
| Puerto
de Aura de Plan |
Pasan
caballerías |
| Puerto
de la Pez |
Pasan caballerías |
| Valle
de Benasque |
|
| Molzero,
Puerto |
No
pasan caballerías |
| Remuñe,
Puerto |
No
pasan caballerías |
| Paso
de los Caballos |
No
pasan caballerías |
| Gorgutes,
Puerto |
No
pasan caballerías |
|
Francia, Puerto |
Pasan
caballerías |
| Picada,
Puerto de Cataluña y Francia |
Pasan caballerías |
| Arán,
Puerto común a Aragón y Cataluña |
Pasan
caballerías |
Fuente: Baccigalupe
(1880). Se han conservado los nombres originales.
El soplo de aire fresco
que supone la Ilustración conlleva, entre otras
muchas cosas, la creación de las Sociedades Económicas
«a fin de promover la
agricultura, industria y oficios»
(Gaceta, 1775). En Aragón, en el año
1776, se crea la Real Sociedad Económica Aragonesa
de Amigos del País, promovida por «ciudadanos
prominentes» como el Conde de Sástago
y Ramón de Pignatelli, impulsor del canal Imperial
de Aragón.
Fruto de estos aires
de cambio, una Real Orden, en 1799, reorganiza la Junta
de Correos, Postas y Caminos y, en su punto nueve, «para
conseguir que se planteen bien los proyectos relativos
al trazado y alineación de Caminos y Canales»
(Uriol, 2001), define los diferentes cargos del escalafón
de Comisarios y facultativos encargados de dicha tarea.
Lo que supone, de facto, la creación del Cuerpo
facultativo de Caminos y Canales. Esta Real Orden, especifica
que se componga, también, de «un
facultativo en calidad de celador para cada diez leguas…y
de un peón caminero en cada legua»
(R.O. 12-Junio-1799 / ROP, 1899).
5. Los mantenedores
de los caminos
Como citábamos
antes, los caminos requieren de personal para su conservación.
En el puesto más bajo del escalafón está
el peón caminero. Éste tiene, dentro de
sus obligaciones, el mantenimiento de una legua de camino.
En el siglo XVIII se estipulan dichas condiciones laborales:
«tomando las herramientas
necesarias deberá salir de su habitación
al salir del sol, y caminar en el primer día
toda la legua puesta a su cuidado, observando en ella
lo que halle descompuesto».
Para ayudar a los peones,
«se destinará
para la conducción un arriero fijo en cada dos
leguas mas o menos, según pareciere necesario,
con el número de pollinos proporcionado a las
distancias». La picaresca, como en
todos los gremios, está presente y para evitarlo
se «procurará
que los arrieros no falten a la asistencia diaria de
trabajo, con el número de caballerías
que se destine, y la carga competente si trabajasen
a jornal. Si estuvieren a destajo les medirá
los montones con exactitud y atención a que no
le engañen con alguno de los muchos fraudes que
se usan, multándolos en su haber si cometiesen
alguno».
Grave debía
ser el daño que hacían los arrieros y
carreteros para promulgar unas leyes tan severas, de
protección de los caminos en el siglo XVIII.
El artículo nueve, reza: «a
cualquiera persona que golpee, mueva, tronche, quite
ramas, corte, arranque, o haga otro daño a los
Árboles que se han plantado, o plantaren a las
márgenes del camino, se le aprehenda, denuncie,
y exija inmediatamente diez ducados de multa: y si el
daño fuese hecho no por descuido, sino por malicia,
se le asegure en la cárcel… siendo así
que el mayor daño a los árboles suelen
hacerle los arrieros y carreteros, por cortar varas
para guiar sus caballerías…»
(Colección, 1790).
Sin embargo, no todo
debió salir tan bien como esperaba José
Moñino, Conde de Floridablanca y consejero de
Estado, en su impecable organización. Una Real
Orden describe, de manera explicita, los desastres que
ocurren en los caminos patrios por falta de personal
preparado: «he tomado
conocimiento de los métodos observados hasta
aquí para mantener y conservar los caminos, que
ya se hallan construidos; y viendo que con ninguno de
ellos se ha logrado el fin, me ha parecido que podrá
conseguirse estableciendo personas fijas, que bajo las
órdenes del Director se ocupen continuamente
en reparar las descomposiciones diarias que ocasionan
los temporales, los carruajes y los pasajeros»
(Colección, 1790).
En cualquier caso,
los mantenedores de caminos debían destacar
por su absoluta ausencia en gran parte del territorio
y, particularmente, en las zonas pirenaicas, en las
que el cuidado de los caminos locales que, en el mejor
de los casos, eran únicamente aptos para caballerías,
recaía en el trabajo de sus habitantes, a través
de las jornadas vecinales o comunales que se mantuvieron
hasta mediados del siglo XX.
6. Los primeros
mapas de caminos y las nuevas guías de caminos
A partir de los mapas
compuestos por Labaña a principios del siglo
XVII comienzan a aparecer marcas indicando pasos sobre
los ríos. Pero no es hasta 1691 cuando Sanson,
en su carta Les Monts Pyrenées [sic],
traza, tímidamente, los primeros caminos en los
accesos a los puertos entre España y Francia.
En España Juan Seyra publica, en 1715, su mapa
del Reino de Aragón grabado en París.
Pudiera ser que algunos
mapas tuvieran versiones con los caminos dibujados,
aunque razones estratégicas impidieran su difusión.
En cualquier caso, el primero que hemos podido localizar
y que señala los caminos, de manera general,
es la Carte du Royaume d’Aragon de 1719
que realiza el cartógrafo francés Bourguignon,
también llamada Theatre de la guerre d’Espagne.
Este ejemplar, en una escala de 1:400.000, es de singular
belleza, con multitud de topónimos en el Alto
Aragón y algunos detalles decorativos muy parecidos
al de Seyra, que bien le pudo haber servido de base.
En 1730, los ingenieros
franceses Roussel y de la Blottiere trazan la espectacular
y bellísima Carta general de los montes Pirineos
que tiene la peculiaridad de colocar el norte en posición
inferior y el sur en la superior. Cubre bastante superficie
de Aragón y la abundancia de los detalles y la
meticulosidad de esta carta es digna de admiración.
Este mapa estaba pensado para que una persona lo pudiese
llevar consigo cuando fuese de viaje y, de hecho, es
uno de los primeros que se entelaron para poder plegarse
y desplegarse con facilidad.
Aún tendrían
que pasar 35 años para que el geógrafo
Tomás López publicase en 1765 –¡por
fin!– un mapa de Aragón realizado e impreso
en España, con información sobre nuestros
caminos. Este mapa desplegable, del que se hicieron
bastantes ediciones, se enteló en versiones de
4, 20 y 24 hojas (Adiego et al., 1986). En
1777, Fermín de Lezaún actualizó
el mapa elaborado por el geógrafo Labaña
pero su obra fue rápidamente incautada «por
el gobierno a mano armada», presuntamente
para «no dar conocimiento
de los pasos fronterizos» (Adiego
et al., 1986); paradójicamente, la información
que los mapas franceses citados anteriormente ofrecían
sobre tales pasos era mayor que la del propio mapa de
Lezaún.
José Matías Escribano, en 1767, recoge
en su Guía de caminos para ir de Madrid a
todas las ciudades, los itinerarios, ciudades y
ventas y las distancias que los separan, como en las
guías de Villuga y Meneses. Unos años
más tarde, en 1812, Santiago López recopila,
o más bien copia, los itinerarios, corrigiendo
algunos errores y cometiendo otros nuevos, en su Nueva
guía de caminos. La diferencia más
importante entre ambas es la clasificación que
hace López de los caminos, diferenciando los
de ruedas y los de herradura. El camino
de Madrid a Aragón y Cataluña aparece
como Camino real de ruedas (Figura 3). La duración
de las jornadas de viaje en esa época solía
ser para «carruajeros,
caleseros y arrieros… de siete u ocho leguas al
día poco más o menos, según la
estación del año» aunque
«cada
uno las arregla como mejor le acomoda»
(López, 1812: 119).

Figura 3. Itinerarios
de la Nueva Guía de Caminos de Santiago
López (1812).
Breve es la lista
de caminos que añaden Escribano y López
por nuestro abandonado Alto Aragón, con respecto
a obras anteriores. Algunos han cambiado y la mayoría
son variantes de las antiguas rutas, ya desdibujadas.
Aparece el camino que lleva a Canfranc y se constata
la pérdida de importancia de Monzón, antaño
sede de Cortes. Señala el cruce de los ríos
y, en ocasiones, la ubicación de puentes y barcas,
aunque en el Alto Aragón solo aparece
el puente de Fraga. Las distancias están expresadas
en leguas, aunque aclara que en «el
principado de Cataluña, y en su tránsito
hay variedad en las leguas porque los Catalanes las
cuentan por horas» (López,
1812). Los escasos caminos que describe en el Alto Aragón
son de rueda. La inmensa mayoría de
los caminos que no aparecen en tales guías
(es decir, casi toda la red viaria altoaragonesa) seguían
siendo de herradura.
7. Los caminos
en el siglo XIX
La creación
de la Escuela de Caminos en 1802, a instancia de Agustín
de Betancourt, supone la definitiva –y esperada–
profesionalización que había iniciado
Floridablanca, entre otros, en el siglo XVIII. Una vez
superados los altibajos de la guerra de Independencia,
se inicia, de nuevo, la formación de los ingenieros
de caminos y el desarrollo de las obras en España.
En 1827, el ingeniero
Antonio Prat, no duda en defender la necesidad de dejar
«hacer a los particulares» como
forma de solucionar la construcción de infraestructuras
(Prat, 1827), a pesar de los fracasos de la iniciativa
privada en la construcción y gestión de
los caminos (por ejemplo, la fallida iniciativa privada
en el Canal de Tamarite).
En cualquier caso,
el estudio y construcción de caminos por toda
España había experimentado un cierto empuje
a comienzos del siglo XIX. En 1828, la Gaceta de
Madrid, informa cumplidamente de las nuevas obras
de carreteras, «cuyas
ventajas para el mas pronto, seguro y cómodo
tránsito, principian ya a experimentarse»
(Gaceta, 1828). Pero las trabas
y frenos son constantes y algunos proyectos carreteros
ideados por mentes preclaras como la de Jovellanos,
no se llevan a cabo «unas
veces [por] los
sucesos políticos, y otras las mismas causas
por las que se han malogrado en España los proyectos
más útiles» (Gaceta,
1835).
En 1830, al Brigadier de infantería de los Reales
Ejércitos Francisco Javier Cabanes le parece
oportuno recopilar la Guía general de correos,
postas y caminos del Reino, para corregir las imprecisiones
e inexactitudes de las que adolecen, en su opinión,
las anteriores guías de Rodríguez, Espinalt
y otros. En esta completa obra, trata de todos los aspectos
relacionados con los Correos y en un apéndice,
en su capítulo segundo, describe las carreras
de Aragón. En la primera, de Madrid a Barcelona
por Zaragoza, enumera las postas que existen en dicho
recorrido. Luego de manera pormenorizada, como novedad,
describe los pequeños recorridos que unen los
diferentes pueblos, incluyendo las características
de los mismos y su paso por puentes y barcas como la
de «Ardisa, sobre el
rio Gallego». O itinerarios, como
el de Jaca a Urdos, donde «principia
Francia», que es de herradura, para
luego continuar a Oloron ya en carruaje. Describe igualmente
los itinerarios que recorren el Alto Aragón desde
Barbastro, Fraga y Huesca. Como el de herradura,
que partiendo de Barbastro y pasando por Aínsa,
Puértolas y Gistaín, va «a
la raya de Francia» en 20 leguas (Cabanes,
1830).
El suizo Charles Didier
recorrió España en el año 1836,
coincidiendo con la primera guerra carlista. A su paso
por Fraga, camino de Madrid, describió la carrera
real –antigua ruta que ya señalara Villuga
en 1546– como «un
ancho camino apenas esbozado que los lodos hacen impracticable
en invierno». La compañía
catalana que explota en régimen de monopolio
el servicio de diligencias y postas, «amasando
beneficios considerables», prohíbe
el paso por dicho camino y
«los arrieros han de seguir, so pena de multa,
malos senderos fangosos, a derecha e izquierda de la
carretera» (Castillo, 1990). La narración
de este viajero, descriptiva y algo funesta, nos cuenta
como viajeros y arrieros se congregan «alrededor
del fuego vivo y chispeante de la posada»,
compartiendo un té hervido que la epidemia de
cólera ha «puesto
de moda» (Castillo, 1990).
8. Los nuevos
viajeros en el Alto Aragón
Los datos recogidos
sobre el terreno por diferentes comisiones de jefes
y oficiales del cuerpo de Estado Mayor del ejército
entre 1847 y 1865 sirven para la formación del
Itinerario descriptivo militar de España
que se publica entre 1866 y 1867. Este itinerario se
complementa con el Mapa Itinerario militar que, en varias
escalas, intenta cubrir las necesidades cartográficas
del ejército. Los datos de caminos y alojamientos
que describe en el Alto Aragón son un largo rosario
de dificultades y de penurias:
«senda impracticable», «terreno accidentado»,
«no fácil tránsito en época
de lluvias», que nos dan una idea
del estado de los caminos.
La rica e irónica
prosa de Joaquín Costa nos narra las características
de un viaje que realizó por su tierra en junio
de 1869 y los variados medios que emplea: «¡Magnífico
viaje llevé, magnífico! Dos horas en ferrocarril,
dos en diligencia, dos en carro, dos en burro y dos
a pie antes de llegar» (Costa, 2011).
En estas fechas, cuenta Costa, «marché
con el burro a Formigales y desde aquí con mi
padre a Graus por El Mon, Perrarrua y la Venta»
(Costa, 2011). Ese camino –que ya empleó
Labaña en su recorrido en 1611– unía
Troncedo con Graus.
Albert Tissandier,
redactor de la revista La Nature de París,
viajero y habitual visitante del Pirineo aragonés,
recorre sus montañas y recopila interesantes
informaciones. Al comienzo de un artículo sobre
excursiones avisa a los posibles seguidores: «el
viajero no tiene en absoluto hasta el presente mapas
que puedan ayudarle en sus peregrinaciones».
La cartografía de la época, en referencia
a los mapas de detalle de la zona, es muy mala o inexistente.
Tissandier y otros viajeros franceses de la época,
como Schrader o Wallon, recopilan información
para trazar sus propios mapas de la cordillera, pero
lamentablemente tales mapas «no
existen mas que en manuscrito» (Tissandier,
1890).
Contribution a
la carte des Pyrénées espagnoles
[sic] es el título de los mapas elaborados por
Prudent, con los datos de los diferentes recorridos
que hizo el Conde de Saint Saud entre 1880 y 1888. Publicados
en 1892, tres hojas recogen la parte occidental del
Pirineo; Jaca, Huesca y Benabarre, quedando el trozo
denominado “Monzón” incluido en la
hoja de Andorra.
9. De barcas,
puentes y vados
Los caminos del Alto
Aragón deben cruzar, ríos, barrancos y
toda suerte de obstáculos naturales. Cruzar el
río Cinca en 1882 -fecha en la que podemos consultar
un itinerario de su recorrido- suponía un gran
problema pues tan solo tenía cuatro puentes
consistentes para aguantar las riadas. El primero, en
Mediano, más o menos a la mitad de su recorrido,
luego el de El Grado, recién inaugurado (Biel
y Pano, 2011), más abajo el de Monzón
y, por último, el de Fraga.
Entre estos puentes, numerosas barcas realizaban el
cruce de un lado al otro para evitar las grandes distancias
que separan un puente del siguiente – entre 22
y 56 kilómetros–. Había barca de
maroma en Ligüerre de Cinca, otra un poco
más abajo y también de maroma
en Clamosa, delatada por el topónimo Las
Casas de la Barca. A este núcleo acudían
desde los pueblos vecinos para poder pasar a la otra
orilla. Más abajo estaban las barcas de Artasona,
de Peña Lacambra, de las Pilas –propiedad
del Duque de Medinacelli–, Castejón del
Puente, Monzón, Albalate de Cinca, Ballobar,
Zaidín y Torrente de Cinca.
El paso mediante la
barca, ya de por sí peligroso en circunstancias
normales, se veía agravado con las crecidas del
río. A modo de ejemplo, durante las incursiones
carlistas de 1837 se complicó la situación
en las barcas de Estada y Estadilla por ser de
«paso difícil» y «por
no poder ir más de cincuenta hombres cada vez
en la barca», y acabó en tragedia
al irse «a pique debido
al excesivo peso» y fallecer «varios
centenares de carlistas» (Guirao y
Pérez: 2011)
El cruce de un río
también podía efectuarse por el vado –«parage
somero, llano y firme donde se puede atravesar el río
sin barca» (Diccionario, 1822) –
en aquellos lugares en los que la orografía y
el caudal del río lo permitían. Pero si
el río iba crecido al llegar al lugar de cruce,
había que remontar o descender para poder atravesarlo
por el puente más próximo. Eso podía
pasar, por ejemplo, al intentar pasar el Cinca por la
Granja de Escarp en el camino de Lérida a Mequinenza,
ya que tras pasar por allí «el
río Cinca a vado y llegar después a Mequinenza
este camino es llano bueno y carretero, sin tener más
incomodidad que el haber de pasar el río, a vado»;
sin embargo, «acontece
muchas veces haber de ir a dar la vuelta a la puente
de Fraga» (Taberner, 1701).
Jesús Fumanal,
de Casa Olivar – una de las citadas Casas de la
Barca–, recuerda cómo presentía
la llegada de las riadas del Cinca «por
el chorro de aire que las precedía».
El paso del río, en verano, se realizaba a
vado y la amenaza de la subida de caudales obligaba
a acelerar el paso de personas y caballerías,
con el fin de alcanzar la loma donde estar a salvo.
Algunos de estos cajones y barcas se utilizaron hasta
los años sesenta; en el caso de las Casas de
la Barca (Figura 4), la entrada en funcionamiento del
pantano de El Grado aceleró su desaparición.
Aprovechando el nuevo pantano se habilitó una
gran barca para transportar 15 toneladas, dando así
servicio a los pueblos de la ribera que podían
transportar sus caballerías, los modernos tractores,
el ganado... Lamentablemente, gran parte de esos pueblos
ya tenían sus días contados.

Figura 4. Imagen de
las Casas de la Barca, antes de que se sumergieran bajo
las aguas del pantano de El Grado.
Fuente: CEDAS (Abizanda).
Los ríos altoaragoneses
tenían y tienen un régimen hidrológico
descontrolado. Las riadas, frecuentes y peligrosas,
descomponían cada año caminos y puentes,
llevándose por delante a personas y animales.
Ya en la época romana, el poeta cordobés
Lucano, al narrar las aventuras de César por
las tierras oscenses, cita al río Cinca como
Cinga Rapax –el Cinca que arrastra tras
de sí, que arrebata– (Cortés, 1836).
Este río, a su paso por Fraga, tiene un puente
«de madera muy ancho»
pero de manera frecuente, en las riadas,
«se desbarata y el río
lo rompe muchas veces porque viene muy furioso»
(Labaña, 2006).
No faltan los relatos
de los efectos de las riadas en las publicaciones de
la época y en agosto de 1900 «una
de las últimas avenidas del Cinca arrastró
consigo la barca llamada de Barbastro, sin que hasta
la fecha haya podido darse con el artefacto. Como la
barca esa es la que pone en más directa comunicación
a esta ciudad con la villa de Fonz y pueblos a ella
más inmediatos, la falta del artefacto irroga
[sic] a no pocos
perjuicios al comercio e industria» (La
Cruz del Sobrarbe, 18-8- 1900).
Pero no es el Cinca
el único río que destroza caminos y puentes.
El cercano Ésera «solamente
es vadeable en el trozo de Castejón y cerca de
Campo, junto al mesón de Anselmo (carretera),
pero únicamente en verano, pues en el resto del
año se tropieza con [el inconveniente
de] la gran cantidad de agua
que trae; en la zona restante de terreno que hemos dicho
atraviesa, no es posible vadearle principalmente a causa
de la naturaleza de sus orillas» (Gracia,
1922). También hay evidencias de un vado un poco
más abajo de Santaliestra.
La noche del 21 al
22 de julio de 1925 tuvo lugar, en el Ésera,
una de las riadas más destructivas que se conocen.
Los habitantes de Benasque sufrieron sus efectos al
entrar el agua en la calle Mayor y quedar las casas
rodeadas de agua. «Una
horrorosa tormenta se desencadenó sobre aquel
término municipal, y desbordándose los
cauces, bajaron las aguas de la montaña al llano
como torrente asolador… Los puentes fueron arrastrados
por las aguas, todos los caminos, absolutamente todos,
fueron destruidos, lo mismo que varios kilómetros
de carretera quedando esta comarca completamente aislada
del resto del mundo» (Diario de
Huesca, 4-8-1925). Los benasqueses actuales también
saben los estragos de que es capaz el Ésera (Figura
5).

Figura 5. Estragos
del Ésera en el siglo XXI. Carretera de Benasque
a Cerler. Riada de 2013.
10. El siglo
XX y los caminos
Joaquín Costa,
nuestro eminente altoaragonés, analizó
el alto coste de la construcción de las carreteras
en su Programa de la Revolución y recomendó
«el mejoramiento de
los caminos de herradura y transformación del
mayor número de ellos en caminos carreteros baratos
[como método para que] todos
o casi todos los pueblos de la Península puedan
disfrutar de los beneficios de transporte por ruedas»
(Costa, 1914). Los caminos siguen siendo un asunto pendiente
y nuestra economía, afectada por los gastos de
las guerras coloniales, no puede permitirse el lujo,
según su criterio, de construir carreteras teniendo
todavía caminos de herradura entre nuestros pueblos.
En este siglo, la seguridad
de los arrieros, tartaneros y viajeros no está
solamente amenazada por bandidos y salteadores, como
nos cuenta el relato de una excursión científica
del Centro Excursionista de Cataluña que se adentra,
el 23 de noviembre de 1911, por la Barbatania.
El Somontano barbastrense es recorrido con «un
tartanero forastero que no conoce aquella tierra y un
animal viejo y achacoso, que no podía tirar».
Salen a las cuatro y media de Pertusa, «el
día es frío y nuboso»,
y la lluvia hace acto de presencia al llegar a Barbuñales.
Les han recomendado ir por la nueva carretera, en obras
todavía, que les llevará hasta el cruce
de Peraltilla, pues es «la
vía más recta y así en dos horas»
podrán estar en Barbastro. Alumbrados
«con dos fanals la lluvia en la espalda y los
pies dentro del agua, agarrando las ruedas para desencallar
la tartana», el horario se dilata
y se complica el retorno de Julio Soler Santaló
y Francesch Carreras y Candi que llegan a la fonda San
Ramón de Barbastro a las 11 de la noche «cansados,
mojados, hambrientos, sedientos y para mayor escarnio,
había parado la lluvia» (Carreras,
1912).
11. Epílogo
«Muy
pronto no quedarán ni vestigios de la Vía
Romana debido al abandono, a la acción destructora
de los agentes atmosféricos y al constante afán
de los propietarios colindantes que año tras
año la hacen desaparecer para agregar el terreno
que ocupa a sus campos» (Carrillo,
1951).
El comentario de Carrillo
sobre las calzadas romanas, lamentablemente acertado,
nos podría valer para otros tipos de vías:
cañadas reales, veredas y un largo etcétera,
que han seguido el mismo proceso de deterioro y abandono.
Algunas iniciativas institucionales han señalizado
caminos históricos o rutas por monumentos utilizando
aquellas vías de comunicación y suponen
un anecdótico contrapunto a un secular olvido.
Numerosos son los textos que reclaman para el uso público
estos corredores verdes, aunque, también, es
general el desinterés de las instituciones en
mantenerlas.
12. Referencias
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Repertorio los caminos de España. Medina
del Campo. (Transcripción de Gonzalo Arias, 2002).
Archivos y
bibliotecas utilizadas:
Archivo Histórico
Ministerio Fomento (AHMF), Biblioteca Nacional de España
(BNE), Biblioteca Fundación Hospital de Benasque
(FHB), Bibliotecas públicas de Barbastro y Monzón,
Biblioteca y Hemeroteca del Instituto de Estudios Altoaragoneses,
Hemeroteca del Diario del Alto Aragón.
Cartografía
utilizada:
Biblioteca Nacional
de España, Bibliotèque nationale de France-Gallica,
Centro Geográfico del Ejército, Fundación
Hospital de Benasque, Instituto Cartográfico
de Cataluña, Instituto Geográfico Nacional.
Webgrafía:
www.traianvs.net,
Página web sobre la ingeniería romana,
editada y diseñada, por Isaac Moreno Gallo.
www.boe.es,
Boletín Oficial del Estado.
www.ign.es,
Instituto Geográfico Nacional.
www.carlosbravosuarez.blogspot.com,
blog del escritor Carlos Bravo Suárez.
Agradecimientos:
Charo Bordes, Carlos
Bravo, Jesús Fumanal, Ramón Lalueza, Luis
Magallanes, Isaac Moreno, Ana Oliva, Enrique Pascau,
Concepción Pintado, Fernando Roy, José
Luis Ubiergo y especialmente a Jorge Mayoral, por la
gran labor que está realizando en la Fundación
Hospital de Benasque para la conservación y la
difusión del patrimonio altoaragonés.
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