El Alto Aragón gozó de buenos herreros
y herradores. A caballo entre la Tierra de Biescas
y el Valle de Tena, la pequeña población de Polituara
fue uno de esos lugares donde se formaron varias generaciones
de profesionales del hierro (Figuras 1, 2 y 3). Polituara,
de la que existen noticias desde 1285, formó parte
del municipio de Hoz de Jaca hasta 1873 cuando pasó
a pertenecer al de Piedrafita. Posteriormente, el
municipio de Piedrafita se integró en el de Biescas
en 1973. Los últimos habitantes de Polituara tuvieron
que dejar el pueblo en el año 1971 debido a la construcción
del embalse de Búbal, que conllevó la expropiación
íntegra de Polituara y de la vecina Saqués.
Figura 1. Polituara,
lugar de paso, a principios del siglo XX.
Postal colección del autor.
Figura 2. Otra vista
de Polituara a principios del siglo XX. Edit. Manuel
Arribas. Postal colección del autor.
Figura 3. Polituara.
Ediciones Sicilia, Zaragoza. Postal colección del
autor.
Su emplazamiento junto al Camino
Real, en la ruta hacia Francia, convirtió a Polituara
en lugar de paso obligado para quien quisiera entrar
o salir del Valle de Tena (Figura 4). Este hecho explica
que siempre fuese un lugar de servicios (fondas, comercios,
panadería, herrería), a pesar de que solo existieran
cinco casas (Casa el Royo, Casa Barrera, Casa Tapia,
Casa Domeq y Casa el Herrero). Precisamente de esa
última casa era Antonio Castillo Ferrer, quien hace
unos años nos recordaba algunos detalles de su antiguo
oficio. Allí trabajaba junto con su hermano Gil, bajo
la atenta supervisión de su tío Antonio que «nos
llevaba rectos como una vela». Su clientela
se concentraba principalmente en el Valle de Tena,
los Oroses (Orós Alto y Orós Bajo) y Gavín. Aprovechaban
los inviernos para fabricar cualquier producto que
pudiera surgir de una herrería: arados de vertedera,
rejas de balcones, barandillas, herraduras y todo
tipo de aperos y herramientas (Figura 5).
Figura 4. Tramo entre
Saqués y Polituara, en la reciente carretera de Biescas
al balneario de Panticosa. F. H., Jaca. Postal colección
del autor.
Figura 5. Herrería
con los elementos característicos de principios y
mediados del siglo XX. Ecomuseu La Vall d’Ora
(Navés, Lérida).
El resto del año, entre marzo y San
Andrés (30 de noviembre), predominaba el trabajo como
herradores, actividad para la que acudían al valle
de Tena, teniendo cada día de la semana reservado
para uno o dos pueblos concretos. Por ejemplo, los
lunes acudían a Panticosa; los miércoles (cada dos
semanas) a Escarrilla y El Pueyo; los sábados, a Sandiniés
y Tramacastilla. En verano salían de casa a las 2
de la mañana, llegando a su pueblo de destino bien
temprano, entre las 4 y 5 de la madrugada. Subían
con un carro conducido por una burra (menos en los
últimos años, en los que ya disponían de una furgoneta).
En el carro llevaban todo el material necesario (juegos
de herraduras de distintos números, yunque de 25 kg,
tenazas, mazo y pujavantes, cuyas hojas las traía
de contrabando un hombre de Casa Chato de El Pueyo).
Por si acaso, existían fraguas en Escarrilla y Tramacastilla.
El hierro para las herraduras lo
compraban en tiras de 8 mm de altura y 2,5 cm de grosor
que compraban a Usón Sociedad Anónima, una casa fundada
en 1790 en Zaragoza y que disponía de una oficina
en Huesca (Figura 6).
Figura 6. Membretes
de facturas de Usón Sociedad Anónima. Archivo UCM.
De cada tira podían obtener 4 ó 5
herraduras. Lo primero que hacían al llegar a un sitio
era colocar las herraduras por números. El número
3 era el más habitual para machos, empleando un número
menos para burros. Los de Orós Alto (Casa Piquero,
Casa Catalán), Orós Bajo, Gavín y Linás subían a calzar
sus caballerías a Polituara, generalmente los domingos.
Una semana antes de subir enviaban una nota para avisar
y, si no recibían contestación, era que no había ningún
problema y podían acudir. En Orós Alto solían criar
machos particularmente grandes, que requerían herraduras
del número 5 (Figura 7).
Figura 7. Tallas
de las herraduras para mulos (número 5). Elaboración
propia.
Una actividad importante de todos
los pueblos citados anteriormente era la recría de
ganado mular: compraban lechales y los vendían posteriormente
cuando eran trentenos. En aquellos años se podían
juntar más de 600 mulas en el Puerto de Lana, puerto
común de Piedrahita, Saqués y Búbal. Gran parte de
las ventas se hacían durante la Feria de San Andrés
de Huesca, antaño cita imprescindible en el calendario
ferial nacional. Para ese día se herraban todas las
mulas que se llevaban a vender y para que aparentaran
«buena pata»
las herraduras empleadas para la ocasión solían ser
más amplias que el propio casco. Además, si el casco
tenía cualquier lesión (el mal llamado carcinoma
de ranilla o higo, las aguaduras, etc.),
se saneaba bien la zona ya que, de lo contrario, era
difícil colocar la mula. El día de inicio
de la feria las bajaban a la estación de Sabiñánigo
y las embarcaban camino de Huesca. Precisamente, gran
parte de sus clientes les pagaban sus servicios una
vez pasada la feria de Huesca, cuando habían vendido
los corderos y disponían de liquidez, aunque en Panticosa
era frecuente que les pagasen con patatas. En esa
última localidad los machos eran «de
batalla» y, al desplazarse por terrenos
ferrizos, «cada mes se comían
las herraduras y frecuentemente se descabalgaban».
Su tío les inculcó la importancia
de no dudar ante una caballería, especialmente ante
las más jóvenes, menos acostumbradas a su manejo y,
en consecuencia, más impacientes, y de realizar bien
su trabajo… pero en el menor tiempo posible («si
se puede hacer en cuatro minutos mejor que en cinco»).
Para realizar sus operaciones, cada macho era sujetado
por dos o tres personas, actividad en la que colaboraban
los dueños y otros lugareños. La persona más importante
en ese cometido era la que sujetaba la cabeza. En
el caso de que hubiese algún animal particularmente
problemático, montaban un potro portátil hecho con
raíles de vagoneta a los que añadían un tubo giratorio
en cada flanco. Casi todos los machos se herraban
en frío mientras que, a los caballos, mucho menos
numerosos y con un casco más débil, cada año les colocaban
3 ó 4 juegos de herraduras a fuego. Como por aquel
entonces muchos machos circulaban en reata,
había que tener mucho cuidado con doblar bien la punta
de la herradura (la gaña) ya que, si se pisaban
entre sí, se podían arrancar los clavos y todas las
herraduras. Cuando no lo hacían adecuadamente, su
tío les regañaba «cierra
un poco la gaña, no ves que mañana ese macho estará
descalzado».
Normalmente, los herreros y herradores
solían respetar sus territorios, de tal manera
que evitaban los trabajos en Biescas, localidad donde
la herrería era cosa de Casa Gangón que, a su vez,
ejercía en algunos pueblos cercanos, como Espierre
o Barbenuta (que contaba con fragua). Allí subía cada
15 días para herrar caballerías, aluciar las rejas
de los arados, picos, azadones, hachas… A Gangón se
le contrataba por una tasa anual, de acuerdo con las
necesidades de cada vecino y el pago se hacía en trigo
una vez recogida la cosecha (Brun, 1996). Curiosamente,
los herreros de Polituara iban hasta Yésero a herrar
las caballerías de muchos maderistas, como Antonio
Lafuente (vecino de esa localidad y que posteriormente
se estableció en Boltaña) o Felipe Arrudi (vecino
de Sabiñánigo) mientras que la mayoría de los vecinos
de Yésero llevaban sus machos a herrar a Biescas.
Por su parte, Sabiñánigo era la plaza de dos herreros
(Esteban y Viu), cuyo radio de acción incluía los
pueblos cercanos (Larrés, Acumuer…). Finalmente, en
Sallent se encontraba Guadioso, que también atendía
Lanuza.
La fama de la herrería de Polituara
hizo que por allí pasaran muchos aprendices del oficio
de los valles cercanos, incluyendo Sobremonte y Sobrepuerto.
Manuel Oliván (1925-2005), de Casa Ferrero de Cortillas,
posteriormente afincado en Fiscal y que fue uno de
los últimos herreros tradicionales en activo del Alto
Aragón, también pasó por allí (Figura 8). Su padre
(Vicente Oliván), gran herrero, pensaba que aprendería
mejor el oficio con otros herreros que quedándose
en casa, donde sería más condescendiente con su hijo.
Polituara era una buena elección.
Figura 8. Manuel
Oliván, trabajando en su taller de Fiscal. Fuente:
Eugenio Monesma.
Referencia
Brun, J.M. 1996. Espierre. Serrablo,
16-19.