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El tiempo entre herraduras:
8. La herrería de Polituara
  Juan Miguel Rodríguez Gómez
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«El oficio de herrar, el diablo lo debió de inventar». Dicho popular

El Alto Aragón gozó de buenos herreros y herradores. A caballo entre la Tierra de Biescas y el Valle de Tena, la pequeña población de Polituara fue uno de esos lugares donde se formaron varias generaciones de profesionales del hierro (Figuras 1, 2 y 3). Polituara, de la que existen noticias desde 1285, formó parte del municipio de Hoz de Jaca hasta 1873 cuando pasó a pertenecer al de Piedrafita. Posteriormente, el municipio de Piedrafita se integró en el de Biescas en 1973. Los últimos habitantes de Polituara tuvieron que dejar el pueblo en el año 1971 debido a la construcción del embalse de Búbal, que conllevó la expropiación íntegra de Polituara y de la vecina Saqués.

Figura 1. Polituara, lugar de paso, a principios del siglo XX.
Postal colección del autor.

Figura 2. Otra vista de Polituara a principios del siglo XX. Edit. Manuel Arribas. Postal colección del autor.

Figura 3. Polituara. Ediciones Sicilia, Zaragoza. Postal colección del autor.

Su emplazamiento junto al Camino Real, en la ruta hacia Francia, convirtió a Polituara en lugar de paso obligado para quien quisiera entrar o salir del Valle de Tena (Figura 4). Este hecho explica que siempre fuese un lugar de servicios (fondas, comercios, panadería, herrería), a pesar de que solo existieran cinco casas (Casa el Royo, Casa Barrera, Casa Tapia, Casa Domeq y Casa el Herrero). Precisamente de esa última casa era Antonio Castillo Ferrer, quien hace unos años nos recordaba algunos detalles de su antiguo oficio. Allí trabajaba junto con su hermano Gil, bajo la atenta supervisión de su tío Antonio que «nos llevaba rectos como una vela». Su clientela se concentraba principalmente en el Valle de Tena, los Oroses (Orós Alto y Orós Bajo) y Gavín. Aprovechaban los inviernos para fabricar cualquier producto que pudiera surgir de una herrería: arados de vertedera, rejas de balcones, barandillas, herraduras y todo tipo de aperos y herramientas (Figura 5).

Figura 4. Tramo entre Saqués y Polituara, en la reciente carretera de Biescas al balneario de Panticosa. F. H., Jaca. Postal colección del autor.

Figura 5. Herrería con los elementos característicos de principios y mediados del siglo XX. Ecomuseu La Vall d’Ora (Navés, Lérida).

El resto del año, entre marzo y San Andrés (30 de noviembre), predominaba el trabajo como herradores, actividad para la que acudían al valle de Tena, teniendo cada día de la semana reservado para uno o dos pueblos concretos. Por ejemplo, los lunes acudían a Panticosa; los miércoles (cada dos semanas) a Escarrilla y El Pueyo; los sábados, a Sandiniés y Tramacastilla. En verano salían de casa a las 2 de la mañana, llegando a su pueblo de destino bien temprano, entre las 4 y 5 de la madrugada. Subían con un carro conducido por una burra (menos en los últimos años, en los que ya disponían de una furgoneta). En el carro llevaban todo el material necesario (juegos de herraduras de distintos números, yunque de 25 kg, tenazas, mazo y pujavantes, cuyas hojas las traía de contrabando un hombre de Casa Chato de El Pueyo). Por si acaso, existían fraguas en Escarrilla y Tramacastilla.

El hierro para las herraduras lo compraban en tiras de 8 mm de altura y 2,5 cm de grosor que compraban a Usón Sociedad Anónima, una casa fundada en 1790 en Zaragoza y que disponía de una oficina en Huesca (Figura 6).

Figura 6. Membretes de facturas de Usón Sociedad Anónima. Archivo UCM.

De cada tira podían obtener 4 ó 5 herraduras. Lo primero que hacían al llegar a un sitio era colocar las herraduras por números. El número 3 era el más habitual para machos, empleando un número menos para burros. Los de Orós Alto (Casa Piquero, Casa Catalán), Orós Bajo, Gavín y Linás subían a calzar sus caballerías a Polituara, generalmente los domingos. Una semana antes de subir enviaban una nota para avisar y, si no recibían contestación, era que no había ningún problema y podían acudir. En Orós Alto solían criar machos particularmente grandes, que requerían herraduras del número 5 (Figura 7).

Figura 7. Tallas de las herraduras para mulos (número 5). Elaboración propia.

Una actividad importante de todos los pueblos citados anteriormente era la recría de ganado mular: compraban lechales y los vendían posteriormente cuando eran trentenos. En aquellos años se podían juntar más de 600 mulas en el Puerto de Lana, puerto común de Piedrahita, Saqués y Búbal. Gran parte de las ventas se hacían durante la Feria de San Andrés de Huesca, antaño cita imprescindible en el calendario ferial nacional. Para ese día se herraban todas las mulas que se llevaban a vender y para que aparentaran «buena pata» las herraduras empleadas para la ocasión solían ser más amplias que el propio casco. Además, si el casco tenía cualquier lesión (el mal llamado carcinoma de ranilla o higo, las aguaduras, etc.), se saneaba bien la zona ya que, de lo contrario, era difícil colocar la mula. El día de inicio de la feria las bajaban a la estación de Sabiñánigo y las embarcaban camino de Huesca. Precisamente, gran parte de sus clientes les pagaban sus servicios una vez pasada la feria de Huesca, cuando habían vendido los corderos y disponían de liquidez, aunque en Panticosa era frecuente que les pagasen con patatas. En esa última localidad los machos eran «de batalla» y, al desplazarse por terrenos ferrizos, «cada mes se comían las herraduras y frecuentemente se descabalgaban».

Su tío les inculcó la importancia de no dudar ante una caballería, especialmente ante las más jóvenes, menos acostumbradas a su manejo y, en consecuencia, más impacientes, y de realizar bien su trabajo… pero en el menor tiempo posible («si se puede hacer en cuatro minutos mejor que en cinco»). Para realizar sus operaciones, cada macho era sujetado por dos o tres personas, actividad en la que colaboraban los dueños y otros lugareños. La persona más importante en ese cometido era la que sujetaba la cabeza. En el caso de que hubiese algún animal particularmente problemático, montaban un potro portátil hecho con raíles de vagoneta a los que añadían un tubo giratorio en cada flanco. Casi todos los machos se herraban en frío mientras que, a los caballos, mucho menos numerosos y con un casco más débil, cada año les colocaban 3 ó 4 juegos de herraduras a fuego. Como por aquel entonces muchos machos circulaban en reata, había que tener mucho cuidado con doblar bien la punta de la herradura (la gaña) ya que, si se pisaban entre sí, se podían arrancar los clavos y todas las herraduras. Cuando no lo hacían adecuadamente, su tío les regañaba «cierra un poco la gaña, no ves que mañana ese macho estará descalzado».

Normalmente, los herreros y herradores solían respetar sus territorios, de tal manera que evitaban los trabajos en Biescas, localidad donde la herrería era cosa de Casa Gangón que, a su vez, ejercía en algunos pueblos cercanos, como Espierre o Barbenuta (que contaba con fragua). Allí subía cada 15 días para herrar caballerías, aluciar las rejas de los arados, picos, azadones, hachas… A Gangón se le contrataba por una tasa anual, de acuerdo con las necesidades de cada vecino y el pago se hacía en trigo una vez recogida la cosecha (Brun, 1996). Curiosamente, los herreros de Polituara iban hasta Yésero a herrar las caballerías de muchos maderistas, como Antonio Lafuente (vecino de esa localidad y que posteriormente se estableció en Boltaña) o Felipe Arrudi (vecino de Sabiñánigo) mientras que la mayoría de los vecinos de Yésero llevaban sus machos a herrar a Biescas. Por su parte, Sabiñánigo era la plaza de dos herreros (Esteban y Viu), cuyo radio de acción incluía los pueblos cercanos (Larrés, Acumuer…). Finalmente, en Sallent se encontraba Guadioso, que también atendía Lanuza.

La fama de la herrería de Polituara hizo que por allí pasaran muchos aprendices del oficio de los valles cercanos, incluyendo Sobremonte y Sobrepuerto. Manuel Oliván (1925-2005), de Casa Ferrero de Cortillas, posteriormente afincado en Fiscal y que fue uno de los últimos herreros tradicionales en activo del Alto Aragón, también pasó por allí (Figura 8). Su padre (Vicente Oliván), gran herrero, pensaba que aprendería mejor el oficio con otros herreros que quedándose en casa, donde sería más condescendiente con su hijo. Polituara era una buena elección.

Figura 8. Manuel Oliván, trabajando en su taller de Fiscal. Fuente: Eugenio Monesma.

Referencia

Brun, J.M. 1996. Espierre. Serrablo, 16-19.