«El muletero maranchonero,
vestido de negro blusón, no pierde ninguna
ocasión de vender mular o equinos a todos nuestros
vecinos». Copla popular.
1. De arrieros a tratantes:
un pequeño paso para el hombre, un gran paso
para Maranchón
En el capítulo
anterior ya presentamos a los célebres maranchoneros,
tratantes oriundos de Maranchón (Guadalajara)
que se convirtieron en elementos característicos
del paisaje altoaragonés entre mediados del
siglo XIX y mediados del XX. Y es que, entre todos
los tratantes de mulas que anduvieron por estas tierras,
«se hicieron famosos
los maranchoneros, por ser muchos de Maranchón
(Guadalajara), que compraban [mulas]
en cantidad para distribuirlas entre sus clientes
y ferias de ambas Castillas, La Mancha, etc. (…).
Todos los pueblos del Valle [de Tena]
y en muchas casas de El Serrablo esta actividad se
llevaba la palma de las transacciones financieras
y generaba un activo comercio. La estampa de grupos
de mulas jóvenes guiadas por hombres de blusa
armados de largas varas, era muy común en nuestro
país» (López, 1982).
«Si ya en el siglo
XV nuestras Ferias [de Huesca]
congregaban a bearneses, gascones, catalanes, vizcaínos
y navarros no dejó de ser nunca importante
esta presencia de forasteros, añadiéndose
a la lista los castellanos, sorianos y los célebres
maranchoneros, presentes cada año en el Ferial
hasta su desaparición» (Llanas,
1990).
Dada su importancia
en el trasiego de ganado equino, y muy especialmente
mular, durante todo un siglo y lo desconocidos que,
en general, resultan para los actuales oscenses parece
oportuno dedicarles unas páginas adicionales.
El término
municipal de Maranchón, perteneciente a la
provincia de Guadalajara y al partido judicial de
Molina de Aragón, está atravesado por
la carretera nacional N-211 (Alcolea del Pinar-Fraga,
kilómetros 20-26), limita con la provincia
de Soria y está muy cerca de la de Zaragoza
(Figura 1).

Figura
1. Ubicación de Maranchón (Guadalajara).
Su ubicación
en el sistema ibérico castellano y su altura
(1256 metros) le proporcionan un clima suave en verano,
pero los inviernos son largos, con temperaturas que
pueden bajar hasta los -20 °C y máximas
que no suelen superar los 7 °C, lo que propicia
que se produzcan frecuentes heladas. En esas condiciones,
y con un suelo bastante pobretón, la agricultura
era prácticamente de subsistencia (cereales,
legumbres y pastos con los que mantenían un
ganado lanar de carnes muy apreciadas en la zona).
Para prosperar tuvieron que recurrir a otras actividades
que obligaban a parte de la población a marchar
del pueblo durante largas temporadas (esquiladores,
músicos, etc.). Entre ellas, la principal fue
la arriería, centrada en productos como el
jabón, la miel o, especialmente, los cerones
obtenidos de los panales y que servían como
materia prima para la obtención de la cera.
Como decía la copla: «Ábreme
la puerta niña, que vengo de Maranchón,
que voy comprando cerones y voy vendiendo jabón».
La extracción de cera fue
una de las actividades industriales más antiguas
de la villa, que centralizó gran parte de la
producción comarcal gracias a sus cuatro fábricas
de cera, la última de las cuales dejó
de funcionar en 1984 (Figura 2). El proceso de elaboración
y comercialización ha sido descrito minuciosamente
por Castellote (1988). Según esta autora, «para
que la cera de las colmenas se transformara en un
producto elaborado, debía pasar por varias
manos: las del colmenero, que cataba la colmena y
separándola de la miel formaba con ella cerones
o tortas; las del arriero o recovero, que la recogía
de pueblo en pueblo, limpiándola después
en su casa o llevándola al lagar; la de los
empleados de éste, que la depuraban en su prensa,
blanqueándola y distribuyéndola a continuación;
y, por último, las del cerero, que convertían
la materia prima en productos elaborados. La dispersión
de focos productores de cera ha exigido la existencia
de un personaje dedicado a su recolección ambulante:
el recobero, que por la especialización de
una localidad de la provincia en este trajín,
pasó a ser sinónimo de maranchonero.
Algunos otros pueblos, que vivían como Maranchón
de la arriería, traficaron también con
la cera, pero Maranchón en este como en otros
negocios no tenía rival».

Figura 2. Vistas
generales del lagar de la última fábrica
de cera de Maranchón, trasladada a Azuqueca
de Henares. Agustín Arias Martínez.
Según el catastro del Marqués
de la Ensenada (1752), Maranchón contaba por
aquel entonces con «no
menos de 50 vecinos» que se dedicaban
a la arriería y eran otros pueblos de la misma
provincia los que se llevaban la palma en todo lo
referente a la compra, venta y cría de ganado
mular. Y por encima de todos, Atienza, villa que contaba
con nada menos que 71 paisanos dedicados a esa actividad
según el mismo catastro. Atienza había
hecho su propia reconversión de arrieros a
tratantes con un siglo de antelación. Su pasado
arriero había sido igualmente esplendoroso
y contaba con una potente hermandad de arrieros (Cofradía
de la Santísima Trinidad), que es una de las
cofradías españolas más antiguas
y mejor documentadas, pues conserva sus ordenanzas,
numerosos pergaminos medievales desde el siglo XII
y todos los libros de acuerdos y cuentas desde 1679.
La Junta de Castilla-La Mancha la declaró Bien
Patrimonio Cultural Inmaterial y recientemente se
ha incluido en una candidatura a Patrimonio Mundial
por la UNESCO.
Precisamente, la conmemoración de
un hecho histórico en el que dicha cofradía tuvo una
participación decisiva es la base de La Caballada
de Atienza, una fiesta declarada como de interés
turístico nacional y que se celebra cada domingo de
Pentecostés (Figura 3). En 1157 falleció Alfonso VII,
dejando el reino de León a su hijo Fernando y el reino
de Castilla a su hijo Sancho. Un año después, en 1158,
murió Sancho III y su hijo Alfonso (un niño de apenas
tres años) heredó el trono de Castilla. Las familias
de los Castro y de los Lara pugnaron por la tutoría
del monarca. En el testamento de Sancho III se daba
a los Castro la tutoría del monarca. Sin embargo,
los Lara se apoderaron por la fuerza del joven rey.
Ante esto, los Castro pidieron ayuda al tío del rey,
Fernando II de León. Este entró en Castilla en 1162
al frente de un ejército para apoderarse del pequeño
Alfonso y hacerse con el gobierno de ambos reinos.
Ante estos acontecimientos Manrique Pérez de Lara
(regente de Castilla y jefe de la Casa de Lara) pactó
la entrega del niño en Soria. Pero un hidalgo se interpuso
en esos planes y llevó al pequeño rey a Atienza, una
de las villas mejor fortificadas del reino, que no
tardó en sufrir el cerco al que le someterán las tropas
del rey de León.
El asedio se prolongó hasta la mañana
de Pentecostés, día en el que la cofradía de arrieros
de Atienza ideó una estratagema para solucionar la
situación: solicitaron permiso a los sitiadores para
realizar su tradicional romería a la cercana ermita
de la Virgen de la Estrella. Conseguida la autorización,
disfrazaron al rey de arriero, como uno de ellos,
y simularon la romería, lo que sirvió para relajar
y distraer a las tropas leonesas. Ese momento fue
aprovechado por los arrieros, que montaban las caballerías
más veloces y entre los que se encontraba el rey,
para iniciar una huida al galope. Los arrieros consiguieron
llevar al rey primero a Segovia y luego a Ávila en
una frenética persecución que duró siete jornadas.
El niño rey quedó a buen recaudo y conservó su reino.
Obviamente, fue un episodio que pudo cambiar la historia
y, quien piense que eso sólo afectaba a los reinos
de Castilla y León, hará bien en repasar la historia
de la Corona de Aragón.

Figura 3. La Caballada
de Atienza, una conmemoración arriera que sigue
muy viva. J. M. Cadenas.
Pero ya han pasado algunos siglos
de esa gesta y los de Atienza se han decantado por
el oficio muletero, trayendo mulas de Vizcaya, Asturias,
Zamora y León, recriándolas en la localidad
y vendiéndolas, una vez multiplicado su precio,
en Aragón, Valencia, La Mancha y otras zonas
de Castilla. Pero como dice Gismera (2018a),
«todo ello fue mucho antes de que apareciesen
los famosos muleteros de Maranchón, que les
comieron el negocio en un pis pás. Los de Maranchón
permanecieron en el tiempo y en la memoria colectiva
a través de la literatura y los de Atienza
se quedaron a verlas venir y pasaron, obligatoriamente,
como sus arrieros, al olvido».
Y así, llegamos a los maranchoneros.
Hasta mediados del siglo XIX, Maranchón era
el punto en el que se bifurcaba el camino real que
unía Madrid con Zaragoza. Un ramal iba a Zaragoza
por Daroca mientras que el otro lo hacía por
Calatayud. Maranchón consigue el título
de villazgo en el año 1769, bajo el reinado
de Carlos III. «En
general la población comenzó a dedicarse
por entonces a la trata del ganado, muy especialmente
al mular, recorriendo los lugares más diversos
de España y reuniendo grandes cantidades de
dinero» (Herrera, 1988).
En 1806, Carlos IV concede a Maranchón
mercado semanal y una gran feria anual del 8 al 12
de septiembre, que pronto se convirtió en una
de las más famosas y concurridas de España
(López de los Mozos, 1993). Gracias a esta
última concesión, el comercio de ganado
mular se intensificó notablemente en esta villa
castellana. Paralelamente, otro factor adicional favorece
el comercio de caballerías en la localidad:
la instalación durante la guerra de la Independencia
de una importante compañía de Caballería
(López de los Mozos, 1991).
A mediados del siglo XIX, este municipio
se dedicó con denuedo al trato de ese ganado,
oficio que convirtió a la localidad en una
de las más prósperas de la tierra molinesa
y a los maranchoneros en los muleteros de más
renombre por su pericia para cerrar los tratos de
mulas por todo el país. Madoz (1848), en su
célebre Diccionario, ya señala el comercio
de mulas como la ocupación principal de los
maranchoneros. Bien pensado, seguían siendo
arrieros que simplemente habían cambiado de
artículos: de ser arrieros especializados en
el transporte y compraventa de cerote, cera, miel
y jabón habían pasado a ser arrieros
especializados en el transporte y compraventa de caballerías.
Según Pilar San Miguel, exsecretaria
de la Asociación La Migaña (Maranchón)
y gran conocedora del tema, el pirineo oscense tuvo
mucho que ver en ese cambio paulatino de actividad:
«Como Maranchón
está en una zona a mitad de camino entre Madrid
y Zaragoza hay mucha comunicación con Aragón
y se puede acceder al Pirineo y a Huesca, y en la
zona de pasto de los Pirineos criaban muchas mulas
y esas mulas eran las mejores de España; los
maranchoneros vieron que había una gran demanda
de ganado mular, empezaron a trabajar la mula, a llevarla
a los mercados de ganado de la zona, a Aragón
primero, luego a los mercados de Castilla-La Mancha,
a Extremadura y a Andalucía».
Los maranchoneros empezaron a dominar el oficio. A
medida que aumentaba su radio de acción y su
reputación, los tratantes iban incorporando
en sus filas a vecinos legos en la materia; algunos
de ellos, tras adquirir experiencia, se establecían
por su cuenta y «se
repartían el territorio».
Por todo ello, no es de extrañar
que el crecimiento más notable de Maranchón
ocurriera en la segunda mitad del siglo XIX y primeros
años del XX, época que coincide con
los de máximo esplendor de las ferias. Según
la información proporcionada por el propio
ayuntamiento, «en
esa época se construyeron numerosas viviendas
conforme al estilo más moderno, de varios pisos
todas ellas; algunas con patios o atrios delanteros,
múltiples adornos en sus fachadas, grandes
portones de piedra sillar y todo tipo de comodidades
en su interior. El Ayuntamiento, muy rico, urbanizó
perfectamente la villa, trazó calles, una gran
plaza Mayor, un amplísimo recinto para el mercado
semanal, un magnífico Ayuntamiento con torre
y reloj de hierro, jardines públicos, una gran
plaza de toros y muchos otros detalles que conferían
a Maranchón el rango de una pequeña
capital». Posteriormente llegarían
otras épocas de esplendor basadas igualmente
en el tráfico de mulas: la Primera Guerra Mundial
y la posguerra española. En una monografía
inédita sobre Maranchón escrita en 1933
por el que fuera secretario de su ayuntamiento, don
Aquilino Ranz de Miguel, y rescatada del olvido por
López de los Mozos (1998), se aportan más
datos sobre el modo de vida de los maranchoneros que,
en general, estaba en función de su actividad
muletera:
«El elemento
de vida de la población, radica en el ejercicio
de la industria de compra-venta en general y en ambulancia.
La especialidad es el trato, la compra-venta de ganado
mular y caballar por todos los ámbitos españoles.
Cada familia o reunión de patrimonios individuales
(a los que no hay posibilidad preceptiva de llamar
Sociedad por su característica especial de
desarrollar el negocio), ejercita la industria dentro
de una comarca o región predeterminada por
el uso o costumbre, existiendo una división
regional o comarcal también que de hecho no
suele ser invadida por otros vendedores de ganado
procedentes de Maranchón. Apenas, pues, entre
el maranchonero se da la rivalidad profesional.
Esta forma de
ser -la muletería- del maranchonero, será
crucial para el desarrollo de su vida al tenerse que
adaptar a las necesidades del negocio, lo que también
influirá a la hora de construir su vivienda,
aplicando método y técnicas aprendidos
en sus constantes viajes. [El
maranchonero]
Es tendente un tanto a costumbres cosmopolitas por
deambular en su vida comercial hasta por el extranjero.
El carácter
físico y psicológico del maranchonero,
está formado por el episódico de la
actividad profesional a la que se dedica. Puédese
afirmar que éste es el nervio constante del
mismo: la lucha por el tráfico. El medio físico
y social en que se desenvuelve su vida que es el expresado,
tonaliza su carácter de hombre de trabajo y
especulador; le da consciencia en lo social para llevarle
al ritmo de la utilidad inatávica experimentada,
sabedor desde su edad infantil de que la subsistencia
radica en aquel aspecto del positivismo y no en la
tradición ni en el dogma. En resumen diremos
que el carácter del maranchonero es sensitivo
(algo contemplativo y emocional al mismo tiempo);
algo embotado pero a la vez calculador e inteligente,
ardiente y equilibrado y especialmente caritativo
y hospitalario».
Un rasgo curioso que, según don Aquilino, era
común en los mulateros maranchoneros era sus
«gesticulaciones de asombro, que las acompasa
pronunciando la palabra ¡MADRE!».
2. Los clanes maranchoneros
Entre los tratantes de Maranchón
despuntaron tres o cuatro familias verdaderamente
potentes, pero en la mayoría de los casos,
el negocio giraba en torno a pequeñas sociedades
familiares que llegaron a agrupar a miembros de hasta
tres generaciones, a fin de no mermar los capitales
que manejaban (Figura 4). En cualquier caso, estas
empresas se solían conocer por el nombre del
miembro más anciano o por el apodo familiar.
Los nombres de los clanes más célebres
fueron Los Benignos (por Benigno Bueno),
Los Nicanores (por Nicanor Villavieja), Los
Leoncillos (por León García), Los
Ángeles (por Ángel García),
Los Lucas (por Lucas Asenjo, oriundo de Atienza)
y Los Lucios (por Lucio Atance). En cuanto
a los clanes conocidos por sus apodos, los que más
trascendieron fueron Los Grises (de apellido
Atance), Los Cabilas (de apellido Fraile),
Los Mongillos (de apellido Castellote), Los
Moreros (de apellido Martínez), Los
Bolitos (de apellido Atance), Los Quillas
(de apellido Albacete), Los chullas (de apellido
Hernández), Los Badanas (de apellido
Gilaberte), Los Royos (de apellido Fortea),
Los Manforros (de apellido Castellote) y
Los Bayos (de apellidos Bueno y Albacete).
El extraordinario éxito de
los muleteros maranchoneros fue la «consecuencia
de la unión. Mientras que los de Maranchón
acudían unidos a las ferias, para comprar a
la baja y repartirse las ganancias sin perjudicarse
mutuamente, los de Atienza, más individualistas,
fueron siempre a su aire, mirando a ver a quien podían
perjudicar en su propio beneficio, eliminando la competencia
sin fijarse que, al final, terminarían devorándose
ellos mismos. Y así fue como desapareció
la muletería de Atienza y localidades aledañas
[se refiere a Imón, Madrigal, Miedes,
Cincovillas, Alcolea de las Peñas y Paredes]
mientras que Maranchón creció hasta
extremos nunca vistos por cualquier parte de España»
(Gismera, 2018a). La unidad y el espíritu colaborativo
hicieron la fuerza, siendo bomberos que nunca se pisaron
las respectivas mangueras.

Figura 4. Miembros
de una familia de tratantes maranchoneros. Asociación
Cultura La Migaña (Maranchón).
En total, llegó a haber unas
20 familias maranchoneras (tratantes principales)
que se dedicaron al trato de mulas. Cada uno de ellos
llevaba una corte de mozos, asistentes o criados que
trabajaban con ellos, por lo que era una actividad
que, de una forma u otra, implicaba a gran parte de
la población. Para ser tratante a la escala
a la que lo hacían los de Maranchón
se necesitaba una infraestructura y una logística
muy potente. Unos iban por los caminos, de pueblo
en pueblo, buscando los mejores vendedores y compradores,
otros arreglaban el transporte por ferrocarril o las
guías sanitarias, o se ocupaban de la manutención
y alojamiento (suyo y del ganado que llevaban consigo)
o del resto de cuidados que requerían las caballerías,
entre otras muchas cosas. No se podía improvisar.
3. El ganado mular: compra,
recría y venta
Durante muchas décadas, los
maranchoneros compraban las mulas de seis o siete
meses, es decir, tan pronto como se destetaban y las
conducían en largas reatas por caminos y primitivas
carreteras hasta Maranchón (Figura 5). Los
tratantes solían ir a la cabeza en su montura
(frecuentemente un caballo) sobre la que llevaban
un tapabocas o manta de viaje, el portamantas, el
saco de dormir y las alforjas con las viandas agenciadas
a su paso por las aldeas. Atadas a la cola del caballo
iban dos mulas y, a continuación, un grupo
de decenas y decenas de mulas sueltas o en reata.
Cerraba el convoy una mula sin montura acompañada
de un criado (arreador) para vigilar que no se desmandara
o quedara atrás ningún animal.

Figura 5. Mulas en
tránsito hacia su recría en Maranchón.
Asociación Cultura La Migaña (Maranchón).
Tras la aparición e incipiente
desarrollo del ferrocarril, se llevaban en vagones
especiales hasta Medinaceli o Arcos de Jalón
y desde estas estaciones en reata hasta la villa.
Y «mientras quedaba
un vagón seguían comprando. Esto acontecía
cuando en España las cosas iban por su cauce
normal» (Janini, 1943). La recría
y embellecimiento duraba entre 10 y 12 meses
y se realizaba en el propio municipio. Cuando estaban
bien crecidas y alimentadas se las llevaban para su
venta en ferias y mercados. Posteriormente, de los
años 20 del siglo pasado en adelante, los tratantes
prefirieron que la recría se realizara en otros
lugares, especialmente en zonas de montaña
de Castilla (donde se incluía la actual Rioja),
Aragón y Cataluña. Por ese motivo, empezaron
a abandonar la villa y a establecerse en localidades
más próximas a la zona de recría
o sus zonas de negocios. Como se ha apuntado, cada
tratante trabajaba generalmente una zona concreta,
en la que tenía una fiel clientela.
El ganado mular más apreciado
era el recriado en los valles pirenaicos aragoneses
(valle de Tena, valle de Benasque, etc.) y catalanes
(valle de Arán). Eran los mejores ejemplares
y, por supuesto, los más caros. Se solían
vender por lotes a los tratantes más potentes
económicamente que, a su vez, las colocaban
a los propietarios más selectos, ya fueran
de Guadalajara, Alcalá de Henares, Zafra, Villanueva
de la Serena o Campanario. También era muy
apreciado el ganado procedente de Santo Domingo de
la Calzada. Sin embargo, traficaban más con
mulas procedentes de las ferias gallegas, como Monforte
de Lemos, Curtis o Mondoñedo, que eran más
pequeñas y baratas y, en consecuencia, más
asequibles para la población general. Andalucía
era otra fuente importante de mulas para los tratantes.
Los maranchoneros vendían su mercancía
en las principales ferias de toda la geografía
nacional (Soria, Almazán, Segovia, Cantalejo,
Turégano, Sigüenza, Huete, Talavera de
la Reina, Alcalá de Henares, Madrid, Miranda
del Ebro, Alfaro, Daroca, Borja, Tudela, Zafra, Mérida,
Zalamea de la Serena, Alconchel, Talarrubias, Puerto
Lumbreras, etc.). Por supuesto, los mejores escenarios
o escaparates altoaragoneses para los maranchoneros
fueron la feria de San Andrés de Huesca y la
de Barbastro (Figura 6).

Figura 6. Los reportajes
sobre los tratantes de Maranchón frecuentemente
hacen hincapié en la importancia que tuvieron
las ferias de Barbastro y Huesca (fotografía
inferior). Asociación Cultura La Migaña
(Maranchón).
La feria de Tendilla (Guadalajara)
no era especialmente relevante para el sector, pero
era la última del calendario ferial mular,
por lo que los tratantes acudían llevando todo
el ganado sobrante que había sido desechado
en todas las ferias previas, entre el que abundaban
las acémilas cojas, tuertas o falsas. De aquí
viene aquella célebre copla alcarreña
(Castillo de Lucas, 1970), que dice así:
«No compres
mula en Tendilla,
ni en Brihuega compres paños,
ni te cases en Cifuentes,
ni amistades en Marchamalo.
La mula que saldrá falsa,
el paño te saldrá malo,
la mujer te saldrá grulla,
y hasta el amigo contrario»
Precisamente, la primera crisis
que sufrieron los maranchoneros tuvo cierta relación
con la feria de Tendilla. En el invierno de 1841,
en los estertores de la primera guerra carlista, los
partidarios del pretendiente don Carlos de Borbón
se retiraron cruzando la comarca de Molina de Aragón,
donde causaron estragos. Al pasar por Maranchón,
y no poder llevarse otra cosa, arramplaron con todas
las mulas que los vecinos tenían preparadas
para llevarlas a ese evento (Gismera, 2020a). No obstante,
todo parece indicar que superaron ese bache y, de
hecho, los mejores años estaban por llegar.
Los tratantes de Maranchón
sufrieron otra crisis, esta de bastante mayor calado.
Buena parte de las fortunas obtenidas por los muleteros
más pudientes fueron depositadas en bancos
y casas de cambios de Madrid durante la década
de 1890. Así lo harían los Castellote
y los Atance, quienes invirtieron gran parte de sus
ahorros en la casa de crédito Villodas, una
de las más prestigiosas de la capital de España,
pretendiendo con ello incrementar su riqueza (Bueno,
2017). Sin embargo, una fuerte crisis económica
llevó a la Banca Villodas a presentar suspensión
de pagos el 27 de enero de 1893. El diario madrileño
El Siglo Futuro recoge la noticia y las opiniones
de algunos especialistas sobre tan preocupante suceso,
añadiendo respecto a cómo afectaba la
suspensión de pagos al comercio lo siguiente:
«…los carniceros
no parecen, después de todo, haber sufrido
mucho. En cambio, asegúrase que están
aterrados los maranchoneros, o sea los naturales de
Maranchón, que se dedican a la venta de mulas,
y los tratantes de vinos y corredores de trigo, los
cuales depositaban sus dineros en la casa del Sr.
Villodas sin exigir de la misma ninguna garantía,
por la confianza que les inspiraba».
En total, los clientes de ese banco perdieron 25 millones
de pesetas, de los que un millón (una auténtica
fortuna para la época) correspondían
a media docenas de familias maranchoneras.
Pero, cual ave fénix, de
esta también salieron adelante, en este caso
con la tan inesperada como formidable ayuda de la
Primera Guerra Mundial (Figura 7): «Suerte
tuvieron que, unos años después, vinieron
los cañones a alborotar la tierra. Y es que
las guerras, ya se sabe, son la caja de la que unos
sacan beneficio, mientras otros pierden lo que tienen
en propiedad, tal que la vida. Los tratantes de Maranchón,
entre 1914 y 1919 ganaron auténticas fortunas
con la compra-venta de mulas, ya que prácticamente
se acabó la especie de los Pirineos hacia arriba,
y de los Pirineos hacia abajo, de Zaragoza a Lisboa,
los de Maranchón compraron todo bicho que se
les puso al alcance y dominaron, como si de una multinacional
se tratase, el comercio de la mula»
(Gismera, 2018a).

Figura 7. Mulas empleadas
por el ejército francés para el suministro
de municiones durante la I Guerra Mundial. ¿Pasaron
por manos de los maranchoneros? Fuente: BNF Gallica.
De hecho, en los últimos lustros
del siglo XIX y principios del XX, el comercio de
los maranchoneros ya no se limitaba al territorio
español, sino que incluía ventas en
otros países europeos como Alemania y, muy
especialmente, Francia. A su vez, desde este país
se vendían a otros estados del continente europeo
e incluso llegaban a Argelia o Sudáfrica. No
cabe duda de que la Primera Guerra Mundial constituyó
otro hito en el auge y prosperidad que experimentó
la villa en aquellos años, derivada del comercio
de los maranchoneros con los países beligerantes,
con Francia nuevamente a la cabeza. La exportación
estaba prácticamente canalizada a través
de tres familias bien conocidas entonces, una de Maranchón
(Los Benignos) y dos de Zaragoza: Los
Mercellanes y Los Lapetra. Los maranchoneros
estuvieron destacados en distintos puntos clave del
país vecino (Hendaya, Bayona, Burdeos y Paris)
para el control y seguimiento del negocio.
4. Los tres pilares del
maranchonero: conocimiento, seriedad y honestidad
Eran hombres emprendedores, locuaces
y valientes, trabajando con animales imponentes como
eran los machos, y recorriendo infatigablemente sus
zonas de trabajo, de posada en posada, de feria en
feria, de mercado en mercado, con mucho dinero en
la faltriquera, con los peligros que eso suponía
entonces. Globalmente, los maranchoneros formaban
un colectivo muy respetado por sus clientes y proveedores,
e incluso por sus competidores. Eran profesionales
muy competentes, que seleccionaban cuidadosamente
los ejemplares más adecuados para cada cliente
y se solían tener como ejemplo de seriedad
y de flexibilidad a la hora de dar facilidades de
pago. En ese sentido, el trato podía incluir
la modalidad de la venta al fiao que era
una gran ayuda para los clientes menos pudientes dado
que la adquisición de cualquier animal se podía
pagar a plazos sin más requisitos que un pagaré
cuya cobranza se hacía en unas fecha determinadas
que, en muchas ocasiones, coincidían con la
festividad de San Miguel. Pero, ante todo, y a semejanza
de lo que sucedía con los arrieros maragatos,
destacaban por una honestidad a prueba de bombas.
De hecho, el término «palabra
de maranchonero» se empleó
como sinónimo de «palabra
de ley».
Todo esto hizo que Maranchón
fuese un pueblo floreciente porque gran parte del
dinero que ganaban los tratantes lo invertían
en su mejora (Figura 8). Hubo maranchoneros muy influyentes,
como Benigno Bueno, del que hablaremos más
adelante, que trajeron muchos negocios e infraestructuras
a la villa, convirtiéndola en un centro de
abastecimiento para los demás pueblos de la
zona.

Figura 8. Maranchón
a principios del XX Asociación Cultural la
Migaña (Maranchón).
5. El trato no es para los
analfabetos
Era una vida sacrificada, expuesta
a la climatología y a los bandidos, y que requería
pasar la mayor parte del tiempo fuera de casa y de
la familia (esposa e hijos pequeños). Eso sí,
su actividad les obligaba a conocer bien las matemáticas
y a saber leer y escribir correctamente ya que, aparte
del famoso apretón de manos, debían
documentar a través de actas, recibos o pagarés
todas sus compras, ventas y permutas (Figura 9).
En algunos casos, tales documentos
podían ser necesarios para que los jueces de las aldeas
actuasen frente a clientes morosos o que no cumplían
los contratos. También debían conocer las leyes aplicables
a los distintos territorios en los que ejercían su
trabajo. Todo esto impulsó la educación de una forma
mucho más intensa que lo que era habitual en la España
rural de la época. En opinión de nuestra informante:
«La gente también era culta
porque sabían que tenían que saber mucho de cuentas
para que no les engañaran, algunos incluso aprendían
idiomas si tenían que llevar algo a Francia, y se
formaban. En su día, si había 3000 habitantes a principios
del siglo XX había cinco escuelas, varias privadas
y alguna pública, y las niñas también se escolarizaban.
Cuando los padres eran pudientes, enviaban a los hijos
a la universidad».

Figura 9.
Contrato de venta de un macho por parte de
un maranchonero (1929).
6. El chalán o migaña
Los maranchoneros
empleaban una especie de jerga denominada chalán
para que no se entendiese lo que decían en sus
transacciones, ventas o reyertas. Según la RAE,
chalán significa «que
trata en compras y ventas, especialmente de caballos
u otras bestias, y tiene para ello maña y persuasiva».
Camilo José Cela en su conocido libro Viaje
a la Alcarria (1948) decía que los «muleteros
de Maranchón hablan entre sí en chalán,
jerga que no se entiende demasiado».
El chalán también
se conoce como migaña o mingaña,
palabras que proceden de «me
engaña» (López de los
Mozos, 1998). Se trata de un código críptico,
desarrollado originalmente por los gremios de Fuentelsaz
y Milmarcos que se dedicaban a un trabajo trashumante
(tratantes, esquiladores, colchoneros, arrieros, cardadores,
músicos, etc.), para poder hablar libremente
entre ellos sin temor a que se enterasen los demás
(Gismera, 2018b). Posteriormente, se fue extendiendo
a otras localidades cercanas, incluyendo Maranchón.
No se trataba de un idioma sino de una mezcla de modismos
locales, algunas palabras inventadas o extraídas
del vasco o el catalán y otras en las que se
cambiaba el orden de las sílabas, todo ello sin
una estructura gramatical. Desde luego, no resultaba
fácil su comprensión si uno no estaba
familiarizado. «Por
ejemplo, si querían decir que la mula valía
17.000 pesetas, decían un San Pascual que es
el patrón del pueblo, el 17 de mayo, y si querían
decir que la mula era buena, decía ‘es
del Vadillo’ que es la mejor zonas de tierras
del pueblo», señala Pilar San
Miguel.
Ese código
común a los maranchoneros les hacía partícipes
de una relación de hermandad y fue una de las
claves de su sólida cohesión como colectivo,
prevaleciendo siempre la colaboración entre unos
paisanos que, aunque trataban de tener zonas de
pesca propias, podían llegar a ser, en ciertas
circunstancias, competidores. Tal colaboración
se mantuvo incluso entre los tratantes más potentados
y los más modestos, y fue un hecho diferencial
de los maranchoneros en comparación con los tratantes
de otras zonas, como los de Atienza, tal y como se ha
comentado anteriormente. En este caso, la unión
hizo la fuerza y el éxito.
7. La célebre
blusa maranchonera
Los tratantes podían
utilizar trajes de fiesta o de faena. El primero se
utilizaba cuando permanecían en la villa entre
viaje y viaje, y debían asistir a actos solemnes
(bodas, entierros, festividades) (Figura 10) mientras
que el segundo se ajustaba a las necesidades del trabajo.

Figura 10. Miembros
de una familia de tratantes maranchoneros. Los dos sentados
visten el traje de fiesta. Asociación Cultura
La Migaña (Maranchón).
En el traje de faena
destacaba, por encima de todos los elementos, la blusa
negra o blusón, de tejido fino de algodón
y de color negro para los amos o azul con rayas azules
para los criados. Aunque esta prenda ya se empleaba
en las zonas industriales del norte de España
y de Valencia antes de su adopción por parte
de los maranchoneros, pronto pasaría a ser conocida
como blusa maranchonera como consecuencia de
la popularidad adquirida al ser aireada por estos tratantes
por todos los rincones de España (Figura 11).

Figura 11. Maranchoneros
vestidos con traje de faena, apreciándose la
famosa blusa maranchonera. Izquierda: Asociación
Cultura La Migaña (Maranchón). Derecha:
portada del libro Maranchón y sus muleteros
de Tomás Gismera (2020).
Según el citado
Ranz de Miguel (1933) la indumentaria de los maranchoneros,
«destacaba por el zapato
cordobés, la media blanca era de trabilla y de
lana gorda hasta remontar la rodilla; el calzón
de paño negro de cuya parte inferior pendían
unas borlas azules o negras; la faja azul grande sobre
el chaleco; chaleco de astracán y zamarra del
mismo género con botonadura de plata o destacada
por desproporción y sombrero de ala anchísima
o gorro de piel de conejo o liebre aparentemente adosado
de dos o cuatro listones de pelo de esta clase de caza.
(…) en el tráfico ambulante a que se dedican
sobre el traje común de caballero suelen usar
blusa especial negra a modo de “sobre todo”
que los preserva de la suciedad anexa al trato con el
ganado mular con el que trafican comercialmente».
En cualquier caso,
San Miguel recalca que «el
muletero principal iba siempre bien vestido, con chaqueta
y su chaleco de pelo de cabra, su botones de nácar
y encima llevaban un blusón largo para no mancharse,
por dentro llevaban la faltriquera para meter el dinero.
El blusón le llegaba hasta la rodilla y también
les protegían para que no les robasen el dinero,
tenían incluso bolsillo falsos en estos los blusones».
La faltriquera era una especie de cinturón que
se ajustaba a su cuerpo para salvaguardar el dinero
de los asaltadores de caminos y posadas que no eran
raros en aquella época. Tampoco se olvidaban
de su Virgen de los Olmos (patrona de la localidad),
guardando en algún bolsillo o en alguna parte
de la faja o cinturón una medalla o estampa para
que les protegiera en su azarosa vida errante.
8. Maranchoneros
en el Alto Aragón
Ya se ha comentado
la estrecha relación entre el despegue inicial
de los maranchoneros y el Alto Aragón (Figura
12). Según Gismera (2018a), en el último
cuarto del siglo XIX, «los
maranchoneros eran los amos de todo bicho viviente en
las ferias de Barbastro, Huesca, Betanzos o Zamora».
Y prosigue: «llegaban
a la feria de San Andrés de Huesca, en la última
quincena de noviembre, las mejores mulas y muletas de
los Pirineos, el Alto Aragón y el Sur de Francia,
y allí acudían los de Maranchón
a proveerse de material, adquiriéndolas por cientos,
desde la década de 1870, de la que tenemos constancia.
A partir de la década siguiente la prensa se
fue haciendo bocas del trato de esta gente, de lo mucho
que compraban y vendían, y lo bien recibidos
que eran por aquellas tierras en las que, en la mayoría
de los años, por sí mismos salvaban la
feria con su negocio, destacando entre los mejores en
el arte de la muletería don Pedro Castellote,
patriarca de toda una generación de muleteros
que llegó a adquirir en la feria de 1924 nada
menos que 16 mulas a 2.000 pesetas por cabeza cuando
el precio medio rondaba las 1.200. Sabedor de que, además
de ser las mejores, ya que provenían del valle
de Tena, las vendería en las ferias de Castilla,
prácticamente a precio doblado».

Figura 12. Postal francesa
que muestra a dos tratantes maranchoneros, el de la
derecha con su blusa típica, con dos magníficos
machos, mientras realizaban su actividad en un lugar
desconocido del Pirineo aragonés. Colección
del autor.
Siguiendo con la misma
fuente, «en otra ocasión,
nos cuentan por aquellos pagos, los de Maranchón
embarcaron sus mulas en nada menos que un centenar de
vagones de tren; en cada vagón una media de 20
ejemplares, con destino a Arcos de Jalón, estación
más próxima a su localidad. En aquellas
ferias dominaban el negocio de las mulas lecharas o
lechuzas, recién destetadas; las veintenas y,
sobre todo, las treintenas, que ya se podían
poner a trabajar y constituían la flor y nata
de un negocio que les dio tan increíbles dividendos
que convirtieron la villa de Maranchón en una
pequeña urbe a cuenta de sus increíbles
caserones, donde invirtieron sus riquezas”.
No en balde, «de
Maranchón salían los hombres que recorrían
la España agrícola y ganadera con sus
reatas de mulas adquiridas en los mercados aragoneses
y navarros a los que llegaban las hermosas y no menos
famosas mulas pirenaicas y piamontesas»
(Gismera, 2020a).
La referencia a los
maranchoneros también aparece en una anécdota
contada por el periódico La Unión
en 1913, a modo de homenaje póstumo al célebre
Fermín Arrudi Urrieta (Sallent de Gállego,
1870-1913), conocido como el gigante de Sallent, el
gigante aragonés o localmente como o chigán
aragonés (Figura 13): «Estaba
en otra ocasión Fermín sentado en el pretil
del puente á la entrada de Sallent, departiendo
con sus amigos, cuando las voces les avisaron para que
detuvieran a una mula de recría, de treinta meses,
de esas que los maranchoneros llevan á las ferias
de Castilla. Se acercaba el animal en vertiginosa carrera,
rebrincando y coceando. Rápidamente se abalanzó
Fermín, cogió entre sus brazos el cuello
de la bestia, la derribó y sujetó, como
si se tratara de un débil cordero».

Figura 13. Fermín
Arrudi en Sallent, con su mujer, su padre y una mula.
Postal española. Colección del autor.
Fermín Arrudi
fue un personaje famoso por su estatura, llegó
a medir 2,29 m, y su proverbial fuerza. Amasó
una pequeña fortuna con sus exhibiciones por
gran parte del mundo, con los que se construyó
una casa en Sallent y vivió holgadamente durante
toda su vida (Andolz, 1990; Dumall, 2008).
En el archivo de tradición
oral de Rafael Ayerbe, citado en el capítulo
anterior, existe una entrada fechada en 1989, en la
que Clemente Belío Escario, presentado como «el
último tratante de la feria de San Andrés
de Huesca» responde de la siguiente
manera a la pregunta de si a dicha feria venían
gentes de toda España o solo del Norte: «Venían
gentes de toda España. Para comprar las trentenas
venían gentes de tierra Madrid. Los Maranchoneros,
que son de un pueblo de Guadalajara y están repartidos
por toda España. Y de Albacete, de Palencia,
de Valladolid, de toda España».
Hacia el año
1939, los señores Fortea y Cendejas de Maranchón
se afincaron en Barbastro como tratantes. A lo largo
de los años cogerían mucho prestigio dentro
de esta rama comercial. El ocaso de los maranchoneros
fue paralelo al de las ferias. La mecanización
del campo hizo que el negocio de la trata de mulas fuera
decayendo paulatinamente hasta desaparecer, «por
lo que la inmensa mayoría de los maranchonenses
emigraron y (…) la vida en el pueblo ha quedado
apagada, y recorrer sus calles desiertas, contemplar
sus magníficos edificios abandonados, supone
un espectáculo fantasmal y triste...».
No obstante, y para
acabar con buen sabor de boca, traeremos aquí
el recuerdo de un habitante de Madrigal de las Altas
Torres (Ávila) sobre los maranchoneros, en la
que, entre otras cosas, describe cómo las mulas
criadas en el Pirineo podían acabar en una villa
castellana, manchega o andaluza (Figura 14):
«Las
mulas las traían los Maranchones, tratantes de
Maranchón, un pueblo de Guadalajara, que tenían
la habilidad de tener el monopolio del comercio de mulas
en gran parte de Castilla. Vestían blusa negra
y siempre llevaban al cuello un látigo de vara
corta y tralla blanca trenzada. Llegaban por San Miguel,
después del verano, con reatas de mulas nuevas
que dejaban en la cuadra de alguna posada. En el casino,
entre el café y la copa de coñac, con
el humo del faria presente, se empezaba el trato, que
podía durar horas, entre tratantes y labradores.
Al final el labrador tenía en su cuadra la pareja
de mulas nuevas y el tratante tenía en su faja
los miles de reales del precio al que habían
llegado en la esgrima del trato.
- “Este año traigo unas mulas del Pirineo
que son cosa buena de verdad”, decía el
tratante de la blusa negra, mientras echaba los dos
terrones de azúcar al café que le acababa
de poner delante Maximiano. Manuel Tavera o el Sr. Arturo
o quien necesitase la mula o la pareja, escuchaba las
alabanzas del de Maranchón sin creerse mucho
de lo que decía y, al fin, se ponía de
acuerdo con él para ver el ganado en la posada
de Vicente, en la carretera de Peñaranda. Sacaba
el tratante cuatro o cinco mulas castañas o de
pelaje negro, relucientes, nerviosas, con la cabezada
de cáñamo nueva, sacando chispas del empedrado
con las herraduras recién puestas, cuando las
tocaba el tratante el anca con el látigo fino.
Las palmeaba los flancos para tranquilizarlas, y volvía
a ponderar la calidad del ganado que traía siempre.
El mozo mayor de Manuel Tavera o del Sr. Arturo estaba
presente, como es natural, y su opinión era siempre
importante y a veces concluyente. Mariano el “Feo”
como mozo mayor, estuvo presente cuando mi tío
Fabio compró la “Sevillana” y la
“Sultana”. Mariano las miraba los dientes
para ver los años que tenían, sin fiarse
de lo que decía el tratante, las cogía
por el ramal y las corría por la carretera para
ver como estaban de patas y de bríos. Cuando
el trato se cerraba, Mariano el “Feo” se
llevaba las mulas a la cuadra de casa, tan orgulloso
de la buena compra hecha como el “amo”,
presumiendo de pareja nueva, como si, en realidad, las
mulas fueran suyas. Al llegar a la cuadra, las pasaba
la carda para sacarlas más brillo aún
y las contemplaba satisfecho como si de un hijo recién
nacido se tratara»
(Portillo, 2010).

Figura 14. Yuntas
de mulas en Herencia (Ciudad Real). ¿Del Valle
de Tena o de Benasque a La Mancha a través de
los maranchoneros? Archivo UCM.
9. Los maranchoneros
en la literatura
Durante más
de un siglo, la inconfundible silueta de los maranchoneros
con su inquieta compaña fue estampa común
en los caminos de España y, singularmente del
Alto Aragón. No podían pasar desapercibidos
para los principales periódicos o revistas de
la época, no solo regionales sino nacionales
(La Ilustración Española y Americana;
Blanco y Negro), ni tampoco para algunos de los
grandes literatos de la época, como Pío
Baroja, que los cita en su novela La Nave de los
Locos, publicada en 1925 o el ya citado Camilo
José Cela en el inicio del ocaso de estos tratantes.
Sin embargo, entre
las apariciones literarias de estos tratantes, destaca
la descripción realizada por Benito Pérez
Galdós, en uno de sus Episodios Nacionales.
Más concretamente en el que lleva por título
Narváez (1902). El contexto de esta
obra son los acontecimientos acaecidos desde la proclamación
de Isabel II como reina hasta la revolución del
68. Pues bien, en el capítulo 10 encontramos
a uno de los principales personajes galdosianos (Pepe
Fajardo, Marqués de Beramendi) descansando en
la villa de Atienza momento que aprovecha Galdós
para presentarnos a los maranchoneros:
«La
soledad de Atienza se alegró estos días
con la llegada de los maranchoneros... Son estos habitantes
del no lejano pueblo de Maranchón, que desde
tiempo inmemorial viene consagrado a la recría
y tráfico de mulas. Ello es que recorren hoy
ambas Castillas con su mular rebaño, y por su
continua movilidad, por su hábito mercantil y
su conocimiento de tan distintas regiones, son una familia,
por no decir raza, muy despierta, y tan ágil
de pensamiento como de músculos. Alegran a los
pueblos y los sacan de su somnolencia, soliviantan a
las muchachas, dan vida a los negocios y propagan las
fórmulas del crédito: es costumbre en
ellos vender al fiado las mulas, sin más requisito
que un pagaré cuya cobranza se hace después
en estipuladas fechas; traen las noticias antes que
los ordinarios, y son los que difunden por Castilla
los dichos y modismos nuevos de origen matritense o
andaluz. Su traje es airoso, con tendencias al empleo
de colorines, y con carreras de moneditas de plata,
por botones, en los chalecos; calzan borceguíes;
usan sombrero ancho o montera de piel; adornan sus mulitas
con rojos borlones en las cabezadas y pretales, y les
cuelgan cascabeles para que al entrar en los pueblos
anuncien y repiqueteen bien la errante mercancía.
Todo Atienza se echó a la calle a la llegada
de los maranchoneros con ciento y pico de mulas preciosas,
bravas, de limpio pelo y finísimos cabos, y mientras
les daban pienso, empezaron los más listos y
charlatanes a dar y tomar lenguas para colocar algunos
pares. En mi casa estuvieron dos, sobrino y tío,
que a mi madre conocían; mas no iban por el negocio
de mulas, sino por llevarnos memorias y regalos de mi
hermana Librada y de su familia. Obsequiados los mensajeros
con vino blanco y roscones, de que gustaban mucho, se
enredó la conversación…».
Resulta ilustrativo
que el episodio descrito por Galdós tuviera lugar
precisamente en Atienza, otrora centro neurálgico
de los muleteros castellanos y por aquellas fechas ya
totalmente desbancado por los maranchoneros. No es de
extrañar que toda Atienza se echase a la calle
porque buena parte de la población conservaría
la nostalgia de tiempos no muy pretéritos. En
general, se trata de un retrato que equipara a los maranchoneros
con otros grandes trashumantes ilustrados de
la época: los arrieros maragatos. Son gente lista,
alegre, honesta, con buenas maneras y caballerías
que da gusto verlas, transmisores de noticias, moda
y cultura en su sentido más amplio y noble (Buiza,
1990). Muy alejados de otros colectivos de tratantes,
pertenecientes a grupos sociales marginales o marginados
y de los que no había que fiarse un pelo.
10. Benigno
Bueno
Benigno Bueno Gaitán
nació en Maranchón en 1865 y «fue,
sin duda, el tratante más importante de España»
(Gismera, 2020b). Se inició en el mundo de la
muletería con apenas diez o doce años,
de la mano de su padre. Se puede decir que de casta
le viene al galgo, ya que su abuelo también conoció
el éxito en el mundo del trato. Le tocó
vivir y desarrollar su actividad entre el último
tercio del siglo XIX y el primer del XX, posiblemente
el periodo más glorioso en la historia de los
maranchoneros.
Sus principales negocios
muleteros tuvieron como epicentro la provincia de Huesca,
sin desdeñar otras como La Rioja, Cantabria,
Palencia, Salamanca o Córdoba de los califas.
Acudió a la feria de San Andrés de Huesca
desde que tuvo uso de razón destacando pronto
como uno de los grandes tratantes, además de
acaparador de premios a los mejores animales. Hizo lo
propio en las ferias de Logroño, Haro o Alfaro.
Por esas tierras, se dedicó con esmero a la compra
y venta de mulas, pero también a la de ganado
asnal y caballar, que utilizó en muchas ocasiones
como progenitores de sus mulas. Llegó a convertirse
en abastecedor de la casa real y en el primer abastecedor
de caballos de la guardia urbana madrileña cuando
el Ayuntamiento de Madrid estuvo presidido por don Álvaro
de Figueroa, el singular Conde de Romanones. De aquella
relación, surgió primero la amistad con
el conde y más tarde la sociedad que fundó
con su hijo homónimo, marqués de Villabrágima,
para abastecer de caballos y mulas al Ejército
español. Las comisiones de coroneles acudían
desde Madrid o Guadalajara con el encargo de adquirir
más de mil mulas y caballos de las cuadras de
don Benigno, al precio tasado de 850 pesetas ejemplar
(Gismera, 2020b).
La riqueza que le
proporcionó la actividad muletera se vio sacudida
con la improvisada quiebra de la banca en la que guardaba
sus dineros, la citada Villodas. Tampoco le costó
mucho recuperarse ya que fue uno de los grandes promotores
y beneficiarios de la exportación de miles de
mulas a Francia y a Alemania durante la Primera Guerra
Mundial; y como no había tantas en España,
las traía de Argentina. Con la quiebra de Villodas,
don Benigno aprendió que no deben ponerse todos
los huevos en la misma cesta y, «a
partir de entonces distribuyó su capital en múltiples
negocios: el inmobiliario en Madrid; el de la luz eléctrica
por tierras de Guadalajara y Soria; el de la harinera
y el pan por Guadalajara, Soria y Maranchón;
el de los transportes, e incluso el pequeño comercio;
fue, en Maranchón, titular de tiendas de ultramarinos,
ropas, paquetería, muebles, ferretería…
Sin dejar, por supuesto, la trata muletera, en caballos,
mulas y asnos, con cuadras abiertas a los compradores
en Medina del Campo, Tarancón, Liria, Borja y
Cervera, con cuadras centrales en Alcalá de Henares
y en Madrid, en la calle de Narciso Serra (barrio de
Pacífico), y oficinas centrales en la calle de
los Peligros» de la capital (Figura
15).

Figura 15. Anuncio
de una tienda de don Benigno Bueno en el programa de
las fiestas patronales de Maranchón del año
1928. Tan conocido era el comercio que no necesitaba
indicar dirección alguna. López de los
Mozos (2006).
En 1903 fundó
en Maranchón la fábrica de harinas Santa
Petra, nombre posiblemente dedicado a su mujer,
doña Petra Atance (Figura 16). Don Benigno no
era ningún chapucero: se trataba de la harinera
de mayor superficie de todo el Señorío
de Molina y la que adoptó las tecnología
más puntera para minimizar en lo posible la presencia
de impurezas en la harina obtenida, como las modernas
fábricas austrohúngaras montadas por las
firmas Bülher Hnos y Daverio Henrici & Cie
y que empleaban un sistema desarrollado y comercializado
por empresas suizas (Berlanga, 2006). Precisamente,
su pueblo recordó a este emprendedor vecino dedicándole
el nombre de la calle que conduce desde la céntrica
alameda hasta la fábrica de harinas. Para no
dejar ningún cabo suelto, dirigió el sindicato
de harinas en Guadalajara, además de hacerse
con el cargo de Recaudador de Contribuciones de la provincia
en la década de 1910; para ello, tuvo que depositar
una fianza de seiscientas mil pesetas de las de la época.
«Igualmente fue contratista
del pan de la Beneficencia de Madrid y… un ciento
de cosas más –de las que en alguna ocasión
no salió con la cabeza alta–.
Fue sin duda, el prototipo del muletero rico. Hombre
hecho a sí mismo, como tantos aquellos otros
que en esta notable villa de nuestra provincia salieron
a correr mundo con sus mulas, de feria en feria. Hombres
de recia estampa, jaquetones, matasietes y, ante todo,
buenos negociantes o, como hoy diríamos, grandes
emprendedores» (Gismera, 2020a; 2020b).

Figura 16. La fábrica
de harinas Santa Petra de Maranchón.
Asociación Cultura La Migaña (Maranchón).
Con el capital generado
por sus negocios muleteros alzó su casa familiar,
quizá la más conocida de la villa por
su peculiar fisonomía, la famosa Casa de
los Picos, un auténtico palacete cuya construcción
recuerda al Palacio del Infantado de Guadalajara. (Figura
17).

Figura 17. La Casa
de los Picos, construida por don Benigno Bueno
en su localidad natal. Dominio público.
La muerte sorprendió
a don Benigno el 5 de octubre de 1931 cuando se encontraba
tomando las aguas en el balneario de Puente Viesgo (Santander),
un lugar al que acudían las personas de la alta
sociedad española. La noticia de su muerte sacudió
como un latigazo las provincias de Guadalajara, Huesca,
Zaragoza, Madrid, Santander, Córdoba… Tras
su entierro en Maranchón, la misa de funeral
principal tuvo lugar en San Jerónimo el Real
(Madrid), donde se celebraban por entonces los sepelios
reales. También hubo misas por su eterno descanso
en la catedral de Huesca, Canfranc, la Seo de Zaragoza,
Córdoba, Guadalajara y, por supuesto, en Maranchón
(Gismera, 2020a; 2020b).
11. Del ocaso…
¿al futuro?
El declive del oficio
de tratante se inició con la progresiva mecanización
del transporte y de la agricultura, desapareciendo prácticamente
a finales de los años 50 y principios de los
60 del siglo pasado. Maranchón llegó a
tener 3000 habitantes en 1910 y era el epicentro comercial
de su comarca; hoy, apenas llega a los 200 y sigue siendo
un epicentro… pero de lo que se ha venido a llamar
la España vaciada o Laponia del
Sur por su baja densidad demográfica, inferior
a los dos habitantes por kilómetro cuadrado (Figura
18). No obstante, la tradición pervive en la
memoria colectiva de los oriundos de la localidad y
ha sido recuperada con una singular iniciativa: la Feria
del Tratante. Se trata de una propuesta cultural innovadora,
organizada por la Asociación Cultural La Migaña
junto al Ayuntamiento. Según Pilar San Miguel,
de la citada asociación, la idea surgió
buscando un acontecimiento turístico distinto
que atrajese visitantes al pueblo y, puesto que en muchas
localidad de la comarca ya se celebraban ferias medievales,
pensaron en organizar un evento dedicado a lo que a
lo largo de los últimos dos siglos dio carácter
a este pueblo. «Esta
feria quiere rememorar la actividad que le dio carácter
al pueblo y conocimiento fuera de la zona, los tratantes
maranchoneros, los muleteros o los tratantes de mulas».

Figura 18. Maranchón
en la actualidad. Fuente: Asociación Cultural
La Migaña (Maranchón).
Hasta la fecha ya se
han celebrado dos ediciones, la primera en julio de
2019 y la última en julio de 2022 (Figura 19),
existiendo el proyecto de crear un museo o exposición
permanente dedicado a los tratantes, un tema prácticamente
inédito en la museología española.
Deseamos que la feria no sea algo efímero y que
se consolide con próximas ediciones.
«Tratantes,
arrieros y muleteros, que salieron a los caminos; ganaron
y perdieron fortunas; portaron lenguaje o jerga propia:
el chalán; más conocido en aquella tierra
como Migaña o Mingaña, y dejaron su seña
de identidad en algunos pueblos de la provincia y fuera
de ella, donde al día de hoy todavía se
conserva la memoria de su paso, y de su oficio»
(Gismera, 2018a).

Figura 19. Carteles
anunciadores de las dos ediciones de la Feria del Tratante
celebradas hasta la fecha en Maranchón.
Y allá va la
despedida…
«Adiós
Maranchón salado,
con arboleda y sin río,
adiós virgen de los Olmos
que aunque me voy no te olvido»
12. Referencias
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Tomo XI, p. 209. Madrid.
Pérez Galdós
B. 1902. Narváez. Episodios nacionales.
Capítulo 10, pp. 104-107. Est. Tip. de la Viuda
e Hijos de Tello, Madrid.
Documental:
Rodríguez F. Los
muleteros de Maranchón (39:46 min).
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