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3. ¡Palabra de maranchonero!
  Juan Miguel Rodríguez Gómez
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«El muletero maranchonero, vestido de negro blusón, no pierde ninguna ocasión de vender mular o equinos a todos nuestros vecinos». Copla popular.

1. De arrieros a tratantes: un pequeño paso para el hombre, un gran paso para Maranchón

En el capítulo anterior ya presentamos a los célebres maranchoneros, tratantes oriundos de Maranchón (Guadalajara) que se convirtieron en elementos característicos del paisaje altoaragonés entre mediados del siglo XIX y mediados del XX. Y es que, entre todos los tratantes de mulas que anduvieron por estas tierras, «se hicieron famosos los maranchoneros, por ser muchos de Maranchón (Guadalajara), que compraban [mulas] en cantidad para distribuirlas entre sus clientes y ferias de ambas Castillas, La Mancha, etc. (…). Todos los pueblos del Valle [de Tena] y en muchas casas de El Serrablo esta actividad se llevaba la palma de las transacciones financieras y generaba un activo comercio. La estampa de grupos de mulas jóvenes guiadas por hombres de blusa armados de largas varas, era muy común en nuestro país» (López, 1982). «Si ya en el siglo XV nuestras Ferias [de Huesca] congregaban a bearneses, gascones, catalanes, vizcaínos y navarros no dejó de ser nunca importante esta presencia de forasteros, añadiéndose a la lista los castellanos, sorianos y los célebres maranchoneros, presentes cada año en el Ferial hasta su desaparición» (Llanas, 1990).

Dada su importancia en el trasiego de ganado equino, y muy especialmente mular, durante todo un siglo y lo desconocidos que, en general, resultan para los actuales oscenses parece oportuno dedicarles unas páginas adicionales.

El término municipal de Maranchón, perteneciente a la provincia de Guadalajara y al partido judicial de Molina de Aragón, está atravesado por la carretera nacional N-211 (Alcolea del Pinar-Fraga, kilómetros 20-26), limita con la provincia de Soria y está muy cerca de la de Zaragoza (Figura 1).

Figura 1. Ubicación de Maranchón (Guadalajara).

Su ubicación en el sistema ibérico castellano y su altura (1256 metros) le proporcionan un clima suave en verano, pero los inviernos son largos, con temperaturas que pueden bajar hasta los -20 °C y máximas que no suelen superar los 7 °C, lo que propicia que se produzcan frecuentes heladas. En esas condiciones, y con un suelo bastante pobretón, la agricultura era prácticamente de subsistencia (cereales, legumbres y pastos con los que mantenían un ganado lanar de carnes muy apreciadas en la zona). Para prosperar tuvieron que recurrir a otras actividades que obligaban a parte de la población a marchar del pueblo durante largas temporadas (esquiladores, músicos, etc.). Entre ellas, la principal fue la arriería, centrada en productos como el jabón, la miel o, especialmente, los cerones obtenidos de los panales y que servían como materia prima para la obtención de la cera. Como decía la copla: «Ábreme la puerta niña, que vengo de Maranchón, que voy comprando cerones y voy vendiendo jabón».

La extracción de cera fue una de las actividades industriales más antiguas de la villa, que centralizó gran parte de la producción comarcal gracias a sus cuatro fábricas de cera, la última de las cuales dejó de funcionar en 1984 (Figura 2). El proceso de elaboración y comercialización ha sido descrito minuciosamente por Castellote (1988). Según esta autora, «para que la cera de las colmenas se transformara en un producto elaborado, debía pasar por varias manos: las del colmenero, que cataba la colmena y separándola de la miel formaba con ella cerones o tortas; las del arriero o recovero, que la recogía de pueblo en pueblo, limpiándola después en su casa o llevándola al lagar; la de los empleados de éste, que la depuraban en su prensa, blanqueándola y distribuyéndola a continuación; y, por último, las del cerero, que convertían la materia prima en productos elaborados. La dispersión de focos productores de cera ha exigido la existencia de un personaje dedicado a su recolección ambulante: el recobero, que por la especialización de una localidad de la provincia en este trajín, pasó a ser sinónimo de maranchonero. Algunos otros pueblos, que vivían como Maranchón de la arriería, traficaron también con la cera, pero Maranchón en este como en otros negocios no tenía rival».

Figura 2. Vistas generales del lagar de la última fábrica de cera de Maranchón, trasladada a Azuqueca de Henares. Agustín Arias Martínez.

Según el catastro del Marqués de la Ensenada (1752), Maranchón contaba por aquel entonces con «no menos de 50 vecinos» que se dedicaban a la arriería y eran otros pueblos de la misma provincia los que se llevaban la palma en todo lo referente a la compra, venta y cría de ganado mular. Y por encima de todos, Atienza, villa que contaba con nada menos que 71 paisanos dedicados a esa actividad según el mismo catastro. Atienza había hecho su propia reconversión de arrieros a tratantes con un siglo de antelación. Su pasado arriero había sido igualmente esplendoroso y contaba con una potente hermandad de arrieros (Cofradía de la Santísima Trinidad), que es una de las cofradías españolas más antiguas y mejor documentadas, pues conserva sus ordenanzas, numerosos pergaminos medievales desde el siglo XII y todos los libros de acuerdos y cuentas desde 1679. La Junta de Castilla-La Mancha la declaró Bien Patrimonio Cultural Inmaterial y recientemente se ha incluido en una candidatura a Patrimonio Mundial por la UNESCO.

Precisamente, la conmemoración de un hecho histórico en el que dicha cofradía tuvo una participación decisiva es la base de La Caballada de Atienza, una fiesta declarada como de interés turístico nacional y que se celebra cada domingo de Pentecostés (Figura 3). En 1157 falleció Alfonso VII, dejando el reino de León a su hijo Fernando y el reino de Castilla a su hijo Sancho. Un año después, en 1158, murió Sancho III y su hijo Alfonso (un niño de apenas tres años) heredó el trono de Castilla. Las familias de los Castro y de los Lara pugnaron por la tutoría del monarca. En el testamento de Sancho III se daba a los Castro la tutoría del monarca. Sin embargo, los Lara se apoderaron por la fuerza del joven rey. Ante esto, los Castro pidieron ayuda al tío del rey, Fernando II de León. Este entró en Castilla en 1162 al frente de un ejército para apoderarse del pequeño Alfonso y hacerse con el gobierno de ambos reinos. Ante estos acontecimientos Manrique Pérez de Lara (regente de Castilla y jefe de la Casa de Lara) pactó la entrega del niño en Soria. Pero un hidalgo se interpuso en esos planes y llevó al pequeño rey a Atienza, una de las villas mejor fortificadas del reino, que no tardó en sufrir el cerco al que le someterán las tropas del rey de León.

El asedio se prolongó hasta la mañana de Pentecostés, día en el que la cofradía de arrieros de Atienza ideó una estratagema para solucionar la situación: solicitaron permiso a los sitiadores para realizar su tradicional romería a la cercana ermita de la Virgen de la Estrella. Conseguida la autorización, disfrazaron al rey de arriero, como uno de ellos, y simularon la romería, lo que sirvió para relajar y distraer a las tropas leonesas. Ese momento fue aprovechado por los arrieros, que montaban las caballerías más veloces y entre los que se encontraba el rey, para iniciar una huida al galope. Los arrieros consiguieron llevar al rey primero a Segovia y luego a Ávila en una frenética persecución que duró siete jornadas. El niño rey quedó a buen recaudo y conservó su reino. Obviamente, fue un episodio que pudo cambiar la historia y, quien piense que eso sólo afectaba a los reinos de Castilla y León, hará bien en repasar la historia de la Corona de Aragón.

Figura 3. La Caballada de Atienza, una conmemoración arriera que sigue muy viva. J. M. Cadenas.

Pero ya han pasado algunos siglos de esa gesta y los de Atienza se han decantado por el oficio muletero, trayendo mulas de Vizcaya, Asturias, Zamora y León, recriándolas en la localidad y vendiéndolas, una vez multiplicado su precio, en Aragón, Valencia, La Mancha y otras zonas de Castilla. Pero como dice Gismera (2018a), «todo ello fue mucho antes de que apareciesen los famosos muleteros de Maranchón, que les comieron el negocio en un pis pás. Los de Maranchón permanecieron en el tiempo y en la memoria colectiva a través de la literatura y los de Atienza se quedaron a verlas venir y pasaron, obligatoriamente, como sus arrieros, al olvido».

Y así, llegamos a los maranchoneros. Hasta mediados del siglo XIX, Maranchón era el punto en el que se bifurcaba el camino real que unía Madrid con Zaragoza. Un ramal iba a Zaragoza por Daroca mientras que el otro lo hacía por Calatayud. Maranchón consigue el título de villazgo en el año 1769, bajo el reinado de Carlos III. «En general la población comenzó a dedicarse por entonces a la trata del ganado, muy especialmente al mular, recorriendo los lugares más diversos de España y reuniendo grandes cantidades de dinero» (Herrera, 1988).

En 1806, Carlos IV concede a Maranchón mercado semanal y una gran feria anual del 8 al 12 de septiembre, que pronto se convirtió en una de las más famosas y concurridas de España (López de los Mozos, 1993). Gracias a esta última concesión, el comercio de ganado mular se intensificó notablemente en esta villa castellana. Paralelamente, otro factor adicional favorece el comercio de caballerías en la localidad: la instalación durante la guerra de la Independencia de una importante compañía de Caballería (López de los Mozos, 1991).

A mediados del siglo XIX, este municipio se dedicó con denuedo al trato de ese ganado, oficio que convirtió a la localidad en una de las más prósperas de la tierra molinesa y a los maranchoneros en los muleteros de más renombre por su pericia para cerrar los tratos de mulas por todo el país. Madoz (1848), en su célebre Diccionario, ya señala el comercio de mulas como la ocupación principal de los maranchoneros. Bien pensado, seguían siendo arrieros que simplemente habían cambiado de artículos: de ser arrieros especializados en el transporte y compraventa de cerote, cera, miel y jabón habían pasado a ser arrieros especializados en el transporte y compraventa de caballerías.

Según Pilar San Miguel, exsecretaria de la Asociación La Migaña (Maranchón) y gran conocedora del tema, el pirineo oscense tuvo mucho que ver en ese cambio paulatino de actividad: «Como Maranchón está en una zona a mitad de camino entre Madrid y Zaragoza hay mucha comunicación con Aragón y se puede acceder al Pirineo y a Huesca, y en la zona de pasto de los Pirineos criaban muchas mulas y esas mulas eran las mejores de España; los maranchoneros vieron que había una gran demanda de ganado mular, empezaron a trabajar la mula, a llevarla a los mercados de ganado de la zona, a Aragón primero, luego a los mercados de Castilla-La Mancha, a Extremadura y a Andalucía». Los maranchoneros empezaron a dominar el oficio. A medida que aumentaba su radio de acción y su reputación, los tratantes iban incorporando en sus filas a vecinos legos en la materia; algunos de ellos, tras adquirir experiencia, se establecían por su cuenta y «se repartían el territorio».

Por todo ello, no es de extrañar que el crecimiento más notable de Maranchón ocurriera en la segunda mitad del siglo XIX y primeros años del XX, época que coincide con los de máximo esplendor de las ferias. Según la información proporcionada por el propio ayuntamiento, «en esa época se construyeron numerosas viviendas conforme al estilo más moderno, de varios pisos todas ellas; algunas con patios o atrios delanteros, múltiples adornos en sus fachadas, grandes portones de piedra sillar y todo tipo de comodidades en su interior. El Ayuntamiento, muy rico, urbanizó perfectamente la villa, trazó calles, una gran plaza Mayor, un amplísimo recinto para el mercado semanal, un magnífico Ayuntamiento con torre y reloj de hierro, jardines públicos, una gran plaza de toros y muchos otros detalles que conferían a Maranchón el rango de una pequeña capital». Posteriormente llegarían otras épocas de esplendor basadas igualmente en el tráfico de mulas: la Primera Guerra Mundial y la posguerra española. En una monografía inédita sobre Maranchón escrita en 1933 por el que fuera secretario de su ayuntamiento, don Aquilino Ranz de Miguel, y rescatada del olvido por López de los Mozos (1998), se aportan más datos sobre el modo de vida de los maranchoneros que, en general, estaba en función de su actividad muletera:

«El elemento de vida de la población, radica en el ejercicio de la industria de compra-venta en general y en ambulancia. La especialidad es el trato, la compra-venta de ganado mular y caballar por todos los ámbitos españoles. Cada familia o reunión de patrimonios individuales (a los que no hay posibilidad preceptiva de llamar Sociedad por su característica especial de desarrollar el negocio), ejercita la industria dentro de una comarca o región predeterminada por el uso o costumbre, existiendo una división regional o comarcal también que de hecho no suele ser invadida por otros vendedores de ganado procedentes de Maranchón. Apenas, pues, entre el maranchonero se da la rivalidad profesional.

Esta forma de ser -la muletería- del maranchonero, será crucial para el desarrollo de su vida al tenerse que adaptar a las necesidades del negocio, lo que también influirá a la hora de construir su vivienda, aplicando método y técnicas aprendidos en sus constantes viajes. [El maranchonero] Es tendente un tanto a costumbres cosmopolitas por deambular en su vida comercial hasta por el extranjero.

El carácter físico y psicológico del maranchonero, está formado por el episódico de la actividad profesional a la que se dedica. Puédese afirmar que éste es el nervio constante del mismo: la lucha por el tráfico. El medio físico y social en que se desenvuelve su vida que es el expresado, tonaliza su carácter de hombre de trabajo y especulador; le da consciencia en lo social para llevarle al ritmo de la utilidad inatávica experimentada, sabedor desde su edad infantil de que la subsistencia radica en aquel aspecto del positivismo y no en la tradición ni en el dogma. En resumen diremos que el carácter del maranchonero es sensitivo (algo contemplativo y emocional al mismo tiempo); algo embotado pero a la vez calculador e inteligente, ardiente y equilibrado y especialmente caritativo y hospitalario». Un rasgo curioso que, según don Aquilino, era común en los mulateros maranchoneros era sus «gesticulaciones de asombro, que las acompasa pronunciando la palabra ¡MADRE!».

2. Los clanes maranchoneros

Entre los tratantes de Maranchón despuntaron tres o cuatro familias verdaderamente potentes, pero en la mayoría de los casos, el negocio giraba en torno a pequeñas sociedades familiares que llegaron a agrupar a miembros de hasta tres generaciones, a fin de no mermar los capitales que manejaban (Figura 4). En cualquier caso, estas empresas se solían conocer por el nombre del miembro más anciano o por el apodo familiar. Los nombres de los clanes más célebres fueron Los Benignos (por Benigno Bueno), Los Nicanores (por Nicanor Villavieja), Los Leoncillos (por León García), Los Ángeles (por Ángel García), Los Lucas (por Lucas Asenjo, oriundo de Atienza) y Los Lucios (por Lucio Atance). En cuanto a los clanes conocidos por sus apodos, los que más trascendieron fueron Los Grises (de apellido Atance), Los Cabilas (de apellido Fraile), Los Mongillos (de apellido Castellote), Los Moreros (de apellido Martínez), Los Bolitos (de apellido Atance), Los Quillas (de apellido Albacete), Los chullas (de apellido Hernández), Los Badanas (de apellido Gilaberte), Los Royos (de apellido Fortea), Los Manforros (de apellido Castellote) y Los Bayos (de apellidos Bueno y Albacete).

El extraordinario éxito de los muleteros maranchoneros fue la «consecuencia de la unión. Mientras que los de Maranchón acudían unidos a las ferias, para comprar a la baja y repartirse las ganancias sin perjudicarse mutuamente, los de Atienza, más individualistas, fueron siempre a su aire, mirando a ver a quien podían perjudicar en su propio beneficio, eliminando la competencia sin fijarse que, al final, terminarían devorándose ellos mismos. Y así fue como desapareció la muletería de Atienza y localidades aledañas [se refiere a Imón, Madrigal, Miedes, Cincovillas, Alcolea de las Peñas y Paredes] mientras que Maranchón creció hasta extremos nunca vistos por cualquier parte de España» (Gismera, 2018a). La unidad y el espíritu colaborativo hicieron la fuerza, siendo bomberos que nunca se pisaron las respectivas mangueras.

Figura 4. Miembros de una familia de tratantes maranchoneros. Asociación Cultura La Migaña (Maranchón).

En total, llegó a haber unas 20 familias maranchoneras (tratantes principales) que se dedicaron al trato de mulas. Cada uno de ellos llevaba una corte de mozos, asistentes o criados que trabajaban con ellos, por lo que era una actividad que, de una forma u otra, implicaba a gran parte de la población. Para ser tratante a la escala a la que lo hacían los de Maranchón se necesitaba una infraestructura y una logística muy potente. Unos iban por los caminos, de pueblo en pueblo, buscando los mejores vendedores y compradores, otros arreglaban el transporte por ferrocarril o las guías sanitarias, o se ocupaban de la manutención y alojamiento (suyo y del ganado que llevaban consigo) o del resto de cuidados que requerían las caballerías, entre otras muchas cosas. No se podía improvisar.

3. El ganado mular: compra, recría y venta

Durante muchas décadas, los maranchoneros compraban las mulas de seis o siete meses, es decir, tan pronto como se destetaban y las conducían en largas reatas por caminos y primitivas carreteras hasta Maranchón (Figura 5). Los tratantes solían ir a la cabeza en su montura (frecuentemente un caballo) sobre la que llevaban un tapabocas o manta de viaje, el portamantas, el saco de dormir y las alforjas con las viandas agenciadas a su paso por las aldeas. Atadas a la cola del caballo iban dos mulas y, a continuación, un grupo de decenas y decenas de mulas sueltas o en reata. Cerraba el convoy una mula sin montura acompañada de un criado (arreador) para vigilar que no se desmandara o quedara atrás ningún animal.

Figura 5. Mulas en tránsito hacia su recría en Maranchón. Asociación Cultura La Migaña (Maranchón).

Tras la aparición e incipiente desarrollo del ferrocarril, se llevaban en vagones especiales hasta Medinaceli o Arcos de Jalón y desde estas estaciones en reata hasta la villa. Y «mientras quedaba un vagón seguían comprando. Esto acontecía cuando en España las cosas iban por su cauce normal» (Janini, 1943). La recría y embellecimiento duraba entre 10 y 12 meses y se realizaba en el propio municipio. Cuando estaban bien crecidas y alimentadas se las llevaban para su venta en ferias y mercados. Posteriormente, de los años 20 del siglo pasado en adelante, los tratantes prefirieron que la recría se realizara en otros lugares, especialmente en zonas de montaña de Castilla (donde se incluía la actual Rioja), Aragón y Cataluña. Por ese motivo, empezaron a abandonar la villa y a establecerse en localidades más próximas a la zona de recría o sus zonas de negocios. Como se ha apuntado, cada tratante trabajaba generalmente una zona concreta, en la que tenía una fiel clientela.

El ganado mular más apreciado era el recriado en los valles pirenaicos aragoneses (valle de Tena, valle de Benasque, etc.) y catalanes (valle de Arán). Eran los mejores ejemplares y, por supuesto, los más caros. Se solían vender por lotes a los tratantes más potentes económicamente que, a su vez, las colocaban a los propietarios más selectos, ya fueran de Guadalajara, Alcalá de Henares, Zafra, Villanueva de la Serena o Campanario. También era muy apreciado el ganado procedente de Santo Domingo de la Calzada. Sin embargo, traficaban más con mulas procedentes de las ferias gallegas, como Monforte de Lemos, Curtis o Mondoñedo, que eran más pequeñas y baratas y, en consecuencia, más asequibles para la población general. Andalucía era otra fuente importante de mulas para los tratantes. Los maranchoneros vendían su mercancía en las principales ferias de toda la geografía nacional (Soria, Almazán, Segovia, Cantalejo, Turégano, Sigüenza, Huete, Talavera de la Reina, Alcalá de Henares, Madrid, Miranda del Ebro, Alfaro, Daroca, Borja, Tudela, Zafra, Mérida, Zalamea de la Serena, Alconchel, Talarrubias, Puerto Lumbreras, etc.). Por supuesto, los mejores escenarios o escaparates altoaragoneses para los maranchoneros fueron la feria de San Andrés de Huesca y la de Barbastro (Figura 6).

Figura 6. Los reportajes sobre los tratantes de Maranchón frecuentemente hacen hincapié en la importancia que tuvieron las ferias de Barbastro y Huesca (fotografía inferior). Asociación Cultura La Migaña (Maranchón).

La feria de Tendilla (Guadalajara) no era especialmente relevante para el sector, pero era la última del calendario ferial mular, por lo que los tratantes acudían llevando todo el ganado sobrante que había sido desechado en todas las ferias previas, entre el que abundaban las acémilas cojas, tuertas o falsas. De aquí viene aquella célebre copla alcarreña (Castillo de Lucas, 1970), que dice así:

«No compres mula en Tendilla,
ni en Brihuega compres paños,
ni te cases en Cifuentes,
ni amistades en Marchamalo.
La mula que saldrá falsa,
el paño te saldrá malo,
la mujer te saldrá grulla,
y hasta el amigo contrario»

Precisamente, la primera crisis que sufrieron los maranchoneros tuvo cierta relación con la feria de Tendilla. En el invierno de 1841, en los estertores de la primera guerra carlista, los partidarios del pretendiente don Carlos de Borbón se retiraron cruzando la comarca de Molina de Aragón, donde causaron estragos. Al pasar por Maranchón, y no poder llevarse otra cosa, arramplaron con todas las mulas que los vecinos tenían preparadas para llevarlas a ese evento (Gismera, 2020a). No obstante, todo parece indicar que superaron ese bache y, de hecho, los mejores años estaban por llegar.

Los tratantes de Maranchón sufrieron otra crisis, esta de bastante mayor calado. Buena parte de las fortunas obtenidas por los muleteros más pudientes fueron depositadas en bancos y casas de cambios de Madrid durante la década de 1890. Así lo harían los Castellote y los Atance, quienes invirtieron gran parte de sus ahorros en la casa de crédito Villodas, una de las más prestigiosas de la capital de España, pretendiendo con ello incrementar su riqueza (Bueno, 2017). Sin embargo, una fuerte crisis económica llevó a la Banca Villodas a presentar suspensión de pagos el 27 de enero de 1893. El diario madrileño El Siglo Futuro recoge la noticia y las opiniones de algunos especialistas sobre tan preocupante suceso, añadiendo respecto a cómo afectaba la suspensión de pagos al comercio lo siguiente: «…los carniceros no parecen, después de todo, haber sufrido mucho. En cambio, asegúrase que están aterrados los maranchoneros, o sea los naturales de Maranchón, que se dedican a la venta de mulas, y los tratantes de vinos y corredores de trigo, los cuales depositaban sus dineros en la casa del Sr. Villodas sin exigir de la misma ninguna garantía, por la confianza que les inspiraba». En total, los clientes de ese banco perdieron 25 millones de pesetas, de los que un millón (una auténtica fortuna para la época) correspondían a media docenas de familias maranchoneras.

Pero, cual ave fénix, de esta también salieron adelante, en este caso con la tan inesperada como formidable ayuda de la Primera Guerra Mundial (Figura 7): «Suerte tuvieron que, unos años después, vinieron los cañones a alborotar la tierra. Y es que las guerras, ya se sabe, son la caja de la que unos sacan beneficio, mientras otros pierden lo que tienen en propiedad, tal que la vida. Los tratantes de Maranchón, entre 1914 y 1919 ganaron auténticas fortunas con la compra-venta de mulas, ya que prácticamente se acabó la especie de los Pirineos hacia arriba, y de los Pirineos hacia abajo, de Zaragoza a Lisboa, los de Maranchón compraron todo bicho que se les puso al alcance y dominaron, como si de una multinacional se tratase, el comercio de la mula» (Gismera, 2018a).

Figura 7. Mulas empleadas por el ejército francés para el suministro de municiones durante la I Guerra Mundial. ¿Pasaron por manos de los maranchoneros? Fuente: BNF Gallica.

De hecho, en los últimos lustros del siglo XIX y principios del XX, el comercio de los maranchoneros ya no se limitaba al territorio español, sino que incluía ventas en otros países europeos como Alemania y, muy especialmente, Francia. A su vez, desde este país se vendían a otros estados del continente europeo e incluso llegaban a Argelia o Sudáfrica. No cabe duda de que la Primera Guerra Mundial constituyó otro hito en el auge y prosperidad que experimentó la villa en aquellos años, derivada del comercio de los maranchoneros con los países beligerantes, con Francia nuevamente a la cabeza. La exportación estaba prácticamente canalizada a través de tres familias bien conocidas entonces, una de Maranchón (Los Benignos) y dos de Zaragoza: Los Mercellanes y Los Lapetra. Los maranchoneros estuvieron destacados en distintos puntos clave del país vecino (Hendaya, Bayona, Burdeos y Paris) para el control y seguimiento del negocio.

4. Los tres pilares del maranchonero: conocimiento, seriedad y honestidad

Eran hombres emprendedores, locuaces y valientes, trabajando con animales imponentes como eran los machos, y recorriendo infatigablemente sus zonas de trabajo, de posada en posada, de feria en feria, de mercado en mercado, con mucho dinero en la faltriquera, con los peligros que eso suponía entonces. Globalmente, los maranchoneros formaban un colectivo muy respetado por sus clientes y proveedores, e incluso por sus competidores. Eran profesionales muy competentes, que seleccionaban cuidadosamente los ejemplares más adecuados para cada cliente y se solían tener como ejemplo de seriedad y de flexibilidad a la hora de dar facilidades de pago. En ese sentido, el trato podía incluir la modalidad de la venta al fiao que era una gran ayuda para los clientes menos pudientes dado que la adquisición de cualquier animal se podía pagar a plazos sin más requisitos que un pagaré cuya cobranza se hacía en unas fecha determinadas que, en muchas ocasiones, coincidían con la festividad de San Miguel. Pero, ante todo, y a semejanza de lo que sucedía con los arrieros maragatos, destacaban por una honestidad a prueba de bombas. De hecho, el término «palabra de maranchonero» se empleó como sinónimo de «palabra de ley».

Todo esto hizo que Maranchón fuese un pueblo floreciente porque gran parte del dinero que ganaban los tratantes lo invertían en su mejora (Figura 8). Hubo maranchoneros muy influyentes, como Benigno Bueno, del que hablaremos más adelante, que trajeron muchos negocios e infraestructuras a la villa, convirtiéndola en un centro de abastecimiento para los demás pueblos de la zona.

Figura 8. Maranchón a principios del XX Asociación Cultural la Migaña (Maranchón).

5. El trato no es para los analfabetos

Era una vida sacrificada, expuesta a la climatología y a los bandidos, y que requería pasar la mayor parte del tiempo fuera de casa y de la familia (esposa e hijos pequeños). Eso sí, su actividad les obligaba a conocer bien las matemáticas y a saber leer y escribir correctamente ya que, aparte del famoso apretón de manos, debían documentar a través de actas, recibos o pagarés todas sus compras, ventas y permutas (Figura 9).

En algunos casos, tales documentos podían ser necesarios para que los jueces de las aldeas actuasen frente a clientes morosos o que no cumplían los contratos. También debían conocer las leyes aplicables a los distintos territorios en los que ejercían su trabajo. Todo esto impulsó la educación de una forma mucho más intensa que lo que era habitual en la España rural de la época. En opinión de nuestra informante: «La gente también era culta porque sabían que tenían que saber mucho de cuentas para que no les engañaran, algunos incluso aprendían idiomas si tenían que llevar algo a Francia, y se formaban. En su día, si había 3000 habitantes a principios del siglo XX había cinco escuelas, varias privadas y alguna pública, y las niñas también se escolarizaban. Cuando los padres eran pudientes, enviaban a los hijos a la universidad».

Figura 9. Contrato de venta de un macho por parte de un maranchonero (1929).

6. El chalán o migaña

Los maranchoneros empleaban una especie de jerga denominada chalán para que no se entendiese lo que decían en sus transacciones, ventas o reyertas. Según la RAE, chalán significa «que trata en compras y ventas, especialmente de caballos u otras bestias, y tiene para ello maña y persuasiva». Camilo José Cela en su conocido libro Viaje a la Alcarria (1948) decía que los «muleteros de Maranchón hablan entre sí en chalán, jerga que no se entiende demasiado».

El chalán también se conoce como migaña o mingaña, palabras que proceden de «me engaña» (López de los Mozos, 1998). Se trata de un código críptico, desarrollado originalmente por los gremios de Fuentelsaz y Milmarcos que se dedicaban a un trabajo trashumante (tratantes, esquiladores, colchoneros, arrieros, cardadores, músicos, etc.), para poder hablar libremente entre ellos sin temor a que se enterasen los demás (Gismera, 2018b). Posteriormente, se fue extendiendo a otras localidades cercanas, incluyendo Maranchón. No se trataba de un idioma sino de una mezcla de modismos locales, algunas palabras inventadas o extraídas del vasco o el catalán y otras en las que se cambiaba el orden de las sílabas, todo ello sin una estructura gramatical. Desde luego, no resultaba fácil su comprensión si uno no estaba familiarizado. «Por ejemplo, si querían decir que la mula valía 17.000 pesetas, decían un San Pascual que es el patrón del pueblo, el 17 de mayo, y si querían decir que la mula era buena, decía ‘es del Vadillo’ que es la mejor zonas de tierras del pueblo», señala Pilar San Miguel.

Ese código común a los maranchoneros les hacía partícipes de una relación de hermandad y fue una de las claves de su sólida cohesión como colectivo, prevaleciendo siempre la colaboración entre unos paisanos que, aunque trataban de tener zonas de pesca propias, podían llegar a ser, en ciertas circunstancias, competidores. Tal colaboración se mantuvo incluso entre los tratantes más potentados y los más modestos, y fue un hecho diferencial de los maranchoneros en comparación con los tratantes de otras zonas, como los de Atienza, tal y como se ha comentado anteriormente. En este caso, la unión hizo la fuerza y el éxito.

7. La célebre blusa maranchonera

Los tratantes podían utilizar trajes de fiesta o de faena. El primero se utilizaba cuando permanecían en la villa entre viaje y viaje, y debían asistir a actos solemnes (bodas, entierros, festividades) (Figura 10) mientras que el segundo se ajustaba a las necesidades del trabajo.

Figura 10. Miembros de una familia de tratantes maranchoneros. Los dos sentados visten el traje de fiesta. Asociación Cultura La Migaña (Maranchón).

En el traje de faena destacaba, por encima de todos los elementos, la blusa negra o blusón, de tejido fino de algodón y de color negro para los amos o azul con rayas azules para los criados. Aunque esta prenda ya se empleaba en las zonas industriales del norte de España y de Valencia antes de su adopción por parte de los maranchoneros, pronto pasaría a ser conocida como blusa maranchonera como consecuencia de la popularidad adquirida al ser aireada por estos tratantes por todos los rincones de España (Figura 11).

Figura 11. Maranchoneros vestidos con traje de faena, apreciándose la famosa blusa maranchonera. Izquierda: Asociación Cultura La Migaña (Maranchón). Derecha: portada del libro Maranchón y sus muleteros de Tomás Gismera (2020).

Según el citado Ranz de Miguel (1933) la indumentaria de los maranchoneros, «destacaba por el zapato cordobés, la media blanca era de trabilla y de lana gorda hasta remontar la rodilla; el calzón de paño negro de cuya parte inferior pendían unas borlas azules o negras; la faja azul grande sobre el chaleco; chaleco de astracán y zamarra del mismo género con botonadura de plata o destacada por desproporción y sombrero de ala anchísima o gorro de piel de conejo o liebre aparentemente adosado de dos o cuatro listones de pelo de esta clase de caza. (…) en el tráfico ambulante a que se dedican sobre el traje común de caballero suelen usar blusa especial negra a modo de “sobre todo” que los preserva de la suciedad anexa al trato con el ganado mular con el que trafican comercialmente».

En cualquier caso, San Miguel recalca que «el muletero principal iba siempre bien vestido, con chaqueta y su chaleco de pelo de cabra, su botones de nácar y encima llevaban un blusón largo para no mancharse, por dentro llevaban la faltriquera para meter el dinero. El blusón le llegaba hasta la rodilla y también les protegían para que no les robasen el dinero, tenían incluso bolsillo falsos en estos los blusones». La faltriquera era una especie de cinturón que se ajustaba a su cuerpo para salvaguardar el dinero de los asaltadores de caminos y posadas que no eran raros en aquella época. Tampoco se olvidaban de su Virgen de los Olmos (patrona de la localidad), guardando en algún bolsillo o en alguna parte de la faja o cinturón una medalla o estampa para que les protegiera en su azarosa vida errante.

8. Maranchoneros en el Alto Aragón

Ya se ha comentado la estrecha relación entre el despegue inicial de los maranchoneros y el Alto Aragón (Figura 12). Según Gismera (2018a), en el último cuarto del siglo XIX, «los maranchoneros eran los amos de todo bicho viviente en las ferias de Barbastro, Huesca, Betanzos o Zamora».

Y prosigue: «llegaban a la feria de San Andrés de Huesca, en la última quincena de noviembre, las mejores mulas y muletas de los Pirineos, el Alto Aragón y el Sur de Francia, y allí acudían los de Maranchón a proveerse de material, adquiriéndolas por cientos, desde la década de 1870, de la que tenemos constancia. A partir de la década siguiente la prensa se fue haciendo bocas del trato de esta gente, de lo mucho que compraban y vendían, y lo bien recibidos que eran por aquellas tierras en las que, en la mayoría de los años, por sí mismos salvaban la feria con su negocio, destacando entre los mejores en el arte de la muletería don Pedro Castellote, patriarca de toda una generación de muleteros que llegó a adquirir en la feria de 1924 nada menos que 16 mulas a 2.000 pesetas por cabeza cuando el precio medio rondaba las 1.200. Sabedor de que, además de ser las mejores, ya que provenían del valle de Tena, las vendería en las ferias de Castilla, prácticamente a precio doblado».

Figura 12. Postal francesa que muestra a dos tratantes maranchoneros, el de la derecha con su blusa típica, con dos magníficos machos, mientras realizaban su actividad en un lugar desconocido del Pirineo aragonés. Colección del autor.

Siguiendo con la misma fuente, «en otra ocasión, nos cuentan por aquellos pagos, los de Maranchón embarcaron sus mulas en nada menos que un centenar de vagones de tren; en cada vagón una media de 20 ejemplares, con destino a Arcos de Jalón, estación más próxima a su localidad. En aquellas ferias dominaban el negocio de las mulas lecharas o lechuzas, recién destetadas; las veintenas y, sobre todo, las treintenas, que ya se podían poner a trabajar y constituían la flor y nata de un negocio que les dio tan increíbles dividendos que convirtieron la villa de Maranchón en una pequeña urbe a cuenta de sus increíbles caserones, donde invirtieron sus riquezas”. No en balde, «de Maranchón salían los hombres que recorrían la España agrícola y ganadera con sus reatas de mulas adquiridas en los mercados aragoneses y navarros a los que llegaban las hermosas y no menos famosas mulas pirenaicas y piamontesas» (Gismera, 2020a).

La referencia a los maranchoneros también aparece en una anécdota contada por el periódico La Unión en 1913, a modo de homenaje póstumo al célebre Fermín Arrudi Urrieta (Sallent de Gállego, 1870-1913), conocido como el gigante de Sallent, el gigante aragonés o localmente como o chigán aragonés (Figura 13): «Estaba en otra ocasión Fermín sentado en el pretil del puente á la entrada de Sallent, departiendo con sus amigos, cuando las voces les avisaron para que detuvieran a una mula de recría, de treinta meses, de esas que los maranchoneros llevan á las ferias de Castilla. Se acercaba el animal en vertiginosa carrera, rebrincando y coceando. Rápidamente se abalanzó Fermín, cogió entre sus brazos el cuello de la bestia, la derribó y sujetó, como si se tratara de un débil cordero».

Figura 13. Fermín Arrudi en Sallent, con su mujer, su padre y una mula. Postal española. Colección del autor.

Fermín Arrudi fue un personaje famoso por su estatura, llegó a medir 2,29 m, y su proverbial fuerza. Amasó una pequeña fortuna con sus exhibiciones por gran parte del mundo, con los que se construyó una casa en Sallent y vivió holgadamente durante toda su vida (Andolz, 1990; Dumall, 2008).

En el archivo de tradición oral de Rafael Ayerbe, citado en el capítulo anterior, existe una entrada fechada en 1989, en la que Clemente Belío Escario, presentado como «el último tratante de la feria de San Andrés de Huesca» responde de la siguiente manera a la pregunta de si a dicha feria venían gentes de toda España o solo del Norte: «Venían gentes de toda España. Para comprar las trentenas venían gentes de tierra Madrid. Los Maranchoneros, que son de un pueblo de Guadalajara y están repartidos por toda España. Y de Albacete, de Palencia, de Valladolid, de toda España».

Hacia el año 1939, los señores Fortea y Cendejas de Maranchón se afincaron en Barbastro como tratantes. A lo largo de los años cogerían mucho prestigio dentro de esta rama comercial. El ocaso de los maranchoneros fue paralelo al de las ferias. La mecanización del campo hizo que el negocio de la trata de mulas fuera decayendo paulatinamente hasta desaparecer, «por lo que la inmensa mayoría de los maranchonenses emigraron y (…) la vida en el pueblo ha quedado apagada, y recorrer sus calles desiertas, contemplar sus magníficos edificios abandonados, supone un espectáculo fantasmal y triste...».

No obstante, y para acabar con buen sabor de boca, traeremos aquí el recuerdo de un habitante de Madrigal de las Altas Torres (Ávila) sobre los maranchoneros, en la que, entre otras cosas, describe cómo las mulas criadas en el Pirineo podían acabar en una villa castellana, manchega o andaluza (Figura 14):

«Las mulas las traían los Maranchones, tratantes de Maranchón, un pueblo de Guadalajara, que tenían la habilidad de tener el monopolio del comercio de mulas en gran parte de Castilla. Vestían blusa negra y siempre llevaban al cuello un látigo de vara corta y tralla blanca trenzada. Llegaban por San Miguel, después del verano, con reatas de mulas nuevas que dejaban en la cuadra de alguna posada. En el casino, entre el café y la copa de coñac, con el humo del faria presente, se empezaba el trato, que podía durar horas, entre tratantes y labradores. Al final el labrador tenía en su cuadra la pareja de mulas nuevas y el tratante tenía en su faja los miles de reales del precio al que habían llegado en la esgrima del trato.

- “Este año traigo unas mulas del Pirineo que son cosa buena de verdad”, decía el tratante de la blusa negra, mientras echaba los dos terrones de azúcar al café que le acababa de poner delante Maximiano. Manuel Tavera o el Sr. Arturo o quien necesitase la mula o la pareja, escuchaba las alabanzas del de Maranchón sin creerse mucho de lo que decía y, al fin, se ponía de acuerdo con él para ver el ganado en la posada de Vicente, en la carretera de Peñaranda. Sacaba el tratante cuatro o cinco mulas castañas o de pelaje negro, relucientes, nerviosas, con la cabezada de cáñamo nueva, sacando chispas del empedrado con las herraduras recién puestas, cuando las tocaba el tratante el anca con el látigo fino. Las palmeaba los flancos para tranquilizarlas, y volvía a ponderar la calidad del ganado que traía siempre. El mozo mayor de Manuel Tavera o del Sr. Arturo estaba presente, como es natural, y su opinión era siempre importante y a veces concluyente. Mariano el “Feo” como mozo mayor, estuvo presente cuando mi tío Fabio compró la “Sevillana” y la “Sultana”. Mariano las miraba los dientes para ver los años que tenían, sin fiarse de lo que decía el tratante, las cogía por el ramal y las corría por la carretera para ver como estaban de patas y de bríos. Cuando el trato se cerraba, Mariano el “Feo” se llevaba las mulas a la cuadra de casa, tan orgulloso de la buena compra hecha como el “amo”, presumiendo de pareja nueva, como si, en realidad, las mulas fueran suyas. Al llegar a la cuadra, las pasaba la carda para sacarlas más brillo aún y las contemplaba satisfecho como si de un hijo recién nacido se tratara» (Portillo, 2010).

Figura 14. Yuntas de mulas en Herencia (Ciudad Real). ¿Del Valle de Tena o de Benasque a La Mancha a través de los maranchoneros? Archivo UCM.

9. Los maranchoneros en la literatura

Durante más de un siglo, la inconfundible silueta de los maranchoneros con su inquieta compaña fue estampa común en los caminos de España y, singularmente del Alto Aragón. No podían pasar desapercibidos para los principales periódicos o revistas de la época, no solo regionales sino nacionales (La Ilustración Española y Americana; Blanco y Negro), ni tampoco para algunos de los grandes literatos de la época, como Pío Baroja, que los cita en su novela La Nave de los Locos, publicada en 1925 o el ya citado Camilo José Cela en el inicio del ocaso de estos tratantes.

Sin embargo, entre las apariciones literarias de estos tratantes, destaca la descripción realizada por Benito Pérez Galdós, en uno de sus Episodios Nacionales. Más concretamente en el que lleva por título Narváez (1902). El contexto de esta obra son los acontecimientos acaecidos desde la proclamación de Isabel II como reina hasta la revolución del 68. Pues bien, en el capítulo 10 encontramos a uno de los principales personajes galdosianos (Pepe Fajardo, Marqués de Beramendi) descansando en la villa de Atienza momento que aprovecha Galdós para presentarnos a los maranchoneros:

«La soledad de Atienza se alegró estos días con la llegada de los maranchoneros... Son estos habitantes del no lejano pueblo de Maranchón, que desde tiempo inmemorial viene consagrado a la recría y tráfico de mulas. Ello es que recorren hoy ambas Castillas con su mular rebaño, y por su continua movilidad, por su hábito mercantil y su conocimiento de tan distintas regiones, son una familia, por no decir raza, muy despierta, y tan ágil de pensamiento como de músculos. Alegran a los pueblos y los sacan de su somnolencia, soliviantan a las muchachas, dan vida a los negocios y propagan las fórmulas del crédito: es costumbre en ellos vender al fiado las mulas, sin más requisito que un pagaré cuya cobranza se hace después en estipuladas fechas; traen las noticias antes que los ordinarios, y son los que difunden por Castilla los dichos y modismos nuevos de origen matritense o andaluz. Su traje es airoso, con tendencias al empleo de colorines, y con carreras de moneditas de plata, por botones, en los chalecos; calzan borceguíes; usan sombrero ancho o montera de piel; adornan sus mulitas con rojos borlones en las cabezadas y pretales, y les cuelgan cascabeles para que al entrar en los pueblos anuncien y repiqueteen bien la errante mercancía.

Todo Atienza se echó a la calle a la llegada de los maranchoneros con ciento y pico de mulas preciosas, bravas, de limpio pelo y finísimos cabos, y mientras les daban pienso, empezaron los más listos y charlatanes a dar y tomar lenguas para colocar algunos pares. En mi casa estuvieron dos, sobrino y tío, que a mi madre conocían; mas no iban por el negocio de mulas, sino por llevarnos memorias y regalos de mi hermana Librada y de su familia. Obsequiados los mensajeros con vino blanco y roscones, de que gustaban mucho, se enredó la conversación…».

Resulta ilustrativo que el episodio descrito por Galdós tuviera lugar precisamente en Atienza, otrora centro neurálgico de los muleteros castellanos y por aquellas fechas ya totalmente desbancado por los maranchoneros. No es de extrañar que toda Atienza se echase a la calle porque buena parte de la población conservaría la nostalgia de tiempos no muy pretéritos. En general, se trata de un retrato que equipara a los maranchoneros con otros grandes trashumantes ilustrados de la época: los arrieros maragatos. Son gente lista, alegre, honesta, con buenas maneras y caballerías que da gusto verlas, transmisores de noticias, moda y cultura en su sentido más amplio y noble (Buiza, 1990). Muy alejados de otros colectivos de tratantes, pertenecientes a grupos sociales marginales o marginados y de los que no había que fiarse un pelo.

10. Benigno Bueno

Benigno Bueno Gaitán nació en Maranchón en 1865 y «fue, sin duda, el tratante más importante de España» (Gismera, 2020b). Se inició en el mundo de la muletería con apenas diez o doce años, de la mano de su padre. Se puede decir que de casta le viene al galgo, ya que su abuelo también conoció el éxito en el mundo del trato. Le tocó vivir y desarrollar su actividad entre el último tercio del siglo XIX y el primer del XX, posiblemente el periodo más glorioso en la historia de los maranchoneros.

Sus principales negocios muleteros tuvieron como epicentro la provincia de Huesca, sin desdeñar otras como La Rioja, Cantabria, Palencia, Salamanca o Córdoba de los califas. Acudió a la feria de San Andrés de Huesca desde que tuvo uso de razón destacando pronto como uno de los grandes tratantes, además de acaparador de premios a los mejores animales. Hizo lo propio en las ferias de Logroño, Haro o Alfaro. Por esas tierras, se dedicó con esmero a la compra y venta de mulas, pero también a la de ganado asnal y caballar, que utilizó en muchas ocasiones como progenitores de sus mulas. Llegó a convertirse en abastecedor de la casa real y en el primer abastecedor de caballos de la guardia urbana madrileña cuando el Ayuntamiento de Madrid estuvo presidido por don Álvaro de Figueroa, el singular Conde de Romanones. De aquella relación, surgió primero la amistad con el conde y más tarde la sociedad que fundó con su hijo homónimo, marqués de Villabrágima, para abastecer de caballos y mulas al Ejército español. Las comisiones de coroneles acudían desde Madrid o Guadalajara con el encargo de adquirir más de mil mulas y caballos de las cuadras de don Benigno, al precio tasado de 850 pesetas ejemplar (Gismera, 2020b).

La riqueza que le proporcionó la actividad muletera se vio sacudida con la improvisada quiebra de la banca en la que guardaba sus dineros, la citada Villodas. Tampoco le costó mucho recuperarse ya que fue uno de los grandes promotores y beneficiarios de la exportación de miles de mulas a Francia y a Alemania durante la Primera Guerra Mundial; y como no había tantas en España, las traía de Argentina. Con la quiebra de Villodas, don Benigno aprendió que no deben ponerse todos los huevos en la misma cesta y, «a partir de entonces distribuyó su capital en múltiples negocios: el inmobiliario en Madrid; el de la luz eléctrica por tierras de Guadalajara y Soria; el de la harinera y el pan por Guadalajara, Soria y Maranchón; el de los transportes, e incluso el pequeño comercio; fue, en Maranchón, titular de tiendas de ultramarinos, ropas, paquetería, muebles, ferretería… Sin dejar, por supuesto, la trata muletera, en caballos, mulas y asnos, con cuadras abiertas a los compradores en Medina del Campo, Tarancón, Liria, Borja y Cervera, con cuadras centrales en Alcalá de Henares y en Madrid, en la calle de Narciso Serra (barrio de Pacífico), y oficinas centrales en la calle de los Peligros» de la capital (Figura 15).

Figura 15. Anuncio de una tienda de don Benigno Bueno en el programa de las fiestas patronales de Maranchón del año 1928. Tan conocido era el comercio que no necesitaba indicar dirección alguna. López de los Mozos (2006).

En 1903 fundó en Maranchón la fábrica de harinas Santa Petra, nombre posiblemente dedicado a su mujer, doña Petra Atance (Figura 16). Don Benigno no era ningún chapucero: se trataba de la harinera de mayor superficie de todo el Señorío de Molina y la que adoptó las tecnología más puntera para minimizar en lo posible la presencia de impurezas en la harina obtenida, como las modernas fábricas austrohúngaras montadas por las firmas Bülher Hnos y Daverio Henrici & Cie y que empleaban un sistema desarrollado y comercializado por empresas suizas (Berlanga, 2006). Precisamente, su pueblo recordó a este emprendedor vecino dedicándole el nombre de la calle que conduce desde la céntrica alameda hasta la fábrica de harinas. Para no dejar ningún cabo suelto, dirigió el sindicato de harinas en Guadalajara, además de hacerse con el cargo de Recaudador de Contribuciones de la provincia en la década de 1910; para ello, tuvo que depositar una fianza de seiscientas mil pesetas de las de la época. «Igualmente fue contratista del pan de la Beneficencia de Madrid y… un ciento de cosas más –de las que en alguna ocasión no salió con la cabeza alta. Fue sin duda, el prototipo del muletero rico. Hombre hecho a sí mismo, como tantos aquellos otros que en esta notable villa de nuestra provincia salieron a correr mundo con sus mulas, de feria en feria. Hombres de recia estampa, jaquetones, matasietes y, ante todo, buenos negociantes o, como hoy diríamos, grandes emprendedores» (Gismera, 2020a; 2020b).

Figura 16. La fábrica de harinas Santa Petra de Maranchón. Asociación Cultura La Migaña (Maranchón).

Con el capital generado por sus negocios muleteros alzó su casa familiar, quizá la más conocida de la villa por su peculiar fisonomía, la famosa Casa de los Picos, un auténtico palacete cuya construcción recuerda al Palacio del Infantado de Guadalajara. (Figura 17).

Figura 17. La Casa de los Picos, construida por don Benigno Bueno en su localidad natal. Dominio público.

La muerte sorprendió a don Benigno el 5 de octubre de 1931 cuando se encontraba tomando las aguas en el balneario de Puente Viesgo (Santander), un lugar al que acudían las personas de la alta sociedad española. La noticia de su muerte sacudió como un latigazo las provincias de Guadalajara, Huesca, Zaragoza, Madrid, Santander, Córdoba… Tras su entierro en Maranchón, la misa de funeral principal tuvo lugar en San Jerónimo el Real (Madrid), donde se celebraban por entonces los sepelios reales. También hubo misas por su eterno descanso en la catedral de Huesca, Canfranc, la Seo de Zaragoza, Córdoba, Guadalajara y, por supuesto, en Maranchón (Gismera, 2020a; 2020b).

11. Del ocaso… ¿al futuro?

El declive del oficio de tratante se inició con la progresiva mecanización del transporte y de la agricultura, desapareciendo prácticamente a finales de los años 50 y principios de los 60 del siglo pasado. Maranchón llegó a tener 3000 habitantes en 1910 y era el epicentro comercial de su comarca; hoy, apenas llega a los 200 y sigue siendo un epicentro… pero de lo que se ha venido a llamar la España vaciada o Laponia del Sur por su baja densidad demográfica, inferior a los dos habitantes por kilómetro cuadrado (Figura 18). No obstante, la tradición pervive en la memoria colectiva de los oriundos de la localidad y ha sido recuperada con una singular iniciativa: la Feria del Tratante. Se trata de una propuesta cultural innovadora, organizada por la Asociación Cultural La Migaña junto al Ayuntamiento. Según Pilar San Miguel, de la citada asociación, la idea surgió buscando un acontecimiento turístico distinto que atrajese visitantes al pueblo y, puesto que en muchas localidad de la comarca ya se celebraban ferias medievales, pensaron en organizar un evento dedicado a lo que a lo largo de los últimos dos siglos dio carácter a este pueblo. «Esta feria quiere rememorar la actividad que le dio carácter al pueblo y conocimiento fuera de la zona, los tratantes maranchoneros, los muleteros o los tratantes de mulas».

Figura 18. Maranchón en la actualidad. Fuente: Asociación Cultural La Migaña (Maranchón).

Hasta la fecha ya se han celebrado dos ediciones, la primera en julio de 2019 y la última en julio de 2022 (Figura 19), existiendo el proyecto de crear un museo o exposición permanente dedicado a los tratantes, un tema prácticamente inédito en la museología española. Deseamos que la feria no sea algo efímero y que se consolide con próximas ediciones.

«Tratantes, arrieros y muleteros, que salieron a los caminos; ganaron y perdieron fortunas; portaron lenguaje o jerga propia: el chalán; más conocido en aquella tierra como Migaña o Mingaña, y dejaron su seña de identidad en algunos pueblos de la provincia y fuera de ella, donde al día de hoy todavía se conserva la memoria de su paso, y de su oficio» (Gismera, 2018a).

Figura 19. Carteles anunciadores de las dos ediciones de la Feria del Tratante celebradas hasta la fecha en Maranchón.

Y allá va la despedida…

«Adiós Maranchón salado,
con arboleda y sin río,
adiós virgen de los Olmos
que aunque me voy no te olvido»

12. Referencias

Andolz, R. 1990. Vida de Fermín Arrudi. Editorial Mira, Zaragoza.

Dumall, D. 2008. El gigante de Sallent. Fermín Arrudi. Editorial Delsan, Zaragoza.

Ayerbe, R. Las ferias de Huesca y su localización. Archivo de tradición oral Rafael Ayerbe. Música tradicional. En: https://www.sipca.es/censo/1-IAL-HUE-006-125-1002/Las/ferias/de/Huesca/y/su/localizaci%C3%B3n.html&oral

Berlanga, A. 2006. Arqueología industrial en el Señorío de Molina. Cuadernos de Etnología de Guadalajara 38: 59-114.

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Cela, C. J. 1948. Viaje a la Alcarria. Revista de Occidente. Madrid.

Gismera, T. 2018a. Arrieros, tratantes y muleteros de Guadalajara. Blog: Atienza, peña muy fuert.

Gismera, T. 2018b. La Migaña de Milmarcos y Fuentelsaz, en Guadalajara: La jerga de los esquiladores y los tratantes. Autoedición.

Gismera, T. 2020a. Maranchón y su muleteros. Autoedición.

Gismera, T. 2020b. Benigno Bueno, el primer muletero. Nueva Alcarria, 20 de marzo de 2020. En: https://nuevaalcarria.com/articulos/benigno-bueno-el-primer-muletero

Herrera, A. 1988. Crónica y guía de la provincia de Guadalajara. Guadalajara, 1988.

Janini, R. 1943. El ganado mular y sus padres. Ministerio de Agricultura, Madrid.

Llanas, J.A. 1990. De las Ferias de Huesca. En: Compairé, R. et al., Huesca: Ferias y Mercados, pp. 13-16. Diputación Provincial de Huesca.

López, S. 1982. Las mulas que fueron fuente económica de los valles pirenaicos. Serrablo 44: 15.

López de los Mozos, J.R. 1991. Maranchón en la Guerra de la Independencia (1810-1811) a través de algunos documentos. Ayuntamiento de Maranchón.

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Documental:
Rodríguez F. Los muleteros de Maranchón (39:46 min).