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«Mula
buena, se vende sin ir a la feria»
«Quien quisiere mula sin tacha, ándese
a pie»
«Saca a las ferias tus mulas, que se venden mal
si están ocultas»
Dichos populares
1. Las caballerías,
un pilar de las ferias aragonesas
Durante siglos, el
comercio en el Alto Aragón se asentó sobre
tres pilares fundamentales: la actividad arriera, las
ferias y los mercados. En un sistema económico
como el aragonés, en que la mayoría de
las localidades tendían al autoabastecimiento,
estos tres eslabones cumplían una doble función:
canalizar los excedentes locales y proporcionar una
serie de productos necesarios de los que se carecía
en la localidad o comarca. De ahí la importancia
capital que tuvieron hasta que se generalizaron las
nuevas formas de distribución a mediados del
siglo XX.
Había varias
características que diferenciaban los mercados
de las ferias y, de hecho, tales diferencias todavía
son palpables hoy en día. Así, como bien
indica Escó (1990), los mercados eran
«reuniones de un grupo de personas en un lugar
fijo y en fecha determinada con el objetivo de efectuar
relaciones mercantiles de compra-venta. Generalmente
eran de periodicidad semanal y los asistentes solían
ser de un círculo territorial muy próximo.
Por su parte, las ferias solían tener una periodicidad
anual y una reglamentación más específica
y estricta, a la vez que en ellas se daba un mayor número
de intercambios por gentes dispares, procedentes de
diversos lugares y se celebraban o coincidían
con alguna festividad religiosa. A pesar de poseer una
amplia reglamentación, las ferias tenían
una serie de ventajas de cara a sus usuarios, como eran
la seguridad, la rebaja en algunos impuestos, la posibilidad
del libre cambio, etc., amén de poseer un mayor
volumen comercial, no sólo en la cantidad de
transacciones realizadas sino también en la disparidad
de procedencias de los mercaderes y productos que allí
acudían».
En cualquier caso,
los estímulos para la celebración de Ferias
y Mercados en ciudades, villas y pueblos fueron constantes.
Como señalaba el Real Decreto de 28 de septiembre
de 1.853 en su preámbulo, «las
Ferias multiplican y estimulan las relaciones mutuas
de todos los pueblos, y son un estímulo de la
producción y el movimiento mercantil, la sana
razón dicta que se les concedan todas las facilidades
posibles, y que cuando los pueblos llegan a cierta altura
de prosperidad, haya en ellos una feria constante y
un mercado continuo».
Las grandes ferias
se solían celebrar en villas o ciudades situadas
entre dos territorios distintos, pero comercialmente
complementarios, en las que normalmente confluían
importantes vías de comunicación y de
tránsito comercial, tanto hacia otros territorios
peninsulares (Castilla, Navarra, Cataluña, País
Vasco, Valencia…), como hacia la montaña
pirenaica. Estas ferias también atraían
a comerciantes o clientes extranjeros, procedentes de
Francia e incluso de Flandes. Allí se realizaban
grandes transacciones, tanto de productos agrícolas
(cereales, vino, aceite…) como de distintos tipos
de ganado. Entre ellas, destacaban las de Jaca, Ayerbe,
Huesca, Almudévar, Barbastro, Graus, Monzón,
Tamarite y Sariñena.
Además, existían
diversas ferias eminentemente ganaderas, repartidas
por todo el ámbito pirenaico: Biescas, Sallent
de Gállego, Broto, Boltaña, Aínsa,
Castejón de Sos, Benasque, Campo, Benabarre,
… Según Andolz (1988), «este
comercio e intercambio de los montañeses de ambas
vertientes tienen tal importancia que se respetaban
las fechas de la ronda de fiestas en todo el Pirineo,
colocando más temprano las del norte, en la primavera
y verano y algo más tarde, en otoño, las
españolas. Los tratantes y ganaderos acuden indistintamente
a unas y otras. La primera feria era la de Lourdes,
el dos de mayo, seguida de la de Luz, el 8 de junio,
Gavarnie el 23 de julio, Gèdre el 8 de septiembre.
Y ya, comenzaban las españolas, más numerosas.
La de Berdún tenía lugar el 8 de septiembre,
seguida de la de Biescas, el 12 y la de Broto el 25.
El primer domingo de octubre era la de Echo, el 12 del
mismo mes la de Benasque, el 15 la de Plan y el 24 la
de Castejón de Sos. Las últimas del año
tenían lugar de nuevo en Castejón de Sos
el 6 de noviembre y la de San Juan de Plan, el 18 de
diciembre».
Como es lógico,
el ganado mular, esencial para numerosas actividades
agrícolas y para el transporte de mercancías,
constituía una de las estrellas de cualquier
feria que se preciase. En este tipo de ganado, las ferias
de Huesca y Barbastro brillaron con luz propia y se
erigieron en citas obligadas para los principales criadores,
recriadores y tratantes de toda España:
«Debido
a la mucha importancia que tiene el ganado mular y el
asnal en España, en especial el mular, con tantísimas
ferias y mercados de ganados como se celebran en nuestro
país anualmente, las hay de fama y de renombre
de antiguo, por acudir a ellas mucho ganado mular, muchos
ganaderos, muchos agricultores, muchos recriadores y
muchos negociantes en ganado mular. Sobresalen las ferias
de ganado mular de Huesca capital, Barbastro (Huesca),
Verdú (Lérida), Labranza (Ávila),
Sevilla, Córdoba, Albacete capital, Játiva
(Valencia), Salas (Gerona), Orgañá (Lérida),
Bañolas (Gerona), y para garañones principalmente
Vich y sus alrededores» (Janini, 1943).
En este sector también
tuvieron renombre las ferias de Ayerbe, Jaca y Sariñena.
Un documento de marzo de 1761 conservado en el Archivo
del Valle de Broto describe el arresto de cinco franceses
al intentar pasar a Francia por Bujaruelo portando una
importante suma de dinero y cuatro mulas. Precisamente
regresaban de la feria de Sariñena, donde habían
vendido una importante cantidad de mulas y el dinero
era el resultado de esas transacciones. En el momento
de la detención estaban acompañados de
hombres de Torla y Broto que, igualmente, volvían
de Sariñena (Andolz, 1988).
Además, algunos
compradores altoaragoneses también acudían
en busca de machos a las ferias que se celebraban en
localidades próximas de las provincias colindantes;
así, los de la Ribagorza solían acudir
a las principales de la provincia de Lérida (con
el trío formado por Organyá, Verdú
y Salás de Pallars, a la cabeza, seguido de otras
de menor importancia, como las de Vilaller y Viella)
mientras que los de la Jacetania y Serrablo iban a las
de Navarra (Sangüesa, Lumbier…). Tampoco
era rara su presencia en las principales ferias ganaderas
del pirineo y prepirineo francés. En el Cuaderno
de Francisco López de Cortillas, para Anotar
mis Cuentas, Entregas y Deudas y demás Apuntes,
que cubre el periodo comprendido entre 1855 y 1920,
y bajo el epígrafe Ferias en Francia (Figura
1) se recogen las principales a las que asistían
los de Casa Cosme de Cortillas (Sobrepuerto):
«En
Pau, el primer lunes después de zenizas; en Castenau,
pocos días después. En Nay, el miércoles
que parte la cuaresma. En Luz, el 8 de junio. En Arro
(¿) el 11 de Junio. En Gabarnia el 22 de julio.
En Morlans, el [dos
números tachados] de
junio. [Tachado: En Holoron y Lorda el primero
de mayo]. En Pau, el 11 de
septiembre. En Lorda el 28 de abril y el 18 de octubre.
Oloron 1º de mayo».
Figura 1. Principales
ferias ganaderas de la vertiente francesa del Pirineo
central (Pau, Nay, Castelnau, Laruns, Morlans, Gavarnie,
Lourdes) según el cuaderno de cuentas de Francisco
López de Casa Cosme (Cortillas). Segunda mitad
del siglo XIX.
En otras partes del
Cuaderno se van apuntando las adquisiciones en diversas
ferias francesas (Figura 2):
«Año
[18]65. Compramos en la Feria
de Morlans el 11 de junio 4 lechales, 3 á 35
duros y uno mayor á 47 duros entre los 4, 152».
«Compré
dos mulas Feria Oloron año [18]74.
Costaron cada una puestas en casa á 67 duros
una».
Figura 2. Nota sobre
la adquisición de dos mulas en la Feria de Oloron
por parte de Francisco López de Casa Cosme (Cortillas).
Año 1875.
A continuación,
se presentan una serie de documentos con el ánimo
de transmitir el ambiente de las principales ferias
oscenses, así como sus vaivenes (en función
de la situación económica del momento,
la presencia de epidemias que limitaban los movimientos
de personas y animales, etc.).
1.1. Feria
de San Andrés (Huesca capital)
La feria de San Andrés
fue, durante mucho tiempo, una de las ferias más
importantes de España, especialmente por lo que
se refiere al ganado mular (Figura 3). Los montañeses
acudían a vender sus treintenas a tratantes de
toda la península y con el dinero conseguido
compraban lechales. Los mayores compradores de lechales
eran los tensinos y los benasqueses, para recriarlas
en sus montañas, reiniciando el ciclo de dos
años de cría. Sus treintenas fueron muy
apreciadas en toda España (Araguás, 2014).
Los tensinos solían vender sus treintenas en
la misma feria de San Andrés pero los ribagorzanos
optaban frecuentemente por venderlas en la feria de
Graus o en la de Salás de Pallars.
Figura 3. Ganado mular
en la feria de San Andrés (Plaza de Santa Clara,
Huesca). Enrique Capella, 1908. Nuevo Mundo.
Archivo UCM.
Llanas (1990) describe
el origen, evolución y ambiente que reinaba en
su artículo «De las Ferias de Huesca»,
del que se presenta un breve resumen a continuación:
«Ya
en el siglo XIII eran renombradas y consideradas antiguas
las Ferias de Huesca. En el año 1325 el Rey D.
Jaime II, alarga la duración de la Feria de San
Martín en quince días, el llamado “retorno
de San Martín”, con lo cual ésta
llega prácticamente el día de San Andrés,
santo que une su nombre al del título para pasar
a ser durante siglos Ferias de San Martín y San
Andrés y últimamente tan sólo de
este último, aunque en el día del Santo
Apóstol, no quedaran en el ferial sino cuatro
gitanos rematando saldos. (…)
Las
Ferias parece que en origen se celebraban dentro de
la muralla, si bien al resultar constreñidas
salieron fuera de ella. El creciente auge de esta Feria
la lleva a lo largo de todo el Coso Alto, hasta San
Miguel. En descripción de la época, desde
San Francisco a San Juanistas y Puente de San Miguel,
donde se estacionan las caballerías.
Seguía
siendo en los años de anteguerra la Feria de
San Andrés el acontecimiento más importante
en la ciudad a lo largo del año, por eso nos
extrañaba cuando algún viejo decía:
“Pa Ferias las de antes”, opinión
que sostiene Mosén Cañardo en su libro
al hablar de ellas hacia 1890 diciendo que ya no eran
ni “sombra” de lo que habían sido.
Pasada
la guerra, conocieron las Ferias cierto resurgir, la
gente se empeñó en reconstruir su patrimonio
y la mula aún era el elemento básico de
la labranza. De treinta a cuarenta mil pesetas se llegaron
a pagar por un buen ejemplar y D. Antonio Almudebar
pagó por un garañón ciento cincuenta
mil pesetas, precio que pasó a la historia como
el más alto pagado en la Feria de Huesca a lo
largo de toda su existencia.
En
llegando los 50 el tractor se fue imponiendo, no obstante
aún no estaba al alcance de todos y la feria
aunque muy disminuida mostraba cierta animación,
para llegar a los 60 reducida a su más mínima
expresión, a un mero símbolo donde el
Sr. Tubau y sus compinches compraban animales para el
sacrificio: burros que, al decir de la gente, nos devolvían
los catalanes en forma de chorizos y salchichones.
Declinaban
ya las otrora importantes cuadras de Castor, “Cayetano”
y Belío, los “maranchoneros” eran
ya un recuerdo y ya no se veían por aquí
a los magnates zaragozanos: Marcellán, “Morreras”,
Izquierdo o Monfort. (…)
La
ciudad doblaba su población, Fondas y posadas
llenas, en los cobajos de San Martín, San Lorenzo
y Población las cuadras particulares llenas a
reventar y gente durmiendo en los patios. Bares y tabernas,
hasta la puerta y por qué no decirlo, los prostíbulos
de Pedro IV con cola en la calle. El Universal convertido
en Lonja, plata, billetes y cheques firmados sobre el
mármol de los veladores, aún se compraba
en onzas, pero el oro hacía unos años
que no circulaba. En el Flor, Castor y Molinero pontificaban
con Morreras y Monfort, emblusados de menor rango escuchaban
embebidos la conversación».
La importancia de la
feria tenía su lógico reflejo en los periódicos
de la época. Veamos algunos ejemplos:
«Feria
de San Andrés. El mercado de caballerías
alcanza una importancia en las transacciones, como hace
algunos años no se había conocido. Débese
este buen aspecto de la plaza principalmente a la presencia
en ella de muchos acaparadores castellanos (…).
La concurrencia de forasteros crece cada día
y todo indica que la actual feria de San Andrés
no decaerá en lo más mínimo de
la importancia que en los años prósperos
le dieron justo nombre y general renombre. (…)
Hasta
hoy los principales negocios se han verificado en la
compra y venta del ganado mular joven de 30 meses, recriado
en los finos pastos de los prados de alta montaña
de la provincia. Se han vendido muchos paquetes que
se envían a Castilla. Calcúlase que solo
ayer los acaparadores adquirieron unas 400 mulas al
precio de 750 pesetas cada una. Las transacciones de
este ganado pueden darse por terminadas, y hasta el
día 30 se harán ahora en grande escala
las en detalle en ganados mular, caballar, asnal y vaca,
a propósito para las inmediatas faenas agrícolas»
(El Mercantil Aragonés, 26 de noviembre
de 1887).
«Crónica
oscense. El cuerpo de Seguridad ha prestado durante
los pasados días de feria los siguientes servicios:
Han sido registrados á altas horas de la noche,
algunas personas sospechosas, ocupando armas de fuego
y blancas. Ha tenido que intervenir en varias questiones,
ya como consecuencia de ventas ó acaecidas en
la vía pública. Por infracción
de las ordenanzas municipales ha denunciado varios carreteros,
uno de ellos por castigar de un modo bárbaro
a una caballería. Y otros varios servicios de
reconocido interés, como la averiguación
y entrega a sus dueños de siete caballerías
extraviadas, auxilio a inspectores de subsidio y corrección
de escándalos» (El Mercantil
Aragonés, 3 de noviembre de 1887).
«La
pasada feria de Biescas se ha visto poco concurrida
en el presente año, atribuyéndose la desanimación
a las continuas lluvias caídas durante la semana.
En cambio la que actualmente se celebra en Huesca debe
verse bien favorecida, a juzgar por las grandes manadas
de ganado, especialmente mular, que por esta ciudad
[Jaca] pasan diariamente
con rumbo a aquella capital» (El
Pirineo Aragonés, 22 de noviembre de 1885).
Las expectativas no
se cumplen, a juzgar por la información recogida
por el mismo periódico una semana después:
«Según
nos dicen de Huesca, la feria que actualmente se celebra
ha defraudado la confianza que se tenía en su
ordinaria animación, pues se realizan poquísimas
transacciones no obstante la abundancia y baratura desconocida
de los ganados» (El Pirineo Aragonés,
29 de noviembre de 1885).
El archivo de tradición
oral de Rafael Ayerbe recoge una breve conversación
con el informante Antonio Ibor, arreglador de mulas
y, en consecuencia, responsable de que aquellas que
pasasen por sus manos tuviesen el mejor aspecto posible
durante la feria de San Andrés. Su testimonio
es el siguiente: «Y
después ya me dedicaba en plan de comisión.
Y a arreglar las mulas. Que en aquellos tiempos era
el que las pintaba. Les arreglaba las codas y las crines
y después les pasabamos las planchas aquellas
que se ponían en la fragua, y quedaban unas culeras
fenomenales. Y unos cuellos fenomenales que llamaban
la atención. Y luego ya quedaba el celebre Reverte
y su sobrino que era José Labadía y Francisco
Labadía Grasa, un herradero había en la
calle Padre Huesca con José Labadía. Y
era el de Reverte que estaba en Santo Domingo en casa
Escartín. Y ya, ahí arreglabamos las mulas.
Y el día 12 o 14 o el 16 ya tenían que
estar todas arregladas pa ponerlas ya en venta. Ya venía
la gente de Madrid, la gente de La Mancha, de gente
de Valladolid, la gente de Logroño, la gente
de Tudela, la gente de Zaragoza, la gente de Lérida.
Y en aquellos momentos pues ya las miraban y querían
entrar siempre a comprar pa ver las mejores y comprarlas
las primeras. Todos los ganaos que había buenos
ya se los llevaban anticipaos. Así que empezaban
ya el día 14 y duraban hasta el día san
Andrés, hasta el 26 o 27, porque antonces ya
era de gitanos. Porque la feria verdadera de san Andrés
era el 23, 24 y 25. Pero de antes, la mula treintena
marchaba para La Mancha y aquí se quedaba muchismo
dinero. Y en momentos igual se embarcaban los 60, los
80, los 100, los 120 vagones de mulas».
En un artículo
de Pedro Agón Tornil publicado en el Diario
del Alto Aragón (14 de noviembre de 2004)
y titulado «Aquellos Sanmartines y ferias
de San Andrés», el autor desgranaba
los recuerdos sobre la feria y el negocio de la compra-venta
de caballerías de un representante de una de
las sagas de ganaderos nombradas anteriormente (los
Belío): «Según
Clemente Belío Escario, quien fuera destacado
y emblemático ganadero oscense -el cuarto de
su generación- además, Presidente de la
Cámara Local Agraria y también Presidente
de la Comunidad de Riegos de la Ribera del río
Flumen, nos explicaba hace ahora doce años, que
estas recordadas e históricas ferias de ganado
se remontan posiblemente al inicio del segundo milenio
y se extinguió en la década de los 60.
Se celebraban del 15 al 30 de noviembre. Del 15 al 20
se vendían las mulas trentenas procedentes del
Valle de Tena y Broto. El 20 al 26 se feriaban los machos
de trabajo y de tres y cuatro años que traían
de la montaña. Y del 26 al 30 los montañeses
compraban los lechales y lechalas para reponer.
Los
feriantes venían de todas las regiones, ya que
este evento era el más importante de España,
en toda clase de ganado: mular, caballar, asnal y hasta
en alguna ocasión también vacuno. Se fijaba
en esta época la feria por la lógica explicación:
“Coincidía con la venta de las trentenas
y de los mulos de las montañas y fechas de reposición
de los lechales; una buena mula en los años 50
costaba 25 ó 30 "verdes" y aún
era más cara la yegua de vientre”.
Entre
los ganaderos oscenses, Clemente Belío destaca
los de antes de la guerra con las cuadras de los “buenos”,
que eran tratantes de mulas: después Cástor,
Sebastián, Hermanos Banzo, Franco y los Belío.
Y además “hubo un gitano rico llamado "Cotoy"
y familias gitanas, acabada la contienda empiezan otra
vez, Cástor, Sebastián, Hermanos Banzo,
nosotros y un cuñado que llamábamos "El
Moli" y el popular Antonio Ibor "Carletes"
y muchos aficionados que con el tiempo fueron desapareciendo
todos. Estas cuadras estaban ubicadas en la calle Padre
Huesca”.
Además
se celebraba otra feria en Huesca para La Candelera,
aunque según indica nuestro personaje, “era
de los tratantes y gitanos de aquí, y junto a
la plaza de toros para el Domingo de Ramos, por cierto
se vendían los fencejos, horcas y corderos, que
era el tradicional cordero pascual”. Y en nuestra
provincia, entre las más destacadas estaban la
de Graus para San Miguel, el 29 de septiembre, San Lucas
en Jaca, para octubre; Salás de Payas (Lérida)
el 8 de noviembre, seguía la Feria de San Andrés
del 15 al 30 de este mes, y cerraba la de Barbastro
que tenía lugar del 26 al 30 de diciembre.
Situándonos
en la mitad del siglo pasado que fue el “boom”
de las ferias, “el comercio oscense -añade
Belío- hacía su agosto, y no digamos los
bares... el "Pascualito" o el Universal por
el que pasaban todos los tratantes de ferias y donde
se formalizaban las compras-ventas; y qué decir
de las ferias de atracciones instaladas entonces en
la céntrica plaza Zaragoza, donde niños
y mayores al llegar la noche terminábamos la
jornada entre los múltiples carruseles que encendían
sus bombillas, dando sensación de fiesta y color
al ambiente”. Resaltaba la noria gigante que se
ponía en la acera de, por esos tiempos, el Hospital
Militar, hoy Casino Oscense. Las garitas y tómbolas
se afincaban en los Porches de Galicia.
Tampoco faltaban nunca a la cita los “charlatanes”
que en gran cantidad acudían atrayendo y tentando
con sus ofertas a chicos y grandes. “Era genial
la astucia que derrochaban para atraer al público;
gritaban diciendo regalar magníficas máquinas
de escribir, resultando ser lápices que por lo
regular no escribían”.
Y
cerramos la colaboración con Clemente Belío
contándonos que en una ocasión se reunió
en el corral de su casa con más de cien gitanos
“y todos me querían vender a la vez mulas,
me volvían loco, de esto pueden dar fe todos
los calés de Huesca. Otra vez recuerdo me desplacé
con mi difunto padre a Esquedas y en tres horas compramos
todo el ganado del pueblo, yeguas, lechales y mulos
de trabajo, incluida la parada; el burro famoso de cien
mil cinco pesetas y el caballo semental, total animales
96, y de vuelta a Huesca aún compramos 14 yeguas
y sus crías a don Fidel Lapetra”».
Pero a partir de los
años 60, las cosas se tuercen, como en casi todas
las ferias en las que el ganado equino era su principal
activo. «En llegando
el día de San Andrés los gitanos remataban
la feria con pequeñas transacciones y se bajaba
el telón hasta el año siguiente. ¿Quién
iba a pensar en medio de todo este movimiento, de este
trasiego de personal que un buen día el telón
ya no se volvería a levantar?»
(Llanas, 1990).
1.2. Ferias
de Barbastro
Barbastro se emplaza
en una zona de enlace entre dos economías: la
economía ganadera y forestal de la montaña
y la agrícola del sur. Además, el Cinca
y sus afluentes permiten los desplazamientos desde la
ribera del Ara (Boltaña, Fiscal, Broto), el valle
de Benasque y el valle de Arán (por el río
Ésera), o el valle de Roda (por el Isábena).
Por ello, siempre ha representado un cruce de caminos
hacia los valles pirenaicos centrales y orientales.
Esta posición ha determinado la activa función
comercial que convirtió a Barbastro en centro
abastecedor de los valles montañeses.
Barbastro gozó
de diversas ferias a lo largo de su historia, aunque
la más importante desde el punto de vista del
ganado era la de septiembre (Figura 4). La feria de
San Bartolomé comenzaba quince días antes
de la celebración del santo (24 de agosto) y
continuaba quince días después y fue concedida
por un Privilegio Real de Pedro IV de Aragón
(Zaragoza, 24 de junio de 1361). Diez años después
(Caspe, 3 de noviembre de 1371), el mismo rey otorgó
otro Privilegio a la ciudad para celebrar una feria
que durase quince días y que comenzaba el día
de Nuestra Señora de Agosto. Posteriormente,
el rey Carlos II concedió un Privilegio para
celebrar feria-mercado el día 1 y 15 de cada
mes (Cortes Generales de Zaragoza, 1678). La feria de
Santo Tomás Apóstol se venía celebrando
desde tiempo inmemorial. El origen de la feria de Nuestra
Señora de la Candelaria fue el Privilegio de
la Reina Germana de Foix (Monzón, 22 de septiembre
de 1512), por el que autorizaba a la ciudad a organizar
una feria «por día
de la Purificación de Ntra. Señora del
mes de Febrero doze días ante y otros doce después
en cada un año celebradero dentro del quarton
de Dentro Muro de la dicha ciudad de Barbastro...».
Figura 4. Programa
de la Feria de Barbastro de 1910. Archivo UCM.
A continuación,
se exponen algunos testimonios de su devenir:
«En la Feria de Barbastro
hay escasez de ganado de todas clases y los precios
están muy elevados, hasta 30 onzas por un par
de mulas. Y esto siendo el número relativo de
vendedores mayor que el de compradores»
(El Pirineo Aragonés, 14 de octubre
de 1884).
La inflación
que sufrieron diversos artículos de primera necesidad
en la posguerra también afectó a los precios
del ganado: «En la feria
de Mayo ha habido pocas transacciones. Y es natural
ya que los precios son fabulosos. De un burro que hace
muy pocos años se hubiera vendido en 40 duros,
llegan a pedir hasta 30.000 pts. Por las mulas se piden
10-, 12- y hasta 14.000 pts. Por este motivo, se proponen
normas similares a las establecidas para los lechones,
que tienen un precio tope de venta para paralizar los
precios abusivos de 450-475 pts. el cerdillo de 10 y
12 kg de peso vivo» (El Cruzado
Aragonés, 2 de mayo de 1942).
«Feria
de Diciembre. Pasado el primer día en la actitud
llamada de “tanteo”, transcurren los dos
restantes en abundancia de transacciones. El ganado
acusó, con relación a las anteriores ferias,
una notable baja, obedeciendo sin duda al incremento
de la ganadería en los últimos años
y a la sustitución de la tracción animal
por la mecánica. Se cotizaron los ejemplares
mulares jóvenes y bien presentados, propios para
las tierras de este Somontano, entre las 10.000 y 12.000
pts» (El Cruzado
Aragonés, 10 de enero de 1953).
«Feria
de la ciudad de Barbastro, 1-8 septiembre. Concurren
a ellas toda clase de ganados, muy especialmente, mular
y caballar procedente de los valles del Pirineo, y de
las zonas de regadío de la provincia en espera
de que los tratantes de ganado de casi toda España
vengan a adquirir sus lotes de mulas, trentenas, que
llevan a sus respectivas regiones para ser vendidas
(…).
Es
ciertamente posible que, hallándose abastecido
el mercado mular en nuestra nación, se sigan
importando mulas de Francia y América, máxime
en este año en el que la escasez de piensos va
a crear una situación muy difícil a los
criadores y recriadores del ganado que nos ocupa, ya
que, llegada la época de venta, si no se consigue
ésta, el sostenimiento de estos solípedos
resulta extremadamente costoso.
Agrava,
asimismo, este agudo problema, el desalentado contrabando
de mulas que viene haciéndose todos los años
por las fronteras vasco-navarra y catalana de una manera
clandestina, pudiendo cifrarse en varios miles de cabezas
las introducidas por este medio ilegal en nuestra nación»
(El Cruzado Aragonés, 5 de septiembre
de 1953).
En El Cruzado Aragonés
del día 3 de septiembre de 1955, y bajo el título
La Feria y las fiestas, se publica una entrevista
a Valeriano Castillón Paul, de Salas Bajas, recriador
de ganado mular. Se le pregunta sobre la procedencia
del ganado a lo que contesta que de los «Valles
de Benasque, Gistau, Broto, parte de la Ribera del Cinca,
Tamarite de la Litera, Binéfar, Huesca, Monegros,
Calatayud, Zaragoza…». La clase
de ganado predominante es «mular,
caballar y asnal» aunque
«también se realizan importantes transacciones
de ganado vacuno, de cerda, lanar y cabrío».
En cuanto al movimiento de ganado que calcula para ese
día, el recriador contesta que
«por ferrocarril, se superan los 140 [vagones]
y por caminos de herradura, camiones, etc., podemos
calcular otro tanto ó más».
El entrevistado informa que «actualmente
son 3 días pero antiguamente iba desde San Bartolomé
(24 de agosto) hasta el 8 de septiembre (Virgen), ambos
inclusive. También se llamaba feria de San Bartolomé»
y opina que uno de los atractivos es que «el
Ayuntamiento no cobra impuestos».
Entre los ganaderos más conocidos destaca a «Justo
Rocafort; el Señor Linés, de Zaragoza;
los Centelles; Blas, el de Tudela; Los Martiñanos;
Ramón Mora El Escriba; Gabás, de Benasque;
los hermanos Cayetano, de Huesca; “los morenos”
de Calatayud; y una lista innumerable».
En el artículo
Importancia de nuestras próximas ferias
firmado por M. Gómez (El Cruzado Aragonés,
23 de diciembre de 1955), se encuentran algunas de las
claves que explican, por una parte, el declive del ganado
mular y, por ende, de las grandes ferias, y, por otra
la persistencia de la necesidad de ese tipo de ganado
en ciertas zonas:
«La
rapidez actual en el empleo de camiones para el traslado
del ganado de una parte a otra, ha disminuido la duración
de las ferias. De todas las formas estas nuestras de
Diciembre, están y siguen catalogadas en primera
categoría, tanto por la calidad del ganado como
por la cantidad de operaciones, que se aproximan al
millar de cabezas vendidas anualmente.
Unidas
a las de Huesca y Salas de Pallás junto a Trem,
pueden considerarse como primeras en nuestra nación.
Aquí van a darse cita ganaderos de Toledo, Huelva,
Ciudad Real, Guadalajara, Madrid, Salamanca, Valladolid,
Huesca, Binéfar, etc.; aquí, se darán
cita los conocidos Rocafort, Cabrero, Centelles, Ausín,
Izquierdo, Gallart, Mora, Gabás, entre otros
muchos, en lista interminable para enumerar junto a
los no menos importantes de la localidad.
El
ganado mular es el fuerte de la feria. Ganado cerril
- o sea, ganado joven - en sus diferentes tiempos de
lechales, sobraños y trentenos, todos de calidad
inmejorable serán embarcados y presentados en
nuestras tradicionales ferias. Sus precios actuales,
están ya en consonancia con la realidad del coste
de la vida. Del año 1952 al actual 1955, la baja
experimentada puede considerarse en un 40% sin menoscabo
en lo más mínimo de la inmejorable clase
de las bestias.
Los
tiempos actuales de mecanización en la agricultura
con gran ventaja en ciertas zonas y lugares, tienen
en otros parajes de nuestro suelo y por la configuración
geográfica del mismo, inconvenientes para su
desarrollo. Por ello, es necesario e imprescindible
cuidar y poner atención, como se viene haciendo,
en la cría, recría y en la selección
ganadera».
Finalmente, José
Ferrer Altemir (1983), gran conocedor de la vida del
Barbastro de antaño, hizo un excelente resumen
de la evolución de la feria, desde los años
30 hasta los 60. Corre septiembre del año 1931.
«El ambiente en la ciudad
del Vero es netamente de Feria. Al igual que los gitanos
de Monzón, han entrado por otras carreteras y
caminos muchos compadres suyos. Unos con ganado, otros
sin él. Por la estación de ferrocarril
entran de muchos puntos de España cientos de
cabezas de ganado. De nuestro Pirineo (donde se decía
que el ganado era excelente) también llega nutrida
representación. Las cuadras del Arrabal y calles
adyacentes se van llenando a buen ritmo»
(Figura 5). Según sus palabras, la feria estaba
indefectiblemente ligada «a
un aroma inconfundible, por cierto bastante agradable,
que propagándose, especialmente por donde han
recalado los calés, te hacen pensar automáticamente:
¡estamos en Ferias! Cientos y cientos de pimientos,
colorados como guindas, eran pasados por las brasas».
Figura 5. Mercado de
mulas en la Feria de Barbastro. Años 20. Cortesía
de Jorge Mayoral (Fundación Hospital de Benasque).
Saltamos al año
1942. La guerra, que durante casi tres años dejó
a España tan mal parada, tuvo un impacto muy
negativo en la cabaña nacional, pero
«los recriadores y ganaderos se empeñan
en ponerla de nuevo a punto. Son años que por
su escasez las caballerías valen mucho dinero.
Es en esta década de los 40, cuando los señores
Fortea y Cendejas, procedentes de Maranchón (Guadalajara),
se afican en Barbastro y cuando empiezan a darse cita
en la feria los Morrera de Cataluña, los Izquierdo
de Zaragoza, los Poli y Badanas de Guadalajara, Gitanillo
de Ricla y muchos más de las regiones limítrofes.
Son, con su categoría de tratantes de primera
línea, los que vuelven a dar a la Feria de Septiembre
el rango que ésta merece. Traen cantidad de caballerías
jóvenes que terminarán su crianza en el
Pirineo. Se llevarán otras que son verdaderas
“peras en dulce” después de un recría
de tres o cuatro años. Los ya mencionados tratantes
de Plaza toman parte activa en todas las ferias. Los
precios de las caballerías están muy altos
y el poder adquisitivo de posibles compradores muy bajo.
Una mula de “buen pelo” con una “formación
perfecta” y con ocho palmos de “alzada”
se ponía en los mil duros. Un caballo percherón
podía llegar a los tres mil».
Dando otro salto de
diez años nos ponemos en el 51, año muy
fructífero en transacciones y movimiento ferial.
«En uno de estos primeros
años de los cincuenta se embarcan en la estación
de ferrocarril cerca de los cien vagones de ganado.
La animación de vender y comprar caballerías,
aunque está en un momento muy esplendoroso, ha
llegado casi a tocar techo. A mediados de esta década
(puede ser por el 56) la sombra de un enemigo irascible
de las caballerías hace su aparición:
¡el tractor! Bastantes años atrás
se conocieron muy esporádicamente y muy distanciados
entre sí los primeros tractores de la casa Ford.
Funcionaban con petróleo y su arranque lo hacía
con nodriza de gasolina. Años más adelante
la “invasión” es ya masiva. Entre
marcas nacionales y extranjeras el campo español
queda muy saturado de tractores. A poco de nacer éste,
nacerá otra criatura (el remolque) que sin proponérselo
dará al traste con dos de las artesanías
más antiguas: la carretería y la guarnicionería».
Otro salto más
y es el definitivo y mortal para las ferias de ganado
caballar y mular. «Corre
la década de los sesenta. Cuando muchos agricultores
han pasado de la cebada al gas-oil, se inaugura en Barbastro
y en el 62 la primera Feria de Maquinaria Agrícola.
¡Es la sentencia definitiva para las otras ferias!»
(Ferrer, 1983).
1.3. Feria
de San Lucas (Jaca)
Jaca había sido
capital del reino, tenía un mercado floreciente
y tenía una ubicación privilegiada como
cruce de caminos. En 1187, Alfonso II creó la
primera feria en la localidad, que se celebraba ocho
días antes y ocho después de la fiesta
de la Santa Cruz de mayo. Posteriormente, el 26 de mayo
de 1310, Jaime II concedería otra feria anual
de quince días desde la fiesta de San Juan Bautista
en adelante. Esta última sería reformada
por la reina doña María, regente de Alfonso
V El Magnánimo a petición de
la ciudad, dividiéndola en dos periodos: el primero,
de ocho días, comenzaba el 26 de junio mientras
que el segundo, de siete días, se iniciaba a
partir del 26 de septiembre. La Feria de septiembre
se trasladó al día de San Lucas (18 de
octubre) por concesión de Felipe II en el año
1593, siendo la que tuvo más fama y volumen de
negocios desde entonces hasta el siglo XX. A esta feria
acudía gente desde muy lejos pero siempre desde
tiempos ancestrales destacaba la presencia de chesos,
ansotanos y de personas procedentes de la Canal de Berdún.
En el último
tercio del siglo XIX, la feria de San Lucas duraba tres
días (18, 19 y 20 de octubre) y posiblemente
fue uno de sus periodos de máxima prosperidad.
Más de un vecino se quejaba de no poder salir
de casa sin arriesgarse a llevarse alguna coz. La llegada
del ferrocarril supuso un nuevo impulso para la feria,
pues este nuevo medio de transporte facilitó
la llegada y la salida de un gran número de ejemplares.
«Es indudable que la
proximidad de nuestra ya popular feria influye en el
movimiento ganadero que se observa en estos días;
pues, no obstante, las inclemencias del tiempo, hemos
visto fuertes manadas de lechales transportados por
la aduana de Canfranc» (El Pirineo
Aragonés, diciembre de 1927). De hecho,
los espacios para el ganado se quedaron pequeños
dentro de la ciudad y fue necesaria una reorganización.
Así, en 1887, el consistorio jaqués decidió
que, desde entonces, el ganado mular, caballar y asnal
se ubicase extramuros, entre la puerta de San Pedro
y la de Santa Orosia.
El gentío que
se acumulaba en esas fechas era propicio para
«toda clase de juegos, rifas y otras industrias»,
que eran «muy apropiadas
para limpiar los bolsillos de los incautos... pues no
es cuestión de perder la justa fama que nuestra
ciudad y sus montañas tinen hasta la fecha: laboriosos,
económicos y honrados cual ninguno; tan laboriosos
y económicos que antiguamente se decía
de los montañeses que ninguno se desayunaba sin
antes ganarse el almuerzo» (El
Pirineo Aragonés, 1892).
En aquellos años,
«la bien ganada fama
del comercio jaqués se mostraba en los escaparates
y colgaba en la entrada de sus establecimientos aquellos
productos que hacían la delicia de los habitantes
de los pueblos. Gracias a la llegada del ferrocarril
se podía disponer de productos de la capital
e incluso del extranjero y no se echaba en falta de
nada. Eran muy demandadas las abarcas y sandalias fabricadas
en Jaca; calzados, toquillas, mantones de Manila, quincalla,
calendarios, productos ultramarinos, tejidos, las apreciadas
esquilas de Nay (Francia) o de Pamplona, "cañablas"
(collar de madera que sujeta la esquila a la res) y
los célebres "tapabocas" (bufanda enorme)
tras los que se les iban los ojos al personal masculino
de la montaña. En los puestos de la feria, entre
el áspero sonido de las esquilas y alguna escena
cómica, se oían voces pregoneras de romances
y de charlatanes que ofrecían: ungüentos
milagrosos, frascos con aguas reconstituyentes para
dar energía y virilidad, remedios para curar
la tisis, el pecho y la parálisis» (Mairal,
2017).
En 1921, el consistorio
jaqués decidió que se celebrasen ferias
de ganados los días 1 y 2 de todos los meses,
manteniendo las ferias tradicionales (18 de mayo, San
Pedro, San Lucas -que siguió siendo la más
importante- y la de diciembre). Nuevamente se había
quedado pequeño el espacio para el ganado. El
ayuntamiento acometió la ambiciosa obra del Mercado
de Ganados (52.500 m2) a través de un préstamo
de 350.000 pts. firmado con el Instituto Nacional de
Previsión (Mairal, 2017). El 18 de octubre de
1934 se inauguraron oficialmente las flamantes instalaciones
con motivo del inicio de la feria de San Lucas de aquel
año (Figura 6). Desafortunadamente, la guerra
y una epidemia de glosopeda provocaron que en el año
1939 se viviera una gran crisis ganadera.
Figura 6. Anuncio de
la Feria de San Lucas de 1934, en la que se inauguró
el nuevo Mercado de Ganados de la ciudad. Fuente: El
Pirineo Aragonés.
A partir de 1941, la
feria recupera parte de su vigor de antaño, al
menos en cuanto a afluencia de público ya que
el ganado equino continuaba siendo escaso y su precio
era abusivo, con ejemplares equinos «que
apenas han cumplido los dos años, y han venido
pagándose a diez, doce, y hasta catorce mil pesetas»
(El Pirineo Aragonés, 1942). Al año
siguiente, «la pradera
del ferial se ve otra vez casi llena y la feria comienza
a ser la que fue» (El Pirineo
Aragonés, 1943) y la situación siguió
siendo ascendente hasta los años 50 (Figura 7).
Figura 7. El Mercado
de Ganados durante la feria de 1940. Alfredo Claver
Trigo.
Según Mairal
(2017), «durante los
años sesenta todavía se vendía
ganado y los comarcanos seguían con la costumbre
de venir a Jaca para las ferias, pero se reconocía
que las ferias no eran lo que habían sido y que
habían perdido vigor. En el año 1962 se
dieron dos hechos que mostraban el poco futuro que tenía
la ancestral feria de Jaca. Ese año se derribó
gran parte del Mercado de Ganados para construir la
actual estación de Autobuses y en el balance
de la memoria Municipal de la feria se reconoce que
no había habido beneficio alguno. Así,
las ferias de Jaca, como las del resto de Aragón,
se vieron afectadas por la crisis de las actividades
agropecuarias tradicionales. El éxodo rural,
la compra de ganado en el lugar de origen (facilitada
por la facilidad de transporte por carretera), y, sobre
todo, la mecanización del campo, llevó
a un cambio drástico en la forma de vida. Ahora
se hacía innecesario el ganado de tiro: caballos,
mulas, asnos y bueyes; y, en consecuencia, aquellos
oficios y utillajes que siempre les habían acompañado:
basteros, herreros, arneses, cordelería, herramientas
de corte, aventamiento...».
A principios de los
años 70 las otrora célebres ferias de
Jaca habían pasado al recuerdo: «Las
ferias de Jaca quedarán como un símbolo
en el calendario ciudadano, las que fueron feria de
San Lucas no se distinguen poco más de un viernes
de mercado semanal» (El Pirineo
Aragonés, 1971). A continuación,
se recoge la crónica realizada por Juan Lacasa
Lacasa sobre la feria de 1951 y los problemas burocráticos
a los que, a su juicio, se sometía la ganadería):
«El conjunto de circunstancias
que, venturosamente permiten esperanzas de mejora definitiva
en la producción española, parecieron
acusarse también plenamente con ocasión
de nuestra Feria, pues la concentración que ella
ocasionó, en ganados de todas las especies, superó
seguramente a cuantas hemos presenciado desde el establecimiento
de nuestro magnífico Ferial, viéndose
la extensa pradera repleta de ejemplares de caballar
y mular, vacunos de vida y abasto, cerda y lanar y cabrío.
De
haber tenido lugar en circunstancias totalmente normales,
el movimiento de operaciones, sin limitaciones de ninguna
clase, hubiera constituido un formidable ingreso para
la economía ganadera de la Montaña, pues
la demanda era evidente.
Pero
hemos de ponernos en la realidad, y querríamos
comentar sensatamente lo ocurrido. Para ello, nos parecen
de perlas las recientes palabras del Excmo. Sr. Ministro
de Agricultura D. Rafael Cavestany, ingeniero Agrónomo
y labrador modelo, que ha dicho estos días en
Valladolid que no levanta bandera intervencionista ni
antiintervencionista. Lo que quiere es vivir en esa
realidad que citábamos, y acopiar sus decisiones
a ella, para que juegue la libre iniciativa de la propiedad
privada, con máximo respeto a la libertad individual,
siempre que no entre en colisión con el otro
respeto de superior categoría: el respeto a los
intereses de todos los consumidores españoles,
que pudieran ser víctimas, sin trabas, de cualquier
exceso egoísta.
Es
evidente que regiones próximas, Cataluña
por ejemplo, y aun Navarra, viven en esta coyuntura
con un sistema de precios real y unas características
industriales que “tiran” de nuestros artículos
de modesta, pero básica, economía agraria
y ganadera. El límite provincial ha de defender
muchas veces a los propios consumidores altoaragoneses.
Aun dentro de la provincia, la característica
fronteriza de nuestros valles añade nuevos motivos
de vigilancia, con el marcado de zonas fiscales y demás.
Pero todo ello, unido encima a las medidas sanitarias,
ocasiona un formidable "papeleo", que no va
con las sencillas costumbres de nuestros labradores,
carentes ellos mismos de oficinas y de fáciles
comunicaciones que les permitan cumplirlas, aun en muchos
casos de máxima buena fe.
Por
eso, creemos en conciencia cumplir con un deber de Autoridad
local y de modesto representante de los Municipios oscenses,
al suplicar con el máximo respeto a todas las
Autoridades provinciales y nacionales un amplio margen
de elasticidad al aplicar todo ello. Cuanto más
rigurosa deba ser la intervención, más
ortopédica y paralizante puede resultar, y el
disgusto y el freno real que para las actividades ganaderas
represente pudieran venir a la larga, y aun a la corta,
en evidente perjuicio de la propia producción,
y por ende, de los intereses nacionales que se quiere
defender.
Hemos
de agradecer públicamente las facilidades iniciales
recibidas, que permitieron la concentración.
Pero entre todos hay que buscar para ocasiones próximas,
análogas medidas ágiles para toda clase
de operaciones lícitas. A ello deben cooperar
también los organismos locales de nuestros pueblos,
para movilizar colectivamente los ganados, divulgar
las Disposiciones tributarias o del Servicio de Carnes,
y demás. Solo deseamos coordinar los esfuerzos
de todos. No hemos de entrar en apreciaciones de rigor
con que proceda cada funcionario, pues ello depende
del legítimo concepto que tenga formado de su
misión, pero forzosamente hemos de hacernos eco
de las quejas populares, compatibles en todo caso con
el máximo respeto a las Leyes.
Legos
en la materia estrictamente ganadera, recogemos de nuestro
buen amigo Clemente Serrano algunas notas características
del mercado que se desarrolló. Se vendieron cientos
de lechales y potros, a precios muy elevados, de diez
mil a doce mil pesetas, quitándoselos materialmente
de las manos. En cerda, se vieron ejemplares de seis
y ocho meses en gran cantidad, pero predominaba el lechón
que se vendió, por muy acreditado, y se transporta
a tierra baja, donde da gran resultado. La pradera se
llenó con cientos de ejemplares de vacuno, lanar
y cabrío, que quería venderse por la escasa
cosecha de plantas forrajeras y mala perspectiva de
alimentación para el invierno.
En
la difícil coyuntura de las Autoridades, buscando
el equilibrio entre productor y consumidor, cerramos
estas líneas reiterando esas peticiones de facilidades
cada vez más amplias que creemos compatibles
con la vigilancia de cualquier irregularidad».
1.4. Feria
de San Mateo (Ayerbe)
En el siglo XII Ayerbe
ya despuntaba como un importante centro comercial abastecedor
de esta zona del prepirineo (http://www.ayerbe.es).
Del carácter comercial que tuvo antaño,
como cabeza de una extensa comarca y, al igual que Barbastro,
como punto de unión de la tierra llana con la
montaña, da buena prueba la celebración
de dos ferias anuales. La primera (feria d´os
chitanos o de l´ambre), tenía
lugar entre el 6 y el 8 de mayo, mientras que la segunda
(la de San Mateo), se celebraba entre el 17 y el 21
de septiembre. Andando con el tiempo, esta última
fue la que alcanzó mayores cotas de popularidad,
así como una vida más prolongada.
Como en otros casos,
su origen posiblemente se remonte a un privilegio real
durante la Baja Edad Media. En las Cortes Generales
celebradas en Monzón el 29 de junio de 1510,
el rey Fernando II concedió a su secretario don
Hugo Jordán de Urríes y Ximénez
de Cerdán que la villa de Ayerbe, cabeza de su
Baronía, tuviese el privilegio de celebrar las
ferias anuales citadas anteriormente. No obstante, los
momentos de mayor esplendor de ambas ferias se produjeron
a partir del siglo XVIII, merced a una gracia especial
concedida por Fernando VI al Marqués de Ayerbe.
Hasta su desaparición en la década de
los sesenta del siglo XX, las plazas y las eras de la
villa, coincidiendo con los días de feria, eran
un hervidero de gentes, escenario de charlatanes, ajeros,
quincalleros, jugueteros, armeros o mercadeo de mulas
o cerdos. Paralelamente, eran fechas de bailes y fiestas
e incluso momento propicio para concertar bodas. La
feria de San Mateo concurría gente de toda la
montaña de Jaca, Cinco Villas, Galliguera y Plana
de Huesca (Monreal, 1933).
A continuación,
se expone el anuncio de una de las últimas ediciones:
«Ferias
de ganado, en Ayerbe. Grandes ferias de ganado los días
17, 18 y 19 de septiembre en la villa de Ayerbe. Como
en años anteriores, tendrá lugar en esta
villa las tradicionales ferias de San Mateo, durante
los días arriba expresados, situándose
los ganados en los sitios de costumbre. Podrán
concurrir a esta feria toda clase de ganado: caballar,
mular, asnal, vacuno, lanar, cabrio y de cerda, siempre
que se encuentren en debido estado sanitario. Los propietarios
o conductores de este ganado irán provistos de
guías sanitarias, de propiedad y cartillas ganaderas,
de acuerdo con las disposiciones vigentes. Ayerbe, septiembre
de 1967. El alcalde».
1.5. Feria
de Graus
Graus celebra una de
las ferias más antiguas de Aragón: la
de San Miguel, que se remonta al año 1201, como
privilegio concedido por el rey Pedro II de Aragón.
Hasta la revolución agraria de mediados del siglo
XX, la festividad de San Miguel tenía suma importancia,
pues era el momento de afrontar los cambios en el mundo
rural, una vez culminada la campaña de recogida
de gran parte de las cosechas. En la feria se compraban
y vendían caballerías (Figura 8) y otros
animales y las casas más pudientes apalabraban
la contratación de criados, mozos y pastores.
Figura 8. Zona de caballerías
de la Feria de San Miguel de Graus. Años 20.
Cortesía de Jorge Mayoral (Fundación Hospital
de Benasque).
El 29 de septiembre,
los tratantes se desplazaban desde «Huesca,
Teruel y Zaragoza con sus blusas y sus varas, cargados
de billetes escondidos en sus bragueteras, tetillas,
fajas y faltriqueras, llegaban Fau, Castor, Losfablos
y León Belío, para comprar las bestias
que de Chistau, de Chía, La Fueva y Laspaúles,
bajaban los recriadores. Compraba Roquefort de Zaragoza
mulas enormes a Marcial Ríos de Benasque y a
Antonio Trinidad de Castejón de Sos. Era el mejor
ganado el que traían de esos pueblos y del Run,
de Anciles y de Eriste y hasta de Vilaller, ya en tierras
catalanas. Los de Teruel, de tierra austera y fría
compraban los machos romos, burdéganos, burreños
o burreros, criados a su vez en tierras duras de la
Fueva.
Graus
era una fiesta y se llenaban los hoteles de Lleida y
Samblancat, las fondas de Maella, Ainés y Casa
Peperillo; se hospedaba la gente también en casas
de particulares y dormían incluso en los pesebres
y pajeras. Llegaban las mujeres del amor, se llenaban
los cines y en alguno se veían hojas de parra
en los espectáculos de revista y varietés»
(Almudévar, 2010).
Como en otras ferias,
todo cambió en los años 60 y las caballerías
que antes reinaban en San Miguel se fueron sustituyendo,
rápidamente, por puestos de ropa, menaje del
hogar, artículos de artesanía, decoración,
calzados y alimentación. En los últimos
años, esta feria generalista se acompaña
de una feria caballar con periodicidad bienal (Figura
9). Sin embargo, la feria caballar carece del sentido
comercial de antaño, ya que está eminentemente
orientada a actividades lúdicas y recreativas,
aunque siempre se produce transacción comercial.
Figura 9. Ayer y hoy
de la Feria de San Miguel de Graus.
1.6. El
inevitable fin de las ferias tradicionales
«De
otros otoños de hace muchos años existen
recuerdos comunes a muchísimas personas. Una
alfombra de crujiente hojarasca se desprende de los
árboles de hoja caduca. (…) Otro aspecto
ya caduco de nuestra ciudad [Huesca] era
el comienzo de la afluencia de feriantes cuando el ganado
mular o caballar era la fuerza matriz de los aperos
agrícolas. Hombres de todas las provincias limítrofes
y desde todas las comarcas ganaderas de España,
venían con su indumento característico:
blusa negra, pantalón de pana y boina. Su principal
preocupación era encontrar cuadras para alojar
su ganado: lo demás vendría por añadidura.
Aquello feneció y, como ahora se dice, de forma
irreversible. En la montaña la cría de
ganado de labor no es negocio y, por ello, lo que un
día fuera un recurso de seguras ganancias, ahora
ya no existe. “Esto matará a aquélla”,
dijo en los primeros años del motor de explosión
un arriero de ruta regular de carga de mercancías.
Su acierto nos exime de mayores comentarios»
(Anónimo, 1971).
A partir de los años
50, la mejora de las comunicaciones, la mecanización
de las labores agrícolas, el éxodo de
la población de los núcleos rurales a
los centros urbanos, la estabulación del ganado
y otra serie de elementos de progreso, que conllevaron
la desaparición del ganado de tiro y transporte,
determinaron que las ferias entraran en un proceso de
decadencia irreversible que desembocó en su práctica
desaparición del territorio aragonés,
tal y como se habían conocido hasta entonces.
En efecto, la mejora
de las carreteras y el tendido férreo hicieron
llegar a los almacenes de las cabeceras de comarca aperos
de labranza, útiles domésticos y productos
de consumo hasta entonces monopolizados por mercaderes
y arrieros. Con ello, la importancia de la función
de abastecimiento de las ferias fue declinando. A su
vez, la mecanización del campo provoca dos consecuencias
inmediatas: la desaparición del ganado de tiro
y transporte (mulos, asnos, caballos y bueyes) y la
entrada en desuso de todo el utillaje de la agricultura
tradicional. Precisamente, dos de los pilares fundamentales
de las ferias aragonesas.
Tras siglos de actividad,
las concurridas ferias de Huesca (San Andrés),
Jaca (San Lucas y San Juan), Ayerbe (San Miguel), Barbastro
(La Candelaria y San Bartolomé), etc. entraron
en una involución irreversible en menos de una
década (1950-60). Prácticamente todas
echaron el cierre aunque algunas se transformaron en
fiestas patronales (San Bartolomé en Barbastro)
mientras que otras resurgen en los últimos años
con un formato actualizado a nuestros días (maquinaria,
servicios, ganado selecto…). Su ocaso llevó
consigo la desaparición o reconversión
de los feriales y de toda una cohorte de charlatanes,
corredores y tratantes (con sus inconfundibles blusones
y varas), personajes fundamentales en la prosperidad
de la modesta hostelería local. También
trajo consigo la pérdida de todo un lenguaje
mercantil y de los últimos destellos del trueque,
ya que en las ferias oscenses era frecuente el intercambio
de mercancías. Finalmente, representó
la pérdida de las tasas de asentamiento, un pingüe
capítulo de ingresos para las arcas municipales.
2. Las ferias:
el reino de los gitanos
«En el cielo manda
Dios
en la tierra los gitanos
y en este pueblo de Oliván
los mozos y los casados»
Gitanos y ferias formaban
un binomio indisoluble (Figura 10). Este hecho era particularmente
acusado en aquellas ferias con un volumen importante
de transacciones de caballerías. Además
de constituir un porcentaje significativo de los tratantes
de ganado mular y asnal, la idiosincrasia de los gitanos
(forma de hablar, de vestir, de presentar a sus caballerías…)
aportaba a las ferias un aire pintoresco muy característico.
Figura 10. Grupo de
gitanos en una feria durante la primera mitad del siglo
XX. Autor desconocido. Archivo UCM.
Existen numerosos testimonios
en este sentido:
«No
se sabe cuándo irrumpen los gitanos en la Feria
de San Andrés. Un curioso documento del notario
de Jaca D. Sancho de Arto en 1435 nos relata la reclamación
de los “peajeros de Jaca” contra Tomás
Conde de Egipto y su “troupe” que se niegan
a pagar el peaje de fronteras en Somport, alegando estar
en posesión de Privilegio del Rey de Aragón.
Más tarde vemos ya en Huesca una causa por la
muerte del Conde Andrés, de una parte Juan Moina,
Conde de Egipto, y de otra los hermanos de la víctima:
Belluta, Bernardo y Andrés de Egipto. Curioso
hecho este de denominarse Condes los jefes de Clan.
En
el siglo pasado había gitanos ricos en nuestra
ciudad “Gitano Rico” y sobre todo Cotoy,
que operaba siempre en oro con la Banca de mi bisabuelo.
De hecho son varios los gitanos que en los años
últimos de siglo se enterraron en nicho, lo que
suponía un lujo al alcance de pocos en la ciudad.
Mientras hubo trato los gitanos de Huesca lo ejercieron
si bien no lograron alcanzar las fortunas de estos del
siglo pasado. En llegando la Feria se les veía
en continuo trajín acompañando a familiares
venidos de fuera, gitanos opulentos con leontina, reloj
de oro y gruesa cadena colgando del bolsillo de su chaleco.
Gitanas enjoyadas, con delantales de seda sentadas en
el Universal y poblando las butacas del Olimpia que
siguiendo la tradición del desaparecido Principal,
traía en esos días. Blusas negras invadiendo
la ciudad embarrada, reatas de caballerías Coso
arriba, Coso abajo»
(Llanas, 1990).
Por su parte, Félix
López Caballero, bajo el título «De
la feria», hace una original descripción
de la Feria de San Bartolomé de Barbastro del
año 1942 en la que, ¡cómo no!, los
gitanos brillan con luz propia (El Cruzado Aragonés,
Núm. 3095, 30-10-1942):
«A horcajadas
en la grupa
Del borriquillo primero,
Viene erguido y altanero
Diego Jiménez Malupa.
Gitano de pura ley;
Pues la cuna que tuviera
Junto a la Virgen de Utrera,
¡no se la cambiaría a un Rey!
Altivo y señorial,
Descabalga del jumento.
Tose, escupe, hace el recuento
Y penetra en el ferial.
- Un momento…
- ¡Hola güenhoso!
¿Qué susede…Napoleón?
- Que hay que pagar un talón por cabeza
- ¡Ay, qué
grasioso! ¿Zerá esto er ferrocarrí?
Vamo, mové los pinrele
Rita; tú y los churumbele
Se vai a tene que dí
Bulle festiva la grey
Bajo el paternal templete,
Suena un pito, arde un cohete,
Ladra un perro, muje un buey...
Viene un guardia; más
gentío;
Corre la gente curiosa;
Y una voz triste y llorosa:
“¡Que se m’ha perdido el crío…!”
Para algunos, ajetreo;
Recelos, dudas, sofocos,
Para muchos, “escarceo”.
Hay quien gana un dineral
En su venta afortunada,
Y quien no ha comprado nada
Y se marcha sin un real.
Más la Feria
no repara
En fortunas ni pesares,
Y entre mus y cantares
Todo lo envuelve y ampara.
Feria, que atrae a la
par
A la muchacha loqueta
Y a la sencilla tocheta
Que vino para mercar.
Y un tratante se ha
enfrascado
Sagaz y astuti, en su ojeo,
Y va entrando en su apogeo
La transacción del ganado.
- Zeñó, venga osté p’acá…
(El zeñó es un ansotano)
Deme ya mismo esa mano,
Que nos vamos a arreglá.
Ascuche osté, “emperaó”,
Que un borrico más cabá,
No ze encuentra en er feriá.
¡Miá que te lo juro yo!
- ¡Si ye tan chico el burrete!
- y por 1500 reale,
¿qué me quieres tu comprá…?
¿Te vendo la Catedrá
O te basta ese templete?
Deprisa y malhumorado,
Hacia mi viene un amigo.
¿Qué te sucede? -le digo-
Te veo un poco enojado.
- Vámonos, porque me aburro
Y ya la paciencia pierdo;
¡tanta cabra! ¡tanto cerdo!
¡tanta vaca…y tanto burro!»
Más de una década
después, Enrique Gómez Padrós (El
Cruzado Aragonés, 4-10-1954) mostraba que
los gitanos seguían reinando en la misma feria:
«Han
pasado muchos años desde el día que dejé
de pensar en los gitanos, como simples onduladotes de
tajadas de melón. Y aunque en el tiempo transcurrido
me han crecido los pantalones, y la vida, tozuda que
tozuda, ha intentado enseñarme muchas cosas,
ni los gitanos han cambiado ni yo tampoco.
Es
por eso, que en este septiembre del año 54, volveré
a pasar como tantas veces el puente de San Francisco
y volveré a meterme en la baraúnda abigarrada
de la feria. Pues cruzando el puente la feria entera
se vendrá a mí, y las voces, el polvo,
las pezuñas y los pies harán que los míos
caminen prudentes entre el laberinto caprichoso que
forman las reatas. Mas tal prudencia desaparecerá
pronto, como en años anteriores, “ellos”
estarán allí y mi atención quedará
prendada, fija y alucinada, siempre que en sus manos
culebrea una vara y del abierto blusón se escape
el color llamativo y la hechura peregrina de su traje
de feriar.
Los gitanos fundirán sus sombras con las de los
animales que han traído a vender y hablarán
de ellos, no como meros objetos de transacción
sino como seres queridos, de cualidades infinitas y
estampa irreprochable, de los que tienen que desprenderse
porque la vida es dura. Hablarán de ellos y sus
palabras serán tan pintorescas como sus trajes,
tan vivas como sus ojos, tan graciosas como las caricias
intermitentes que en el cuello de su mula favorita dejarán.
El
presunto comprador, siguiendo la ya inveterada costumbre,
volcará sobre el animal que le gusta la más
variada gama de inconvenientes. Mas éstos, no
serán obstáculos para el “calé”,
que uno a uno los irá orillando todos. “Tiene
las patas muy juntas”, dirá el que quiere
comprar. El gitano, escandalizado y ofendido, responderá
que ni hablar; que las tiene separadas, a distancia
grandísima la una de la otra. Si lo apuran llegará
a jurar que un tren de mercancías puede pasar
tranquilamente entre las dos. Su oponente volverá
a la carga. “La dentadura es muy fea”, aducirá.
De las frases del gitano saldrá una dentadura,
tan fresca, limpia y juvenil como la que sirve de reclamo
a un dentífrico cualquiera. Y así hasta
mil. Después callará y cogiendo el ronzal
de la bestia, la hará caminar y corretear en
presencia de todos. Es seguro que, aunque se trate de
un penco, su carrera nos parecerá perfecta. Porque
insensiblemente nuestras miradas estarán fijas,
no en las evoluciones del animal, sino en las del gitano
que las dirige. Y estas serán firmes, serenas
y seguras, como nunca. Restallará su látigo
en el aire, trazará su brazo rápidos círculos,
sonará su voz nerviosa y dominante, y la fuerza
viva de su figura irá dejando en nuestro ánimo
impresión imborrable…
Mientras,
la tarde habrá caído y en ella se irá
diluyendo lentamente la feria. Para el puente de San
Francisco habrá sido el día más
ajetreado. Para el sol, que ha tratado infructuosamente
toda la jornada de obscurecer aún más
el rostro ennegrecido de los gitanos, el más
desconsolador. Para el polvo que duerme en la plaza,
el más revolucionario. Para el “Chumis”,
para “el Perdices”, para “el Mangas”,
para “el Nicanor”, para mí mismo,
un día de septiembre más, igual que los
pasados y los que, si Dios quiere, pasarán. Porque
ocurra lo que ocurra, llueva, granice o salga el sol,
ni los gitanos cambiarán ni yo tampoco».
Eugenio Monesma, en
su documental El tratante (Serie Oficios Perdidos,
capítulo 11, 1996), entrevista a Joaquín
Martínez, un tratante de toda la vida, quien
describe perfectamente el procedimiento típico
que tenían los gitanos para llevarse un buen
pellizco de dinero en las ferias aumentando artificialmente
el precio de una caballería. Así, por
ejemplo, cuando veían que de un coche de línea
bajaba alguien con «una
mantica, unas alforjicas», ya sabían
que iba a comprar. Entonces, alguno de los gitanos le
«camelaba»,
le echaba un par de copas de cazalla y trataba de ganarse
su confianza hasta conseguir que le confesara que venía
«a comprar un mulico
así de estas perricas más o menos».
Si esto sucedía, entonces le acompañaba
por la feria y «no le
dejaba de la mano». Cuando el comprador
encontraba un animal que le agradaba, el gitano le advertía
que no se le ocurriese comprar ese animal ya que era
«obvio»
que tenía esparaván (o cualquier otro
defecto que se le ocurriese en ese momento). Por delante
ya iban tres o cuatro gitanos más (siempre trabajaban
en grupo) y habían quedado con algún tratante
que tenía problemas para quitarse de encima algún
animal «dificultoso».
Los gitanos le preguntarían «¿Cuánto
quieres por ese macho?» Y si el tratante
decía 5.000 pesetas, los gitanos le decían
que «ahora venimos con
un hombre y nos quedamos lo que le saquemos de más».
Cuando llegaba el comprador a la posición del
tratante compinchado, uno de los gitanos fingía
que estaba entablando un trato por la caballería
en cuestión. Entonces, el gitano que se había
convertido en lazarillo del comprador se interesaba
vivamente por ese mismo macho. El tratante le contestaba
que de momento no le podía atender porque, como
era evidente, estaba en pleno trato con otra persona.
El lazarillo replicaba: «Vale,
pero si no hace trato cuando acabe con este señor,
yo le doy 9.000 pesetas». El comprador,
temiendo que se le escapaba la caballería de
la que tan bien estaban hablando los gitanos arremolinados
alrededor suyo, entraba al trapo y proclamaba un enérgico
«yo
se los doy». El tratante se hacía
fuerte ya que, aunque ficticio, ya tenía un comprador
que le ofrecía esa cantidad por lo que no se
lo vendía «si
no me da 100 duros más». El
comprador no podía perder la ocasión de
comprar tan «magnífico»
macho por un poco más y finalmente accedía.
El tratante ganaba 500 pesetas con un animal que, de
otra manera, le iba a resultar difícil vender
y los gitanos se repartían 4.000 pesetas del
ala. ¡Otros tiempos, otras técnicas!
Un gran temor entre
los posibles compradores era que les colocasen una mula
guita. Con ese nombre se conocían a
aquellos ejemplares tan resabiados como indomables,
cuyo mal carácter se traducía en coces,
mordiscos y una tozudez a prueba de bombas; de ahí
el dicho «ser tozudo
como mula guita» o «mula
guita de tothom sospita» (la mula
guita de todo el mundo sospecha). Para poder vender
estos ejemplares durante las ferias, les administraban
cualquier tipo de sustancia que les tranquilizara y
pudieran pasar como animales mansos y fácilmente
manejables. En el archivo de tradición oral de
Rafael Ayerbe existe una entrada titulada «Las
mulas guita y los gitanos en las ferias»
en la que Antonio Ibor, el informante citado anteriormente,
recordaba que «vendían
la mula guita. La inyectaban con morfina y les salía
más fina… Le tocabas las bragas, todo,
y no se movía. Ahora, a la que se le pasaba la
droga, mataba a cualquier hombre de este mundo. La mula
guita era una mula resabiada que era peligrosa. Era
muy peligrosa porque te pegaba un par de coces y…
O te iba con las manos como una fiera. A matá-te.
O mordía. Como muy bien dicen en fabla, dice:
“Había mulas guitas que calciaban, tociaban
y esmosegaban”. Calciaban, calceabas, con las
calzas o cascos. Esmosegaban, mordían. Y tociaban,
con la cabeza pegaban tozadas. Y entonces esas mulas
guitas ellos sí, les ponían sus drogas
y sus cosas y las amansaban, tente mientras cobro. Claro,
aquella pobre gente cuando llegaban a su casa con una
mula guita pues habían hecho ya a una familia
desgraciada».
No es de extrañar
que uno de los juegos más extendidos entre los
chavales hasta los años 50 recibiese el nombre
de «A la una anda (salta)
la mula». Consistía en que
todos los niños saltaban por encima de otro (el
burro) mientras iban recitando una cantinela y representando
lo que en ella se decía. Existían muchas
variantes locales de la cantinela, pero casi todas empezaban
de la siguiente manera: «A
la una salta la mula, a las dos tira la coz…».
Los negocios con las
caballerías a veces traían disputas que
podían llegar a ser muy violentas. La crónica
publicada en El Pirineo Aragonés (Núm.
50) y fechada en Agüero, el 28 de marzo de 1883,
puede servir de ejemplo: «Ayer
se perpetuó un crimen que puso en alarma a los
honrados habitantes de este pueblo. Como a las siete
de la tarde serían cuando se oyeron voces de
algunas mujeres que discurrían por las calles
dando gritos desgarradores, anunciando la muerte de
su querido padre. Inmediatamente se personó la
autoridad en el lugar del suceso, y resultó ser
el muerto el tan célebre gitano muy conocido
en este país, Manuel Carmona, el Murciano, asesinado
en el patio de la casa que habitaba en ese pueblo, por
otro también gitano, llamado Silvestre, que residía
últimamente en el pueblo de Santa Eulalia de
Gállego. Como es natural, esta muerte dio lugar
a infinidad de comentarios, siendo la versión
más general que fue la causa el haberse negado
el Carmona a dar al Silvestre cuatro duros y medio de
la ganancia que produjo el trato o ajuste de una caballería;
que el matador habló e instó razonadamente
a su contrincante, á fin de que le diera dicha
cantidad, y no obteniendo por buenos medios resultado
alguno satisfactorio, le amenazó con darle muerte,
y ya lo hubiera tal vez efectuado por la mañana
á no haberse presentado el Sr. Juez municipal,
que les separó, amenazó y obligó
a que se retirasen. Llegó la hora indicada y
viendo el Silvestre a Carmona en la ventana de su casa,
le convidó a tomar un cuarto de anís;
este bajó y al llegar al patio hubo de encontrarse
con la muerte, ocasionada según se ha visto en
la autopsia, por cuatro heridas de arma blanca (dos
mortales).
La
Guardia Civil de Ayerbe capturó al delincuente
ayer mañana, en las inmediaciones de la barca
de Santa Eulalia. Firmado: M.M.».
La comunidad gitana
de Barbastro (ubicada entre la calle Pablo Sahún
- también llamada de Las Monjas-, la de San Hipólito
y alguna adyacente) tuvo una influencia particularmente
importante en el desarrollo de su feria. D. Antonio
Cortés Giménez El Toneto y sus
tres hijos, Carmen La Melón, Benjamín
y José El Bomba, formaron el clan más
serio y competente en materia de compraventa de caballerías
en los años 30. La Melón casó
con D. Pedro Giménez Carmona que años
más tarde se convertiría en el tratante
gitano de más prestigio. Por sus cuadras, pasaron
muchas y buenas caballerías. También cabe
citar a D. Felipe Giménez Maya El Minino,
que con sus diez hijos formaban también un clan
bastante conocido en el ambiente de ferias. Tanto El
Toneto como El Minino daban cobijo en
los días feriales a todos aquellos primos y tíos
que venían a echarles una mano. La labor de estos
ayudantes era muy variada. Llevándola
del ramal hacían correr a la caballería
para que el posible comprador se cerciorase de su buen
estado físico. Cuando terminaba el trote y volvía
al punto de partida siempre dejaba a la caballería
en la misma posición: las patas delanteras encima
de la acera (su alzada ganaba casi un palmo). Entonces
el Maestro, separando los labios de la bestia,
mostraba satisfecho su dentadura. Si era correcta y
el precio interesaba, dos manos se juntaban y alguien
decía: ¡trato hecho! En más de una
ocasión, cuando el trato se ponía feo
por culpa de unos duros de diferencia, era cuando entraba
en acción otro ayudante. Haciendo los
mil esparajismos conseguía coger por la muñeca
al Maestro y, casi arrastrándolo, lo
llevaba junto al comprador al que también cogía
por la misma parte y, con mucha ceremonia, decía:
¡Ya está bien, ¿no?! ¡Partir
la diferencia y daros la mano! ¡Y no quiero oír
una palabra más! Por los 40 son el citado Pedro
Giménez El Perico y José Castillón
los que llevan las riendas de la comunidad gitana.
Entre los tratantes
gitanos que operaban entre Somontano y la montaña,
hay que destacar a Ceferino Giménez Malla El
Pelé (1861-1936), nacido en Fraga, probablemente
el 26 de agosto de 1861 (Figura 11).
Figura 11. Dos imágenes
de El Pelé, famoso tratante de Barbastro.
De niño recorrió
los caminos montañosos de la región, dedicado
a la venta ambulante de los cestos que él mismo
fabricaba. Se casó bastante joven con Teresa
Giménez Castro y se estableció en Barbastro.
Como tantos otros gitanos en esa época, El
Pelé dedicó los mejores años
de su vida a la compraventa de caballerías por
las ferias de la región, llegando a ser un gran
experto en este comercio. Este hecho, junto con su fama
de hombre honrado, le convirtió en una referencia
para el sector, siendo solicitado por payos y gitanos
para solucionar los conflictos que a veces surgían
en los tratos.
Al inicio de la guerra
civil española, en los últimos días
de julio de 1936, fue detenido por salir en defensa
de un sacerdote que arrastraban por las calles de Barbastro,
y por llevar un rosario en el bolsillo. A pesar de que
nunca se había pronunciado políticamente
en ningún sentido, pocos días después,
en agosto de 1936, lo fusilaron junto a las tapias del
cementerio de Barbastro. Juan Pablo II lo beatificó
el 4 de mayo de 1997, y estableció que su fiesta
se celebre el 4 de mayo. Su beatificación fue
una noticia de alcance mundial al convertirse en el
primer beato gitano. Así la recogió el
diario El Mundo (3 de mayo de 1997), bajo el
titular «El Pelé: el más beato
de los gitanos. El primer mártir calé
de la historia católica fue fusilado en Barbastro
en julio de 1936»:
«Juan Giner. Enviado
Especial. Barbastro (Huesca). - La comunidad gitana
de Barbastro, casi en su totalidad, profesa la religión
evangelista y no rinde culto a los santos. Sin embargo,
esta razón no impedirá que mañana,
junto a otros 3.000 gitanos de toda Europa, se reúnan
en la plaza de San Pedro, en Roma, para asistir a la
ceremonia por la que Ceferino Jiménez Malla,
el Pelé, se convertirá en el primer beato
calé de la Iglesia católica.
La
dedicación a sus semejantes es la que el padre
claretiano Gabriel Campo Villegas ha rastreado en la
vida de el Pelé, desde que se iniciase su causa
de beatificación en 1993. El proceso ha contado
con los testimonios de más de una veintena de
testigos directos de las obras del gitano y ha concluido
con una espectacular rapidez.
Ceferino
Jiménez Malla nació en 1861 (…).
Durante algunos años y junto a sus hermanos,
el Pelé viajó hasta establecerse definitivamente
en Barbastro con Teresa Jiménez, la que era su
esposa por el rito gitano y con la que se casaría
en Lleida en 1912 por la Iglesia católica. Pese
a su pobreza, Ceferino Jiménez, que comenzaba
a introducirse como tratante de caballerías,
no desperdiciaba ocasión de socorrer a los necesitados
e incluso, como recuerda su sobrino nieto Álvaro
Jiménez, “recorría a caballo los
pueblos de los alrededores, en pleno invierno y con
buena nieve, para llevar mantas, comida y algún
dinero a los gitanos que encontraba acampados”.
Gitano
rico. - Según ha documentado el padre Gabriel
Campos, la fama de hombre bondadoso de el Pelé
corrió como la pólvora por Barbastro el
día en que éste no vaciló en recoger
del suelo a Rafael Jordán, ex alcalde de la localidad,
quien, padeciendo una avanzada tuberculosis, tuvo un
vómito de sangre mientras paseaba por las inmediaciones
de un abrevadero. El suceso no tardó en llegar
a oídos de Simón Jordán, hermano
del alcalde, quien, conociendo el oficio de tratante
de el Pelé y sabiendo de su reconocida fama de
hombre justo, le propuso iniciar la importación
de caballerías desde Francia donde, recién
acabada la Primera Guerra Mundial, estaban siendo vendidas
en condiciones ventajosas. De este negocio el Pelé
hizo una pequeña fortuna con la que compró
la casa de Barbastro donde vivía. “Muchas
veces” -recuerda su sobrino nieto Álvaro-,
“ayudaba con dinero a los pobres que se lo pedían,
a escondidas de su mujer, la Teresa, que veía
peligrar la economía familiar más allá
de lo razonable”.
Hasta
sus 75 años, el Pelé tejió una
auténtica leyenda que iba a tener dramático
final en los inicios de la Guerra Civil española.
Declarada la sublevación militar en África,
a las 11.30 de la noche del 18 de julio de 1936, el
Ayuntamiento de Barbastro fue ocupado por casi 200 obreros,
que no tardaron en constituir el primer Comité
Revolucionario Antifascista. Fueron jornadas agitadas,
la misma mañana del 19, domingo, las dos armerías
con que entonces contaba Barbastro fueron saqueadas
y el comandante de la guarnición militar, coronel
José Villalba, aún tardaría 48
horas en decidir su lealtad al Gobierno republicano.
La
detención de Ceferino Jiménez se produjo
el 25 de julio. Según recuerda Maruja Jiménez,
sobrina nieta de el Pelé, que actualmente reside
en Lleida, “fue detenido un sábado. Me
acuerdo bien porque mi madre, la Pepita, le había
pedido que no se moviese esa tarde. Ella fue a comprar
garbanzos para comer porque al día siguiente
las tiendas estarían cerradas. El Pelé
estaba sentado fuera de casa. Yo estaba a su lado. Había
también otro calé, estábamos tomando
el fresco. De repente, pidió un cigarrillo y
se fue. Quería ver lo que sucedía en la
ciudad”.
Curiosidad
fatal. - Ese querer ver lo que ocurría en las
calles de Barbastro iba a perder a el Pelé. Según
ha documentado el padre Campo Villegas, cuando Ceferino
Jiménez llegó a la denominada Cuesta de
El Rollo, a pocos pasos del Ayuntamiento, vio cómo
una patrulla de milicianos detenía a un sacerdote.
“Válgame la Virgen, tantos hombres contra
uno y, además, inocente”, fueron las últimas
palabras pronunciadas en libertad por el gitano, que
también fue detenido por los milicianos quienes,
tras registrarle, le hallaron un fleme (instrumento
de cinco hojas utilizado por los tratantes para sangrar
a las caballerías) y un rosario. Ceferino fue
encerrado en el convento de las capuchinas, convertido
en prisión tras la expulsión previa de
las religiosas. El Pelé ya no iba a salir de
allí hasta la noche del fusilamiento el 2 de
agosto de 1936 ante las tapias del cementerio de Barbastro.
A
la mañana siguiente de su ejecución, el
cadáver de el Pelé fue a parar, junto
a muchos otros, a una fosa común, aunque una
lápida con su foto fue colocada en el nicho número
35 donde reposan los restos de su esposa Teresa y a
donde gitanos de todo el mundo, católicos y evangelistas,
han comenzado ya a peregrinar y rendir homenaje al primer
santo calé de la Historia».
3. Aspectos
legales de la compraventa de caballerías
La adquisición
de una caballería con defectos o enfermedades
que afectasen a su rendimiento para el transporte podía
significar un auténtico descalabro para el patrimonio
de una familia e incluso, en algunos casos, su ruina.
Las caballerías podían padecer enfermedades
o defectos que afectasen a su actividad (Figura 12).
Un buen reconocimiento del equino resultaba imprescindible.
Figura 12. Figura ilustrando
diversos defectos que podían tener las caballerías
y que había que tener en cuenta antes de su compra.
1. Flujo narítico y chancros muermosos; 2. Labio
pendiente; 3. Cara acarnerada; 4. Catarata; 5. Cuencas
hundidas; 6. Orejas de cochino; 7. Glándulas
infartadas; 8. Sara, rola o usagre; 9. Contusión
de la cruz; 10. Dorso ensillado; 11. Ijar encordado;
12. Lomos hundidos; 13. Ancas boyunas; 14. Grupa caída
o derribada; 15. Vientre arremangado o de galgo; 16.
Costillar aplanado; 17. Cola de ratón; 18. Alifafe;
19. Hidrartrosis de la rótula; 20. Lerda; 21.
Agrión; 22. Codillera; 23. Vejiga; 24. Corva;
25. Esparaván; 26. Trascorva; 27. Sobrehueso
simple; 28. Sobrehueso en forma de rosario; 29. Clavo;
30. Tendón de carnero; 31. Sobretendón;
32. Sobrejunta; 33. Largo de cuartillas o pando; 34.
Arestín-grietas; 35. Pie topino; 36. Pie ceñoso,
deformado por la infosura; 37. Raza; 38. Cuarto; 39.
Rodilla coronada; 40. Sobrerrodilla y sobrecaña
eslabonada. Fuente: Martínez Baselga et al.
(1909).
3.1. Reconocimiento
de una caballería
Siempre que fuera posible,
el examen del animal se debía realizar en un
espacio amplio y bien iluminado. Si el comprador era
experto en caballerías, lo podía realizar
personalmente. En caso contrario, era mejor acudir a
los servicios de algún veterinario con experiencia
en este tipo de ganado, quienes también se dejaban
ver en las ferias. La inspección se iniciaba
en la estación (animal de pie y quieto) y, seguidamente,
en las diferentes marchas (al menos paso y trote). La
inspección en la estación comprendía
las siguientes etapas:
(a) Inspección
frente a la cabeza del animal. Posición de la
cabeza, expresión, revista a los distintos órganos
y partes de la cabeza y el cuello. Inspección
de los labios y cavidad oral. Aplomos laterales de las
extremidades anteriores. Inspección de los cascos
delanteros.
(b) Inspección
en el lado izquierdo, frente a la cruz. Inspección
de la cruz y las extremidades anteriores. Aplomos anteriores
y posteriores de las extremidades anteriores. Inspección
de los cascos delanteros.
(c) Inspección
en el centro del tronco. Inspección de la región
dorso-lumbar y costillas. Inspección de la zona
ventral. Inspección de los cascos delanteros
y traseros.
(d) Inspección
frente a la región coxal. Inspección de
dicha región, incluyendo la zona ventral.
(e) Inspección
frente a la cola. Inspección de caderas, genitales
y cola. Aplomos laterales de las extremidades posteriores.
Inspección de los cascos traseros.
(f) Inspección
en el lado derecho, frente a la cruz. Se seguía
el mismo proceder que en el caso del lado izquierdo.
La inspección
era eminentemente visual y en muchas ferias se consideraba
de mal gusto tocar a las caballerías durante
el reconocimiento; si el reconocimiento lo efectuaba
un veterinario (Figura 13), los ganaderos solían
dudar de su conocimiento si le veían tratando
de apreciar posibles lesiones mediante el tacto.
Para averiguar si el
animal claudicaba, se le hacía marchar al paso
cuesta arriba y abajo y, a continuación, al trote,
dando vueltas de picadero a derecha e izquierda. Tras
la marcha, se solía analizar el estado de algunas
constantes vitales, como respiración, pulsaciones,
etc. El léxico de las características
morfológicas y de las alteraciones que podían
presentar los animales era tremendamente rico y florido,
con muchas variaciones regionales e incluso locales
(Figuras 14 y 15).
Figura 13. Portada
del libro Tráfico legal de ganados (Américo
Puente, Madrid, 1951). Se observa un veterinario inspeccionando
una caballería, ayudado por el dueño o
un auxiliar, que sujeta una pata del animal; a su lado
una pareja de la Guardia Civil, por si el dictamen no
le gustaba al dueño y pudiera haber problemas.
Fuente: Amigos de la Historia Veterinaria.
Figura 14. Alteraciones
más frecuentes en las caballerías tras
la inspección del dueño o del perito veterinario.
Fuente: Martínez Baselga et al. (1909).
Figura 15. Ejemplo
de reseña de la inspección de una caballería
por un perito veterinario.
Fuente: Martínez Baselga et al. (1909).
3.2. Los vicios
redhibitorios
La mayoría de
los defectos, taras o enfermedades que el comprador
detectaba tras la venta no tenían solución.
La feria era la feria, todo valía para vender
una caballería y no había descambios.
Entre los pocos problemas que podían padecer
y que otorgaban derecho a reclamar destacaban los llamados
vicios ocultos o redhibitorios.
Un contrato o trato
(Figura 16) se cerraba cuando dos personas se ponían
de acuerdo en la transacción de una caballería,
independientemente de que el acuerdo fuese oral o por
escrito. Desde ese momento, los contratantes quedaban
obligados al cumplimiento de lo expresamente pactado
conforme «a la buena
fe, al uso y a la ley». Según
el Código Civil vigente en 1909, los contratos
debían formalizarse por escrito, en documento
público o privado, cuando la cuantía de
la venta excedía las 1.500 pesetas aunque, en
la práctica, la palabra dada reinó en
los tratos de caballerías, independientemente
del importe, a no ser que se estipulasen pagos a plazos
u otras condiciones concretas.
Figura 16. Cierre de
un trato en una feria aragonesa. Archivo Heraldo
de Aragón.
Tras el trato, el comprador
adquiría el dominio de la caballería y
tenía derecho a la
«pacífica posesión y tranquilo disfrute
de la misma». En otras palabras, el
vendedor quedaba obligado al saneamiento de
la caballería vendida, que comprendía
dos aspectos. En primer lugar, el saneamiento de
evicción, o garantía de que la posesión
no iba a ser perturbada por un tercero, ajeno al vendedor,
que tuviese algún derecho sobre la caballería
(artículos 1475 a 1483 del Código Civil).
En caso de que no fuese así (por ejemplo, en
la venta de un animal robado), se acudía a los
tribunales de justicia. En segundo lugar, el saneamiento
por vicios o defectos ocultos (artículos
1.484 a 1.499 del Código Civil), o demostración
de que la caballería servía para el uso
al que iba a ser destinada. Legalmente, aquellos defectos
ocultos que deterioran la esencia de una cosa de tal
forma que, de haberse conocido por el adquirente no
habría celebrado el contrato o habría
pagado un precio sensiblemente inferior, se conocen
como vicios redhibitorios (Figura 17). Sin embargo,
el vendedor no es responsable de los defectos manifiestos
o que estuviesen a la vista, ni tampoco de los que no
lo estén, si el comprador es un perito que, por
razón de su oficio o profesión, debía
conocerlos. Igualmente, si en la venta se practicó
un reconocimiento veterinario, se exonera al vendedor
de la responsabilidad por los posibles vicios ocultos
del animal, haciendo responsable al facultativo que,
por ignorancia o mala fe, dejara de descubrirlos.
Figura 17. Portada
del libro Vicios redhibitorios de los animales.
Calpe, 1921.
En caso de la existencia
de vicios redhibitorios, el adquirente tiene
derecho a rescindir la venta (acción redhibitoria)
o bien reclamar la devolución de parte de lo
pagado dada la disminución del valor de la caballería
(acción Quanti Minoris). Estas acciones
tienen su origen en el Derecho Romano, en el edicto
edilicio que tenía jurisdicción para dirimir
las controversias en los mercados públicos. Inicialmente
estaban previstas para la compraventa de esclavos, extendiéndose
posteriormente la responsabilidad a la venta de animales.
Según Domicio Ulpiano, gran jurista romano del
siglo III d.C, «los
que venden caballerías, digan clara y simplemente
qué enfermedad o qué vicio tiene cada
una de ellas. Si alguna cosa no se hubiera hecho así
daremos una acción para deshacer la compra o
bien para la reducción del precio»
(Digesto de Justiniano, edición de 1836,
Bibliothèque Nationale de France, signatura:
F-18678). Desde entonces, estos aspectos se han contemplado
en los sucesivos marcos legales, desde la Edad Media
hasta nuestros días. En general, el principio
fundamental siempre ha sido que el vendedor debe responder
de todos los vicios o defectos que el comprador profano
no pudo conocer cuando se hizo la transacción.
El Código Civil
establece que la acción redhibitoria solo se
puede ejercitar respecto de los vicios y defectos que
estén determinados en la ley o por los usos locales;
sin embargo, a diferencia de otros países, como
Alemania, Francia o Italia, en España nunca se
ha dictado una ley que determinase qué vicios
son redhibitorios. Por su parte, los usos locales podían
ser ambiguos y tener poca base legal en un pleito. De
hecho, se daban casos en los que un vicio considerado
redhibitorio en una zona, no lo era en otra limítrofe.
En este sentido, «repetimos
lo dicho muchas veces. Cualquiera que sea la naturaleza
é importancia de una lesión, la haremos
[los veterinarios] presente
á los interesados, aconsejaremos la prueba en
días sucesivos y sobre todo, no soltar el dinero
el cliente hasta la prueba definitiva, efectuada á
nuestra entera satisfacción»
(Martínez Baselga, 1909).
Además, conviene
tener en cuenta las palabras de Casas (1832): «parece
debían ser pocas las enfermedades ó los
vicios redhibitorios, pues los síntomas característicos
que los dan á conocer no deben ocultarse a los
profesores instruidos, de cuyas luces se sirven generalmente
los compradores; pero sucede muchas veces que el vendedor
de mala fe busca medios para ocultarlos, y en este caso
el veterinario mas instruido se ve burlado; por otra
parte, las compras se hacen en algunas ocasiones con
tal celeridad por los chalanes ó tratantes, particularmente
en las ferias, que casi se contentan con hacerlos trotar
por temor de que otro los compre primero, por cuya causa
se puede en ambos casos ocultar algún defecto».
Y es que aunque, según Sanz Egaña (1955),
«en
ningún caso interesa al vendedor dañar
la salud de los animales puestos a la venta, es cierto
que la malicia humana en colaboración con el
interés pueden hacer fraudes incluso jugando
con la salud de los animales, tal como agudizar una
dolencia crónica o desarrollar una dolencia leve,
que sirva en uno y otro caso para despistar una enfermedad
crónica de mayor importancia económica».
Risueño, en
su Diccionario de Veterinaria (1829), fue el
primer veterinario español que se ocupó
de detallar los vicios redhibitorios de acuerdo con
un método más o menos científico.
Este autor sugirió un plazo de garantía
de seis meses, de acuerdo con lo dispuesto en la ley
65, título 5 de la Partida 5ª de Alfonso
X (¡allá en el siglo XIII!). Posteriormente,
Casas (1832) y Sáinz y Rozas (1860), catedráticos
de la Escuelas de Veterinaria de Madrid y Zaragoza,
respectivamente, introdujeron nuevos criterios, tanto
con relación al listado de vicios como a los
plazos de garantía. En cualquier caso, desde
mediados del siglo XIX se solía utilizar como
referencia legal (por su valor supletorio)
el proyecto de Código Civil de 1851, en el que
se incluían los vicios redhibitorios de caballos,
mulos y asnos, que se relacionan a continuación.
(1) El huélfago.
Se trata de una enfermedad del sistema respiratorio
que se manifiesta con un sonido característico
debido a la obstaculización del paso del aire
hacia los pulmones. Según Martínez Baselga
et al. (1909), «la
irregularidad respiratoria que no puede atribuirse á
una causa de carácter agudo, debe reputarse vicio
redhibitorio. Creemos que sin preocuparse gran cosa
de si será huérfago ú otra cosa.
[Estas enfermedades] requieren,
para hacerse patentes, un tiempo más o menos
largo de ejercicio por parte del animal, pero siempre
mayor del que generalmente se destina durante el reconocimiento
para observar cómo marcha. (…) Inutilizan
al animal, no ya para un servicio determinado, sino
que no sirven para nada. El plazo para reclamar es de
nueve días».
Los vendedores fraudulentos
dejaban a los animales afectados en reposo total durante
tres o cuatro días antes de la venta, con alimentación
verde, y/o les sometían a sangrías antes
de la posible venta para disminuir la congestión
pulmonar y mejorar temporalmente los movimientos respiratorios.
En algunos casos, se les administraba dedalera o digital
(Digitalis purpurea) con la misma finalidad.
En las ferias estos animales eran colocados en lugares
particularmente estrechos, de tal manera que fuera difícil
poder probarlos al trote. Sin embargo, el problema se
volvía a hacer patente en cuanto se sometían
a esfuerzos físicos (Figura 18).
Figura 18. Anuncios
de tratamiento para el huélfago o huérfago.
La Veterinaria Española nº 2335. 30 de junio
de 1928. Archivo UCM.
(2) Las cojeras
intermitentes. Se podían presentar en frío
(después de un reposo más o menos prolongado)
o en caliente (cuando llevaba un rato trabajando). Igualmente
se solía conceder un plazo de nueve días
para poner de manifiesto este problema. Para ello, el
comprador (o el perito) examinaba el animal en reposo
en la cuadra, para evaluar la morfología de las
extremidades y aplomos (alineación). Luego continuaba
el examen al paso por pavimento duro y blando, haciéndole
subir y bajar por una pendiente moderada (Figura 19).
La marcha se debía hacer primero en línea
recta y, después, circular, describiendo círculos
cada vez menores, unas veces hacia la derecha y otras
hacia la izquierda. La prueba se suspendía para
que reposase el animal y, posteriormente, se reiniciaba,
haciéndole trotar inmediatamente tras salir de
la cuadra.
Figura 19. El diagnóstico
de la cojera intermitente no siempre era fácil.
Archivo UCM.
Si se descubría
la cojera, el criterio que se solía seguir era
que «siempre que una
cojera intermitente no pueda ser atribuída á
una causa próxima, se reputará redhibitoria,
cualquiera que sea la naturaleza de la enfermedad crónica
que aparezca en la extremidad coja»
(Martínez Baselga et al., 1909). «Muchas
y muy variadas son las malas artes que emplean en este
vicio redhibitorio los vendedores de mala fé.
(…) Todas ellas se reducen a poner de manifiesto
una causa poco grave, pero que pueda desenvolver sin
embargo, la claudicación que observamos. Unos
colocan una herradura muy estrecha, sentada de esprofeso,
ó con los clavos arrimados á los tejidos
sensibles, para que se note el dolor á la menor
compresion que se haga por medio de las tenazas de herrar;
otros carbonizan ligeramente un punto cualquiera de
la palma; estos hacen una herida en la ranilla ó
el rodete; aquellos simulan un clavo halladizo. En presencia
de semejantes alteraciones, es preciso ponerse en guardia
y desconfiar de las palabras de todo vendedor, aun cuando
se tenga por amigo» (Sáinz
y Rozas, 1860).
(3) El tiro
patológico. Consiste en la deglución
continua de aire (aerofagia). Se decía que era
con punto de apoyo cuando, durante dicha acción,
el animal apoya los dientes en el borde del pesebre
o sobre cualquier otra superficie, lo que solía
estar asociado a un desgaste de los incisivos en forma
de bisel (Figura 20). Se denominaba al aire cuando no
había ese punto de apoyo. En ambos casos, los
animales contraían los músculos del cuello
y la deglución del aire provocaba un ruido característico.
Este vicio causaba una distensión del aparato
digestivo, predisponiendo a cólicos y ejerciendo
una presión excesiva sobre el corazón
y los pulmones.
Para ocultarlo, la
mayor parte de los vendedores presentaban los animales
en ayunas, «para que
no habiendo en el estómago una causa que desarrolle
gases, no puedan manifestar el vicio de tirar».
Además, si efectuaban la venta en la cuadra,
ataban al animal muy corto para que no pudiera tirar.
Igualmente, podían colocar colleras que oprimieran
el cuello o la nuca e, igualmente, les impidiera realizar
dicha acción. En otras ocasiones, producían
lesiones en la lengua, labios o encías del animal
(por ejemplo, quemar ligeramente la punta de la lengua
o la cara interna de los labios), o colocaban cuerpos
extraños (clavos) entre sus dientes, de tal manera
que el dolor le impidiera efectuar el tiro al aire.
Por parte del comprador, si no le gustaba el animal
adquirido, podía limar el borde anterior de los
incisivos para simular un tiro inexistente.
Figura 20. Tiro patológico
con punto de apoyo. Archivo UCM.
(4) El sobrealiento,
silbido, ronquera o corto de resuello.
Lesiones o anomalías de las vías respiratorias
superiores, que dificultan el paso del aire, produciendo
un ruido estridente durante la inspiración o
la espiración (Figura 21). «Lo
más ordinario es no notarlo mas que momentáneamente,
después de un egercicio mas o menos prolongado.
Es una dificultad de respirar, cuya causa varia, pero
disminuye el servicio del animal en razon de su intensidad,
siendo á veces tal que los animales caen sofocados
en medio de sus trabajos: siempre disminuye la celeridad
y duracion del uso á que se destina»
(Casas, 1832). Comprobada la anomalía, «sin
que exista una causa de carácter agudo á
que atribuirlo y cualquiera que sea su intensidad, nos
decidiremos por la redhibición» (Martínez
Baselga et al., 1909). El vendedor intentaba
ocultarlo causando compresiones o lesiones agudas que
impidieran sospechar de un defecto crónico. Además,
en este caso, el comprador insatisfecho de su compra
también podía recurrir a la picaresca
y producir un corto de resuello por compresión
prolongada de la laringe.
Figura 21. La hemiplegía
laríngea (flecha) era una de las causas de silbido
o ronquera de las caballerías. Archivo UCM.
(5) La fluxión
periódica de los ojos. Es una afección
ocular que cursa con uveítis y cuyos síntomas
más frecuentes son lagrimeo, estrechamiento de
la pupila, conjuntivitis, opacidad de la córnea,
depósito de sangre o pus entre la córnea
y el iris, ... (Figura 22). Todo ello suele conducir,
tarde o temprano, a la ceguera. El plazo para reclamar
era de 40 días, según el proyecto de 1851,
aunque actualmente es de 30 días. Sin embargo,
«el tiempo que media
entre dos manifestaciones de fluxión suele de
ser de veintiún días, pero no es difícil
que se presente cada siete, ni tampoco cada sesenta»
(Martínez Baselga et al.,
1909). Obviamente, el vendedor trataba de vender los
animales en una época en la que no tuvieran sintomatología.
Además, recurrían a una práctica
fraudulenta que consistía en realizar una sangría
en la vena angular del ojo, lo que retrasaba el siguiente
acceso. Pero si no quedaba más remedio que venderlos
en pleno acceso de fluxión, aseguraban «ser
el resultado de la introduccion de un cuerpo extraño,
de un golpe ó de una pequeña herida que
ellos mismos ejecutan en la cara esterna de los párpados»
(Sáinz y Rozas, 1860). Los compradores
descontentos trataban de simular la fluxión mediante
la aplicación de líquidos irritantes en
los ojos del animal.
Figura 22. Fluxión
periódica (uveítis) en el ojo de una caballería.
chevalmag.com
(6) La cualidad de
repropio o resabio. El concepto repropio
se solía aplicar tanto al repropio propiamente
dicho (resistencia o terquedad nativa en obedecer al
mando) como al resabio (vicio o mala costumbre que se
adquiere por una doma o trato defectuosos); en general,
se aplicaba a aquel animal que no se dejaba herrar,
poner los atalajes ni emplear para el servicio al que
era apto por su conformación. Era mucho más
común en caballos y mulos que en burros. Sanz
Egaña (1955) daba tres categorías de repropio/resabio
(indocilidad, malignidad o avieso, y medrosidad) y las
causas podían ser muy variadas para cada una
de ellas. Fue un defecto controvertido y, por ejemplo,
en Francia, no se admitió entre los vicios redhibitorios
desde, al menos, la legislación de 1838, debido
a las siguientes razones apuntadas por la Comisión
del Senado francés:
«El vicio de repropio no es un defecto absoluto;
existe ó no según el servicio á
que se destina el animal. ¿Pero quién
va á juzgar este destino? Si es el comprador,
podrá pretender siempre que él va á
destinarlo, precisamente, al servicio en el que se muestra
resabiado el animal. Por otra parte, una caballería
ha podido ser dócil y obediente entre las manos
de su vendedor, y no serlo entre las del comprador.
Esto sería motivo á la arbitrariedad de
los jueces». No obstante, en España
se incluyó en la lista de 1851. Para ocultar
el repropio, los vendedores emborrachaban a los animales
o les administraban narcóticos mientras que los
compradores podían transformar un animal normal
en repropio mediante el maltrato u otras prácticas,
como la administración de sustancias excitantes,
las fricciones a base de trementina o la introducción
de pimienta o sustancias afines en el ano.
En el llano venezolano
todavía se conserva el dicho popular
«más resabiado que la mula que tumbó
al diablo». A propósito de
mulas y diablos, las relaciones entre las mulas y el
diablo han dado lugar a numerosas leyendas (la mula
del diablo o de Satanás, la mula sin cabeza,
la Runa-mula, la almamula…), todas terroríficas,
a lo largo y ancho de Sudamérica (Colombia, Ecuador,
Perú, Argentina, Brasil…) (Figura 23).
En la amazonía colombiana, la Mula del Diablo
suele ser una mujer joven y atractiva que seduce a un
sacerdote. Cuando la amante del sacerdote regresaba
a su casa se convertía en una enorme mula cuyos
cascos producían chispas visibles a gran distancia
y cuyos ollares emanaban vapores con un potente olor
a azufre.
La Runa-mula
(Figura 23) es una leyenda parecida que circula en la
vecina amazonia ecuatoriana. Cuenta que las mujeres
que sucumben a amores prohibidos (hombres casados, miembros
de la iglesia o relaciones con cualquier hombre si son
ellas las que están casadas) corren un grave
riesgo. Las noches de luna llena un jinete misterioso,
vestido completamente de negro, llega a la casa de una
de estas mujeres y lanza unas palabras al aire. Su voz
va transformando a la infortunada en un ser mitad mujer
mitad mula, que sale al encuentro de la voz que lo reclama.
El jinete (el mismísimo diablo, por supuesto)
monta la Runa-mula y cabalga durante toda la noche infringiéndole
los castigos físicos más crueles. La azota
y la golpea, y la infiel emite mediante estridentes
relinchos que se escuchan en todas las casas del lugar
alertando a los habitantes de la zona de que allí
hay una mujer impura. Al día siguiente la mujer
se levanta totalmente magullada en su cama. No recuerda
nada, pero todo el mundo sabe lo que ha sucedido.
Figura 23. La mula
del diablo, Neiva Huila, Colombia (izquierda), la mula
de Satanás, Ecuador (centro) y la Runa-mula (derecha).
(7) El muermo.
Es una enfermedad infecciosa producida por la bacteria
Burkholderia mallei (anteriormente Pseudomonas
mallei) (Figura 24), típica de equinos (caballos,
asnos y mulas) aunque también afecta a otros
animales y, ocasionalmente, a los humanos.
Figura 24. Colonias
de Burkholderia mallei en una placa de agar.
Archivo UCM.
La forma aguda del
muermo se da con mayor frecuencia en burros y mulas,
los cuales sufren fiebre alta y presentan síntomas
respiratorios (orificios nasales hinchados, disnea y
neumonía) (Figura 25); la muerte se produce en
pocos días. En los caballos, el muermo sigue
generalmente un curso crónico y los animales
pueden sobrevivir durante varios años. En los
orificios nasales de las caballerías se desarrollan
nódulos inflamados y úlceras que dan lugar
a una secreción amarilla pegajosa, acompañada
de un aumento del tamaño de los ganglios linfáticos
submaxilares. Después de la cicatrización
de las úlceras, aparecen cicatrices estrelladas.
La formación de abscesos en los pulmones se presenta
acompañada de una debilidad progresiva, episodios
de fiebre, tos y disnea. En su forma epitelial, se desarrollan
abscesos nodulares (“yemas”), que se ulceran
y liberan un pus amarillo graso.
Aunque fue común
en España y el resto de Europa, se erradicó
hace años mediante la eliminación de los
animales infectados y las restricciones a la importación.
Actualmente, persiste en algunos países asiáticos,
africanos y americanos. Es el único vicio tradicional
que tenía origen microbiano y, en consecuencia,
el único con un diagnóstico laboratorial
específico desde el último tercio del
siglo XIX. Por tratarse de una enfermedad infecciosa,
cuando se confirmaba dentro de un plazo de nueve días,
no solo procedía la redhibición sino la
nulidad del contrato (según el artículo
1494 vigente en 1900) y la toma de las medidas reglamentarias
de Policía Sanitaria. Los vendedores trataban
de ocultar esta enfermedad limpiando las fosas nasales,
inoculando sustancias astringentes para detener el flujo
nasal o poniendo pedazos de esponjas en la parte superior
de las mismas. Los compradores podían simular
la enfermedad causando lesiones en la mucosa nasal que
eran cauterizadas después, de tal manera que
se inflamaran los ganglios submaxilares y se desarrollasen
pequeñas úlceras parecidas a las que aparecen
en el muermo crónico.
Figura 25. Postura
característica de una caballería con muermo.
Archivo UCM.
(8) Los lamparones
que se desarrollan dentro de la garantía (nueve
días). Se daba este nombre (o el de angioleucitis)
a la «inflamación
especial de los ganglios y vasos linfáticos,
caracterizada por el desenvolvimiento en diferentes
partes del cuerpo, de una porción de tumores
sub-cutáneos, fríos, duros é indolentes,
que después de reblandecerse y supurar con lentitud,
dejan unas úlceras denominadas lamparónicas»
(Sáinz y Rozas, 1860). No había que confundirlas
con la forma cutánea del muermo que, en algunas
zonas, también se conocía como lamparón.
(9) La amaurosis
(o gota serena) incipiente y la confirmada
siempre que esta última se presente en un solo
ojo hallándose el otro sano. Parece referirse
a lo que actualmente conocemos como glaucoma (Figura
26). «Es la disminución
ó pérdida de la vista en uno ó
en los dos ojos, sin alteración perceptible en
los medios refringentes. (…) Nosotros no podemos
convenir con los franceses, ni con los catedráticos
de la Escuela veterinaria de Madrid, que solo consideran
redhibitoria la gota serena cuando es incipiente. Es
cierto que cuando la amaurosis es completa en los dos
ojos, se la puede conocer perfectamente, siempre y cuando
que se troten los animales y no se emplee medio alguno
fraudulento. Pero y cuando la enfermedad es completa
en un solo ojo, hallándose el otro sano, ¿podrá
distinguírsela fácilmente por los compradores
y aun por los mismos veterinarios, cualquiera que sea
su instrucción? Nadie se atreverá a afirmarlo»
(Sáinz y Rozas, 1860). En este caso, el plazo
para reclamar era de 15 días. En lo concerniente
a los posibles fraudes, «el
vendedor poco puede hacer contra esto. Sospecharemos
de todo animal que se presente á la venta con
anteojeras. Por parte del comprador, descontento de
su compra, el empleo de preparados de opio, atropina,
cocaína, etc., para producir la inmovilidad del
iris» (Martínez Baselga et
al., 1909).
Figura 26. Amaurosis
o glaucoma en el ojo derecho de una caballería.
Archivo UCM.
(10) La mala dentadura.
Según Sáinz y Rozas (1860) era el «desgaste
irregular y mas ó menos pronunciado de los dientes
molares, en virtud del cual no pueden los animales efectuar
bien la masticación». Era particularmente
frecuente en mulos y, en algunos lugares, se conocía
como hacer granero ya que era común
que se produjesen acúmulos de pienso mal triturado
entre las encías y el carrillo, normalmente asociados
a un olor desagradable. La mala dentadura clásica
se refería a la anomalía en la arcada
o tabla dentaria, teniendo especial importancia las
dentaduras en forma de sierra (puntas), de
tijera y de escalera. No obstante, Sanz Egaña
(1955) incluía dentro de este vicio a las anomalías
en algunos dientes (poliodoncia o dientes supranumerarios,
oligodoncia o ausencia natural de algunos dientes, dientes
de lobo o con un desarrollo exagerado…) y
a las enfermedades de los dientes (periodontitis, caries,
fístula dental). Los équidos con mala
dentadura mastican mal y, en consecuencia, estaban predispuestos
a trastornos digestivos graves, como los cólicos
(Figura 27).
Figura 27. Nunca sobraban
ojos para revisar el estado de la dentadura de una mula.
Archivo UCM.
(11) La edad ficticia
o contramarca de edad. Consistía en
«adelantar y retrasar
la edad del caballo, ya arrancando los incisivos de
leche, ya burilando los de reemplazo, cuando el animal
ha cerrado [su dentadura]»
(Sáinz y Rozas, 1860). Es decir, se hacía
una cavidad en los incisivos parecida a la que tenían
antes que rasasen y se le daba un color parecido al
natural con nitrato de plata, tinta china o a fuego.
Solo constituía vicio redhibitorio si no se había
efectuado reconocimiento veterinario en la compraventa;
en caso contrario, el responsable era el veterinario
ya que debería haber advertido el fraude. Esto
se debe a que era un fraude relativamente sencillo de
detectar. Para ocultarlo, los vendedores solían
dar sal a los animales antes de llevarlos al ferial
o durante las ferias; de esa manera, generaban un flujo
salivar espumoso que cubría las tablas dentarias
y no permitía examinarlas correctamente. En otros
casos, se les daba harina o salvado humedecido para
que se llenaran las cavidades dentales y no se pudieran
distinguir bien.
(12) La inmovilidad.
«Más que un estado
patológico es una característica especial,
correspondiente á diferentes lesiones, que se
traduce por manifestaciones anormales de la voluntad
y de los movimientos» (Martínez
Baselga et al., 1909). Se solía observar
un estado de torpeza, la mirada fija, el caminar inseguro
y/o las actitudes incoherentes. Era mucho más
frecuente en zonas calurosas y/o en periodos de calor
(verano), rara vez se daba en el mulo y era prácticamente
desconocida en el asno. Actualmente se sabe que, en
general, se debía a lesiones en el sistema nervioso.
Uno de los métodos de diagnóstico consistía
en cruzar los miembros anteriores del animal. Si este
no recuperaba la posición inicial rápidamente,
existían motivos razonables de sospecha. El plazo
de garantía era de 30 días. El vendedor
que quería deshacerse de un animal afectado intentaba
venderlo en un lugar/periodo con una temperatura suave
o fría; alternativamente, recurría a las
sangrías, la alimentación verde, los purgantes
o la pilocarpina.
(13) La epilepsia.
Con este término se incluían todos aquellos
desórdenes periódicos caracterizados por
periodos convulsivos, generales o parciales, más
o menos intensos y prolongados, acompañados de
hipersalivación, pérdida de la sensibilidad
y obnubilación sensorial (Figura 28). Era rara
ya a mediados del siglo XIX, de tal manera que Sanz
Egaña ya no la incluía entre los vicios
redhibitorios. Algunos compradores insatisfechos emplearon
estricnina para simular epilepsia, pero era un fraude
fácil de descubrir y se ponía en riesgo
la vida de la caballería. El plazo de reclamación
era de 30 días.
Figura 28. Caballería
en pleno episodio epiléptico. Archivo UCM.
(14) Las hernias
inguinales intermitentes. Se llamaban así
a aquéllas «formadas
por cierta porcion de intestino, que descendiendo por
uno de los anillos inguinales á la túnica
peritoneal del testículo, vuelve á ascender
por sí sola, al cabo de cierto tiempo, á
la cavidad abdominal» (Sáinz
y Rozas, 1860). Como en el caso anterior, era rara en
el siglo XIX y más aún en el XX, de tal
manera que «hay muchísimos
veterinarios y tratantes que todavía no han visto
un caso» (Martínez Baselga
et al., 1909). Sanz Egaña tampoco la
incluía entre los posibles vicios redhibitorios
(Figura 29).
Figura 29. Hernia inguinal
permanente (no intermitente) en una caballería.
Schumacher, J. y Perkins, J. Equine Vet. Educ.
2010; 22: 7-12.
La Figura 30 muestra
los citados vicios redhibitorios y el plazo para reclamar
en caso de que se presentase alguno de ellos. Hay que
tener en cuenta que esta no era una lista cerrada ya
que, como hemos comentado, frecuentemente los usos locales
eran la ley en la práctica, al no existir en
España una norma legal que tipifique los vicios
que se consideran redhibitorios. Por ese motivo, se
tenían que determinar caso por caso, siendo muy
importante el parecer de los veterinarios que, como
peritos, tenían la función de diagnosticar
la existencia y, en su caso, gravedad del vicio.
Figura 30. Vicios redhibitorios
de los équidos y plazo (días) para reclamar
en caso de que se detectase alguno de ellos en una caballería.
Fuente: Martínez Baselga et al., (1909).
El listado de vicios
también se iba modificando con el tiempo y, así,
Sanz Egaña, no solo eliminó algunos de
los que habían sido tradicionales hasta ese momento,
sino que incorporó dos nuevos: la criptorquidia
(presencia de uno o de los dos testículos en
la cavidad abdominal o en el anillo inguinal, en vez
de en el escroto) y el vértigo (trastornos del
equilibrio fugaces).
El artículo
1.496 del Código Civil vigente a mediados del
siglo XX señalaba que la acción redhibitoria
debía interponerse dentro de los cuarenta días
contados desde el de la entrega al comprador, salvo
que, por el uso de cada localidad, se hubieran establecido
plazos mayores o menores. Habitualmente solían
ser menores, tal y como se ha señalado al hablar
de cada vicio contemplado en el proyecto de 1851. Igualmente,
nuestro ordenamiento regulaba un supuesto en el que
se presumía la existencia de vicios redhibitorios
si la caballería moría dentro de los tres
días siguientes a su compra, y, en tal caso,
era preceptivo e inexcusable someterse al dictamen de
los veterinarios que tenían que establecer si
la enfermedad existía con anterioridad a la compra.
La doctrina general
del saneamiento por vicios ocultos en la venta de animales
no era aplicable ni en la venta de animales en ferias,
ni en las hechas en pública subasta (subastas
judiciales, notariales o administrativas, con la intervención
de un funcionario público) ni a las caballerías
vendidas como de desecho, ya que se da por supuesto
que el desecho en la caballería equivale a su
inutilidad. Por otra parte, se consideraba que los animales
que sufrían enfermedades contagiosas no eran
susceptibles de ser objeto de contrato de venta.
La acción Quanti
Minoris, citada anteriormente, daba la posibilidad
al comprador de que solicitase que le fuera restituida
aquella parte del precio que pagó indebidamente
dada la disminución del valor del animal inherente
al vicio advertido en él. A diferencia de la
acción redhibitoria, tiene por objeto que se
rebaje en una cantidad proporcional del precio por las
causas expresadas. La rebaja se podía establecer
de mutuo acuerdo o bien la establecía un perito.
El plazo de ejercicio de esta acción era igualmente
de cuarenta días.
Realmente, la mayoría
de los artículos del Código Civil referentes
a la compraventa de animales y que estaban vigentes
hace un siglo han llegado prácticamente sin cambios
hasta el siglo XXI. Afortunadamente los vicios redhibitorios
son hoy en día cada vez menos frecuentes y, en
general, han quedado reducidos a siete: el huélfago
crónico, las cojeras intermitentes, el tiro (o
tic), la fluxión periódica de los ojos,
la inmovilidad, el enfisema pulmonar y la anemia infecciosa.
No obstante, conviene no pecar de confiados. La ley
permite anular cualquier venta si se descubre este tipo
de síntomas o de enfermedades antes de que hayan
transcurrido nueve días desde el acto de la venta
para lo esencial, y treinta días para la fluxión
periódica de los ojos.
3.3. Guías
y documentos en las transacciones de caballerías
Para que esta parte
no sea demasiado árida, recurriremos a un ejemplo
muy gráfico (Martínez Baselga et al.,
1909) para unas hipotéticas caballerías
adquiridas en Francia por una persona de Biescas y que
luego las quiere vender en otro punto de la península:
«Se
habla mucho de guías, sobre todo en las poblaciones
fronterizas, y, sin embargo, no acostumbramos á
formarnos idea de lo que son éstas, ni de su
finalidad. Para que quede aclarado suficientemente este
asunto, lo exponemos en forma de ejemplo. Suponed un
individuo, N.
de Biescas (Huesca), ganadero que pasa á Francia
y compra una, dos ó varias trentenas.
Desde
el punto donde las haya comprado vuelve á su
casa; pero ha de pasar necesariamente por la Aduana
ó puntos habilitados, y allí presenta
la mercancía y paga los derechos que le corresponden.
En la Aduana le dan un resguardo que acredita el pago
de esos derechos para que pueda circular por la zona
fiscal sin contratiempo alguno. Llega á Biescas,
y como este pueblo está comprendido en la zona
fiscal, que es una faja paralela á la frontera
de cierto número de kilómetros, y en todos
los pueblos comprendidos en esta faja se lleva un registro
especial de caballerías, intervenido por el personal
de Aduanas, es necesario hacer la inscripción
de la mula ó mulas en este libro previa presentación
é identificación de la misma con la guía
ó resguardo que le han dado en la frontera.
Esto
por lo que afecta á Aduanas.
Además,
debe inscribir esa mula en el amillaramiento ó
relación de ganados que se lleva en todos los
pueblos de España para el pago de la contribución
territorial (rústica y pecuaria).
Llegada la feria de Huesca, N.
quiere llevar á vender sus mulas y necesita un
nuevo resguardo ó guía que le dan en el
pueblo, con lo que puede sacar de allí las caballerías,
pero si los carabineros lo sorprendiesen sin ese documento,
se consideraría el hecho como contrabando.
Provisto
de su cédula, entra en Huesca, y entonces necesita:
1º
Legalizar ante el Vista-aduanas de dicha ciudad la guía
que le han dado en el pueblo.
2°
Una especie de guía ó pasaporte para los
efectos de orden público y vigilancia, que se
expiden por la Sección de Vigilancia del Gobierno
civil.
3°
De otro resguardo de los derechos que por exhibición
en feria debe pagar al Ayuntamiento como arbitrio municipal.
Estos
dos son muy accesorios, no tienen importancia ninguna,
pero los ponemos para evitar confusiones y presentar
la cosa con más claridad.
N.
vende las mulas en Huesca á uno de Guadalajara,
y entonces son necesarias nuevas guías para el
adquirente, con objeto de que éste pueda circular
libremente con su mula hasta llegar á Guadalajara;
pero como esta población está fuera ya
de la zona fiscal, no necesita después nuevas
guías, ni más registros ni inscripciones
que la del amillaramiento para los efectos de la contribución,
porque de ésta, en cada pueblo, no se escapa
ó no debe escaparse nadie.
El
vendedor N. con un tornaguías,
vuelve á Biescas, y en el mismo libro especial
donde se inscribió la mula, se hace constar la
venta con todos los datos que se expresan ya en la tornaguía.
Lo
más esencial es:
1º
Adeudo en la Aduana ó Guía de origen.
2º
Circulación fiscalizada dentro de la zona, y
por lo tanto, necesidad de Guía para poder acreditar
en todo momento el pago de los derechos de arancel.
3º
Libre circulación llegado al punto de destino,
fuera de la zona fiscal.
El pasaporte de la Sección de Vigilancia, no
tiene apenas importancia, y menos todavía el
del Municipio, por derecho de exhibición. El
primero es más bien para acreditar la propiedad
de los animales, desde la feria al punto de destino,
y el segundo para penetrar en el ferial y poder contratar
libremente.
De
los pasaportes expedidos por la Sección de Vigilancia,
vale más no hablar. Pudieran tener importancia;
pero sabiendo hacer las guías, y sobre todo,
exigiendo más formalidades. Baste decir que se
extienden á todo el que las solicita, que no
se presenta el animal y que se hace constar la reseña
que dicta el solicitante. Sería lo mismo [presentar
el animal], pues un modesto
empleado de Gobierno civil, no está obligado
á saber reseñar animales. Lo mejor parece
ser, reglamentar esto de las guías y darnos á
los veterinarios la intervención que en realidad
nos corresponde».
La Figura 31 muestra
a un grupo de tratantes del valle de Gistau regresando
de la feria de Tarbes y que, en consecuencia, deberían
haber seguido el citado protocolo.
Figura 31. Tratantes
del valle de Gistau, a su regreso de la feria de Tarbes.
4. Contrabando
de mulas
Vista la cantidad de
burocracia existente en torno a la compraventa de caballerías
en tiempos en los que las comunicaciones eran deficientes
(y con las tasas aparejadas a cada documento que había
que solicitar), no es de extrañar que el contrabando
de ganado mular fuera una actividad muy atractiva, especialmente
en las zonas de montaña fronterizas con Francia,
principal productor de este tipo de ganado. De hecho,
según Andolz (1988), desde el siglo XVII uno
de los géneros de contrabando que se pasa con
mayor insistencia de Francia hacia España es
el ganado mular «como
me confirman los de Aragües, Torla, Víu,
Panticosa, Lanuza… Sin contar el que se pasa por
la aduana de Canfranc. (…) Otro informador de
Visalibóns me contaba que Señín,
cerca de Laspaules, era sitio de paso de contrabando
o tal vez de blanquear el tráfico ilícito
de mulas, que luego llevaban a vender a la feria de
Graus. Previamente les habían arrancado las herraduras
francesas y las habían calzado con material español».
Se trataba de un secreto a voces en todos los valles
del Pirineo aragonés. Según Briet (1913),
solo en el mes de noviembre de 1905 se habían
pasado 633 cabezas de ganado mular por los puertos de
Benasque y Bielsa, que había que unir a las que
se habían introducido por Ansó, Hecho,
Panticosa y Aragües (Figura 32).
Figura 32. Recría
de ganado mular en Benasque. Archivo UCM.
A diferencia de otro
tipo de mercancías, «cuando
los paqueteros tienen que pasar de contrabando los animales
de carga, comprados en las ferias francesas, tienen
que elegir caminos menos escabrosos y organizar expediciones,
a veces imponentes, para protegerse de la guardia de
frontera» (Andolz, 1988). Según
Beraldi (1977), Vincent Chausenque (célebre pirineísta
de la primera mitad del siglo XIX) describía
así el paso nocturno de una de esas famosas caravanas
de contrabando por la zona de Canfranc: «Hacia
lo alto del valle, un ancho cordón de luces,
frecuentemente ocultas en los bosques o los repliegues
del terreno, descendía serpenteando. Pronto toda
la caravana se desplegó por el camino…
En cabeza marchaba un grupo de hombres armados con carabinas,
y tras ellos los conductores de mulas, llevando antorchas
y conduciendo cada uno seis u ocho en reata. Otro pelotón
formaba la retaguardia. Contamos más de treinta
antorchas, unas doscientas mulas y una cincuentena de
hombres de escolta. Un contrabando, armado así,
se hacía respetar…».
Arán (1993),
en una obra de ficción, hizo una recreación
de la situación en la zona de Hecho:
«Entre
el río [Aragón
Subordán] y el Foraz
se extendía la finca (…). En sus mejores
tiempos tuvo gran importancia: sus instalaciones servían
para recoger y alimentar el ganado y en ella había
siempre dos docenas o más de yeguas de cría;
constituía un gozo verlas salir de sus cuadras
a la caída de la tarde, seguidas de sus rastras
para abrevar en el río. Al final del verano,
cincuenta o sesenta muletos entre lechales y quincenos,
todos de origen francés, se recogían en
esta finca para recriarlos con las hierbas de sus propias
praderas. Este ganado mular hijo de las robustas yeguas
francesas era muy apreciado por los labradores de la
tierra baja y su buen crédito se extendía
hasta las tierras de Castilla, por lo que se vendían
muy bien durante el otoño en las ferias de Ayerbe,
Barbastro y Huesca. En realidad, este tráfico
era contrabando, pero había una gran tolerancia,
pues se consideraba que el recrío del ganado
francés era un complemento razonable de la riqueza
agrícola y ganadera. Algunos pasaron al contrabando
más descarado (…), que se podía
mantener durante la primavera, el verano y gran parte
del otoño, y que resultaba mucho más rentable»
(Arán, 1993).
A continuación,
se incluyen otras historias de contrabando de mulas
recogidas por el inevitable Andolz. La primera muestra
una estratagema tan ingeniosa como difícil de
creer para engañar a los sufridos carabineros:
«Aquella
pareja de carabineros supongo que recordarían
mucho tiempo esa mañana. Tuvieron suerte al cruzar
al azar un sendero pues las huellas de las caballerías
estaban recién impresas en la tierra húmeda.
Seguro que no hacía ni un cuarto de hora que
había pasado por allí un par de docenas
de mulas. Iban camino de Francia. Apretaron el paso.
El cubilar no estaba lejos y los alcanzarían
allí al descubierto. Pero llegaron al descampado
y los machos no se veían por ninguna parte. Había
que acelerar. Las pisadas se veían claras aunque
algo menos que antes lo que les extrañó
pues deberían ser más recientes. Decididos
a no dejarse escapar la presa emprendieron un trote
ligero. El calor y el peso de las armas les hizo aflojar
al cabo de un rato. Seguían sin ver a nadie y
las huellas estaban cada vez menos marcadas. Una hora
más tarde llegaron a la raya de Francia. Allí,
en el puerto, las pisadas se confundían con las
que venían en dirección a Sallent. Y las
orientadas al norte habían desaparecido.
Tardaron
en comprender. Al final cayeron en la cuenta de la jugada
demasiado tarde. En la misma frontera habían
hecho la operación, realmente ingeniosa, digna
de los contrabandistas de Lanuza. Sencillamente, habían
puesto a las mulas las herraduras al revés y
habían continuado tranquilamente el camino hacia
su pueblo. Se sintieron tan frustrados que sólo
años más tarde hicieron el comentario».
Las dos siguientes
son mucho más verosímiles:
«Y
también los carabineros de Lanuza quedaron burlados
aun yendo a tiro seguro. Estaban convencidos de que
en casa de Chacán habían entrado unos
mulos lechales procedentes del otro lado de la frontera.
Fueron a buscar refuerzos porque el corral tenía
salida por la parte de atrás. Una vez rodeada
la casa, comenzaron el registro. Lo rebuscaron todo.
Bueno, todo lo registrable: las cuadras, el corral,
el cobertizo, todos los sitios en donde podía
estar escondida una mula, y no encontraron nada: a los
mulos los habían subido por la escalera hasta
la falsa y los habían calzado con trapos para
que el ruido de sus pisadas no se oyera abajo».
«Otro
método habitual de contrabando parece que fue
el de los arrieros que cruzaban la frontera con toda
legalidad. Lo único que, cuando iban a Francia,
por ejemplo con cuatro caballerías, llevaban
tres viejas y una joven. Y la vuelta la hacían
con cuatro jóvenes».
Aún hoy en día,
los últimos contrabandistas vivos suelen ser
reservados sobre sus actividades de antaño, aunque
de vez en cuando se les escape algún que otro
detalle. En este caso a José Gistau, de Bielsa:
«Acabó
la guerra, pero Gistau siguió siendo referencia
en este lado del Pirineo. Barranco, como le dicen en
Bielsa, es popularmente conocido como contrabandista
avezado. Sobre todo ganado. Pero él lo niega.
Se resiste a creer que el contrabandista ahora sea una
figura romántica de otro tiempo y prefiere guardar
para sí algunas cosas. En Bielsa se habla de
ruedas de camión que se echaban a rodar desde
puerto para que otros las recuperaran abajo. De la casa
de Barranco en Le Plan como el centro de operaciones.
-
“Yo no. Yo conocí muy bien a los dos contrabandistas
más fuertes de por aquí: Jodías
y Salvador, pero nunca quise colaborar con ellos”.
Sin embargo la edad le traiciona: ”Una noche pasábamos
setenta mulos. Era el año cincuenta. Eran percherones
para trabajar”. ¿Pero no me ha dicho que
de contrabando nada?» (Sánchez
Lanaspa, 2010).
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