«Permítaseme
hacer un poco de glosa para aquellos nobles animales
que durante siglos y siglos fueron para el ser humano
sus más efectivos colaboradores. Vuestra participación
en la puesta en marcha de este fabuloso “carro”
llamado Progreso fue vital. ¡Esa fuerza irracional
de la que podéis hacer gala fue mucho más
poderosa que la del hombre para atacar empresas de tanta
magnitud! Siempre estaremos en deuda con vosotras, ¡valientes
y sufridas caballerías!». José
Ferrer Altemir. 1983. Ferias de Barbastro. Zimbel
7-8: 22-23.
1. Arrieros
y caballerías, una unión indisoluble
Obviamente, resulta
imposible entender a los arrieros sin sus caballerías.
Las llamadas bestias de carga constituyeron uno de los
pilares fundamentales de la vida cotidiana hasta la
generalización del ferrocarril y, especialmente,
de los vehículos a motor. No solo resultaban
indispensables en multitud de faenas agrícolas,
sino también a la hora de acarrear grandes cargas.
Mientras que en el transporte de viajeros se produjeron
grandes avances a partir del siglo XVIII, con un notable
aumento de los servicios de postas sobre ruedas y de
diligencias, en el transporte de mercancías pervivieron
las formas y usos tradicionales (Uriol, 1990). Aún
cuando las nuevas carreteras, empezadas a construir
a mediados del citado siglo, se concibieron con el propósito
de sustituir el transporte a lomo de bestias de carga
o en carros pequeños por transportes sobre ruedas
en vehículos de mayor capacidad y menor coste,
la realidad es que hasta bien avanzado el siglo XIX
no se consiguieron mejoras generalizadas en el transporte
de mercancías por los caminos españoles.
En consecuencia, la energía proporcionada por
los animales resultó vital para el transporte
de alimentos. De hecho, en muchos lugares del Alto Aragón,
el acceso en caballería siguió siendo
el único factible hasta bien entrado el siglo
XX, dadas las dificultades orográficas y las
pobres infraestructuras para salvarlas.
En general, los équidos
fueron los elegidos para la misión debido a su
resistencia y velocidad. En este último sentido
superaron ampliamente a su único competidor:
los bueyes (Figura 1). La carreta (o yunta) de bueyes
necesitaba caminos practicables (¡todo un lujo!)
y aun así pocas veces avanzaba más de
dos o tres leguas diarias mientras que las caballerías
recorrían hasta ocho portando sobre sus lomos
las mercancías. Aunque en ocasiones se emplearon
caballos para este menester, los grandes protagonistas
fueron mulos y burros, particularmente en las zonas
montañosas. Aunque se preferían los mulos
(machos) para el transporte de mercancías y las
mulas para el de personas, en la práctica ambos
sexos se emplearon para el tiro y la carga. Estos animales
eran muy apreciados para el transporte por terrenos
abruptos, pues eran más resistentes y seguros
que los caballos, animales con un mantenimiento más
costoso y cuyo rendimiento dejaba mucho que desear en
estas zonas.

Figura 1. Bueyero
de Casa Raso, San Esteban de Litera. Fuente: Somos Litera,
Binéfar.
Fijémonos, en
la opinión de Madoz (1845): «Nuevamente
se ha creado un resguardo especial de la sal, compuesto
de 40 infantes y 7 caballos, á las órdenes
de un titulado comandante, que residen en Naval, como
punto céntrico a los salobreros de la provincia;
á pesar de esto, pudiera la nación ahorrarse
el gasto de los caballos, los cuales son inútiles
completamente, en un pais tan quebrado y desigual».
Casi siglo y medio antes, la opinión del capitán
Thierry, enviado por el ejército francés
camuflado entre una caravana de arrieros osaleses
con el objetivo de trazar un mapa con vistas a una posible
invasión a través del valle de Tena, era
similar: «no se puede
transitar por él sin grandes dificultades con
caballos, pero los mulos conducidos por arrieros y gentes
que comercian con España se sirven de ellos en
cuanto se funde la nieve (…). Los enormes precipicios
que lo rodean y sus subidas y bajadas obligan a los
jinetes [soldados] a
desmontar [de sus caballos]».
Por ello, a no ser que se lleven mulos, «solamente
es transitable para la infantería»
(Druène, 1951).
Pero, además,
había muchos otros motivos por los que los mulos,
en particular, se impusieron como animales de transporte
por excelencia. Soportaban mejor el estrés, el
calor y el esfuerzo físico, se reponían
mejor tras una dura jornada de trabajo y eran menos
susceptibles a los cólicos y otras enfermedades.
Por si esto fuera poco, realizaban el mismo trabajo
con una ración de comida y agua incluso tres
veces inferior a la que requerían los caballos,
y envejecían mejor.
La Tabla 1 muestra
una comparación de diversas propiedades relacionadas
con la aptitud al transporte de algunas de las principales
especies animales que se han empleado a lo largo de
la historia para este menester. La comparación
fue realizada por el oficial británico Garnet
Joseph Wolseley, quien llegó a ser el general
en jefe del Ejército Británico (1895-1901).
Su experiencia en lugares tan dispares como Chipre,
Birmania, Crimea, India, China, Canadá, Egipto,
Sudán o Sudáfrica, en épocas convulsas
y en las que el transporte militar tenía que
ser realizado forzosamente a base de animales, le concede
una gran autoridad en ese tipo de valoraciones.
Tabla 1. Comparación
de características relacionadas con el transporte
entre diversas especies utilizadas con esta finalidad
(Wolseley, 1869).
|
Velocidad (millas/hora) |
Carga (libras) |
Carga de tiroa (libras) |
Distancia de trabajo (millas/día) |
Humano |
2,5 |
40-80 |
120-150 |
4-8 |
Buey |
2,2 |
160-200
|
300-500 |
4-6 |
Caballo |
4 |
250-400 |
350 |
15-16 |
Mulo |
4 |
150-300 |
500 |
15-16 |
Camello |
2,5 |
300-600 |
1.000 |
20 |
Elefante |
3,5 |
800-1.200 |
8.000 |
15-20 |
aLa carga de tiro incluye
la carga más el peso de un carro, narria, esturrazo
o similar.
La vida laboral
de los machos era prolongada: empezaba a los 4 o 5 años
y los mejores ejemplares podían mantenerse en
condiciones aceptables hasta que cumplían los
18 ó 20. Atendiendo a su capacidad de carga,
el macho se incluía en la categoría de
las caballerías mayores (junto con el
caballo) mientras que el asno se consideraba como caballería
menor. La carga media capaz de ser trasladada a
lomos por una caballería mayor era de entre 80
y 160 kg (6-12 arrobas aragonesas) mientras que los
burros portaban cargas que, dependiendo de la calidad
del animal, oscilaba entre 45 y 90 kg. Según
los manuales y reglamentos militares de los destacamentos
de montaña, la carga máxima de un mulo
era 180 kg. Se solía calcular que la mula podía
soportar una carga equivalente a un tercio de su peso,
mientras que en el caballo esta proporción se
reducía a una cuarta parte. Habitualmente podían
cubrir distancias de hasta 40 km en un día de
marcha, aunque, bajo presión, podían llegar
a ser mucho mayores. Por supuesto, la carga que podía
portar una caballería dependía mucho de
la naturaleza más o menos accidentada del terreno
y de la distancia total del itinerario previsto (Ringrose,
1971).
A pesar de la mayor
rapidez y rendimiento de los machos con respecto a los
burros, algunos arrieros preferían los burros
a los mulos, porque los primeros costaban menos de la
tercera parte de un macho y porque, si salían
muy buenos, meneaban casi los mismos quintales que aquéllos
(Figura 2). Incluso en algunas ocasiones se formaban
recuas mixtas de machos y burros. De hecho, se consideraba
que un asno «enganchado
delante de un tiro de mulas, es un conductor excelente
que sabe ganar a tiempo y con precisión las curvas
de los caminos por accidentados que sean»
(Salvans y Torrent, 1959).

Figura 2. La capacidad
de carga de los burros puede llegar a ser sorprendente.
Zona andina de Perú en la actualidad. Archivo
UCM.
Uncidas a carros y
carretas, las caballerías podían transportar
una carga media de entre 400 y 460 kg (32-37 arrobas
aragonesas) (Figura 3); algunos transportistas de la
época cifraban la carga máxima que podía
arrastrar un mulo entre 700 y 1000 kg, descontando el
carro (Sanz Egaña, 1955); no obstante, los carros
tenían dos inconvenientes con respecto al transporte
a lomo: una menor velocidad y, lo que es más
importante, no eran aptos para todo tipo de terrenos.

Figura 3. El carro
multiplicaba la capacidad de carga de un macho. Archivo
UCM.
La secular precariedad
de España en todo lo referente a vías
de comunicación, especialmente en zonas montañosas,
representaba una barrera infranqueable para carros,
carretas y otros vehículos de ruedas con tracción
animal. Ni siquiera los caminos más transitados
eran objeto de unos cuidados mínimos, por más
necesarios que pudieran parecer. Resulta ilustrativa
la siguiente reflexión de Madoz (1845), refiriéndose
nuevamente al término de Naval, gran centro arriero
del Alto Aragón: «Antes
de confluir los mencionados arroyos, hay sobre el uno
un mal puente de madera para dar paso á la carretera,
que desde Barbastro conduce á todo el Pirineo
N. y N.E. de la provincia; muy útil seria el
que en este camino tan concurrido, se proporcionase
á los transeúntes la seguridad y paso
de los afluentes, que es tan indispensable».
El estado en el que, poco antes, se encontraba una de
las vías más importantes y concurridas
del Reino, la que conectaba Madrid con Barcelona a través
de Zaragoza, también puede darnos una idea de
la situación en la que debían encontrarse
el resto de las vías:
«De
Madrid a Alcalá se computan siete leguas, aunque
son cortas. En este trecho se haya, a un cuarto de legua
de Madrid, el puente del Espíritu Santo sobre
el arroyo Brañigal. A su entrada sobre la mano
derecha se debe extender la manguardia de pocas varas
para evitar la caída de caballerías o
carruajes en el ribazo que da al arroyo. A la salida
del propio puente se halla una cuesta pendiente y robada
de las aguas que necesita igualarse con excavación
dando a las aguas salida por zanjas laterales que vayan
al Brañigal.
El paso de Canillejas se ha inutilizado por haberse
caido un pontoncillo, y robada las tierras con las aguas
ha formado un barranco que evitan los carruajeros haciendo
un rodeo. Es precisa una cantarilla grande con una calzada
que salve el barranco a su entrada y salida, e iguale
el piso dando corriente a las aguas para que no roben
más la tierra»
(Rodríguez Campomanes, 1723-1803).
En resumen, no es de
extrañar que todos los documentos y testimonios
indiquen una clara predominancia de la carga “al
lomo” para el transporte de mercancías
por el Alto Aragón y un uso mucho más
marginal de carros y carretas. De hecho, solo
se beneficiaron de esta modalidad los últimos
arrieros de Naval, ya en pleno siglo XX, cuando diversas
circunstancias (como las grandes obras hidráulicas
del sistema del Cinca) propiciaron la construcción
y/o mejora de carreteras entre Barbastro y ciertas zonas
pirenaicas. Otras zonas, como Sobrepuerto o La Solana,
fueron infranqueables para los vehículos de cualquier
tipo hasta que se deshabitaron.
2. Origen de
asnos y mulos
Caballos y asnos salvajes
se contaron antaño entre los herbívoros
más abundantes de África y Eurasia. En
la actualidad, solo persisten siete especies y la mayoría
se encuentra en peligro de extinción. Asnos y
caballos se separaron de su tronco evolutivo común
hace entre 3 y 9 millones de años. El análisis
del ADN mitocondrial, que se transmite por vía
materna, ha confirmado que todos los asnos domésticos
proceden de dos especies africanas: el asno de Nubia
(Equus asinus africanus), ya extinguido, y
el de Somalia (Equus asinus somaliensis), en
peligro de extinción (Figura 4). Según
los científicos, el asno fue domesticado en el
noreste de África hace al menos 5.000 años.
La creciente escasez de agua en aquella época
obligó a las poblaciones ganaderas a efectuar
desplazamientos frecuentes para encontrar oasis y zonas
de pastoreo para los animales. La domesticación
del asno sirvió para transportar víveres,
tiendas, personas y equipajes, y, a consecuencia de
ello, favoreció los intercambios comerciales
entre las diferentes poblaciones. Es decir, el asno
era un animal de albarda antes de ser usado
para el tiro. Curiosamente, y a diferencia del caballo,
el asno está poco representado en el arte prehistórico.
Sin embargo, se pueden observar representaciones que
se remontan a más de 10.000 a.C. en diversos
abrigos saharianos. En la Península Ibérica
también están presentes (bien como presa
de caza o como incipiente montura) en ciertos yacimientos
como el Abrigo de los Borriquitos de El Mortero (Alacón,
Teruel). En otros muchos casos, no resulta posible la
identificación inequívoca de un posible
asno dado el esquematismo con que está tratada
la figura animal.

Figura 4. Asno de Somalia,
precursor de los burros domésticos. Archivo UCM.
Hasta la reciente época
industrial, el asno ha sido un animal imprescindible
en todos los territorios de la cuenca mediterránea
por su facilidad de adaptación a las condiciones
climáticas más adversas, sus pocas exigencias
en cuanto a alimentación y su versatilidad como
animal de carga y de labor (Figura 5). A pesar de ello,
ha sido tradicionalmente tomado como ejemplo de torpeza
y necedad. Así, en la paremiología, resulta
difícil encontrar algún refrán
que hable de sus virtudes y, sin embargo, son numerosos
los que se vierten una opinión negativa del mismo:
«cuando el camino es
corto, hasta los burros llegan»,
«burro que coces no diera, burro no fuera»,
«quien burro nace, burro
muere», «el
asno enamorado, muéstralo a coces y a bocados»,
etc. De hecho, este animal ocupa un lugar tan privilegiado
como poco envidiable en el bestiario simbólico
egipcio: al dios Seth, el gran rival de Osiris, se le
conoce por sus orejas de burro. Seth y, por asimilación,
su servidor, el asno, simbolizan la sequía, la
aridez, la tierra estéril, los celos, la hipocresía,
el caos y la ausencia de dominio de las pasiones, por
oposición a Osiris, el dios civilizador. Como
señala Porras (2009), «es
extraño constatar la mala e inmerecida reputación
de este animal, que, sin embargo, ha hecho grandes servicios
al hombre realizando los máximos esfuerzos y
resistiendo todas las privaciones y, con frecuencia,
los malos tratos».

Figura 5. Asnos (izquierda)
y mulos (derecha), animales fuertes y polivalentes.
Archivo UCM.
El mulo, habitualmente
denominado macho en el Alto Aragón,
es el resultado del cruce entre el asno y la yegua (Figura
5). El animal resultante posee unas características
propias (estructura, comportamiento, resistencia…)
bien diferenciadas de las de burros y caballos, por
lo que requiere un manejo específico (doma, alimentación,
cuidados…):
«En
términos generales estos híbridos presentan
unos caracteres intermedios entre el asno y el caballo,
estando tan admirablemente combinados que es imposible
confundir estos animales con ninguna de las dos especies
progenitoras.
El
mulo ofrece una combinación de cualidades que
lo hace preferible en diversas circunstancias al caballo
y al asno. Combina la longevidad, sobriedad y rusticidad
del asno con la talla y configuración del caballo,
presentando una mayor potencia y energía. Su
inteligencia es igual a la del asno y superior a la
del caballo. Son duros, sobrios, resistentes a la fatiga,
sufridos, de gran longevidad y poco aptos para la carrera.
Se prestan muy bien al tiro y carga en toda clase de
faenas y terrenos. Se habla mucho de su terquedad, tozudez
u obstinación, pero poco de su inteligencia.
Podrá sufrir malos tratos y golpes despiadados,
pero no se amedrenta ni achanta como el caballo»
(Salvans y Torrent, 1959).
Su producción
se pierde en la noche de los tiempos, pero, en cualquier
caso, siempre ha sido un animal muy apreciado en lugares
donde el tipo de trabajo, el clima, la orografía
y/o los pastos no eran propicios para los caballos.
Entre sus funciones siempre ha destacado el transporte
de cargas pesadas por caminos de montaña. Por
este motivo, han sido el vehículo ideal para
arrieros, contrabandistas o militares.
El burdégano
(o macho romo) es el producto del cruce entre
un caballo y una asna (Figuras 6 y 7). Su producción
siempre fue muy inferior a la de mulos ya que era menos
resistente, más pequeño, más indómito
y más frágil de salud. Sus orejas no solían
ser tan largas, el cuello y los cascos eran más
anchos, la crinera más abundante y, a veces,
presentaba malformaciones en la mandíbula.

Figura 6. Burdégano
con su madre. Archivo UCM.

Figura 7. Burdégano
adulto. Archivo UCM.
El cruce de dos especies
con diferente número de cromosomas (los caballos
poseen 64 cromosomas mientras que los asnos tienen 62)
da lugar a animales (mulos o burdéganos) con
63 cromosomas. Por este motivo, esta descendencia casi
siempre resulta estéril. Sin embargo, de vez
en cuando se pueden producir algunas sorpresas (Figura
8).

Figura 8. Raro caso
de una mula que tiene descendencia (Luque, Córdoba).
Mundo Ganadero, 1942. Biblioteca de la Facultad
de Veterinaria, UCM.
3. Un cuerpo
adaptado a sus funciones
«El
mulo, ahí donde usted lo ve, es uno de los animales
mejor hechos que hay en el mundo: resiste las fatigas
mejor que el caballo, aunque sea menos suelto de movimientos.
¿Ve usted el casco? Lo tienen pequeño
y el paso lo echan rastreo, y eso les da seguridad en
los caminos quebrados, que muchas veces no sabe usted
por qué peñas tenemos que subir (…).
Luego, los mulos son de poco comer y, si se tercia,
aguantan sin beber un día de fatiga. Además,
fíjese usted: tienen la espalda más derecha
que el caballo y el lomo recto y son algo estacados
de manos; vamos, perfectos para la carga»
(Eslava, 2008).
3.1. Talla
Los asnos se suelen
dividir en cuatro categorías en función
de su talla: los grandes, que miden más de 1,30
m y a veces incluso más de 1,60 m; los medianos,
de 1,10 a 1,30 m; los pequeños, de 90 cm a 1,10
m; y los enanos, de menos de 90 cm. El peso oscila entre
los 70 kg, para las razas enanas, a más de 500
kg, para los asnos grandes, como los de Poitou. La talla
de una caballería se mide desde la cruz al suelo.
La cruz está situada en la unión entre
el cuello y la espalda, punto que corresponde a las
primeras vértebras dorsales y que forma una pequeña
protuberancia. Es un punto de referencia importante
para colocar la silla de montar, la albarda u otros
arreos (silla o arnés). Además, se trata
de una parte particularmente sensible al roce, por lo
que es importante montar bien el acolchado del arnés,
la albarda o el sudadero de la silla.
En cuanto a los mulos
y mulas, se obtenían tres tallas distintas según
la morfología y la estatura de los reproductores
seleccionados:
(a) Mulo de carga;
es decir, destinado al transporte de mercancías:
1,40 a 1,55 m de talla, un peso de entre 350 y 450 kg
y un perímetro torácico de 170 a 180 cm;
tenía una conformación recogida, densa
y próxima al suelo; así se facilitaban
las operaciones de carga y descarga, y se lograba un
mejor control de su centro de gravedad; dorso convexo,
amplias articulaciones y buen casco; para la carga en
zonas montañosas eran particularmente recomendables
los mulos ligeros (145-155 cm; 350-375 kg).
(b) Mulo de tiro
ligero: de 1,45 a 1,60 m, ágil, vigoroso
y tan fino que a veces se consideraba un producto de
lujo.
(c) Mulo de tiro
pesado: más de 1,60 m, podía alcanzar
un peso de 700 kg, y se utilizaba para la labranza y
la tracción de diligencias.
3.2. Cabeza
y cuello
Prácticamente
todas las partes de los asnos y las mulas eran importantes
para su función como medio de transporte. La
cabeza y el cuello son muy importantes para el equilibrio
porque con su movilidad modifican el centro de gravedad
(Figura 9). La expresividad de la cabeza indica muchas
cosas, desde tristeza y abatimiento hasta miedo o agresividad,
pasando por docilidad, curiosidad o vigor. Las orejas,
tan emblemáticas en el asno, son largas, puntiagudas
y están recubiertas de pelos. Miden aproximadamente
la mitad de la altura de la cabeza y contribuyen notablemente
a la expresividad del animal: vueltas hacia atrás
indican cólera, agresividad, o una actitud desafiante
o de defensa frente a la que hay que desconfiar; orientadas
hacia delante, indican vivacidad, curiosidad y confianza.
La orientación de las orejas, unido a un oído
muy fino, permite al asno captar e identificar sonidos
a leguas a la redonda… y reaccionar en consecuencia.
Además, tienen una importante función
termorreguladora.
Los ollares y el dorso
del hocico han de ser espaciosos para dejar pasar correctamente
el aire hacia los pulmones, como se observa cuando rebuznan
(Figura 9). Su obstrucción, por acumulación
de mucosidad y/o la presencia de sangre o pus, siempre
es signo de un estado de salud preocupante. Los labios
son, de alguna manera, equivalentes a las manos humanas,
ya que están contienen músculos prensiles
que permiten al animal seleccionar los alimentos.

Figura 9. La cabeza
del burro, toda expresividad (izquierda). Ollares y
rebuzno (derecha). Archivo UCM.
La boca y los dientes
de estos animales resultan particularmente relevantes
ya que, por una parte, es donde se coloca el bocado
cuando se quieren montar o enjaezar, mientras que la
evolución (erupción) y/o estado (grado
de desgaste de marfil, esmalte y cemento) de la dentición
permiten estimar su edad (Martínez Baselga et
al., 1909; Moyano, 1910). Como en todos los équidos,
la fórmula dental del asno y del mulo adulto
es (para cada mandíbula): 6 incisivos (2 primeros
incisivos, pinzas o palas, 2 segundos incisivos o medianos
y 2 terceros incisivos, angulares o extremos), 2 caninos
(la hembra, salvo rarísimas excepciones, carece
de ellos), 6 molares y 6 premolares, lo cual representa
un total de 36 dientes en las hembras y 40 en los machos.
A veces puede haber un séptimo premolar. La presencia
de caninos en las asnas suele indicar un alto riesgo
de esterilidad. Las puntas que aparecen en los molares
debido a un desgaste desigual debían limarse
para evitar que causaran heridas. Las anomalías
en la dentición son relativamente raras, pero
pueden dificultar la correcta digestión de los
alimentos y desembocar en trastornos digestivos. La
persistencia de un premolar de leche por delante del
primer molar adulto recibe el nombre de sobrediente
o diente de lobo, y dificulta enormemente la
colocación del bocado, porque al animal le resulta
doloroso. Esta tara se puede remediar con la extracción
del diente en cuestión.
La estimación
de la edad de un asno o una mula a partir de la lectura
de la tabla dental era un método comúnmente
aceptado a pesar de su dificultad y de los numerosísimos
trucos de los tratantes para alterarla; como se solía
decir, «para conocer
la edad de los animales hace falta abrir muchas bocas»;
no obstante, las personas con gran experiencia podían
determinar con relativa precisión el año
de nacimiento de un animal (Figura 10; Tabla 2).

Figura 10. Relación
entre la superficie oclusal de los incisivos y la edad
del mulo. Elaboración propia.
Tabla 2. Periodos promedios
de erupción de los dientes en mulos y asnos.
| Dientes |
Erupción |
| A)
Deciduos (de leche) |
|
| Primer incisivo |
Nacimiento-primera
semana |
| Segundo incisivo |
4-6 semanas |
| Tercer incisivo |
6-9 meses |
| Canino |
- |
| Primer premolar |
Nacimiento
o primeras dos semanas |
| Segundo premolar |
| Tercer premolar |
| B) Permanentes |
|
| Primer incisivo |
2 años y medio |
| Segundo incisivo |
3 años y medio |
| Tercer incisivo |
4 años y medio |
| Canino |
4-5 años |
| Primer premolar (diente
de lobo) |
5-6 meses |
| Segundo premolar |
2 años y medio |
| Tercer premolar1 |
3 años |
| Cuarto premolar1 |
4 años |
| Primer molar |
9-12 meses |
| Segundo molar |
2 años |
| Tercer molar |
3 años y medio-4
años |
1Los periodos dados para
el tercer y cuarto premolares permanentes se refieren
a los dientes superiores; los inferiores pueden erupcionar
unos 6 meses antes.
Y es que conocer la
edad de estos animales resultaba vital, especialmente
en el caso de los machos:
«Nace
un animal y aparece ante nosotros tangible y cotizable
un valor inicial, un pequeño capital, que se
va formando siguiendo en sentido ascendente la curva
de la vida. En esta época los animales son creadores
de capital, pero la importancia de tal creación
no es siempre igual; depende de la influencia de los
procreadores (padre y madre), y del interés y
conocimientos del explotador para conducir bien la lactancia,
el destete y la educación. El capital aumenta
hasta los cinco años, edad en que los animales
son ó deben ser presentados al mercado, poseyendo
educación adecuada y aptitudes para un servicio
determinado. Cuando los animales llegan á esta
edad, se justifica el precio elevado que alcanzan. Han
atravesado la edad crítica, poseen el súmum
de energías y vitalidad necesaria para los servicios
que se le demanden. La conformación y la maestría
con que realizan los diferentes trabajos, motivan siempre
un sobreprecio. Es entonces cuando el comprador no repara
en el sacrificio de 100 ó de 200 pesetas. Tiene
el animal mucha vida por delante, y él compensará
el pequeño sacrificio; como se dice vulgarmente:
del cuero salen las correas. Desde este momento tiene
tendencias al descenso el capital, porque desciende
la curva vital. Al principio lentamente, luego con gran
precipitación. El animal que no ha redimido el
dinero que costó, quizá muera dejando
una pérdida. Quien compra animales viejos se
expone á que mueran antes de haber retirado la
prima de amortización» (Martínez
Baselga et al., 1909).
3.3. Dorso
y grupa
El dorso era otra parte
importante para una caballería destinada al transporte.
Cuanto más corto es el dorso, más fuerza
transmite a las extremidades posteriores. Esta era,
pues, una característica especialmente buscada
en el asno y en el mulo, tanto si estaban destinados
al tiro como al baste. Por otra parte, un dorso ancho
garantizaba una buena amplitud torácica, de lo
que se derivaba una buena capacidad respiratoria y,
en consecuencia, una alta resistencia (Figura 11). Se
prefería el dorso «ligeramente
arqueado, por ser más resistente según
el mismo fundamento físico de los puentes»
(Salvans y Torrent, 1959), de tal manera que el dorso
convexo recibía el nombre de dorso de mula.
En contraste, un dorso cedido o ensillado podía
ocultar dolores perjudiciales para la tracción
de carros o el transporte de cargas pesadas a lomos.

Figura 11. Buena conformación
del dorso y grupa de una mula de tres años, propiedad
de Adolfo Calvo, Santa Eulalia (Huesca), 2º premio
en la Feria Internacional del Campo, Madrid (1953).
Biblioteca UCM.
La grupa es el punto
mediante el cual se transmite toda la fuerza del asno
o del mulo por efecto de palanca entre los huesos y
los músculos coxales y los del fémur.
Realmente, la articulación coxo-femoral constituye
la base de la locomoción, de tal modo que, en
términos automovilísticos, se podría
decir que los équidos tienen tracción
trasera. En consecuencia, se buscaba que los animales
dedicados a la carretería o arriería tuvieran
la grupa larga, ancha y musculosa.
3.4. Extremidades
La extremidad anterior
está formada por el brazo, el codo, el antebrazo,
la rodilla, la caña, el menudillo, la cuartilla,
la corona y el pie. La integridad de los músculos
y de los tendones es fundamental para una buena locomoción.
Al comprar un asno o un mulo, había que confirmar
la ausencia de hinchazones o vejigas en las articulaciones
y de higroma (tumefacción en el codo llena de
líquido sinovial). En ocasiones, los asnos presentaban
una pequeña excrescencia córnea (espejuelo)
en la cara interna del antebrazo, cuya presencia era
natural y que representaba el vestigio de un dedo ancestral.
El espejuelo era mucho más pequeño o estaba
ausente en los mulos.
La extremidad posterior
está integrada por la nalga, el muslo, la babilla,
la pierna, el corvejón, la caña, el menudillo,
la cuartilla y el pie (Figura 12). El corvejón
funciona como un verdadero muelle para propulsar el
tren trasero hacia delante. Las taras que se encontraban
con más frecuencia en esta zona eran el esparaván
(tumor en la parte interna e inferior del corvejón
de los solípedos, que, si llega a endurecerse,
produce una cojera incurable), el garbanzuelo (enfermedad
de los flexores de las piernas, que hace que el animal
levante las extremidades como si se quemara y que a
menudo va acompañada de un tumorcillo duro, externo
al corvejón), el lerdón y las deformaciones
óseas, como la sobrecaña (hipertrofia
resultante de una actividad excesiva de formación
ósea del periostio).
La integridad de huesos,
músculos, tendones y ligamentos de ambas extremidades
era fundamental para una buena locomoción, un
buen equilibrio y una posición correcta. Para
asegurarla, las extremidades debían estar en
perfecto aplomo. Se entendía por aplomos,
la dirección más adecuada que debían
guardar las extremidades con relación al suelo
y al cuerpo del animal. La dirección podía
ser favorable (normal) o defectuosa (perjudicial) para
el equilibrio del animal y la ejecución de sus
movimientos, de tal manera que se decía que una
caballería estaba bien o mal aplomada. Ciertas
deficiencias imposibilitaban o desaconsejaban el empleo
de los animales afectados para el transporte o el tiro.
Para la determinación de los aplomos, se utilizaban
diversas líneas imaginarias (líneas
de aplomo), dependiendo de si la persona que iba
a determinar los aplomos estaba de frente, de costado
o por detrás del animal (Figura 13). La apreciación
de los aplomos se realizaba en terreno llano y requería
experiencia (Martínez Baselga et al., 1909; Moyano,
1910).

Figura 12. Partes de
la extremidad posterior de un mulo. 1: muslo; 2: nalga;
3: babilla; 4: grupa; 5: pierna; 6: corvejón;
7: caña; 8: menudillo; 9: corona; 10: pie; 11:
ijar; 12: dorso; 13: cruz; 14: vientre; 15: base de
la cola; 16: espejuelo.

Figura 13. Los aplomos
de las caballerías y sus defectos más
frecuentes.
Y llegamos al pie.
Como reza un dicho, «sin pie no hay caballo».
Lo mismo puede decirse del pie del asno y del mulo,
que sirve a la vez de punto de apoyo y de amortiguador
de las presiones. Las partes externas del pie se conocen
como “casco” y su función es proteger
las partes internas del mismo. La estructura anatómica
del casco (integrado por la pared o tapa, la palma o
suela y la ranilla) es bastante más compleja
de lo que pueda parecer (Figura 14) (García Alfonso,
1942). La sustancia córnea que recubre el casco
está hecha de una materia similar a la de nuestras
uñas y crece alrededor de un centímetro
al mes, por lo que se debe rebajar periódicamente
para evitar deformaciones de aplomos. Se decía
que los animales tenían buen pie o buenos cascos,
cuando «su superficie
exterior es lisa, reluciente, como barnizada; su superficie
inferior cóncava y que no apoya en el suelo mas
que por su circunferencia. La ranilla bien aparente;
talones redondeados, abiertos ó separados, la
parte anterior de los candados ó huecos de las
ramas de la ranilla profundos, con la curva hácia
la parte externa, más aparente que la del lado
interno; sustancia córnea de la tapa gris ó
negruzca, resistente y elástica, suficiente gruesa
para servir de coraza protectora á los tegidos
que cubre. Inclinación de la tapa formando con
el suelo un ángulo de unos 45 grados. Su volumen
proporcionado al del cuerpo que sostiene»
(Casas de Mendoza, 1867). Por su importancia en la locomoción,
los defectos y enfermedades de los cascos han sido objeto
de numerosos tratados y monografías.

Figura 14. Casco anterior
del mulo. Superficie basal (izquierda) y lateral (derecha).
Las manos
de los équidos son más estrechas que sus
pies. Además, los cascos de asnos y mulos ofrecen
ciertas peculiaridades que los diferencian del caballo
(Figura 15). Así, son más largos que anchos
(más estrechos o cerrados), lo que les
confiere una forma cilíndrica en vez de cónica.
Los talones son más altos y los cuartos de la
pared del casco más verticales. La ranilla, siempre
pequeña, está también más
alta. La palma es más cóncava por lo que
la superficie inferior es más hueca. El casco
de estos animales es más pequeño en proporción
a su alzada, lo que hace que tenga una base de sustentación
más reducida. Este hecho, unido a su mayor estrechez,
mayor altura de talones y mayor espesor y dureza de
la caja córnea les confiere una gran ventaja
sobre el caballo para caminar por lugares montañosos
y escarpados ya que disminuye notablemente el desgaste
y el riesgo de resbalar (Figura 16).
«Esta
conformación, lejos de perjudicarles, les hace
[a los mulos]
muy á propósito para trabajar en los países
montañosos; el pequeño volumen de sus
cascos no es un defecto, porque vemos que estos animales
padecen con menos frecuencia de esas regiones que los
caballos, y nada hay por lo tanto que corregir en este
punto relativamente á la conformación.
Los
herradores españoles, ateniéndose más
bien á la experiencia que á las teorías,
consideran al ganado mular de un paso firme y seguro
á toda prueba, para subir y bajar por caminos
estrechos, pedregosos y resbaladizos, ya lo sean por
efecto de la naturaleza del terreno, ya por las nieves
y hielos» (Rey,
1883).

Figura 15. Diferencias
entre los cascos del mulo y del burro. Archivo UCM.

Figura 16. Los casos
de los mulos son idóneos para caminar por lugares
montañosos y escarpados. Bolivia, principios
siglo XXI. Archivo UCM.
Las diferencias entre
los cascos de caballos, mulos y asnos también
determinaban diferencias en el herrado. La herradura
mular de mano (Figura 17) era oval por delante, los
hombros salientes y las ramas ligeramente redondeadas;
el espesor uniforme pero más ancha de tabla y
más gruesa que la del caballo, y la anchura más
acusada en las lumbres que en los callos. El estampado
constaba de seis a ocho claveras, repartidas en los
dos tercios anteriores de la herradura y más
internas que en las destinadas a los caballos. El extremo
terminal de la rama interna era a veces puntiagudo y
elevado hacia los talones mientras que el de la rama
externa solía ser cuadrado. El apoyo de la herradura
en el suelo se hacía exclusivamente por las ramas
debido a la curvatura que se daba a la zona de las lumbres
(justura de mula). Algunas veces llevaban pestaña
en las lumbres para una mejor fijación.
Generalmente, las herraduras
de los mulos tenían más descanso (parte
de la herradura que, una vez colocada, sobresalía
de la circunferencia de la tapa) que la de los caballos,
ya que como los cascos de los primeros eran más
estrechos, las herraduras justas quedaban cortas y su
desgaste era mayor. El descanso no existía en
las lumbres; comenzaba en los hombros, aumentaba progresivamente
en las cuartas partes y disminuía hacia los callos.
Era más acusado en la rama externa que en la
interna. La herradura mular de pie (Figura 17) era más
espesa en las lumbres que en los callos. Solo llevaba
claveras en las ramas y los callos estaban más
próximos entre sí que en las de mano.
Las lumbres sobrepasaban el borde del casco y no llevaban
pestaña.

Figura 17. Herraduras
para caballo, mulo y burro. Archivo UCM.
El herrado del mulo
también sufría modificaciones dependiendo
de la naturaleza del trabajo que ejecutaba y el terreno
en que prestaba sus servicios:
«Para
los mulos que trabajan en las montañas y se dedican
á la carga, deben adoptarse herraduras menos
anchas que las empleadas en los países llanos;
y efectivamente, se comprende que una herradura muy
ancha, habia de dar menos seguridad á las marchas,
porque el animal estaria expuesto á resbalar
frecuentemente en los terrenos duros y pedregosos, y
encarcelaria no pocas veces el pié del animal
entre las piedras, ocasionándoles graves desórdenes.
Véase en prueba de esto lo que sucede en el Languedoc
y en la Gascuña hacia la frontera de España,
en donde se hace uso de herraduras estrechas, pues se
obtienen tantas mayores ventajas cuanto menos guarnecen
el casco de los mulos»
(Rey, 1883).
Además, el descanso
debía ser mayor en los mulos de carga, de tal
manera que los callos sobresalieran alrededor de un
centímetro de los talones. El motivo era que
quedaran protegidos los talones y la ranilla en los
descensos por terrenos montañosos. Es más,
en ocasiones, las herraduras de las manos de los machos
destinados a la carga en zonas montañosas tenían
unos callos especiales que protegían a los talones
de los alcances con los pies y dificultaban el desherrado.
En cualquier caso, el descanso tampoco debía
ser excesivo ya que aumentaba el peso de las herraduras,
de tal manera que los animales se podían fatigar
antes, especialmente cuando caminaban por terrenos húmedos
y embarrados. En la montaña, las herraduras posteriores
estaban provistas de pequeños ramplones (piezas
que forman un saliente en la cara inferior de la herradura)
para evitar resbalones en zonas quebradas y/ o heladas.
Los ramplones podían ser fijos o móviles
(tornillos o clavos de hielo), y se solían colocar
en el extremo de los callos. Su altura tenía
que ser idéntica en las herraduras de las dos
extremidades.
La dureza y resistencia
de los cascos de los asnos les dispensaba del herraje
(o hacía que se limitase a las extremidades posteriores)
cuando se dedicaban a labores agrícolas. Sin
embargo, se herraban los cuatro pies cuando tenían
que recorrer largas distancias en suelos duros. En general,
el casco del asno es más pequeño que el
del mulo, pero su forma es muy similar, de tal manera
que las herraduras de ambos guardaban muchas analogías
(Figura 17). La del asno era más pequeña,
delgada y estrecha. Estaba provista de entre cuatro
y seis claveras y no necesitaba tanto descanso como
la del mulo.
Naturalmente, los équidos
pueden desplazarse en tres andares naturales:
el paso, el trote y el galope. El paso es el andar que
requiere menos energía y un asno o un mulo, sano
y bien descansado, puede alcanzar entre 4 y 7 km/h.
El trote es un andar rápido de resistencia que,
bien acompasado, tiene la ventaja de no provocar mucho
jadeo. La velocidad oscila entre 10 km/h y 17 km/h en
un buen mulo. Los asnos domésticos utilizan muy
poco el galope, casi exclusivamente cuando huyen, y
en tal caso lo realizan de forma poco armoniosa. El
mulo galopa bastante mejor y puede alcanzar puntas de
velocidad cercanas a los 70 km/h. La ambladura es un
aire adicional en el que la caballería movía
las dos extremidades del mismo lado (delantera y trasera)
al unísono. Se enseñaba de forma artificial
a las mulas para que las mujeres pudieran montar con
más comodidad, ya que se veía como una
indecencia que lo hicieran con las piernas separadas.
De esta manera, el animal podía alcanzar una
velocidad de entre 9 y 12 km/h. En contraste, se trata
de un aire que es natural en muchos asnos. La resistencia
de burros y, especialmente, de mulos es proverbial.
Como es bien sabido,
el asno y el mulo pueden proyectar en el aire tanto
sus miembros anteriores como los posteriores. En el
primer caso, el animal levanta el tercio anterior (se
levanta de manos), manteniendo el equilibrio sobre
las extremidades posteriores. Se trata de un equilibrio
bastante inestable y, en consecuencia, suele ser breve.
No obstante, tiene una gran capacidad intimidatoria
y, además, por medio de este movimiento el animal
puede alcanzar la cabeza de su adversario o patear a
un visitante non grato. Y a eso, hay que añadir
los temibles mordiscos. Por este motivo, en algunas
zonas de Huesca se solían introducir uno o más
asnos en los rebaños de ovejas para protegerlos
de los lobos. Esta práctica se sigue llevando
a la práctica en algunos lugares de África,
América y se ha reintroducido en Galicia y Asturias
hace apenas unos años para proteger a los rebaños
de vacas.
¡Y qué
decir de las coces! Estos animales pueden soltarlas
cuando se ven sorprendidos y/o intimidados, cuando existe
rivalidad dentro del grupo o cuando necesitan desentumecerse
al salir de la cuadra, especialmente. En estos casos,
el tercio posterior se eleva muy rápidamente,
y las extremidades posteriores se proyectan vigorosamente
hacia atrás. Dependiendo de la fuerza y el lugar
de impacto, pueden llegar a ser letales. Para evitarlas,
conviene estar siempre atento, no pasar nunca por detrás
del animal y hacerle notar con calma y antelación
que nos estamos acercando a él. A diferencia
de los caballos, los asnos pueden dar potentes coces
laterales (coces de vaca) debido al mayor ángulo
articular de sus extremidades posteriores. Este hecho
obliga a estar más vigilantes.
3.5. La capa
El término capa
hace referencia al conjunto de la coloración
de los pelos y piel de caballos, asnos y mulos. Se refiere,
por tanto, al color que recubre uniformemente el cuerpo,
los cabos (crines de la región del cuello y de
la cola) y los extremos (porción distal de las
extremidades, orejas, región naso-labial, etc.).
Actualmente, se tiende a incluir también el color
de los ojos (del iris). Las capas se pueden clasificar
siguiendo diversos criterios; en cualquier caso, el
vocabulario para referirse a los diversos colores y
tonalidades era muy rico: alazana, castaña, negra,
baya, isabela, blanca, torda, overa, sabina, lobera,
ruana, pía, etc., cada una de ellas con diversas
variantes (negro azabache, negro morcillo, negro peceño…).
Los colores podían oscurecerse o aclararse dependiendo
de la época del año y de la edad del animal.
Cualquier capa se podía
complicar por la aparición de una serie
de marcas, denominadas particularidades o accidentes,
entre las que destacaban, por una parte, los cambios
generales que afectaban a diversas zonas del cuerpo
(espigas, remolinos, capas plateadas, doradas o bronceadas,
capas lavadas, zainos, hitos, rubicanos, rodados, cebrados…)
o a una región corporal concreta, ya fuera la
cabeza (estrella, lucero, lunar, bebe, cordón,
careto, bociblanco, cabeza de moro…) o las extremidades
(diversos tipos de calzados, cebraduras, armiñado…).
En el tronco, no podemos olvidarnos de la conocida raya
de mulo, una banda de pelos oscuros que recorría
la columna vertebral. Si se completaba con la banda
crucial o raya escapular (similar a la anterior, pero
uniendo los dos hombros) se formaba la denominada cruz
de San Andrés (Figura 18). El pelaje de
los asnos y de los mulos se hace más denso en
invierno para afrontar el frío.

Figura 18. Burro con
raya de mulo y cruz de San Andrés. Archivo UCM.
4. Cría
y reproducción
4.1. Asnos
Los asnos alcanzan
la madurez sexual a partir del año, aunque se
solía considerar que la edad óptima para
destinarlos a la reproducción era a partir de
los tres años. La temporada reproductiva está
estrechamente relacionada con el fotoperiodo («cuando
los días son cada vez más largos»)
y se extiende entre finales de febrero y finales de
agosto, pero los periodos más propicios suelen
ser la primavera y el inicio del verano. El celo se
produce aproximadamente cada 21 días y dura alrededor
de una semana. Un asno entero puede oler y oír
a una asna en celo a kilómetros de distancia
y, a menudo, retrae el labio superior, produciendo una
mímica característica de los équidos
en esta circunstancia (flehmen) (Figura 19).
Durante el celo de las asnas, su manejo puede ser muy
complicado.
La monta puede ser
programada o realizarse en libertad, aunque el asno
es un animal territorial al que le pueden afectar los
cambios de lugar. Cuando la monta no era en libertad,
las patas posteriores de la asna se solían trabar
con correas para evitar que coceara al macho. A veces
se colocaban sacos o mantas (salvacruces) sobre
la hembra para protegerla de las mordeduras del jumento.
Si la monta era en libertad, se introducía el
asno en un campo donde había varias hembras.
Esta práctica tenía la ventaja de aumentar
el índice de fecundidad y los inconvenientes
de un mayor riesgo de lesiones (coces o mordiscos) y
de la limitación a un solo semental por grupo
de hembras durante la temporada de monta.

Figura 19. Flehmen,
mímica característica del celo del asno.
Archivo UCM.
La gestación
de la asna (media: 365 días) es más prolongada
que la de la yegua (media: 338 días). La proximidad
del parto viene indicada por la relajación de
los músculos situados entre la grupa y la cola
(la asna se rompe) y por el inicio de la dilatación
de la vulva. En esos momentos, la asna busca un lugar
aislado. El parto suele durar entre 15 y 20 minutos.
Al nacer, el asno casi siempre se presenta de cabeza.
Primero aparecen las patas delanteras, con la cabeza
apoyada encima. Puede ocurrir que, debido a una mala
posición, una de las patas delanteras, o la cabeza,
se quede atrancada y sea necesario intervenir. En algunos
casos, el pollino no se presenta de forma correcta,
sino de nalgas o, lo que aún es más problemático,
de través.
Tras el parto, la madre
permanece un rato tumbada para recuperarse del esfuerzo
(Figura 20). Durante este tiempo no se debe cortar voluntariamente
el cordón umbilical ya que sigue aportando sangre
al neonato; se romperá espontáneamente
cuando la hembra se ponga de pie o el pollino intente
levantarse. Hay que comprobar que la burra haya expulsado
la placenta (secundinas o parias)
en un plazo máximo de cinco a seis horas para
evitar infecciones graves. El calostro, primero, y la
leche, después, van a ser los alimentos del pollino
durante sus primeros meses de vida. La lactancia de
la burra va en constante aumento hasta el segundo mes,
y a partir de ahí inicia una disminución.
Cuanto antes pueda estar en el prado con la madre y
sus congéneres, mejor se portará y aprenderá
a vivir en sociedad. Al principio no se separará
de la madre; luego se alejará un poco, aunque
sin temeridad, preparado para volver a lugar seguro
en cuanto algo que descubra se convierta en una posible
amenaza.

Figura 20. Parto de
la burra. Archivo UCM.
Poco a poco irá
adquiriendo independencia y pasará mucho rato
jugando con otros pollinos. En esta etapa de la vida
tendrá que acostumbrarse a la presencia del hombre
y aprender cómo debe comportarse con él.
Esta familiarización es indispensable porque
facilita su educación y su aprendizaje para la
silla, la albarda o el enganche. Se le tiene que acostumbrar
a aceptar nuestra presencia, a ser tocado por todo el
cuerpo, a dar los pies para la inspección de
los cascos, a dejarse poner y quitar los arreos, a ser
llevado a mano con las riendas sin adelantarse, resistirse,
tirar hacia atrás o empujarnos. Hay que inculcarle
los límites que no se deben rebasar (separación
entre él y nosotros al caminar, prohibición
absoluta de mordiscos y coces, etc.). El asno crece
mucho durante los tres primeros meses y luego sigue
creciendo más despacio. A los seis meses, su
masa representa entre el 44 y el 48 por ciento de su
peso adulto, y a los treinta meses, el 96 por ciento.
4.2. Mulos
La unión de
individuos pertenecientes a especies distintas hacía
que la técnica de reproducción tuviera
ciertas particularidades (Figura 21). La temporada en
la que las yeguas se encuentran en celo es muy similar
a la de las burras, y lo mismo sucede con la duración
del celo. Las señales que ponen de manifiesto
el celo en la yegua son varias: pierden el apetito,
se ven presas de excesiva irritabilidad, emiten relinchos
sordos y plañideros, golpean y escarban la tierra.
Además, una yegua en celo abducirá las
patas traseras, levantará la cola, revertirá
los labios de la vulva (parpadeo vulvar) y
orinará en presencia de un semental (Figura 22).
Los signos son mucho menos evidentes en ausencia de
semental (o de otras yeguas) o en presencia del potro.

Figura 21. Cómo
se hace una mula. San Alberto Magno, De animalibus,
s. XIV.
Latin 16169, fol. 84v, Bibliothèque Nationale
de France, París. Archivo UCM.
Los garañones
(asnos utilizados como sementales) se solían
destinar a la monta de yeguas a partir de los dos años
y podían montar un mínimo de dos o tres
yeguas al día. Para favorecer la monta, en algunos
lugares existía la costumbre de cantar canciones
lascivas al asno, que, obviamente, no podía entender
su contenido. La monta se realizaba en un lugar tranquilo
y con poca luz, para evitar motivos de distracción
al semental. En ocasiones se acercaba una burra en celo
al asno y, cuando estaba excitado, se sustituía
por la yegua en cuestión. Para evitar riesgos,
la yegua se sujetaba con trabones antes de ser presentada
al asno. Una persona sujetaba la cola para facilitar
el acto de la monta, para el que se elegía un
terreno firme y nada resbaladizo. Generalmente los asnos
que se utilizaban para la reproducción eran de
talla grande; no obstante, cuando la talla de la yegua
era significativamente mayor que la del asno, se solía
preparar un plano inclinado y/o una pequeña fosa
(40-50 cm de profundidad) para facilitar el acoplamiento.
Cuando el burro se colocaba encima de la yegua, una
persona (el apuntador o mamporrero)
solía guiar el pene a la vagina. Terminada la
cubrición, había que separar con gran
cuidado la yegua y el asno, haciendo avanzar lentamente
a la primera, para que el burro se desprenda con facilidad
y no se lastimen. En el caso de los budérganos
había que hacer una elección particularmente
juiciosa de la talla del caballo para evitar fetos grandes
y, en consecuencia, partos difíciles. El porcentaje
de éxito de este tipo de cruce es más
bajo que en el caso anterior, ya que la fecundidad de
las asnas es menor que la de las yeguas. La gestación
de la yegua destinada a la producción mular dura
entre 11 y 12 meses. El parto y la lactancia se desarrollan
de forma similar a lo indicado para la burra.

Figura 22. Signos celo
en yegua: posición característica con
las patas abiertas, retirando la cola para dejar expuesta
la vulva, y guiño vulvar. Fuente: Patricia Sertich.
El adiestramiento del
mulo joven o muleto (Figuras 23 y 24) se solía
iniciar en el otoño de su segundo año
de vida. Cada animal se orientaba hacia su finalidad
y, en consecuencia, a los de carga se les habituaba
al baste y a llevar pesos sobre su lomo. El adiestramiento
era gradual, realizando los primeros trabajos al lado
de ejemplares ya adiestrados. El esfuerzo debía
ser proporcional a la edad y condiciones físicas
del animal

Figura 23. Yegua con
muleto o rastra. Miguel A. Vilarrasa. Archivo
UCM.

Figura 24. Yegua percherona
(izquierda) y bretona (derecha) con sus respectivos
muletos o rastras. Mundo Ganadero, años
40. Archivo UCM.
4.3. El
castrador de caballerías
Un oficio ambulante
imprescindible en el mundo rural hasta hace apenas unas
décadas era el de capador o castrador.
Con este nombre se solía aludir específicamente
a los capadores de cerdos (Heras, 2007). Estos capadores
gozaban de poca estima social y se solían anunciar
con su chiflo característico. De ahí
el dicho «quien chifle
más alto, capador», que hace
alusión a la (en teoría) escasa formación
que hacía falta para ejercer dicho oficio.
Además de estos
capadores, existían también los castradores
de caballerías, oficio con unas connotaciones
bien distintas. El trabajo de estos especialistas requería
de técnicas más depuradas y complejas,
empezando por el manejo, mucho más delicado,
de machos, caballos y asnos. Tal es así que,
en ciertos lugares, esta operación era realizada
directamente por veterinarios, con un instrumental quirúrgico
específico (Navajas, 1955) (Figura 25). En consecuencia,
estos castradores de caballerías solían
ser tan demandados como respetados en las zonas donde
abundaba el ganado equino.

Figura 25. Instrumental
de castración. 1 y 4: tenazas de castración;
2 y 3: emasculadores. Archivo UCM.
Salvans y Torrent (1959)
describen perfectamente los motivos por los que los
mulos se castraban de una forma prácticamente
sistemática:
«Si
la castración de los caballos, desde el punto
de vista de la especie, es rechazada por algunos higienistas,
no lo puede ser en ningún modo la mutilación
de los órganos genitales externos del mulo, por
cuanto es siempre estéril. Desde el punto de
vista económico o de productividad, se recomienda
siempre la castración, ya que con ella se aumenta
el rendimiento de trabajo. Los mulos, aunque incapaces
de engendrar un nuevo ser, poseen todo el instinto sexual
que caracteriza a los machos; tienen libido hacia la
hembra, ante la cual se excitan y pueden resultar peligrosos,
siendo, en una palabra, muchos mulos enteros indomables
y parcialmente inútiles para el trabajo. En general
puede afirmarse que la castración del mulo es
una práctica tan higiénica como económica,
siendo siempre recomendable por no perjudicar al organismo
y por carecer de efectos secundarios si la operación
se realiza convenientemente.
Son
puntos discutidos la pérdida de energía
e inteligencia; pero podemos decir que vemos a diario
mulos castrados efectuando los más pesados trabajos
y llegando a edades muy avanzadas; obedecen bien al
dueño, responden a los estímulos y soportan
la carga con docilidad, constancia y frecuencia. Entendemos
que lo principal es la educación influyendo muy
poco la castración en su rendimiento».
El respeto hacia los
castradores de machos se pone de manifiesto
cuando Ángeles Otín Usieto, natural de
Ibirque (hoy despoblado y antiguamente nudo de comunicaciones
para trashumantes y arrieros), recuerda los tiempos
(«antes de la guerra»),
en los que su padre (Blas Otín Navarro, Casa
Otín) compraba mulos lechales para recría
(Figura 26). Cuando crecían y llegaba el momento
de castrarlos, llamaba siempre a un castrador mítico
y buen amigo de la casa: el Sr. Miguel Pérez
de Casa Pérez de Yebra de Basa (Figura 27). El
día de la castración de los machos era
una gran fiesta en Casa Otín pues se consideraba
un trabajo difícil y arriesgado, que requería
de mucha destreza y fuerza, y había que agasajar
al Sr. Miguel como bien merecía.

Figura 26. Esquela
de Blas Otín, recriador de mulos (Casa Otín
o El Magro, Ibirque).

Figura 27. Miguel Pérez
(a la izquierda) y su hermano Ramón, de Casa
Pérez de Yebra de Basa. Archivo Casa Pérez
(Yebra de Basa). Cortesía de Graciano Lacasta.
Graciano Lacasta,
natural de Yebra de Basa e infatigable investigador
de su tierra, nos describía de una forma magistral
cómo se desarrollaba su trabajo del Sr. Miguel:
«Con respecto a ese
capador de Yebra llamado Miguel, que falleció
a principios, de los sesenta del siglo pasado, puedo
decirle que se trata de un hermano de mi abuela materna.
Entre mis primeros recuerdos de infancia que dejaron
honda impresión en mi memoria figura la ceremonia
de castración de sobraños. Los niños
solíamos contemplar la operación desde
lejos, protegidos en algún lugar seguro. Recuerdo
que se juntaban muchos hombres en una de las eras del
pueblo. Traían uno de los sobraños a la
era. Le ponían el torcedor en el labio superior
y lo retorcían bien. Lo rodeaban y le levantaban
una tras otra las cuatro patas, como cuando herraban
los machos. En cada una de las patas le ataban una correa
de cuero que llevaba adosada una anilla metálica.
Aprovechaban para ir pasando por cada una de las anillas
una soga, de las que se empleaban para atar las cargas
de los machos. Una vez que las cuatro patas estaban
unidas por la soga, un grupo de hombres empezaba a tirar
de la soga hasta que el animal, totalmente trabado,
caía al suelo de la era y lo mantenían
totalmente inmovilizado. Entonces entraba en acción
mi tío Miguel con una cuchilla de hoja curva...
Más detalles ya no recuerdo. Tampoco podíamos
divisar de lejos la operación. Sí es cierto
que venía gente de otros pueblos con sus sobraños».
Unas semanas después,
añadía el siguiente comentario: «Hace
unos días pude hablar con mi hermano sobre los
capadores de machos. Por ser once años mayor
que yo, presenció la operación de cerca.
Junto a mi tío Miguel Pérez actuaba como
capador otro señor del pueblo llamado Salvador
Villacampa. Hacían un corte en el escroto y extraían
los testículos. Utilizaban una navaja de hoja
arqueada. Luego prensaban la bolsa con dos trozos de
palo de avellano. Éste tenía unos 20 cm.
de largo y lo habían abierto longitudinalmente
por la mitad. Entre los dos trozos prensaban la bolsa
atando los extremos del doble palo con cuerda, dejando
hacia el exterior la zona de la herida. Con el tiempo,
este trozo exterior de piel se secaba y se caía.
Para evitar infecciones impregnaban la herida con vitriolo
[azul] (algo así como
sulfato de cobre)».
La edad a la que el
Sr. Miguel castraba a los mulos (sobraños) coincide
con las recomendaciones de la época ya que
«el mulo se castra de los quince a los veinte
meses»
(Moyano, 1908). Otros autores recomendaban
la castración de los machos cuando habían
alcanzado los cuatro años de vida, momento en
el que se había acabado el proceso de osificación
y no se interfería en el crecimiento del animal;
de esta manera, la castración únicamente
apaciguaba el temperamento de un animal que ya había
alcanzado la madurez y podía proporcionar un
rendimiento máximo (Salvans y Torrent, 1959).
La castración
se podía hacer por extirpación de los
testículos (Figura 28), como en el relato de
Graciano Lacasta, o mediante corte o aplastamiento del
cordón testicular (vasos sanguíneos y
nervios). Siempre se solía recomendar la primera
opción ya que si, por un procedimiento defectuoso,
el suministro sanguíneo al testículo no
resultaba completamente anulado, muchos machos quedaban
«verdes y resabiados».

Figura 28. Castración
quirúrgica. Archivo UCM.
5. El asno
de los Pirineos
Se trata de una de
las razas más antiguas y su origen se sitúa,
como su propio nombre indica, en todo el ámbito
pirenaico (Figura 29). La diversidad de los lugares
en los que se criaba junto con las diversas cualidades
funcionales que se deseaba obtener (animal de carga
y de montaña, de tiro para labores agrícolas
o animal para la producción de mulas) propiciaron
una gran variedad de subtipos, que recibían diversos
nombres según la zona donde se producían:
asno lordais (Lourdes), tarbais (Tarbes),
béarnais (Bearn), de Vic, de Urgell,
de Berga, etc. El declive de estos animales hizo que
la mayor parte de variedades desaparecieran, de tal
manera que actualmente únicamente se distinguen
dos: asno catalán y el asno gascón. En
Francia se reconoce oficialmente como tal la raza asno
de los Pirineos (âne des Pyrénées;
www.anespyrenees.fr),
reconocimiento que no tiene en España, donde
solo existe con la denominación oficial de asno
catalán.

Figura 29. Asnos de
los Pirineos en su ambiente natural (agosto 2008). La
Tute.
En general, cualquiera
de las variedades de asno pirenaico trabajaba en terrenos
difíciles y con fuertes pendientes, transportando,
solos o en reatas, personas y mercancías entre
valles a veces aislados y cerrados, en una época
en la que la red viaria era insuficiente, por no decir
inexistente; asimismo, se empleaba para el transporte
de los víveres de las personas y del ganado en
la trashumancia; y para el transporte, ya en distancias
más cortas, de diversos materiales esenciales
(leña, heno, estiércol, hielo…).
Los asnos de raza catalana
presentaban una alzada media a la cruz de 1,40 m y un
peso de 350-450 kg (Figura 30). Poseían extremidades
robustas y armoniosas, estando muy preparados para la
realización de trabajos duros y prolongados.
La capa característica era de color negro, con
diferentes gradaciones en función de los factores
ambientales. El vientre y la cara interna de las extremidades
poseían decoloraciones blanquinosas, al igual
que solía suceder en el hocico, alrededor de
los ojos y base de las orejas. Su distribución
geográfica se correspondía con el Pirineo
y Pre-Pirineo catalán y las depresiones centrales
(Planas de Vic, Lleida y Urgel). Tradicionalmente estaban
orientados al trabajo (carga y tiro) y a la recría
de garañones para la producción mulatera.
Siempre gozaron de una buena reputación: «La
mula de la Plana de Vich, hija de yeguas bretonas, percheronas
y bretón-percherona y de garañón
catalán, es reputada como la mejor mula que se
produce en España, por su esbeltez, sobriedad,
resistencia, adaptable a todos los climas y países,
y muy dura para el trabajo» (Janini,
1943) (Figura 31). Actualmente, la ganadería
Cal Quim (Orós Bajo; www.calquim.es)
se dedica a la cría de esta raza en territorio
oscense.

Figura 30. Garañones
de Vic para producción mular. Archivo UCM.
Con respecto al asno
gascón, en 1994 se creó en Francia la
Asociación de Criadores de Asnos de los Pirineos
(AEAP) con el objetivo de preservar y desarrollar esta
raza. Su estándar actual es el siguiente (Simeón,
2008):
(a) Pelaje: negro brillante,
negro mal teñido, bayo oscuro, bayo
castaño. Se prefieren las capas más intensas.
El contorno de los ojos (máscara), la punta de
la nariz, las axilas, el vientre y el interior de las
extremidades son decolorados. El pelo de verano es raso.
(b) Talla en la cruz:
en tallas pequeñas, 1,20 m como mínimo
y 1,35 m como máximo; en tallas grandes, más
de 1,35 m, sin límite superior.
(c) Cabeza: cara bastante
ancha y huesuda (enjuta). Perfil de la nariz rectilíneo
o, mejor aún, cóncavo. Orejas largas,
llevadas elegantemente hacia delante, insertadas en
la parte superior de la cabeza, adornadas con vello,
a veces desbordante en los animales enteros. La boca
es ancha, grande, con labios firmes. El arco superciliar
es ligero; el ojo, expresivo, vivo y grande. Los ollares
son muy abiertos.
(d) Cuerpo: la línea
superior está perfectamente musculada y es rectilínea;
la cruz es poco pronunciada; el lomo, ancho y fuerte,
perfectamente unido a la grupa. El costillar es bastante
redondo, y da lugar a un tronco relativamente cilíndrico
y longilíneo.
(e) Cuello: largo, tanto
el perfil superior como el inferior deben ser rectos
y perfectamente musculosos.
(f) Pecho: con una tendencia
plana.
(g) Grupa: con tendencia
breve y vuelta, la cadera a veces se marca. Se buscará
la máxima longitud y amplitud en la cadera. El
muslo es largo y descendido.
(h) Extremidades: las
articulaciones deben estar bien marcadas.

Figura 31. Portada
de la obra de Janini (1943) sobre el ganado mular. Biblioteca
UCM.
6. El mulo
de Poitou y el mulo pirenaico
En el ámbito
pirenaico destacaban dos tipos de mulos: el mulo de
Poitou, muy apreciado y demandado en toda Europa, y
el mulo pirenaico.
El mulo de Poitou se
obtenía del cruce entre asnos de Poitou (Figura
32) y yeguas de razas pesadas (bretonas, norfolk…).
El asno zamorano, el más valorado del mundo en
su época (Figura 33), tuvo una gran influencia
en el origen de esta raza, tal y como demuestra su pelaje,
muy largo y con un aspecto similar al de las rastas,
y que constituye uno de sus rasgos más característicos
(Figura 34). La primera descripción de la raza
“asno de Poitou” data de 1717 y el libro
genealógico (stud–book) de la
raza se creó en 1884, en pleno apogeo de la producción
mular en la zona que se extendía entre Deux-Sèvres
(al Norte), Vienne la Charente y Carente Maritime (al
Sur) y Vendée (al Oeste). En dicho libro se describía
a este asno como «un
animal de gran tamaño, cuya alzada en los machos
oscila entre 1,40 m y 1,50 m, mientras que en las hembras
va desde 1,35 m a 1,45 m. La cabeza es grande y está
coronada por unas enormes orejas bien abiertas, las
cuales deben estar pobladas de abundante pelo. El cuello
es fuerte. El cuerpo, largo, las caderas sobresalen
poco y su grupa es corta. No se aprecia la cruz. En
cuanto al pecho, es amplio y las costillas están
redondeadas. Las extremidades de estos ejemplares, por
su parte, son muy fuertes y presentan unas anchas articulaciones.
Sus pies son anchos, abiertos y recubiertos de pelo».

Figura 32. Asno de
Poitou. En la imagen se puede comprobar el gran tamaño
que le caracterizaba. Archivo UCM.

Figura 33. Ejemplares
de asno zamorano. Fuente: Eugenio Monesma.

Figura 34. Rastas típicas
del asno de Poitou. Fuente: Asinerie du Net.
El origen del mulo
de Poitou, tal y como lo conocemos, parece ser la llegada
de trabajadores de Flandes y alrededores para la construcción
de una serie de diques en la zona. Para poder realizar
las obras de drenaje, estos trabajadores trajeron sus
propios caballos y yeguas, de unas tallas impresionantes.
Cruzados con estas yeguas, los asnos de Poitou dieron
lugar a mulos y mulas cuya reputación y fama
se extendió por todo el mundo (Figura 35). En
1867, en Poitou había censadas más de
50.000 yeguas y la mayoría (unas 30.000; básicamente
bretonas, pecheronas y ardenesas) se destinaban al cruce
con asnos. A mediados del siglo XIX, más de 20.000
mulas de media se exportaban cada año a otros
países: España, Suiza, Alemania, Italia,
Portugal, países escandinavos, América
del Norte y del Sur.

Figura 35. Mulo de
Poitou, Biblioteca UCM (izquierda) y mula de Poitou
de 4 años (derecha). Fuente: Pascal Lando.
Como se ha comentado
anteriormente, el asno de los Pirineos (actualmente
reducido al asno gascón y al catalán)
también era apreciado para la producción
mular. De hecho, el producto de la unión de estos
asnos con yeguas de diversos lugares del Pirineo (sudoeste
francés, Cerdaña…) era, precisamente,
el mulo pirenaico. Los animales resultantes recibían
diversos nombres según la zona de origen (mulas
tolosinas, gasconas, cerdañesas, catalanas, etc.)
pero, en general, tenían un cuerpo armonioso
y, preferentemente, capa negra, parda o baya. Su talla
se situaba entre 1,50 y 1,65 m en la edad adulta, y
el peso oscilaba entre 400 y 600 kg. Moyano (1908) señalaba
«Benasque y la ribera
del Gállego» como lugares ideales
para la cría de mulas, que se llevaban a recriar
a «las provincias del
Norte y de Castilla la Vieja». Además,
se hacía eco del premio de la Asociación
General de Ganaderos (150 pesetas de la época)
obtenido por una «pareja
de mulas, de seis años, castañas, de la
ganadería procedente del Alto Aragón (Huesca),
presentada por el señor Marqués de Luque»
en el concurso de ganados celebrado en Madrid en 1907
(Figura 36).
En la misma dirección,
Miguel Vilarrasa, ganadero y veterinario de Vic (Barcelona),
señalaba que las mulas de Vic
«se compran lechales casi todas y se recrían
en diferentes sitios de las vertientes del Pirineo.
En el valle de Benasque (Huesca) es sitio predilecto
de recría. A los dieciocho meses y a los treinta
se venden como importadas de Francia»
(Janini, 1943) (Figura 37). Los asnos de Ansó
también eran bien conocidos en Vic (Figura 38).

Figura 36. Pareja de
mulas procedente del Alto Aragón, ganadora de
un premio del concurso de la Asociación General
de Ganaderos celebrado en Madrid en 1907. Archivo UCM.

Figura 37. Lote de
mulas lechales de Vic esperando en la estación
para ser recriados en Benasque. Primer cuarto del siglo
XX. Archivo UCM.

Figura 38. Asna ansotana
con su rastra. Parada de Martín Salvans de Vic.
Mundo Ganadero, 1953. Biblioteca UCM.
En España,
actualmente se suele considerar mulos pirenaicos a los
híbridos entre asnos de raza catalana y yeguas
hispano-bretonas, un cruce que modestamente se vuelve
a fomentar en estos últimos años, como
se pone de manifiesto en diversas ferias altoaragonesas
(Figura 39).

Figura 39. Mula pirenaica
hacia 1930 (izquierda; Biblioteca UCM) y muleto pirenaico
presentado en la Feria de Biescas en 2009 (Juan M. Rodríguez).
Obviamente, la opinión
no es la misma en la vertiente francesa, donde se considera
que los padres de los mulos pirenaicos actuales son
los asnos gascones. Allí los mulos también
han resucitado en estos últimos años
(Figura 40), de tal manera que, en 2007, la Asociación
de Criadores de Asnos de los Pirineos pasó a
denominarse Asociación Nacional de Criadores
de Asnos y Mulas de los Pirineos (APY).

Figura 40. Mula pirenaica
en la actualidad. Valle de Ossau (2010). Archivo UCM.
En el Alto Aragón,
no solo se criaban mulos, sino que también se
recriaban. Pascual Salvador Ferrer, de Casa Jacinto
(Orós Alto), nos recordaba que los tenían
hasta los tres años (de sobraños a trentenos),
momento en el que venían los tratantes de Huesca,
Zaragoza, Calatayud, Teruel, Tafalla… Hacia 1936,
cada animal se vendía por unas 2.500-3.000 pesetas.
Se bajaban a pie a Sabiñánigo y se enviaban
a su destino por ferrocarril, para lo cual previamente
se solicitaba un vagón a RENFE. Otra casa de
la misma localidad (Casa Puértolas) se dedicaba
a la compraventa de ganado, particularmente mular. Las
yeguas las solían comprar en las ferias de Huesca
y Jaca, o bien a los gitanos que las traían desde
Francia. En el año citado anteriormente, una
yegua para cría mular costaba unas 1.500 pesetas
y suponía toda una inversión para la casa.
Aparte de la recría, en Casa Jacinto solía
haber tres o cuatro machos para los trabajos agrícolas
y un caballo muy manso con el que la dueña de
la casa iba a comprar a Biescas.
Obviamente, también
existía en el Alto Aragón muchos otros
tipos de mulos, resultantes de diversas combinaciones
de asnos y yeguas procedentes de otras zonas peninsulares
o de Francia; los animales eran traídos en paradas
militares o por particulares. A modo de ejemplo, sirva
este anuncio insertado en el periódico El
Pirineo Aragonés (Jaca; núm. 144,
22 de marzo de 1885):
«AVISO
INTERESANTE. Se ha establecido en esta ciudad y se haya
abierto al servicio público un depósito
de caballos sementales, contando también con
un hermoso asno mallorquín. Para informes dirigirse
a su dueño Don Mariano Lacasa, veterinario de
primera clase».
7. Mulos y
mulas: ¿animales non-gratos?
Sorprendentemente,
algunos Reyes llegaron a dictar Pragmáticas y
Provisiones en contra del empleo y/o cría de
mulas. Sirva de ejemplo, la Pragmática dada en
Granada el 30 de septiembre de 1499
«... para que nadie cabalgue en mula ensillada
fuera de clérigos, frailes y mujeres, a fin de
fomentar la cría y uso de los caballos»
o la Provisión dada cuatro días después
en la misma ciudad para que «no
se echen asnos a las yeguas» (Clemencín,
1821). Y es que, a pesar de la indudable importancia
que tuvieron, los mulos no estuvieron bien vistos por
algunos sectores de la sociedad, llegándose a
afirmar que eran la vergüenza de España
(Madrazo, 1984). Estas reticencias provocaron que algunas
zonas de España fueran reacias a la utilización
de mulas. Y no es de extrañar a la vista de los
argumentos, tan vehementes como inexactos, que se manejaban
en la época:
«Hizo
tanta fuerza a la naturaleza, el que inventó
los machos y las mulas como si pusiera las manos en
el Cielo para que con violencia volviera su curso atrás,
pues impidió el natural camino de la propagación
y la generación, lo qual no fue aprobado ni bendecido
por Dios. Y por esta razón quedaron ambos estériles,
vengando así la naturaleza, la injuria que se
le hizo. Y por esta razón, sin duda, los antiguos
que adoraron la alma del mundo, y el principio que fecunda
todos los años la materia, baxo el emblema de
un toro, representaron la esterilidad bajo el símbolo
de la mula; con cuya propagación, no solamente
se peca contra la naturaleza trastornando aquel orden
natural por el qual Dios había establecido, que
se propagen y aumentasen las especies y la semilla que
cada uno contenía en sí, sino que se contraviene
directamente contra este precepto divino el qual impuso
a su pueblo: ad detestandum spurcitiem, ex adspectu
violenti coitus animantium [detestar
la inmundicia, la visión de relaciones violentas
entre animales].
Digo
pues que la causa y total perdición de España
ha sido y es dexar de arar y sembrar, carretear y trillar
con bueyes en lo más y mejor de ella; y haberse
introducido e inventado las mulas en su lugar, cuyos
gastos son excesivos, y su labor mala, pestilencial,
inútil y muy perniciosa, y la de los bueyes buena,
útil y maravillosa.
Desterrémolas
pues [a las mulas]
de nuestra sociedad, llamemos
en su lugar al benéfico buey, al generoso caballo,
al asno paciente, crezcan todos y multiplíquense
sobre la tierra. Sí, desterrémoslos como
animales monstruosos que se propagan contra esta orden
expresa de Dios (Levítico, cap 19, v 19): Jumentum
tuum non facies coire cum alterius generis animantibus
[No permitirás que tu animal se aparee con animales
de otra especie.]. Y sin temor
de que nos hagan falta para cosa ninguna, pues aunque
nos faltasen los caballos y los asnos, el buey solo,
sí, este precioso animal solo, puede suplir por
todos.
Las
mulas aún en engendrarse tienen dificultad, por
ser animal que resulta de dos especies distintas, que
requieren arte y diligencia para juntarse; fuera de
esto por ser generación violenta genera muchos
abortos y defectos, y después cuestan mucho de
criar, y todo resulta en precios excesivos en que después
se compran, y se venden con sus tachas, que son muchas,
y como animal impropio, y que no tiene especie propia,
le acuden muchas enfermedades y desgracias. Su sustento
y comida cuidado puede dar porque ha de ser cebada y
muy copiosa. Su coste de herraduras, xáquimas
y demás aparejos, y de su albaitería no
es pequeña. Demás de esto, para las mulas
por ser animal indómito y traidor son menester
quinteros y mozos grandes que sean ya hombres porque
á otros no se les puede confiar»
(Arrieta, 1605).
No contento con eso,
Arrieta propuso la «prohibición
a labradores y conductores del uso de mulas (…)
y de meter mulas o yeguas de Francia»,
así como la imposición de «la
pena capital sin excepción a los que echen yeguas
y burras al contrario». En su opinión,
las mulas y el nocivo cultivo de la cebada podrían
haberse exterminado de España por medio del cultivo
de la esparceta (o pipirigallo) y otros prados artificiales.
La noción de
que las mulas eran malas por que el hombre había
tratado de imitar a Dios creando una nueva especie por
su cuenta era recurrente:
«No
se produce especie alguna, cuya semilla no haya salido
de la mano de Dios, yá por medio de una especial,
y actual formación, ó yá por el
de la preparación de los organos futuros, é
incluídos en pequeño, ó en compendio
en una primera simiente criada por Dios desde el principio
del Mundo.
Creyó
el hombre, que juntando dos principios de fecundidad
de dos naturalezas totalmente diversas, podría
hallar alguna tercera especie, que no fuese ni la del
padre, ni la de la madre: pero solo se halló
con un animal infecundo. Una mula, por egemplo, no puede
propagar su especie, porque no estaba comprendida debajo
de aquella bendicion primordial: vive como viven los
monstruos; y es una naturaleza desordenada. No le ha
concedido el Criador semilla propia: pues ordenando
Dios las dos semillas que perpetúan la raza del
Asno, y del Caballo, no preparó otra tercera,
que nos perpetuáse el Mulo. De otro modo: mezclándose
el Mulo con alguna quarta familia, y su hijo con la
quinta, se podrían tener quando se quisiese producciones
siempre nuevas; y el Garañón, y el Caballo
se entregarían absolutamente al olvido, no obstante
haber sido la intencion de Dios su conservación
y su sér. Las especies primitivas desparecerían
sin duda, y la naturaleza mudaría enteramente
de una á otra edad de semblante. Ahora bien,
si las naturalezas perfectas en su genero, organizadas
yá, y vivientes, no pueden producir sino monstruos
infecundos, quando las junta el hombre contra el orden
comun, y con mezclas arbitrarias, ¿qué
fecundidad se podrá esperar de lo que no solo
carece de simiente, sino de organos, y vida? De este
modo la experiencia de la naturaleza, y la observación
de los verdaderos sabios llegan cada dia mas, y mas
á dár recientes testimonios, y á
rendir nuevos homenages á la sabiduría
que resplandeció en Moisés» (Pluche,
1758).
Por otra parte, otros
autores ofrecían motivos aparentemente económicos,
aunque revestidos de los mismos prejuicios:
«Un
par de mulas razonables, pagadas de contado, cuestan
ciento veinte ducados y fiadas ciento y cincuenta, y
siendo buenas mas cantidad, y cada día se van
encareciendo mas por servirse dellas casi todos los
labradores, y los que caminan, y los arrieros y carreteros,
y criarse con dificultad por su transmutacion de naturaleza»
(Escribano, 1599).
Según el mismo
autor, «un par de bueyes
cuesta cuarenta ducados, y si se crian en casa del labrador
es casi sin costa alguna”.
En un sentido parecido,
Arriquibar (1779) opinaba que
«el abuso que se hace de las mulas para todo género
de carruajes y conducciones, á rueda y á
lomo resulta gravoso considerando el precio á
que han subido las mulas y que con el mismo gasto que
se logra 2 mulas nacen 3 caballos; es decir, de cada
100 mulas que adquiere el Estado pierde 150 caballos».
Poco a poco la normativa
anti-mula fue pasando al baúl de los recuerdos
en toda España, rendida ante la evidencia de
las prestaciones que ofrecían estos animales
para los trabajos agrícolas y el transporte de
mercancías. Así, se estima que en el siglo
XVI el censo de ganado mular ya alcanzaba el millón
de cabezas (Herrera, 1598). Es más, con el paso
del tiempo los machos elevarían su cotización
económica incluso por encima de la de los caballos,
particularmente durante el siglo XIX (Cubillo de la
Puente, 1998). Los viajeros extranjeros que recorrieron
España en el citado siglo se hicieron eco de
la importancia de este animal:
«La
mula representa en España el mismo papel que
el camello en Oriente y tiene su moral (junto a su acomodación
al país) algo de común con el carácter
de sus dueños: es voluntariosa y terca como ellos,
tienen la misma resignación para la carga y sufre
con el mismo estoicismo el trabajo, la fatiga y las
privaciones. La mula se ha usado mucho en España
y la demanda de ellas es grande» (Ford,
1845).
No obstante, todavía
en el siglo XIX eran muy comunes los documentos que
contraponían los beneficios de bueyes, caballos
e, incluso, asnos frente a todo tipo de males achacables
al ganado mular, entre ellos su importación de
Francia, enemigo mortal en la recién acabada
Guerra de la Independencia (Blasco, 1815):
«Dios
para aliviarse en su trabajo le tenía ya preparado
un compañero, el buey de quien dice San Ambrosio
que es animal muy trabajador, y al qual el Señor
había dotado de tan grandes fuerzas como eran
menester para romper la tierra por medio del arado y
propio para tirar el carro, y para proporcionarle un
alimento suave como su carne, y aun para su regalo con
la leche, manteca y queso. Ninguna nación puede
subsistir sin los bueyes. (…). Debemos pues guardarnos
como de una peste muy maligna de que nos entren mulas
de Francia, que además de arruinar nuestra Agricultura
y á nuestros agricultores, se nos llevaría
el poco numerario que nos han dexado nuestros enemigos
para aumentar sus fuerzas contra todos nosotros».
Blasco exige imperiosamente
que el Gobierno prohíba absolutamente la introducción
de las mulas francesas, «porque
parece increíble el dinero que se nos llevaban
antes con ellas: solamente por la Feria de Huesca
[ver Correo Mercantil, nº 24, pág. 198;
1792] nos sacaron 10 millones
de reales en año de 1792. A la feria de Huesca
suelen concurrir 14.000 cabezas de ganado. Teniendo
en cuenta que regula su precio a 1.000 reales por cabeza
y que 10.000 eran francesas, se llevan 10 millones de
reales. Abrid pues los ojos españoles, y cerrad
perpetuamente esas puertas de los Pirineos por donde
se va nuestro dinero, y nos entra la peste que tiene
arruinada la Agricultura y pobre y miserable la nación.
¿Si por la sola Feria de Huesca se va tanto dinero,
que será por las demás de Aragón,
Navarra y Cataluña? ¿Qué será
pues ahora que tanto ha subido el precio?».
Conviene tener en cuenta que a finales del siglo XVIII,
el precio de las mulas había aumentado de 800
á 15.000 reales (Seminario Agrícola, t.
6, nº 150). Según un contemporáneo,
«los que en Aragón comercian con mulas
las suelen comprar en las ferias de Sariñena,
Plasencia y Huesca y las fían a los labradores
á plazos con grandes ganancias. Se calcula que
por un quinquenio se introducen 9.000 mulas y lechales
franceses, capaces de arruinar otros tantos pobres labradores»
(Torres, 1799).
Pero dejemos que continúe
Blasco: «Haré
pues ver que los bueyes no solamente pueden servir para
arar y carretear como en nuestra España han servido
hasta aquí; sino también para cabalgar,
conducir carga á lomo, tirar de los coches y
carrozas, para trillar, para la caza, para la guerra,
y todo esto con mucho menos gasto que las mulas; y después
de haber trabajado toda la vida para nosotros, después
de muertos nos dexan muy ricos despojos en la carne,
cueros, huesos, astas, etc; y las mulas solamente los
lloros.
Yo
discurro que la preferencia que los labradores dan a
las mulas, no obstante los grandes daños y gravísimos
perjuicios que de aquí se les siguen á
ellos y al Estado, consiste en que las mulas no solamente
les sirven en la labor o para arar, y carretear como
los bueyes, sino que además de esto les sirven
para ir á caballo en sus viajes, para ir al molino,
para llevar la simiente y sus aperos á las haciendas,
para conducir á lomo sus frutos al mercado y
á todo el Reyno.
Les
digo también, los machos y mulas de carro y de
tragín son de la misma especie que los machos
y mulas de labor. Sin embargo, mientras que a las primeras
“parecen que vuelan la tierra” a las segundas
“apenas se les puede sacar de su paso”.
Luego la diferencia que se haya entre unas y otras procede
de la enseñanza».
Y vuelve a recordar
que la mula es «animal
monstruoso y sobre quien no recayó aquella bendición
de Crecite et multiplicamini que Dios echó en
el principio sobre todo lo que se había creado».
No obstante, el capítulo de la obra de Blasco
más interesante con relación a la arriería
es el tercero, titulado «Que
los bueyes deben ser preferidos a los machos y mulas
para carretear»:
«Aún
para las conducciones y transporte de mercaderías
de unas partes a otras, deben ser preferidos los bueyes
á los machos de los arrieros ó mulas de
carretería. Ya que habéis visto el gran
mal que á España ha venido por haber dexado
de arar, sembrar y carretear con bueyes, y haber admitido
en su lugar las mulas, bien seria que entendais, quan
mejor, util y provechoso sería carretear, llevar
las mercancías de unas para otras partes con
bueyes, que con machos de arrieros y mulas de carretería,
como solía, y se puede entender haciendo un tanteo
de cada cosa. Supone que salen 12 arrieros de la Ciudad
de Vitoria para la villa de Madrid con 50 machos cargados,
que cada uno lleva 12 arrobas, unos con otros entre
todos 600 (cada uno cuesta de porte 4 reales y todas
2400) tardan 10 días en el viage, y contando
los gastos dice, que entre arrieros y machos, gastan
en dicho camino 3466 reales.
Para
conducir las 600 arrobas bastan 12 pares de bueyes que
hacen el viaje en 18 ó 20 días, que por
cada arroba se da y paga 2 reales y ½, que con
el gasto importan 1661 reales. Gastaron los machos 3466
reales. Y que si contase la gente que en servirlos se
ocupan, y otras cosas, serían más de 4000,
y si se traxeran con mulas, que fueran menester 12 pares,
hacen casi el mismo gasto en 11 ó 12 días
que tardan. Por manera que la carretería de bueyes
es más barata que las de mulas, y traginería
de machos; y porque hay cosas que conviene transportar
con más priesa, se pueden llevar eb carros de
caballos, ó á lomo como se usaba en España
en tiempo de los Godos.
El
buey no es tan a propósito como el caballo, el
asno y camello para llevar fardos; la forma de su cuerpo
lo demuestra; pero lo recio de su cuello y lo hondo
de sus hombros indican bastantemente que es muy propio
para el yugo y para el tiro; y por lo mismo, este es
el modo de tirar con ventaja y es muy singular que este
uso no sea general, y que en provincias enteras se les
obligue a tirar con los cuernos. Ignacio de Aso afirmaba
que el método de unirlos por la cabeza era perverso».
No obstante, la saña
contra el mulo reflejaba la añoranza de quienes
veían que había desplazado casi por completo
al buey de toda la vida. Muchos autores encontraban
fácil explicación a la gran difusión
del ganado mular. Así, en el nº 73 del Correo
Mercantil (10 de septiembre de 1795) se podía
leer: «No nos meteremos
a tratar por ahora qual de los dos métodos es
más ventajoso (bueyes o mulas), solo si teniendo
presente que una de las razones porque se prefieren
las mulas á los bueyes es por la ligereza con
que caminan y facilitan el transporte, ya en carruage
ya á lomo». El ilustre altoaragonés
Alejandro Oliván (1912) también lo tenía
claro: «la mula y el
macho son los mejores para carga, por la configuración
de su lomo, y para andar en terreno montañoso,
por lo angosto de sus cascos. Poco sensible al mal trato,
son sanos y de mucho aguante y duración».
Si bien la polémica
mulo-buey quedó prácticamente zanjada
en el siglo XIX, la controversia mulo-caballo llegó
hasta mediados del siglo XX. Sin embargo, incluso al
bando pro-caballo no le quedaba más remedio que
aceptar la necesidad de los mulos en aquel momento:
«Mucho
se ha discutido y se discute acerca de los inconvenientes
que tiene la producción mular en España.
No somos partidarios de que se fomente la producción
mulatera; pero mientras no dispongamos de caballos para
todos los servicios, el ganado mular es factor poco
menos que indispensable para el transporte y para las
labores agrícolas.
A
nadie se le oculta que debe fomentarse la producción
del caballo y no la de la mula, pero no nos explicamos
la persecución de que es objeto este último
animal; porque si es útil y conveniente por hoy,
aunque es un mal, como un mal necesario hay que tomarlo,
piensen como quieran sus detractores. Si se ocuparan
los enemigos de la mula de favorecer la producción
caballar y de obtener buenos y abundantes caballos para
todos los destinos y para todos los usos, el tan despreciado
híbrido iría desapareciendo poco a poco.
Pero
es el caso, que con tanto hablar de regeneración
de nuestra riqueza hípica, ni caballos ni mulas
tenemos y de esta apatía que nos caracteriza
se aprovechan otras naciones que, no solo caballos,
sino mulas también tienen que mandarnos, y que
por cierto unos y otras pagamos a precios fabulosos.
Y
esos países que mandan a España sus mulas,
y que ni hablan mal de estos animales, ni nunca dictaron
disposiciones draconianas contra su producción,
tienen abundantes y perfeccionados caballos; mientras
que aquí, perseguida la industria mulatera desde
hace bastantes siglos con el exclusivo objeto de favorecer
la producción caballar, hemos conseguido, sí,
tener pocas mulas; pero como ni el fomento ni la mejora
de los caballos los vemos por ninguna parte, resulta
que necesitamos traer de fuera. Y como los buenos industriales
procuran producir lo que tiene segura y lucrativa venta,
los franceses, mejorando y perfeccionando sus caballos,
dedícanse á la vez á la obtención
de mulas que saben han de comprar, porque no les queda
otro remedio, los españoles.
Foméntese
pues, la producción caballar, atiéndase
a su mejora sin reparar en gastos ni sacrificios; pues
mientras el fomento y la mejora no se consigan, mientras
no dispongamos de abundantes y buenos caballos para
todos los servicios, creemos preferible que se produzca
la mula á tener que ir á buscarla al extranjero»
(Moyano, 1908).
8. Tractores
y camiones: ¿el fin de mulas y asnos?
Pero el tiempo pasa
rápidamente y, a mediados del siglo XX, las mejoras
en la agricultura y en los sistemas de transporte (vías
de comunicación, vehículos) empujan al
ganado mular a seguir los pasos de los bueyes (Figura
41); los caballos resisten mejor el envite de la modernización
gracias, en parte, a sus usos deportivos y recreativos.
«España,
país tan mulatero, tanto por su agricultura y
modo de desarrollarse ésta, como por lo quebradísimo
de su suelo. Conforme van aumentando las carreteras
con el transcurso del tiempo en las zonas montañosas
de España, va aumentando el ganado caballar de
tiro agrícola, y por esto en pueblos que hace
un cuarto de siglo sólo había cuatro o
cinco caballos, hay ahora más del doble y algunas
yeguas» (Janini, 1943).
Figura 41.
Los primeros camiones y tractores significaron el declive
de las caballerías de carga. Archivo UCM.
A pesar de ello, este
autor piensa que se trata de un craso error:
«¿Por
qué me permito afirmar que nos resulta antieconómica
la cría y recría caballar?:
1º
Una buena cría mular a los seis meses, al destete,
vale 700 a 1.000 pesetas, valiéndole al que recría
unas 2.000 pesetas al tener el animal de treinta a treinta
y seis meses. Un buen potro o potra sólo nos
vale 400 a 500 pesetas y los remontistas no pasan de
1.000 pesetas al comprarlos de tres años. Si
el producto mular es regular, cuesta al destete 500
pesetas, y a los dos años y medio a tres años
pagan unas 1.500 pesetas. Y el mismo tipo de potro o
potra vale unas 300 pesetas al destete, para poder tomar
unas 700 pesetas a los tres o cuatro años, y
si los caballares son pequeños, sólo valen
lo que una burra regular, resultando oneroso al que
recría.
Pero
viene una segunda parte a agravarnos la cría
y recría caballar. Un producto mular no mama
tanto como uno caballar, ni enferma con tanta facilidad
como éste. Al mular se le echa a la piara en
marzo o abril, cuando tiene un año; al potro
hay que dejarlo en la cuadra hasta que se asegure el
buen tiempo, en mayo o fines de abril. Al mular se le
puede tener en piara hasta que se va a vender o domar,
de los dos y medio a los tres y medio años, sin
necesidad de recogerlo en pleno invierno, aunque hiele
intensamente. Ya sé que en climas benignos no
están expuestos a tantas contingencias como en
éste donde suele helar desde noviembre a febrero
inclusive»
(Janini, 1943).
Otros nostálgicos de la era mular iban incluso
más lejos:
«Podrá
crearse mucha maquinaria agrícola y llegarse
a una supresión del caballo para las faenas del
campo, si se quiere, pero jamás podremos desatendernos
del ganado mular, indispensable en terrenos accidentados,
pues sabe llevar sobre sus lomos las más pesadas
cargas a través de atajos, precipicios y pedregosos
caminos. (…). No hay pueblo agrícola o
industrial que pueda prescindir de estos animales. Si
a esta necesidad añadimos los precios a que suele
cotizarse el ganado mular, cuya constante importación
puede desequilibrar la balanza comercial, es fácil
comprender que debería llegarse a una autarquía
mular en todas las naciones y, por lo tanto, a una racional
explotación con apoyo estatal. (…)
Es
difícil y absurdo buscar la substitución
del mulo por el tractor o por la máquina, ya
que el motor mecánico no posee, ni con mucho,
la adaptabilidad del motor sangre, ni el fácil
manejo, ni la economía, tres factores muy dignos
de ser tenidos en cuenta en todos los países
montañosos, esteparios y pobres, mayormente cuando
no poseen en su suelo la materia prima (gasolina, aceites,
caucho, etc.) para la alimentación de la máquina
metálica.
Es
innegable que la civilización avanza; pero si
no han bastado 4.000 años para desterrar del
mundo el híbrido mular, sino que, por el contrario
ha progresado su producción, tampoco creemos
que ahora vaya a desaparecer como por obra de ensalmo.
Habrán de pasar aún bastantes centenares
de años para que el perfeccionamiento de la mecanización
permita substituir al motor sangre en todos los aspectos
del trabajo. Y aún más: si éste
es el camino que se sigue, pronosticamos una abolición
paralela de caballos y mulos, pero jamás de éstos
solamente.
Los
pueblos evolucionan, indudablemente, mas la historia
se repite. La pobreza y los obstáculos de la
Naturaleza son los mayores escollos con que se enfrenta
la modernización; el hombre, en su afán
de superarlos, a menudo se estrella en ellos, desvaneciéndose
muchas esperanzas.
El
motor se impone; pero así como el motor mecánico
es obra puramente humana, el motor sangre es de inspiración
divina, y todo lo creado con esta inspiración
ha persistido y persistirá, con ciertas evoluciones,
hasta el fin de los siglos; en estado de perfeccionamiento
o de degeneración, pero esencialmente lo mismo.
Este es un hecho palpable, una verdad irrefutable.
Si sacamos aquí a colación estos argumentos
en defensa de la ganadería, en particular del
ganado mular, es porque existen bastantes detractores
de éste en provecho de la mecanización.
Si
los historiadores de todas las épocas han hablado
con respeto del mulo, no abramos en nuestra era atómica
un paréntesis de desdén que nos lleve
a olvidarlo o relegarlo a último término.
Seamos sinceros y justos: el ganado mular debe aún
hoy fomentarse y revalorizarse si la economía
rural de muchos pueblos no quiere descender un peligroso
eslabón. La historia del mulo sigue y nuestros
venideros tienen la palabra»
(Salvans y Torrent, 1959).
Por lo que respecta
a asnos y mulos, hace tiempo que los venideros inclinamos
el pulgar hacia abajo. En palabras Mur (2009): «lamentó,
al mismo tiempo, la forma en que se produjo la desaparición
de las caballerías que tan útiles habían
sido al hombre durante siglos y siglos. Las cuadras
de las casas rurales quedaron vacías, sólo
ocupadas por la historia. Unas son hoy cocinas, otras
merenderos, salas de estar o dormitorios y algunas,
incluso, bibliotecas. En todas se conservan los pesebres
que ya no rebosan pienso para las bestias de tiro. Ahora,
los dornajos están ocupados por electrodomésticos
y barricas de vino, si no son utilizados como roperos
o estanterías para libros. Las mulas y los asnos
salieron para siempre de los establos domésticos
hace muchos años».
Realmente, los mulos
pasaron de ser una fuerza imprescindible para convertirse
en un elemento residual en un espacio de tiempo asombrosamente
corto. Teodoro Portillo Garzón no relataba magistralmente
cómo se produjo ese cambio en una zona de Castilla
(Madrigal de las Altas Torres); no obstante, su relato
bien podría valer para muchos lugares de Aragón:
«Antes,
la vida tenía otro ritmo, otra cadencia. Era
una vida que había sido ensayada por siglos y
todos la representaban a las mil maravillas y sin sentirlo,
con toda facilidad y naturalidad. Se trabajaba y se
disfrutaba en tempo de lento maestoso, sin prisas, sin
muchas ambiciones, viviendo y dejando vivir la vida.
Se vivía y trabajaba como lo hicieron nuestros
abuelos y tatarabuelos y los tatarabuelos de nuestros
tatarabuelos. El centro y el meollo de esa vida antigua
y que había sido invariable por muchos siglos
eran las mulas. Las mulas eran toda la fuerza de trabajo
en el campo. Eran, dada su importancia económica
un capítulo muy serio en el presupuesto de cada
casa. Las mulas arrastraban los arados y los carros
y portaban y ponían por alto la vida entera de
los pueblos castellanos.
Pero
llegó la revolución. Llegó el primer
tractor a las calles de Madrigal, despertando temores
y curiosidad. La gente le miraba y daba vueltas a su
alrededor. Le veían unos como un monstruo de
hierro, lleno de ruidos ensordecedores; otros veían
en él la fuerza y la riqueza; no faltaban los
que le veían como un gran juguete inútil
que sólo se podían permitir los más
ricos, pero que nunca podría sustituir a las
mulas de toda la vida.
En
el casino, alrededor de la estufa, los comentarios no
tardaron en aparecer y crecer con los días. El
dueño del tractor aseguraba que las labores que
daba no las podía hacer ninguna pareja de mulas;
que, sólo con vender las mulas de su cuadra y
el ahorro de cebada del pienso de sus mulas por un año,
podía pagar la mitad de un tractor y la otra
mitad la pagaría con las fanegas de más
que pensaba sacar labrando con tractor. Los tradicionales
veían al tractor como un intruso que iba a hacer
más daño que provecho. Y sobre todo un
tractor era carísimo, costaba un riñón
y si venía un mal año podría ser
la ruina del que le comprase sin tentarse antes los
pantalones. Hubo quien se atrevió a apostar que
tres parejas de mulas hacían más labor
y mejor hecha que un tractor.
Todas
estas discusiones bizantinas se acabaron cuando el dueño
del tractor invitó a todos a ver con sus propios
ojos la labor que iba a dar en una tierra que tenía
en las Camas al día siguiente. Allá fueron
muchos, convocados por la curiosidad. Vieron como se
clavaba la reja en la tierra y sacaba de abajo lo que
nunca había sacado un arado romano. Penetraba
diez centímetros más que las rejas corrientes
y dejaba la tierra esponjosa y suelta. El final de todo
este palabrerío de casino y estufa llegó
cuando, al verano siguiente, vieron que las tierras
labradas con tractor tenían unos trigos que no
tenían comparación con los de ningún
otro y su dueño había cogido muchas más
fanegas por obrada que nadie.
Al
año siguiente, había tres o cuatro tractores
arando las tierras de Madrigal. Tres años más
tarde, casi todos los labradores tenían su propio
tractor y arados de vertedera o de disco y un remolque
para el trasporte, que sustituía a los carros.
Y las mulas, poco a poco, fueron desapareciendo de las
cuadras y de los lugares de trabajo. Por las calles
se oían los motores retumbando en las paredes,
los disparos de los gigantescos Lanz con su único
pistón, o los más suaves ronroneos de
los Fordson o los Ferguson o los Massey Harrys.
La llegada de los tractores cambió la vida en
Madrigal y en todos los pueblos de Castilla. Los carreteros
se quedaron sin trabajo. Ya no tenían que hacer
carros, ni arados romanos, ni yugos. Los herradores
no tenían mulas a las que poner herraduras Los
herreros transformaron sus fraguas en talleres mecánicos
para atender las averías de los tractores y componer
los aperos que arrastraban. Los mozos de labor que atendían
y manejaban las mulas o se convirtieron en tractoristas
o se hicieron jornaleros y empezaron a incrementar las
filas de los parados.
Nació
una gasolinera para vender el combustible de tantos
motores como caminaban por las calles y los caminos
del pueblo. La puso, con magnífica visión,
Eliseo el Carretero, que suavemente fue cambiando su
taller de carretero en taller mecánico y se hizo
expendedor de gasolina y gasoil. En principio traían
el gasoil en bidones de 200 litros y Eliseo los traspasaba
a otros bidones de los dueños de los tractores
con una bomba de mano. Un poco más tarde, le
puso la CAMPSA un surtidor en toda regla en la plazuela
de los Herradores, delante de su casa. Allí iban
a repostar los tractores, arrastrando los remolques
en los que cargaban los bidones de gasoil, llenando
de ruido la otrora tranquila plazoleta. La paz idílica
y el silencio de antes, se transformaron en el bullicio
y la agitación de la agricultura mecanizada.
Las cosechas eran muchísimo mejores, se cogía
mucho más trigo por obrada, se trabajaba menos
duramente en el campo, pero todo esto tuvo su precio:
se perdió paz y silencio y la vida empezó
a caminar a otro ritmo. Era el progreso que venia de
la mano de los tractores; se perdía el reposo
de una vida de siglos».
9. Un rayo
de esperanza para asnos y mulos
Se estima que alrededor
de un millón de burros han desaparecido en España
en cuarenta años, y hoy solo quedan unos 75.000
ejemplares. En los últimos cinco años,
se ha producido un ligero aumento de los efectivos,
como respuesta de diferentes asociaciones y particulares
a la situación de extinción real de algunas
de las razas autóctonas. Según el censo
agrario de 1999, únicamente quedaban 459 burros
y 242 mulos en todo Aragón. Aunque pueden existir
animales no censados, la cifra da una idea bastante
aproximada de la situación crítica de
estos animales en esta comunidad autónoma.
Como se ha comentado
anteriormente, la protección del asno y del mulo
pirenaico ha sido particularmente activa en la vertiente
francesa, a través de la Asociación Nacional
de Criadores de Asnos y Mulas de los Pirineos (APY).
Las razas asnales españolas se incluyen en el
Grupo de Razas Autóctonas en Peligro de Extinción.
En la actualidad su orientación se encamina al
agroturismo principalmente, aunque también han
encontrado otros usos, desde la protección de
rebaños de ovejas, como alternativa a los perros,
hasta el control de la vegetación (Figura 42).

Figura 42. Utilidades
de asnos y mulos en el siglo XXI.
Veamos la siguiente
noticia, publicada en Heraldo de Aragón,
el 22 de junio de 2008, bajo el título «Una
brigada especial y muy efectiva»:
«El
servicio de extinción de incendios ha ampliado
su plantilla. Es una nueva cuadrilla y muy especial.
Se trata de un rebaño de 68 burros, que tiene
su base en la Pardina de Fanlo, cerca de Ipiés
(Sabiñánigo), y que el Gobierno aragonés
utiliza para limpiar los cortafuegos de la Comunidad.
El departamento de Medio Ambiente lleva año y
medio con esta experiencia que se engloba en el Plan
Medioambiental de Ganadería Extensiva, cuyo objetivo
es, como antaño, utilizar los animales para mantener
limpios los montes como medida de prevención
ante futuros incendios, evitando así la entrada
de maquinaria pesada para realizar la labor.
Cuando
uno de los guardas les hace una llamada y mueve un poco
los sacos de pienso, en seguida acuden una veintena
de burras, pero advierte que si hubiera sido Clemente,
el pastor que las cuida habitualmente, a su silbido
hubieran acudido todas. Los asnos que ha reunido el
técnico con su llamada podrían ser, perfectamente,
el hatajo que en breves fechas viajará a la zona
de las Altas Cinco Villas para limpiar cortafuegos de
los montes de Undués, Mianos y Salvatierra. Los
retenes contraincendios han quitado la maleza que se
había acumulado en los últimos años,
pero ahora que comienza a rebrotar, los burros servirán
para controlarla. Como explica Miguel Ángel Clavero,
jefe del servicio de extinción de incendios del
Gobierno aragonés y responsable de este programa
que nació de la mano del consejero Alfredo Boné,
utilizan pastores eléctricos para delimitarles
la zona de la vereda. Allí tienen a los animales
durante un tiempo, más o menos un mes para 100
hectáreas, y lo que no patean, lo roen, dejando
la vía limpísima hasta la próxima
primavera.
Todo
esto lo han aprendido durante el último año
y medio, el tiempo que llevan experimentando con el
rebaño. Cuando se lo cedió el ganadero
y lo instalaron en la pardina, lo cercaron en un pequeño
espacio. Pronto comprobaron que los animales, como no
son tontos, primero comen la hierba tierna y, cuando
no queda otra, roen todo lo que encuentran "excepto
el boj, que por lo que sea no les gusta", confirma
Clavero. Así, en parcelas de 40 ó 50 hectáreas
están limpiando todo este paraje perteneciente
al Gobierno aragonés. Circulando por la pista
se comprueba cómo por los terrenos que quedan
a mano izquierda, ya ha pasado la manada. No así
a la derecha, donde la maleza hace casi intransitable
el monte.
El
declive del sector ganadero ha hecho que esta ancestral
costumbre -que los animales realicen la limpieza del
monte- se vaya perdiendo. Las pocas cabezas que quedan,
teniendo prado donde elegir, desechan muchas hierbas,
los apriscos y terrenos pendientes. Por eso el Gobierno
aragonés va a potenciar la iniciativa ayudando
a los ganaderos que se comprometan con esta labor medioambiental.
Mientras que estos burros son una cesión y es
el propio departamento quien se encarga de ellos, los
otros siete rebaños que participan son convenios
establecidos con otros tantos ganaderos de equino, vacuno
y ovino. Ellos se comprometen a limpiar los cortafuegos
y el Gobierno aragonés les instala abrevaderos,
lleva agua, cede mangas para el manejo del ganado y
construye refugios.
Este
año se limpiarán unos 20 kilómetros
con los rebaños. Aunque la idea es ir creciendo.
Con este pionero plan, "en el que usamos animales
como si fueran una cuadrilla más", explica
el jefe del servicio, calculan que podrán limpiar
300 kilómetros al año de los 2.000 que
en la actualidad posee Aragón. No obstante, ya
advierte Clavero que la idea es crear 1.000 más
en los próximos años, cortafuegos que,
con los métodos actuales (se dejan 5 metros limpios
para el paso de maquinaria, 25 a cada lado de donde
cortan dos de cada tres árboles, y otros 25 a
los extremos donde talan uno de cada tres), son menos
agresivos visualmente».
La experiencia parece que se extiende, aunque sea poco
a poco (Figura 43).

Figura 43. Pastoreo
con burros en Aldea de Puy de Cinca (Secastilla).
Noticia en el Diario del AltoAragón,
4 de septiembre de 2020.
Aunque existen experiencias
similares en Baleares, «donde
tienen un concepto del monte más similar a un
jardín
y usan mulos para
luchar contra el carrich», y en Castellón,
Aragón se ha convertido en pionera al formalizar
este plan. Asimismo, hace hincapié que en este
proyecto además del departamento del Medio Ambiente
y Sodemasa, colaboran un biólogo del Instituto
Pirenaico de Ecología, veterinarios de la Universidad
de Zaragoza y la Escuela de Capacitación Agraria,
donde se recopilan los datos y utilizan la experiencia
para la formación de sus alumnos.
La situación
del ganado mular es aún más delicada,
a pesar de la creación de una Asociación
en Defensa de la Mula (ADEMU) y de alguna que otra Feria
de la Mula, pero también se le está empezando
a utilizar en labores ecológicas como se observa
en el artículo «Los mulos vuelven al
campo» (Las Provincias, Valencia, 21 de noviembre
de 2009):
«Es
resistente, inteligente y con gran capacidad de carga.
El mulo, un animal ya jubilado de las labores agrícolas
y sustituido hace ya años por maquinaria, se
encuentra actualmente en peligro de extinción.
Solamente algunos enamorados de este animal siguen criándolo
y luchan por perpetuar la especie. Ahora, sin embargo,
una empresa, Iberdrola, ha decidido utilizar varios
ejemplares para labores de carga en un parque natural,
contribuyendo a la recuperación de la especie.
Evitar
daños en la capa vegetal del monte es el objetivo
de esta medida, que permite dejar de utilizar maquinaria
agrícola que obligaría a construir caminos
y a ser más agresivos con la zona afectada. Además,
en el Parque del Turia, donde hay zonas con fuertes
desniveles, la utilización de tractores podría
causar erosiones en el suelo forestal. Iberdrola ha
decidido recuperar la mula para trasladar las podas
que se llevan a cabo estos días bajo las líneas
eléctricas que atraviesan el Parque Natural del
Turia. Los trabajos han comenzado esta misma semana
y se alargarán durante unos días más.
No
es la primera vez, no obstante, que Iberdrola utiliza
mulos para trabajos en los montes valencianos. En ocasiones
se han empleado para labores de mantenimiento y de construcción
de nuevas líneas. “Con ello se minimiza
el posible impacto ambiental que hubiera conllevado
la apertura de caminos”, aseguran estas mismas
fuentes.
Tras
la polémica surgida debido a que algunos colectivos
están en contra de las actuaciones de las eléctricas,
Iberdrola ha querido ser lo más respetuoso con
el medio ambiente. En realidad, no es la primera vez
que se utilizan mulos para realizar trabajos en zonas
forestales. La compañía ha empleado animales
para labores tanto de mantenimiento como de construcción
de nuevas líneas, en las que se ha minimizado
el posible impacto ambiental que hubiera conllevado
la apertura de caminos en el entorno de la instalación».
Para acabar este capítulo,
Cebollero (2006), natural de Arguis, nos da un repaso
rimado, y no exento de sentido del humor, a la historia
de los mulos altoaragoneses:
«Ahora
quiero contaros, por si no la conocéis
la historia de los mulos, “pa” que no los
olvidéis.
Macho o mulo, es lo mismo, casi todos tenían,
para hacer los trabajos porque máquinas no había.
Un macho puede nacer de una yegua o de una burra;
según se cubran las hembras, sale macho o sale
mula.
Macho o mula siempre nacen de la yegua con un burro,
o de burra con caballo; nunca falla, eso seguro.
Los machos el primer año los llamábamos
lechales,
se alimentaban seis meses con la leche de su madre.
Y después
de los seis meses, los llevaban a vender;
siempre
alguno los compraba y los criaba para él.
Los sacaban de su madre, que no volvían a ver
y con cuatro dientes de leche empezaban a comer.
Se les daba hierba fina, cebada y paja también
y a los diez o doce meses, comían de todo bien.
Les salía otro diente cuando tenían dos
años,
con esta edad se capaban y se llamaban sobraños.
Normalmente se capaban a mordaza y a maquina;
después, con agua y zotal, les curábamos
la herida.
La mordaza eran dos palos que bien prietos los ponían,
los llevaban así un tiempo y los pitos se consumían.
Para la otra capadura, el veterinario lo hacía
chafándoles bien las venas con máquina
que tenía.
Cuando tenían tres años, las palas se
les caían,
decíamos que mudaban porque otras les salían.
Por si alguno no sabe, qué son las palas de los
machos:
los cuatro dientes primeros, que son un poco más
anchos.
Les salían los colmillos a los seis años
o siete,
siempre uno a cada lado, al final de los otros dientes.
Alguna vez en la boca también se les hacía
mal
a consecuencia de liestras que les teníamos que
sacar.
Después de limpiar la boca, les poníamos
harina;
con eso se les curaba, no había otra medicina.
Les lavábamos la boca también con vinagre
y sal,
pues es que tenían algo cuando masticaban mal.
Cuando tenían tres años se tenían
que domar,
los íbamos enganchando y de pegarles ni hablar.
Unos días con el baste, otros días la
collera,
otros días con el jugo, según qué
trabajo era.
Esto siempre con otro macho viejo que los sojetaba;
si no se portaban bien, el viejo siempre cobraba.
A veces el macho viejo también se dejaba llevar;
con la sencusa del joven, hacía las cosas mal.
El hombre se daba cuenta también de esa picardía
y con un palo o carrañazo, el viejo ya obedecía.
A esta edad de trentenos y empezar a trabajar,
otra cosa imprescindible era tenerlos que herrar.
Seis clavos en cada pata, si el macho era regular
y a algunos machos más grandes, aún se
les ponía más.
Caballos de tierra baja y algunas yeguas también,
pero éstos eran pocos, les ponían hasta
diez.
Antes de ir al herrero, se probaban algún día
a levantarles las patas, “pa” ver cómo
respondían.
Normalmente machos grandes eran de buen amansar,
iban sobraus en el trabajo y nada les parecía
mal.
Y es que los más pequeños pues llevaban
peor vida,
estaban en casa pobre y tenían menos comida.
Lo primero era cuidarlos, así puedes exigir;
si no comen y no hay fuerza, pues qué les vas
a pedir.
Al macho que estaba flaco, también se le hacían
males:
del baste, de la collera y roces de los ramales.
Estos males que tenían se llamaban tomateras,
se curaban con aceite y hollín de las chimeneas.
El trabajo había que hacerlo y si el animal no
podía,
algunos aún le pegaban, es el talento que había.
La vida de aquellos machos, si es que se trataban bien,
trabajaban quince años y hasta veinte o más
también.
Todo era una familia que trabajaban unidos:
machos, caballos y burros; hombres, mujeres y críos.
Ahora tiene el mulo en Huesca un grandioso monumento;
el animal se lo merece por todo su sufrimiento.
También a estos animales nombre propio les ponían;
llamándolos y arreando, ellos se lo aprendían.
Por si alguno no lo sabe, yo les diré algunos
nombres,
como Galón, Carbonero, Chaparro, Tordillo o Noble.
El Feo, Moreno y Bayo, el Castaño y Peregrino,
Platero, Trabuco, Leal, Rosal, Pequeño, Muino.
El Lagarto, el Burreño, Voluntario, Royo, Lucero,
el Giboso, el Brillante, Navarro y Jardinero».
9. Referencias
Arrieta, Juan de. 1605.
Despertador que trata de la gran fertilidad, riquezas,
baratos, arnas y caballos que España solía
tener, y la causa de los daños y falta con el
remedio suficiente. Tratado anexo a la Agricultura
de Alonso de Herrera. Pamplona.
Arriquibar, N. de.
1779. Recreación de Política. Carta
V: Labor del ganado vacuno, primer aumento de la Agricultura.
Bilbao.
Blasco, M. 1815. El
amante de los labradores. Tratado de las grandes ventajas
que los labradores en particular y el Estado en general
pueden sacar del ganado vacuno y de los gravísimos
daños y perjuicios que se siguen de la cría
del mular á la del caballar y á la Agricultura.
Imprenta de Dorca, Barcelona.
Casas de Mendoza,
N. 1867. Tratado de las enfermedades del pie o del
casco. T. Fortanet, Madrid.
Cebollero, L. 2006.
Coplas populares: nuestros adelantos y las formas
de vivir (II). El Gurrión, Labuerda.
Clemencín,
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Druène, B.
1951. Les devis de l'ingénieur Thierry.
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