«Un
negocio de comer no puede fallar nunca», Paco
Salas.
Dedicado a Consolación.
A comienzos de los
años veinte del siglo pasado el alcalde de Salas
Altas (Huesca) pidió a Ciriaco Francisco Puyuelo
Altemir (Figura 1), apodado Paco Salas, la
cesión de un paso para mejorar el acceso al nuevo
cementerio del pueblo. Desde su construcción
se accedía a él por la puerta del camino
de la fuente del Puzo, un tramo sucio y enfangado
cuando llovía. El concejo quería tapiar
el muro norte y abrir un nuevo acceso en la pared sur
aprovechando las obras de la carretera de tercer orden
de Barbastro a Naval proyectada en 1916.
Puyuelo accedió
a la petición y cedió un trozo de terreno
en la partida de los Plantés a cambio
de que su nicho familiar se ubicara el primero, junto
a la nueva puerta de entrada al camposanto, y así
las personas que bajaran de la montaña por la
carretera de Naval a Barbastro lo recordaran diciendo
«aquí está enterrado Paco Salas».
Consolación,
última hija viva de Ciriaco, recordaba la historia
de su familia así: «Mi
padre, Ciriaco Francisco Puyuelo Altemir, nació
el ocho de agosto de 1875 en Salas Altas y con veinte
años entró en la Guardia Civil durante
ocho meses para aprender a escribir, porque había
ido muy poco a la escuela y se puso a trabajar muy pronto.
Tuvo nueve hijos de sus tres matrimonios. En 1901 se
casó Rosalía Cucurull Subías y
sus padres le dieron doscientos duros de dote pero como
era tan poca cosa alquiló una habitación
en casa Cortés de Salas, donde tenía una
tía casada. De su matrimonio con su primera mujer
nacieron cuatro hijos: Antonia, que murió joven
el año de la gripe, Francisco, María y
Marcelina. Con su segunda mujer, Ana María Cucurull
Subías, hermana de la primera y nacida en 1888,
se casó en 1909 y del matrimonio, nació
Ascensión, que murió con once años.
Y de la tercera esposa, Concepción Mur Lanau,
que se casó con veinticuatro años con
mi padre de treinta y nueve al que había conocido
en la fonda Olivera de Naval, nacimos José en
1917, que murió con cincuenta y tres años
el año setenta, Antonia, yo y Gloria, mi hermana
gemela, que falleció a los quince días
de nacer... Cuando mi padre murió el once de
mayo de 1942 tenía sesenta y seis años
y su hijo José ya se había hecho cargo
de todo desde hacía años».
Consolación
había oído decir a su padre que «total
pa seguir siendo jornalero…». «Y trabajando
mucho, él y toda la familia desde que teníamos
diez u once años, comenzó con el negocio
subiendo a la montaña a negociar con pieles y
vino. Al principio tenía un carro y dos caballerías,
que no debían ser muy buenas, y luego abrió
una tienda en Salas Altas porque como decía él
“un negocio de comer no puede fallar nunca".
Y fue ampliando el negocio poco a poco. Mi padre salía
siempre de viaje al amanecer, porque si “feba
rabosa” [se encallaba]
o su carro quedaba atascado en los caminos, los que
iban detrás tenían que ayudarle a “salir
de la trasca”», haciendo bueno
el refrán «arrieros
somos y en el camino nos encontraremos»,
porque quien niega un favor a otro se arriesga a que
en el futuro ese otro se desquite negándoselo.
«Cuando viajaba en el
día volvía a las doce de la noche. Y cuando
salía hacia la montaña regresaba a casa
después de siete u ocho días».
En la época de la que nos habla Consolación
un viaje directo desde Otal, en Sobrepuerto, a Barbastro
se hacía en dos días, caminando por la
ribera de Fiscal, Arcusa y Salas Altas.

Figura 1. Ciriaco Francisco
Puyuelo de Guardia Civil. Estudio fotográfico
de Borke y Ferryz.
Carrera de San Jerónimo, 33. Madrid, 1898.
Las escrituras de
compraventa confirman que durante las dos primeras décadas
del siglo pasado se inicia el negocio familiar de la
familia Puyuelo ya que Ciriaco, cuya denominación
profesional pasa de «labrador»
a «tendero» en los documentos oficiales,
compra parcelas de viña, olivares, un huerto
y una casa en la calle la Iglesia número seis,
junto al convento de las monjas carmelitas de Santa
Teresa. En 1915 las capitulaciones matrimoniales -fundadas
en el poder del varón como estrategia para aumentar
y conservar la hacienda y el negocio- entre Ciriaco,
calificado como «industrial» de
treinta y nueve años, y su mujer Concepción,
señalan que entre los bienes aportados al matrimonio
se encuentra una «tienda de ultramarinos,
cordelería y quincallería, géneros
y efectos de comercio» y las caballerías
y carros del negocio de transporte a Broto y otros puntos.
En la década de los treinta adquiere un garaje,
algunas parcelas de la familia Alfós, con la
que tendrá más tarde relaciones comerciales,
y otros fundos. El negocio figura en los documentos
de 1931 como comercio de «Vinos y Licores».
Cuando Ciriaco abrió
la tienda en Salas Altas (Figura 2), el pueblo contaba
con más de novecientos habitantes, veterinario,
barbería, dos carpinteros, un herrero, posada
y, al menos, dos tiendas de comestibles. Y «con
mucha austeridad y mucho trabajo»,
los géneros fueron cada vez más variados
y abundantes. El negocio crecerá, la tienda del
llano se convertirá en la despensa de la montaña
y las nuevas necesidades de sus gentes harán
que el comercio inicial se vaya transformando.

Figura 2. Cabecera
de un albarán de la tienda en Salas Altas.
Imprenta Pagés. Lérida.
En la tienda de Salas
se vendía, compraba y fiaba «a todos»
y «casi de todo»: alimentos comestibles,
géneros, fertilizantes, abonos y nitratos, agujas
y quincallas, lanas y textiles, aperos para animales,
recipientes de cuero, cerámicas y vajillas, calendarios,
calcero, cepos y cartuchos de caza, piensos
y cereales, productos de limpieza, ligazones, artículos
de papelería, pieles, plantas de regadío
y de secano. El dependiente de la tienda se fía
del cliente y le entrega o adelanta las mercancías
solicitadas a cambio de dinero o de la cosecha comprometida
como pago de los productos que se ha llevado durante
el año. «La palabra
del noble y honrado es dinero de contado».
Se pasan y ajustan las cuentas anotadas pacientemente
en las libretas de apuntes del vendedor y del comprador
porque «lo que se escribe
escrito queda».
Mientras Ciriaco viaja
con el carro y las caballerías hasta las montañas
de Sobrarbe su mujer se hace cargo de los hijos, la
casa y el negocio. «Que
os encuentre como os dejo», decían
los arrieros cuando se despedían de su familia.
La arteria principal
que orienta a Ciriaco durante sus ocho días de
viaje hacia los Pirineos es la orilla del río
Cinca. Parte de Salas Altas y visita todos los mesones,
asciende por cuello de Hoz hasta el pueblo, Salinas
de Hoz, Naval, vende vino clarete y patatas a Eusebio
que le paga con pieles y una tortilla en el mesón
de Abizanda; sigue por Escanilla y pasa por la casilla,
para en Ligüerre de Cinca, llega hasta Samitier,
desde Mediano avanza hasta Plampalacios y continúa
por Coscojuela de Sobrarbe, hasta Aínsa, donde
le ayudan a cargar el carro. Desde aquí se dirige
hacia Los Molinos, Escalona, Laspuña y de allí
hasta Salinas de Sin, junto al río Cinqueta.
Bordea el valle de Añisclo, emboca el río
Bellós, alcanza Ceresuela, Buisán y Nerín,
llega a Fanlo y hacia el oeste al valle de Sorrosal.
En los años
veinte la familia Puyuelo se introduce con más
intensidad en el Valle del río Ara donde, al
parecer, nada hay escrito ni comprometido sobre la exclusividad
de los espacios ocupados por los vendedores
y de los productos por vender. Nadie es el único
propietario de este atlas comercial de fronteras invisibles
que Ciriaco compartirá con Chavalín y
Solanilla de Naval, Manuel de Binéfar, los Pepetes
de Zaidín, Margaloy de Bisaurri, Bardají
de Broto, Silverio Pascual de Fiscal, casa Fernando
de Graus, Marcial y Revilla de Lacort. Es como si existiera
un acuerdo tácito - «la costumbre»-
que respeta cierta territorialidad y competencia. Consolación
recordaba que su madre decía, no sin cierto grado
de preocupación, «a
ver si Silverio y Bardají llegan a Sarvisé
antes que nosotros».
En el valle del río
Ara vivían antes de la guerra más de cuatro
mil personas dedicadas al corte de bosques, elaboración
de madera, cazar sarrios, rebecos y jabalíes,
pescar, cultivar cereales, frutas, legumbres, hortalizas,
cáñamo, patatas, remolachas, recría
caballar; pacían ganado ovino, cabrío
y vacuno por extensas facerías comunales, practicaban
el contrabando como labor complementaria, trabajaban
en una incipiente hostelería turística
y en la explotación de minerales de cinc y hierro
en el puerto de los Mulos (Bujaruelo). Un paisaje «bello
y maravilloso» según algunos
viajeros extranjeros, una realidad humilde y justa para
sobrevivir según los habitantes del valle.
En el año treinta
y dos, Ciriaco tiene en estos pueblos más de
quinientos clientes a los que visita con su hijo de
casa en casa o reúne en la plaza. Dos en Guaso,
una treintena en Boltaña, para encubar
vino en Jánovas, se pasa por los mesones
de este pueblo, se acerca hasta Planillo, donde suele
tomar posada, sigue hasta San Felices, Lacort
y su mesón donde echa una cabezada,
cena, duerme, almuerza y paga, continúa por Santa
Olaria y Javierre, Ligüerre de Ara y el mesón,
San Juste, Borrastre y Fiscal, que es su segundo feudo
con más de cincuenta clientes. Allí visita
a Casasús, descansa con su hijo pequeño
en casa Achera, comen tres costillas cada uno, huevos
y pan en la de Camilo, y saluda al sastre Borruel (de
casa Blas) que emigrará en los años cuarenta
a Barbastro donde abrirá una sastrería
(Figura 3).
En el límite
entre el Sobrarbe y el Alto Gállego visita Arresa,
Sasé, Lardiés, Berroy, Bergua, Cillas,
Cortillas, Asín de Broto, la casilla de Planduviar
y Ayerbe de Broto. Ciriaco y José almuerzan,
comen, duermen y abonan jornales en Sarvisé.
Paran en Buesa donde las bestias descansan
en el garaje de mosen Elías. Alcanzan Otal. En
Oto tienen más de cuarenta clientes, ajustan
cuentas en varias casas. Y llegan a Broto donde está
la fuerza pues un centenar de clientes hacen
de este pueblo el centro de operaciones desde el que
se trasladan por la redolada, hasta Fragen,
Torla, Viu, Linás de Broto, Yosa de Broto y el
mesón de Bujaruelo.

Figura 3. Retrato de
Luis Borruel y su esposa, y anuncio de su sastrería
en Barbastro.
Fruto de la frecuencia
de sus viajes, experiencia y conocimiento de la montaña
a la que viajaba continuamente, Ciriaco decidió
ampliar su negocio y eligió Broto para abrir
otra tienda: un pueblo de más de trescientos
habitantes que se anunciaba en las Guías de comienzos
del siglo veinte como cercano a la estación de
ferrocarril de Sabiñánigo, desde donde
conectaba en carruaje con Biescas, con una carretera
en construcción, farmacia, médico, veterinario,
barbería, dos carpinteros, herrería, dos
posadas, sastrería y los comercios de Francisco
Lacambra y Ramón Sanz.
En mayo de 1930, Francisco
Puyuelo Cucurull, de veintisiete años y primer
hijo varón de la familia, obtiene el permiso
para conducir vehículos. Un mes después,
Miguel Felices Latre arrienda a Ciriaco un trozo de
local cercano a su casa, situada en la entrada de Broto.
Ese local tenía salida a la carretera de Biescas-Broto
que se hallaba en proyecto, y se destinó a garaje.
Además, también le arrendó otro
trozo para que lo utilizara de almacén. Todo
ello por doscientas doce pesetas cincuenta céntimos
anuales pagaderos de una sola vez y por tiempo indefinido.
Con este compromiso, la tienda quedaría establecida
en el bajo previsto contiguo a la casa y el garaje ocuparía
la mitad de un pajar que la familia Felices tenía
al otro lado de la carretera. El rótulo de la
tienda reza «Vinos y Comestibles».
Cuatro años
después abona al propietario cuatrocientas pesetas
por el alquiler de los locales y mejoras en la habitación.
Una nueva despensa en Broto y un automóvil permiten
servir mejor y mucho más género en menos
tiempo, no arriesgar la vida, ampliar «su
sitio» en el valle y asegurar una
red de suministradores en municipios del Somontano como
Azara, Radiquero, Peraltilla, Colungo y Barbuñales.
Ciriaco (que en 1935
escribe por primera vez la frase «propiedad
de Paco Salas» en algunos documentos)
estimula el tirón del negocio, estrecha la relación
comercial entre los ganaderos de la
montaña y los agricultores de la tierra
baja, traspasa la frontera y comercia con francos, guías
y caballerías en Francia, concede préstamos
al seis por ciento y atiende las nuevas demandas de
los clientes que solicitan transporte de pasajeros,
materiales para la construcción, máquinas
y cocinas, animales y ropas, pinturas, carbón,
cerveza, lentes, billetes de lotería,
relojes, muebles, benzina y piezas de madera
que obtiene explotando los bosques de Buesa y Fanlo
tras ganar las subastas autorizadas por el Distrito
Forestal, y con los servicios de la serrería
Canales en Barbastro. Suscribe una póliza de
seguros de accidentes colectivos. Factura para la Agencia
de Transportes y Encargos de Luis Alfós
y forma con esta familia la sociedad Alfós-Puyuelo,
con la que explota el vagón de ferrocarril de
la Compañía de los Caminos de Hierro
del Norte de España del que disponen los
Alfós diariamente desde la estación de
Barbastro hasta Barcelona. Trabaja con la fábrica
de Harinas de Enrique Gistau (La Flor del Ara)
en Boltaña y con otras empresas barbastrenses:
la fábrica de curtidos, cueros, pieles y lanas
Viuda de Enrique Padrós, en la que entrega
abundantes piezas y saquetas de lana con las
que le pagan los montañeses, la fábrica
de tejidos de Francisco Artero, con los almacenes de
comestibles Acín y Palá,
y opera efectivo y letras con el Banco de Aragón.
Compra cajas de bebidas en la distribuidora de Antonio
Secanel en Lérida y negocia con vino
y huevos en el comercio que tiene Bardají en
Zaragoza.
Durante el primer tercio
del siglo XX las sociedades del Alto Aragón se
estaban modernizando. Su población activa ocupada
en la industria crecía en detrimento de la existente
en el sector primario y dicen los historiadores que
el capitalismo había dado un salto relevante
que, aunque fuera de refilón, afectó
a la provincia oscense a pesar de sus graves desequilibrios
económicos, sociales y demográficos. Es
muy probable que las decisiones empresariales que Paco
Salas iba tomando fueran respuestas a las nuevas
demandas de géneros finos, como el anís,
los brandis y el coñac bueno, las zapatillas
de cuero blanco para mujer, los vestidos nuevos,
las mandarinas, naranjas y turrones fuera de temporada,
que transportó su hijo Francisco con la camioneta
por una red de carreteras que muy lentamente también
mejoraba. Sin embargo, y a pesar de la demanda creciente
de estos géneros modernos, el vino y
el aceite fueron los dos productos con los que Paco
Salas más traficó durante todos
sus años de arriero, comerciante y transportista.
El aceite que venden
los Puyuelo en la montaña procede, en gran parte,
de los olivares que adquirió Ciriaco y se moltura
en el Molino Oleario Antiguo de Salas Altas
cuyos accionistas, comuneros, compran una nueva
prensa en la década de los años veinte.
En los documentos se
especifica cuando el aceite está limpio.
Lo venden en arrobas, libras y litros, lo transportan
en dos tipos de botos (odres de piel) cuyos
pesos oscilan entre 50 y 52 kilos, los más pequeños,
y entre 58 y 63, los más grandes. También
venden cospillo: orujo de la oliva procedente
de los residuos de las aceitunas después de ser
trituradas y exprimidas en la almazara, alimento para
los tocinos, y materia prima empleada para
la obtención de jabón cuyas ventas aumentan
en la década de los años treinta.
Entre 1928 y 1938 los
precios por litro/kilo de aceite oscilan entre 1’30
y 3 pesetas. Los jornales diarios por cargar un carro,
entre 2 y 3’75. Por dos almuerzos se pagan 2 pesetas
y menos de 1 peseta por dos huevos crudos.
Los comerciantes de
vino tenían personas de confianza encargadas
de tratar con los proveedores en algunos pueblos. Eran
los denominados comisionados o apoderados y
su función consistía en negociar el mejor
precio posible y preparar el trato para que
no hubiera problemas a la hora de cerrar el precio.
Una vez ajustado el dinero y reafirmada la
operación de compra-venta, se acudía al
medidor, o persona a la que el ayuntamiento
había adjudicado por medio de subasta pública
el cántaro, para que calculara el volumen
y el peso de la mercancía. Se abrían las
tinas y de allí lo cogía el medidor
con el cántaro y lo ponía en
los boticos. Por cada nietro (160 litros),
el medidor recibía una cantidad pactada
en el contrato con el ayuntamiento. Tras meter el vino
en los boticos, se cargaban en carros piperos
o en camiones para trasladarlos a su destino.
Paco Salas había
comenzado sus viajes con un carro pipero de
un solo tonel (el carro de otros comerciantes de vino
más potentes como Montañés en Barbastro
tenía dos pipas) que le permitía
circular por las estrechas calles de su pueblo y llenarlo
con los pucheros, cántaros, toneles y pipas
de vino tinto y clarete que guardaban en las bodegas
los vecinos de su pueblo, Salas Bajas, Pozán
de Vero, Barbastro y Sariñena.
Pero poco a poco las
peticiones de vino de los clientes de la montaña
y de Francia aumentaron y Paco Salas amplió su
red de proveedores en otras zonas y regiones. En Torrellas
con Luciano García (envíos por Tarazona
de Aragón), con José María
Trisán en Zaragoza, Claudio Rubio (vinos y aceites),
Francisco Altemir en Barcelona, y con la empresa de
Antonio Escalona, Vinos San Jerónimo,
en Cornellá.
Según Consolación
«el vino ganaba con
la altura y se procuraba que pasara de trece grados
porque a los montañeses les gustaba más
el vino bueno. Su familia no lo vendía para beber
enseguida, y si era flojo y tenía poco grado
se les estropeaba en muy poco tiempo; si era fuerte
sabían que iban al seguro y así lo guardaban
en casa y tenían pa todo el año. Si pasaba
de ciento veinte de acidez llevaba más riesgo
de estropearse y por eso preferían que estuviese
compensado el grado y la acidez: si tenía noventa,
hasta ciento veinte, era tolerable; estaba bien, y si
era más corría riesgo de volverse agrio,
había que tener más cuidao y la gente
lo trataba en casa intentando bajar la acidez. Algunos
llegaban hasta doscientos grados de acidez y esos para
vender mal… los llevaban pa la alcolera. En casa
Puyuelo había un aparato para medir el grado
(una vara de mercurio) y otro para la acidez: se pegaba
fuego a una especie de mecha y las marcas te decían
hasta ande tenían que llegar».
A veces, como sucedió con Cheliz de Aínsa
en el año 32, se estropeó una partida
y tuvieron que hacer un descuento por quebranto.
Cuando Ciriaco actúa
como comisionista, cobra un céntimo
por cada decálitro. Casi siempre vende el vino
a los clientes particulares pero también a todo
un pueblo durante varios meses y años. Si el
vino se estropea, agría o se convierte
en vino abiar lo recoge, abona el quebranto,
lo sustituye por otro bueno. También
vende y arregla pipas, brocales y zarcillos
o aros metálicos para los toneles y cubas, corchos,
botos, botas y pipas.
La media de los precios
de un decálitro de vino en Broto entre 1922 y
1938 estuvo entre las 3 y las 6 pesetas.
En la primavera de 1931, Paco Salas, Francisco y José,
trabajan juntos en Broto. El padre regresa a su pueblo
en mayo y los dos hermanos almuerzan, comen y cenan
varias semanas en casa de Blas Villacampa –Hotel
Pradas-. A finales de agosto las dos hijas pequeñas
de la familia (Antonia y Consolación) meriendan
en Broto con sus hermanos (Figura 4). Al año
siguiente Francisco regresa de Francia, se traslada
a Jaca y en noviembre de 1933 fallece en accidente en
la estación de Canfranc. Paco Salas se ausenta
de Broto y Francisco Santamaría –Soro-
que vive junto al local del garaje, al otro lado de
la tienda, y que ayuda a cargar el camión, cuida
la empresa familiar y confirma algunas ventas en los
pueblos de la montaña. En 1935 Paco Salas obtiene
el permiso de circulación y se hace cargo del
transporte con una nueva camioneta Ford «color
gris», que según Consolación
tenía «una caja
de carga que habían ampliado en un taller de
Barbastro y que sustituyó a otro camión
[marca Chevrolet] de ruedas
macizas, sin puertas y con lonetas, que estuvo guardado
y sin funcionar en el garaje de casa porque daba problemas
desde el principio».

Figura 4. Ciriaco Francisco
Puyuelo con su hija Antonia. ¿1923-1924? Tarjeta
postal.
Unión Postale Universelle. España.
El 18 de julio de 1936
comienza la sublevación de algunos acuartelamientos
en la península pero la situación en el
Sobrarbe resulta confusa por el desconocimiento del
hecho y las noticias contradictorias sobre su éxito
o fracaso en los cuarteles próximos (Jaca, Barbastro
y Huesca). Jaca y Huesca apoyaron el golpe de estado
y Barbastro se decantó por la República.
Una semana después las tropas acuarteladas en
esta ciudad se unían a los milicianos armados
locales y a otros procedentes de pueblos como Salas
Altas donde el triunfo electoral del Partido Radical
Republicano y de Izquierda Republicana en febrero había
consolidado el régimen reformista.
En los primeros días
del golpe, como en otros municipios del Somontano, se
configuró en Salas Altas el Comité Local
Revolucionario, compuesto por cenetistas anarquistas,
que crearon una colectividad y cooperativa de abastos
aspirante a implantar una revolución.
Consolación oyó contar que
«el comité propuso a su padre, que decía
era de Izquierda Republicana, que entrara en la colectividad
pero él no quiso». Según
el pleno regional de grupos anarquistas de Cataluña
de agosto de 1936, las bases para la colectivización
significaban «la incautación
y colectivización de los establecimientos abandonados
por sus propietarios […] el control obrero de
los negocios bancarios hasta llegar a la nacionalización
de la banca […] y el control sindical obrero sobre
todas las industrias que continúen explotadas
en régimen de empresa privada».
En agosto y en diciembre de 1936 el Comité local
de la Colectividad de Salas Altas y un grupo de personas
de Barbastro, «incautaron
por la fuerza», en el establecimiento
industrial de Comestibles de Puyuelo, más de
seis mil kilos de aceite de dos depósitos y un
camión dedicado al transporte, según declaró
el afectado en virtud del requerimiento hecho por la
Cámara de Comercio e Industria de Huesca en octubre
de 1940.
Durante los dos primero
años de la guerra civil, Paco Salas escribe con
mucho detalle en su libreta, las visitas y estancias
en la montaña, un territorio-refugio que lo aleja
de las exigencias revolucionarias de la colectividad
de su pueblo. Es casi un diario en el que indica que
los días 18 y 19 de julio y 16 de agosto del
36 hace «ventas y entregas»
en Broto, Oto, Torla, Fiscal, Asín de Broto y
Fanlo. El primer domingo de octubre está en Barbastro.
El día catorce almuerza y come en el hotel Pradas
de Broto. Una semana después, Nicanor Felipe,
oficial de asalto en Barcelona y comandante del Batallón
Alto Aragón-Milicias Aragonesas (que
dependía de la Generalitat de Cataluña,
al mando de Antonio Beltrán El Esquinazau
y que ocupaba el sector Norte del frente aragonés
en la frontera cercana a Jaca), le firma y entrega un
vale sellado por el Comité Antifascista
de Broto, «por los artículos
recibidos por necesidades de guerra: una báscula
y dos pesos de doscientos y quinientos gramos».
Pero Paco Salas sigue
trabajando: compra una balanza y realiza cobros de dinero
en metálico. El once de mayo de 1937 llega a
comer al Pradas y se va el veintinueve. El veinticuatro
de junio regresa al Pradas y el treinta está
en Lacort. El mes de julio se hospeda en las casas de
Félix Paúl, en Fiscal, y en casa Gallán
de Sarvisé.
El invierno es muy
largo y las nieves perpetuas pero Paco Salas no se detiene.
En enero de 1938 vende aceite y patatas en Broto. El
día once, Manuel de Prada, oficial de Aprovisionamiento
-Grupo de Intendencia- del X Cuerpo del Ejército,
firma un recibo en Salas Altas en el que escribe: «Hemos
recibido de Don Francisco Puyuelo, una báscula
completa y un peso de medio kilo, que voluntariamente
nos presta para que podamos hacer uso de ella mientras
él no la necesite, en cuyo caso tendremos que
devolverla». En
la primavera llegan los ecos de la guerra a la retaguardia
sobrarbense. Tropas franquistas se acercan a la sierra
de San Jorge en Salas Altas. Paco Salas ya está
en su casa desde el martes quince de febrero. El día
28 de marzo el ejército sublevado alcanza Barbastro
y se cierra la salida hacia el sur. El 287º batallón
republicano desciende por la carretera de Naval, dos
compañías alcanzan las fortificaciones
de la Línea del Cinca y una columna
franquista avanza sobre El Grado. El día 31 el
valle de Broto aguanta pero por momentos las cosas se
complican. Al día siguiente las fuerzas franquistas
se asoman sobre Boltaña y cierran la carretera
del río Ara obligando a las unidades republicanas
a replegarse por Fanlo y el valle de Vio hacia las nuevas
posiciones que formarán la Bolsa de Bielsa
en la zona superior del valle del Cinca.
Un testigo de Lafortunada
acude de convoy con su mula, primero con los republicanos
y luego con los franquistas, y durante tres días
acarrea cuerpos de los fallecidos en los combates. En
abril y mayo aviones alemanes e italianos bombardean
el sector de Bielsa. Tras una breve ofensiva se produce
la reculada (retirada) de muchas personas que
huyen hacia Francia. La bolsa se resiste, pero
al amanecer del jueves 16 de junio el territorio de
Sobrarbe ha quedado definitivamente en manos del ejército
franquista. Consolación decía que durante
la guerra su hermano José «estuvo
sirviendo en el Cuerpo de Tren y, cuando acabó,
en un campo de concentración en Navarra»
(Figura 5).

Figura 5. José Puyuelo
Mur en su juventud. Foto de carnet.
«Después
de la guerra teníamos que renovar el negocio
de Salas, habían requisado los productos de la
tienda pero íbamos reponiendo muy poco a poco
algunos artículos a pesar de la escasez, la “declaración”
obligatoria de géneros y el estraperlo; comenzamos
de nuevo a fiar a los vecinos y a escribir las notas
en papel de estraza. Las libretas con “pendiente”
(de pago) no menudeaban, había muchas deudas
por cobrar, del llano y de la montaña. Mucha
gente había huido a Francia por la guerra. La
colectividad de Salas Altas nos había requisado
la camioneta, el comité de Broto la báscula,
y aunque habíamos sido muy meticulosos en los
apuntes de las deudas nos daba mucho apuro equivocarnos
y pedir a los clientes lo que "no era de ley".
Y cerramos la tienda de Broto».
«La
deuda de los negocios que no se había pagado
a casa Puyuelo ascendía a veinte o treinta mil
duros de entonces y se comenzó a saldar a comienzos
de los años cuarenta». En
este proceso tan complejo, el detalle de la contabilidad
de las cuentas de clientes permitió elaborar
un estado financiero preciso y fiable para reclamar
los pagos.
En los documentos del
negocio de la familia Puyuelo se entrelazan las gruesas
caligrafías de Paco Salas, aprendidas durante
su estancia en la Guardia civil de Madrid y Guadalajara,
y las letras inglesas de su hijo José que «como
también había ido muy poco a la escuela,
estuvo aprendiendo escritura y contabilidad con el maestro
Valentín Casasús, de casa Estudiante de
Fiscal. Y debió aprender a pasar los apuntes
de las libretas de anotaciones al Diario y todo lo demás
al libro Mayor».
Hijo y padre anotan
una relación de pueblos y personas, el listado
de géneros, vendidos o pagados por los clientes,
y el precio de cada unidad en pesetas que se va descontando
de las columnas hasta totalizar la cantidad final de
cada hoja. De vez en cuando se realizan estractos
o resúmenes de las cuentas y se relacionan facturas
numeradas y pagarés aceptados. En 1926 Paco Salas
escribe repetidas veces «entrego
a José» y detalla: «respecto
a esa cuenta yo creo que lo que debe es ciento veintidós
pesetas y no creo que cobremos pues es muy trapacero».
Cuando a comienzos de los años cuarenta
José está cerrando cuentas pendientes
de años anteriores escribe con humor de un cliente
«esto ya está completamente liquidado,
mejor dicho me debe un bocoi que si no voy a Filipinas
no lo cobraré», y de otro: «el pastor
que tenía lleva un par de albarcas del día
22 de octubre del 33 y estamos en el año 45 y
es la fecha que no ha pagado este señor».
El detalle llega hasta
indicaciones tan rigurosas como estas que Paco Salas
escribe sobre su hijo: «le
deje al chico para tabaco» o «entrego
al chico pequeño» tal cantidad.
Cobran intereses anuales e indican si los deudores aceptan
pagarés y letras del banco.
También anotan
quienes les pagan en nombre del titular de la cuenta,
el lugar, la casa, y escriben en el
haber cuando una persona ha recibido un producto
y se lo pasa a otra que asume la deuda.
En un libro escriben «cuentas
corrientes de los malos pagadores»
y anotan, muy cuidadosos, las fechas de las compras
y los números de las hojas de distintos cuadernos
que se relacionan entre sí, o cuando las libretas
de referencia contable son viejas o nuevas.
La letra de Paco Salas
casi desaparece en los libros, cuadernos y documentos
a comienzos de los años cuarenta. Su hijo, que
ya tiene permiso de circulación, reactiva la
tiendas de Salas, escribe cartas a los morosos y recorre
con el camión las localidades del Sobrarbe y
Somontano tratando que los deudores reconozcan las deudas
pendientes y que acepten los pagos.
El 11 de noviembre
de 1941 un cliente de Fanlo escribe una carta dirigida
a Paco Salas que dice:
«muy
Sr, mío, en mi poder su carta
y en terado de su con tenido doy con-
testación a ella. Como dice V. en su carta
tenemos de deuda en su casa 704,65
ptas, cosa que yo estaba inorante de
ello, por que a quien V. se dirije
es muerto, que era mi padre,
[…] y con el se llevaron
los intereses, o sea el ganado, que era lo que valia
en este país, de todas formas, confiando
en V. y dándole crédito asu palabra
sera V. correspondido lo antes posible, por que por
el
momento no puedo corresponderle de
vido ala situación que me encuentro,
que no me a quedado nada, tan bien
le agradecería que si suvia por
el valle Broto me habisara para hir yo
a conocerle y hablar con V. en persona
sinmas sedespide S. S. S.»
Es muy probable que
Paco Salas (Figura 6) no leyera estas líneas
ni pudiera saludar a su remitente de Fanlo ya que por
estas fechas estaba enfermo en Zaragoza. En agosto de
1942, Concepción Mur Lanau, su mujer, recibe
unas letras que le envía otro cliente
de Oto, dándole el pésame por la muerte
de su marido.

Figura 6. Ciriaco Francisco
Puyuelo. Foto Gallifa. Barbastro.
A comienzos del siglo
XXI viajamos con la hija de Paco Salas, Consolación
Puyuelo, y su nieta Ana, a Fiscal y Broto para comprobar
si, como Ciriaco quería, la gente se acordaba
de él en la montaña.
Hacemos la primera
parada en el Hostal Río Ara (antigua Casa Bautista)
de Fiscal y preguntamos en el bar por Paco Salas.
- «Casi
tengo setenta años y no soy nacido aquí
pero como si lo fuera» –nos
dijo el primer abuelo con el que hablamos. «Aunque
no lo conocí, claro que he oído hablar
de Paco Salas, a Pepa de casa Chera y en casa Sidro,
que ya tienen 82 y 88 años y son los mayores
que hay en Fiscal, que no hay ninguno vivo más
mayor».
En Broto hablamos con
la alcaldesa, que nos recomienda preguntar a Marcelino
Torrente, Esperanza, Pepa de Casa Ro, Maria Teresa,
de casa Arinzué, y con el dueño del bar
27. Salimos del ayuntamiento y caminamos hasta el puente
nuevo en el que preguntamos a un tipo con pintas del
país.
- «Sí
que se quién era Paco Salas -nos
dice- pero no tuvo ninguna
tienda en este pueblo».
Esta contestación
nos confunde porque cuestiona los testimonios de Consolación
y aprovechamos la comida en el actual Hotel Pradas para
que nos cuente, de nuevo, sus recuerdos de pequeña
cuando estuvo en Broto: «Tenía
ocho años cuando subí en la camioneta
con mi hermano José, y llegamos a la tienda que
estaba en la entrada de Broto. Y había de todo
y en la bodega estaban los bocoyes, y se cruzaba al
otro lado de la carretera para ir al almacén.
Mi padre se hospedaba en la fonda Pradas pero aquella
casa estaba en una plaza y no en este sitio que comemos
ahora. Cuando mi hermano José hizo la casa de
Barbastro, después de la guerra, cerramos la
tienda pero seguíamos subiendo por aquí».
A la salida del hotel
hablamos con el actual propietario y nos dice que los
antiguos dueños eran los hermanos Villacampa,
que el nombre de entonces era Casa Pradas porque en
este pueblo queda el nombre de la casa y que, antes
de la guerra, el hostal estaba en una pequeña
plaza, al otro extremo del pueblo.
Nos dirigimos al Bar
27 para hablar con otro testigo y preguntamos a un señor
mayor que resulta ser Antonio Dueso Villacampa, el dueño
del bar que nos ha indicado la alcaldesa.
- «Claro
que me acuerdo de Paco Salas –afirma-,
por el vino y otras cosas. Pero si quieren que les cuenten
más cosas pueden hablar con Esperanza, María
Teresa de casa Arinzué y Pepa de Ro, que se reúnen
en la placeta de Ro».
Cruzamos el puente
nuevo sobre el río Ara, llegamos a la placeta
y esperamos un rato hasta que vemos tres mujeres que
vienen hablando. Les preguntamos por sus nombres y nos
dicen que son Esperanza, María Teresa Campo,
de casa Arinzué, y Pepa de Ro.
- «Pues sí que
me acuerdo de Paco Salas- abre los recuerdos
Pepa-, traía al principio
pipas de vino con un carro y luego un camión;
¿te acuerdas?»; «sí,
me acuerdo -dice Esperanza- aunque tenía cuatro
o cinco años solo”. “¿Y Usted
es su nieta?», se dirigen a Ana que
pregunta si su abuelo tuvo tienda allí. Pepa
nos confirma que sí,
«en casa Pericón, se entraba por abajo.
José María Felices es el dueño
de la borda, hoy es el albergue Felices, el almacén
lo tenía allí; mi padre le compraba aceite,
vino y jabón». «Que se cortaba con
unas barras de metal» -añade
Esperanza-, «y también
con cuerdas de guitarra», matiza Pepa.
Nos despedimos de aquellas
abuelas y caminamos hasta el albergue Felices donde
el dueño, José María, nos cuenta
que «Paco Salas y el
encargado tenían la tienda y una cama en los
bajos de la casa que le alquilábamos. Cuando
hicieron las obras de la carretera hasta Ordesa la caja
de la carretera pasó por la mitad de la cuadra
de las vacas, donde tenían el almacén
y guardaban la camioneta. Subían aquí
una vez por semana con una Chevrolet de tres mil kilos
y allí, en casa Soro, vendían el vino…
Supongo que saben que un bocoy son sesenta decalitros».
Semanas más
tarde visitamos otros pueblos del valle, confirmamos
con los documentos que habíamos conocido a los
hijos de algunos de sus clientes, y hablamos por teléfono
con Fernando Villacampa, uno de los sucesores de Casa
Pradas: «El negocio
de la familia, además de hotel y restaurante,
tenía carnicería, taxi, comercio, estanco
y varias sucursales en los pueblos de la zona. En casa
negociaban con Paco Salas», nos explicó.
La tienda de Salas
Altas se cerró al poco tiempo de fallecer José
a comienzos de los años setenta. En la década
de los cincuenta, José Puyuelo había emprendido
otros ramos de negocio, dedicándose
a la industria de partir almendras y la construcción
de viviendas. En 1957 levantaba un edificio de renta
limitada en la Avenida Graus de Barbastro. Un bloque
con viviendas de alquiler con dos ascensores -los primeros
en la ciudad- que hicieron famosos algunos críos
que se colaban en ellos cuando la portera se
descuidaba.
Cuando Antonio Dueso,
el del bar 27 en Broto, recordaba un viaje al llano
nos dijo que: «antes,
lo primero que se veía al entrar en Barbastro
por la carretera de Graus era la casa de Paco Salas».
Estos recuerdos no eran un error, ni Antonio confundía
los nombres. Es que algunas personas llamaban a José
con el mismo apodo de su padre.
Historia de este capítulo
En realidad, y sin
saberlo entonces, comenzamos a elaborar este capítulo
en 1999, a raíz de un encargo para escribir un
libro colectivo que publicó en 2001 el Consejo
Regulador de la Denominación de origen Somontano
con el título Vinos de siglos en el Somontano
de Barbastro. Una historia social y cultural: las vidas
desde las viñas. Barbastro. 2001. Aquella
investigación fue el germen del texto cuya escritura
no hubiera sido posible sin la generosidad de Adela
Bistué, viuda de José Puyuelo, su hija
Isabel, Consolación y su hija Ana, de Salas Altas,
que me han facilitado sus documentos familiares, testimonios
orales y afectos. También hemos consultado las
siguientes fuentes:
Proyectos de Obras.
1954 y 1956. Archivo Municipal de Barbastro.
Mapa Nacional de
Abastecimiento. Partido de Barbastro. Años 40.
Archivo Histórico Provincial de Huesca.
Producción
de litros de vino cosechados en los años 40 y
50 en Salas Altas. Archivo Municipal de Salas Altas.
Guías Fortún.
Zaragoza. Huesca. Teruel. 1ª serie. Anuarios Generales
de las Regiones de España. “Huesca.
Partido judicial de Barbastro”. Edición
XXIII. Zaragoza, 1910.
El Somontano de
Barbastro. Libro escrito por Ricardo Palá
Catarineu. Los Estudios Económico-Social Agrarios
de Aragón. Noviembre, 1933.
Anuario regional
descriptivo, informativo y seleccionado de la industria,
comercio, agricultura, profesiones, arte y turismo de
Aragón y La Rioja y Navarra: comprende las provincias
de Zaragoza, Huesca, Teruel, Logroño y Navarra.
Primera edición. 1931
Periódicos:
La Gaceta del Vero (1917), La Opinión (1931),
El Cruzado Aragonés (varios años)
publicados en Barbastro, y La Vanguardia (Barcelona,
1933)
Informes de los
Expedientes de Ciriaco Puyuelo Altemir. Siglo XX.
Archivo Nobiliario de Aragón: Archivo histórico
de la diócesis cesaraugustana de Zaragoza y Archivo
histórico diocesano de Barbastro. 2022.
Expediente de Ciriaco
Francisco Puyuelo Altemir. 1894-1898.
Archivo General Militar de Segovia. 2022.
Expedientes de los años 1930-36. Archivo del
Juzgado de Paz de Canfranc. 2023.
Departamento de Fomento,
Vivienda y Movilidad Logística. Servicio Provincial
de Huesca del Departamento de Vertebración del
Territorio, Movilidad y Vivienda. Subdirección
Provincial de Movilidad e Infraestructuras. Archivo
Jefatura de Obras Públicas. Varios Proyectos.
Carreteras. Legajos nº 38 / 169.
Y dos investigaciones
impagables realizadas por Manuel López Dueso
y José María Azpiroz, respectivamente:
República y guerra civil en Sobrarbe, editada
y publicada por Centro de Estudios de Sobrarbe en su
Revista, nº. 12.1.1. Boltaña, 1995. Y el
libro Del espejismo de la revolución a la
venganza de la victoria. Guerra y posguerra en Barbastro
y el Somontano (1836-1945) editado en Zaragoza,
2018.
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