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Arrieros del Alto Aragón Arrieros del Alto Aragón
El carrusel de la memoria:
9. Paco Salas
  Juan Carlos Ferré Castán
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«Un negocio de comer no puede fallar nunca», Paco Salas.
Dedicado a Consolación.

A comienzos de los años veinte del siglo pasado el alcalde de Salas Altas (Huesca) pidió a Ciriaco Francisco Puyuelo Altemir (Figura 1), apodado Paco Salas, la cesión de un paso para mejorar el acceso al nuevo cementerio del pueblo. Desde su construcción se accedía a él por la puerta del camino de la fuente del Puzo, un tramo sucio y enfangado cuando llovía. El concejo quería tapiar el muro norte y abrir un nuevo acceso en la pared sur aprovechando las obras de la carretera de tercer orden de Barbastro a Naval proyectada en 1916.

Puyuelo accedió a la petición y cedió un trozo de terreno en la partida de los Plantés a cambio de que su nicho familiar se ubicara el primero, junto a la nueva puerta de entrada al camposanto, y así las personas que bajaran de la montaña por la carretera de Naval a Barbastro lo recordaran diciendo «aquí está enterrado Paco Salas».

Consolación, última hija viva de Ciriaco, recordaba la historia de su familia así: «Mi padre, Ciriaco Francisco Puyuelo Altemir, nació el ocho de agosto de 1875 en Salas Altas y con veinte años entró en la Guardia Civil durante ocho meses para aprender a escribir, porque había ido muy poco a la escuela y se puso a trabajar muy pronto. Tuvo nueve hijos de sus tres matrimonios. En 1901 se casó Rosalía Cucurull Subías y sus padres le dieron doscientos duros de dote pero como era tan poca cosa alquiló una habitación en casa Cortés de Salas, donde tenía una tía casada. De su matrimonio con su primera mujer nacieron cuatro hijos: Antonia, que murió joven el año de la gripe, Francisco, María y Marcelina. Con su segunda mujer, Ana María Cucurull Subías, hermana de la primera y nacida en 1888, se casó en 1909 y del matrimonio, nació Ascensión, que murió con once años. Y de la tercera esposa, Concepción Mur Lanau, que se casó con veinticuatro años con mi padre de treinta y nueve al que había conocido en la fonda Olivera de Naval, nacimos José en 1917, que murió con cincuenta y tres años el año setenta, Antonia, yo y Gloria, mi hermana gemela, que falleció a los quince días de nacer... Cuando mi padre murió el once de mayo de 1942 tenía sesenta y seis años y su hijo José ya se había hecho cargo de todo desde hacía años».

Consolación había oído decir a su padre que «total pa seguir siendo jornalero…». «Y trabajando mucho, él y toda la familia desde que teníamos diez u once años, comenzó con el negocio subiendo a la montaña a negociar con pieles y vino. Al principio tenía un carro y dos caballerías, que no debían ser muy buenas, y luego abrió una tienda en Salas Altas porque como decía él “un negocio de comer no puede fallar nunca". Y fue ampliando el negocio poco a poco. Mi padre salía siempre de viaje al amanecer, porque si “feba rabosa” [se encallaba] o su carro quedaba atascado en los caminos, los que iban detrás tenían que ayudarle a “salir de la trasca”», haciendo bueno el refrán «arrieros somos y en el camino nos encontraremos», porque quien niega un favor a otro se arriesga a que en el futuro ese otro se desquite negándoselo. «Cuando viajaba en el día volvía a las doce de la noche. Y cuando salía hacia la montaña regresaba a casa después de siete u ocho días». En la época de la que nos habla Consolación un viaje directo desde Otal, en Sobrepuerto, a Barbastro se hacía en dos días, caminando por la ribera de Fiscal, Arcusa y Salas Altas.

Figura 1. Ciriaco Francisco Puyuelo de Guardia Civil. Estudio fotográfico de Borke y Ferryz.
Carrera de San Jerónimo, 33. Madrid, 1898.

Las escrituras de compraventa confirman que durante las dos primeras décadas del siglo pasado se inicia el negocio familiar de la familia Puyuelo ya que Ciriaco, cuya denominación profesional pasa de «labrador» a «tendero» en los documentos oficiales, compra parcelas de viña, olivares, un huerto y una casa en la calle la Iglesia número seis, junto al convento de las monjas carmelitas de Santa Teresa. En 1915 las capitulaciones matrimoniales -fundadas en el poder del varón como estrategia para aumentar y conservar la hacienda y el negocio- entre Ciriaco, calificado como «industrial» de treinta y nueve años, y su mujer Concepción, señalan que entre los bienes aportados al matrimonio se encuentra una «tienda de ultramarinos, cordelería y quincallería, géneros y efectos de comercio» y las caballerías y carros del negocio de transporte a Broto y otros puntos. En la década de los treinta adquiere un garaje, algunas parcelas de la familia Alfós, con la que tendrá más tarde relaciones comerciales, y otros fundos. El negocio figura en los documentos de 1931 como comercio de «Vinos y Licores».

Cuando Ciriaco abrió la tienda en Salas Altas (Figura 2), el pueblo contaba con más de novecientos habitantes, veterinario, barbería, dos carpinteros, un herrero, posada y, al menos, dos tiendas de comestibles. Y «con mucha austeridad y mucho trabajo», los géneros fueron cada vez más variados y abundantes. El negocio crecerá, la tienda del llano se convertirá en la despensa de la montaña y las nuevas necesidades de sus gentes harán que el comercio inicial se vaya transformando.

Figura 2. Cabecera de un albarán de la tienda en Salas Altas.
Imprenta Pagés. Lérida.

En la tienda de Salas se vendía, compraba y fiaba «a todos» y «casi de todo»: alimentos comestibles, géneros, fertilizantes, abonos y nitratos, agujas y quincallas, lanas y textiles, aperos para animales, recipientes de cuero, cerámicas y vajillas, calendarios, calcero, cepos y cartuchos de caza, piensos y cereales, productos de limpieza, ligazones, artículos de papelería, pieles, plantas de regadío y de secano. El dependiente de la tienda se fía del cliente y le entrega o adelanta las mercancías solicitadas a cambio de dinero o de la cosecha comprometida como pago de los productos que se ha llevado durante el año. «La palabra del noble y honrado es dinero de contado». Se pasan y ajustan las cuentas anotadas pacientemente en las libretas de apuntes del vendedor y del comprador porque «lo que se escribe escrito queda».

Mientras Ciriaco viaja con el carro y las caballerías hasta las montañas de Sobrarbe su mujer se hace cargo de los hijos, la casa y el negocio. «Que os encuentre como os dejo», decían los arrieros cuando se despedían de su familia.

La arteria principal que orienta a Ciriaco durante sus ocho días de viaje hacia los Pirineos es la orilla del río Cinca. Parte de Salas Altas y visita todos los mesones, asciende por cuello de Hoz hasta el pueblo, Salinas de Hoz, Naval, vende vino clarete y patatas a Eusebio que le paga con pieles y una tortilla en el mesón de Abizanda; sigue por Escanilla y pasa por la casilla, para en Ligüerre de Cinca, llega hasta Samitier, desde Mediano avanza hasta Plampalacios y continúa por Coscojuela de Sobrarbe, hasta Aínsa, donde le ayudan a cargar el carro. Desde aquí se dirige hacia Los Molinos, Escalona, Laspuña y de allí hasta Salinas de Sin, junto al río Cinqueta. Bordea el valle de Añisclo, emboca el río Bellós, alcanza Ceresuela, Buisán y Nerín, llega a Fanlo y hacia el oeste al valle de Sorrosal.

En los años veinte la familia Puyuelo se introduce con más intensidad en el Valle del río Ara donde, al parecer, nada hay escrito ni comprometido sobre la exclusividad de los espacios ocupados por los vendedores y de los productos por vender. Nadie es el único propietario de este atlas comercial de fronteras invisibles que Ciriaco compartirá con Chavalín y Solanilla de Naval, Manuel de Binéfar, los Pepetes de Zaidín, Margaloy de Bisaurri, Bardají de Broto, Silverio Pascual de Fiscal, casa Fernando de Graus, Marcial y Revilla de Lacort. Es como si existiera un acuerdo tácito - «la costumbre»- que respeta cierta territorialidad y competencia. Consolación recordaba que su madre decía, no sin cierto grado de preocupación, «a ver si Silverio y Bardají llegan a Sarvisé antes que nosotros».

En el valle del río Ara vivían antes de la guerra más de cuatro mil personas dedicadas al corte de bosques, elaboración de madera, cazar sarrios, rebecos y jabalíes, pescar, cultivar cereales, frutas, legumbres, hortalizas, cáñamo, patatas, remolachas, recría caballar; pacían ganado ovino, cabrío y vacuno por extensas facerías comunales, practicaban el contrabando como labor complementaria, trabajaban en una incipiente hostelería turística y en la explotación de minerales de cinc y hierro en el puerto de los Mulos (Bujaruelo). Un paisaje «bello y maravilloso» según algunos viajeros extranjeros, una realidad humilde y justa para sobrevivir según los habitantes del valle.

En el año treinta y dos, Ciriaco tiene en estos pueblos más de quinientos clientes a los que visita con su hijo de casa en casa o reúne en la plaza. Dos en Guaso, una treintena en Boltaña, para encubar vino en Jánovas, se pasa por los mesones de este pueblo, se acerca hasta Planillo, donde suele tomar posada, sigue hasta San Felices, Lacort y su mesón donde echa una cabezada, cena, duerme, almuerza y paga, continúa por Santa Olaria y Javierre, Ligüerre de Ara y el mesón, San Juste, Borrastre y Fiscal, que es su segundo feudo con más de cincuenta clientes. Allí visita a Casasús, descansa con su hijo pequeño en casa Achera, comen tres costillas cada uno, huevos y pan en la de Camilo, y saluda al sastre Borruel (de casa Blas) que emigrará en los años cuarenta a Barbastro donde abrirá una sastrería (Figura 3).

En el límite entre el Sobrarbe y el Alto Gállego visita Arresa, Sasé, Lardiés, Berroy, Bergua, Cillas, Cortillas, Asín de Broto, la casilla de Planduviar y Ayerbe de Broto. Ciriaco y José almuerzan, comen, duermen y abonan jornales en Sarvisé. Paran en Buesa donde las bestias descansan en el garaje de mosen Elías. Alcanzan Otal. En Oto tienen más de cuarenta clientes, ajustan cuentas en varias casas. Y llegan a Broto donde está la fuerza pues un centenar de clientes hacen de este pueblo el centro de operaciones desde el que se trasladan por la redolada, hasta Fragen, Torla, Viu, Linás de Broto, Yosa de Broto y el mesón de Bujaruelo.

Figura 3. Retrato de Luis Borruel y su esposa, y anuncio de su sastrería en Barbastro.

Fruto de la frecuencia de sus viajes, experiencia y conocimiento de la montaña a la que viajaba continuamente, Ciriaco decidió ampliar su negocio y eligió Broto para abrir otra tienda: un pueblo de más de trescientos habitantes que se anunciaba en las Guías de comienzos del siglo veinte como cercano a la estación de ferrocarril de Sabiñánigo, desde donde conectaba en carruaje con Biescas, con una carretera en construcción, farmacia, médico, veterinario, barbería, dos carpinteros, herrería, dos posadas, sastrería y los comercios de Francisco Lacambra y Ramón Sanz.

En mayo de 1930, Francisco Puyuelo Cucurull, de veintisiete años y primer hijo varón de la familia, obtiene el permiso para conducir vehículos. Un mes después, Miguel Felices Latre arrienda a Ciriaco un trozo de local cercano a su casa, situada en la entrada de Broto. Ese local tenía salida a la carretera de Biescas-Broto que se hallaba en proyecto, y se destinó a garaje. Además, también le arrendó otro trozo para que lo utilizara de almacén. Todo ello por doscientas doce pesetas cincuenta céntimos anuales pagaderos de una sola vez y por tiempo indefinido. Con este compromiso, la tienda quedaría establecida en el bajo previsto contiguo a la casa y el garaje ocuparía la mitad de un pajar que la familia Felices tenía al otro lado de la carretera. El rótulo de la tienda reza «Vinos y Comestibles».

Cuatro años después abona al propietario cuatrocientas pesetas por el alquiler de los locales y mejoras en la habitación. Una nueva despensa en Broto y un automóvil permiten servir mejor y mucho más género en menos tiempo, no arriesgar la vida, ampliar «su sitio» en el valle y asegurar una red de suministradores en municipios del Somontano como Azara, Radiquero, Peraltilla, Colungo y Barbuñales.

Ciriaco (que en 1935 escribe por primera vez la frase «propiedad de Paco Salas» en algunos documentos) estimula el tirón del negocio, estrecha la relación comercial entre los ganaderos de la montaña y los agricultores de la tierra baja, traspasa la frontera y comercia con francos, guías y caballerías en Francia, concede préstamos al seis por ciento y atiende las nuevas demandas de los clientes que solicitan transporte de pasajeros, materiales para la construcción, máquinas y cocinas, animales y ropas, pinturas, carbón, cerveza, lentes, billetes de lotería, relojes, muebles, benzina y piezas de madera que obtiene explotando los bosques de Buesa y Fanlo tras ganar las subastas autorizadas por el Distrito Forestal, y con los servicios de la serrería Canales en Barbastro. Suscribe una póliza de seguros de accidentes colectivos. Factura para la Agencia de Transportes y Encargos de Luis Alfós y forma con esta familia la sociedad Alfós-Puyuelo, con la que explota el vagón de ferrocarril de la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España del que disponen los Alfós diariamente desde la estación de Barbastro hasta Barcelona. Trabaja con la fábrica de Harinas de Enrique Gistau (La Flor del Ara) en Boltaña y con otras empresas barbastrenses: la fábrica de curtidos, cueros, pieles y lanas Viuda de Enrique Padrós, en la que entrega abundantes piezas y saquetas de lana con las que le pagan los montañeses, la fábrica de tejidos de Francisco Artero, con los almacenes de comestibles Acín y Palá, y opera efectivo y letras con el Banco de Aragón. Compra cajas de bebidas en la distribuidora de Antonio Secanel en Lérida y negocia con vino y huevos en el comercio que tiene Bardají en Zaragoza.

Durante el primer tercio del siglo XX las sociedades del Alto Aragón se estaban modernizando. Su población activa ocupada en la industria crecía en detrimento de la existente en el sector primario y dicen los historiadores que el capitalismo había dado un salto relevante que, aunque fuera de refilón, afectó a la provincia oscense a pesar de sus graves desequilibrios económicos, sociales y demográficos. Es muy probable que las decisiones empresariales que Paco Salas iba tomando fueran respuestas a las nuevas demandas de géneros finos, como el anís, los brandis y el coñac bueno, las zapatillas de cuero blanco para mujer, los vestidos nuevos, las mandarinas, naranjas y turrones fuera de temporada, que transportó su hijo Francisco con la camioneta por una red de carreteras que muy lentamente también mejoraba. Sin embargo, y a pesar de la demanda creciente de estos géneros modernos, el vino y el aceite fueron los dos productos con los que Paco Salas más traficó durante todos sus años de arriero, comerciante y transportista.

El aceite que venden los Puyuelo en la montaña procede, en gran parte, de los olivares que adquirió Ciriaco y se moltura en el Molino Oleario Antiguo de Salas Altas cuyos accionistas, comuneros, compran una nueva prensa en la década de los años veinte.

En los documentos se especifica cuando el aceite está limpio. Lo venden en arrobas, libras y litros, lo transportan en dos tipos de botos (odres de piel) cuyos pesos oscilan entre 50 y 52 kilos, los más pequeños, y entre 58 y 63, los más grandes. También venden cospillo: orujo de la oliva procedente de los residuos de las aceitunas después de ser trituradas y exprimidas en la almazara, alimento para los tocinos, y materia prima empleada para la obtención de jabón cuyas ventas aumentan en la década de los años treinta.

Entre 1928 y 1938 los precios por litro/kilo de aceite oscilan entre 1’30 y 3 pesetas. Los jornales diarios por cargar un carro, entre 2 y 3’75. Por dos almuerzos se pagan 2 pesetas y menos de 1 peseta por dos huevos crudos.

Los comerciantes de vino tenían personas de confianza encargadas de tratar con los proveedores en algunos pueblos. Eran los denominados comisionados o apoderados y su función consistía en negociar el mejor precio posible y preparar el trato para que no hubiera problemas a la hora de cerrar el precio. Una vez ajustado el dinero y reafirmada la operación de compra-venta, se acudía al medidor, o persona a la que el ayuntamiento había adjudicado por medio de subasta pública el cántaro, para que calculara el volumen y el peso de la mercancía. Se abrían las tinas y de allí lo cogía el medidor con el cántaro y lo ponía en los boticos. Por cada nietro (160 litros), el medidor recibía una cantidad pactada en el contrato con el ayuntamiento. Tras meter el vino en los boticos, se cargaban en carros piperos o en camiones para trasladarlos a su destino.

Paco Salas había comenzado sus viajes con un carro pipero de un solo tonel (el carro de otros comerciantes de vino más potentes como Montañés en Barbastro tenía dos pipas) que le permitía circular por las estrechas calles de su pueblo y llenarlo con los pucheros, cántaros, toneles y pipas de vino tinto y clarete que guardaban en las bodegas los vecinos de su pueblo, Salas Bajas, Pozán de Vero, Barbastro y Sariñena.

Pero poco a poco las peticiones de vino de los clientes de la montaña y de Francia aumentaron y Paco Salas amplió su red de proveedores en otras zonas y regiones. En Torrellas con Luciano García (envíos por Tarazona de Aragón), con José María Trisán en Zaragoza, Claudio Rubio (vinos y aceites), Francisco Altemir en Barcelona, y con la empresa de Antonio Escalona, Vinos San Jerónimo, en Cornellá.

Según Consolación «el vino ganaba con la altura y se procuraba que pasara de trece grados porque a los montañeses les gustaba más el vino bueno. Su familia no lo vendía para beber enseguida, y si era flojo y tenía poco grado se les estropeaba en muy poco tiempo; si era fuerte sabían que iban al seguro y así lo guardaban en casa y tenían pa todo el año. Si pasaba de ciento veinte de acidez llevaba más riesgo de estropearse y por eso preferían que estuviese compensado el grado y la acidez: si tenía noventa, hasta ciento veinte, era tolerable; estaba bien, y si era más corría riesgo de volverse agrio, había que tener más cuidao y la gente lo trataba en casa intentando bajar la acidez. Algunos llegaban hasta doscientos grados de acidez y esos para vender mal… los llevaban pa la alcolera. En casa Puyuelo había un aparato para medir el grado (una vara de mercurio) y otro para la acidez: se pegaba fuego a una especie de mecha y las marcas te decían hasta ande tenían que llegar». A veces, como sucedió con Cheliz de Aínsa en el año 32, se estropeó una partida y tuvieron que hacer un descuento por quebranto.

Cuando Ciriaco actúa como comisionista, cobra un céntimo por cada decálitro. Casi siempre vende el vino a los clientes particulares pero también a todo un pueblo durante varios meses y años. Si el vino se estropea, agría o se convierte en vino abiar lo recoge, abona el quebranto, lo sustituye por otro bueno. También vende y arregla pipas, brocales y zarcillos o aros metálicos para los toneles y cubas, corchos, botos, botas y pipas.

La media de los precios de un decálitro de vino en Broto entre 1922 y 1938 estuvo entre las 3 y las 6 pesetas.

En la primavera de 1931, Paco Salas, Francisco y José, trabajan juntos en Broto. El padre regresa a su pueblo en mayo y los dos hermanos almuerzan, comen y cenan varias semanas en casa de Blas Villacampa –Hotel Pradas-. A finales de agosto las dos hijas pequeñas de la familia (Antonia y Consolación) meriendan en Broto con sus hermanos (Figura 4). Al año siguiente Francisco regresa de Francia, se traslada a Jaca y en noviembre de 1933 fallece en accidente en la estación de Canfranc. Paco Salas se ausenta de Broto y Francisco Santamaría –Soro- que vive junto al local del garaje, al otro lado de la tienda, y que ayuda a cargar el camión, cuida la empresa familiar y confirma algunas ventas en los pueblos de la montaña. En 1935 Paco Salas obtiene el permiso de circulación y se hace cargo del transporte con una nueva camioneta Ford «color gris», que según Consolación tenía «una caja de carga que habían ampliado en un taller de Barbastro y que sustituyó a otro camión [marca Chevrolet] de ruedas macizas, sin puertas y con lonetas, que estuvo guardado y sin funcionar en el garaje de casa porque daba problemas desde el principio».

Figura 4. Ciriaco Francisco Puyuelo con su hija Antonia. ¿1923-1924? Tarjeta postal.
Unión Postale Universelle. España.

El 18 de julio de 1936 comienza la sublevación de algunos acuartelamientos en la península pero la situación en el Sobrarbe resulta confusa por el desconocimiento del hecho y las noticias contradictorias sobre su éxito o fracaso en los cuarteles próximos (Jaca, Barbastro y Huesca). Jaca y Huesca apoyaron el golpe de estado y Barbastro se decantó por la República. Una semana después las tropas acuarteladas en esta ciudad se unían a los milicianos armados locales y a otros procedentes de pueblos como Salas Altas donde el triunfo electoral del Partido Radical Republicano y de Izquierda Republicana en febrero había consolidado el régimen reformista.

En los primeros días del golpe, como en otros municipios del Somontano, se configuró en Salas Altas el Comité Local Revolucionario, compuesto por cenetistas anarquistas, que crearon una colectividad y cooperativa de abastos aspirante a implantar una revolución. Consolación oyó contar que «el comité propuso a su padre, que decía era de Izquierda Republicana, que entrara en la colectividad pero él no quiso». Según el pleno regional de grupos anarquistas de Cataluña de agosto de 1936, las bases para la colectivización significaban «la incautación y colectivización de los establecimientos abandonados por sus propietarios […] el control obrero de los negocios bancarios hasta llegar a la nacionalización de la banca […] y el control sindical obrero sobre todas las industrias que continúen explotadas en régimen de empresa privada». En agosto y en diciembre de 1936 el Comité local de la Colectividad de Salas Altas y un grupo de personas de Barbastro, «incautaron por la fuerza», en el establecimiento industrial de Comestibles de Puyuelo, más de seis mil kilos de aceite de dos depósitos y un camión dedicado al transporte, según declaró el afectado en virtud del requerimiento hecho por la Cámara de Comercio e Industria de Huesca en octubre de 1940.

Durante los dos primero años de la guerra civil, Paco Salas escribe con mucho detalle en su libreta, las visitas y estancias en la montaña, un territorio-refugio que lo aleja de las exigencias revolucionarias de la colectividad de su pueblo. Es casi un diario en el que indica que los días 18 y 19 de julio y 16 de agosto del 36 hace «ventas y entregas» en Broto, Oto, Torla, Fiscal, Asín de Broto y Fanlo. El primer domingo de octubre está en Barbastro. El día catorce almuerza y come en el hotel Pradas de Broto. Una semana después, Nicanor Felipe, oficial de asalto en Barcelona y comandante del Batallón Alto Aragón-Milicias Aragonesas (que dependía de la Generalitat de Cataluña, al mando de Antonio Beltrán El Esquinazau y que ocupaba el sector Norte del frente aragonés en la frontera cercana a Jaca), le firma y entrega un vale sellado por el Comité Antifascista de Broto, «por los artículos recibidos por necesidades de guerra: una báscula y dos pesos de doscientos y quinientos gramos».

Pero Paco Salas sigue trabajando: compra una balanza y realiza cobros de dinero en metálico. El once de mayo de 1937 llega a comer al Pradas y se va el veintinueve. El veinticuatro de junio regresa al Pradas y el treinta está en Lacort. El mes de julio se hospeda en las casas de Félix Paúl, en Fiscal, y en casa Gallán de Sarvisé.

El invierno es muy largo y las nieves perpetuas pero Paco Salas no se detiene. En enero de 1938 vende aceite y patatas en Broto. El día once, Manuel de Prada, oficial de Aprovisionamiento -Grupo de Intendencia- del X Cuerpo del Ejército, firma un recibo en Salas Altas en el que escribe: «Hemos recibido de Don Francisco Puyuelo, una báscula completa y un peso de medio kilo, que voluntariamente nos presta para que podamos hacer uso de ella mientras él no la necesite, en cuyo caso tendremos que devolverla». En la primavera llegan los ecos de la guerra a la retaguardia sobrarbense. Tropas franquistas se acercan a la sierra de San Jorge en Salas Altas. Paco Salas ya está en su casa desde el martes quince de febrero. El día 28 de marzo el ejército sublevado alcanza Barbastro y se cierra la salida hacia el sur. El 287º batallón republicano desciende por la carretera de Naval, dos compañías alcanzan las fortificaciones de la Línea del Cinca y una columna franquista avanza sobre El Grado. El día 31 el valle de Broto aguanta pero por momentos las cosas se complican. Al día siguiente las fuerzas franquistas se asoman sobre Boltaña y cierran la carretera del río Ara obligando a las unidades republicanas a replegarse por Fanlo y el valle de Vio hacia las nuevas posiciones que formarán la Bolsa de Bielsa en la zona superior del valle del Cinca.

Un testigo de Lafortunada acude de convoy con su mula, primero con los republicanos y luego con los franquistas, y durante tres días acarrea cuerpos de los fallecidos en los combates. En abril y mayo aviones alemanes e italianos bombardean el sector de Bielsa. Tras una breve ofensiva se produce la reculada (retirada) de muchas personas que huyen hacia Francia. La bolsa se resiste, pero al amanecer del jueves 16 de junio el territorio de Sobrarbe ha quedado definitivamente en manos del ejército franquista. Consolación decía que durante la guerra su hermano José «estuvo sirviendo en el Cuerpo de Tren y, cuando acabó, en un campo de concentración en Navarra» (Figura 5).

Figura 5. José Puyuelo Mur en su juventud. Foto de carnet.

«Después de la guerra teníamos que renovar el negocio de Salas, habían requisado los productos de la tienda pero íbamos reponiendo muy poco a poco algunos artículos a pesar de la escasez, la “declaración” obligatoria de géneros y el estraperlo; comenzamos de nuevo a fiar a los vecinos y a escribir las notas en papel de estraza. Las libretas con “pendiente” (de pago) no menudeaban, había muchas deudas por cobrar, del llano y de la montaña. Mucha gente había huido a Francia por la guerra. La colectividad de Salas Altas nos había requisado la camioneta, el comité de Broto la báscula, y aunque habíamos sido muy meticulosos en los apuntes de las deudas nos daba mucho apuro equivocarnos y pedir a los clientes lo que "no era de ley". Y cerramos la tienda de Broto».

«La deuda de los negocios que no se había pagado a casa Puyuelo ascendía a veinte o treinta mil duros de entonces y se comenzó a saldar a comienzos de los años cuarenta». En este proceso tan complejo, el detalle de la contabilidad de las cuentas de clientes permitió elaborar un estado financiero preciso y fiable para reclamar los pagos.

En los documentos del negocio de la familia Puyuelo se entrelazan las gruesas caligrafías de Paco Salas, aprendidas durante su estancia en la Guardia civil de Madrid y Guadalajara, y las letras inglesas de su hijo José que «como también había ido muy poco a la escuela, estuvo aprendiendo escritura y contabilidad con el maestro Valentín Casasús, de casa Estudiante de Fiscal. Y debió aprender a pasar los apuntes de las libretas de anotaciones al Diario y todo lo demás al libro Mayor».

Hijo y padre anotan una relación de pueblos y personas, el listado de géneros, vendidos o pagados por los clientes, y el precio de cada unidad en pesetas que se va descontando de las columnas hasta totalizar la cantidad final de cada hoja. De vez en cuando se realizan estractos o resúmenes de las cuentas y se relacionan facturas numeradas y pagarés aceptados. En 1926 Paco Salas escribe repetidas veces «entrego a José» y detalla: «respecto a esa cuenta yo creo que lo que debe es ciento veintidós pesetas y no creo que cobremos pues es muy trapacero». Cuando a comienzos de los años cuarenta José está cerrando cuentas pendientes de años anteriores escribe con humor de un cliente «esto ya está completamente liquidado, mejor dicho me debe un bocoi que si no voy a Filipinas no lo cobraré», y de otro: «el pastor que tenía lleva un par de albarcas del día 22 de octubre del 33 y estamos en el año 45 y es la fecha que no ha pagado este señor».

El detalle llega hasta indicaciones tan rigurosas como estas que Paco Salas escribe sobre su hijo: «le deje al chico para tabaco» o «entrego al chico pequeño» tal cantidad. Cobran intereses anuales e indican si los deudores aceptan pagarés y letras del banco.

También anotan quienes les pagan en nombre del titular de la cuenta, el lugar, la casa, y escriben en el haber cuando una persona ha recibido un producto y se lo pasa a otra que asume la deuda.

En un libro escriben «cuentas corrientes de los malos pagadores» y anotan, muy cuidadosos, las fechas de las compras y los números de las hojas de distintos cuadernos que se relacionan entre sí, o cuando las libretas de referencia contable son viejas o nuevas.

La letra de Paco Salas casi desaparece en los libros, cuadernos y documentos a comienzos de los años cuarenta. Su hijo, que ya tiene permiso de circulación, reactiva la tiendas de Salas, escribe cartas a los morosos y recorre con el camión las localidades del Sobrarbe y Somontano tratando que los deudores reconozcan las deudas pendientes y que acepten los pagos.

El 11 de noviembre de 1941 un cliente de Fanlo escribe una carta dirigida a Paco Salas que dice:

«muy Sr, mío, en mi poder su carta
y en terado de su con tenido doy con-
testación a ella. Como dice V. en su carta
tenemos de deuda en su casa 704,65
ptas, cosa que yo estaba inorante de
ello, por que a quien V. se dirije
es muerto, que era mi padre,
[…] y con el se llevaron
los intereses, o sea el ganado, que era lo que valia
en este país, de todas formas, confiando
en V. y dándole crédito asu palabra
sera V. correspondido lo antes posible, por que por el
momento no puedo corresponderle de
vido ala situación que me encuentro,
que no me a quedado nada, tan bien
le agradecería que si suvia por
el valle Broto me habisara para hir yo
a conocerle y hablar con V. en persona
sinmas sedespide S. S. S.»

Es muy probable que Paco Salas (Figura 6) no leyera estas líneas ni pudiera saludar a su remitente de Fanlo ya que por estas fechas estaba enfermo en Zaragoza. En agosto de 1942, Concepción Mur Lanau, su mujer, recibe unas letras que le envía otro cliente de Oto, dándole el pésame por la muerte de su marido.

Figura 6. Ciriaco Francisco Puyuelo. Foto Gallifa. Barbastro.

A comienzos del siglo XXI viajamos con la hija de Paco Salas, Consolación Puyuelo, y su nieta Ana, a Fiscal y Broto para comprobar si, como Ciriaco quería, la gente se acordaba de él en la montaña.

Hacemos la primera parada en el Hostal Río Ara (antigua Casa Bautista) de Fiscal y preguntamos en el bar por Paco Salas.

- «Casi tengo setenta años y no soy nacido aquí pero como si lo fuera» –nos dijo el primer abuelo con el que hablamos. «Aunque no lo conocí, claro que he oído hablar de Paco Salas, a Pepa de casa Chera y en casa Sidro, que ya tienen 82 y 88 años y son los mayores que hay en Fiscal, que no hay ninguno vivo más mayor».

En Broto hablamos con la alcaldesa, que nos recomienda preguntar a Marcelino Torrente, Esperanza, Pepa de Casa Ro, Maria Teresa, de casa Arinzué, y con el dueño del bar 27. Salimos del ayuntamiento y caminamos hasta el puente nuevo en el que preguntamos a un tipo con pintas del país.

- «Sí que se quién era Paco Salas -nos dice- pero no tuvo ninguna tienda en este pueblo».

Esta contestación nos confunde porque cuestiona los testimonios de Consolación y aprovechamos la comida en el actual Hotel Pradas para que nos cuente, de nuevo, sus recuerdos de pequeña cuando estuvo en Broto: «Tenía ocho años cuando subí en la camioneta con mi hermano José, y llegamos a la tienda que estaba en la entrada de Broto. Y había de todo y en la bodega estaban los bocoyes, y se cruzaba al otro lado de la carretera para ir al almacén. Mi padre se hospedaba en la fonda Pradas pero aquella casa estaba en una plaza y no en este sitio que comemos ahora. Cuando mi hermano José hizo la casa de Barbastro, después de la guerra, cerramos la tienda pero seguíamos subiendo por aquí».

A la salida del hotel hablamos con el actual propietario y nos dice que los antiguos dueños eran los hermanos Villacampa, que el nombre de entonces era Casa Pradas porque en este pueblo queda el nombre de la casa y que, antes de la guerra, el hostal estaba en una pequeña plaza, al otro extremo del pueblo.

Nos dirigimos al Bar 27 para hablar con otro testigo y preguntamos a un señor mayor que resulta ser Antonio Dueso Villacampa, el dueño del bar que nos ha indicado la alcaldesa.

- «Claro que me acuerdo de Paco Salas –afirma-, por el vino y otras cosas. Pero si quieren que les cuenten más cosas pueden hablar con Esperanza, María Teresa de casa Arinzué y Pepa de Ro, que se reúnen en la placeta de Ro».

Cruzamos el puente nuevo sobre el río Ara, llegamos a la placeta y esperamos un rato hasta que vemos tres mujeres que vienen hablando. Les preguntamos por sus nombres y nos dicen que son Esperanza, María Teresa Campo, de casa Arinzué, y Pepa de Ro.

- «Pues sí que me acuerdo de Paco Salas- abre los recuerdos Pepa-, traía al principio pipas de vino con un carro y luego un camión; ¿te acuerdas?»; «sí, me acuerdo -dice Esperanza- aunque tenía cuatro o cinco años solo”. “¿Y Usted es su nieta?», se dirigen a Ana que pregunta si su abuelo tuvo tienda allí. Pepa nos confirma que sí, «en casa Pericón, se entraba por abajo. José María Felices es el dueño de la borda, hoy es el albergue Felices, el almacén lo tenía allí; mi padre le compraba aceite, vino y jabón». «Que se cortaba con unas barras de metal» -añade Esperanza-, «y también con cuerdas de guitarra», matiza Pepa.

Nos despedimos de aquellas abuelas y caminamos hasta el albergue Felices donde el dueño, José María, nos cuenta que «Paco Salas y el encargado tenían la tienda y una cama en los bajos de la casa que le alquilábamos. Cuando hicieron las obras de la carretera hasta Ordesa la caja de la carretera pasó por la mitad de la cuadra de las vacas, donde tenían el almacén y guardaban la camioneta. Subían aquí una vez por semana con una Chevrolet de tres mil kilos y allí, en casa Soro, vendían el vino… Supongo que saben que un bocoy son sesenta decalitros».

Semanas más tarde visitamos otros pueblos del valle, confirmamos con los documentos que habíamos conocido a los hijos de algunos de sus clientes, y hablamos por teléfono con Fernando Villacampa, uno de los sucesores de Casa Pradas: «El negocio de la familia, además de hotel y restaurante, tenía carnicería, taxi, comercio, estanco y varias sucursales en los pueblos de la zona. En casa negociaban con Paco Salas», nos explicó.

La tienda de Salas Altas se cerró al poco tiempo de fallecer José a comienzos de los años setenta. En la década de los cincuenta, José Puyuelo había emprendido otros ramos de negocio, dedicándose a la industria de partir almendras y la construcción de viviendas. En 1957 levantaba un edificio de renta limitada en la Avenida Graus de Barbastro. Un bloque con viviendas de alquiler con dos ascensores -los primeros en la ciudad- que hicieron famosos algunos críos que se colaban en ellos cuando la portera se descuidaba.

Cuando Antonio Dueso, el del bar 27 en Broto, recordaba un viaje al llano nos dijo que: «antes, lo primero que se veía al entrar en Barbastro por la carretera de Graus era la casa de Paco Salas». Estos recuerdos no eran un error, ni Antonio confundía los nombres. Es que algunas personas llamaban a José con el mismo apodo de su padre.

Historia de este capítulo

En realidad, y sin saberlo entonces, comenzamos a elaborar este capítulo en 1999, a raíz de un encargo para escribir un libro colectivo que publicó en 2001 el Consejo Regulador de la Denominación de origen Somontano con el título Vinos de siglos en el Somontano de Barbastro. Una historia social y cultural: las vidas desde las viñas. Barbastro. 2001. Aquella investigación fue el germen del texto cuya escritura no hubiera sido posible sin la generosidad de Adela Bistué, viuda de José Puyuelo, su hija Isabel, Consolación y su hija Ana, de Salas Altas, que me han facilitado sus documentos familiares, testimonios orales y afectos. También hemos consultado las siguientes fuentes:

Proyectos de Obras. 1954 y 1956. Archivo Municipal de Barbastro.

Mapa Nacional de Abastecimiento. Partido de Barbastro. Años 40. Archivo Histórico Provincial de Huesca.

Producción de litros de vino cosechados en los años 40 y 50 en Salas Altas. Archivo Municipal de Salas Altas.

Guías Fortún. Zaragoza. Huesca. Teruel. 1ª serie. Anuarios Generales de las Regiones de España. “Huesca. Partido judicial de Barbastro”. Edición XXIII. Zaragoza, 1910.

El Somontano de Barbastro. Libro escrito por Ricardo Palá Catarineu. Los Estudios Económico-Social Agrarios de Aragón. Noviembre, 1933.

Anuario regional descriptivo, informativo y seleccionado de la industria, comercio, agricultura, profesiones, arte y turismo de Aragón y La Rioja y Navarra: comprende las provincias de Zaragoza, Huesca, Teruel, Logroño y Navarra. Primera edición. 1931

Periódicos: La Gaceta del Vero (1917), La Opinión (1931), El Cruzado Aragonés (varios años) publicados en Barbastro, y La Vanguardia (Barcelona, 1933)

Informes de los Expedientes de Ciriaco Puyuelo Altemir. Siglo XX. Archivo Nobiliario de Aragón: Archivo histórico de la diócesis cesaraugustana de Zaragoza y Archivo histórico diocesano de Barbastro. 2022.

Expediente de Ciriaco Francisco Puyuelo Altemir. 1894-1898. Archivo General Militar de Segovia. 2022.

Expedientes de los años 1930-36. Archivo del Juzgado de Paz de Canfranc. 2023.

Departamento de Fomento, Vivienda y Movilidad Logística. Servicio Provincial de Huesca del Departamento de Vertebración del Territorio, Movilidad y Vivienda. Subdirección Provincial de Movilidad e Infraestructuras. Archivo Jefatura de Obras Públicas. Varios Proyectos. Carreteras. Legajos nº 38 / 169.

Y dos investigaciones impagables realizadas por Manuel López Dueso y José María Azpiroz, respectivamente: República y guerra civil en Sobrarbe, editada y publicada por Centro de Estudios de Sobrarbe en su Revista, nº. 12.1.1. Boltaña, 1995. Y el libro Del espejismo de la revolución a la venganza de la victoria. Guerra y posguerra en Barbastro y el Somontano (1836-1945) editado en Zaragoza, 2018.