«La
mula sua i el carro crida i l'home tanca els ulls i
somnia». Cançó de matinada,
Joan Manuel Serrat, 1966.
1. La saga
de Casa Rafel de Buera
En una conversación
comentada en el capítulo 3, Antonio Fumanal (Casa
Albéitar, Guaso) citó a un arriero («Tomasón
de Buera») del que no había
oído hablar previamente. Años recopilando
material sobre los arrieros del Alto Aragón y…
¡era la primera vez que escuchaba ese nombre!
«Perdone, Antonio, ¿ha
dicho Tomasón de Buera?». «Sí,
uno de Buera que subía mucho por aquí;
vendía vino, aceite, almendras y otras cosas
y llegaba hasta el mesón de Frechín, cerca
de Jánovas». Su nombre quedó
bien anotado en el cuaderno, a la espera de poder obtener
más información sobre este antiguo arriero.
Tenía un buen hilo del que tirar: Lucía
Carruesco Buetas de Casa Sastre de Naval había
coordinado, junto con Estela Puyuelo Ortiz, un libro
sobre Buera realizado por un grupo de alumnos del Centro
de Educación de Adultos Somontano de Barbastro
y editado por el Ayuntamiento de Santa María
de Dulcis. A las pocas horas de pedirle si se podía
enterar de quién era aquel Tomasón, ya
tenía contestación.
Se trataba de Tomás
Arasanz Sánchez, de Casa Rafel de Buera (Figura
1) pero no había sido el último arriero
de su familia; sus dos hijos, Delfín Arasanz
Torres y Tomás Arasanz Torres, habían
seguido sus pasos y su nieto José Arasanz Subías,
hijo de Delfín, también acompañó
a su padre y a su tío durante algunos años,
antes de emigrar a Tarrasa. Por si fuera poco, había
conseguido el teléfono de José Arasanz
Subías, por lo que la visita a la antigua Egara
era obligada. Unos pocos meses después me encontraba
sentado frente al antiguo arriero en una mesa del Centro
Aragonés de Tarrasa.
2. Sus destinos
en La Montaña
Hijo, sobrino y nieto
de arrieros de toda la vida, de los que se jubilaron
como arrieros, José se inició en el oficio
a los 14 años (a finales de los años 40)
acompañando a la reata de su padre y su tío,
que estaba integrada por un burro y cuatro machos. La
comitiva se completaba, ocasionalmente, con un carro.
Los destinos finales de sus viajes (allí donde
descargaban lo que traían y cargaban lo que se
llevaban) eran invariablemente dos, que iban alternando
a lo largo del año: el mesón de Frechín
en Jánovas y Casa Arnal en Escalona (germen del
actual Hotel Arnal). Sin embargo, los itinerarios cambiaban
en función de que emprendiesen la marcha con
o sin carro. Si iban solo con las caballerías,
el itinerario más frecuente era el que los llevaba
de Buera a Alquézar y, a partir de allí,
coincidía con el que seguían los arrieros
de Alquézar que cubrían La Montaña:
Alquézar-San Pelegrín-Mesón de
Sevil-Sarsa de Surta. Desde allí, iban hacia
Las Bellostas y el mesón de Barranco Fondo cuando
el destino era Jánovas o hacia Arcusa y Guaso
si la meta era Escalona. En ocasiones, también
hacían la ruta Buera-Colungo-Arcusa y, de ahí,
a Boltaña y Frechín o a Aínsa y
Escalona. Obviamente, cuando iban con carro, tenían
que recurrir a vías por la que éste pudiese
transitar y, entonces, la ruta era Buera- Salas-Hoz
de Barbastro-Naval-Abizanda. Como el trayecto desde
Buera hacia La Montaña lo hacían
bien cargados, en Naval les dejaban otro par de caballerías
para que pudieran subir sin problemas hasta el Alto
del Pino.
Figura 1. Casa Rafel
de Buera en 2017. Juan M. Rodríguez.
En Frechín acudían
a comprar o intercambiar productos gentes no solo de
la Ribera del Ara sino también de La Solana y
hasta de Yeba y Ceresuela. La clientela de Escalona
llegaba hasta de Sercué y Nerín. José
vivió en sus propias carnes la metamorfosis que
se produjo en el segundo cuarto del siglo XX en la forma
de transportar mercancías (Herranz, 2002). Así,
tras sus primeros viajes, el camión sustituyó
a los animales. Se trataba de vehículos alquilados
con conductor (Lascorz de Radiquero, Barfaluy de Lecina,
Andreu de Colungo o Viñola de Barbastro) ya que,
en aquellos momentos, ninguno de los tres arrieros poseía
carné. El camión les permitió ampliar
sus horizontes, llegando primero hasta Sarvisé
y más tarde hasta Fanlo en la ruta que anteriormente
finalizaban en Frechín. En una época en
la que el teléfono era un bien muy escaso, las
compraventas de los hermanos Arasanz se hacían
de la siguiente manera: unos días antes de subir
con la mercancía, iba uno de ellos a pie o en
bicicleta y se pasaba por las casas, apuntando los pedidos
e informando del día que subirían a llevarlo.
Por si había algún despistado, recordaban
la fecha con algunos días de antelación
mediante carta a ayuntamientos, con el ruego de que
difundiesen la misma por la zona. Como el trueque solía
ser frecuente, el dinero solo aparecía para liquidar
la diferencia entre lo que compraba y vendía
el arriero a un cliente determinado. En palabras de
José Arasanz, «si
había comprado por un valor de 3.000 pesetas
y me debían 2.000, les daban las 1.000 restantes
y listo».
3. Principales
mercancías
Las principales mercancías
que llevaban eran vino, aceite, vinagre, vajilla de
Naval, plantones y, mucho más ocasionalmente,
trigo. Las iban acopiando en los sótanos de la
casa en los días previos a su partida. En las
caballerías, el vino lo llevaban en boticos de
4 decalitros, dos boticos por animal (uno a cada lado).
Dicha cantidad aumentaba notablemente cuando iban en
el carro o en el camión que, en tales casos,
solían llevar 5 bocoys o bocoyes. Un bocoy era
una barrica grande de madera para transportar vino,
con una capacidad de unas 40 cántaras (en torno
a los 600 litros). El aceite, también subido
en boticos, procedía de los tornos de Buera,
Huerta de Vero, Alquézar o Radiquero. Los plantones
o plantas para la huerta los adquirían a los
hortelanos de Barbastro, especialmente durante Feria
de la Candelera que se celebraba (y se sigue celebrando)
cada 2 de febrero desde 1513, siendo la decana de Aragón
y una de las más antiguas de España. Los
más solicitados por los clientes de los arrieros
de Buera eran los de escarolas, lechugas, tomates y
coles.
La mayor parte de los
artículos que bajaban de La Montaña
eran productos de la ganadería, entre ellos destacaban
la lana (empleada en el Somontano para hacer colchones)
y las pieles. Estas últimas se las vendían
a Torrente, allá en el Puente de las Pilas, en
la carretera de Barbastro al Grado. Ese puente estaba
bautizado en honor a los batanes que existían
cuando se construyó en 1865 para sustituir al
antiguo paso de barca, aunque la construcción
actual data de los años 60. El otro destino de
las pieles era la mítica botería de Abadías.
Allí, las pieles de cabra que bajaban se convertían
en boticos con los que subir más vino y aceite
a La Montaña. Estaba ubicada en la calle
Joaquín Costa de Barbastro (aunque para los del
Barranqué siga siendo la calle Monzón
a la que los Arasanz llevaban sus pieles); Ricardo Abadías
fue el último artesano que siguió la tradición
familiar, aunque reducida casi exclusivamente a las
botas (Acín, 1989). Los boticos se habían
dejado de hacer hace ya algunas décadas.
La carne de ovino y
caprino del valle de Vió era otro de los productos
que traían de vuelta a casa. La vendían
en una carnicería de Barbastro y en otra de Buera.
Algunas veces también se bajaban 3 ó 4
cabritos vivos, majos, de 7-8 kg de peso cada uno. El
repertorio de mercancías de bajada lo
completaban los quesos curados y patatas. Entre estas
últimas, José se acordaba especialmente
de las de Arresa, con un sabor un tanto picante pero
muy agradable.
4. Racionamiento
y estraperlo en la posguerra
La
población española se enfrentó
a una situación de escasez y carestía
de alimentos de primera necesidad al acabar la guerra
civil (ver capítulo 11). Esta escasez, unida
a la destrucción de los ahorros de la clase media
de España (el gobierno retiró de la circulación
13.251 millones de pesetas republicanas y anuló
10.356 millones más en dinero bancario), a la
reducción salarial de 1939 y al posterior estancamiento
de los sueldos (que en 1950 aún se situaban en
torno al 50% de los existentes en 1936), llenaron de
miseria las poblaciones españolas y los comedores
de Auxilio Social acogían a cientos de miles
de familias cada día. Para hacer frente a esa
situación, una Orden del Ministerio de Industria
y Comercio de 14 de mayo de 1939 (BOE del 17 de mayo
de 1939) estableció un sistema de racionamiento
de artículos esenciales para asegurar el abastecimiento.
Posteriormente, un decreto de 28 de junio de 1939 fijó
las cantidades que serían entregadas a precio
de tasas y que serían distintas si se trataba
de un hombre adulto, una mujer adulta, una persona de
más de 60 años (el 80% de lo que recibía
un hombre adulto) o un menor de 14 (el 60% del mismo)
(Barciela, 1989).
Se hacían colas interminables para recoger los
alimentos racionados y para poder adquirir tales artículos
era imprescindible estar en posesión de una cartilla
de racionamiento (Figura 2), lo cual obligó a
la elaboración de un censo nominal de habitantes.
Realmente, se instauraron dos tipos de cartillas para
cada familia, una para la carne y otra para el resto
de los productos alimenticios. Esta última contenía
varios vales: arroz, azúcar, aceite, patatas,
pan y otro que ponía varios, por si daban algo
extraordinario no programado. Posteriormente, se estableció
una clasificación de las cartillas a efectos
del racionamiento del pan en tres categorías,
dependiendo de la capacidad económica de cada
familia (Orden de Presidencia del Gobierno de 15 de
noviembre de 1940). El suministro de esas cartillas
lo designaba la Comisaría General de Abastos
que cada semana anunciaba públicamente el porcentaje,
la cantidad y el precio de los alimentos que se adjudicaban.
Las cartillas fijaban la cantidad diaria o semanal que
correspondía a cada persona. Al principio, las
cartillas fueron familiares, pero en 1943 entraba en
vigor la cartilla individual, en sustitución
de la familiar, con el objetivo de llevar un control
más exhaustivo del reparto (decreto de 6 de abril
de 1943; BOE del 15 de abril de 1943) (Moreno, 1993).
Estas cartillas constaban de diversos cupones que el
tendero iba pegando en hojas que, una vez rellenas,
se enviaban al gobierno para que éste abonase
el importe a las tiendas.
Figura 2. Cartilla
de racionamiento (Costeán, 1941).
Sin embargo, las cantidades
establecidas oficialmente por el decreto del Gobierno
nada tenían que ver con las que finalmente se
entregaban a cada ciudadano. La falta de artículos
básicos era grave y el racionamiento muy severo,
dando lugar a cantidades de reparto verdaderamente insuficientes
durante la mayor parte de la década de los 40.
En general, los alimentos distribuidos eran de muy mala
calidad y llegaban con cuentagotas. La degradación
del nivel de vida en la década de los 40 fue
tal, que asegurarse la subsistencia se convirtió
en una auténtica lucha diaria. Según un
informe de una jefatura provincial de la Falange, en
diciembre de 1940 «la
situación es pavorosa, tenemos toda la provincia
sin pan y sin la posibilidad ni la perspectiva de adquirirlo.
Aceite hace más de cuatro meses que no se ha
racionado, y de otros productos no digamos. En la provincia,
prácticamente todos seríamos cadáveres
si tuviéramos que comer de los racionamientos
de la Delegación de Abastos».
Informes similares proliferaron por todas las provincias.
Además, al margen del precio oficial, todos los
productos alcanzaron un valor mucho más elevado
(que podía variar de una población a otra
y de un día al siguiente) en el mercado negro.
En este contexto, el mercado negro, donde los precios
solían ser desorbitados para la mayoría
de la gente, supuso una oportunidad de enriquecimiento
para algunos desaprensivos mientras que para otros (y
especialmente en el ámbito rural) fue la única
opción para asegurar la supervivencia. En otras
palabras, se extendió la práctica del
estraperlo, un fenómeno característico
de ese periodo de nuestra historia.
La producción
de cereales (harina) y aceitunas (aceite) fueron especialmente
vigiladas (Barciela, 1986). Se mandaban guardias civiles
e inspectores a vigilar y registrar las casas y los
agricultores ocultaban los productos como buenamente
podían, entre las paredes o bajo tierra, en dobles
techos o en los tejados. Así no era raro que
los molinos harineros o los tornos aceiteros tuvieran
la misma o más actividad por la noche que por
el día y que algunos arrieros hicieran largas
travesías nocturnas para no levantar sospecha.
Siempre con alguien vigilando para advertir a tiempo
de la llegada de una pareja de la guardia civil, que
también estaba al tanto de estas prácticas.
A pesar de que una
ley de 1941 amenazaba incluso con la pena de muerte
a los especuladores, el estraperlo alcanzó cotas
excepcionales en 1946, costando la mayoría de
los productos como mínimo tres veces más
de lo que indicaba su correspondiente tasa. Un kilo
de azúcar costaba 1,90 pesetas a precio de tasa.
En el mercado negro, costaba 20. El aceite para el racionamiento
se pagaba a 3,75 el litro y a 30 de estraperlo. El precio
del pan se había multiplicado por cuatro, el
del arroz por cinco y el de las patatas por tres.
El racionamiento estuvo
vigente oficialmente hasta mayo de 1952, una época
en la que el consumo de carne per cápita
ya se había duplicado (Paredes, 1998).
5. Casa Rafel
y el estraperlo del aceite producido en el torno de
Buera
El torno de Buera (Figura
3) es una antigua almazara del siglo XVIII que funcionó
como tal hasta 1988. Prácticamente todas las
casas del pueblo, en mayor o menor número según
su fortaleza económica, poseían acciones.
El aceite era uno de los productos más apreciados
para el estraperlo y con ese tesoro tan repartido entre
la población, pronto se encontró una solución
para que Buera pudiera aguantar la posguerra mejor que
muchas otras poblaciones. Como en los demás molinos
aceiteros, la administración ejercía un
control muy rígido de lo que se producía
durante la jornada laboral normal (habitualmente
lo que se podía extraer de dos pies diarios).
En el proceso tradicional para elaborar aceite de oliva
virgen se empleaba la medida pie de olivas
(equivalente a 450 kilos). La oficina de abastos compraba
esa producción a precio de tasa.
No obstante, la actividad
era incluso mayor durante la noche, periodo en el que
se llegaban a procesar hasta cuatro pies. El aceite
producido clandestinamente se almacenaba en cubas (teóricamente
de vino) en Casa Rafel, cuyos moradores con su actividad
arriera lo transportaba hacia La Montaña o hacia
Sariñena y lo vendía y/o intercambiaba
por otros productos (en la zona de Los Monegros fundamentalmente
por harina). Los beneficios eran repartidos entre los
socios, un hecho muy positivo para Buera en su conjunto,
dado que todas las casas estaban representadas en el
accionariado. Esta actividad histórica es objeto
de uno de los paneles explicativos del torno, del que
se recoge el siguiente extracto, en el que se destaca
la diferente repercusión que tuvo en otras localidades
cercanas, como Barbastro, en las que (a diferencia de
Buera) la propiedad de los tornos aceiteros estaba en
manos de unas pocas personas:
«En
Buera se molía de día, pero el torno continuaba
trabajando clandestinamente, amparado por la oscuridad
de la noche. El aceite se ocultaba en una gran cuba
de vino, situada en la bodega de “Casa Rafel”.
Tras venderlo, se repartía el beneficio entre
los vecinos.
En
Barbastro también se molía de noche, pero
solo se admitían las olivas de unos pocos
privilegiados. Muchas familias propietarias de extensos
olivares, intentaron machacarlas con un martillo, estrujarlas
entre fuertes trapos, pero todo era inútil e
impotentes, se veían obligadas a comprar el aceite
de estraperlo, ante la imposibilidad de moler las olivas
propias».
Figura 3. El torno
de Buera. Juan M. Rodríguez.
6. Fin de oficio
Tras este paréntesis
dedicado al estraperlo de aceite en Buera y a la implicación
de Casa Rafel en el mismo, retornaremos a los protagonistas
de este capítulo. La vida arrieril de José
tuvo un final abrupto. En una localidad de cuyo nombre
no quiere acordarse (o, al menos, no quiere que conste
por escrito) llenó una serie de odres de vino
para un mismo cliente pero, al hacer las cuentas, éste
le dijo que estaban mal, asegurando que le había
llenado un odre menos de los que el arriero decía.
Arasanz, como buen arriero, estaba completamente seguro
de cuántos había llenado pero, efectivamente,
el número de odres que había ido dejando
a sus espaldas era el que su cliente juraba y perjuraba.
En esa discusión estaban cuando llegó
Delfín, a quien el airado cliente reprochó
la conducta de su hijo. Delfín empezó
a reprender a José, pero la firmeza de su hijo
y su dilatada experiencia en todas las artes
de la compraventa pronto le convencieron de que los
engañados habían sido ellos. Le dijo a
su hijo «vente conmigo»
y, tras unos pocos pasos, encontraron el odre que faltaba,
repleto del vino transportado desde Buera, debajo de
un puente próximo. El cliente lo había
escondido allí mientras José estaba llenando
el resto de odres. Posiblemente, José tenía
ya en mente otras expectativas laborales y la idea de
emigrar a un lugar más próspero, pero
ese desengaño le llevó a la decisión
de abandonar su oficio en ese mismo momento. Era el
año 1953 y José, a sus 20 años,
emigró a Tarrasa… y hasta la fecha.
7. Referencias
Barciela, C. 1986.
El mercado negro de productos agrarios en la posguerra,
1939- 1953. En: J. Fontana (ed.), España
bajo el Franquismo, pp. 192-205. Crítica,
Barcelona.
Barciela, C. 1989.
La España del estraperlo. En: J. L. García
(ed.), El Primer Franquismo. España durante
la Segunda Guerra Mundial, pp. 105-122. Siglo XXI,
Madrid.
Carruesco, L., Puyuelo,
E. Buera. Ayuntamiento de Santa María
de Dulcis, 2012.
Moreno, R. 1993. Movimientos
interiores y racionamiento alimenticio en la postguerra
española. Investigaciones Geográficas,
11: 309-316.
Paredes F. J. 1998.
Historia contemporánea de España:
Siglo XX. Ariel, Barcelona.
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