«Prendido
a la magia de los caminos, el arriero va, el arriero
va». El arriero, Atahualpa Yupanqui,
1944.
1. Una infancia
muy corta
Pedro Felipe Peñart,
hijo de Pedro Felipe Puisac y de María Peñart
Pardina, nació en Alquézar el 29 de agosto
de 1901 y falleció en la misma localidad el 22
de diciembre de 1989. Durante sus primeros años,
la familia (padres, tres hermanos y una hermana) vivió
en una modesta casa del barrio del Arrabal; el padre
era aficionado al juego y, lamentablemente, contrajo
deudas tan importantes que pusieron en serio peligro
la economía doméstica, incluyendo la propia
casa. La situación llegó a tal extremo
que nuestro personaje, en calidad de hijo primogénito
y para evitar males mayores, tuvo que asumir las riendas
de la casa… ¡a los 9 años!
Su primera decisión
fue irse a trabajar a Francia, como muchos de sus paisanos,
y tratar de salvar la vivienda. «Allí
el trabajo se pagaba mejor y malo había de ser
que no me saliese alguna cosa». ¡Dicho
y hecho! Día a día y franco a franco,
a los 12 años ya había ahorrado el dinero
necesario para saldar las deudas pendientes. Era el
momento de volver definitivamente a Alquézar
y buscar un oficio autónomo. La elección
no fue muy complicada. Durante sus viajes entre su villa
natal y Francia había observado la cantidad de
arrieros que, desde su mismo pueblo o desde localidades
cercanas, iban a vender diversas mercancías a
la montaña, incluyendo la vertiente francesa.
La profesión le atrajo desde el primer momento.
Era consciente de que era una actividad sacrificada,
como casi todas las de la época, pero también
que, para una persona como él (carácter
fuerte, don de gentes, dominio de las caballerías
y sin remilgos para viajar) era una forma de ganarse
la vida sin aprietos. Además, como comprobaría
posteriormente, no estaba exenta de gratificaciones
personales. Seguramente, la estrecha relación
que había establecido con su paisano Fabián
Castillo Clavería (Alquézar, 1894-Alquézar,
1976), un arriero de tradición familiar, también
influyó en su decisión.
Su trayectoria arriera tuvo un pequeño parón
entre 1925 y 1926, cuando tuvo que realizar el servicio
militar en Calahorra (Figura 1). Sus conocimientos del
manejo de las caballerías, tan importantes en
aquella época, fueron muy valorados por el mando
y le valieron una ocupación a su medida. Al día
siguiente de su regreso a Alquézar reemprendió
su actividad arrieril y, pocos años después,
contrajo matrimonio con Pilar Villacampa Andreu (Alquézar,
12 de octubre de 1908-Alquézar, 13 de septiembre
de 1998) (Figura 2).

Figura 1. Pedro Felipe
durante su servicio militar en Calahorra (1925). Archivo
Casa Jabonero (Alquézar).

Figura 2. Pedro, pocos
meses antes de fallecer, junto con su mujer Pilar Villacampa
Andreu. Archivo Casa Jabonero.
2. El parque
móvil de Pedro
Para desarrollar su
actividad comercial, Pedro disponía de una flota
más o menos estable compuesta por tres mulos
y un burro. Generalmente, hacía sus viajes con
el burro y dos de los machos; el tercer mulo se quedaba
en la casa para las tareas agrícolas que complementaban
la economía familiar. Pedro no utilizó
nunca carro para subir a La Montaña y siempre
hacía el camino de ida a pie pues, lógicamente,
llevaba las caballerías cargadas a tope.
Otra cosa era el viaje de vuelta en el que, aprovechando
que los animales iban más ligeros, solía
ir montado en alguno de ellos. Compraba los machos y
burros, de unos 30 meses de edad, en las ferias de Barbastro
o de Huesca, aunque también tuvo algún
que otro ejemplar procedente de Lecina, donde tenía
familia, o de las ferias de Graus y de Tremp.
Durante algunos años,
las caballerías que compraba se ponían
malas en cuanto pasaban algunos días en Alquézar.
Las cuadras donde las alojaba tenían un ambiente
demasiado húmedo y frío, lo que combinado
con el sudor de los animales después de sus viajes,
desembocaba frecuentemente en una neumonía. Y
todo ello a pesar de que, al quitarles los bastes, Pedro
las cubría con una especie de colchoneta para
impedir que se enfriaran. En caso de pulmonía,
inmediatamente mandaba recado al veterinario, que venía
de Barbastro o Abiego. No obstante, tras la muerte de
algún que otro animal por dicha causa, decidió
cortar por lo sano: arrendó la casa situada enfrente
de la suya, cuyas cuadras tenían un ambiente
mucho más seco, y los problemas respiratorios
desaparecieron para siempre. Obviamente, el cambio no
pudo impedir que otro de sus machos enfermara gravemente
al comerse todo un saco de cebada de una sentada. ¡Que
menos que disfrutar de un buen cólico!
3. De Alquézar
a Bergua
El radio de acción
de Pedro era más reducido que el de sus colegas
contemporáneos de Naval. Salvo alguna excepción,
siempre seguía la línea Alquézar-San
Pelegrín-Mesón de Sevil-Las Bellostas-Mesón
de Barranco Fondo- Mesón de Fuebla-Ligüerre
de Ara y Fiscal. Desde Fiscal se dirigía a Bergua
y a los pueblos de Sobrepuerto (Figura 3). De vuelta
a Bergua, hacía el camino inverso para volver
a Alquézar. Creo que merece la pena que describamos
un poco su ruta. En sus viajes no cabía la pereza
y, como buen arriero, salía muy temprano, todavía
de noche.

Figura 3. Zonas de
influencia de Pedro Felipe. Juan M. Rodríguez.
La primera jornada,
hasta el Mesón de Barranco Fondo (Figura 4) o
el de Fuebla (Figura 5), muy próximos entre sí,
lo solía hacer acompañado del mencionado
Fabián Castillo y/o de su hijo (Fabián
Castillo Rodrigo) (Figura 6). El alojamiento en un mesón
u otro dependía de su nivel de ocupación,
especialmente si coincidían con rebaños
trashumantes en sus desplazamientos pendulares entre
La Montaña y la Tierra Baja. ¡Cuantos recuerdos
tenía Jacinto Broto Cavero, el último
habitante del Mesón de la Fuebla, de tantas noches
compartidas con estos arrieros! ¡Como se emocionaba
al evocar aquellas noches de antaño, con el mesón
hasta la bandera!

Figura 4. Mesón
de Barranco Fondo, en la zona inferior de la imagen
(flecha), haciendo honor a su nombre.
Juan M. Rodríguez.

Figura 5. Mesón
de Fuebla. Fuente: M. Puyol (SIPCA).

Figura 6. Casa Fabián
(Alquézar), hogar de los arrieros Fabián
Castillo Clavería y Fabián Castillo Rodrigo,
compañeros de viaje de Pedro Jabonero
y actual sede de un excelente museo etnográfico.
Juan M. Rodríguez.
Al llegar la mañana,
los caminos de Fabián y Pedro divergían:
el primero se dirigía hacia La Guarguera mientras
que el segundo encaminaba sus pasos hacia Ligüerre
de Ara, deteniéndose para vender lo que podía
en todas las pardinas y pueblos por los que pasaba durante
ese trayecto. En Ligüerre se hospedaba en Casa
Sampietro (Figura 7), en la que era considerado un miembro
más de la familia. Ramón, el último
dueño no ocultaba su aprecio por aquel arriero
con el que su abuelo y su padre entablaron una relación
a prueba de bombas. Al morir el padre de Ramón,
Pedro acudió raudo no sólo a dar el correspondiente
pésame sino para que supiera que siempre estaría
dispuesto a echarle una mano en lo que hiciera falta.
Y no era de boquilla. Inquirido por sus planes
para el futuro, el heredero le dijo que quería
seguir en la casa. Ante su firme decisión, Pedro
le expresó su convencimiento de que le iría
muy bien; no obstante, le preocupaba el tema del pantano
de Jánovas, una cuestión entonces candente
y que afectaba de lleno a Ligüerre: por si acaso,
le dejó una puerta permanentemente abierta: si
en cualquier momento cambiaba de opinión o si
las cosas se ponían realmente feas, siempre podría
recurrir a él. En Casa Sampietro, y semi-empotrada
en una pared de la bodega, se conserva la pila de aceite
en la que Pedro depositaba su preciada mercancía,
tanto para el consumo de la casa como para su venta
a otras casas de la zona (Figura 8).

Figura 7. Casa Sampietro
(Ligüerre de Ara). Juan M. Rodríguez.

Figura 8. Pila de aceite
de Casa Sampietro (Ligüerre de Ara).
Juan M. Rodríguez.
La siguiente jornada
se dirigía, Ara arriba, hasta Fiscal. Allí,
invariablemente, cogía el camino a Bergua, que
salía al lado de donde está actualmente
emplazado lo que queda del batán de Lacort. La
Bergua que él conoció tenía ayuntamiento
propio, 32 casas abiertas y una población cercana
a los 200 habitantes (Figura 9). Allí, su cuartel
general era Casa Ferrero, con cuyo último dueño
(Leopoldo López Gisbert) también mantuvo
gran amistad. Se da la circunstancia de que una hermana
del padre de Leopoldo (Simona) se casó en Casa
Sampietro de Ligüerre, siendo la abuela del citado
Ramón. El hecho de que dos de las casas en las
que siempre paraba tuvieran una relación familiar
directa podría ser una casualidad, pero parece
más plausible que en alguno de sus primeros viajes,
en Casa Sampietro le dijeran que cuando fuera a Bergua
parase en casa de su hermano o viceversa.
No quiero irme de Bergua
sin dedicarle unas palabras a la citada Simona. Fue
una de esas personas, como tantas en La Montaña,
con una historia singular y digna de que hubiera sido
cuidadosamente recogida en su momento. Era una de las
mayores de ¡22 hermanos! Pronto destacó
por sus dotes para la medicina empírica;
vamos, como curandera-partera. Actualmente ese término
suena hasta despectivo, pero en la antigua sociedad
rural, en la que el acceso a un médico o a una
matrona podía ser realmente complicado, disponer
de una persona con experiencia en esas lides resultaba
fundamental para la comunidad. Como tal, Simona era
la persona encargada de elaborar el ramo de San Juan.
Para ello seleccionaba una serie de plantas medicinales
(melisa, hierbabuena, saúco, ruda, malva, rosas
silvestres, salvia, romero, manzanilla, beleño,
matafuegos, pericón, valeriana…) que tenían
que haber sido recogidas por las doncellas del pueblo
durante la noche de San Juan; las plantas recogidas
tras la aparición de los primeros rayos de luz
eran descartadas ya que se consideraba que habían
perdido sus propiedades curativas. El ramo, una vez
bendecido, se dejaba secar y Simona elegía, cuando
era necesario, los integrantes que se requerían
para el tratamiento específico de ciertas enfermedades,
traumatismos, heridas…, tanto de personas como
de animales. Las presentaciones eran variadas, dependiendo
de cada problema: tisanas, vapores, bálsamos,
cataplasmas…

Figura 9. Bergua, hacia
1940. Archivo Julio Gavín.
4. Próxima
parada…Sobrepuerto
Bergua era el punto
de partida y de llegada de sus desplazamientos por Sobrepuerto.
Desde allí encadenaba sus visitas a Sasa, Cillas,
Cortillas, Basarán, Otal y Escartín. En
esa zona, procuraba programar sus rutas de tal manera
que tuviera que pernoctar o bien en Otal o bien en Cortillas,
dos puntos situados estratégicamente. Otal (1.465
m) representaba, dentro de su recorrido habitual por
Sobrepuerto, el punto más alejado de Bergua;
desde allí podía regresar directamente
por la glera o pasando por Escartín, si no lo
había hecho a la ida. Por su parte, Cortillas
estaba a menos de una hora andando de Basarán,
Cillas o Sasa.
Puede ser que eligiera
ambos lugares por su ubicación, pero la elección
también se pudo deber a los vínculos personales
tan fuertes que rápidamente estableció
con otras dos casas: Casa Bergua de Otal y, muy especialmente,
Casa Isábal de Cortillas. En los tiempos de Perico,
los dueños de la primera casa eran Mariano Bielsa
y Rafaela Laguna (nacida en Espierre). Su hijo Wenceslao
Bielsa recordaba lo contento que se ponía Mariano
cada vez que llegaba Jabonero, con su aceite
y sus noticias recientes de otros pueblos. Su presencia
significaba varias horas de charreta amena.
También tenía grabada en la mente la imagen
de Pedro acostado en la mismísima cadiera,
encima de una colchoneta; pero aclaraba rápidamente
que, no es que no le quisieran dar una cama, sino que
el propio Pedro prefería ese lugar, al rescoldo
de las brasas. Al fin y al cabo, dormir en la cadiera,
arropado con una manta, era lo más habitual en
los mesones de la época, incluidos los que se
citaron anteriormente. Según Wenceslao, el fin
de los arrieros de Naval y Alquézar supuso todo
un mazazo psicológico para el pueblo: a partir
de ese momento el avituallamiento de aceite, vino y
otras mercancías básicas requería
un esfuerzo extra: bajar periódicamente a con
un macho a Fiscal, Biescas o Sabiñánigo,
lo que implicaba una distancia considerable, en cualquier
caso. Y, lo que era más importante, un tiempo
precioso que se podría haber empleado en otras
tareas.
Y llegamos a Cortillas.
Pedro siempre tuvo una especial predilección
por este pueblo, el núcleo más poblado
de Sobrepuerto, que llegó a tener 34 casas, más
la casa-abadía, y que contaba con una población
de 203 habitantes en el año 1857. Allí,
en un altiplano a la sombra del Oturia, Cortillas disfrutaba
de ciertos lujos para la época: todas las calles
y plazas estaban enlosadas mientras que las aceras y
desagües no estaban exentos de cierta elegancia.
Algunos de estos detalles se pueden apreciar en la actualidad,
tras la limpieza a la que se sometió el pueblo
en el verano de 2011. De hecho, el pueblo solía
sorprender gratamente a las personas que, por negocios
o por curiosidad, llegaban hasta allí por primera
vez.
Y es que Cortillas
debió gozar de cierto peso histórico ya
que durante toda la Edad Media y hasta el siglo XVII,
formó La Honor de Cortillas, junto con
los lugares de Ayerbe, Berroy, La Isuala, Basarán
y Otal (Fuertes, 1998). En este sentido, parecía
jugar un cierto papel de aglutinador de Sobrepuerto.
Según el documento Super Officiis Aragonum
del siglo XIV, la lugartenencia de sobrejunteros de
Serrablo incluía las siguientes juntas: Serrablo,
Guarga, Basa, Honor de Lerés, Honor de Cortillas
y Honor El Puente de Fanlo (Balaguer, 1968-1970).
Como ya se ha dicho,
Pedro pernoctaba en Casa Isábal cuando estaba
en Cortillas. Algo debía tener este hombre que,
casa en la que se quedaba, casa con la que forjaba lazos
indestructibles que no se rompieron ni cuando dejó
su actividad arriera ni cuando, un pocos años
más tarde, se deshabitaron estos pueblos. Esta
no fue una excepción. Tuvo una excelente relación
con Agustín Esún, su mujer, su hija María
y su marido, Andrés Español, de Casa Piquero
de Cillas. Cuando la familia bajó a El Puente
de Sabiñánigo no se olvidaron de la pila
de aceite (Figura 10), aquella en la que Pedro depositaba
el aceite que le sobraba en cada viaje. La pila tiene
una dimensiones externas de 59 cm de alto, 95 cm de
largo y 66 cm de ancho, y se cubría con una tapa
de madera; las dimensiones internas (el depósito
propiamente dicho), son 40 cm de alto, 70 cm de largo
y 40 cm de ancho. La madre de María vendía
el aceite de la pila a medios litros o a cuartillos
a quien le hiciera falta entre viaje y viaje de los
arrieros. En este sentido, Perico procuraba hacer sus
viajes con una periodicidad mensual.

Figura 10. Pila de
aceite originalmente ubicada en Casa Isábal (Cortillas).
Juan M. Rodríguez.
5. La cartera
comercial de Pedro
La actividad comercial
de Pedro se centró fundamentalmente en dos artículos:
el aceite y el jabón. El aceite que transportaba
procedía de las aceitunas que molía en
el torno de Alquézar (Figura 11). Para ello,
contaba con la ayuda de un jornalero fijo (José
Sancho) y otros ocasionales. Como el aceite que obtenía
no era suficiente para cubrir la demanda de sus clientes,
tenía que adquirir el resto en otros tornos,
como el de Almazorre (Figura 12).

Figura 11. Almazara
de Alquézar. Juan M. Rodríguez.

Figura 12. Torno de
aceite de Almazorre. Juan M. Rodríguez.
El jabón se
producía en su casa, a partir de restos de aceite,
grasas y adobos, como se describe en el apartado 6 de
este capítulo. Desde que se casó, su mujer
Pilar se encargó personalmente de su elaboración.
Como ella mismo decía, «hacían
jabones de canto pequeño y de canto grande, para
vender según los gustos». Precisamente
esta actividad dio nombre a la casa (Casa Jabonero)
(Figuras 13 y 14)… y al arriero (Pedro Jabonero
o Jabonero a secas), aunque también
era conocido como Pedro (o Perico) de Alquézar,
e incluso como Pedro Botero, por los boticos en los
que llevaba el aceite. Este último nombre podía
conducir a un maléfico error a los que no lo
conocían. Pongámonos en situación;
dos tiones (Juan y Joaquiné) de Sasa de Sobrepuerto
están acompañados de algunos chavales
del pueblo (entre ellos el narrador) cuando sucede lo
siguiente:
«Estaban
cortando ramas de diferentes clases, que ataban en fajos
para trucarlos en invierno y aprovechar la hoja para
alimento de los bichos y la rama para leña, cuando
dijo Juan:
- Viene un arriero por los Millarones. Mira Joaquiné
y contesta:
- Sí, es Pedro Botero.
- ¿Pedro Botero?
Al oír este nombre, eslampamos a casa como alma
que lleva el diablo, nos metimos cada cual en la suya
y… a vigilar por las ventanas entreabiertas.
- ¡Uf, menos mal!
No era Pedro Botero el de las calderas, simplemente
era Pedro Botero el de Alquézar, que iba por
los pueblos vendiendo aceite por libras, quilos, arrobas…
En fin, por lo que querían comprar. El susto
fue morrocotudo y la guasa de Juan y Juaquiné,
luego, no digamos» (Escartín,
1998).

Figura 13. Escudo de
Casa Jabonero. Juan M. Rodríguez.

Figura 14. Casa Jabonero
de Alquézar, hogar de Pedro. Juan M. Rodríguez.
Generalmente solía
llevar aproximadamente 60 kg de aceite en cada caballería,
distribuido en tres boticos, uno a cada lado y el restante
en medio, bien protegidos con esportones para evitar
las siempre fatídicas roturas. Siempre tenía
en mente el día en el que uno de sus hermanos
cogió un botico nuevo, llenito de aceite, y,
sin darse cuenta, lo golpeó contra una azada.
El desastre fue total. Como casi todo en la época,
los boticos rotos no se tiraban, sino que se reciclaban
para la elaboración de bastes para las caballerías.
Pedro cubría el botico de en medio con una lona
con la que se protegía cuando le pillaba mal
tiempo… que no fueron pocas veces.
Aparte de los boticos,
cada caballería portaba dos cajones afajillados,
uno a cada lado. Los cajones estaban hechos de caña,
pero de forma tan fina que parecían de mimbre.
Estos recipientes los empleaba para el transporte del
jabón, que iba en paquetes de entre 12 y 14 pastillas.
A diferencia del aceite, el jabón abultaba mucho,
pero pesaba poco. Ocasionalmente, Pedro llevaba alguna
que otra garrafa de vino, elaborado a partir de sus
propias viñas, pero nunca para su venta sino
como señal de amistad o agradecimiento hacia
algún montañés. Alguna de esas
garrafas hizo el camino de vuelta a Alquézar
ya que, según Pedro, «el
vino se le hacía bueno en La Montaña».
Ese vino pródigo era siempre el elegido
para hacer los ponchos de Navidad.
El aceite o el jabón
lo cobraba en dinero en efectivo o, mucho más
frecuentemente, a cambio de quesos, pieles o cualquier
otro producto local. A diferencia de lo que sucedía
con Banastón de Naval, los quesos no
solían representar una fuente importante de ingresos
para Pedro. En general, bajaba algunas piezas, siempre
bien curadas, para el consumo familiar (una vez conservados
en aceite) o para regalar a algunos vecinos y amigos;
ocasionalmente, algún paisano le encargaba que
le bajara un cierto número de quesos y entonces
le cobraba lo que correspondiera. Los quesos, de unos
2 kg de peso, bajaban en sacos o alforjas. Cada animal
llevaba dos alforjas, una a cada lado, y cada alforja
solía contener entre 4 y 6 quesos. Este alimento
debía ser una debilidad de este arriero ya que,
si el viaje de ida lo hacía a base de pan y chullas
(preferentemente de espalda), el de vuelta era a fuerza
de pan y queso.
Pedro, al igual que
Antonio Bellostas y otros arrieros, anotaba hasta la
más mínima compra, venta, intercambio
o encargo en una libreta. Pero, en su caso, las notas
comerciales estaban intercaladas por cuentos, relatos
y sus propios pensamientos y reflexiones. Como en el
caso del arriero de Naval, acumuló muchas libretas
en su vida, pero quién sabe dónde estarán…
si todavía existen. Sí recuerdo que, en
una que me mostró el propio Pedro, y refiriéndose
a un trueque de aceite por quesos que había realizado
en una casa poco pudiente, había escrito «me
dejan a deber tres quesos, que ni he visto ni veré».
No se trataba de un reproche sino de la constatación
de la pura y dura realidad. Según Pedro, casos
como ese no eran infrecuentes, especialmente en aquellos
duros tiempos de la posguerra.
En contraste con los
quesos, las pieles sí constituían una
parte importante de su negocio. Se traía de La
Montaña todas las que podía adquirir,
fueran de animales silvestres (fuinas, zorros…),
de vacuno o, especialmente, de chotos. Además,
también compraba las crines y los pelos de la
cola que se obtenían tras el esquilado de las
caballerías. Todo ese material, que entonces
tenía buena salida, lo iba acumulando en su casa
y dos o tres veces al año bajaba a Barbastro
a venderlo. Pedro aprovechaba esos mismos viajes para
comprar azúcar, arroz, bacalao y otras viandas
con parte del dinero obtenido en la capital del Somontano.
Pilar Felipe, su hija, comentaba que, según la
cantidad de comestibles que traía de Barbastro,
se podía deducir rápidamente si había
obtenido un buen precio por las pieles. Así,
era una magnífica señal cuando le veían
llegar con algún que otro saco de 25 kg de arroz
y con unos 10 kg de bacalao.
Aparte de sus viajes
a La Montaña, Pedro también vendía
aceite en la zona comprendida entre Huesca capital y
Zaragoza capital. En ese caso, y dado que las vías
de comunicación eran notablemente mejores, se
juntaba con sus familiares Macario e Hipólito
Peñart, de Lecina, y preparaban una pequeña
caravana de carros. El itinerario era Alquézar-Huesca-Almudévar-Zuera-Zaragoza
y estaban una semana fuera de casa. En ocasiones, esos
viajes se prolongaban hasta Las Cinco Villas. Alquézar
no estaba mal servida de olivos, almendros y viñedos.
Sin embargo, y al igual que Naval, era deficitaria en
cereales (trigo y cebada). Estos cereales los traían
de Almudévar (aprovechando estos desplazamientos)
o de algunas localidades de Los Monegros (Lalueza, Lanaja…).
En este último caso solía ir acompañado
de su paisano Antonio Castillo.
6. El jabón
En el medio rural hasta
el más pequeño desperdicio solía
tener alguna utilidad. Así, las cortezas de tocino,
el sebo rancio, el aceite sobrante de freír,
las morgas de aceite (recogidas en los tornos aceiteros)
y cualquier otro residuo grasiento se conservaban para
elaborar un producto importante en las casas altoaragonesas:
el jabón.
Para ello, se ponían
esos materiales en un caldero con agua hirviendo (y
con el fuego todavía encendido) y se añadía
otro componente fundamental para el proceso de saponificación:
la sosa. La mezcla se revolvía con un palo o
vara hasta que hervía y después se seguía
removiendo de forma lenta pero continua. Tras aproximadamente
dos horas de cocción la pasta de jabón
iba quedando espesa y el proceso llegaba a su final
cuando la pasta se agarraba al palo. En ese momento,
y todavía en caliente, había que separar
el jabón del agua que quedaba en el fondo del
caldero. Así, el jabón se iba recogiendo
con una espumadera y se vertían en cajas de madera
recubiertas con tela donde permanecían dos o
tres días para que se enfriase y solidificase.
Posteriormente, se troceaba en pequeñas piezas
con un alambre. Los tacos de jabón ya estaban
dispuestos para lavar a mano las prendas de lino, cáñamo
o algodón (Figura 15). Muchas casas lo solían
hacer como una forma de autoconsumo y en otros casos
se recurría al que subían arrieros, como
el alquezrano Pedro Jabonero.

Figura 15. Proceso
de elaboración de jabón. San Juan de Plan.
Fuente: Eugenio Monesma.
7. Adiós
al oficio
Hacia el año
1949, Pedro aparcó definitivamente las
caballerías, al menos por lo que respecta a los
viajes de medio y lago recorrido, y desde entonces se
dedicó al cuidado de sus campos en su villa del
Somontano. Si hubiera tenido coche y sus pueblos de
La Montaña hubieran tenido acceso para vehículos
habría seguido subiendo y bajando regularmente,
simplemente para ver a sus amigos y conocidos. No fue
el caso, pero volvió a subir a Sobrepuerto antes
de que se deshabitara por completo. Hacia el año
1955 regresó a Cortillas. Fue andando desde Fiscal;
vamos, como siempre si no fuera porque iba sin caballerías.
Ya cerca del pueblo, vio a un chaval al que le espetó
un «¿qué?,
¿no sabes quién soy?».
Aquel muchacho, Abel López Montes, de Casa Cosme,
todavía se acuerda de la alegría con la
que se celebró en el pueblo la inesperada visita
de Pedro y de su triunfal recorrido casa por casa. Pocos
años antes de morir, hacia el año 1983,
volvió a regresar a la zona. Esta vez le llevó
su nieto con un 4 latas pero se quedó por la
Ribera del Ara, visitando -entre otros- al mencionado
Ramón de Casa Sampietro de Ligüerre de Ara.
En Sobrepuerto ya no había nadie para recibirle.
8. Referencias
Balaguer, F. 1968-1970.
Serrablo, un topónimo en expansión. Argensola,
65-70: 113-129.
Escartín, R.
1998. Vida y aventuras de dos tiones del Sobrepuerto.
Editorial Pirineo, Huesca.
Fuertes, M. P. 1998. La pardina de La Iguala. Serrablo,
108: 25-26.
Monesma, E. 2003.
Labores de un milenio. Aragón, Tomo I.
Editorial Pirineo, Huesca.
|