Inicio
Quiénes somos Quiénes somos
De dónde venimos De dónde venimos
A dónde vamos A dónde vamos
Nuestra música Nuestra música
Mapa musical Mapa musical
Ronda tienda Ronda tienda
Entre tú y la Ronda Entre tú y la Ronda
Jánovas Jánovas
Libro de Blas Libro de Blas
Medalla Cortes 2017 Medalla Cortes 2017
Arrieros del Alto Aragón Arrieros del Alto Aragón
El carrusel de la memoria:
7. Pedro Felipe (Casa Jabonero, Alquézar)
  Juan Miguel Rodríguez Gómez
Versión PDF

«Prendido a la magia de los caminos, el arriero va, el arriero va». El arriero, Atahualpa Yupanqui, 1944.

1. Una infancia muy corta

Pedro Felipe Peñart, hijo de Pedro Felipe Puisac y de María Peñart Pardina, nació en Alquézar el 29 de agosto de 1901 y falleció en la misma localidad el 22 de diciembre de 1989. Durante sus primeros años, la familia (padres, tres hermanos y una hermana) vivió en una modesta casa del barrio del Arrabal; el padre era aficionado al juego y, lamentablemente, contrajo deudas tan importantes que pusieron en serio peligro la economía doméstica, incluyendo la propia casa. La situación llegó a tal extremo que nuestro personaje, en calidad de hijo primogénito y para evitar males mayores, tuvo que asumir las riendas de la casa… ¡a los 9 años!

Su primera decisión fue irse a trabajar a Francia, como muchos de sus paisanos, y tratar de salvar la vivienda. «Allí el trabajo se pagaba mejor y malo había de ser que no me saliese alguna cosa». ¡Dicho y hecho! Día a día y franco a franco, a los 12 años ya había ahorrado el dinero necesario para saldar las deudas pendientes. Era el momento de volver definitivamente a Alquézar y buscar un oficio autónomo. La elección no fue muy complicada. Durante sus viajes entre su villa natal y Francia había observado la cantidad de arrieros que, desde su mismo pueblo o desde localidades cercanas, iban a vender diversas mercancías a la montaña, incluyendo la vertiente francesa. La profesión le atrajo desde el primer momento. Era consciente de que era una actividad sacrificada, como casi todas las de la época, pero también que, para una persona como él (carácter fuerte, don de gentes, dominio de las caballerías y sin remilgos para viajar) era una forma de ganarse la vida sin aprietos. Además, como comprobaría posteriormente, no estaba exenta de gratificaciones personales. Seguramente, la estrecha relación que había establecido con su paisano Fabián Castillo Clavería (Alquézar, 1894-Alquézar, 1976), un arriero de tradición familiar, también influyó en su decisión.

Su trayectoria arriera tuvo un pequeño parón entre 1925 y 1926, cuando tuvo que realizar el servicio militar en Calahorra (Figura 1). Sus conocimientos del manejo de las caballerías, tan importantes en aquella época, fueron muy valorados por el mando y le valieron una ocupación a su medida. Al día siguiente de su regreso a Alquézar reemprendió su actividad arrieril y, pocos años después, contrajo matrimonio con Pilar Villacampa Andreu (Alquézar, 12 de octubre de 1908-Alquézar, 13 de septiembre de 1998) (Figura 2).

Figura 1. Pedro Felipe durante su servicio militar en Calahorra (1925). Archivo Casa Jabonero (Alquézar).

Figura 2. Pedro, pocos meses antes de fallecer, junto con su mujer Pilar Villacampa Andreu. Archivo Casa Jabonero.

2. El parque móvil de Pedro

Para desarrollar su actividad comercial, Pedro disponía de una flota más o menos estable compuesta por tres mulos y un burro. Generalmente, hacía sus viajes con el burro y dos de los machos; el tercer mulo se quedaba en la casa para las tareas agrícolas que complementaban la economía familiar. Pedro no utilizó nunca carro para subir a La Montaña y siempre hacía el camino de ida a pie pues, lógicamente, llevaba las caballerías cargadas a tope. Otra cosa era el viaje de vuelta en el que, aprovechando que los animales iban más ligeros, solía ir montado en alguno de ellos. Compraba los machos y burros, de unos 30 meses de edad, en las ferias de Barbastro o de Huesca, aunque también tuvo algún que otro ejemplar procedente de Lecina, donde tenía familia, o de las ferias de Graus y de Tremp.

Durante algunos años, las caballerías que compraba se ponían malas en cuanto pasaban algunos días en Alquézar. Las cuadras donde las alojaba tenían un ambiente demasiado húmedo y frío, lo que combinado con el sudor de los animales después de sus viajes, desembocaba frecuentemente en una neumonía. Y todo ello a pesar de que, al quitarles los bastes, Pedro las cubría con una especie de colchoneta para impedir que se enfriaran. En caso de pulmonía, inmediatamente mandaba recado al veterinario, que venía de Barbastro o Abiego. No obstante, tras la muerte de algún que otro animal por dicha causa, decidió cortar por lo sano: arrendó la casa situada enfrente de la suya, cuyas cuadras tenían un ambiente mucho más seco, y los problemas respiratorios desaparecieron para siempre. Obviamente, el cambio no pudo impedir que otro de sus machos enfermara gravemente al comerse todo un saco de cebada de una sentada. ¡Que menos que disfrutar de un buen cólico!

3. De Alquézar a Bergua

El radio de acción de Pedro era más reducido que el de sus colegas contemporáneos de Naval. Salvo alguna excepción, siempre seguía la línea Alquézar-San Pelegrín-Mesón de Sevil-Las Bellostas-Mesón de Barranco Fondo- Mesón de Fuebla-Ligüerre de Ara y Fiscal. Desde Fiscal se dirigía a Bergua y a los pueblos de Sobrepuerto (Figura 3). De vuelta a Bergua, hacía el camino inverso para volver a Alquézar. Creo que merece la pena que describamos un poco su ruta. En sus viajes no cabía la pereza y, como buen arriero, salía muy temprano, todavía de noche.

Figura 3. Zonas de influencia de Pedro Felipe. Juan M. Rodríguez.

La primera jornada, hasta el Mesón de Barranco Fondo (Figura 4) o el de Fuebla (Figura 5), muy próximos entre sí, lo solía hacer acompañado del mencionado Fabián Castillo y/o de su hijo (Fabián Castillo Rodrigo) (Figura 6). El alojamiento en un mesón u otro dependía de su nivel de ocupación, especialmente si coincidían con rebaños trashumantes en sus desplazamientos pendulares entre La Montaña y la Tierra Baja. ¡Cuantos recuerdos tenía Jacinto Broto Cavero, el último habitante del Mesón de la Fuebla, de tantas noches compartidas con estos arrieros! ¡Como se emocionaba al evocar aquellas noches de antaño, con el mesón hasta la bandera!

Figura 4. Mesón de Barranco Fondo, en la zona inferior de la imagen (flecha), haciendo honor a su nombre.
Juan M. Rodríguez.

Figura 5. Mesón de Fuebla. Fuente: M. Puyol (SIPCA).

Figura 6. Casa Fabián (Alquézar), hogar de los arrieros Fabián Castillo Clavería y Fabián Castillo Rodrigo,
compañeros de viaje de Pedro Jabonero y actual sede de un excelente museo etnográfico. Juan M. Rodríguez.

Al llegar la mañana, los caminos de Fabián y Pedro divergían: el primero se dirigía hacia La Guarguera mientras que el segundo encaminaba sus pasos hacia Ligüerre de Ara, deteniéndose para vender lo que podía en todas las pardinas y pueblos por los que pasaba durante ese trayecto. En Ligüerre se hospedaba en Casa Sampietro (Figura 7), en la que era considerado un miembro más de la familia. Ramón, el último dueño no ocultaba su aprecio por aquel arriero con el que su abuelo y su padre entablaron una relación a prueba de bombas. Al morir el padre de Ramón, Pedro acudió raudo no sólo a dar el correspondiente pésame sino para que supiera que siempre estaría dispuesto a echarle una mano en lo que hiciera falta. Y no era de boquilla. Inquirido por sus planes para el futuro, el heredero le dijo que quería seguir en la casa. Ante su firme decisión, Pedro le expresó su convencimiento de que le iría muy bien; no obstante, le preocupaba el tema del pantano de Jánovas, una cuestión entonces candente y que afectaba de lleno a Ligüerre: por si acaso, le dejó una puerta permanentemente abierta: si en cualquier momento cambiaba de opinión o si las cosas se ponían realmente feas, siempre podría recurrir a él. En Casa Sampietro, y semi-empotrada en una pared de la bodega, se conserva la pila de aceite en la que Pedro depositaba su preciada mercancía, tanto para el consumo de la casa como para su venta a otras casas de la zona (Figura 8).

Figura 7. Casa Sampietro (Ligüerre de Ara). Juan M. Rodríguez.

Figura 8. Pila de aceite de Casa Sampietro (Ligüerre de Ara).
Juan M. Rodríguez.

La siguiente jornada se dirigía, Ara arriba, hasta Fiscal. Allí, invariablemente, cogía el camino a Bergua, que salía al lado de donde está actualmente emplazado lo que queda del batán de Lacort. La Bergua que él conoció tenía ayuntamiento propio, 32 casas abiertas y una población cercana a los 200 habitantes (Figura 9). Allí, su cuartel general era Casa Ferrero, con cuyo último dueño (Leopoldo López Gisbert) también mantuvo gran amistad. Se da la circunstancia de que una hermana del padre de Leopoldo (Simona) se casó en Casa Sampietro de Ligüerre, siendo la abuela del citado Ramón. El hecho de que dos de las casas en las que siempre paraba tuvieran una relación familiar directa podría ser una casualidad, pero parece más plausible que en alguno de sus primeros viajes, en Casa Sampietro le dijeran que cuando fuera a Bergua parase en casa de su hermano o viceversa.

No quiero irme de Bergua sin dedicarle unas palabras a la citada Simona. Fue una de esas personas, como tantas en La Montaña, con una historia singular y digna de que hubiera sido cuidadosamente recogida en su momento. Era una de las mayores de ¡22 hermanos! Pronto destacó por sus dotes para la medicina empírica; vamos, como curandera-partera. Actualmente ese término suena hasta despectivo, pero en la antigua sociedad rural, en la que el acceso a un médico o a una matrona podía ser realmente complicado, disponer de una persona con experiencia en esas lides resultaba fundamental para la comunidad. Como tal, Simona era la persona encargada de elaborar el ramo de San Juan. Para ello seleccionaba una serie de plantas medicinales (melisa, hierbabuena, saúco, ruda, malva, rosas silvestres, salvia, romero, manzanilla, beleño, matafuegos, pericón, valeriana…) que tenían que haber sido recogidas por las doncellas del pueblo durante la noche de San Juan; las plantas recogidas tras la aparición de los primeros rayos de luz eran descartadas ya que se consideraba que habían perdido sus propiedades curativas. El ramo, una vez bendecido, se dejaba secar y Simona elegía, cuando era necesario, los integrantes que se requerían para el tratamiento específico de ciertas enfermedades, traumatismos, heridas…, tanto de personas como de animales. Las presentaciones eran variadas, dependiendo de cada problema: tisanas, vapores, bálsamos, cataplasmas…

Figura 9. Bergua, hacia 1940. Archivo Julio Gavín.

4. Próxima parada…Sobrepuerto

Bergua era el punto de partida y de llegada de sus desplazamientos por Sobrepuerto. Desde allí encadenaba sus visitas a Sasa, Cillas, Cortillas, Basarán, Otal y Escartín. En esa zona, procuraba programar sus rutas de tal manera que tuviera que pernoctar o bien en Otal o bien en Cortillas, dos puntos situados estratégicamente. Otal (1.465 m) representaba, dentro de su recorrido habitual por Sobrepuerto, el punto más alejado de Bergua; desde allí podía regresar directamente por la glera o pasando por Escartín, si no lo había hecho a la ida. Por su parte, Cortillas estaba a menos de una hora andando de Basarán, Cillas o Sasa.

Puede ser que eligiera ambos lugares por su ubicación, pero la elección también se pudo deber a los vínculos personales tan fuertes que rápidamente estableció con otras dos casas: Casa Bergua de Otal y, muy especialmente, Casa Isábal de Cortillas. En los tiempos de Perico, los dueños de la primera casa eran Mariano Bielsa y Rafaela Laguna (nacida en Espierre). Su hijo Wenceslao Bielsa recordaba lo contento que se ponía Mariano cada vez que llegaba Jabonero, con su aceite y sus noticias recientes de otros pueblos. Su presencia significaba varias horas de charreta amena. También tenía grabada en la mente la imagen de Pedro acostado en la mismísima cadiera, encima de una colchoneta; pero aclaraba rápidamente que, no es que no le quisieran dar una cama, sino que el propio Pedro prefería ese lugar, al rescoldo de las brasas. Al fin y al cabo, dormir en la cadiera, arropado con una manta, era lo más habitual en los mesones de la época, incluidos los que se citaron anteriormente. Según Wenceslao, el fin de los arrieros de Naval y Alquézar supuso todo un mazazo psicológico para el pueblo: a partir de ese momento el avituallamiento de aceite, vino y otras mercancías básicas requería un esfuerzo extra: bajar periódicamente a con un macho a Fiscal, Biescas o Sabiñánigo, lo que implicaba una distancia considerable, en cualquier caso. Y, lo que era más importante, un tiempo precioso que se podría haber empleado en otras tareas.

Y llegamos a Cortillas. Pedro siempre tuvo una especial predilección por este pueblo, el núcleo más poblado de Sobrepuerto, que llegó a tener 34 casas, más la casa-abadía, y que contaba con una población de 203 habitantes en el año 1857. Allí, en un altiplano a la sombra del Oturia, Cortillas disfrutaba de ciertos lujos para la época: todas las calles y plazas estaban enlosadas mientras que las aceras y desagües no estaban exentos de cierta elegancia. Algunos de estos detalles se pueden apreciar en la actualidad, tras la limpieza a la que se sometió el pueblo en el verano de 2011. De hecho, el pueblo solía sorprender gratamente a las personas que, por negocios o por curiosidad, llegaban hasta allí por primera vez.

Y es que Cortillas debió gozar de cierto peso histórico ya que durante toda la Edad Media y hasta el siglo XVII, formó La Honor de Cortillas, junto con los lugares de Ayerbe, Berroy, La Isuala, Basarán y Otal (Fuertes, 1998). En este sentido, parecía jugar un cierto papel de aglutinador de Sobrepuerto. Según el documento Super Officiis Aragonum del siglo XIV, la lugartenencia de sobrejunteros de Serrablo incluía las siguientes juntas: Serrablo, Guarga, Basa, Honor de Lerés, Honor de Cortillas y Honor El Puente de Fanlo (Balaguer, 1968-1970).

Como ya se ha dicho, Pedro pernoctaba en Casa Isábal cuando estaba en Cortillas. Algo debía tener este hombre que, casa en la que se quedaba, casa con la que forjaba lazos indestructibles que no se rompieron ni cuando dejó su actividad arriera ni cuando, un pocos años más tarde, se deshabitaron estos pueblos. Esta no fue una excepción. Tuvo una excelente relación con Agustín Esún, su mujer, su hija María y su marido, Andrés Español, de Casa Piquero de Cillas. Cuando la familia bajó a El Puente de Sabiñánigo no se olvidaron de la pila de aceite (Figura 10), aquella en la que Pedro depositaba el aceite que le sobraba en cada viaje. La pila tiene una dimensiones externas de 59 cm de alto, 95 cm de largo y 66 cm de ancho, y se cubría con una tapa de madera; las dimensiones internas (el depósito propiamente dicho), son 40 cm de alto, 70 cm de largo y 40 cm de ancho. La madre de María vendía el aceite de la pila a medios litros o a cuartillos a quien le hiciera falta entre viaje y viaje de los arrieros. En este sentido, Perico procuraba hacer sus viajes con una periodicidad mensual.

Figura 10. Pila de aceite originalmente ubicada en Casa Isábal (Cortillas). Juan M. Rodríguez.

5. La cartera comercial de Pedro

La actividad comercial de Pedro se centró fundamentalmente en dos artículos: el aceite y el jabón. El aceite que transportaba procedía de las aceitunas que molía en el torno de Alquézar (Figura 11). Para ello, contaba con la ayuda de un jornalero fijo (José Sancho) y otros ocasionales. Como el aceite que obtenía no era suficiente para cubrir la demanda de sus clientes, tenía que adquirir el resto en otros tornos, como el de Almazorre (Figura 12).

Figura 11. Almazara de Alquézar. Juan M. Rodríguez.

Figura 12. Torno de aceite de Almazorre. Juan M. Rodríguez.

El jabón se producía en su casa, a partir de restos de aceite, grasas y adobos, como se describe en el apartado 6 de este capítulo. Desde que se casó, su mujer Pilar se encargó personalmente de su elaboración. Como ella mismo decía, «hacían jabones de canto pequeño y de canto grande, para vender según los gustos». Precisamente esta actividad dio nombre a la casa (Casa Jabonero) (Figuras 13 y 14)… y al arriero (Pedro Jabonero o Jabonero a secas), aunque también era conocido como Pedro (o Perico) de Alquézar, e incluso como Pedro Botero, por los boticos en los que llevaba el aceite. Este último nombre podía conducir a un maléfico error a los que no lo conocían. Pongámonos en situación; dos tiones (Juan y Joaquiné) de Sasa de Sobrepuerto están acompañados de algunos chavales del pueblo (entre ellos el narrador) cuando sucede lo siguiente:

«Estaban cortando ramas de diferentes clases, que ataban en fajos para trucarlos en invierno y aprovechar la hoja para alimento de los bichos y la rama para leña, cuando dijo Juan:
- Viene un arriero por los Millarones. Mira Joaquiné y contesta:
- Sí, es Pedro Botero.
- ¿Pedro Botero?
Al oír este nombre, eslampamos a casa como alma que lleva el diablo, nos metimos cada cual en la suya y… a vigilar por las ventanas entreabiertas.
- ¡Uf, menos mal!
No era Pedro Botero el de las calderas, simplemente era Pedro Botero el de Alquézar, que iba por los pueblos vendiendo aceite por libras, quilos, arrobas… En fin, por lo que querían comprar. El susto fue morrocotudo y la guasa de Juan y Juaquiné, luego, no digamos»
(Escartín, 1998).

Figura 13. Escudo de Casa Jabonero. Juan M. Rodríguez.

Figura 14. Casa Jabonero de Alquézar, hogar de Pedro. Juan M. Rodríguez.

Generalmente solía llevar aproximadamente 60 kg de aceite en cada caballería, distribuido en tres boticos, uno a cada lado y el restante en medio, bien protegidos con esportones para evitar las siempre fatídicas roturas. Siempre tenía en mente el día en el que uno de sus hermanos cogió un botico nuevo, llenito de aceite, y, sin darse cuenta, lo golpeó contra una azada. El desastre fue total. Como casi todo en la época, los boticos rotos no se tiraban, sino que se reciclaban para la elaboración de bastes para las caballerías. Pedro cubría el botico de en medio con una lona con la que se protegía cuando le pillaba mal tiempo… que no fueron pocas veces.

Aparte de los boticos, cada caballería portaba dos cajones afajillados, uno a cada lado. Los cajones estaban hechos de caña, pero de forma tan fina que parecían de mimbre. Estos recipientes los empleaba para el transporte del jabón, que iba en paquetes de entre 12 y 14 pastillas. A diferencia del aceite, el jabón abultaba mucho, pero pesaba poco. Ocasionalmente, Pedro llevaba alguna que otra garrafa de vino, elaborado a partir de sus propias viñas, pero nunca para su venta sino como señal de amistad o agradecimiento hacia algún montañés. Alguna de esas garrafas hizo el camino de vuelta a Alquézar ya que, según Pedro, «el vino se le hacía bueno en La Montaña». Ese vino pródigo era siempre el elegido para hacer los ponchos de Navidad.

El aceite o el jabón lo cobraba en dinero en efectivo o, mucho más frecuentemente, a cambio de quesos, pieles o cualquier otro producto local. A diferencia de lo que sucedía con Banastón de Naval, los quesos no solían representar una fuente importante de ingresos para Pedro. En general, bajaba algunas piezas, siempre bien curadas, para el consumo familiar (una vez conservados en aceite) o para regalar a algunos vecinos y amigos; ocasionalmente, algún paisano le encargaba que le bajara un cierto número de quesos y entonces le cobraba lo que correspondiera. Los quesos, de unos 2 kg de peso, bajaban en sacos o alforjas. Cada animal llevaba dos alforjas, una a cada lado, y cada alforja solía contener entre 4 y 6 quesos. Este alimento debía ser una debilidad de este arriero ya que, si el viaje de ida lo hacía a base de pan y chullas (preferentemente de espalda), el de vuelta era a fuerza de pan y queso.

Pedro, al igual que Antonio Bellostas y otros arrieros, anotaba hasta la más mínima compra, venta, intercambio o encargo en una libreta. Pero, en su caso, las notas comerciales estaban intercaladas por cuentos, relatos y sus propios pensamientos y reflexiones. Como en el caso del arriero de Naval, acumuló muchas libretas en su vida, pero quién sabe dónde estarán… si todavía existen. Sí recuerdo que, en una que me mostró el propio Pedro, y refiriéndose a un trueque de aceite por quesos que había realizado en una casa poco pudiente, había escrito «me dejan a deber tres quesos, que ni he visto ni veré». No se trataba de un reproche sino de la constatación de la pura y dura realidad. Según Pedro, casos como ese no eran infrecuentes, especialmente en aquellos duros tiempos de la posguerra.

En contraste con los quesos, las pieles sí constituían una parte importante de su negocio. Se traía de La Montaña todas las que podía adquirir, fueran de animales silvestres (fuinas, zorros…), de vacuno o, especialmente, de chotos. Además, también compraba las crines y los pelos de la cola que se obtenían tras el esquilado de las caballerías. Todo ese material, que entonces tenía buena salida, lo iba acumulando en su casa y dos o tres veces al año bajaba a Barbastro a venderlo. Pedro aprovechaba esos mismos viajes para comprar azúcar, arroz, bacalao y otras viandas con parte del dinero obtenido en la capital del Somontano. Pilar Felipe, su hija, comentaba que, según la cantidad de comestibles que traía de Barbastro, se podía deducir rápidamente si había obtenido un buen precio por las pieles. Así, era una magnífica señal cuando le veían llegar con algún que otro saco de 25 kg de arroz y con unos 10 kg de bacalao.

Aparte de sus viajes a La Montaña, Pedro también vendía aceite en la zona comprendida entre Huesca capital y Zaragoza capital. En ese caso, y dado que las vías de comunicación eran notablemente mejores, se juntaba con sus familiares Macario e Hipólito Peñart, de Lecina, y preparaban una pequeña caravana de carros. El itinerario era Alquézar-Huesca-Almudévar-Zuera-Zaragoza y estaban una semana fuera de casa. En ocasiones, esos viajes se prolongaban hasta Las Cinco Villas. Alquézar no estaba mal servida de olivos, almendros y viñedos. Sin embargo, y al igual que Naval, era deficitaria en cereales (trigo y cebada). Estos cereales los traían de Almudévar (aprovechando estos desplazamientos) o de algunas localidades de Los Monegros (Lalueza, Lanaja…). En este último caso solía ir acompañado de su paisano Antonio Castillo.

6. El jabón

En el medio rural hasta el más pequeño desperdicio solía tener alguna utilidad. Así, las cortezas de tocino, el sebo rancio, el aceite sobrante de freír, las morgas de aceite (recogidas en los tornos aceiteros) y cualquier otro residuo grasiento se conservaban para elaborar un producto importante en las casas altoaragonesas: el jabón.

Para ello, se ponían esos materiales en un caldero con agua hirviendo (y con el fuego todavía encendido) y se añadía otro componente fundamental para el proceso de saponificación: la sosa. La mezcla se revolvía con un palo o vara hasta que hervía y después se seguía removiendo de forma lenta pero continua. Tras aproximadamente dos horas de cocción la pasta de jabón iba quedando espesa y el proceso llegaba a su final cuando la pasta se agarraba al palo. En ese momento, y todavía en caliente, había que separar el jabón del agua que quedaba en el fondo del caldero. Así, el jabón se iba recogiendo con una espumadera y se vertían en cajas de madera recubiertas con tela donde permanecían dos o tres días para que se enfriase y solidificase. Posteriormente, se troceaba en pequeñas piezas con un alambre. Los tacos de jabón ya estaban dispuestos para lavar a mano las prendas de lino, cáñamo o algodón (Figura 15). Muchas casas lo solían hacer como una forma de autoconsumo y en otros casos se recurría al que subían arrieros, como el alquezrano Pedro Jabonero.

Figura 15. Proceso de elaboración de jabón. San Juan de Plan.
Fuente: Eugenio Monesma.

7. Adiós al oficio

Hacia el año 1949, Pedro aparcó definitivamente las caballerías, al menos por lo que respecta a los viajes de medio y lago recorrido, y desde entonces se dedicó al cuidado de sus campos en su villa del Somontano. Si hubiera tenido coche y sus pueblos de La Montaña hubieran tenido acceso para vehículos habría seguido subiendo y bajando regularmente, simplemente para ver a sus amigos y conocidos. No fue el caso, pero volvió a subir a Sobrepuerto antes de que se deshabitara por completo. Hacia el año 1955 regresó a Cortillas. Fue andando desde Fiscal; vamos, como siempre si no fuera porque iba sin caballerías. Ya cerca del pueblo, vio a un chaval al que le espetó un «¿qué?, ¿no sabes quién soy?». Aquel muchacho, Abel López Montes, de Casa Cosme, todavía se acuerda de la alegría con la que se celebró en el pueblo la inesperada visita de Pedro y de su triunfal recorrido casa por casa. Pocos años antes de morir, hacia el año 1983, volvió a regresar a la zona. Esta vez le llevó su nieto con un 4 latas pero se quedó por la Ribera del Ara, visitando -entre otros- al mencionado Ramón de Casa Sampietro de Ligüerre de Ara. En Sobrepuerto ya no había nadie para recibirle.

8. Referencias

Balaguer, F. 1968-1970. Serrablo, un topónimo en expansión. Argensola, 65-70: 113-129.

Escartín, R. 1998. Vida y aventuras de dos tiones del Sobrepuerto. Editorial Pirineo, Huesca.
Fuertes, M. P. 1998. La pardina de La Iguala. Serrablo, 108: 25-26.

Monesma, E. 2003. Labores de un milenio. Aragón, Tomo I. Editorial Pirineo, Huesca.