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El carrusel de la memoria:
2. Cardelina de Naval
  Enrique Satué Oliván
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Artículo publicado originalmente bajo el título “De Naval a Serrablo” en la revista Serrablo (volumen 10, número 37, septiembre 1980) y reproducido íntegramente con permiso de la revista y del autor. Se trata posiblemente de la primera entrevista realizada a un arriero de Naval (Figura 1).

Figura 1. Dos artículos de Enrique Satué, pioneros en el tema: De Naval a Serrablo (Serrablo, 1980)
y su secuela Arrieros de Naval (Zimbel, 1983).

Antonio Juncosa Puértolas, apodado Cardelina (Figura 2), vecino de Naval y nacido en 1897; es el último personaje en vida que nos puede relatar los pormenores de un trasiego mercantil que se pierde en la Historia. Podría decirnos nombre por nombre todas las casas de Serrablo, su economía y, por qué no, cien mil historias que digirió por aquellos endiablados caminos bajo la ventisca o la calmiza del bochorno.

Naval. Núcleo fuertemente islamizado como toda la cuña del río Cinca, fue Sancho Ramírez en 1.084 quien la conquistó en su expansión oriental hacia el Llano pero la tradición islámica quedó fuertemente arraigada. Será en lo artesanal donde más ha trascendido a nuestros días.

Figura 2. Antonio Juncosa Puértolas, Cardelina (Naval, 1897). Archivo familiar.
A la derecha, Casa Cardelina de Naval. Juan M. Rodríguez.

El reflejo de este arraigo lo tenemos en el siglo XVII cuando Felipe III decide la expulsión de los moriscos, su población constituía en Aragón el 20% del total. En la actual provincia de Huesca moraban el 2,6% de los de Aragón con 374 casas y 1.870 almas; dentro de ellas Naval constituía el primer núcleo con 55 fuegos y de cerca le seguía Fraga. Así pues, su influencia sobre la alfarería y el comercio se ve clara.

Por otro lado, su potencialidad geográfica a camino entre dos economías complementarias, la agrícola del llano y la pecuaria de la montaña; la explotación antiquísima de sus salinas, la colocación en mercado de su alfarería y, por otra parte, un marcado excedente demográfico respecto a sus disponibilidades hizo surgir una figura: la del ARRIERO (Figura 3).

Figura 3. Arriero de Naval por los antiguos caminos. Enrique Satué (1983).

El oficio. Muchas son las casas de Naval que de siempre han sido arrieros; a comienzos de siglo llegaron a ser una veintena: Casolas, Aguador, Navarro, Mamón, etc. Paralelamente a que se producía el aligeramiento demográfico en la localidad -Naval contaba en 1900 con 1.214 habitantes y en 1.953 con 596- y el de toda la montaña por las causas socioeconómicas conocidas; se iba restringiendo su número. Así, sólo tres pervivieron a los años 50; Banastón, Perús y Cardelina. Parece ser que sólo Alquézar, aunque a menor escala, realizó el mismo tipo de actividad.

Aunque las áreas de influencia de cada arriero no eran un coto cerrado, - «no teníamos los caminos comprados», comenta irónicamente Cardelina-; se trataban de respetar y cada uno se iba especializando en una zona. Así, Banastón recorría durante todo el año desde la ribera de Fiscal a los "Oroses" pasando por Sobrepuerto; en cambio Cardelina recorría áreas más extensas: Campo de Jaca, Sobrepuerto, Serrablo, Valle de Tena... a cada zona le destinaba una época del año en función de su climatología y de sus producciones, así a Sobrepuerto subía en junio porque era entonces cuando se desbezaba a los corderos y se hacían los quesos, que ya eran famosos según Ignacio de Asso en el siglo XVIII.

Las salidas se compaginaban con el laboreo de las menguadas tierras de Naval, de tal forma que realizaban un perfecto engranaje entre las condiciones anteriores y las exigencias de la casa. La época de la siega era sagrada y nuestros caminos quedaban vacíos de la nota de estos personajes.

Un recorrido frecuente del señor Antonio Juncosa era: acceso a la Guarguera por Sarsa de Surta y Matidero, realizaba el valle en 6 u 8 días haciendo sólo una orilla, la otra quedaba para el siguiente viaje, subía a Sabiñánigo y de aquí iba al Campo de Jaca para en la vuelta recorrer Valle de Basa y finalizar el periplo. Se servía de dos mulos. Posteriormente, en Barbastro facturaba en el ferrocarril la mercancía que almacenaba en Sabiñánigo en casa de Tomás Allué, único comerciante fuerte de aquel entonces y desde allí la irradiaba con sus idas y venidas. Pernoctaban en una casa fija, casa Blás de Escartín, Casaus de Basarán, Pablo de Laguarta, Batanero del Puente...

La mercancía. Era muy poco variada pero fundamental: la cacharrería de Naval, el aceite del mismo lugar, de Hoz o Salinas; el sebo y jabón comprado en Barbastro, las medias de casa Sobrestante de Naval, los higos secos -delicia de aquellos crianchones montañeses... Como entonces “campaba poco el dinero” el pago se solía realizar en especie; así se bajaba de Sobrepuerto quesos y pieles; de Serrablo, trigo, patatas, judías y huevos; de Sobremonte, pieles y patatas y del Valle de Tena pieles principalmente. Una vez terminada la Guerra Civil, la alfarería tenía mucha salida pues las casas habían perdido casi toda la vajilla y había que reconstruir hogares.

Pero el arriero no solo transportaba bienes materiales, era portador de noticias y chismes de un pueblo a otro; en una sociedad tan cerrada, el charlar con este personaje era algo anhelado. Algunos hacían el papel de casamenteros y bajaron a Tierra Baja muchas mujeres; a Naval por este sistema fue a casar una doncella de Yebra de Basa.

Las notas humanas. El oficio de arriero no era uno más, era de los que hacía falta llevar el gusanillo dentro. Aparte de la resistencia física, se necesitaba don de gentes y ser tremendamente inquieto. Cardelina quiso ser antes indiano, pero lo de Buenos Aires quedó frustrado; movido de un impulso atávico quiso seguir el oficio de sus antepasados y continuar sus periplos, a los 25 años ya estaba en ello.

Recuerda con nostalgia las casas que más sonaban en aquella Montaña: Don José de Laguarta, López de Secorún; Villacampa de Matidero; Montes y Cosme de Cortillas... También a los que mejor pagaban; Yebra, Laguarta, Gillué...; y, porqué no, a los morosos, como en Fablo y Espín. En general -comenta- hacia el Oeste, hacia el Campo de Jaca se pagaba mejor; recuerda con cariño los esfuerzos para pagar de los de Basarán, Lasaosa, San Esteban..., y aquellas ejemplares dueñas montañesas que sacaban de algún rincón unas monedas contadas y recontadas, que al no llegarles acababan diciendo: «me tomará judías... me tomará media docena de huevos, señor Cardelina...». Desde aquí nuestro homenaje a estos extraños pero entrañables personajes de nuestro Serrablo.

[Nota del editor: Su hijo Mariano, acompañó muchas veces a su padre y fue el que hizo el tránsito del macho y el carro al camión (Figura 4)].

Figura 4. Mariano Juncosa. Archivo familiar.