«El
día que las aguas del Pirineo se queden prisioneras
en el llano, la provincia de Huesca producirá
por sí sola tanto como ahora producen diez provincias,
y podrá mantener muy holgadamente millón
y medio de almas, seis veces más que ahora, y
habrá para todos, rentas y lujo para el rico,
independencia y mesa provista para el pobre; jornales
altos para el trabajador, limosnas cuantiosas para el
desvalido, tributos abundantes no acompañados
de maldiciones para el fisco; España podrá
acordarse de los maestros y hablar de cuerpo electoral
y de sistema parlamentario y de jurado; podrá
construir escuadras y hacerse respetar de los extraños
y recobrar en los Congresos europeos el sillón
que dejó vacante el conde de Aranda hace cien
años; podrá reanudar el hilo roto de su
tradición, de su grandeza y de su destino en
el mundo». Política hidráulica.
Misión social de los riegos en España.
Joaquín Costa, 1911.
El último gran
periodo de actividad de los arrieros altoaragoneses
tuvo lugar en los años inmediatamente posteriores
a la guerra civil, cuando el tránsito a motor
entre la tierra baja y la montaña se vio seriamente
comprometido por la escasez de vehículos y la
destrucción de las infraestructuras (carreteras,
puentes…). A esa situación se unió
la necesidad de muchas casas de renacer de las cenizas,
hecho literal en algunos casos. Se produjo una demanda
de diversos productos y hubo un resurgimiento del trueque.
Esos años coincidieron con el impulso de muchos
montañeses de emigrar a otros lugares en los
que la vida no fuera tan dura, ante la evidencia de
que nadie iba a hacer nada para que tuvieran unas comunicaciones
y unos servicios medio decentes. La despoblación
se intensificó a un ritmo desconocido hasta ese
momento.
No es casualidad que
ese periodo se solapara con la intensificación
de las políticas de reforestación, que
conllevó la adquisición de muchos pueblos
por parte del Patrimonio Forestal del Estado (PFE),
lo que equivalía a su desaparición y daba
un espaldarazo a la emigración de sus pobladores
a las ciudades o a unos pueblos de colonización
que empezaban a surgir como las setas. La política
hidráulica de la época tuvo muchos puntos
en común con la actividad reforestadora y la
necesidad de regadíos para los pueblos surgidos
de la nada. Este capítulo aborda esos tres aspectos
tan intrincados entre sí y que, junto con otros
factores, condujeron a la semi-desertificación
demográfica en ciertas zonas del territorio oscense
y a la creación de nuevos núcleos en zonas
previamente deshabitadas.
1. El todopoderoso
Patrimonio Forestal del Estado
A mediados del siglo
XIX se creó la Administración Forestal
Española con el objetivo de frenar las actividades
destructivas de la cubierta vegetal y velar tanto por
su conservación como por su aprovechamiento racional.
Esa preocupación nació de la gran deforestación
que se estaba produciendo en aquel momento, especialmente
en las cabeceras de los grandes ríos, y que se
traducían en fenómenos torrenciales e
inundaciones que causaban desastres humanos y cuantiosas
pérdidas económicas en los núcleos
de población próximos a los ríos.
En 1888 se crearon
las Comisiones de Repoblación que se
encargarían de repoblar las cuencas hidrográficas
más deforestadas y, en consecuencia, con mayor
riesgo de inundación. Su actividad se vio reforzada
en 1901, con la creación de las Divisiones
Hidrológico-Forestales que comenzaron la
corrección de los cauces de los torrentes y las
repoblaciones. Precisamente, en esta época se
acometió la corrección y repoblación
de gran parte de las cuencas y torrentes pirenaicos.
Más concretamente, la 6ª División
Hidrológica-Forestal fue la encargada, en 1911,
de realizar las primeras repoblaciones en la provincia
de Huesca, que afectaron a la zona del Llano de Arañones,
en el valle del Aragón, lugar previsto para la
construcción de la entonces futura estación
internacional de Canfranc. Posteriormente, esa división
también participó en las grandes repoblaciones
que se hicieron en el valle del Gállego para
evitar las frecuentes crecidas de, entre otros, los
barrancos de Arguisal, Escuer, Arratiecho y Arás,
que cortaban el tránsito por la carretera que
unía Jaca y Sabiñánigo con Biescas
y el valle de Tena (Figura 1).
A pesar de ello, el
esfuerzo de tales divisiones no puede afrontar la demanda
de reforestación del país y el proceso
de degradación de las masas forestales continuó
por doquier, aumentando el déficit de madera
de España y agudizando el problema de las inundaciones,
y de la rápida colmatación de los incipientes
pantanos. Para frenar la situación, un Real Decreto
de 26/7/1926 aprobó el primer Plan Nacional
de Repoblación Forestal. Pero el plan no
contó con la imprescindible colaboración
ni de los municipios ni de los propietarios privados.
Estaba claro que el problema no se solucionaba solo
con un plan, sino que hay que crear un organismo estatal
con grandes poderes.

Figura 1. La Hispano-Tensina
atrapada por una crecida del barranco de Arás,
entre Sabiñánigo y Biescas. Revista Blanco
y Negro, 1913. Fotografía: Pedro Ayerbe
Allué (Ingeniero de Montes).
Y así, la Ley
relativa al Patrimonio Forestal del Estado, del
9 de octubre de 1935 (Gaceta de Madrid, nº
291, 18 de octubre de 1935) promulgó el nacimiento
del organismo que llevaría ese mismo nombre:
el Patrimonio Forestal del Estado (PFE). La
guerra civil no permitió su puesta en marcha,
pero el problema de la deforestación era de tal
calibre que, incluso en plena contienda, una orden del
Ministerio de Agricultura del 21 de junio de 1938 aprobó
el nuevo Plan General de Repoblaciones Forestales.
Las zonas de montaña seguían en el
ojo del huracán ya que, según dicho plan,
«en montaña,
a la desaparición de un monte, sigue inmediatamente
la formación de un torrente».
Fue el pistoletazo de salida de actividad repobladora
frenética, como si no hubiera un mañana,
cuyo objetivo era «incrementar
la superficie forestal arbolada en seis millones de
hectáreas en un periodo de cien años».
Ni el plan duró ese tiempo ni se logró
esa superficie reforestada pero, desde luego, el volumen
de trabajo fue asombroso y supuso un incremento de la
superficie forestal arbolada de más de 3,5 millones
de hectáreas, con unas consecuencias forestales
y socioeconómicas que todavía no han sido
debidamente evaluadas. La parte del plan general referida
a Huesca fue mayoritariamente obra de Ignacio Claver,
Ingeniero Jefe del Distrito Forestal de Hueca, que ya
había redactado el plan para la provincia en
diciembre de 1937.
Poco después
de finalizar la guerra, el nuevo régimen político
no tardó en refundar el PFE (Ley de 10/03/1941,
publicada en el BOE nº 100, de 10/04/1941, pp.
2412-2417). En su artículo segundo se establecía
que «el Patrimonio Forestal
del Estado se constituye con los montes y terrenos forestales
que el Estado posee en la actualidad, los terrenos eriales
baldíos, pantanosos, esteparios, ejidos, costas
y márgenes de propiedad indeterminada y de uso
público, y las fincas rústicas formadas
por montes o terrenos forestales que por acciones judiciales
o administrativas, responsabilidades políticas,
abintestatos, etc., resulten de propiedad del Estado
y deban dedicarse al cultivo forestal».
Sin embargo, el Estado
tenía meridianamente claro que esos terrenos
eran demasiado escasos para la ingente labor repobladora
que se perseguía, y que la clave del éxito
radicaba en aumentar espectacularmente la superficie
de terreno en la que poder llevar a cabo sus actividades.
Y para ello, el punto (d) del artículo segundo
decía que el PFE también se constituía
con «los montes, terrenos
y demás bienes y derechos adquiridos para la
realización del objeto y fines de esta Ley».
El artículo noveno establecía las tres
formas en las que se podían hacer las adquisiciones.
La primera mediante la formación de consorcios
con los propietarios de los terrenos: «consorcios
u otros convenios con los propietarios que, directamente
o por intermedio de Corporaciones públicas y
temporal o definitivamente, aporten al Patrimonio sus
terrenos con o sin reserva de derechos sobre los mismos,
a fin de obtener una participación en los beneficios
que en su día se obtengan, de las masas arbóreas
creadas». Esta modalidad presuponía
que la repoblación del terreno procuraba un beneficio
económico para su propietario, y se le proponía
su participación, aportando sus terrenos. El
estado se comprometía a repoblar la tierra y
se resarciría de la inversión realizada
cuando llegase el momento de la tala de madera.
La segunda y la tercera
modalidad serían las que tendrían las
consecuencias sociodemográficas más relevantes
para un buen puñado de poblaciones oscenses (en
ocasiones, valles enteros), que desaparecerían
del mapa en los siguientes años, y, con ellas,
los clientes de los arrieros o de los futuros transportistas
(Figura 2). La segunda era la
«compra directa, satisfecha en metálico
de la Administración propuesta por la Dirección
y acordada por el Consejo del Patrimonio, que la someterá
a la aprobación del Ministro de Agricultura si
implica un gasto superior a quinientas mil pesetas».
Pero si la segunda modalidad fallaba, el estado se reservaba
la tercera: la «expropiación
forzosa cuando los proyectos correspondientes hayan
sido declarados de utilidad pública y los propietarios
rehúsen otro medio de enajenación»
(Figuras 3 y 4). Para que no quedasen dudas de que iban
en serio, se especificaba que «en
las zonas declaradas de urgencia por acuerdo del Consejo
de Ministros, las expropiaciones tendrán lugar
con arreglo al procedimiento rápido de ocupación
de fincas previsto en la Ley de siete de octubre de
mil novecientos treinta y nueve».

Figura 2. Artículo
noveno de la Ley de 10 de marzo de 1941 sobre el Patrimonio
Forestal del Estado (BOE nº 100, de 10/04/1941).
¿Quién iba a pensar en aquel momento que
esas pocas líneas iban a suponer la condena a
muerte de tantos pueblos oscenses?
Una política
de zanahoria y palo, más de lo segundo
que de lo primero, en la que el PFE no dudó en
realizar algunas actuaciones autoritarias propias de
una dictadura o de la mismísima mafia siciliana
cuando se puso de manifiesto el escaso deseo de colaboración
de algunos propietarios con el máximo organismo
en materia forestal. En su primera etapa (1941-1959),
el PFE tuvo un objetivo tan prioritario como el de reforestar:
reducir el elevado paro rural en una España arruinada
por la guerra y sin posibilidades de recibir ayuda externa
debido a la Segunda Guerra Mundial y al aislamiento
internacional del régimen dictatorial durante
buena parte de ese periodo.

Figura 3. Las consecuencias
de la ley: decreto por el que se declaró la utilidad
pública y necesidad y urgencia de la ocupación,
a efectos de su repoblación forestal, de diversos
montes situados en la comarca de Tierra de Biescas (BOE
344, 10 de diciembre de 1955, 7491-7492).

Figura 4. Decreto por
el que se declaró la utilidad pública
y necesidad y urgencia de la ocupación, a efectos
de su repoblación forestal del perímetro
denominado cuenca del pantano de Jánovas (BOE
172, 20 de julio de 1961, 10835).
Poco podían
sospechar en los valles pirenaicos o en la Guarguera
que esa Ley y la forma de implementarla acabaría
con pueblos que ya habían soplado las velas de
su primer milenio de vida. Primero llegaron rumores
lejanos, luego mucho más cercanos y, antes de
que se dieran cuenta, ya había personal del PFE
tanteando el terreno. Todo un dilema para amos de casas
con decenas de generaciones a sus espaldas. ¡Qué
de debates se debieron establecer en los pueblos de
las zonas afectadas, entre vecinos, dentro de cada casa…
y casi dentro de cada cabeza! Algunos lo tendrían
muy claro (quedarse o irse) mientras que muchos otros
albergarían sentimientos encontrados. En cualquier
caso, estarían, por un lado, los que creían
que la venta al PFE era el mal menor: una oportunidad
para iniciar otra forma de vida, más moderna
(sueldo fijo, jornada con hora de entrada y salida,
vivienda con más comodidades, acceso más
sencillo a educación y sanidad, etc.), en otro
lugar (Sabiñánigo, Monzón, Barbastro,
Huesca, Zaragoza, Barcelona…). Por otro, los que
por nada del mundo deseaban abandonar el pueblo y su
forma de vida. Y falta un tercer grupo, quizás
el más numeroso y el que podía decantar
la balanza hacia uno de los otros dos grupos: los indecisos.
Este último grupo fue “mimado” por
los responsables del PFE, conscientes de la importancia
de hacia dónde torcieran el pulgar. En este punto
es importante señalar, como recordaremos más
adelante, que para que se pudiera vender un pueblo era
imprescindible que todos los propietarios, sin ninguna
excepción, manifestaran por escrito su deseo
y conformidad de vender todas sus propiedades al PFE.
El máximo responsable
de la Brigada Aragón del PFE, el ingeniero de
montes Miguel Navarro Garnica (Figura 5), destacó
por su mano izquierda en las negociaciones, con una
actitud muy alejada de la que se suele ofrecer sobre
la de estos profesionales en aquella época. Pero
fuera cual fuera la posición de cada pueblo o
de cada casa, el PFE sabía exactamente qué
pueblos (y sus montes) eran esenciales para llevar a
cabo sus planes y, de una forma (con guante de terciopelo)
u otra (sobrepasando el umbral de las amenazas), se
quedó prácticamente con todos los que
realmente le interesaban (y algunos más de propina)
al precio que el propio organismo propuso tras las valoraciones
de cada finca. De hecho, rechazó ofrecimientos
de venta de algunos pueblos que, bien por su ubicación,
por su tamaño, por las características
de su terreno, por el precio solicitado y/o por el momento
en que realizaron la oferta, no eran relevantes para
los planes repobladores. Susín fue un buen ejemplo,
a pesar de la reiterada insistencia de los dos propietarios
en vender sus fincas al PFE.
Aparte de los parabienes
que traería consigo la política forestal
e hidráulica del estado (y bla, bla, bla…),
uno de los principales argumentos que utilizó
el PFE para demostrar la bonanza de su frenesí
devorador de pueblos era que había que salvar
a sus pobres, primitivos e incomunicados habitantes
de una vida impropia de su tiempo. Resulta obvio que
la oferta de venta de la gran mayoría de los
pueblos se basaba en los deseos de los propietarios
de mejorar sus condiciones de vida y las de sus descendientes.
Pero para ello necesitaban el dinero que obtendrían
tras su venta al único comprador interesado:
el PFE. Era una buena oportunidad para todas las partes
(un win-win que se dice ahora). Nunca se contempló
la alternativa de mejorar las comunicaciones y las condiciones
de vida locales, para mantener pequeños núcleos
de población que pudieran vivir del aprovechamiento
ganadero y, por supuesto, del forestal, tal y como se
haría en otras localidades de España y
del resto de Europa. La única opción que
se planteó fue sacarlos de allí y reforestar
a un ritmo y con una extensión desconocidos en
el territorio europeo.

Figura 5. Una de las
escasas fotos disponibles de Miguel Navarro Garnica
(1914-1993), ingeniero de montes responsable de los
primeros expedientes de adquisición de montes
(y pueblos) en tierras oscenses, fundamentalmente en
Sobrepuerto y la Guarguera. Aunque la sede central de
la Brigada Aragón estaba en Zaragoza, Navarro
estableció uno de sus centros de operaciones
en Casa Escartín de Aineto, donde pasó
numerosas vacaciones de verano su hijo, el también
ingeniero de montes Miguel Navarro Ariza.
Esta aproximación
redentora estuvo presente en una buena parte de las
adquisiciones, como sucedió, por ejemplo, en
Artaso. El informe de valoración del pueblo (abril
de 1949) señalaba que sus progresivamente mermados
habitantes «pueden vendiendo
sus propiedades al único comprador que es el
Patrimonio, buscar otros medios de vida de mayor rendimiento,
huyendo de un aislamiento en que la falta de caminos,
sacerdotes, energía eléctrica, médicos
y hasta maestros, se deja sentir gravemente, ya que
por la pobreza de las tierras, su poca población
y su inaccesibilidad no reciben los adelantos que el
progreso lleva a otras regiones». De hecho, «los
vecinos y propietarios desean, una vez realizada la
venta y cobrado su importe, adquirir medios de trabajo
en otros lugares de nuevos regadíos donde su
esfuerzo se vea mejor recompensado que con el cultivo
de estas tierras, más propias para la explotación
forestal».
El 6 de octubre de 1950 Consejo del PFE decidió
la compra de la finca Artaso pero, antes del
paso por la notaría, una propietaria decidió
no vender su parte debido a un conflicto con otro vecino
por una propiedad. El resto de los propietarios entró
en pánico: ¿significaría eso que
se romperían las negociaciones y no tendrían
acceso al maná del PFE? ¿Se acababan aquí
sus sueños de una vida mejor? Para tratar de
evitarlo, el 26 de noviembre de 1951, los congojados
vecinos enviaron una angustiosa carta al PFE solicitando
que se siguiera con la tramitación del expediente
de compraventa de todas las propiedades, a excepción
de las de la propietaria “díscola”.
Su contenido refleja sentimientos que debían
ser comunes en otras localidades y que fueron el motor
de tanta venta: «Los
que suscriben fundaban y fundan, en la venta de sus
propiedades al patrimonio forestal del estado, su propia
liberación de unas condiciones de vida miserables,
para orientar su vida hacia lugares de cosecha más
segura y remuneradora al esfuerzo que se ponga en lograrla.
El aislamiento en que se encuentran en un lugar tan
apartado y falto de comunicaciones, con clima extremadamente
duro y medios de vida y producción muy limitados,
en el que en pasados años de sequía, han
pasado hambre material y física como consecuencia
de la absoluta falta de cosecha y carestía de
cualquier otro medio natural de subsistencia. Esto en
cuanto a vida material. La ausencia de asistencia médica,
farmacéutica, auxilios de la religión
o falta de enseñanza, obliga a los que suscriben
a procurar establecer su vida futura en ambiente más
favorable para su desarrollo moral y material. Y para
ello piden la indudable ayuda de V. I. para que acelere
el expediente, realice el pago y permita que los que
suscriben puedan disponer de medios económicos
para cambiar radicalmente de género de vida».
Es de suponer que la propietaria en cuestión
sufriera todas las presiones posibles por parte de convecinos
y PFE y, menos de dos meses después, firmó
la aceptación de venta.
La misma actitud paternalista
sobrevoló el caso de Berbusa, Casbas, Susín
y Anielle, pequeños pueblos de la zona del barranco
de Oliván. Estos cuatro núcleos fueron
de los primeros en ofrecerse conjunta y voluntariamente
al PFE para su venta (Figura 6). Concretamente, en diciembre
de 1944, pocos meses después de que Miguel Navarro
se hiciera cargo de la Brigada Aragón. El 3 de
mayo de 1945, el Consejo del PFE acordó que se
gestionase la oferta de cada “finca” (es
decir, de cada pueblo) por separado. Cada pueblo envió
su oferta rápidamente (el 16 de junio) pero,
inmediatamente, Navarro comunicó a todos ellos
que, a ojos del PFE, las ofertas eran tan desorbitadas
que se rechazaban hasta que no fuesen rebajados los
precios. Tras ese jarro de agua fría, se produjo
un largo silencio administrativo hasta el 30 de octubre
de 1947, fecha en la que el consejo del PFE acordó
que la Brigada de Aragón realizara su propia
tasación de cada uno de esos cuatro pueblos,
lo que se llevó a cabo en la primavera siguiente.
A modo de ejemplo, la oferta inicial de los propietarios
de Berbusa fue de 2.000.000 pesetas, que se quedaron
primero en 1.480.000 pesetas (primera tasación
del PFE, 9 junio 1948) y luego en 1.428.000 pesetas
(depreciación del PFE, 1 de noviembre de 1949),
para venderse finalmente por un montante total de 1.350.000
pesetas. En el caso de Ainielle, la diferencia fue sensiblemente
mayor, pues la primera oferta de los propietarios fue
de 3 millones de pesetas y la tasación del PFE
(31 de agosto de 1948) rebajó la cifra a 840.000
pesetas.

Figura 6. Ofrecimiento
de venta de todos los propietarios de Casbas, Susín,
Berbusa y Ainielle al PFE. Diciembre de 1944. Archivo
del PFE (Ministerio para la Transición Ecológica
y el Reto Demográfico, Gran Vía de San
Francisco, 4. Madrid).
En general, los pueblos
se ofrecieron a un precio mayor al esperado, pensando
que siempre se podría rebajar durante la negociación
con el PFE. Sin embargo, las rebajas tan notables en
el precio de muchas fincas (en ocasiones de más
del 50% entre la oferta inicial y la valoración
del PFE) debió enojar a muchos de los habitantes
de los pueblos afectados, algunos de los cuales se replantearon
si merecía la pena vender. El caso de Asún
puede servir de ejemplo ya que los vecinos pidieron
inicialmente 2.500.000 pesetas pero el informe de valoración
redactado por el ingeniero redujo la cifra en aproximadamente
un 50% (1.283.658 pesetas) y, finalmente, el PFE les
ofreció un precio incluso inferior (1.139.529
pesetas). Los propietarios enviaron una carta al PFE
en la que rechazaban ese precio porque «no
podemos acceder a lo que se nos propone porque ahora
más que nunca necesitamos al quedarnos sin hogar
y los medios habituales de vida y tener que trasplantarnos
a otro lugar con el notorio quebranto que causa ir de
un sitio a otro, empezando por tener que mal vender
por antieconómico su traslado, el mobiliario
y ajuar, útiles y maquinaria de labranza, y haber
de proporcionarnos otros y con arreglo a las modernas
exigencias». Pero en este pueblo,
como en muchos otros, el PFE adoptó la política
del “no es no” y, pocos meses después,
los propietarios de Asún aceptaban, como mal
menor, las 1.139.529 pesetas ofrecidas. En otras palabras,
el PFE (aferrado a sus sólidos argumentos técnicos
y con el respaldo, en caso de duda, del rodillo estatal)
fue prácticamente impasible a cualquier negociación
que no aceptase su tasación. Y en casi todos
los casos, los propietarios acabaron por aceptar sus
condiciones ante el dilema de ahora o nunca.
Hay que señalar
que en algunos pocos casos (especialmente pardinas,
como Pardina Güé, Pardina Nueveciercos,
Pardina Pequera, Pardina Sierrahún o Pardina
Trillo), la tasación de los propietarios y la
del PFE coincidieron y el organismo forestal pagó
la cantidad propuesta por los vecinos. También
hubo casos excepcionales, como los de la Pardina de
Fanlo, Sandiás o Secorún, en los que el
PFE, tras la oportuna valoración, pagó
más dinero que el solicitado inicialmente por
los propietarios.
Volviendo a lo del
paternalismo, en la memoria sobre Ainielle, firmada
el 31 de agosto de 1948 se decía que «es
uno de los lugares peor comunicados que conocemos. Desde
la estación de Sabiñánigo, por
la carretera de Biescas se llega con 9 kms. de recorrido
por carretera, frente a la confluencia del Barranco
de Oliván en el Gállego y desde Noviembre
a Abril, puede vadearse muchos días en cuyo caso,
en dos horas se llega en caballería a Ainielle.
En caso de no poder vadear el Gállego, es preciso
seguir a Biescas, a 12 kms. de Sabiñánigo
y de allí en 4 horas de caballería a Ainielle.
(…) El vecindario, que está constituido
por los oferentes de la finca, desea la emigración
de estas tierras a “tierras bajas” donde
el trabajo humano se halle mejor remunerado. En las
circunstancias en las que viven, la vida es muy dura,
privados de médico, sacerdote, de las comodidades
de comunicaciones. En invierno han de permanecer dos
o tres meses en paro forzoso por nieves y fríos.
No tienen maderas para explotar. El transporte de 100
kgs. de patatas a Biescas, a lomo de caballería,
absorbe íntegramente, no solo la ganancia de
su cultivo, sino el valor íntegro de ellas, por
lo cual no pueden exportar ningún producto agrícola.
(…) Todo ello hace que deseen, con la venta de
sus tierras, lograr numerario suficiente para adquirir
fincas agrícolas en otras regiones».
De hecho, en muchas de las memorias redactadas por los
ingenieros del PFE sobre las fincas se incluyó
una frase que decía algo así como que
la despoblación de la localidad en cuestión
no había sido total debido a la falta de medios
de sus escasos habitantes para empezar una nueva vida
en otro lugar.
El informe sobre el
vecino Basarán, redactado en diciembre de 1951,
no es mejor (Figura 7): «Es
el lugar peor comunicado del Pirineo. El acceso no puede
hacerse desde ninguna carretera con menos de 4 horas
a pie o a caballo, hay 4 horas a pie y 5 kms. por pista
de automobil a Sabiñánigo. A Biescas hay
también 4 horas a pie y 3,5 kms. a Fiscal en
el río Ara. (…) Los vecinos de esta aldea,
como sucede en casi todas las aldeas de la zona del
Pirineo de Huesca, salvo las situadas en lugares bajos
y bien comunicados, llevan una vida que no vacilamos
en juzgar impropia de españoles en 1.950, desconocen
el alumbrado eléctrico, carecen de asistencia
facultativa, y para buscarla han de recorrer enormes
distancias, lo cual provoca por ejemplo un extraordinario
porcentaje de defunciones del hijo o la madre en los
alumbramientos; carecen de asistencia religiosa, teniendo
menos de una misa al mes y a veces han de enterrar los
cadáveres sin exequias. (…) Pero sobre
estos motivos que solo afectan a los habitantes de la
comarca, y solamente ellos soportan las consecuencias,
hay el hecho de que aplican la actividad de 8 familias
a un cultivo agrícola de cereales que no produce
excedente para el mercado, es decir, que solamente sirve
para mantener a los medios de consumo, sin beneficio
para la economía nacional.
La
única riqueza que producen es la de ganadería
y esta puede ser explotada sin que los propietarios
del terreno vivan en tan duras condiciones, con ganado
trashumante, y ellos pueden cultivar campos en zonas
de nuevo regadío donde su esfuerzo sea útil,
dando productos agrícolas en mayor cantidad.
(…) Este deseo de venta y emigración a
mejores medios agrarios es común a todos los
pueblos aislados de la comarca, pero la imposibilidad
de realizar sus bienes y adquirir terrenos en Tierra
Baja se lo impiden. (…) Resumiendo, que por ser
una acción humanitaria y que aumentará
el rendimiento agrícola nacional, aumentará
la superficie a repoblar con éxito selvícola
y para efecto contra torrentes, y porque puede lograrse
de esta adquisición, la propiedad de un buen
monte a título gratuito, interesa notablemente
la adquisición».

Figura 7. Portada del
informe y valoración de la “Finca Basarán”
elaborada por el ingeniero Miguel Navarro en diciembre
de 1951. A la derecha, un fragmento de la sección
sobre el estado económico de la localidad. Archivo
del PFE (Madrid).
Teniendo en cuenta
que para entonces ya estaban avanzadas las negociaciones
para la adquisición de Casbas, Berbusa y Ainielle,
con «la toma de Basarán»
el PFE conseguiría crear un auténtico
desierto humano desde el Gállego al Ara. La adquisición
de Basarán tenía el interés adicional
del apremiante efecto dominó que generaría
sobre los pueblos vecinos (la fiebre de la venta; los
consabidos ¡sálvese quien pueda! O ¡tonto
el último!). Así se reconoce en la memoria:
«adquirida esta finca
se adquirirán todas las colindantes de Otal,
Escartín, Yosa de Broro, Ayerbe de Broto, Berroy,
etc.».
Lo mismo pasó
con La Solana de Burgasé, zona en la que también
clavó sus garras el PFE unos años más
tarde. Tricás fue el primer pueblo de La Solana
en ser vendido al PFE, en 1960. Durante las negociaciones,
el resto de los núcleos cercanos estuvieron a
la expectativa. Lo que pasara con esa negociación
podía marcar un destino, ya bastante oscuro por
el plan de construcción del embalse de Jánovas.
Como bien adivinaba el ingeniero encargado del informe
y valoración de Tricás, «adquirida
esta finca por el Patrimonio Forestal del Estado, las
entidades menores del municipio de Burgasé, Ginuábel,
Cájol, Casterllar, Giral, San Felices, Gere y
Villamana, se decidirán a vender al Patrimonio
ya que están a la expectativa del resultado de
la venta del presente finca, lográndose de esta
forma una comarca muy interesante a los fines del Patrimonio».
Una década después
(5 de enero de 1962), y con la firma de un ingeniero
distinto, la impresión seguía siendo la
misma en Cillas (Figura 8), otra localidad próxima
entonces perteneciente al municipio de Cortillas: «Se
encuentra en una de las zonas peor comunicadas de la
provincia de Huesca. (…) La compra de esta finca
no constituye problema social, antes al contrario, resuelve
el problema de los vecinos de Cillas, deseosos de emigrar
a zonas más ricas y de mayor nivel de vida».
En la zona de Serrablo/La Guarguera, también
se reconocía, ya en 1948, que la adquisición
de Cañardo «era
bienquista pues a la vez que se aumenta el Patrimonio
Forestal se realiza una labor social».
Una vez que todos los
propietarios de un pueblo se habían puesto de
acuerdo para vender, habían aceptado la valoración
propuesta por el PFE y el Consejo de ese órgano
había dado su visto bueno final, había
llegado el momento de proceder al acto físico
de la compraventa. Pero aquí aparecía
otra piedra en el camino: el exceso de cabida
(un problema que sigue vigente en la actualidad). La
gran mayoría de los propietarios únicamente
tenían inscritas en el Registro de la Propiedad
una parte (a menudo pequeña) de sus tierras para
pagar menos en el impuesto de la contribución.
En consecuencia, los propietarios tenían realmente
mucho más terrenos que los que figuraban en las
escrituras que poseían y/o la superficie de los
terrenos escriturados era mucho mayor que la que constaba
en el Registro de la Propiedad correspondiente.
En la práctica,
el exceso de cabida suponía que, en el momento
de firmar la escritura de compraventa, el PFE solo
les abonaría la cantidad correspondiente a las
fincas y/o superficies que estuvieran debidamente registradas,
teniendo que trascurrir dos años para que pudieran
recibir el importe correspondiente al resto de sus propiedades.
Se trataba del plazo legal que tenía que transcurrir
por si hubiera alguna otra persona o entidad que reclamase
la propiedad de los terrenos no escriturados. Si no
se había presentado ninguna reclamación
tras ese tiempo, el exceso de cabida se inscribía
en el Registro de la Propiedad a nombre del PFE y se
procedía al pago de esa segunda parte al vendedor.

Figura 8. Mapa incluido
en el expediente de Cillas (1962) en el que se muestran
las fincas que había adquirido hasta entonces
el PFE entre Jaca y Boltaña, y las que estaban
en fase de negociación. La zona objeto de la
memoria de valoración está marcada en
rojo. Archivo del PFE (Madrid).
Este hecho supuso un
gran inconveniente para muchos propietarios que contaban
con el dinero íntegro de la venta de sus parcelas
para instalarse en otra zona y que no fueron conscientes
de esa circunstancia hasta pocos meses antes del acto
de compraventa. A las cantidades aplazadas se les aplicaba
un interés simple del cuatro por ciento anual
con un límite máximo de dos años
«a contar desde la fecha
de la nota que en el Registro de la Propiedad se ponga
a la certificación de dominio que expida el Patrimonio
Forestal del Estado». En muchos casos,
tuvieron que pasar más de dos años (entre
tres y siete) para que los propietarios cobrasen la
segunda parte, lo que significó una pérdida
muy importante de poder adquisitivo en aquellos tiempos.
Para dar una idea de la magnitud del problema, baste
decir que en el caso de Berbusa, las propiedades debidamente
inscritas apenas suponían un 23’3% de todo
su término municipal. A modo de ejemplo concreto,
en la escritura de compraventa (10 de junio de 1954)
de algunos propietarios de Basarán (incluyendo
Dña. Encarnación Pardo Orús, de
Casa O Royo) (Figura 9), se incluyen las siguientes
estipulaciones:
«PRIMERA:
Doña Encarnación Pardo Orús, vende
al Patrimonio Forestal del Estado que compra representado
por don Miguel Navarro Garnica, las fincas de su propiedad
descritas en el primer exponente de esta escritura y
todas aquellas fincas o participaciones de las mismas
que por cualquier título le pertenezcan, por
el precio total y alzado de CINCUENTA MIL SEISCIENTAS
pesetas, correspondiéndole percibir en este acto,
la suma de OCHO MIL CIENTO CINCUENTA Y CUATRO pesetas
con CINCUENTA Y OCHO céntimos, de las que descontado
el 1,30 p% de pagos del Estado, recibe en este momento,
OCHO MIL CUARENTA Y OCHO pesetas con CINCUENTA Y SIETE
céntimos, dando la vendedora carta de pago de
aquellas y quedando diferido el pago de la restante
cantidad correspondiente a superficie y fincas no registradas
hasta el momento que luego se dirá».
Desde la segunda hasta
la quinta estipulación, se exponen las cantidades
a percibir en el acto y las diferidas correspondientes
a otros cuatro propietarios de Basarán y ese
«momento que luego se
dirá» aparece en la estipulación
sexta:
«SEXTA:
La cantidad parcial que queda aplazada correspondiente
a doña Encarnación Pardo Orús y
las demás cantidades totales, también
aplazadas, correspondientes a los demás vendedores
en este acto, serán satisfechas cuando transcurran
dos años, a contar de la fecha de la nota que
en el Registro de la Propiedad se ponga a la certificación
de dominio que expida el Patrimonio Forestal del Estado.
SÉPTIMA:
Las cantidades aplazadas devengarán al interés
simple del cuatro por ciento anual con el límite
máximo de dos años, a contar de la fecha
de la inscripción de la certificación
de dominio antes aludida, y su pago se efectuará
al satisfacer al capital que lo devengue».
La escritura de Carta
de Pago, en la que Encarnación Pardo y otros
propietarios de Basarán recibieron la cantidad
diferida (44.469,97 pesetas en el caso de Encarnación,
tras añadir los intereses y quitar los impuestos
aplicables), se firmó el 17 de julio de 1956
(Figuras 9 y 10), siendo uno de los casos en los que
mejor se respetó el plazo de dos años
fijados por la legislación vigente entonces.
El tema del pago diferido
fue un gran dolor de cabeza para muchos propietarios.
Ante esa situación tan negativa como inesperada,
Bescós de la Garcipollera recurrió a una
estrategia a la que hoy se le calificaría de
imaginativa y que le daría buen resultado: solicitar
su expropiación forzosa. Aunque el término
“expropiación forzosa” suena bastante
peor que el de “venta voluntaria”, realmente
era más beneficiosa para los propietarios de
esos pueblos ya que la apertura de tal procedimiento
acarreaba obligatoriamente el pago íntegro y
de una sola vez de la cantidad correspondiente al total
de los terrenos vendidos, incluyendo los no escriturados.
Esa fórmula fue adoptada posteriormente por el
resto de los pueblos de La Garcipollera (Acín,
Larrosa, Bergosa, Cenarbe, Pardina de Iguácel
y Villanovilla).

Figura 9. Portada de
las escrituras de compraventa y de carta de pago de
diversos propietarios de Basarán. Archivo del
PFE (Madrid).

Figura 10. Nota del
registrador de la propiedad de Boltaña al final
de la carta de pago mostrada en la figura anterior.
Archivo del PFE (Madrid).
En el caso concreto
de Acín, los propietarios solicitaron al PFE
que siguieran con el expediente de venta voluntaria
solo «cuando las cantidades
demoradas de pago correspondientes a superficies no
registradas, no fueran superiores al 20%».
En caso contrario, solicitaban que el PFE diera «las
órdenes oportunas para la iniciación del
expediente de expropiación forzosa de la finca
de nuestra propiedad con arreglo a los trámites
urgentes que prescribe el artículo 52 y siguientes
de la vigente Ley de Expropiación Forzosa, por
encontrarse esta finca dentro del perímetro de
repoblación obligatoria por imperativo del Decreto
de 13 de mayo de 1.955». Pero para
que un pueblo se pudiera “acoger” a una
expropiación forzosa, debían concurrir
una serie de condiciones (límites de sus montes
claros y bien definidos, estar en un supuesto de la
ley citada anteriormente, etc.), que no se dieron en
la mayoría de los pueblos adquiridos por el PFE.
En el libro Pinos
y Penas (Tarazona, 2019), auténtica enciclopedia
de las andanzas del PFE en la provincia de Huesca y
a la que se remite a la persona interesada en este tema,
se recogen los 108 pueblos, pardinas y montes oscenses
adquiridos por dicho organismo entre 1944 y 1971 (año
de su supresión) y por su sucesor el Instituto
Nacional para la Conservación de la Naturaleza
(ICONA), en los años siguientes. La relación,
en orden alfabético, es la siguiente: Acín
de la Garcipollera, Aineto, Ainielle, Alcaná,
Artaso, Artosilla, Asún, Atós Alto, Bagüeste,
Basarán, Bergosa, Berroy, Bescós de Garcipollera,
Bescós de Guarga, Burgasé, Cájol,
Cámpol, Casa Bartolomé, Casa Llera de
Soliveta, Casa Puy de Mas, Casa Riva de Colls, Casa
Salinas, Casa Torrog, Casasdioses, Casbas, Castellar,
Cenarbe, Ceresuela, Chiro, Cillas, Colls, Cuarto San
Pablo, El Vedado, Fenillosa, Garreta-Puigfell, Gere,
Ginuábel, Giral, Grustán, Guarra, Ibort,
Isín, Larrosa, Las Torallas, Lenguateras, Letosa,
Los Rasos, Luparuelo, Mancomún, Montfalcó,
Morcat, Muro, Pardina Alavés, Pardina Alseto,
Pardina Bail, Pardina Cercito, Pardina Cerzún,
Pardina Fanlo y Castellazos, Pardina Grasué,
Pardina Güé y Broyubal, Pardina Iguácel,
Pardina Isábal, Pardina Javarraz, Pardina Labuerdia,
Pardina Lacarrosa, Pardina Lagé, Pardina Nofuentes,
Pardina Nueveciercos, Pardina Ovato, Pardina Pequera,
Pardina Primoro, Pardina San Esteban, Pardina San Úrbez,
Pardina Sasal, Pardina Sierrahún, Pardina Trillo,
Pardina Usieto, Pardina Viscasillas, Pardina Zamora,
Partida de Pisa, Puybayeta, Puyuelo, Rosico, Rosico
II, Sandiás, San Quílez, San Felices de
Cámpol, Santa María de Ascaso, Santa Quiteria,
Sasé, Secorún, Semolué, Seu de
Abajo, Sierra de Hoz, Sierra Vallés, Sieso de
Jaca, Solano Castiello, Solano Bescós, Solanilla,
Soliveta, Torrog, Tricas, Valdestremera, Vedado de Parrella,
Villacampa, Villamana, Villanovilla y Yosa de Garcipollera.
También incluye
un listado de otros 95 pueblos, pardinas y montes en
los que el proceso de negociación no llegó
a buen puerto por diversas causas (falta de acuerdo
económico, desinterés por parte del PFE…).
De lo contrario, se hubiera duplicado la ya de por sí
enorme superficie adquirida por el PFE. Son los siguientes:
Aguilar, Anzánigo, Ara, Arguisal, Asque, Atiart,
Ayerbe de Broto, Bacamorta, Badaguás, Bara, Barbenuta,
Baranguá, Bastarás, Boráu, Botaya,
Casa Costa (Cajigar), Casa Figuera (Secastilla), Casa
Sino (Cajigar), Caserras del Castillo, Castillo de Fantova,
Ceresuela, Callospins-Barón-San Cristóbal
(Muro de Roda), Cortillas, El Llomá y La Obagueta
(Pilzan y Caladrones), El Monte (Araguás del
Solano), Ena, Escartín, Especiello (Larués),
Fuebla (Puy de Morcat), Fuebla (Sieste), Gésera,
Huértalo, La Cazanía de Gistaín,
La Cuadra y Otros (Gráus y Benabarre), Lasaosa,
La Selba (Secastilla), La Serrana (Boltaña),
La Serrana I (Boltaña), La Sierra (Salinas de
Hoz), Los Rasos (El Grado), Mas de Abaix (Caserras,
Fet y Viacamp), Mas de Balón o de Mora (Benabarre),
Mas de Gabarrella (Viacamp), Mongay, Montañana,
Molí y Maset (Viacamp), Murillo de Sampietro,
Muro de Bellos, Nocellas-Las Costeras-Otros (Merli),
Obago-Farrera-Pocino (Foradada del Toscar), Otal, Otín,
Pardina Albás (Secorún), Pardina de Arraso
(Gésera), Pardina Berné (Berdún),
Pardina Botayuela (Ena), Pardina Buesa (Sabiñánigo),
Pardina Cerceles (Jabarrella), Pardina El Plano (Nocito),
Pardina Especiello (Ena), Pardina Esporret (Bailo),
Pardina Fosato (Javierregay), Pardina Latorre (Secorún),
Pardina Monrepós, Pardina Pardenilla, Pardina
Pilón y Camparés, Pardina Rompesacos (Ena),
Pardina Sta. María de Perula (Secorún),
Pardina Salamaña (Anzánigo), Pardina Segaral
(Larués), Peñacuervo (Boltaña),
Pueyo de Morcat, Puy de Cinca, Ribera Salenca (Bono),
Salinas de Hoz, San Lumbiarres (Gráus), Sta.
María del Villar (Ligüerre de Ara), Santa
Quiteria (Javierrelatre), Sarsa de Surta, Señes,
Seto y Lusiarre (Burgasé), Sinués, Sierra
Blanca y Curuñales (Viacamp), Sierra de Sieste,
Susín, Tayó de Aulet (Santorens), Torruellola
de la Plana, Trasierra y Sierra (Larrés), Valata-La
Trinidad-San Victorián (Abizanda), Valfuró-Montoroy-Otros
(Puente de Montañana) y Yosa de Broto.
En los informes que
los ingenieros redactaron sobre los pueblos que se ofrecieron
al máximo organismo forestal, es muy frecuente
encontrar referencias a los deseos de los propietarios
de trasladarse a las zonas de regadíos que se
estaban desarrollando en la mitad sur de la provincia.
Así, en la ya citada memoria sobre Berbusa, firmada
en junio de 1948, el ingeniero Miguel Navarro señalaba
que «el aumento de tono
de vida y de valor de la mano de obra, que se siente
en las tierras bajas debido al aumento de regadíos,
a la industrialización creciente, etc., hace
dar malos rendimientos monetarios del esfuerzo de estas
gentes y de sus caballerías, cultivando tierras
que dan 6 semillas, y cuya pendiente, facilidad de erosión
abundancia de piedras, pequeñez de los campos,
hacen que no puedan aplicar ningún maquinismo
en su cultivo. A la vez, el aumento de valor en los
pastos y de la madera en pie ayuda a convencerles que
se han obstinado durante siglos a destinar al cultivo
agrario, terrenos que la naturaleza previó como
pinares y robledales. Hay pues en toda la comarca, una
tendencia acusada a la despoblación y abandono
de estas tierras y el traslado de sus habitantes a las
zonas agrícolas de regadíos jóvenes,
donde la tierra es relativamente barata y donde faltan
brazos».
El atractivo de los
regadíos no solo radicaba en la posibilidad de
trabajo sino en la de conseguir una vivienda para toda
la familia en alguno de los pueblos de colonización
que, paralelamente, estaba construyendo el Instituto
Nacional de Colonización (INC). Se trataba
de un “caramelo” que el PFE podía
usar cuando detectaba focos de resistencia, especialmente
en fincas por las que tenían un particular interés.
El ingeniero encargado de la memoria de Artosilla también
tenía en mente esa alternativa al escribir que
los propietarios de ese núcleo
«no pueden adquirir fincas en las tierras bajas
de regadío, por lo cual quizás no quede
más solución que les ofrezcamos una posibilidad
de entrar en las tierras que parcela Colonización
en los nuevos regadíos de Zuera o de Fraga».
Aunque la diáspora no se dirigió exclusivamente
hacia los nuevos pueblos que el INC construyó
en las provincias de Huesca y Zaragoza (de hecho, no
habría habido sitio para todos) y de que hubo
muchos vecinos de pueblos no comprados por el PFE entre
los nuevos colonos, su existencia ejerció de
canto de sirena para muchos propietarios con deseo de
una vida teóricamente mejor. Y al INC nos vamos
nosotros también.
2. El no menos
todopoderoso Instituto Nacional de Colonización
El INC fue un organismo
dependiente del Ministerio de Agricultura y se creó
en octubre de 1939, oficialmente por la necesidad de
efectuar una reforma social y económica de la
tierra, después de la devastación de la
guerra civil española. Los objetivos del INC
desde 1939 hasta 1973, fecha de su desaparición,
serían los de ampliar la superficie de terreno
cultivable mediante la creación de regadíos
en amplias zonas improductivas del territorio, y los
de fijar, asentar y controlar la población campesina
en esas zonas despobladas, con el fin de reducir el
éxodo rural y lograr una producción agrícola
autosuficiente, dentro de la política autárquica
de la época.
En este contexto el
INC construyó, entre 1943 y 1971, casi trescientos
nuevos pueblos, con decenas de miles de viviendas que
albergarían a unas 55.000 familias, y alrededor
de 11.000 kilómetros de acequias y canales, y
niveló más de 113.000 hectáreas
de terreno. Todo un fenómeno, que supuso el mayor
movimiento migratorio promovido por un estado europeo
en el siglo XX, para desarrollar la agricultura de regadío
en las cuencas de los principales ríos (Duero,
Tajo, Guadiana, Guadalquivir y Ebro) en la España
de posguerra y en el que participaron un buen puñado
de presos políticos mediante el programa de redención
de penas por trabajo. En general, la política
de colonización estuvo impregnada del catolicismo
que ensalzaba la función social de la propiedad
y que exaltaba a la familia como quintaesencia de las
esencias patrias y base de la estructura agrícola.
Llegado a este punto,
el autor les tiene que confesar que han pasado un par
de décadas desde que dedicara parte de su tiempo
a consultar el caótico y poco glamuroso edificio
donde se amontonaban los fondos del antiguo INC en la
Escuela de Capacitación Agraria de San Fernando
de Henares (Madrid). Pero, como sucediera con Carlos
Tarazona y el PFE, mientras tanto ha surgido un Ferrari
del INC: José María Alagón, profesor
de la Universidad de Zaragoza, conocedor de primera
mano del tema y que se ha ocupado de llenar el gran
vacío que existía sobre el mismo. A sus
artículos, libros y entrevistas se remite a las
personas ávidas de conocer más sobre un
aspecto tan relevante de la historia reciente de Aragón.
2.1. La alargada
sombra de Joaquín Costa
La ejecución
de grandes obras de infraestructura pública hidráulica
y la promoción de la agricultura intensiva de
regadío fueron los objetivos de las políticas
agrarias de distinto signo que se trataron de implementar
en la España a caballo entre los siglos XIX y
XX. No se llegaron a materializar hasta bastante más
tarde debido a la falta de capital inversor por parte
del estado, fruto, entre otros factores, de tantas guerras
inútiles y de una corrupción galopante,
pero pusieron los cimientos de la futura colonización
agraria.
El estado moral del
país a finales del siglo XIX impulsó un
movimiento denominado regeneracionista, que criticaba
el atraso, el conformismo ante la evidente decadencia,
la retórica hueca, la ignorancia y la corrupción
de los partidos. A la vista de esa situación,
los regeneracionistas proponen cambios radicales, sobre
la base de la educación y el laicismo, para que
España se sacuda su perenne abulia y se europeíce.
Se trata de un movimiento que propugna una modernización
política, económica y social, y que sigue
la estela de corrientes previas, como el arbitrismo
del siglo XVII o la de los ilustrados del siglo XVIII,
que tan poco recorrido tuvieron en nuestro país.
Su líder indiscutible fue Joaquín Costa
(Monzón, 14 de septiembre de 1846 - Graus, 8
de febrero de 1911), cuyos pensamientos (resumidos escuetamente
en su famoso lema de «escuela
y despensa») influyeron notablemente
sobre la generación del 98.
En este señor
debemos detenernos un poco para leer con detenimiento
algunos pasajes de sus obras. Merece la pena. Gran orador,
Costa abordó temas espinosos e interrelacionados,
como la distribución de la propiedad de las tierras,
la situación mísera de la inmensa mayoría
de los campesinos y el atraso de las prácticas
agrarias. Sin duda, fue el principal defensor de la
difusión del regadío (y de las obras necesarias
para ello) como uno de los principales ejes para mejorar
rápidamente la situación economía
del país y de los agricultores y ganaderos («acrecentar
el bienestar individual: primero, aumentando la producción;
segundo, disminuyendo el trabajo»).
Suyo fue el origen del tan manido término de
política hidráulica, que definió
como «una locución
trópica, especie de sinécdoque que expresa
en cifra toda la política económica que
cumple seguir a la Nación para redimirse»,
que utilizó como síntesis de una política
económica reconstructora y que dio título
a uno de sus principales libros: Política
hidráulica (Misión social de los riegos
en España) publicado en 1911, poco antes
de su fallecimiento (Figura 11). En esa obra, Costa
sostiene que «la condición
fundamental del progreso agrícola y social en
España, en su estado presente, estriba en los
alumbramientos y depósitos de aguas corrientes
y pluviales», que se deben reclamar
a las Cortes y al Gobierno con urgencia, «como
el supremo desiderátum de la agricultura española».
El 28 de mayo de 1880, en el Paraninfo de la Universidad
de Madrid, durante el Congreso de Agricultores, Costa
preveía que, con los ansiados riegos, se producirían
resultados prácticamente inmediatos, a saber:
1.º Extender la
zona de prados, hoy insignificante; disolver en parte
los rebaños trashumantes; decuplicar el número
de reses, sometiéndolas a un régimen de
estabulación permanente; armonizar los intereses
de la ganadería con los de la agricultura, en
irracional pugna hace tantos siglos, y poner a la primera
en aptitud de sostener la competencia con las carnes
americanas.
2.º Estrechar
el área destinada al cultivo cereal; doblar el
rendimiento de granos por hectárea y ponerlos
en condiciones de resistir la competencia de los rusos
y norteamericanos.

Figura 11. Portada
de Política Hidráulica (Misión
social de los riegos en España) y retrato
de Joaquín Costa (en una hoja interior del mismo
libro). Madrid, 1911. Fondos UCM.
3.º Introducir
en el cuadro de las industrias nacionales esa otra ganadería
de las aguas que se llama piscicultura, más
barata, más descansada y lucrativa que la ganadería
terrestre.
4.º Desarrollar
el cultivo de los árboles frutales, obreros incansables
que están en ejercicio noche y día durante
nueve meses del año, y que se brindan a trabajar
casi gratuitamente para la emancipación del agricultor,
ocupando su lugar y haciendo sus veces en el campo,
mientras él vive consagrado a las nobles tareas
del espíritu.
5.º Iniciar de
un modo, aunque lento, seguro y eficaz la repoblación
forestal de nuestras montañas, que la ciega codicia
ha desarbolado, y remediar los trastornos y perturbaciones
que ha sufrido por esta causa el régimen de los
hidrometeoros. Tienen que seguir, para regenerarse las
selvas, idéntico proceso y camino que en los
primeros días de la creación: de los llanos
a las alturas; principiar por los valles y tierras substanciosas,
acometer luego las faldas y trepar por la ladera arriba,
ganando el terreno palmo a palmo, hasta invadir y ocupar
las cumbres.
6.º Poner al alcance
de los jornaleros, artesanos y labradores en pequeño
el cultivo de huerta, que, aun reducido a su mínima
expresión, ofrece un suplemento de recursos y
de ingresos que no es de despreciar, y salva la vida
de las familias menesterosas en años de crisis,
como dice muy agudamente el pueblo en un refrán:
«Al año tuerto,
el huerto; al tuerto tuerto, la cabra y el huerto; al
tuerto retuerto, la cabra, el huerto y el puerco».
7.º Facilitar
el establecimiento del crédito agrícola
sobre la base de cosechas menos eventuales que las que
puede ofrecer el cultivo de los secanos. Con cosechas
tan inseguras como son las cosechas de secano en nuestro
país, es imposible hallar dinero a un crédito
que no sea ruinoso: primero, porque el producto de la
tierra es escaso; segundo, porque tierra que produce
tan poco no se cotiza en el mercado, nadie quiere comprarla
a ningún precio.
8.º Contener la
emigración a países extraños, y
estimular a los que ya emigraron a que se restituyan
a su patria; porque, enriquecida y restaurada por este
medio, habrá dejado de ser lo que al presente
es, un valle de lágrimas donde se nace para llorar
y sufrir.
9.º Transformar
en parte viva del territorio nacional, esos miembros
atrofiados e inertes que se llaman estepas y margales
salíferos. Comparad el plano de Violada o el
desierto de Calanda con las campiñas de Híjar
o de Zaragoza, en la estepa aragonesa; pues tan estepa
ha sido en otro tiempo Zaragoza como lo es al presente
Calanda, y al agua, dirigida por arte del hombre, es
debida la transformación.
Para Costa, el riego representa el «instrumento
de progreso, y aun de existencia, que en las actuales
condiciones económicas de la nación es
igualmente esencial y necesario que la policía
de abastos en otros siglos». Y como
«en estas materias no
vale argumentar por razones, sino por hechos»,
pone como ejemplo a «una
provincia a que tengo muy tomado el pulso y que presumo
conocer bien, la provincia de Huesca»:
«La
zona septentrional de ella, lindante con Francia, tiene
sangrados sus ríos y arroyos por doquiera, con
acequias; ora permanente, ora de temporada, para fertilizar
sus prados y huertos: el trigo y el centeno apenas necesitan
el riego: no hablemos de ello. Pero la zona meridional,
la región llana donde aquellos ríos desembocan,
al término de las últimas estribaciones
pirenaicas, es una de las regiones más cálidas
y secas de la Península. Allí están,
además de los dos Somontanos de Huesca y de Barbastro,
faja intermedia, consagrada en parte a la viña,
las regiones trigueras que muchas veces habéis
oído nombrar con los títulos de los Monegros
y la Litera, tan semejantes a la tierra de Campos en
lo llano, en lo feraz y en lo seco.
Tres
proyectos de importancia (fuera de otros relativamente
insignificantes) existen para regar esas comarcas: el
canal de Tamarite, tomado del Ésera y del Cinca,
que ha de fertilizar la Litera y una parte de Cataluña
en una extensión de 104.000 hectáreas;
el canal de Sobrarbe, derivado del Ara, afluente del
Cinca, que ha de discurrir por el Somontano de Barbastro
y regar 102.000 hectáreas de terreno; y el pantano
colosal del Gállego, en el desfiladero de la
Gorgocha, que suministraría agua para regar los
Somontanos de Huesca y los Monegros y todavía
dejaría un sobrante para la provincia inmediata.
Pues bien, señores; todas esas comarcas, es decir,
toda la parte seca del Alto Aragón, es partidaria
decidida del riego y lo está aguardando ansiosamente.
Veríais en la Litera la animación en los
semblantes cuando las obras principian, la tristeza
y el desencanto cuando las obras se suspenden o la concesión
se prorroga; veríais a los hacendados de aquellos
pueblos congregarse en asamblea, como ha sucedido la
última vez hace pocos meses bajo la presidencia
del senador Sr. Moncasi, para discurrir modo de que
termine esa comedia del canal de Tamarite, en que se
ven defraudadas las esperanzas de una y otra generación:
¿y cómo no, si hace poco se leía
en los periódicos esta lamentable noticia, "tan
sólo de Tamarite han emigrado recientemente 600
personas, y todos los días salen familias enteras
en busca de medios de subsistencia"? ¿Qué
mucho, si hace dos años, invitados los Ayuntamientos
de aquel país por la Junta provincial del Censo
a que explicaran la baja considerable que resultaba
en el número de sus habitantes, la atribuían
unánimes a la sequía? ¿Pues y en
la Hoya de Huesca y en los Monegros? ¿Con qué
ansia no aguardarán el agua en un país
donde hay pueblos que tenían que enviar a lavar
su ropa a cuatro leguas de distancia, y adquirir dehesas
a orillas del Ebro, a once leguas de distancia, para
llevar a ellas su ganado estante, a quien mataba la
sed; que, como Almudébar, tenía que transportar
el agua para beber desde 20 kilómetro de distancia;
que como la capital, Huesca, está alborozada
el día que ve nevar en la sierra de Guara, porque
se llenará el pantano, y que tiene que pedir
casi todos los años a la Junta de Aguas que lo
suelte antes del 1.º de Abril, fecha reglamentaria,
para salvar una parte siquiera de sus huertas, ya que
los campos de mies no sea posible?».
Costa, seguía
erre que erre, en el capítulo II (Agricultura
de regadío) de la citada obra:
«El
Alto Aragón necesita muchas cosas, tantas por
lo menos como mandamientos tiene la ley de Dios, pero
todas ellas se encierran en una: los riegos, por la
constitución especial del Alto Aragón,
cortado en dos fajas paralelas, una de montañas,
productoras de agua corriente, y otra inferior, de planicies
esteparias, sin bosques, sin lluvias y sin manantiales,
el camino de fomentar su agricultura se cifra entero
en el fomento de los riegos; en el aprovechamiento de
las aguas de la montaña para regar los Monegros,
los Somontanos, la Litera; y así, la especialidad
de la Cámara Agrícola del Alto Aragón
en el concierto de las Cámaras Agrícolas
españolas ni siquiera estaba sujeto a elección,
lo imponía la misma naturaleza de las cosas:
canales y pantanos; pantanos y canales. Interesaba de
un modo vital a los pueblos del llano cuyos términos
han de ser regados; pero tanto o más que a los
pueblos del llano les interesa a los de la montaña,
según espero probar dentro de breves minutos».
Mientras transcurren
esos breves minutos, Costa apelaba a sus propias percepciones
como hijo adoptivo de la ya en aquel momento capital
de Ribagorza:
«Yo
vivo a orillas del Ésera, el río de donde
ha de tomar sus aguas el canal de Tamarite, en el punto
donde se le reúne el Isábena y juntos
se despeñan, robusteciendo el murmullo alborotado
de sus olas preñadas de promesas alentadoras
con el eco fragoroso de las dos peñas gigantes
que lo encajonan y oprimen. Todas las mañanas,
al levantarme, escucho esa voz del río, que llega
a mis oídos, siempre igual, como una letanía,
diciéndome: “Yo soy la sangre de la Litera,
pero no corro por sus venas, y por eso la Litera agoniza”;
“yo soy el rocío de la Litera, que ha de
esmaltar de flores sus campos y mantener en ellos una
primavera eterna, pero me apartan de allí porque
no humedezca sus noches estivales y por eso las flores
de la Litera son abrojos y sus campos, abrasados desiertos
africanos, donde sólo pueden vivir tribus de
negros sometidos a ignominiosa servidumbre”; “yo
soy el oro de la Litera, con que ha de recogerse el
pagaré, cancelar la hipoteca, alzarse el embargo,
recobrarse el patrimonio regado con el sudor de tantas
generaciones de trabajadores heroicos, pero no hacen
nada por acuñarme, y la Litera sigue gimiendo
oprimida bajo una montaña de pagarés,
de embargos y de hipotecas, cada vez más alta”;
“yo soy el camino por donde han de volver los
tristes emigrantes de la Litera a sus despoblados hogares,
pero corro de espaldas a ella, y por eso los emigrantes
cuanto más caminan, creyendo llegar, se encuentran
más lejos”; “yo soy la libertad y
la independencia de la Litera, pero no tengo voz en
sus hogares ni en sus comicios, y por eso la Litera
es esclava”; “yo soy las siete vacas gordas
de la Litera, pero no se apacientan en sus campos, y
por eso la Litera no bebe de su leche ni come de su
carne, y se muere de hambre, se muere de sed, se muere
de desesperación, arrojando por el mundo a millares
sus hijos demacrados y harapientos que la maldicen,
porque no supo siquiera abstenerse de engendrarlos,
ya que no sabía administrarles el rico patrimonio
y procurarles el mezquino sustento con que se contentan”.
Recogedme, sigue
diciendo en su infatigable canturia el río Ésera;
no seáis ciegos ni desidiosos, ni desmañados
ni cobardes; recogedme a mí, recoged a mi compañero
el río Ara, recoged a nuestro hijo común
el Cinca; derramadnos por un sistema arterial de venas
y brazales a través de vuestros campos, de vuestros
olivares, de vuestras dehesas, de vuestros despoblados
y páramos, y veréis resucitada la edad
aquella en que los santos hacían milagros y florecían
las varas secas y llovía maná y se multiplicaban
a ojos vistos los panes y los peces. Las aldeas ascenderán
a categoría de villas; las villas se harán
ciudades; Barbastro se convertirá en una pequeña
Zaragoza; Monzón adquirirá las proporciones
de Lérida; Binéfar, Tamarite, Almacellas,
Fraga, Almunia y otra porción de poblaciones,
serán ciudades que rivalizarán en agricultura,
en industria y en riqueza con las más ricas de
Cataluña; volverán los tristes emigrantes,
esparcidos por el mundo, a congregarse en torno al cementerio
donde reposan los huesos sagrados de sus padres, calcinados
por la miseria; que no alcanzaron la dicha que ambicionaba
Zacarías, de ver al Redentor antes de morir;
bajarán aquellos montañeses de acero a
urbanizar el llano, cubriéndolo de caseríos
y aldeas, esparcidas por los campos para aprovechar
los saltos de agua, fábricas de harinas, de tejidos
y de conservas, donde se elaborarán el trigo,
el cáñamo, la lana y las frutas que han
de afluir a ellas en río continuo para la exportación;
el ferrocarril tendrá que triplicar sus trenes
de mercancías y proyectar ramales secundarios
en dirección al Ebro y en dirección al
Pirineo; a derecha e izquierda de la vía, inmensa
pradera verde, poblada de rebaños lucidos de
ovejas y vacas en libertad, entre setos de arbolado,
recreará la vista fatigada el viajero que la
contemple kilómetros y kilómetros desde
las ventanillas de sus coches; y el extranjero que haya
pasado antes por aquí y contemplado con angustia
los horribles páramos africanos por donde cruza
avergonzada la locomotora desde Zaragoza a Almacellas,
lanzando silbidos que no son de aviso sino de burla
contra nuestro fatalismo musulmán y contra nuestra
desidia prehistórica, y vea la mágica
transformación obrada en seis u ocho años,
no podrá menos de exclamar: “aquí
ha penetrado la civilización, ¡al fin ha
dejado de ser esto un pedazo de África!”».
Unas páginas
más adelante llegamos a la parte en la que el
tiburón blanco del regeneracionismo explica lo
casi inexplicable: por qué los «canales
y pantanos interesaban tanto a la montaña como
al llano». La respuesta, en un par
de líneas, es que la montaña no tiene
futuro y los montañeses se tienen que desplazar
al llano, pero no podrán hacerlo mientras no
haya regadíos. La explicación de Costa
es bastante más larga y, por su interés,
se incluye íntegra:
«Todavía
no he dicho nada de los pueblos de la montaña,
esto es, de los partidos de Boltaña y de Benabarre,
cuyos manantiales y cuyas nieves han de surtir de agua
a los dos canales, y que sin embargo no han de ser regados
por ellos. Esos canales han de influir tanto sobre la
suerte de la montaña, que no creo exagerar si
digo que su construcción interesa tanto a los
montañeses como a la tierra baja.
La
razón de esto es muy sabida de vosotros, y casi
podría excusarme de retraerla a vuestra memoria:
dicha en una fórmula concisa, se reduce a esto:
porque la montaña está condenada a despoblarse,
porque la población de la montaña tiene
que trasladarse al llano, y urge que suceda así,
y no puede suceder mientras el llano no se riegue. La
montaña se está despoblando ya a toda
prisa, y como los emigrantes no encuentran condiciones
de vida en la tierra baja, cerca de su casa, en su propia
patria, emigran al extranjero o a Cataluña, siendo
para el Alto Aragón brazos perdidos. Las causas
de que la montaña tenga que despoblarse totalmente,
sin que haya poder humano bastante a remediarlo, son
dos principalmente. Es la primera la desproporción
entre lo que produce aquella tierra y lo que sus propietarios
tienen que gastar, lo cual ocasiona un déficit,
que explica tantas casas cerradas, tantos yermos, tantas
quiebras que parten el alma del menos compasivo y que
pueblan de jóvenes expatriados el Mediodía
de Francia y de ancianos consumidos el cementerio. El
número de casas y de patrimonios es ahora, sobre
poco más o menos, igual que hace medio siglo;
con lo que entonces producía la tierra, se cubrían
gastos, porque el Estado pasaba con menos de la mitad
de los tributos que ahora exige, no habiéndose
empeñado todavía por derroteros de perdición,
que nos llevan derechos a la bancarrota, y porque las
familias vivían también más modestamente,
vestían de su propio cáñamo y de
su propia lana, hilados y tejidos en casa, no como ahora
de la tienda, labraba con pares de bueyes, no como ahora
con mulas; calzaban los hombres abarcas y las mujeres
alpargatas, no como ahora los hombres alpargatas y las
mujeres botas y zapatos; se contentaban con camas y
balcones de madera y pisos de yeso, no como ahora que
se han mudado por camas y balcones de hierro y pisos
de baldosas, y así por lo demás. De suerte
que si entonces los patrimonios producían lo
justo para cubrir los gastos de las familias, hoy que
esos gastos han aumentado en más de un doble
no podrían cubrirlos aun en el caso que produjesen
tanto como entonces, y resultaría un déficit
llamado a concluir muy en breve con el capital. Pero
es el caso que los patrimonios ni siquiera producen
lo que entonces producían, con lo cual es claro
que el déficit anual, traducido en embargos y
pagarés, ha de ser todavía mayor y más
rápida la consunción y acabamiento del
capital; y digo que producen menos los patrimonios,
por dos órdenes de motivos: el primero, porque
se crían menos cerdos y menos ovejas que entonces,
efecto de haber sido descuajados los montes para sembrar
granos y patatas, y adineradas las encinas en forma
de leña y de carbón; otro, porque se cultivaba
más huerta que ahora, no habiéndola reducido
aún a glera infecunda las inundaciones; causadas
precisamente por aquellos descuajes, imprudentes, que
han hecho bajar las tierras removidas y los cantos revueltos
con ellas a levantar el lecho de los ríos. No
me lo ha contado nadie; he recorrido el Pirineo y lo
he visto con mis propios ojos. He visto lugares, como
la Puebla de Roda, que han perdido valor de 25.000 duros
en huertas, la médula y substancia de las tierras
del distrito, por haber pelado un monte vecino, arrancándole
las encinas y labrándole el suelo los pocos años
que tardó en abarrancarse y quedar convertido
en peñascal. He visto pueblos como Capella, cuya
huerta ha sido devorada en pocos años por el
río Isábena, que tenía 35 casas
cerradas, señal de que habían emigrado
otras tantas familias en cuajo, y motivo de congoja
y angustia para el Ayuntamiento, que no sabe de dónde
sacar recursos para suplir las cuotas de consumos correspondientes
a esos vecinos que de hecho han dejado de serlo, pero
que para la Hacienda todavía lo son; y donde
además de esas 35 casas cerradas se contaba un
centenar de familias, la mitad del pueblo, que tenían
alguno o algunos individuos en la emigración,
entre ellos, herederos jóvenes que habían
abandonado a sus ancianos padres, imposibilitados por
sus achaques o por su edad para labrar la tierra y vivir
del usufructo, o imposibilitados para negociarla y sustentarse
del capital por haberla donado imprudentemente, en contrato
irrevocable a aquel hijo, no contando con que había
de abandonarlos; hecho éste que envuelve toda
una cuestión social; que ha ocupado hace pocas
semanas a los jurisconsultos más reputados de
Zaragoza, y que es una nueva manifestación del
mal que estoy describiendo y a que tratamos de encontrar
remedio.
Las
sequías por un lado, y por otro las inundaciones,
están arrebatando el territorio del Alto Aragón
a los aragoneses, más fijamente que si lo invadiesen
las huestes de Napoleón. Los que se van, parece
que emigran, y es que huyen delante de ese conquistador
invisible que los ha despojado de sus hogares. ¡Ah,
señores labradores de la montaña! también
vosotros tenéis que dejar de labrar, también
vosotros tenéis que convertir las estevas de
los arados en cayados de pastor, y muy pronto, muy pronto;
de lo contrario, ese surco fementido que abrís,
eterno, inacabable, a sangre fría, con ensañamiento,
como si tuvierais que vengar algún agravio de
la madre tierra, más que surco para sembrar simiente
agradecida, es la sepultura donde enterráis el
porvenir de vuestros hijos y vuestra propia vida, y
el canal que construís para que corra más
fácilmente el territorio de la patria aragonesa
a desaparecer y perderse en los abismos del Mediterráneo,
después de haber sembrado al paso la desolación
y el espanto en el llano lo mismo que en la montaña.
También vosotros tenéis que pedir -¿y
qué digo pedir?, exigir, porque es vuestro derecho-
también vosotros tenéis que exigir la
pronta construcción de estos canales y pantanos,
lo primero, porque mientras se construyan, bajaréis
a trabajar temporadas en las obras, ahorraréis
dinero, como en los días de la siega, que os
permitirán tirar un poco más, aliviando
vuestro patrimonio de la montaña de hipotecas
y de pagarés que lo aplastan y hacen de vosotros
verdaderos esclavos; lo segundo, porque cuando los canales
estén terminados, los que sobremos allá
arriba, que somos casi todos, en vez de emigrar a Cataluña,
o a Francia o Buenos Aires, como ahora, emigraremos
al partido de Fraga, de Barbastro o de Tamarite, edificaremos
nuevos pueblos poniéndoles los nombres de los
nuestros que hayamos desertado, y sin salir de nuestro
país, sin perder de vista nuestros valles y nuestras
nieves, habremos labrado nuestra prosperidad y realizado
el ideal de la agricultura aragonesa: convertir el llano
en montaña por lo verde y la montaña en
llano por lo despoblada. ¿Pensáis que
esto es utopía? Pues oíd. Hace poco más
de un siglo, en 1784, llevaba la Litera cinco mortales
años sin ver una gota de lluvia ni cosechar un
grano de trigo, y como era natural tuvo que emigrar
un gentío inmenso: sólo de Tamarite salieron
1.200 personas. ¿Y sabéis a dónde
fueron a remediar su miseria? A Zaragoza, a las obras
del Canal Imperial que se estaba construyendo en aquel
entonces por un conjuro del alma acerada y ardiente
de Pignatelli.
Con lo que llevo dicho hasta ahora he querido demostrar,
no sé si lo he logrado, que la salvación
de la agricultura alto-aragonesa, y por tanto, la del
país, estriba única o muy principalmente
en los canales y pantanos; que el porvenir del Alto
Aragón, y algo más que su porvenir, su
existencia, sin distinguir de llano o de montaña,
depende de ellos; y que por tal razón, está
justificado el que la Cámara se proponga como
objeto especial de su instituto el fomentar o promover
la construcción de canales y pantanos de riego».
En el libro que estamos
comentando y del que estamos presentando algunos extractos,
Costa cita a Alejandro Oliván y Borruel (Aso
de Sobremonte, 28 de febrero de 1796 - Madrid, 14 de
octubre de 1878) un tan ilustre como olvidado paisano.
Tanto su padre como su madre (Francisco Antonio Oliván
de Lope y Antonia Borruel y Víu, señores
de Estarruás) eran miembros de linajes infanzones.
Oliván tuvo una vida digna de una buena película.
A pesar de haberse educado bajo los principios clásicos
Religión, Patria y Rey, fue una de las grandes
personalidades del pensamiento político liberal
español en la primera mitad del siglo XIX y su
figura aparece indisolublemente ligada al largo y tortuoso
proceso de transformación de la España
del Antiguo Régimen en una nación liberal,
económicamente preindustrial y socialmente burguesa,
lo que le valió una estancia en la cárcel
y dos exilios. Sus escritos jurídicos y políticos,
muchos de ellos firmados bajo el seudónimo Un
ciudadano Imparcial o Un ciudadano que no gusta
de partidos (en eso coincidiría con muchos
ciudadanos actuales), tuvieron una gran influencia,
y permanecen incomprensiblemente olvidados. Fue nombrado
subsecretario de Gobernación y, posteriormente,
director general de Estudios de Instrucción Pública
por la reina regente María Cristina de Borbón.
Bajo el reinado de Isabel II, fue elegido diputado por
Huesca (1842), llegando a ser miembro del Consejo Supremo
de Administración (1844) y ministro de Marina
(1847).
Prototipo de hombre
ilustrado, Oliván ingresó en la principales
Academias españolas (Reales Academias de Ciencia
Morales y Políticas, Real Academia Española,
Real Academia Bellas Artes de San Fernando), además
de ser destacado miembro del Ateneo de Madrid y del
Liceo Artístico y Literario de Madrid, llegando
a presidir ambas instituciones. Y es que mantuvo una
gran actividad en materias muy alejadas del campo de
la política y del derecho, realizando aportaciones
relevantes en los campos de la gramática, la
agricultura, la aritmética o la filosofía,
por las que obtuvo un reconocimiento unánime.
Su afición por la agricultura y la ganadería
se gestó durante su infancia en Aso; por ello,
no es de extrañar que su primer trabajo publicado
fuese una memoria sobre los obstáculos para la
creación de prados artificiales en España,
dentro de la Cátedra de Agricultura del Jardín
Botánico de Madrid (1819). Entre sus obras de
temática agraria destacan el Manual de Agricultura
(1849) y la Cartilla Agraria (1856). La primera
de ellas fue una obra de referencia en este campo durante
décadas, con numerosas ediciones y reediciones,
siendo «designada por
S. M. para texto obligatorio en todas las escuelas públicas
del Reino». Participó en diversos
estudios para implementar mejoras en los rendimientos
de los trabajos agrícolas, poniendo énfasis
en la necesidad de extender los regadíos («¿Se
persistirá en coger en tres campos lo que puede
cogerse en uno solo? ¿Y no tendrán útil
aplicación los otros dos?»),
siendo una fuente de inspiración para Costa.

Figura 12. Retrato
de Alejandro Oliván y Borruel, y portadas de
algunas de las ediciones de su Manual de Agricultura
y su Cartilla Agraria. Fuentes: Fondos UCM.
Pero volvamos a Costa.
Como buen reformador regeneracionista, las grandes obras
hidráulicas que propugnaba no debían servir
para el beneficio de latifundistas y especuladores sino
para el de los propios labriegos y trabajadores del
campo, motivo por el que ya previó la colonización
de nuevas tierras de carácter público
reservadas para el trabajo agrario. Como veremos más
adelante, la cosa no siempre salió así
cuando finalmente se llevó a la práctica.
De todas las grandes
obras hidráulicas que propuso don Joaquín,
solo pudo ver en vida el Canal de Aragón y Cataluña
(llamado en un principio de Tamarite de Litera), que
se empezó en 1896 y se terminó en 1906,
y cuya inauguración fue presidida por el rey
Alfonso XIII. Este canal capta el agua del río
Ésera, regando una amplia franja de la Baja Ribagorza
y de la Litera en Aragón, además de una
zona catalana. No obstante, las campañas promovidas
por Joaquín Costa fueron fundamentales para la
proclamación de la Ley de Riegos de
1911 y la celebración de los posteriores Congresos
Nacionales de Riegos. En el primero de estos congresos
surgió el proyecto de Riegos del Alto Aragón,
cuya aprobación fue promulgada en 1915, y que
básicamente recogía el ideario de Costa
(tratamiento unitario de la obra hidráulica,
a cargo del estado y con colonización del territorio).
El proyecto tenía el objetivo de poner en riego
300.000 hectáreas, primero con las aguas de los
ríos Cinca y Gállego, y, en una segunda
fase, con las del Sotón y Guatizalema. Esa superficie
representaba la cuarta parte del total de regadíos
existentes en España, siendo el proyecto hidráulico
de mayor envergadura de Europa. Su magnitud y los sucesivos
problemas económicos retrasarían su ejecución
durante algunas décadas, pero ya no hubo vuelta
atrás. De este tema nos ocuparemos al final de
este capítulo. En 1926 se creó la Confederación
Hidrográfica del Ebro (CHE), otro de los
sueños de Costa.
En una entrevista publicada
el 14 de septiembre de 2021 en el Diario del Alto
Aragón, José Luis Pérez, presidente
de del Canal de Aragón y Cataluña, afirmaba
con rotundidad que «las
gentes del Canal de Aragón y Cataluña
somos los testigos del triunfo de Costa (…) un
modelo de éxito impresionante» (Figura
13). Según Pérez, Costa «encontró
en el recurso del agua la herramienta perfecta para
que los labriegos pudieran cultivar sus tierras y liberarse
de la esclavitud de los ricos».

Figura 13. En pleno
siglo XXI, la política hidráulica de Costa
sigue siendo objeto de debate y controversia, tanto
sobre el pasado como lo que puede suceder en el futuro.
Noticia en el Diario del Alto Aragón,
14 de septiembre de 2021.
Pero, como no todo
el monte es orégano, en este tema no todos salieron
ganando. ¿Qué opinaban de eso en Lanuza,
Ligüerre de Ara, Jánovas, Lacort, Mediano,
Plampalacios, Arasanz, Clamosa, Puy de Cinca, Barasona,
Cáncer, Finestres…? ¡Y qué
más daba lo que opinaran! Las políticas
conjuntas del PFE y del INC, a caballo de los grandes
proyectos hidráulicos, no contemplaron prácticamente
ninguna alternativa para la mejora de las condiciones
de vida y la supervivencia, aunque fuese con una importante
merma de población, de muchos núcleos
de montaña. En la mayoría de los casos,
a falta de infraestructuras, ni siquiera hubo capacidad
real de elección. De una forma u otra, se fue
imponiendo la idea de Costa de que la montaña
no era un sitio habitable y que la única solución
de la gente era emigrar, bien a los centros comerciales
o industriales, o bien a los nuevos pueblos del INC.
De ahí, ese párrafo que escribió
Manuel Domínguez en su canción Manifiesto
de invierno (Disco País
de Anochecida, La Ronda de Boltaña,
2001), que dice:
«¡Siete
llaves al sepulcro de Costa!,
que su nombre en vano dejen de invocar
los que por llevarse el agua a su molino
si han de hundir tu casa, no lo van a dudar»
Es una paráfrasis
de la famosa fase atribuida a Joaquín Costa («Siete
llaves al sepulcro del Cid»), «con
la que intentaba ahuyentar del cadáver del héroe
burgalés tanto buitre como pretendía alimentarse
de sus despojos y utilizar su figura para exaltar lo
más rancio y manido de las "glorias patrias"...
y seguir imponiendo así su caduca visión
de España. Otros buitres revolotean –"hoy
lo mismo que ayer"– sobre el suyo. ¿No
sería ya hora de empezar a espantarlos?»
(País de Anochecida, La Ronda de Boltaña,
2001).
Curiosamente, aunque
esa frase siempre se suele citar así («Siete
llaves al sepulcro del Cid»), lo que
realmente dijo Costa fue «doble
llave al sepulcro del Cid», tal y
como reza el título de su obra Crisis política
de España (Doble llave al sepulcro del Cid),
publicada en 1914: «En
1898, España había fracasado como Estado
guerrero, y yo le echaba doble llave al sepulcro del
Cid para que no volviese a cabalgar. (…) Deshinchemos
esos grandes nombres: Sagunto, Numancia, Otimba, Lepanto,
con que se envenena nuestra juventud en las escuelas,
y pasémosles una esponja».
Es probable que alguien modificara (intencionadamente
o no) la frase de Costa para incorporar el simbolismo
del pasaje del Apocalipsis donde se habla de
un libro con «siete
sellos que nadie podía abrir»
(Apocalipsis, 5:1-4). Y la versión fusionada
prosperó mejor que la original.
Las ideas reformistas
de Costa y otros políticos y pensadores afines
(regadíos, deslocalización de agricultores
con los que colonizar zonas poco productivas) también
tuvieron cabida en el Instituto de Reforma Agraria
(IRA), organismo creado por la República en 1932
con el objetivo de mejorar la situación económica
y social de la agricultura española. Ese mismo
año fueron aprobadas la Ley de Obras de Puesta
en Riego y la Ley de Bases de la Reforma Agraria,
que ni contentaron a los grandes propietarios (que se
sintieron amenazados) ni tampoco a los campesinos (que
la consideraron demasiado tibia). En cualquier caso,
la Guerra Civil truncó los planes… y la
reforma agraria fue de las primeras cosas en caer.
2.2. El ejemplo
de la Dirección General de Regiones Devastadas
y Reparaciones
Los fundamentos ideológicos
y la metodología de trabajo del INC se inspiraron
en gran medida en la actividad del Servicio Nacional
de Regiones Devastadas y Reparaciones, un organismo
creado apenas un año y medio antes, concretamente
por Ley de 30 de enero de 1938 mediante la cual el bando
franquista reorganizaba la Administración Central
del Estado. El Servicio se adscribió al Ministerio
del Interior y sus competencias se fijaron por Decreto
de 25 de marzo del mismo año: la dirección
y vigilancia de cuantos proyectos, generales o particulares,
tengan por objeto restaurar o reconstruir bienes de
todas clases dañados por efecto de la guerra.
Las normas de organización y funcionamiento de
Servicio se establecieron por Orden de 11 de junio de
1938 que estructuraba el servicio en Comisiones
de Zona, una de ellas denominada Aragonesa, con
capitalidad en Zaragoza.
En 1939 el Servicio
se transformó en Dirección General (integrado
en el Ministerio de la Gobernación y bajo la
dirección de José Moreno Torres), y se
estructuró territorialmente en oficinas comarcales.
A la provincia de Huesca le correspondió una
Oficina Comarcal con sede en la capital. Esta Oficina
Comarcal de Huesca se integró transitoriamente
en la de Belchite desde enero de 1944 hasta junio de
1945. Desde esa fecha la provincia contó con
dos oficinas, la Comarcal de Huesca, con sede en la
capital, y la Comarcal del Pirineo, con sede en Jaca.
La Oficina Comarcal del Pirineo se suprimió por
Decreto de 12 de septiembre de 1952 y sus obras, servicios
y personal pasaron a depender de la Oficina de Huesca.
Estos órganos territoriales fueron los encargados
de controlar el desarrollo y ejecución de las
obras en sus zonas de acción.
Las actuaciones de
reconstrucción urbanística y arquitectónica
efectuadas por Regiones Devastadas se iniciaron con
los decretos «de aprobación de localidades
adoptadas por el Caudillo». En la provincia
de Huesca se situaban principalmente en el entorno de
Huesca capital (Apiés, Banariés, Banastás,
Huerrios, Siétamo, Chimillas, Tardienta, etc.)
y también en los valles pirenaicos (Biescas,
Gavín, Torla, Broto, Sarvisé, Bielsa)
(Figura 14), amén de algunos otros municipios,
como Sariñena.

Figura 14. Ayuntamiento
de Bielsa, edificio reconstruido por Regiones Devastadas.
Fotografía anónima de 1954. Colección
del autor.
Además, estaba
parcialmente adoptada «la
heroica ciudad de Huesca, alguno de cuyos barrios ha
de reconstruir Regiones Devastadas, aparte de otros
edificios provinciales enclavados en la capital alto-
aragonesa, como el Manicomio provincial, lugar de épicas
luchas, donde los soldados de Franco mantuvieron victoriosa
la bandera Nacional, entre incruentos sacrificios»
(Martín-Retortillo, 1945). Desde 1940 el organismo
se ocupó también de la reconstrucción
de pueblos víctimas de daños ajenos a
la guerra civil, como es el caso de Canfranc, localidad
“adoptada” tras el devastador incendio de
1944. La Dirección General de Regiones Devastadas
y Reparaciones se suprimió por Decreto-Ley
de 25 de febrero de 1957 que reorganizaba la Administración
Central del Estado y creaba el Ministerio de la Vivienda
y el Instituto Nacional de la Vivienda, que asumieron
las funciones, ya más residuales, del organismo
suprimido.
Inevitablemente, la
propaganda de la época ensalzó las bonanzas
de Regiones Devastadas (Martín-Retortillo,
1945):
«Con admirable acierto
y visión de genial estadista, el Caudillo Franco,
tan pronto como los efectos destructores de las armas
comenzaron a sentirse en los pueblos y ciudades, empeñó
su palabra de que, lograda la victoria, serían
restañadas estas heridas, que, sobre el montón
de ruinas y escombros, se levantarían pueblos
dignos de la nueva España. Cuando todavía
se sentía el estruendo de las armas, el Gobierno
Nacional inició esta labor reconstructora de
las ciudades y pueblos que habían sido destruidos
en nuestra Cruzada de Liberación. Y poco a poco
fueron promulgándose Leyes y disposiciones complementarias
para dar cauce a esta tarea redentora de tantas ciudades,
de tantos pueblos y aldeas que casi dejaron de existir
físicamente. Es un tributo de solidaridad nacional
que el Estado español pródigamente ha
refrendado para que los pueblos y ciudades, que la guerra
destruyó recobren su ser, y de esta manera, enriquecida
su Historia con las páginas de heroísmo
que sus muros maltrechos pregonan, vuelvan a incorporarse
a la vida nacional, contribuyendo a la paz y el progreso
patrio.
Las
inspiraciones del Caudillo, plasmadas en la ya copiosa
legislación del Gobierno Nacional sobre esta
materia, tienen como brazo ejecutor la Dirección
General de Regiones Devastadas, cuyo Organismo, con
las diversas ramificaciones que llegan a los centros
de trabajo, viene actuando sin descanso, sin reparar
medio alguno para el pronto restablecimiento de estos
pueblos heroicos que tan enormes mutilaciones sufrieron
en la dura ducha de Liberación. El Servicio de
Regiones Devastadas está realizando el milagro
de Lázaro con pueblos que vimos totalmente envueltos
en ruinas y escombros, está siendo el cirujano
admirable que, con pericia singular, en un momento de
dificultades extraordinarias, como consecuencia de esas
inmensas devastaciones, primero, y después por
las que derivan de la conflagración mundial que
padecemos, está restituyendo a la vida pueblos,
ciudades y aldeas que quedaron maltrechos y a punto
de sucumbir como consecuencia de la acción destructora
de la guerra. Todo elogio a esa trascendental y fecunda
labor que viene realizando el Servicio de Regiones Devastadas,
será pequeño, y frente a la crítica
demoledora y frívola, de gentes insatisfechas,
pueden presentarse, como formidable argumento, esos
pueblos que inician una vida nueva, en un marco más
humano y acogedor del que antes tuvieron, a los que
Regiones Devastadas les ha dado el ser».
Sin embargo, algunas
actuaciones de Regiones Devastadas parecen dignas de
haber aparecido en la famosa película Bienvenido
Míster Marshall. Satué (2016) recoge el
testimonio oral de Máximo Palacios Allué
sobre cómo se desarrolló la cosa en Biescas:
«Regiones
Devastas, el primer planteamiento que tuvo, igual en
Gavín que en Biescas, es que primero expropió
todas las propiedades, se las quedó el Estado.
Se quitaba la propiedad, luego, cuando construía
un edificio y lo repartía a los vecinos. Como
daba unas dimensiones determinadas, hubo algún
vecino que se quedó sin propiedad. Coincidió
con gente que no estaba en el pueblo, que estaba en
la zona francesa, que volvieron y se encontraron su
terreno con casas construidas y habían perdido
su terreno. Esos terrenos y esas propiedades, eh…
Despropió todo el pueblo, todo lo que estaba
quemau. Se tardó muchísimos años
a la reversión y no revertieron todos. En Biescas
fue lo mismo. Primero se empezaron todos los edificios
civiles: ayuntamiento, cuartel de la Guardia Civil,
iglesias y un barrio de casas en La Peña –que
es donde se utilizó la pérdida de solares
de los que no estaban en el pueblo– y otra zona
en la calle La Esperanza. En esas casas devolvieron
a los vecinos los terrenos con un edificio propiedad
de ellos, pero… que había concedido Regiones
Devastadas. Eso se quedó muy corto porque se
acabó el dinero, y se acabó la forma de
vivir –los jornales de los que trabajaban en Regiones–.
O sea que nos quedemos en Biescas de una reconstrucción
total, con dos calles sólo construidas».
¿Será la «crítica
demoledora y frívola» de una
persona insatisfecha?
2.3. El INC:
de reforma a contrarreforma agraria
El hecho de que el
régimen franquista derogase la ley de reforma
agraria, que tan pésima acogida había
tenido entre los terratenientes, en agosto de 1936,
tan solo un mes después de su alzamiento, da
una idea clara de la prioridad que concedía a
ese asunto. Posteriormente, en 1938, se creó
el Servicio Nacional de Reforma Económico-Social
de la Tierra, con el objetivo de garantizar que
las fincas ocupadas por «los rojos» antes
y durante la guerra, volvieran a sus antiguos propietarios.
Una vez resuelto ese parto, distócico
y traumático, el estado alumbró el INC
y las primeras leyes de colonización: la
ley de bases de colonización de grandes zonas
regables (1939), la ley de colonización
de interés local (1940), que autorizaba
al INC a financiar los proyectos de transformación
de zonas de secano a regadío que creyera oportunos,
y un decreto que autorizaba al INC a adquirir fincas
que pudieran ser de su interés y que hubieran
sido ofrecidas por sus propietarios de forma voluntaria
(1942). En 1946 se promulgaría la ley de
expropiación de fincas rústicas consideradas
de interés social, la cual permitía
la expropiación de fincas susceptibles de colonización
bajo una indemnización previa. Su desarrollo
y, de hecho, el pistoletazo de salida de las actividades
del INC vino con la ley de colonización y
distribución de la propiedad de las zonas regables
de 1949.
En definitiva, la creación
de los nuevos regadíos durante el franquismo
requirió de la expropiación de terrenos,
que se vio facilitada por la descapitalización
del campo tras la guerra. Eso sí, se puso especial
cuidado de no tocar las mejores fincas de los grandes
propietarios y de que lo que se estaba tramando no se
pareciera en nada a una reforma agraria de carácter
redistributivo y popular. Así, siguiendo con
la impecable e inflexible protección de los grandes
propietarios, esta ley introdujo la distinción
entre distintos tipos de tierras, que se clasificaron
de la siguiente manera: exceptuadas, reservadas y en
exceso.
Las tierras exceptuadas
quedaban exentas de la expropiación y eran las
que ya se habían puesto en riego o las que estuvieran
en proceso de hacerlo. Estaban en manos, ¡cómo
no!, de los propietarios más pudientes. Las tierras
reservadas eran aquellas en las que el INC podía
ayudar a los propietarios a transformarlas en regadío.
Los propietarios conservarían la propiedad, a
menos que no procedieran de la manera planificada, circunstancia
que conduciría a su expropiación. Finalmente,
estaban las tierras en exceso; es decir, las sobrantes,
casi siempre las más improductivas, que precisamente
serían las destinadas a la instalación
de los colonos, en unidades familiares de explotación.
En definitiva, estas
políticas de transformación de terrenos
de secano en zonas de regadío no permitieron
una redistribución equitativa de la tierra, sino
que más bien consolidaron el sistema de propiedad
tradicional. Los grandes terratenientes del momento
lograron una notable revalorización de la mayor
parte de sus fincas a cambio de perder una pequeña
parte de ellas, normalmente las de peor calidad, que
fueron expropiadas para destinarlas a los colonos.
2.4. Construir
pueblos de la nada
La financiación
de la colonización se basó, en sus primeros
años, en la emisión de obligaciones, mediante
suscripciones de particulares o empresas, que irían
aumentando progresivamente entre 1947 y 1956, y que
se presentaban en cualquier delegación del Banco
de España en territorio nacional. Los acuerdos
económicos firmados con Estados Unidos en 1953
obligan al país a entrar en los organismos financieros
internacionales (Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional);
este hecho permitió que la Development Loan
Fund concediera un crédito al INC para poder
abastecerse de la maquinaria necesaria para acometer
el programa de colonización.
El INC contaba con
una amplia plantilla de funcionarios que se ocupaban
de las labores técnicas y administrativas. El
Servicio de Arquitectura estuvo dirigido por
José Tamés Alarcón desde 1941 hasta
el final de la vida del propio INC. Durante ese periodo
de tiempo, alrededor de ochenta arquitectos realizaron
proyectos para el instituto, unos treinta como funcionarios
y el resto recibiendo esos encargos (directos) dentro
del ejercicio libre de su profesión. Entre ellos
destacó, por la cantidad de pueblos proyectados
en territorio oscense o zaragozano, José Borobio,
que fue el arquitecto encargado de la Delegación
Regional del Ebro desde diciembre de 1943.
Pero antes de llegar
al proyecto propiamente dicho, se tenía que pasar
por otras fases progresivas, a saber: estudios de viabilidad,
declaración de zona de interés nacional,
plan general de colonización, plan coordinado
de obras y plan de parcelación. Por otra parte,
una circular de junio de 1950 (Normas a que se ha
de ajustar el estudio y redacción de los proyectos
de los planes generales de colonización de las
zonas regables de acuerdo con lo dispuesto con la ley
de 21 de abril de 1949) trajo a la palestra el
«módulo carro», por el que
se limitaba a 2,5 km la distancia máxima que
tendría recorrer un colono entre su vivienda
y las tierras de cultivo, desplazándose con un
carro. Posteriormente, se modernizaría y adoptaría
el nombre de módulo tractor.
El diseño de
un pueblo completo, con sus viviendas, dependencias
agrícolas, calles, plazas, espacios públicos
y equipamientos, en un sitio donde antes no había
nada supuso todo un reto para los arquitectos. Una cuestión
que se planteó desde el principio es cómo
disponer las viviendas de los colonos: aisladas (cada
vivienda en la parcela) o agrupadas formando un núcleo
de población. La primera opción tenía
la ventaja de un mayor rendimiento agropecuario, pero
a costa del aislamiento del colono, de mayores gastos
en urbanización y construcción, y de unos
servicios más caros (educativos, sanitarios,
religiosos, sociales). Para el régimen, esa primera
opción tenía otro gran inconveniente:
un peor control sobre las actividades políticas
y sociales de los colonos.
En Aragón, a
diferencia de en otras regiones, se optó en la
inmensa mayoría de las casos por el segundo modelo
ya que tanto el citado José Borobio como Francisco
de los Ríos (ingeniero jefe de la Delegación
del Ebro del INC) eran radicalmente contrarios a las
viviendas aisladas, una opción que «se
ha ido desechando por considerarla que es inhumana para
los agricultores, y sólo la sostienen aquellos
que estiman que el trabajador debe trabajar de sol a
sol (…). Sorprende que en gente culta haya calado
hondo este concepto deshumanizado en contra de los hombres
del campo y consideren natural no tengan derecho a un
mínimo de comodidad en el trabajo y condiciones
de vida y esparcimiento semejantes a los de la ciudad»
(de los Ríos, 1966).
Entre 1946 y 1966,
se construyeron 15 nuevas poblaciones en la provincia
de Huesca, que albergaron a aproximadamente 1.500 familias
(Tabla 1). En total fueron 30 pueblos en todo Aragón,
entre ellos dos de la provincia de Zaragoza (Ontinar
de Salz, 1944; Puilatos, 1954) que estaban cercanos
a la de Huesca y que acogieron a colonos oscenses. Franco
acudió personalmente a visitar los dos primeros
núcleos de cada provincia, Ontinar de Salz y
El Temple (Figura 15).
Los arquitectos que
realizaron proyectos para el INC tuvieron una gran libertad
a la hora de diseñar sus propuestas; no obstante,
el instituto impuso algunos criterios generales, recogidos
en diversos circulares y especialmente en la 222 (Instrucciones
para la redacción de proyectos de pueblos,
1947) y 246 (Normas para determinar el plan de edificación
de los pueblos de nueva planta que construya el Instituto
Nacional de Colonización, 1949). Por ejemplo,
que evitaran trazados excesivamente rectilíneos
de los pueblos, recurriendo a tramas ortogonales, curvilíneas
o mixtas para romper las perspectivas (Figuras 16 a
18). Asimismo, que evitaran una excesiva monotonía,
proponiendo para ello la atención a detalles
singulares (incluyendo los edificios y espacios públicos)
que, de alguna manera personalizaran cada pueblo.
Tabla 1. Pueblos de
colonización creados en la provincia de Huesca
o cercanos a la misma.
Pueblo
de colonización |
Municipio |
Provincia |
Año |
Zona de actuación |
| Ontinar
de Salz |
Zuera |
Zaragoza |
1944 |
La Violada |
| El Temple |
Gurrea de
Gállego |
Huesca |
1946 |
La
Violada |
| Artasona
del Llano |
Almudévar |
Huesca |
1952 |
La
Violada |
| Puilatos
(demolido en 1981) |
Zuera |
Zaragoza |
1954 |
La
Violada |
| Frula |
Almuniente |
Huesca |
1954 |
Monegros-Flumen |
| Montesusín |
Grañén |
Huesca |
1954 |
Monegros-Flumen |
| San
Jorge |
Almudévar |
Huesca |
1954 |
Monegros-Flumen |
| Valsalada |
Almudévar |
Huesca |
1954 |
Monegros-Flumen |
| La
Cartuja de Monegros |
Sariñena |
Huesca |
1956 |
Monegros-Flumen |
| Curbe
(Corbaz) |
Grañén |
Huesca |
1956 |
Monegros-Flumen |
| San
Juan del Flumen |
Sariñena |
Huesca |
1956 |
Monegros-Flumen |
| San
Lorenzo del Flumen (Monte Tubo) |
Lalueza |
Huesca |
1956 |
Monegros-Flumen |
| Sodeto
(Monte Sodeto) |
Alberuela
de Tubo |
Huesca |
1956 |
Monegros-Flumen |
| Cantalobos |
Lanaja |
Huesca |
1956 |
Monegros-Flumen |
| Valfonda
de Santa Ana |
Torres
de Barbués |
Huesca |
1957 |
Monegros-Flumen |
| Vencillón |
Vencillón |
Huesca |
1961 |
Creado
por la subdelegación de Lérida |
| Orillena |
Lanaja |
Huesca |
1966 |
Monegros-Flumen |

Figura 15. Bando con
las instrucciones para la visita de Franco a El Temple
del Caudillo, el 15 de junio de 1958. Fuente: Archivo
INC.

Figura 16. Planta general
del pueblo de Curbe (Huesca), por el arquitecto José
Borobio, 1958 (izquierda) e imagen del pueblo en la
actualidad (Google Earth, 12 de marzo de 2024).

Figura 17. Planta general
del pueblo de Orillena (Huesca), elaborada por el arquitecto
José Borobio.

Figura 18. Planta general
del pueblo de San Lorenzo del Flumen (Huesca), por el
arquitecto José Borobio, 1958 (copia de 1967).
Los edificios públicos
se solían agrupar en la plaza principal e incluían,
entre otros, la iglesia, un edificio administrativo
con el despacho del alcalde (a menudo pedáneo),
el dispensario médico y una pequeña oficina
de Correos. Además, había tienda de ultramarinos,
estanco (a veces sito en la misma tienda), panadería,
zapatería, peluquería y bar (especialmente
en aquellos pueblos que carecían de edificio
social). También talleres dedicados a la herrería,
carpintería y mecánica. En los pueblos
de mayor tamaño se añadían las
dependencias de Acción Católica, el hogar
rural, un edificio social que hacía las veces
de cine y de salón de bailes, y la Hermandad
Sindical o Centro Cooperativo, que hacía las
veces de granero y de almacén para la maquinaria.
Por supuesto, se construía una escuela, separada
por sexos, y calculada para aproximadamente un 15% de
los habitantes de cada pueblo.
Si bien los pueblos
de colonización supusieron todo un laboratorio
de experimentación para muchos arquitectos, lo
mismo se puede decir de sus iglesias con respecto a
los artistas que participaron en su decoración
(escultura, pintura, cerámica, vidrieras). Y
es que el elenco contiene numerosos nombres que, con
el tiempo, llegaron a convertirse en maestros en esas
disciplinas; a menudo, contribuyeron con obras abstractas
(toda una revolución en su momento, ante la incomprensión
o el rechazo de numerosos sacerdotes y colonos). El
impulso renovador llevó la firma de José
Luis Fernández del Amo, del Servicio de Arquitectura
del INC y director del Museo Nacional de Arte Contemporáneo.
Más adelante, algunos de esos artistas, ya famosos
en sus ámbitos, trataron de ocultar su participación
en aquellos proyectos ligados al franquismo, a pesar
de que el tiempo no ha hecho más que revalorizar
unas obras auténticamente rompedoras en la época
en la que se realizaron.
Curiosamente, en muchos
de estos pueblos no se construyó un cementerio,
a pesar de que antiguamente solía ser uno de
los elementos que mayor enraizamiento generaba en el
ámbito rural; de hecho, era uno de los mayores
pesares de las gentes que iban cerrando sus casas en
pueblos que pronto quedaron deshabitados. Cuando alguien
moría en un pueblo de colonización, lo
más habitual era enterrarlo en el pueblo de origen
de la familia (al menos en los primeros años)
o en el cementerio existente en la localidad cabecera
del municipio.
Las casas disponían
de una o dos plantas, en las que se repartían
un pequeño salón-comedor, que incluía
la cocina, y los dormitorios (entre dos y cinco). Inicialmente,
las viviendas de la gran mayoría de estos pueblos
no disponían de aseo. En Orillena (fundado en
1966) se empezaron a instalar a partir de 1971. No obstante,
la situación varió dependiendo de cada
pueblo y a lo largo del tiempo. Por ejemplo, en los
primeros años de El Temple (el primer pueblo
de colonización en tierras oscenses, fundado
en 1945, en una antigua finca de Azucarera del Ebro)
se juntaron 15 familias y se llegaron a alojar familias
de 7 personas en casas que apenas contaban con dos habitaciones
y una cocina. Aparte de los colonos (propietarios de
sus tierras), en los pueblos del INC también
hubo obreros agrícolas, sin tierras propias y
contratados por familias colonas. Las parcelas de sus
viviendas eran notablemente menores ya que carecían
de dependencias agrícolas.
2.5. La selección
de los colonos
Cuando se convocaba
el concurso para un nuevo pueblo de colonización
en la provincia de Huesca, la convocatoria se publicaba
en el boletín oficial provincial, así
como en los periódicos de Huesca y Zaragoza.
Los requisitos o méritos para ser colono incluían
ser hombre, mayor de 23 años y menor de 50, casado,
en vísperas de boda o viudo con hijos, acreditar
prácticas agrícolas recientes durante
al menos dos años y «estar
desprovistos de defectos o taras que dificulten el trabajo
agrícola» (Figura 19).
Además, existían
«circunstancias consideradas
como de mérito» que en la práctica
eran requisitos ya que se descartaban a aquellos solicitantes
que no las cumpliesen: alfabetización (saber
leer, escribir y las cuatro reglas matemáticas),
«información
moral y política» aceptable
y carecer de medios suficientes de vida en su actual
situación). También existían otras
«circunstancias consideradas
como de mérito» (excombatiente
del bando nacional, condecoraciones militares obtenidas
durante la guerra, «huérfano
de excombatiente o Defensor de la Patria»)
que podrían priorizar la solicitud. Igualmente,
se solían priorizar las de los procedentes de
pueblos adquiridos por el PFE o afectados por los embalses
construidos, en construcción o proyectados, y
también las de los habitantes de pueblos del
Pirineo mal comunicados (que solían coincidir
en muchos casos con los anteriores) y las de los de
pueblos cercanos al de nueva creación que no
tuviesen otros medios de vida.

Figura 19. Anuncio
de “concurso de colonos” del INC para los
nuevos pueblos de Artasona y Valsalada. Diario Nueva
España (Huesca), 15 de abril de 1958.
Para conocer esos datos,
los interesados tenían que rellenar una instancia
acompañada de dos cuestionarios, uno para el
hombre y otro para su mujer (Figuras 20 y 21), además
de los informes pertinentes (párroco, alcaldía,
Guardia Civil o Comisaría de Policía,
y, en caso de que existiesen en su municipio de origen,
Hermandad Local de Labradores e Inspección municipal
de Sanidad). Como se puede observar en los modelos de
cuestionarios, el INC quería colonos sanos y
por ello en el cuestionario se incluían espacios
para describir los «defectos
físicos» y las «enfermedades
que ha tenido o tiene», e incluso
llegaba a preocuparse por su salud genética,
con preguntas como «¿Es
pariente de su mujer? ¿En qué grado?».
Los datos económicos incluían, entre otros
datos, rentas propias, créditos pendientes, extensión
de las tierras que cultivaba en ese momento (de su propiedad,
en arrendamiento o en aparcería; secano, regadío
o huerta), extensión de las tierras en propiedad
que tenía en ese momento cedidas en arrendamiento
o aparcería a otros, el valor en venta de los
edificios y tierras propias, el
«inventario vivo» (ganado) y
el «inventario muerto»
(utillaje para ganado, aperos y maquinaria agrícola,
etc.). El INC podía hacer todas las indagaciones
que considerase oportuna para cerciorarse de la veracidad
de los datos presentados, siendo motivo de exclusión
«las solicitudes con
insuficiencia de datos, o con datos erróneos
o falseados».
Una vez finalizado
el plazo de presentación de solicitudes, que
solía ser de unos dos meses, se reunía
una comisión de trabajo de la Junta Provincial
de Selección de Colonos, integrada por un alto
cargo provincial del Movimiento (frecuentemente el subjefe),
un representante de la Cámara Oficial Sindical
Agraria (COSA) (frecuentemente el secretario) y
un ingeniero agrónomo de la Delegación
Regional del Ebro del INC. La comisión se reunía
habitualmente en la sala de juntas de la Jefatura Provincial
del Movimiento y analizaba las solicitudes recibidas,
proponiendo un listado de solicitudes admitidas (cuyo
número coincidía con el del número
de lotes a asignar en el nuevo pueblo) y un listado
de solicitudes excluidas. Una buena parte de las solicitudes
excluidas no era por que los solicitantes no cumplieran
los requisitos establecidos sino porque no había
suficientes lotes para todos los que los satisfacían.
En tal caso, se priorizaban las de aquellos candidatos
con más méritos, como los años
de experiencia agrícola y, muy especialmente,
el número de hijos.
Los resultados de esa
comisión se tenían que someter al pleno
de la Junta Provincial de Selección de Colonos,
que se reunía algunas semanas después,
normalmente para bendecir la selección realizada
por la comisión de trabajo. El pleno de la Junta
estaba formado por el Gobernador Civil de la provincia,
el presidente de la diputación provincial, el
ingeniero jefe de la Jefatura Agronómica, el
ingeniero jefe de la delegación regional del
INC, el delegado provincial de la Organización
Sindical, el presidente de la COSA y el secretario o
subsecretario provincial de Ordenación Social,
además de por los miembros que habían
participado en la comisión de trabajo. Las actas
de la comisión de trabajo y de la Junta Provincial,
junto con todos sus anexos (relación de admitidos
y excluidos; relación de adjudicatarios por orden
de prelación), formaban parte del informe sobre
la selección de colonos y adjudicación
de los lotes del nuevo pueblo en cuestión. La
adjudicación de las viviendas dependía
del tamaño familiar pero la de los lotes (parcelas
de un máximo de 10 hectáreas) se realizaba
por sorteo puro y duro entre los solicitantes admitidos.

Figura 20. Cuestionario
del INC para candidatos a colonos. Cuestionario para
el hombre.

Figura 21. Cuestionario
del INC para candidatos a colonos. Cuestionario para
la mujer.
Cada colono recibía
una libreta con las instrucciones que debía seguir
y lo que se esperaba de él y su familia (la
libreta del colono, Figura 22) y estaba sujeto
a un período provisional de prueba o tutela que
duraba cinco años y en el que tenía que
ceñirse, escrupulosamente, al plan de explotación
establecido por el INC, organismo que proporcionaba
los materiales (semillas, abonos, plaguicidas, ganado
vacuno y caballar, en algunos casos aperos) así
como un anticipo sobre las contribuciones y la renta
de la tierra. No era ningún regalo. El colono
tenía que reintegrar todo al INC proporcionando
un porcentaje de su producción. Además,
después de esos cinco primeros años, tenía
que amortizar el valor de la tierra a un interés
anual del 3%. Una vez que el colono (o su sucesor) había
pagado el total correspondiente, recibía el título
de propiedad de la parcela y de su vivienda. A
modo de ejemplo, en Orillena se otorgaron las escrituras
de propiedad en 1997, 31 años después
de la instalación de los colonos.
En general, convertir
aquellos lotes en tierras productivas fue un trabajo
tremendamente duro ya que, en muchos casos, los colonos
recibieron auténticos yermos, con unas tierras
de una calidad terrible que nunca habían sido
trabajadas. Como describía gráficamente
el hijo de un colono, «dabas
un golpe a la tierra con el pico y se rompía
el pico». También hubo multitud
de problemas administrativos y financieros, que en algunos
casos estuvieron a punto de dar al traste con el futuro
de más de uno de estos pueblos, así como
una cierta sensación de abandono cuando las prioridades
socioeconómicas del estado fueron cambiando (Figura
23). A pesar de todo, muchos colonos y sus descendientes
se sintieron afortunados y agradecidos por recibir tal
condición y, hoy en día, se sienten orgullosos
del gran esfuerzo que tuvieron que realizar para transformar
campos baldíos en tierras productivas y cohesionarse
socialmente.

Figura 22. Libreta
del colono, el cuaderno de instrucciones para los adjudicatarios.
Colección del autor.
Actualmente, un buen
número de los pueblos de colonización
de la provincia de Huesca se están despoblando
a marchas forzadas y la población en la mayoría
de ellos es menor que cuando se fundaron. De hecho,
la comarca de Los Monegros es uno de los ejemplos
más representativos de lo que se ha dado en llamar
la Laponia ibérica o la España
vaciada, un término tan manoseado como invisible
en la práctica. Posee una extensión de
más de 2.700 km² para una población
de unos 20.000 habitantes. Esto arroja una densidad,
siendo generosos, de unos 7,5 habitantes/km², lo
que la convierte en un desierto demográfico
según los criterios de la Unión Europea,
que aplica ese apelativo a aquellas zonas con una densidad
menor de 10 habitantes/km². A modo de contraste,
la provincia de Vizcaya tiene una superficie menor (unos
2.200 km²), pero posee más de un millón
de habitantes y una densidad que supera los 500 habitantes/km².
La pérdida de habitantes en los pueblos de colonización
se ha debido a diversos factores, incluyendo la obligatoriedad
inicial de que los lotes solo los podía heredar
una persona, la falta de terreno edificable para descendientes
o nuevos vecinos, la poca productividad o escasez de
tierras (las 10 hectáreas de entonces no parecen
gran cosa en la actualidad), las condiciones climáticas
y paisajísticas, o muy especialmente la cercanía
a núcleos de mayor tamaño (Huesca, Zaragoza,
Barbastro…), donde hay más expectativas
profesionales y sociales, y desde los que se pueden
seguir explotando con los medios actuales de transporte
y trabajo agrícola. De hecho, actualmente hay
descendientes de colonos que trabajan 10 o más
lotes.

Figura 23. Las eternas
reivindicaciones de los pueblos de colonización.
Orillena, 2005. Juan M. Rodríguez.
2.6. El caso
de Orillena
En el caso del ya citado
Orillena, el Informe sobre la selección de
colonos y adjudicación de los lotes del nuevo
pueblo de Orillena en la zona del tercer tramo del canal
de Monegros (Huesca) (Figura 24) se presentó
en septiembre 1965, firmado por los ingenieros agrónomos
Gregorio Cabrerizo y Gregorio Matallana. El concurso
para la adjudicación de 88 lotes se convocó
el 7 de enero de 1965 por los cauces habituales (en
el B. O. de la provincia de Huesca, del 3 febrero y
en anuncios en los periódicos de Huesca y Zaragoza).
Las instancias se podían presentar hasta 15 el
marzo. Los adjudicatarios tenían que trasladarse
al nuevo pueblo en 1966 ya que, de lo contrario, perderían
sus derechos.
La finca “Orillena”
se encontraba mayoritariamente dentro del término
municipal de Lanaja, con pequeñas extensiones
en los de Lalueza y Sariñena, y ocupaba 1.023
Ha, de las cuales 875 se habían transformado
en regadíos (un total de 88 lotes de unas 10
Ha, ya nivelados), 40 eran de secano (pero repobladas
con pinos), 78 eran de pastos y las 30 restantes para
las edificaciones. Ya estaban concluidas o muy avanzadas
las acequias, los desagües, el abastecimiento de
agua y los caminos, todo ello a cargo del propio INC
y de la CHE, que tantos intereses tenía en estos
nuevos pueblos monegrinos.

Figura 24. Portada
del informe sobre la selección de colonos y adjudicación
de los lotes del nuevo pueblo de “Orillena”
en la zona del tercer tramo del canal de Monegros (Huesca).
INC, septiembre de 1965.
En total se recibieron
259 solicitudes. La comisión de trabajo encargada
de la selección de los colonos estuvo formada
por Juan Arés Mascó (Subjefe Provincial
del Movimiento), Lorenzo Cereceda Jordá (secretario
de la COSA) y Gregorio Cabrerizo Ceballos, ingeniero
agrónomo de la Delegación Regional del
Ebro del INC. Inicialmente, «se
han desechado las que no reúnen las condiciones
mínimas exigidas, es decir, a los que no tienen
prácticas agrícolas de dos años,
a los menores de 23 años o mayores de 50 años,
etc., excluyendo también a los solteros, a los
analfabetos y a los de información moral y política
no aceptable, se han excluido también las solicitudes
con insuficiencia de datos, datos erróneos o
falseados y aquellos que tienen medios suficientes de
vida en su actual situación, por entender que
los lotes disponibles deben asignarse preferentemente
a los agricultores más necesitados».
De esta forma se excluyeron 88 solicitudes, por los
siguientes motivos: 9 por no demostrar la práctica
agrícola requerida (la mayoría de El Grado),
32 por no encontrarse en la franja de edad solicitada,
4 por informes negativos, 2 por analfabetismo, 14 por
soltería del solicitante, 6 por la provincia
de procedencia (Ávila, Soria, Guadalajara o Granada),
19 por disponer de medios propios (entre ellos, 8 de
Juseu y 5 de Albalate de Cinca) y 2 por falta de datos.
Quedaban en liza 171
candidatos para 88 plazas de colono. El acta de la comisión
dice que «se han seleccionado
en primer lugar, en lo que a la provincia de Huesca
se refiere, las de los pueblos de la montaña
(Pirineos), cuyos términos son adquiridos por
el Patrimonio Forestal del Estado, de los que necesariamente
deben salir sus moradores. En segundo lugar las del
Término de Lanaja, donde está enclavado
el pueblo por su condición de antiguos cultivadores
de las fincas objeto del asentamiento, y en tercer lugar
(un 10%) de solicitudes de regadíos antiguos
de las provincias de Huesca y de Zaragoza (…)».
Lamentablemente, debido a
«la desproporción
existente entre las instancias presentadas y el número
de lotes disponibles, la Comisión se ha visto
obligada a proceder a la adjudicación de los
mismos en favor de los solicitantes que, reuniendo las
condiciones meritorias, mejoraran éstas por el
número de unidades familiares de trabajo, provincia
de procedencia, en la de Huesca los términos
de la Montaña adquiridos por el patrimonio Forestal
del Estado, etc.».
Vistos los documentos
con la perspectiva del tiempo, parecen existir algunas
incongruencias en esos argumentos. Los pueblos de procedencia
de los colonos oscenses seleccionados fueron Albalate
de Cinca, Arcusa, Bárcabo, Bentué de Rasal,
Bergua, Bisaurri, Botaya, Broto, Cagigar, Castellazo,
Centenero, Ceresuela, Cortillas, Fanlo, Gabás,
Gistaín, Grañén, Laguarta, Lalueza,
Lanaja, Lecina, Merli, Mondot, Otal, Ponzano, Roda de
Isábena, San Juste, Sta. María de Buil,
Sarsa de Surta, Señes, Sesué, Sin, Torres
de Montes, Vio y Yeba. Entre los excluidos había
algunos procedentes de esos mismos pueblos y, además,
de Almudévar, Altorricón, Arguís,
Boltaña, Bono, Clamosa, El Grado, Esplús,
Fiscal, Fraga, Gabasa, Juseu, Monzón, Morrano,
Palo, Plan, Pueyo de Araguás, Rodellar, Sabiñánigo,
Tamarite de Litera y Tardienta. Como se puede observar,
la mayoría eran habitantes de pueblos del prepirineo
o del Pirineo. Pues bien, a pesar de que el informe
repite machaconamente que «los
pueblos trasladados proceden de numerosos pueblos, la
mayor parte de la provincia de Huesca, especialmente
de pequeños pueblos del Pirineo, por haberles
comprado las tierras el Patrimonio Forestal del Estado»,
resulta sorprendente que ninguno de ellos fue adquirido
por el PFE y ninguno estaba amenazado directamente por
un pantano, salvo la excepción del único
solicitante de Clamosa, que encima cumplía con
los requisitos y fue excluido por «insuficiencia
de lotes».
Tampoco está
muy claro que significaba
«disponer de medios propios».
En el anexo con los solicitantes admitidos por orden
de prelación, José López Capablo
(49 años), de Casa Cosme de Cortillas ocupaba
el número 1. Se trataba de una de las casas fuertes
más conocidas de la montaña y en aquel
momento disponía de un capital considerable para
la época (223.000 pesetas), que hubiera permitido
a la familia establecerse en alguna otra población
convencional (de hecho, estuvo barajando la posibilidad
de instalarse en Igriés), además de cultivar
30 hectáreas de secano de su propiedad y otras
cinco en arrendamiento o aparcería y de conservar
una cierta cantidad de ganado (dos mulas, cinco cabezas
de vacuno y 70 reses lanares). Pero la clave de su selección
(y en el primer puesto) no estuvo en el capital (el
sexto candidato admitido en orden de capital), ni en
las propiedades (el primer candidato en extensión
de su propiedad) ni el ganado (el primero en número
de cabezas de ovino). Tampoco en el hecho de la relación
de Casa Cosme con el monte Orillena, precisamente el
sitio donde se ubicaría el nuevo pueblo y del
que heredó el nombre. Allí pasó
su ganado muchos inviernos desde al menos 1860 (Figura
25).

Figura 25. Relación
del ganado de Casa Cosme (Cortillas) que pasó
el invierno de 1872 en Orillena. Libro de Cuentas de
Francisco López, 1850-1920.
La clave estuvo en
otro parámetro que es el que realmente ordena
a los candidatos: el número de hijos traducido
en unidades de trabajo familiares. Es decir, era importante
el número de hijos pero, más importante
aún, la edad y experiencia agrícola de
los mismos, ya que bien sabía el INC que poner
en marcha aquellos campos baldíos entrañaría
un tremendo trabajo a corto plazo. Y en eso, José
López era imbatible: sus 5 hijos (cuatro hijos
y una hija), eran ya adultos y todos los varones (lo
que más contaba) estaban bien curtidos en todo
tipo de tareas agropecuarias. En consecuencia, aportaba
5,10 unidades de trabajo familiares (frente a las 3,65
del segundo candidato o las menos de 1,50 de la mayoría
de los solicitantes). En contraste, hubo candidatos
con seis o siete hijos pero todos o una buena parte
de ellos menores de edad y/o niñas, lo que reducía
notablemente el cómputo de unidades de trabajo
familiares (entre 1,15 y 3,30), En cualquier caso, no
parece que se pueda achacar al capital ningún
favoritismo en la selección ya que el candidato
admitido con mayor capital (Antonio Olivera Paco, de
Sarsa de Surta, 450.000 pesetas) se encontraba en el
puesto 47 de prelación (dos hijos, 1,40 unidades
de trabajo familiares), mientras que el último
en la lista de excluidos por «insuficiencia
de lotes» (Ángel Nogueras Val)
disponía de 310.000 pesetas de capital y era
de un pueblo cercano a Orillena (Grañén)…
pero sólo tenía un hijo (1,00 unidades
de trabajo familiares).
Otro dato llamativo
del informe sobre la selección de los colonos
es que, en general, los solicitantes de lo que podríamos
llamar la montaña (las actuales comarcas
de Alto Gállego, Sobrarbe y Ribagorza) eran,
en general, los que disponían de más capital,
más terrenos y más ganado. En definitiva,
parecía que eran pueblos que disponían
de recursos (ganado, pastos, madera, agua, minerales)
para su subsistencia económica, pero a nadie
se le pasaba por la cabeza (y, si se le pasaba, duraba
poco) la opción de destinar recursos a mejorar
las condiciones de vida (servicios, comunicaciones).
Paradójicamente cual Cid Campeador al que no
le hicieran falta llaves para abrir su sepulcro, Costa
ganaba la batalla después de muerto y uno de
los grandes sueños se hacía realidad:
se atraía a los regadíos del llano a familias
montañesas con hijos pequeños o jóvenes,
descapitalizando económica y humanamente a unos
pueblos, cuya población ya declinaba rápidamente.
Era el golpe de gracia. Como se ha dicho anteriormente,
no se trataba de pueblos vendidos al PFE o amenazados
por los embalses, pero era la mejor de las estrategias
para que quedaran solo viejos y solterones… y
fueran desapareciendo del mapa. Nadie se iba a hacer
cargo de las tierras de los que se iban. Mejor para
la evangelización repobladora del PFE.
En contraste, los que
procedían del llano (generalmente de poblaciones
cercanas al nuevo pueblo) eran en su mayoría
jornaleros con patrimonios realmente escuálidos…
si los tenían: muchos de ellos no tenían
ni capital, ni tierras, ni ganado, solo hijos.
Fueron los más favorecidos por su nueva situación
de colonos.
El 7 julio de 1967,
poco más de un año después de la
instalación de los primeros colonos en Orillena,
el ingeniero agrónomo Gregorio Cabrerizo realizó
un informe de seguimiento, en el que solo constan
66 colonos (60 de Huesca y 6 de Zaragoza) de los 88
adjudicatarios. El resto habían optado por otra
alternativa para su futuro. Por ejemplo, los vecinos
de José López (Andrés Español,
Casa Isábal, Cortillas; número 56 en la
lista de admitidos) decidieron instalarse en el Puente
de Sabiñánigo. Las vacantes se fueron
cubriendo según el orden de prelación
de los que se habían quedado excluidos por «insuficiencia
de lotes». En el informe incluye una
sección sobre las «características
sociológicas de sus habitantes»,
que decía que «como
los colonos instalados llevan solamente un año,
no se les conoce aún a fondo. No obstante, en
general parecen trabajadores, cumplidores de sus obligaciones
y con un gran afán de mejorar su nivel de vida.
Existe una inquietud ganadera entre los colonos, ya
que actualmente existen 35 vacas lecheras, 5 terneros,
48 ovejas y 89 cerdos, a pesar de ser el primer año
de instalación de los colonos».
El poso ganadero de la montaña se seguía
notando en el llano.
De hecho, al INC le
preocupaba como iban a encajar los oscenses del norte
con los del sur. Así, en la sección de
estudio social de la Memoria sobre la constitución
de la nueva entidad municipal de Curbe (Huesca), zona
del Flumen, redactada en mayo de 1967, se señala
lo siguiente: «Los colonos
de Curbe proceden de distintos pueblos de las provincias
de Huesca [64], Zaragoza [12] y Teruel [2]. (…)
El hecho de que sea tan diversa la procedencia de los
colonos, hace que inicialmente se dificulte la convivencia;
el distinto carácter y costumbres de los de procedencia
del Norte de la Provincia de Huesca y de los del Sur
de la misma provincia, ha motivado pequeños problemas
de adaptación que actualmente ya se han superado,
pues han transcurrido tres años desde su instalación
en el nuevo pueblo de Curbe». En el
caso de Curbe, el contingente oscense más numeroso
(28 colonos) procedía del «municipio
capital» (Grañén) mientras
que había pequeños números (entre
uno y cuatro colonos) procedentes de otros pueblos,
la mayoría «de
la montaña» (cuatro de Cortillas,
cuatro de San Pelegrín, tres de Barbenuta, tres
de Sabayés, dos de Boltaña, dos de Rasal,
y uno de cada una de los siguientes localidades: Matidero,
Escartín, Estada, Binueste, Laguarta, Gavín,
Ceresuela, Ascaso y Bergua). Curiosamente, cuatro colonos
procedían de otros pueblos de colonización
anteriores (dos de Montesusín, uno de El Temple
y otro de Frula).
La misma fecha tiene
la Memoria sobre constitución de la nueva
entidad municipal de San Lorenzo del Flumen (Huesca),
zona del Flumen. En este caso, el párrafo
relativo a la diversa procedencia de los colonos y las
diferencias entre los de Huesca-norte y Huesca-sur es
exactamente el mismo, simplemente cambiando el nombre
de un pueblo por el del otro. En este caso, los colonos
procedían de distintos pueblos de las provincias
de Huesca [44], Zaragoza [33], Teruel [3], Lérida
[1] y Toledo [1]. El contingente más numeroso
(11 colonos) procedía de Burgasé, víctimas
indirectas de un pantano “de papel”
(Jánovas). ¿Se imaginan el drama que debió
suponer para la capital de La Solana perder 11 familias
de golpe? ¡Un pueblo en el que el Ministerio de
Fomento (el de Obras Públicas de la época)
había previsto que acabara una carretera nacional
(también de papel) unas cuantas décadas
atrás antes! Los de Burgasé estaban acompañados
de otros montañeses (tres de Rasal,
tres de Banastón, tres de Betesa, dos de Barbenuta
y uno de cada uno de los siguientes pueblos: Cortillas,
Giral y Roda de Isábena). El grupo del llano
estaba comandado por siete colonos de Alberuela de Tubo
y cuatro de Grañén, nuevamente el «municipio
capital».
Paradójicamente,
mientras que el INC decía que priorizaba a los
solicitantes de pueblos adquiridos por el PFE en concursos
en los que apenas se daba esa condición, algunos
de los habitantes de pueblos comprados por PFE solicitaron
ser colonos en algunos de los nuevos pueblos…
pero dieron calabazas al INC. Ya se ha comentado anteriormente,
la opinión de Miguel Navarro Garnica, ingeniero
responsable de la Brigada Aragón del PFE, favorable
a un trasiego de familias desde los pueblos vendidos
al PFE a los creados por el INC. Así, en una
carta con fecha 3 de enero de 1945 y dirigida al director
general del PFE exponía que sería «posible,
que mediante una acción conjunta entre este Patrimonio
y el Instituto de Colonización se llegase a que
los propietarios aceptasen los precios de nuestras valoraciones
garantizándoles Colonización una plaza
de colono en los terrenos que esta puebla en los nuevos
regadíos». En ese sentido,
el Informe para la Selección de Colonos y
Adjudicación de Lotes en la Finca Monte de La
Sarda (que formaría parte del municipio
de El Temple) (expediente nº 732. Gurrea de Gállego.
AHPZ, A/025253), al referirse a algunos solicitantes
de Basarán, considera «conveniente
su traslado al ser expropiadas sus propiedades por el
Patrimonio Forestal del Estado para destinarlas a la
repoblación forestal». Concretamente,
se trataba de Ramón Nerín Sampietro (Casa
O Royo, 49 años, cinco hijos, capital: 23.000
pesetas), Lorenzo Pardo Buisán (Casa Loren, 56
años, tres hijos, capital: 12.000 pesetas), Miguel
Aso Puértolas (Casa Francho, 42 años,
tres hijos, capital: 54.000 pesetas), Eugenio Aso Bielsa
(misma casa, 65 años) y Antonio Allué
López (Casa Allué, tres hijos, capital:
23.000 pesetas). A pesar de que el INC iba a asignarle
a cada uno con dos machos y dos vacas, el hecho es que
ninguna de esas familias llegó a habitar el nuevo
pueblo. La mayoría, como Ramón Nerín,
su esposa Encarnación Pardo (citada anteriormente)
y sus hijos, se instalaron en Monzón.
Algo similar ocurrió
con otros cuatro aspirantes a colonos en El Temple (Figura
26), en este caso naturales de Berbusa y Ainielle, pueblos
cercanos a Basarán e igualmente adquiridos por
el PFE. En el preceptivo informe de selección
(firmado el 28 de septiembre de 1955) se dice que poseen
«ganado mular y de ganado de renta suficiente,
lo cual hace pensar su rápida acomodación
a la labor que van a ser destinados».
Se trataba de Manuel Arnal Franco (64 años, seis
hijos, capital: 48.000 pesetas, dos mulas y una vaca),
Roberto Miranda Allué (Casa Chuanico, 45 años,
dos hijos, 63.000 pesetas, dos mulas y dos vacas), Laureano
Sampietro Miranda (28 años, 95.000 pesetas, dos
mulas y dos vacas) y Aurelio Azón Sampietro (Casa
Franco, 26 años, 62.000 pesetas, dos mulas y
cinco vacas). Los tres primeros se Berbusa y el último
de Ainielle, justo el único que aceptó
su nombramiento como colono en El Temple, aunque más
adelante se mudó a Ontinar de Salz (Zaragoza),
otro pueblo de colonización cercano.
En 1971, el Servicio
Nacional de Concentración Parcelaria creado en
1952 por el entonces ministro de Agricultura (Rafael
Cavestany y Anduaga) se fusionó con el Instituto
Nacional de Colonización para formar un nuevo
organismo, el Instituto de Reforma y Desarrollo Agrario
(IRYDA). A partir de ese momento, se seguirán
fomentando los regadíos, pero ya no se creará
ningún pueblo nuevo más. La actividad
agraria iba a dejar de ser el ojito derecho de la política
hidrológica en favor del uso del agua para la
producción de energía, lo que generó
el caldo de cultivo propicio para la aparición
de las grandes empresas hidroeléctricas.

Figura 26. El Temple
del Caudillo. Un colono pasea su ganado de labor.
Revista de Ganadería, 1955. Hemeroteca de
la Facultad de Veterinaria, UCM.
3. Grandes
obras hidráulicas, el punto de encuentro entre
el PFE, el INC y la despoblación de la montaña
El Plan Nacional
de Obras Hidráulicas (1933) fue elaborado
en tiempo récord bajo la batuta de Manuel Lorenzo
Pardo, primer director del entonces recién creado
Centro de Estudios Hidrográficos, siendo
Indalecio Prieto el ministro de Obras Públicas.
No fue casualidad que dicho plan, dirigido fundamentalmente
a modernizar la agricultura del país mediante
una apuesta decidida por los regadíos, fuera
seguido de la creación del PFE (1935). El anexo
XII del Tomo III del citado Plan, que llevaba el ilustrativo
título de La repoblación forestal
en sus relaciones con el régimen de los ríos,
defendía que la repoblación de las cabeceras
de los ríos era esencial para el correcto funcionamiento
de los embalses proyectados, ya que evitaría
los problemas de colmatación (aterramiento)
y también los derivados de la erosión
provocada por las torrenteras que seguían a las
lluvias intensas.
Tras el parón
de la guerra, tampoco fue casualidad que la creación
del INC (1939) fuera seguido de la refundación
del PFE (1941). Se tenía que poner en marcha
y engrasar la abrumadora y arrolladora maquinaría
política, técnica, humana (mano de obra),
económica y legal requerida para las intensas
actividades que iban a desarrollar estos dos organismos
en las siguientes décadas. En definitiva, y como
rezaba en el folleto de la exposición Pueblos
de Colonización: Miradas a un Paisaje Inventado
(Museo ICO, Madrid, 2024), se necesitaba «una
actuación estratégica que garantice la
vital presencia del agua, condición necesaria
e imprescindible para posteriormente proceder a su conducción
y traslado, por medio de canalizaciones, hasta pueblos
y terrenos baldíos, que de este modo pasarán
a ser cultivables y productivos».
Para ello, resultaba
fundamental el concurso de la ingeniería, «con
la construcción de la infraestructura de embalses,
canales, acequias, tuberías, desagües y
caminos, paralela a la colonización de las superficies
transformadas. Se establece, de esta manera, un recorrido
que conduce el agua desde el río, con la mediación
del embalse que la encauza, a los canales principales,
y se continua con la derivación a las canalizaciones
secundarias hacia las parcelas de cultivo y finalmente
a las fuentes, abrevaderos y grifos de las casas de
los pueblos de colonización. Todo este proceso
producirá grandes cambios en una escala territorial,
con variaciones fundamentales en el espacio físico
en el que se van a asentar los nuevos pueblos».
Habría que añadir que también conduciría
a «variaciones fundamentales
en el espacio físico» de pueblos
que ya existían desde hacía “apenas”
un milenio atrás.
A partir de entonces,
se iba a intensificar la colaboración entre el
Ministerio de Obras Públicas y el Ministerio
de Agricultura. El primero se responsabilizaría
de la construcción de embalses y pantanos, redes
principales y caminos vecinales, así como de
las obras de abastecimiento de agua, alcantarillado
y acometida de energía eléctrica. El segundo
(del que dependían tanto el INC como el PFE),
de las plantaciones forestales en las cabeceras de los
ríos, las redes secundarias de acequias, desagües
y caminos de servicio, la nivelación de tierras,
la construcción de viviendas para colonos y edificios
de carácter público, la distribución
de energía eléctrica y los bosques de
protección en los nuevos pueblos. Esa relación
se iba a intensificar aún más, si cabe,
con la ley de 19 de diciembre de 1951 sobre repoblación
forestal y ordenamiento de cultivos agrícolas
de los terrenos integrados en las cuencas alimentadoras
de los embalses de regulación. El propio
nombre de la ley lo dice todo.
El Proyecto de
Repoblación del Perímetro denominado Cuenca
del Pantano de Jánovas en la Provincia de Huesca,
del PFE (Iturralde, 1960) reitera explícitamente
la estrecha relación entre este organismo estatal
y las compañías hidroeléctricas,
en una política que no entendía de historia
ni de sentimientos, y con licencia para llevarse por
delante lo que fuese necesario: «La
Sociedad Iberduero, concesionaria del salto de pie de
presa a cuyo cargo está la construcción
del Pantano de Jánovas, está interesadísima
por las causas anteriormente mencionadas en la repoblación
de las laderas que vierten al vaso del pantano, habiéndose
dirigido a esta Brigada con el objeto de llevar a cabo
un plan conjunto de expropiaciones de fincas, cuyo único
destino es el forestal en los términos municipales
de Burgasé y Albella-Jánovas, que aunque
serán inundadas solamente en parte por el pantano,
será precisa la expropiación total de
las mismas ya que al quedar las mejores tierras anegadas
gran parte del vecindario de dichas tierras tendrá
que emigrar por falta de medios de vida».
Quizás ahora se pueda entender mejor qué
era eso de la «falta
de medios de vida», comentada en la
sección anterior y por qué, de golpe hasta
once familias de Burgasé solicitaron ser colonos
en San Lorenzo del Flumen.
El gran interés
del INC por Huesca se debió a la abundancia de
agua en la zona pirenaica, a que era una provincia en
la que el PFE fue particularmente activo y a que no
iban a empezar de cero. La ley de 7 de julio de
1911 sobre Construcciones Hidráulicas con destino
a Riegos condujo a la aprobación del proyecto
o plan de Riegos del Alto Aragón (1913),
una iniciativa inicialmente privada, cuyo pistoletazo
de salida fue la inauguración de las obras del
embalse de La Peña, el 24 de julio de 1913. Sin
embargo, el grueso de las obras no empezaría
hasta 1915, año en el que se promulgó
la ley por la que se asumía la iniciativa pública
y se proporcionaba soporte jurídico a su desarrollo.
Por ese motivo, una parte importante de las obras hidráulicas
que necesitaba el INC para colonizar las zonas de La
Violada, Los Monegros y El Flumen, incluyendo el embalse
de La Sotonera, la acequia de La Violada y el canal
de Monegros, ya estaban acabadas o bastante avanzadas
cuando el INC echó a andar (Figura 27).
La Peña tuvo
el triste honor de ser el primer pueblo del que sus
habitantes tuvieron que marcharse como consecuencia
de una obra hidráulica. Unos años después
le seguirían Barasona y Cáncer (embalse
de Barasona o de Joaquín Costa), y más
adelante ya toda una santa compaña de pueblos
condenados.

Figura 27. Coincidencia
de intereses entre el INC y las grandes obras hidráulicas,
incluyendo las de Riegos del Alto Aragón. Zonas
de actuación del INC en Aragón: Bardenas
y sistema Gállego-Cinca. Fuente: de los Ríos
(1966).
4. Riegos del
Alto Aragón
El interés por
las aguas pirenaicas para alimentar a los regadíos
del sur de la provincia no era nuevo. El primer impulsor
de un proyecto técnicamente factible fue el barbastrense
Miguel Ravella a mediados del siglo XIX. En el Plan
General de Canales de Riego y Pantanos de 1902,
y ya bajo la influencia de Costa, el ingeniero Cleto
Miguel Mantecón defiende que las aguas podrían
ser conducidas a las llanuras de Almudévar y
Tardienta y «más
tarde a la región de los Monegros».
De allí, solo había un paso al plan de
Mariano Lacambra, base del sistema que se construyó
y para el que los ingenieros Joaquín Cajal y
Rafael Izquierdo alumbraron la solución: el inevitable
enlace entre las aguas de los ríos Gállego
y Cinca. Y es que, si bien Costa, antes de dedicarse
exclusivamente al descanso eterno en un terreno de Torrero,
fue testigo de la construcción del Canal de Aragón
y Cataluña que aprovechaba aguas del Ésera,
el peso de los sistemas de riego en el ámbito
oscense iba a recaer sobre esos dos ríos más
occidentales. El primero nace en el Col de l'Aneu (Francia),
junto al Portalet y vierte sus aguas directamente al
Ebro, cerca de la ciudad de Zaragoza; su longitud es
de 193 km y drena una cuenca de 4.020 km², con
un caudal medio de 34,22 m³/s. El Cinca tiene su
nacimiento en el glaciar de Marboré y también
vierte al Ebro, a través del Rio Segre. La unión
del Cinca con el Segre, cerca de Fraga, pero ya en la
provincia de Lérida, representa la mayor confluencia
fluvial de la Península Ibérica. La longitud
del Cinca es de 191 km, con una cuenca de 9.740 km²
y un caudal medio en Fraga de 75,94 m³/s.
Las aguas de estos
dos ríos fueron las que se incluyeron en el Proyecto
de Riegos del Alto Aragón, encargado por
Francisco de Paula Romañá y Suari
(«de la Real Compañía
de Canalización y Riegos del Ebro y de la de
los Ferrocarriles de Madrid á Zaragoza y Alicante»,
¡casi nada!), a los ingenieros José Nicolau
Sabater y Félix de los Ríos Martín,
que lo redactaron siguiendo las ideas de Cajal e Izquierdo.
El proyecto fue redactado en 1912 (Figura 28), presentado
al Ministerio de Fomento en 1913 y aprobado técnica
y económicamente ese mismo año.

Figura 28. Portada
de Riegos del Alto Aragón, Huesca, 1912.
A la derecha, mapa donde se esbozan ya las zonas que
estarían bajo la influencia del canal del Cinca
y del canal de Monegros.
Romañá
y Sauri era un catalán que pasaba algunos veranos
en Jaca. Uno de esos veraneos podría haber sido
la clave de esta historia. El 14 de agosto de 1911,
Francisco de Paula viajaba con su esposa y otra mujer
(su madre o su suegra, dependiendo de las versiones)
de Sabiñánigo a Jaca cuando su vehículo
sufrió un grave accidente a la altura de Martillué
(pueblo de herreros, como su sonoro nombre indica).
Presumiblemente, el accidente no se debió ni
al exceso de tráfico ni al de velocidad. El caso
es que las dos mujeres resultaron gravemente heridas,
pero lograron salvar el pellejo. La experiencia no solo
no le supuso ningún trauma con la provincia,
sino que le hizo estrechar más su vínculo
con el Alto Aragón, como muestra de gratitud
por la recuperación de sus familiares. Eso y
que un emprendedor con posibles como él, miembro
distinguido de la Real Compañía de Canalización
y Riegos del Ebro, sabía que en esta tierra había
un gran negocio en ciernes y quería ser el que
se hiciera con los derechos. Su proyecto tuvo tanta
repercusión que el rey Alfonso XIII le concedió
el título de Barón de Romañá
el 29 de diciembre de 1913, «en
atención a sus méritos en la construcción
del canal de la izquierda del Ebro y Riegos del Alto
Aragón».
El 7 de enero de 1915,
se publica en la Gaceta de Madrid la Ley
por la que se autoriza al Gobierno para la ejecución
de las obras de riego de Alto Aragón (Figura
29). El 9 de enero se volvía a publicar para
corregir un error. El estado no quería saber
nada de concesiones para un reto de esta envergadura.
La iniciativa privada de Romañá se convertía
en una obra pública y el estado pagaría
al barón por los derechos adquiridos.

Figura 29. Estampa
conmemorativa de la Ley por la que se autoriza al
Gobierno para la ejecución de las obras de riego
de Alto Aragón (1915). Romañá
y Suari aparece en la foto inferior. Fuente: Biblioteca
Nacional de España.
Esa ley resultó
tan trascendental para gran parte de la provincia, que
se reproduce íntegramente:
«Don
ALFONSO XIII, por la gracia de Dios y la Constitución,
Rey de España; A todos los que la presente vieren
y entendieren, sabed: que las Cortes han decretado y
Nós sancionado lo siguiente:
Artículo
1. Se autoriza al Gobierno para la ejecución
de las obras de riego del Alto Aragón, con agua
de los ríos Gállego, Cinca, Sotón,
Aztón y Guatizalema, en toda la extensión
necesaria para regar las zonas de Sobrarbe, Somontano
y Monegros.
Artículo
2. El Gobierno resolverá, en vista de los informes
técnicos y de todos los antecedentes que estime
precisos, cuál sea el proyecto que responda mejor,
tanto desde el punto de vista técnico como del
económico, al fin propuesto. Adoptará
asimismo el Gobierno las determinaciones necesarias
para que los trabajos empiecen dentro del primer trimestre
del año 1915, y con arreglo a los estudios hechos
por la Administración pública que sean
aprovechables, cualquiera que fuere el proyecto que
en su día acepte el Gobierno para la ejecución
definitiva de los obras.
Artículo
3. La ejecución de las obras habrá de
realizarse en un plazo máximo de veinticinco
años, distribuyendo el Ministerio de Fomento
el presupuesto total en la forma que exige el desarrollo
de las mismas, para que puedan utilizarse en lo posible
a medida que se construyan, y entendiéndose la
consignación de cada año ampliada en lo
que no hubiera podido gastarse de la correspondiente
a años anteriores.
Artículo
4. Como regla general las obras se harán por
el sistema de Administración, salvo la adquisición
de materiales, que se hará por concurso ó
subasta con arreglo a las disposiciones vigentes. Podrá,
no obstante, emplearse el sistema de subasta en las
obras que por su índole no exijan garantías
especiales. En las obras por Administración podrán
ajustarse destajos parciales que no excedan de 100.000
pesetas.
Artículo
5. El Estado explotará las aguas aplicando las
tarifas que figuren en el proyecto que se adopte.
Artículo
6. Los gastos que origine el cumplimiento de esta ley,
se satisfarán con cargo a los créditos
que para riegos del Alto Aragón se concedan especialmente
en el presupuesto del Ministerio de Fomento.
Por tanto: Mandamos a todos los Tribunales, Justicias,
Jefes, Gobernadores y demás Autoridades, así
civiles como militares y eclesiásticas, de cualquier
clase y dignidad, que guarden y hagan guardar, cumplir
y ejecutar la presente ley en todas sus partes.
Dado
en Palacio a siete de Enero de mil novecientos quince.
El Ministro de Fomento, Javier Ugarte».
Las obras de Riegos
del Alto Aragón arrancaron con el Tramo
I del Canal de Monegros «a
la distancia de setenta y cinco metros de la carretera
de Zaragoza a Francia, hacia el pantano de la Sotonera,
en el término municipal de la Villa de Almudévar».
La solemne inauguración de los trabajos tuvo
lugar el 29 de marzo de 1915 y al acto asistió
el ministro de Fomento, Sr. Ugarte, alcaldes, diputados
provinciales y representantes de las cortes generales,
amén de numerosas autoridades civiles, militares
y eclesiásticas (los tiempos no han cambiado
tanto), ante «un público
emocionado».
El éxito no
le hizo olvidar a Romañá lo acontecido
un par de años antes y, fiel a la promesa que
debió hacer en su día, «el
barón de Romañá ha ordenado el
emplazamiento de una artística Lauda en el kilómetro
10 de la carretera de Biescas (puente de Martillué)
en recuerdo del accidente automovilístico que
en dicho punto sufrió el verano de 1911 y del
cual milagrosamente salió con vida y con él
su madre y hermana política»
(Heraldo de Aragón, 26 de marzo de 1915).
Esta historia fue recuperada en 2011 por Rafael Ballesteros
en su blog DesEquiLIBROS. Contra viento y marea,
la lauda sigue en el lugar en el que se erigió
hace más de un siglo y dice lo siguiente: «Testimonio
de gratitud a dios omnipotente que ofrece Francisco
de P. Romañá Suari por haberle librado
de la muerte juntamente con su familia en un accidente
de automóvil ocurrido en este sitio el día
XIV de agosto de MCMXI» (Figura 30).
El barón falleció
en el año 1950 y existe una calle con su nombre
en algunas de las localidades de los Monegros oscenses
que se verían beneficiadas con su proyecto, como
Lanaja o Robres. No busquen una calle con su nombre
en Lanuza, Polituara, Mediano, Clamosa, Lacort, Jánovas,
Burgasé o Ligüerre de Ara.

Figura 30. Lauda conmemorativa
del accidente sufrido por Romañá y familia,
en las cercanías de Martillué (Fuente:
blog DesEquiLibros, 2011).
En cualquier caso,
el proyecto, cuyo desmesurado objetivo era llevar artificialmente
agua del Pirineo para regar 300.000 hectáreas
en las comarcas de Sobrarbe, Somontano y Monegros (80.000
a través del Canal de Cinca y 220.000 del de
Monegros, 142.000 de ellas al sur de la sierra de Alcubierre),
salió adelante… hasta nuestros días.
Así nació el sistema denominado Gállego-Cinca,
una infraestructura de captación y transporte
de agua que actualmente riega una superficie de unas
124.500 hectáreas ubicadas entre las provincias
de Huesca y Zaragoza, fundamentalmente en los Monegros
(lo de que iba a regar terrenos en el Sobrarbe pasó
a mejor vida) (Figuras 27 y 31). El sistema se abastece
a partir de cinco embalses de cabecera (Lanuza, Búbal,
Mediano, El Grado y Ardisa, al que estaba previsto que
se sumara el fantasma de Jánovas), y uno en derivación
(La Sotonera). Desde estos embalses parte la mayor red
de canales y acequias de Europa, con aproximadamente
2.000 kilómetros, destacando por su magnitud
el Canal de Gállego, el Canal de Monegros, el
Canal de Violada, el Canal del Cinca y el Canal del
Flumen.
El crucial Plan
Nacional de Obras Hidráulicas de 1933, citado
anteriormente, tuvo muy en cuenta a Riegos del Alto
Aragón, descartando cualquier caudal procedente
del río Aragón, propugnando el aprovechamiento
de los diversos afluentes del Cinca que atraviesan la
sierra de Guara para transformar regadíos locales,
suprimiendo un embalse previsto en Castejón del
Puente, pero proponiendo el de Jánovas y el de
Torreciudad (que posteriormente pasará a denominarse
de El Grado), entre otras medidas. Obviamente, el proyecto
de ley de Plan Parcial de Obras Hidráulicas a
ejecutar en 6 anualidades, aprobado por Decreto 7 de
julio de 1936, tuvo poco recorrido, pero incluyó
algunas acequias de riego derivadas de los canales de
Monegros y Flumen (acequias de Lalueza, Rufas, Capdesaso,
Marcén y acequias derivadas del tramo II del
canal de Monegros).

Figura 31. Esquema
del sistema Gállego-Cinca. Faltan los embalses
de Lanuza y Búbal, en el Valle de Tena, aguas
arriba del río Gállego. Fuente: Riegos
del Alto Aragón.
Tras el parón
de la Guerra Civil y pese a la precariedad generalizada,
Riegos del Alto Aragón recibió
un nuevo impulso con la entrada en servicio del acueducto
de Tardienta y del tramo segundo del canal de Monegros
(1941), y la explotación parcial del embalse
de La Sotonera (1945). La Orden de 16 de enero de
1952 por la que se dictan normas para el desarrollo
de las obras que se indican (BOE de 31 de enero
de 1952) dictó las normas de desarrollo de los
grandes planes hidráulicos en el Ebro: (a) pantano
de Yesa y canal de las Bárdenas, (b) Riegos del
Alto Aragón, y (c) Canal de Aragón y Cataluña.
Las premisas fundamentales fueron las siguientes:
• Las aguas
del pantano de Yesa eran para los riegos de su propio
valle, las Bárdenas, Cinco Villas y demás
zonas de recorrido del Canal y únicamente las
sobrantes, si las hubiese, podrían auxiliar a
los Riegos del Alto Aragón.
• Las aguas del
Gállego que se derivasen al pantano de La Sotonera,
y las del Cinca, reguladas por el embalse de Mediano,
se destinarían a los Riegos del Alto Aragón
en sus zonas de Sobrarbe, Somontano y los Monegros,
así como a los riegos del propio valle del Cinca.
• Los riegos
del canal de Aragón y Cataluña procederían
del Ésera y del Noguera Ribagorzana, a partir
del pantano de Barasona y del de Santa Ana, respectivamente.
La historia a partir
de entonces fue feliz para unos cuantos y muy triste
para otros, cuya opinión nunca se llegó
a tener en cuenta. Quien quiera saber más sobre
la parte feliz, incluyendo la brillantez de los datos
técnicos, puede acudir a la prolija página
web de Riegos del Alto Aragón, llena de detalles
deslumbrantes. Mucha tecnología, mucha tecnología,
pero seguimos mirando hacia el cielo cuando no llueve,
hoy igual que hace un siglo. Para los interesados en
la otra versión de la historia, se recomienda
el libro de Marisancho Menjón, Jánovas:
víctimas de un pantano de papel (Pirineum,
2006), el documental/libro Mediano. La memoria ahogada
(Aragón TV, 2010) o la página de
la Asociación Prodefensa de Tiermas.
No obstante, la historia
no acaba aquí. La insaciable voracidad de Riegos
del Alto Aragón y de las grandes empresas
hidroeléctricas no cede ni ante los varapalos
judiciales y siempre está con un ojo avizor por
si se puede recrecer una presa o por si, tras Almudévar,
podría caer todavía Biscarrués
(Figura 32) o por si se pueden aumentar las zonas de
riego al sur de la provincia, a pesar del valor ecológico
de las zonas que se anegarían y del drama social
para los pueblos que puedan verse afectados por los
fantasmas del pasado que, como los del Roxy, «no
descansan en paz» (Serrat, J.M. Los
fantamas del Roxy, Bienaventurados,1987).
Los tiempos no cambian
tanto para muchas cosas. El 21 de abril de 2017, aparecía
un comunicado en la página oficial del Palacio
de la Moncloa, que bajo el título Urgente
ocupación de los bienes afectados por las obras
del embalse de Almudévar (Huesca) rezaba
lo siguiente: «El Consejo
de Ministros ha aprobado el acuerdo por el que se declara
la urgente ocupación de los bienes afectados
por la ejecución de las obras incluidas en el
proyecto de construcción del embalse de Almudévar,
en la provincia de Huesca. El pago por estas expropiaciones
se estima en 37.700.000 euros.
De
conformidad con el artículo 52 de la Ley de Expropiación
Forzosa, de 16 de diciembre de 1954, y el artículo
56 de su Reglamento de desarrollo, aprobado por un decreto
del 26 de abril de 1957, se declara la urgente ocupación
de los terrenos, bienes y servicios afectados por la
construcción del embalse de Almudévar,
destinado a la regulación de los riegos del Alto
Aragón que afectan a los términos municipales
de Almudévar, Huesca, Vicién, Tardienta
y Sangarrén, en la provincia de Huesca.
Este
proyecto, que responde a una importante demanda social,
prevé paliar los efectos de la sequía,
ya que no solo repercute en los propios agricultores
por la disminución de sus ingresos, sino que
también repercute en todo el tejido social, en
el área económica y, principalmente, en
el crecimiento o mantenimiento del empleo. El Ministerio
de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio
Ambiente aprobó el pasado mes de marzo el proyecto
de construcción del embalse de Almudévar,
con una inversión de 102.204.834 euros. Las obras
contemplan la construcción de un embalse con
capacidad para almacenar 169,41 hectómetros cúbicos
de agua mediante dos presas (diques) de materiales sueltos
que cierran, en sus costados occidental y oriental,
una amplia vaguada natural cercana al municipio oscense
de Almudévar. Esta actuación se completará
con la construcción de una estación de
bombeo, una subestación eléctrica y la
reposición de los caminos afectados.
Esta
nueva infraestructura hidráulica tiene como principal
objetivo regular los riegos del Alto Aragón,
ya que permitirá que los caudales procedentes
del río Gállego que superen la capacidad
de embalse de La Sotonera, así como los excedentes
de regulación del río Cinca, puedan almacenarse
durante los períodos de mayor aportación
para, en los momentos de escasez, ponerlos a disposición
del sistema.
El
embalse de Almudévar forma parte del proyecto
Biscarrués-Almudévar, que tiene como principal
objetivo regular los Riegos del Alto Aragón,
permitiendo, por un lado la laminación de las
avenidas del río Gállego y, por otro,
aportar caudales al Sistema de Riegos del Alto Aragón,
lo que redundará en un incremento de las garantías
del sistema.
El conjunto de estas dos actuaciones constituye la empresa
de mayor importancia de las que se están acometiendo
en España en materia hidráulica, tanto
por su singularidad como por su oportunidad, y demuestran
el compromiso del Gobierno por cubrir las necesidades
hídricas de la Comunidad Autónoma de Aragón».
El 30 de enero de 2018
se publicó una nota de prensa anunciando que
«el Ministerio de Agricultura
y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente inicia
los trabajos de construcción del embalse de Almudévar
(Huesca), a través de la Confederación
Hidrográfica del Ebro».

Figura 32. Se repite
la historia: Biscarrués, Almudévar…
5. Referencias
y lecturas recomendadas
Alagón, J.M.
2013. El medio rural al servicio del régimen
de Franco: Los pueblos de Colonización de la
zona de Almudévar. En: Las Artes y la
Arquitectura del Poder, Mínguez, V. (ed.),
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https://www.elturistatranquil.com/pueblos-de-colonizacion-agraria-de-los-monegros-huesca-zaragoza/
https://jose-borobio.com/
https://www.riogallego.org/
https://www.lamoncloa.gob.es/consejodeministros/Paginas/enlaces/21042017-enlaceembalse.aspx
http://riegosaltoaragon.es/
https://www.rondadors.com/
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