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Arrieros del Alto Aragón Arrieros del Alto Aragón
Una vida en el camino:
Presentación.
  Juan Miguel Rodríguez Gómez
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Empecé a frecuentar la provincia de Huesca en la segunda mitad de la década de los años 80, atraído y atrapado por su fauna y por sus otras muchas bellezas naturales. La zona del Pirineo, desde Ansó hasta Benasque, se llevaba la palma debido a su hipnótico impacto visual. Aunque por aquel entonces no había recorrido mucho mundo, podía entender perfectamente a Henry Patrick Marie Russell-Killough (1878) cuando afirmaba que había «visto bastantes montañas: el Himalaya, los Andes, los picos fúnebres de Nueva Zelanda, los Alpes y el Altai; todas, más nevadas que ahora. Durante toda mi vida he amado, yo diría que he adorado a las montañas, ascendiéndolas con pasión. Puedo comparar entre sí a muchas de ellas; pero, por ciego que sea el amor, creo tener razón al admirar más que nunca a los Pirineos, a su cielo tan azul y limpio, a sus hielos resplandecientes, a sus aspectos vaporosos, a las llanuras ardientes y aterciopeladas adormecidas en su base bajo el sol más hermoso, y a esas aguas maravillosas que escapan de las nieves con furor, para calmarse enseguida sobre céspedes horizontales y serpentear en silencio entre tapices de flores tan raras y encantadoras que apenas nadie osa caminar sobre ellas. En la naturaleza pirenaica existe una poesía extrema, una armonía de formas, colores y contrastes que no he visto en ninguna otra parte».

Pero la zona prepirenaica, con sus tremendos barrancos y sus innumerables sorpresas, fue ocupando un espacio creciente en mis pensamientos. En aquel momento, el Vero, el Mascún y compañía no sufrían la masificación actual. Una tarde deambulaba por Alquézar tras una jornada en el Vero, como otras veces (Figura 1). Un problema con una zapatilla me obligó a sentarme un momento. Pudo haber sido en cualquier otro sitio, pero fue al lado mismo del portal de Casa Jabonero.

Figura 1. Alquézar, donde empezó esta historia. Juan M. Rodríguez.

 

Casi simultáneamente apareció por la puerta un señor mayor con el que, tras los saludos de cortesía, empecé a entablar conversación. Le comenté que días antes había estado por Ordesa y había llegado a Alquézar por Broto, Fiscal, Boltaña, Fuebla, Las Bellostas, Sarsa de Surta, el mesón de Sevil y San Pelegrín. Los ojos de Pedro Felipe, mi interlocutor, brillaron: «Anda que no he gastado alpargatas por esos pueblos…». Me empezó a contar todo tipo de anécdotas, especialmente de una serie de pueblos de los que no había oído hablar hasta entonces (Cortillas, Basarán, Otal…), ubicados en una zona muy desconocida en aquel momento: Sobrepuerto. Enrique Satué y José María Satué empezaban a escribir sus artículos y libros por esa época mientras que Julio Llamazares todavía no había publicado La lluvia amarilla (1988), novela que sacó a Sobrepuerto del anonimato. Pedro Felipe también me habló de Fabián (Casa Fabián), otro alquezrano con el que compartió oficio (arriero) y parte del camino; solían hacer juntos el tramo entre Alquézar hasta Barranco Fondo y, una vez allí, Pedro seguía el curso del Ara mientras que Fabián emprendía el del Guarga. Poco después conocí a Fabián cuya casa, con muchos enseres representativos del oficio de trajinero, se convirtió en museo etnológico en 1994. Pedro me habló de arrieros de otras localidades (Buera, Colungo, Alberuela, Adahuesca, Casbas…) pero, en sus propias palabras, la «universidad de los arrieros» se encontraba en una localidad no muy lejana: Naval. Era donde más arrieros había habido y los que más lejos llegaban. Con algunos había coincidido por caminos y pueblos.

Su conversación fue tan impactante que al día siguiente tenía dos nuevos objetivos: conocer Sobrepuerto y conocer Naval. Desafortunadamente, no tuve muchas más ocasiones de hablar con Pedro ya que falleció en diciembre de 1989. El capítulo 4 del segundo volumen está dedicado a su memoria. Eso sí, me dejó claro que los arrieros no habían desaparecido, sino que simplemente se habían transmutado en camioneros y, como transportistas profesionales, seguían siendo tan esenciales como lo habían sido ellos. La pandemia de la COVID-19 confirmó la perenne esencialidad de ese oficio.

El caso es que empezaba a darme cuenta de que el pirineo y prepirineo aragonés no solo contenía una naturaleza impresionante sino que, íntimamente entremezclada con ella, existían historias de pueblos, personas y oficios igualmente hechizantes. En Sobrepuerto conocí a otra persona esencial para esta historia de los arrieros: Julio Gavín Moya, a la sazón presidente de Amigos de Serrablo (Figura 2). Tras coincidir dos o tres veces por la zona, empezamos a quedar en su casa cada vez que pasaba por Sabiñánigo, frecuentemente en compañía de Javier Arnal y algún que otro antiguo habitante del Sobrepuerto. Sabía cómo implicar a la gente: «Ves esa montaña; pues dentro de 500 años seguirá más o menos igual. Sin embargo, esos arrieros que conoces, que tan importantes fueron, van a desaparecer todos en unos pocos años y no quedará ningún testimonio de su actividad». Como dijo el citado Julio Llamazares, «así nos sentimos nosotros cuando, con una edad, comprendemos que ya es tarde para muchas cosas: para escuchar a nuestros mayores, para conocer sus vidas». Caí de lleno en el anzuelo.

 


Figura 2. Julio Gavín esbozando uno de sus dibujos, más o menos en la época
en la que lo conocí. Fuente: Amigos de Serrablo.

 

También fui a Naval y de alguna manera me quedé allí para siempre. Algunos antiguos habitantes de Sobrepuerto me habían confirmado que, además de Pedro Felipe, pasaban por allí regularmente varios arrieros de Naval: Mamón, Banastón, Cardelina, Perús… La primera vez que llegué a Naval fui directo a su plaza mayor y pregunté, a la primera persona que me encontré, si conocía a algunos de esos antiguos arrieros (cruzando los dedos para que siguieran estando vivos). No iba mal encaminado. Mi informante gritó «¡Antonio, Antonio! Usted subía por esos pueblos de allí arriba a vender, ¿no?». Y es que, a apenas 15 o 20 metros, en un banco de la plaza estaba sentado el mismísimo Antonio Bellosta (Banastón de Naval), hijo de otro Antonio Bellosta, el ilustre arriero Mamón. Antonio hijo, ya octogenario, gozaba de una memoria realmente prodigiosa y era una auténtica enciclopedia de la arriería navalesa, entre otros muchos temas (Figura 3). Me presentó a algunos excolegas y me acompañó a un par de incursiones a sus antiguos territorios comerciales (ver capítulo 1 del segundo volumen). También me presentó a Simón Carruesco, sastre de Naval y músico en sus años mozos, quien, siempre con una amabilidad exquisita, me proporcionó información muy valiosa y fotos inéditas. Toda su familia ha sido importante para este trabajo y, especialmente, sus hijas Lucia y Pili (con la que leí todas las partidas de nacimiento existentes en el ayuntamiento de Naval) y su yerno José, un entusiasta de Naval.

 


Figura 3. Antonio Bellosta en los soportales de la Plaza Mayor de Naval, 2006.
Juan M. Rodríguez.


Poco a poco fui reuniendo información sobre las andanzas de los arrieros por el Alto Aragón y, a partir del año 2000 y apremiado por Julio Gavín, empecé a publicar esas historias en la revista Serrablo. Esos primeros artículos constituyen el embrión de este libro. A medida que encontraba más información, fui dividiendo el proyecto en varias partes. En primer lugar, la historia de los arrieros altoaragoneses desde que aparecieron (¿allá por el Neolítico?) hasta sus últimos estertores, cuando las caballerías fueron completamente sustituidas por otras formas de transporte. Esta parte se recoge en los dos primeros volúmenes de esta saga. Las siguientes partes, que aparecerán en los volúmenes tercero y cuarto, se dedican al alojamiento, las caballerías, los utensilios de transporte y la función sociocultural de los arrieros, con testimonios de personas que convivieron con ellos o de sus descendientes. Finalmente, los dos últimos volúmenes versarán sobre los productos que transportaron, muchos de ellos básicos (sal, aceite, vino, vajilla, metales…).

Pronto me di cuenta de que había muchos aspectos relacionados con la vida de los arrieros que se escapaban de mis áreas de confort y empecé a contactar con expertos en esas temáticas. A la mayoría no los conocía previamente pero casi todos accedieron a participar en esta aventura. Son los co-autores de este libro (y de los que seguirán) y les estaré eternamente agradecido por su aportación… y por su paciencia ya que los manuscritos que conforman buena parte de estos libros languidecieron durante varios años en el Instituto de Estudios Aragoneses (IEA), con la eterna promesa de su publicación. Durante este tiempo han fallecido arrieros y familiares de arrieros a los que les habría hecho mucha ilusión ver sus historias impresas. Por ese motivo, y antes de que Caronte ayude a algunos más a cruzar el río (toquemos madera), tomé la decisión de autoeditarlos. Y aquí está el primero...

La historia de los arrieros, los productos que compraban, vendían o intercambiaban, su papel como transmisores de cultura, noticias y chascarrillos… Es la historia misma del Alto Aragón y del mundo, en general. Como bien dice, Blas Coscollar, presidente de la cofadría (sic) de San Bruno Fierro, maestro constructor de dulzainas, guarda custodio del cancionero altoaragonés (y de muchos otros sitios), esta saga debería titularse A propósito de los arrieros del Alto Aragón ya que, con la excusa de hablar sobre este entrañable oficio, al final tratamos sobre prácticamente todas las cosas que pasaban en la vida altoaragonesa hasta hace unas pocas décadas.

Como orgulloso fan de La Ronda de Boltaña siempre tuve claro que la guinda a este agradable esfuerzo, que tantas satisfacciones me ha reportado, sería una canción del mítico grupo que tanto ha contribuido a la dignificación del porrón y al reconocimiento de la humilde albahaca. Escribí en 2003 al correo electrónico de Chuflián del Albéitar para ver si se animaban a tocar en algún pueblo deshabitado de Sobrepuerto, un día de esos en los que se reúnen los antiguos habitantes (¡qué pocos quedan!) y sus descendientes. Di a la tecla de enviar mensaje como el naufrago en una isla desierta que lanza una botella con mensaje al mar infinito. Vamos, que no tenía grandes esperanzas de obtener contestación. Pero esta no tardó mucho en llegar y vino con sorpresa; la Ronda (en versión reducida) iba a tocar solo unas semanas después en Otal, en la reunión anual del antiguo vecindario para celebrar la festividad de San Ramón (Figura 4).

Y allí nos conocimos. No sabían bien Pilar y Julián donde se metían cuando accedieron a que les enviara algunos de mis primeros escritos sobre los arrieros. Pero el caso es que parecían grandes masoquistas: lejos de decir basta, pedían más. Las zurriagas de Julio Gavín (hasta su fallecimiento el 12 de junio de 2006) y de Casa L’Albéitar funcionaron bien y en pocos años ya había escrito numerosos capítulos para el incipiente libro. Antes de entregar el libro al IEA, pedí a Pilar/Julián unas palabras para esta presentación, que rezan así:

«En casa nuestra, muchas veces oímos hablar de arrieros. A nuestro padre le gustaba contar historias, chascarrillos, cuentos… y estos transportistas aparecían de vez en cuando. Pero nunca conocimos a un viejo arriero.

Ya éramos bien grandes cuando conocimos al único que hoy sigue. No es un arriero de caballerías, ni transporta sal, vino, aceite, quesos o pucheros de barro. Es el arriero de las palabras, de la historia. Él nos cuenta, le contamos, lo cuenta en su siguiente parada, nos devuelve la información pedida, nos informa de las nuevas rutas que acaba de abrir y nosotros nos hacemos ricos enviando por ellas nuestras pequeñas “mercancías”. Él recopila historias que acumula en su zurrón sin fondo –su prodigiosa memoria-, pero que también comparte y al trueque –el inmortal trueque- recibe más historias que sigue compartiendo.

Y hoy tenemos en nuestras manos el almacén entero de nuestro arriero Juan Miguel, lleno a rebosar de historias que nos ayudan a entender que este mundo solo es la criatura de un mundo anterior, y ese a su vez, de otro anterior. Y así desde siempre.

Que para llegar aquí hemos tenido que andar muchos caminos que no conviene olvidar, para volver a andarlos si acaso fuera necesario.

Llegar al final de cada ruta por esos caminos pedregosos, estrechos y largos, muy largos, costó muchas horas, y precisó de arrieros fuertes, experimentados, “advertidos”, despiertos y adaptados al entorno. Así este libro, que al ir recogiendo cada piedrecita, cada hoja caída, cada mota de polvo del camino que otros habían andado, precisó de los mismos ingredientes, tiempo, energías, experiencia, tesón e inteligencia. La mercancía es una joya, y la relación con el arriero, un tesoro. Ahora, solo nos queda disfrutarlo y compartirlo con las nuevas criaturas que serán».


Figura 4. La Ronda de Boltaña en Otal, 30 de agosto de 2003. Juan M.
Rodríguez


El caso es que esos capítulos que enviaba a L’Albéitar fueron pasando a otros miembros de La Ronda. El 7 de julio de 2018 la Ronda actuó en Escartín, otro pueblo del Sobrepuerto (Figura 5). Además de ser el día elegido por los antiguos habitantes para su reunión anual (primer sábado de julio), se aprovechó ese día para que el equipo de Jordi Évole rodara una parte de un programa dedicado a la centenaria nativa Julia Buisán, a la que llevaron en helicóptero para la ocasión. Ese día, Manuel Domínguez, me dijo que todavía no me podía asegurar nada pero que si las musas no se portaban mal del todo lo mismo escribía una canción sobre los arrieros para su siguiente disco (Bailando entre las ruinas, 2019). Parecía que se iba a quedar en el tintero, pero poco antes de que se cerrase el disco, y sobre música de su hermano Martín, escribió las letras más bonitas que se hayan escrito jamás sobre los arrieros (que me perdonen Jorge Cafrune y Atahualpa Yupanqui)… y especialmente sobre la despoblación de La Montaña. Lo que son las cosas: ¡más de 20 años de trabajo, horas y horas en bibliotecas, archivos y pegado al ordenador, para que ahora viniera este señor y explique mejor, en apenas 3 minutos y 50 segundos, lo que hemos tratado de plasmar en varios centenares de hojas! Fue una pena que poco después de grabarse el disco apareciera el maldito coronavirus, que debió causar estragos en el gusto musical de los españoles e impidió que En la cruz de las tormentas (El último arriero) se aupase a lo más alto del hit parade de 2019, por encima de las canciones de Maluma, Rosalía, Anuel AA, Ozuna, Bad Bunny, J Balvin, Aitana o Lola Índigo. Tampoco pudieron dormir tranquilos Rihanna, Maroon 5, Taylor Swift, Ed Sheeran, Adele o Shawn Mendes, pensando que la canción bien podría haber atravesado el charco.

 


Figura 5. La Ronda en Escartín. 7 de julio de 2018. La canción del arriero anda
más cerca. Juan M. Rodríguez.


El caso es que el 24 de julio de 2021, la Ronda toca la canción en Naval, en la misma plaza donde Antonio, que tantas veces estuvo en Otal y en Escartín, cuando estaban vivos, se sentaba a contar sus historias (Figura 6). Cierre del círculo. Y qué menos que “robarles” la canción para utilizarla como prólogo musical a este libro.

 

Figura 6. Cerramos el círculo. El 24 de julio de 2021 la Ronda de Boltaña canta
"El último arriero"" en Naval, en uno de sus primeros conciertos tras el
confinamiento durante la pandemia de COVID-19. La fotografía está tomada
desde el mismo soportal en el que aparece Antonio Bellosta en la Figura 3. En
primer plano, sentado con camisa a cuadros, su hijo Jesús. Juan M. Rodríguez.


Estos libros tienen voluntad de permanecer vivos. Obviamente, hay más información de algunas zonas o localidades que de otras, pero si las personas que lo lean detectan errores, partes que no se han tratado adecuadamente o con suficiente espacio o poseen información o material (fotografías, documentos) que puedan mejorarlo o completarlo, por favor, no se queden con las ganas de contribuir a este trabajo. Les dejo mi correo electrónico (juan@rondadors.com) y estoy a su disposición, igual que han estado a mi disposición los centenares de personas que han contribuido, en mayor o menor medida, a que estos libros sean posibles. Son tantas que, a la fuerza me olvidaría de algunas de ellas en un posible listado de agradecimientos. Por ello, permítanme despedir esta presentación dedicando un enorme ¡Gracias! a todas ellas.

 

Referencias

Llamazares, J. La posmemoria. El País, 29 de noviembre de 2006.
Russell, H. Souvenirs d'un Montagnard. Imprimerie Vignancour. Pau, 1878.