Empecé a
frecuentar la provincia de Huesca en la segunda mitad
de la década de los años 80, atraído
y atrapado por su fauna y por sus otras muchas bellezas
naturales. La zona del Pirineo, desde Ansó hasta
Benasque, se llevaba la palma debido a su hipnótico
impacto visual. Aunque por aquel entonces no había
recorrido mucho mundo, podía entender perfectamente
a Henry Patrick Marie Russell-Killough (1878) cuando
afirmaba que había «visto
bastantes montañas: el Himalaya, los Andes, los
picos fúnebres de Nueva Zelanda, los Alpes y
el Altai; todas, más nevadas que ahora. Durante
toda mi vida he amado, yo diría que he adorado
a las montañas, ascendiéndolas con pasión.
Puedo comparar entre sí a muchas de ellas; pero,
por ciego que sea el amor, creo tener razón al
admirar más que nunca a los Pirineos, a su cielo
tan azul y limpio, a sus hielos resplandecientes, a
sus aspectos vaporosos, a las llanuras ardientes y aterciopeladas
adormecidas en su base bajo el sol más hermoso,
y a esas aguas maravillosas que escapan de las nieves
con furor, para calmarse enseguida sobre céspedes
horizontales y serpentear en silencio entre tapices
de flores tan raras y encantadoras que apenas nadie
osa caminar sobre ellas. En la naturaleza pirenaica
existe una poesía extrema, una armonía
de formas, colores y contrastes que no he visto en ninguna
otra parte».
Pero la zona prepirenaica,
con sus tremendos barrancos y sus innumerables sorpresas,
fue ocupando un espacio creciente en mis pensamientos.
En aquel momento, el Vero, el Mascún y compañía
no sufrían la masificación actual. Una
tarde deambulaba por Alquézar tras una jornada
en el Vero, como otras veces (Figura 1). Un problema
con una zapatilla me obligó a sentarme un momento.
Pudo haber sido en cualquier otro sitio, pero fue al
lado mismo del portal de Casa Jabonero.

Figura 1. Alquézar,
donde empezó esta historia. Juan M. Rodríguez.
Casi simultáneamente
apareció por la puerta un señor mayor
con el que, tras los saludos de cortesía, empecé
a entablar conversación. Le comenté que
días antes había estado por Ordesa y había
llegado a Alquézar por Broto, Fiscal, Boltaña,
Fuebla, Las Bellostas, Sarsa de Surta, el mesón
de Sevil y San Pelegrín. Los ojos de Pedro Felipe,
mi interlocutor, brillaron: «Anda que no he
gastado alpargatas por esos pueblos…».
Me empezó a contar todo tipo de anécdotas,
especialmente de una serie de pueblos de los que no
había oído hablar hasta entonces (Cortillas,
Basarán, Otal…), ubicados en una zona muy
desconocida en aquel momento: Sobrepuerto. Enrique Satué
y José María Satué empezaban a
escribir sus artículos y libros por esa época
mientras que Julio Llamazares todavía no había
publicado La lluvia amarilla (1988), novela
que sacó a Sobrepuerto del anonimato. Pedro Felipe
también me habló de Fabián (Casa
Fabián), otro alquezrano con el que compartió
oficio (arriero) y parte del camino; solían hacer
juntos el tramo entre Alquézar hasta Barranco
Fondo y, una vez allí, Pedro seguía el
curso del Ara mientras que Fabián emprendía
el del Guarga. Poco después conocí a Fabián
cuya casa, con muchos enseres representativos del oficio
de trajinero, se convirtió en museo etnológico
en 1994. Pedro me habló de arrieros de otras
localidades (Buera, Colungo, Alberuela, Adahuesca, Casbas…)
pero, en sus propias palabras, la «universidad
de los arrieros» se encontraba en una localidad
no muy lejana: Naval. Era donde más arrieros
había habido y los que más lejos llegaban.
Con algunos había coincidido por caminos y pueblos.
Su conversación
fue tan impactante que al día siguiente tenía
dos nuevos objetivos: conocer Sobrepuerto y conocer
Naval. Desafortunadamente, no tuve muchas más
ocasiones de hablar con Pedro ya que falleció
en diciembre de 1989. El capítulo 4 del segundo
volumen está dedicado a su memoria. Eso sí,
me dejó claro que los arrieros no habían
desaparecido, sino que simplemente se habían
transmutado en camioneros y, como transportistas profesionales,
seguían siendo tan esenciales como lo habían
sido ellos. La pandemia de la COVID-19 confirmó
la perenne esencialidad de ese oficio.
El caso es que empezaba
a darme cuenta de que el pirineo y prepirineo aragonés
no solo contenía una naturaleza impresionante
sino que, íntimamente entremezclada con ella,
existían historias de pueblos, personas y oficios
igualmente hechizantes. En Sobrepuerto conocí
a otra persona esencial para esta historia de los arrieros:
Julio Gavín Moya, a la sazón presidente
de Amigos de Serrablo (Figura 2). Tras coincidir dos
o tres veces por la zona, empezamos a quedar en su casa
cada vez que pasaba por Sabiñánigo, frecuentemente
en compañía de Javier Arnal y algún
que otro antiguo habitante del Sobrepuerto. Sabía
cómo implicar a la gente: «Ves
esa montaña; pues dentro de 500 años seguirá
más o menos igual. Sin embargo, esos arrieros
que conoces, que tan importantes fueron, van a desaparecer
todos en unos pocos años y no quedará
ningún testimonio de su actividad».
Como dijo el citado Julio Llamazares, «así
nos sentimos nosotros cuando, con una edad, comprendemos
que ya es tarde para muchas cosas: para escuchar a nuestros
mayores, para conocer sus vidas». Caí
de lleno en el anzuelo.

Figura 2. Julio Gavín
esbozando uno de sus dibujos, más o menos en
la época
en la que lo conocí. Fuente: Amigos de Serrablo.
También fui
a Naval y de alguna manera me quedé allí
para siempre. Algunos antiguos habitantes de Sobrepuerto
me habían confirmado que, además de Pedro
Felipe, pasaban por allí regularmente varios
arrieros de Naval: Mamón, Banastón,
Cardelina, Perús… La primera vez que
llegué a Naval fui directo a su plaza mayor y
pregunté, a la primera persona que me encontré,
si conocía a algunos de esos antiguos arrieros
(cruzando los dedos para que siguieran estando vivos).
No iba mal encaminado. Mi informante gritó «¡Antonio,
Antonio! Usted subía por esos pueblos de allí
arriba a vender, ¿no?». Y es
que, a apenas 15 o 20 metros, en un banco de la plaza
estaba sentado el mismísimo Antonio Bellosta
(Banastón de Naval), hijo de otro Antonio Bellosta,
el ilustre arriero Mamón. Antonio hijo,
ya octogenario, gozaba de una memoria realmente prodigiosa
y era una auténtica enciclopedia de la arriería
navalesa, entre otros muchos temas (Figura 3). Me presentó
a algunos excolegas y me acompañó a un
par de incursiones a sus antiguos territorios comerciales
(ver capítulo 1 del segundo volumen). También
me presentó a Simón Carruesco, sastre
de Naval y músico en sus años mozos, quien,
siempre con una amabilidad exquisita, me proporcionó
información muy valiosa y fotos inéditas.
Toda su familia ha sido importante para este trabajo
y, especialmente, sus hijas Lucia y Pili (con la que
leí todas las partidas de nacimiento existentes
en el ayuntamiento de Naval) y su yerno José,
un entusiasta de Naval.

Figura 3. Antonio Bellosta en
los soportales de la Plaza Mayor de Naval, 2006.
Juan M. Rodríguez.
Poco a poco fui reuniendo información sobre las
andanzas de los arrieros por el Alto Aragón y,
a partir del año 2000 y apremiado por Julio Gavín,
empecé a publicar esas historias en la revista
Serrablo. Esos primeros artículos constituyen
el embrión de este libro. A medida que encontraba
más información, fui dividiendo el proyecto
en varias partes. En primer lugar, la historia de los
arrieros altoaragoneses desde que aparecieron (¿allá
por el Neolítico?) hasta sus últimos estertores,
cuando las caballerías fueron completamente sustituidas
por otras formas de transporte. Esta parte se recoge
en los dos primeros volúmenes de esta saga.
Las siguientes partes, que aparecerán en los
volúmenes tercero y cuarto, se dedican al alojamiento,
las caballerías, los utensilios de transporte
y la función sociocultural de los arrieros, con
testimonios de personas que convivieron con ellos o
de sus descendientes. Finalmente, los dos últimos
volúmenes versarán sobre los productos
que transportaron, muchos de ellos básicos (sal,
aceite, vino, vajilla, metales…).
Pronto me di cuenta
de que había muchos aspectos relacionados con
la vida de los arrieros que se escapaban de mis áreas
de confort y empecé a contactar con expertos
en esas temáticas. A la mayoría no los
conocía previamente pero casi todos accedieron
a participar en esta aventura. Son los co-autores de
este libro (y de los que seguirán) y les estaré
eternamente agradecido por su aportación…
y por su paciencia ya que los manuscritos que conforman
buena parte de estos libros languidecieron durante varios
años en el Instituto de Estudios Aragoneses
(IEA), con la eterna promesa de su publicación.
Durante este tiempo han fallecido arrieros y familiares
de arrieros a los que les habría hecho mucha
ilusión ver sus historias impresas. Por ese motivo,
y antes de que Caronte ayude a algunos más
a cruzar el río (toquemos madera), tomé
la decisión de autoeditarlos. Y aquí está
el primero...
La historia de los
arrieros, los productos que compraban, vendían
o intercambiaban, su papel como transmisores de cultura,
noticias y chascarrillos… Es la historia misma
del Alto Aragón y del mundo, en general. Como
bien dice, Blas Coscollar, presidente de la cofadría
(sic) de San Bruno Fierro, maestro constructor
de dulzainas, guarda custodio del cancionero altoaragonés
(y de muchos otros sitios), esta saga debería
titularse A propósito de los arrieros del
Alto Aragón ya que, con la excusa de hablar
sobre este entrañable oficio, al final tratamos
sobre prácticamente todas las cosas que pasaban
en la vida altoaragonesa hasta hace unas pocas décadas.
Como orgulloso fan
de La Ronda de Boltaña siempre tuve claro que
la guinda a este agradable esfuerzo, que tantas satisfacciones
me ha reportado, sería una canción del
mítico grupo que tanto ha contribuido a la dignificación
del porrón y al reconocimiento de la humilde
albahaca. Escribí en 2003 al correo electrónico
de Chuflián del Albéitar para
ver si se animaban a tocar en algún pueblo deshabitado
de Sobrepuerto, un día de esos en los que se
reúnen los antiguos habitantes (¡qué
pocos quedan!) y sus descendientes. Di a la tecla de
enviar mensaje como el naufrago en una isla desierta
que lanza una botella con mensaje al mar infinito. Vamos,
que no tenía grandes esperanzas de obtener contestación.
Pero esta no tardó mucho en llegar y vino con
sorpresa; la Ronda (en versión reducida) iba
a tocar solo unas semanas después en Otal, en
la reunión anual del antiguo vecindario para
celebrar la festividad de San Ramón (Figura 4).
Y allí nos
conocimos. No sabían bien Pilar y Julián
donde se metían cuando accedieron a que les enviara
algunos de mis primeros escritos sobre los arrieros.
Pero el caso es que parecían grandes masoquistas:
lejos de decir basta, pedían más. Las
zurriagas de Julio Gavín (hasta su fallecimiento
el 12 de junio de 2006) y de Casa L’Albéitar
funcionaron bien y en pocos años ya había
escrito numerosos capítulos para el incipiente
libro. Antes de entregar el libro al IEA, pedí
a Pilar/Julián unas palabras para esta presentación,
que rezan así:
«En
casa nuestra, muchas veces oímos hablar de arrieros.
A nuestro padre le gustaba contar historias, chascarrillos,
cuentos… y estos transportistas aparecían
de vez en cuando. Pero nunca conocimos a un viejo arriero.
Ya éramos bien grandes cuando conocimos al único
que hoy sigue. No es un arriero de caballerías,
ni transporta sal, vino, aceite, quesos o pucheros de
barro. Es el arriero de las palabras, de la historia.
Él nos cuenta, le contamos, lo cuenta en su siguiente
parada, nos devuelve la información pedida, nos
informa de las nuevas rutas que acaba de abrir y nosotros
nos hacemos ricos enviando por ellas nuestras pequeñas
“mercancías”. Él recopila
historias que acumula en su zurrón sin fondo
–su prodigiosa memoria-, pero que también
comparte y al trueque –el inmortal trueque- recibe
más historias que sigue compartiendo.
Y
hoy tenemos en nuestras manos el almacén entero
de nuestro arriero Juan Miguel, lleno a rebosar de historias
que nos ayudan a entender que este mundo solo
es la criatura de un mundo anterior, y ese a su vez,
de otro anterior. Y así desde siempre.
Que para llegar aquí hemos tenido que andar muchos
caminos que no conviene olvidar, para volver a andarlos
si acaso fuera necesario.
Llegar
al final de cada ruta por esos caminos pedregosos, estrechos
y largos, muy largos, costó muchas horas, y precisó
de arrieros fuertes, experimentados, “advertidos”,
despiertos y adaptados al entorno. Así este libro,
que al ir recogiendo cada piedrecita, cada hoja caída,
cada mota de polvo del camino que otros habían
andado, precisó de los mismos ingredientes, tiempo,
energías, experiencia, tesón e inteligencia.
La mercancía es una joya, y la relación
con el arriero, un tesoro. Ahora, solo nos queda disfrutarlo
y compartirlo con las nuevas criaturas que serán».

Figura 4. La Ronda de Boltaña
en Otal, 30 de agosto de 2003. Juan M.
Rodríguez
El caso es que esos capítulos que enviaba a L’Albéitar
fueron pasando a otros miembros de La Ronda. El 7 de
julio de 2018 la Ronda actuó en Escartín,
otro pueblo del Sobrepuerto (Figura 5). Además
de ser el día elegido por los antiguos habitantes
para su reunión anual (primer sábado de
julio), se aprovechó ese día para que
el equipo de Jordi Évole rodara una parte de
un programa dedicado a la centenaria nativa Julia Buisán,
a la que llevaron en helicóptero para la ocasión.
Ese día, Manuel Domínguez, me dijo que
todavía no me podía asegurar nada pero
que si las musas no se portaban mal del todo lo mismo
escribía una canción sobre los arrieros
para su siguiente disco (Bailando entre las ruinas,
2019). Parecía que se iba a quedar en el tintero,
pero poco antes de que se cerrase el disco, y sobre
música de su hermano Martín, escribió
las letras más bonitas que se hayan escrito jamás
sobre los arrieros (que me perdonen Jorge Cafrune y
Atahualpa Yupanqui)… y especialmente sobre la
despoblación de La Montaña. Lo que son
las cosas: ¡más de 20 años de trabajo,
horas y horas en bibliotecas, archivos y pegado al ordenador,
para que ahora viniera este señor y explique
mejor, en apenas 3 minutos y 50 segundos, lo que hemos
tratado de plasmar en varios centenares de hojas! Fue
una pena que poco después de grabarse el disco
apareciera el maldito coronavirus, que debió
causar estragos en el gusto musical de los españoles
e impidió que En la cruz de las tormentas
(El último arriero) se aupase a lo más
alto del hit parade de 2019, por encima de las canciones
de Maluma, Rosalía, Anuel AA, Ozuna, Bad Bunny,
J Balvin, Aitana o Lola Índigo. Tampoco pudieron
dormir tranquilos Rihanna, Maroon 5, Taylor Swift, Ed
Sheeran, Adele o Shawn Mendes, pensando que la canción
bien podría haber atravesado el charco.

Figura 5. La Ronda en Escartín.
7 de julio de 2018. La canción del arriero anda
más cerca. Juan M. Rodríguez.
El caso es que el 24 de julio de 2021, la Ronda toca
la canción en Naval, en la misma plaza donde
Antonio, que tantas veces estuvo en Otal y en Escartín,
cuando estaban vivos, se sentaba a contar sus historias
(Figura 6). Cierre del círculo. Y qué
menos que “robarles” la canción para
utilizarla como prólogo musical a este libro.

Figura 6. Cerramos
el círculo. El 24 de julio de 2021 la Ronda de
Boltaña canta
"El último arriero"" en Naval,
en uno de sus primeros conciertos tras el
confinamiento durante la pandemia de COVID-19. La fotografía
está tomada
desde el mismo soportal en el que aparece Antonio Bellosta
en la Figura 3. En
primer plano, sentado con camisa a cuadros, su hijo
Jesús. Juan M. Rodríguez.
Estos libros tienen voluntad de permanecer vivos. Obviamente,
hay más información de algunas zonas o
localidades que de otras, pero si las personas que lo
lean detectan errores, partes que no se han tratado
adecuadamente o con suficiente espacio o poseen información
o material (fotografías, documentos) que puedan
mejorarlo o completarlo, por favor, no se queden con
las ganas de contribuir a este trabajo. Les dejo mi
correo electrónico (juan@rondadors.com)
y estoy a su disposición, igual que han estado
a mi disposición los centenares de personas que
han contribuido, en mayor o menor medida, a que estos
libros sean posibles. Son tantas que, a la fuerza me
olvidaría de algunas de ellas en un posible listado
de agradecimientos. Por ello, permítanme despedir
esta presentación dedicando un enorme ¡Gracias!
a todas ellas.
Referencias
Llamazares, J. La
posmemoria. El País, 29 de noviembre de
2006.
Russell, H. Souvenirs d'un Montagnard. Imprimerie
Vignancour. Pau, 1878.
|