«Tiene
bonita torre la iglesia de Lúsera, de construcción
esmerada. El campanario no cuelga ya bronce. Grave responsabilidad
las de las campanas de los pueblos, cuyo tañido
servía para congregar al pueblo, para marcar
las horas de trabajo común, para apagar incendios,
para dar batidas de alimañas y dar persecución
a intrusos y malhechores; marcaban la llegada de la
recua del arriero, la venida del médico, del
veterinario...». Ana Biarge. A Lúsera,
por Belsué. Nueva España, 15 de abril
de 1973.
1. Introducción
Arrieros y carreteros
tenían un modo de vida itinerante, encontrándose
necesariamente expuestos a unas condiciones orográficas
y climatológicas que podían llegar a ser
muy duras. Para más inri, nunca dispusieron de
buenas vías de comunicación. Surcaron
los caminos del Alto Aragón en épocas
de epidemias (que se trataron en un capítulo
anterior), hambrunas, conflictos armados, bandolerismo,
contrabando y estraperlo. Pero también fueron
testigos de épocas de bonanza, celebraciones,
fiestas y ferias. Todo un caldo de cultivo para miles
de anécdotas. En este capítulo, se recoge
una selección, con especial atención a
aquellas que aparecieron en la prensa a partir del último
cuarto del siglo XIX.
2. De los duros
inviernos a la adulteración de los alimentos
«Aquellos
inviernos de entonces…». Suena a frase
hecha, pero es que, entre el último cuarto del
siglo XIX y la primera mitad del XX, se sucedieron algunos
inviernos particularmente rigurosos en territorio oscense
(Figura 1). Frío, nieve, hielo, sabañones,
oscuridad, incomunicación… Basta con leer
el parte publicado el 18 de enero de 1885 en El
Pirineo Aragonés: «El
día 18 se helaron hasta los orines en los dormitorios
y bastaba dejar caer el agua en el suelo para que quedara
congelada al instante». En ese mismo
año, el tráfico de diligencias entre Huesca
y Jaca no se pudo reestablecer hasta ya entrada la primavera:
«Asegúrase que
desde primeros de abril, la empresa de diligencias titulada
de la competencia, reanudará su servicio entre
esta ciudad y Huesca, interrumpido por los accidentes
del pasado invierno» (El Pirineo
Aragonés, 29 de marzo de 1885).
El invierno no detenía
la actividad de carreteros y arrieros pero, obviamente,
llevaba aparejado ciertos riesgos “extraordinarios”
y entorpecía notablemente su trabajo. Si las
condiciones eran impracticables tenían que detenerse
y esperar a que amainara el temporal: «El
lunes aparecieron cubiertas de nieve todas las colinas
que circundan nuestra ciudad y desde aquel día
apenas hemos disfrutado de tiempo soportable. En la
imposibilidad de pasar el puerto de Canfranc, han retrocedido
algunos carros de transporte que se dirigían
a Francia» (El Pirineo Aragonés,
12 de abril de 1885).

Figura 1. Carreteros
atrapados tras una gran nevada en Jaca. Edición
F. H. (Jaca). Colección del autor.
El hielo resultaba
particularmente temido ya que era una causa frecuente
de accidentes. Como aquel que tuvo lugar entre Biescas
y Panticosa y que narraba el corresponsal de El
Pirineo Aragonés en el Valle de Tena:
«Escarrilla,
15 de enero de 1883.
Una
desgracia que en el día de ayer afectó
sensiblemente á este reducido vecindario, me
obliga a coger la pluma con objeto de dársela
a conocer en breves líneas. El tan conocido y
apreciado carretero de Loporzano apedillado Montory
[Montori],
que se encaminaba por la carretera de Biescas á
Panticosa conduciendo un carro de su pertenencia, trató
de evitar según refieren testigos presenciales,
que el vehículo se inclinara y cayera á
la cuneta á consecuencia de los esfuerzos y dificultades
que á su marcha oponía el hallarse completamente
helado el camino, cuando en un momento se le hizo imposible
la resistencia, é inclinándose el carro
al retroceso, ocupó por casualidad al citado
conductor una posición peligrosa entre una gran
peña que se halla al lado izquierdo de la carretera
y una de las ruedas con tan mala suerte, que lo aplastó
y ocasionó la muerte instantánea.
Me
consta que el juzgado instruye las oportunas diligencias.
Acompañaban al desgraciado un hermano suyo y
otro joven del vecino pueblo de Sallent, que efecto
de la impresión recibida, necesitaron también
asistencia facultativa.
Nada
más ocurre. Tenemos noticias del cambio de Ministerio,
que no preocupa gran cosa á este montañoso
país que nada absolutamente del tiempo dedica
á la política, elemento indispensable
en los centros oficiales. Lo que aquí necesitamos
es paz y que dure, para podernos dedicar tranquilamente
al recrío de caballerías, casi única
ocupación del que habita estas apartadas regiones.
La vida en estos pueblos es sumamente monótona
en esta larga temporada de invierno, por lo que esta
carta carece de la amenidad que quisiera darle. C.»
(El Pirineo Aragonés, 21 de enero de
1883) (Figura 2).

Figura 2. Todavía
caen buenas nevadas en Escarrilla de cuando en cuando:
5 de marzo de 2008, el telediario de Antena 3 abre con
una conexión en directo desde esta localidad
del Valle de Tena debido al temporal de nieve.
La crónica fue
aprovechada por un lector para mostrar su pesar, pero
también para quejarse de la calidad de algunos
de los artículos que llegaban al valle:
«Valle de Tena, 5 de
febrero de 1883.
En
uno de sus números leí una carta fechada
en Escarrilla, en la que con dolor ví la desgracia
del honrado carretero Montoriz
[Montori], suceso que nos
impresionó hondamente por conocer muy de cerca
de aquel laborioso e infortunado sujeto, y en la misma
carta manifestaba su fiel corresponsal, que nada más
de particular ocurría en los pueblos de este
Valle.
Sin
que mi ánimo sea censurar tan oportuna correspondencia,
me atreveré a manifestar á V., llevado
quizá de mi experiencia, que hay algo más,
que debe llamar vivamente la atención de las
autoridades municipales de los ocho distritos que lo
forman, y es el escándalo inaudito y solapado
con que varios carreteros y vivanderos expenden algunos
artículos adulterados de consumo, principalmente
los caldos, que por ser de primera necesidad, está
en ello interesada la salud y la vida del consumidor,
siendo naturalmente víctimas de la estafa, ó
como deba calificarse, las clases media y proletaria,
por carecer de recursos para abastecerse sin caer en
manos de tales especuladores.
Refiérome
en particular al vino y licores comunes, que hace ya
bastante tiempo se expenden con abuso de la candidez
de estos moradores. Dándoles en vez de lo que
desean comprar, agua compuesta por drogas ó inmundicias,
que según su cantidad no pueden menos de ser
nocivas, comprometiendo muy fácilmente la salud
y hasta la existencia del consumidor, como desgraciadamente
lo prueba el rumor de haber sucedido casos en algunas
localidades. Hace pocos días me contaron personas
que merecen entero crédito, que se había
analizado el vino de tres o cuatro carros que se dijo
procedían de Villamayor y pueblos limítrofes
en la provincia de Zaragoza, y resultó ser agua
con azúcar y futchsina, lo cual no dejará
también de redundar con el tiempo en descrédito
de los excelentes vinos de aquella comarca.
Por
hoy no puedo decir a V. mi domicilio fijo, pero como
nacido en este Valle, en él resido y desde él
fecho mi epístola. F.S.C.P.»
(El Pirineo Aragonés, 11 de febrero
de 1883).
Y es que, en aquellos
años, había una auténtica obsesión
(casi como la actual) por las sustancias químicas
que se añadían intencionadamente a los
alimentos para adulterarlos y que, no solo rebajaban
su calidad, sino que ponían en peligro la salud
del consumidor. Por supuesto, siempre han existido adulteraciones
de los alimentos, desde camuflar los colores, olores
y sabores de carnes prácticamente putrefactas
(cochinilla, especias…) hasta mezclar la harina
con toda clase de cosas que tuvieran un color parecido
(yeso, tiza, talco…) Pero en el siglo XIX se produjo
una gran expansión de la Química y los
nuevos conocimientos podían causar estragos en
manos de productores o distribuidores desaprensivos.
La nueva base científica de las adulteraciones
hizo que estas prácticas se conocieran como sofistificaciones
de bebidas y alimentos. Cualquier fallecimiento que,
en otro tiempo, se hubiera considerado como de causa
natural ahora se relacionaba rápidamente con
alguna sofisticación. La incipiente prensa también
extendía las noticias sobre estas prácticas
de una forma mucho más rápida, por lo
que la preocupación llegó hasta las capas
más populares.
El pistoletazo de salida
para el apercibimiento (a gran escala) de la población
sobre este tema fue la publicación en 1820 del
libro A Treatise on Adulterations of Food and Culinary
Poisons (Tratado sobre la adulteración de los
alimentos y venenos culinarios) por parte
del químico alemán Friedrich Accum (Figura
3). Accum llamaba la atención sobre el creciente
número de fraudes y sus consecuencias sobre la
salud de los consumidores. «La
muerte está en la olla», destacaba
la portada de su libro, retomando una frase del Antiguo
Testamento.

Figura 3. Portada del
libro A Treatise on Adulterations of Food and Culinary
Poisons (Accum, 1820). En el siglo XIX, los alimentos
y bebidas se convirtieron en sospechosos de cualquier
tipo de adulteración “científica”.
Biblioteca UCM.
El inventario elaborado
por el científico era realmente para preocuparse.
La pimienta blanca, más lujosa, con frecuencia
solo era pimienta negra empapada en orina y luego secada
al sol. La pimienta negra vendida a los pobres contenía
una cantidad significativa de polvo. Se ponía
ácido sulfúrico o vitriolo en el vinagre
para aumentar su acidez, cobre en los pepinillos para
volverlos más verdes o melaza para dar color
a la cerveza. También se le añadían
al té paja, hojas y diversas ramas secas, arena
al azúcar, arsénico en las conservas,
estricnina en la cerveza, óxido de cobre en la
absenta … (Figura 4). Los alimentos y bebidas
se transforman en auténticos venenos (Figura
5 y 6) y cualquier análisis es poco para comprobar
su autenticidad y ausencia de peligros (Figura 7).

Figura 4. Algunas de
las prácticas de adulteración de los alimentos
practicadas frecuentemente en la época: adición
de arena al azúcar (a), adición de agua
insalubre a la leche (b), adición de todo tipo
de polvos a la harina (c) o adición de vitriolo
al vino o al vinagre (d). Dibujo publicado en la revista
Punch a mediados del siglo XIX. Biblioteca
UCM.
Figura 5. La niña
dice: «mi madre dice
si le puede proporcionar un cuarto de libra de su mejor
té para matar ratas y una onza de chocolate para
quitarse de encima a los escarabajos, gorgojos y carcomas».
Revista Punch, 4 de agosto de 1855, p. 47.
Biblioteca UCM.

Figura 6. La muerte
trae alimentos adulterados a la mesa. Cómo
viene la muerte,
caricatura de 1919 del Philadelphia Inquirer.
Dominio público.
Figura 7. «Mira
antes de comer y a ver si encuentras algún alimento
que no esté adulterado».
Portada de la revista Puck (12 de marzo de
1884). Biblioteca UCM.
El vino, uno de los
productos más consumidos en la época,
era sin duda lo que más espoleaba la imaginación
de los infractores. Mientras que los posaderos y taberneros
agregaban agua para aumentar su volumen, los productores
multiplicaban los trucos para corregir su brebaje. ¿El
vino era demasiado ácido? Se vertía miel
o sirope de azúcar. ¿Era demasiado claro?
Se le añadían grosellas trituradas o bayas
de saúco. ¿Faltaba uva? Se podía
fabricar la bebida desde cero, por ejemplo, siguiendo
esta receta de un manual holandés: «Para
hacer vino español sin vino (…) coge veinticinco
o treinta libras de pasas limpias y ponlas en un recipiente,
añade cuatro partes más de agua, un poco
de sándalo en un paño limpio y hierve
esta mezcla en un caldero limpio (…), añade
un poco de tártaro y déjalo fermentar» (Breville,
2022). Algunos viticultores también utilizaban
litargirio, un óxido de plomo usado como colorante,
lo que en ocasiones derivaba en una intoxicación
saturnina que podía provocar fiebre, dolores
de cabeza, temblores, convulsiones, parálisis
y a veces incluso la muerte. ¡Y mejor no hablar
de lo que se podía llegar a hacer con los productos
más perecederos, como la carne o la leche!
El libro tuvo una gran
repercusión para la época. Se vendieron
miles de ejemplares en pocas semanas y se imprimieron
más tiradas. En 1822, la obra fue traducida al
alemán y posteriormente a otros idiomas y se
publicaron extractos y dibujos de corte satírica
en periódicos de toda Europa y Norteamérica.
Se publicaron libros con la misma temática, también
en España. Al reducirse el peligro de carestías
y hambrunas, la gente de la época se preocupó
menos por el problema cuantitativo y comenzó
a interesarse más por la calidad de los alimentos.
El descubrimiento de la teoría microbiana, que
reveló la relación entre la alimentación
y determinadas enfermedades, y el desarrollo de la corriente
higienista también estimuló ese interés
que fue creciendo a lo largo del siglo XIX. Y es que
a las mil y una manipulaciones de comerciantes y productores
se sumaban los problemas de higiene, en una época
que no conoce el frigorífico, pero consume mucha
leche, mantequilla, nata, huevos y carne, alimentos
en los que diversos patógenos proliferan rápidamente
si no se consumen rápidamente o si no se conservan
en condiciones adecuadas. Poco a poco, los poderes públicos
se fueron dotando de medios con los que detectar los
alimentos en mal estado, manipulados y adulterados.
A lo largo del siglo XIX se promulgaron diversos textos
para castigar la falsificación de productos alimentarios.
Las causas de los problemas de salud ya no estaban tan
claras:
«Una
breve y al parecer ligera enfermedad de dos días,
un simple catarro, ha hecho bajar al sepulcro al más
anciano de Jaca, al venerable José Villanúa,
que durante una larga vida de 87 años había
desafiado los rigores de los más crudos inviernos,
viniendo á morir en el más benigno de
todos ellos, y cuando su perfecta salud le auguraba
todavía una dilatada vejez. Algunas personas
empiezan a preocuparse seriamente, y hasta se habla
de si podría influir en la pública salubridad
la mala calidad y adulteración de los alimentos,
especialmente de los vinos. No creemos que haya motivo
racional ni fundado para estas preocupaciones.
La
mortalidad aunque sea sensible, no es excesiva ni mucho
menos alarmante. Las dignísimas profesiones médicas
y nuestro celoso municipio velarán constantemente,
no lo dudamos, porque los artículos de consumo
reúnan las condiciones higiénicas y alimenticias
que son de desear, evitando cuidadosamente que por una
sórdida avaricia se cometan abusos que puedan
traer fatales consecuencias, y castigándolos
con mano fuerte si, lo que no es de esperar, llegara
a descubrirse alguno.
Por
lo demás, estamos tranquilos, nadie se muere
hasta que Dios quiere, como dice el refrán y
tengamos presente que la preocupación y el miedo
pueril suele convertir en reales peligros ilusorios»
(El Pirineo Aragonés, 4 de marzo de
1883).
En ese mismo número
del periódico, dos arrieros manifestaban su indignación
por la carta en la que se ponía en entredicho
la honorabilidad de todos los que, como ellos, vendían
habitualmente en el valle de Tena; estaban especialmente
molestos porque la acusación se hubiese hecho
sin aportar ninguna prueba y sin dar nombres concretos,
lo que afectaba a la credibilidad de toda la profesión:
«En
el número 43 de su popular é ilustre semanario,
hemos visto inserta una carta del Valle de Tena, fecha
5 de febrero, y firmada con las iniciales F.S.C.P.,
en la cual se hacen duros cargos á los carreteros
que surten de vino aquel Valle y se excita el celo de
las autoridades para que pongan coto a tales abusos.
Traginantes
honrados y acreditadísimos, y confiados en la
tranquilidad de nuestra conciencia, no se nos hubiera
ocurrido darnos por aludidos, si no fuera por lo que
el señor F.S.C.P. añade de que “según
le contaron, analizado el vino de tres o cuatro carros
que se dijo procedían de Villamayor y pueblos
limítrofes en la provincia de Zaragoza, resultó
ser agua con azúcar y futchsina”.
En
vista pues, de esta gran denuncia, que puede redundar
en desprestigio nuestro, cumple a nuestra honradez manifestar
al señor F.S.C.P. lo siguiente:
Que
nosotros hemos subido al Valle vino de Villamayor, del
cual tenemos en aquel país algunas existencias,
cuya buena calidad puede comprobarse a cualquier hora,
y que el comunicante hará un gran servicio, que
nosotros seremos los primeros en agradecerle, si manifiestan
públicamente en el periódico, quiénes
eran los dueños de los tres o cuatro carros cuyo
vino se analizó y resultó adulterado,
pues de otro modo no queda muy bien parada su formalidad
y buena fé.
Damos
a V. las gracias, señor director, y retamos al
comunicante á que demuestre la verdad y exactitud
de los graves hechos que denuncia, citando personas,
y dando el nombre de la suya, pues cuando se trata de
cosas que pueden perjudicar a traficantes honrados y
de buena fé, y sobre todo a la salud pública,
no debe el que presta este gran servicio ocultarse bajo
el velo nada menos que de cuatro iniciales.
Agustín
Cabrero. José Lacruz»
(El Pirineo Aragonés, 4 de marzo de
1883).
3. Más
y más accidentes
Más allá
del hielo, las posibles causas de accidentes eran numerosas.
Podía ser un simple salto mal dado: «Un
pobre muchacho carretero tuvo ayer tarde la desgracia
de fracturarse una pierna al tratar de tirarse á
la carretera desde un carro en que iba montado».
El Pirineo Aragonés, 6 de marzo de
1887). De hecho, podían sobrevenir incluso cuando
estaban alojados tranquilamente en una venta o mesón,
recuperándose de los esfuerzos de la jornada.
Así sucedió en la catástrofe de
Espluvins, una venta situada en el leridano valle del
Segre pero en la que no era raro que se alojasen arrieros
altoaragoneses:
«Según
carta que tenemos á la vista fechada en Coll
de Nargó el 1.° del actual, escrita por persona
competente, es aterrador el cuadro que presenta el sitio
en que se levantaba la venta de Espluvins. Calcúlase
que han caído sobre la carretera y casa de unos
3500 á 4000 metros cúbicos de piedra toba
y están en peligro de desplomarse otros 7000
metros cúbicos. Esto demuestra lo espantoso que
fue el derrumbamiento.
Debió
ser tan terrible y grandioso el empuje de aquella avalancha
de piedra, que parte de la venta de los Espluvins con
sus cuadras fue á estrellarse contra la orilla
opuesta del rio Segre con todos los habitantes. Hasta
ahora se sabe con seguridad, que han perecido 10 personas,
que son las siguientes: la madre del dueño de
la posada, su mujer, 2 hijas, la criada, el criado,
un carretero y un arriero de Orgañá, un
arriero de Seo de Urgel y un carretero de Pons, ignorándose
sí había más gente en la casa carretera
y cuadras, pues como nadie ha sobrevivido á la
catástrofe, salvo el dueño, que por hallarse
fuera pudo escapar a una muerte segura, no es posible
precisarlo. Témese, sin embargo, que sea mayor
el número de victimas pues se habían visto
poco antes á tres viandantes que no han parecido
por ninguna parte.
Si
la catástrofe hubiera ocurrido una hora más
tarde en que llega allí el coche correo, las
desgracias personales y las pérdidas materiales
hubieran sido mayores, aunque estas últimas son
también de mucha consideración; ya que
además de los géneros almacenados, quedaron
destruidos cuantos carros y vehículos había,
además de 18 caballerías mayores. Los
cadáveres que se supone estén sepultados
en los escombros no se podrán extraer, hasta
después de muchos días, pues antes hay
que practicar muchas voladuras en la parte que amenaza
ruina para evitar nuevas catástrofes. Se necesitan
de 40 á 50 hombres durante 30 ó 40 días
para despejar el lugar del siniestro. Se han reunido
varios peones y auxiliares, que están trabajando
sin descanso, bajo la dirección del ingeniero
D. Alfonso Benavent.
El
paso para las caballerías estaba interceptado,
esperándose que por todo el día de ayer
quedaría expedita una pequeña senda, como
asi sucedió; pues ayer tarde pasó el capitán
general con su escolta. A última hora hemos recibido
un telegrama dándonos los nombres de las víctimas
hasta ahora conocidas: que son: Raimunda Marot, madre
del dueño de la venta, de 70 años; su
mujer Rafaela Rafel, de 26 años; sus dos hijos
Ramona y Francisco Saña Rafel de 4 y 1 año
respectivamente; la criada Raimunda de 14; el mozo de
cuadra Ramón Boixadós, de 46, y los arrieros
y carreteros, José Estragués de 30; José
Rosell, de 40; Pablo Villaginés, de 30 y Antonio
Caminal, de 44 íd. También nos participan
que en Pons ha sido recogido el cadáver del mozo
de cuadra»
(Diario de Huesca, 4 de junio de 1894).
Lo mismo pudo suceder
algunos años antes en la catástrofe del
hospital de Benasque, muy frecuentada por arrieros.
La noche del 6 de enero de 1826 un violento alud proveniente
del Pico de la Monteñeta asoló el hospital
matando a todas las personas que lo ocupaban: «Un
huracán o tormenta produjo el desprendimiento
de las nieves que contenían los elevados montes
de este puerto y su torrente arrebató e inundó
el pequeño edificio que existía al pie
de aquél, causando como es consiguiente su total
destrucción y sepultando entre sus ruinas cinco
víctimas que lo habitaban con el objeto de facilitar
los auxilios a los viajeros» (Archivo
Municipal de Benasque, 1075/1). Por fortuna, el hecho
de que los arrieros no soliesen viajar entre el día
de Navidad y Reyes evitó que hubiera más
de uno en la lista de fallecidos.
Los encuentros con
ciertos animales también podían dar algún
que otro disgustillo. En este apartado, los toros se
llevaban la palma:
«Un
toro de la ganadería de Saltillo ha huido del
cerrado, escapándose por los campos y caminos,
sembrando el pánico y cometiendo atropellos sin
cuento. Un arriero perdió el burro, que quedó
muerto en la carretera, salvándose él
subido á un árbol. Un grupo de mujeres
que viajaban en caballerías tuvieron que abandonarlas
y huir. El toro, en vertiginosa carrera, mató
á dos bueyes que tiraban de una carreta, hiriendo
al conductor» (Diario de Huesca,
27 de marzo de 1908).
Tan desafortunados
encuentros no debían ser muy raros ya que, de
hecho, figuraban como motivo del premonitorio cartel
que anunciaba las corridas de toros de las Fiestas del
Pilar de Zaragoza del año 1895 (Figura 8):
«El
cartel mural es sumamente original; lleva la firma del
notable artista D. Marcelino de Unceta, y esto constituye
la mejor garantía de ejecución y de buen
gusto. La composición representa una escena trágico-cómica.
Un pobre arriero que se dirige por la carretera á
vender su mercancía, vése de pronto sorprendido
por la inesperada visita de un hermoso toro que acometiendo
con furia al manso borriquillo, no encuentra su dueño
otro lugar de salvación que en lo alto de un
poste telegráfico, donde nerviosamente asido,
contempla á su pie, con mirada de amargo terror,
la feroz arremetida del toro al indefenso jumento; grupo
que constituye un bello primor de escorzo. En lontananza
aparece el pastor en medio de dos cabestros que tardamente
llegan a impedir el daño ocasionado»
(Diario de Huesca, 3 de octubre de 1895).

Figura 8. Desafortunado
encuentro entre un arriero y un toro. Cartel de las
corridas de toros de las Fiestas del Pilar de Zaragoza
del año 1895.
Los nuevos sistemas
de transporte no solo supusieron unos feroces competidores
que acabaron por barrer del mapa a arrieros y carreteros,
sino que también conllevaban riesgos físicos
“a corto plazo”:
«Muerto
por un tren. En el kilómetro 41 de la línea
férrea ha sido atropellado por un tren un individuo
llamado Diego Hernández, conductor de un carro.
Iba el citado sujeto por medio de la vía cuando
el convoy le alcanzó, dejándole muerto
en el acto» (Diario de Huesca,
27 de marzo de 1908).
Pero, bueno, dentro
de lo cabe, el riesgo de colisión con el ferrocarril
era más bien bajo. Otra cosa eran las incipientes
carreteras, utilizadas a la vez por caballerías,
carros… y por “esos locos cacharros”,
cada vez más rápidos y cada vez más
numerosos (Figura 9). Hasta la primera mitad del siglo
XX, los encontronazos con coches y camiones son escasos
pero la tasa se dispara a partir de los años
50. Las caballerías y sus conductores pasan a
hacerse asiduos en la sección de sucesos de los
periódicos provinciales. Parece que los vehículos
a motor tenían prisa por echar a esas molestas
“antiguallas”, otrora reyes de caminos y
sendas.

Figura 9. Carro y coche
en Somport. Se iniciaba una convivencia no siempre fácil.
Biblioteca UCM.
Los últimos
casos se producen a principios de los 70, época
en la que arrieros y carreteros “profesionales”
ya constituían una especie en inminente peligro
de extinción en el Alto Aragón (Figura
10). De hecho, como veremos en los siguientes casos,
todos los carreteros o arrieros implicados tenían
una edad bastante avanzada en el momento del “impacto”:
«Turismo
artístico hacia el Pirineo Central. La jornada
toca a su fin. La noche profundamente oscura; a cada
momento el auto detiene su prudente marcha, para no
estrellarnos con pesados carros que van sin luces, expuestas
las mulas de los tiros al atropello de los autos. Los
carreteros no abandonan su pesado sueño aunque
la bocina rasgue el aire irritada, y pasamos como podemos,
por uno u otro lado, forzosamente respetuosos con aquellos
déspotas, allanadores de leyes y tiranuelos del
camino» (J. García Mercader,
El Cruzado Aragonés, 27 de febrero de
1954).
«Sucesos
en la provincia. Arriero accidentado. En la carretera
de Binéfar a Tárrega, dentro del término
municipal de Tamarite de Litera, el turismo francés
GE- 5.252-3-68 atropello a una burra, la cual dio un
par de coces, rompió el parabrisas del vehículo
y echó a correr, arrastrando en la carrera a
su guía y propietario Antonio Maull Abilla, de
75 años de edad, vecino de Tamarite, que resultó
con heridas de pronóstico reservado. El conductor
del vehículo, Pedro Foret Gauthier, y la bestia
salieron ilesos del percance. AI parecer, el herido
sufre de sordera y no oyó las señales
acústicas del coche, emitidas cuando aquél
intentaba un brusco cambio de dirección»
(Nueva España, 14 de septiembre de 1967).
«Sucesos
en la provincia. Arriero herido en accidente de carretera.
En la carretera comarcal 1.310, dentro del término
de Ballobar, el camión matrícula HU- 11.415,
conducido por Pascual Biarge Juan, de 45 años
de edad, vecino de Almudévar, colisionó
contra una caballería conducida por Andrés
Miró Arilla, de 70 años de edad, que resultó
con heridas de pronóstico leve. La bestia pereció
poco después a consecuencia del trompazo recibido.
El camionero salió ileso» (Nueva
España, 17 de mayo de 1968).
«Sucesos
en la provincia. Arriero herido en accidente. Dentro
del término municipal de Alcampel, el camión
matrícula HU-24.461, conducido por José
Sánchez París, de 46 años de edad,
con residencia en Binéfar, alcanzó a la
cabalgadura conducida por José Brualla Brualla,
de 77 años de edad, vecino de Alcampel, el cual,
sufrió heridas de pronóstico leve. La
res resultó también con lesiones»
(Nueva España, 4 de marzo de 1971).
«Arriero
herido. En la carretera de Tarragona a San Sebastián,
dentro del término de Peraltilla, el turismo
Z-68.885, conducido por Ramón Lámelas
Sesé, de 24 años de edad, atropello a
una caballería, montada por Tomás Zamora
Mata, de 75 años de edad, vecino de Peraltilla,
el cual sufrió heridas leves. El accidente se
produjo al irrumpir la caballería en la calzada,
procedente de un camino» (Nueva
España, 23 de julio de 1971).

Figura 10. Ya no hay
espacio para arrieros y carreteros. La grúa municipal
de Zaragoza remolca una mula que impedía el tráfico
rodado. Foto: Agencia EFE, junio de 1983.
4. De los atascos
a la fea costumbre de blasfemar
Los cascos antiguos
de muchas ciudades, villas y pueblos altoaragoneses,
caracterizados por una red intrincada de calles estrechas
y recodos casi imposibles, estaban hechos a la medida
de las personas y sus caballerías, pero no tanto
de los carros (y mucho menos cuando eran grandes e iban
a plena carga). Así pasaba incluso en la mismísima
villa de Naval. Los históricos estragos que la
estrechez de la principal salida del pueblo causaba
al tráfico de la sal, primero, y al transporte
de viajeros después, fue descrita de forma gráfica
por el navalés Privato Cajal (1969):
«No
deja de ser éste [refiriéndose
al ensanche que hubo que hacer para solucionar el problema],
un pequeño hito en
la historia urbanística de la villa, del que
conviene dejar constancia, para conocimiento y curiosidad
de las nuevas generaciones que no han vivido el estado
anterior de esta entrada. Nos referimos a la de vehículos,
limitada por el granero de la sal, en el lado Sur, y
por las casas de Cajal (calle del Cuadro, 7), y las
de Echevarría y Sabás (calle de San Miguel
1 y 3), lado Norte. Este estrecho paso, presenta, al
salir del pueblo, una ligera pendiente en suave zigzag,
lo suficiente para que resultase difícil y hasta
peligrosa la salida de carros, cargados con dos o tres
toneladas de sal ensacada, tirados por reatas de 4,
5 ó 6 machos, de peor dominar que el volante
de un camión.
El
carro tendía a estrellarse, por la inercia, en
la esquina del granero, donde terminaba la recta, al
bajar de la calle del Cuadro; y si, para salvar esta
esquina, se arrimaba el carro a nuestra casa, se daba
contra la esquina de ésta; y es por ello que
está un poco achaflanada y estaba antes protegida
con un buen guardacantón.
El
carretero cogía la rienda derecha del macho de
varas, para conducirlo en este zigzag; pero muchas veces
les veíamos pasar hacia el lado de las casas,
entre macho y macho, por debajo de los tirantes, para
no verse atrapados contra la esquina del granero. Otro
cogía el ronzal del macho delantero, para llevarlo
por el lado conveniente, dentro del poco espacio disponible,
para dirigir la tracción. Pero a pesar de tomar
todas las medidas, eran muchos los carros que se atascaban
en este estrecho y peligroso paso, secular escenario
de juramentos, reniegos y palabrotas, hasta que desaparecieron
los carros».
Y es que parece que
la blasfemia era una característica íntimamente
ligada a la profesión de arriero o carretero.
Tal es así, que todavía empleamos el dicho
«jurar -
o hablar - como un carretero»,
que referirnos a «decir
palabras injuriosas u ofensivas o echar maldiciones
contra alguien o algo». El propio
diccionario de la Real Academia Española (22ª
edición) mantiene, entre las acepciones del término
carretero, no solo al «fabricante
de carros y carretas» o al «hombre
que guía las caballerías o los bueyes
que tiran de tales vehículos» sino
también a aquella «persona
que habla o se comporta con escasa educación
o blasfema con facilidad».
El propio Cajal, bajo
el epígrafe La fea costumbre de blasfemar,
nos da su peculiar explicación sobre tal asociación:
«Desgraciadamente
se sigue blasfemando mucho y empleando palabras lúbricas,
y no sólo en las más bajas esferas, sino
en buena parte de la sociedad española. Decimos
española, porque no creemos que en todos los
países tengan estos feos hábitos, pues
podemos citar el siguiente ejemplo:
Un
paisano nuestro, carretero-arriero de oficio, tenía,
como tantos otros, la creencia de que blasfemando fuerte,
las caballerías tiraban más; y cada vez
que el carro se atascaba, sacaba a relucir todo su horrible
repertorio. De ahí viene la frase “jura
como un carretero”.
Estaba,
en efecto, en lo cierto, de que las bestias se despabilaban
cuando oían la blasfemia; pero era, porque después
del grito venía, siempre, el latigazo, al que
temían. Lo cual quiere decir que con las mismas
voces de atención, con otras palabras hubiese
obtenido el mismo resultado que con la blasfemia grosera.
Este
paisano se fue a Cuba, donde estuvo unos años;
y al regresar a España se quedó en Barcelona,
y entró al servicio de nuestra empresa, como
ordenanza de nuestro departamento; y jamás le
oímos una palabra mal sonante, y no sólo
por respeto a nosotros, sino debido a que había
perdido aquel hábito de España, al estar
en un país en el que, por lo visto, no se blasfema.
¡Lo que hace el ejemplo!».
En Huesca capital,
los días lluviosos convertían las calles
en un lodazal creando un escenario particularmente propicio
para que los carreteros perdieran los nervios y comenzaran
las blasfemias; ni la presencia del mismísimo
señor obispo podían detenerlas:
«Siempre
se ha dicho que los atardeceres lluviosos son momento
propicio para la nostalgia y el recuerdo. Verdad debe
de ser, pues en estos días en que pródiga
nos visita la lluvia, no puedo separar de mi mente recuerdos
que ya empiezan a ser lejanos de nuestros días
de agua infantiles.
Es
difícil pensar que entonces las cosas fueran
diferentes, y la realidad es que de tejas para arriba
el fenómeno sigue siendo el mismo: el mismo cielo,
las mismas nubes, el mismo viento y los mismos relámpagos
y truenos; pero de tejas abajo, todo ha cambiado, y
no poco. (…)
Y
después, el barro; la cosa en verano tenía
remedio en un par de días, pero en invierno,
de San Martín a San José, salvo en los
días en que todo estaba helado, el circular era
un verdadero suplicio. Para los peatones se habilitaban
pasos que se engravaban, pero para los carros la cosa
a veces se ponía imposible y sobrevenía
la “atascada”, fruta del tiempo en estos
meses.
Era
esta escena cotidiana, hoy afortunadamente desaparecida
desde que nuestras calles fueron pavimentadas y por
otro lado han casi desaparecido los carros.
Si
aterrador era el contemplar el estrépito y vocerío
de una “rabosa” en el campo, más
impresionante lo era en la ciudad, la “atascada
urbana”, en el callejón de La Palma o en
la Correría, a donde acudían grandes carros,
era un espectáculo que difícilmente se
puede olvidar.
Horribles
blasfemias, gritos, alaridos y denuestos, mezclados
con el ruido de las varas golpeando sobre los lomos
de las caballerías y los gritos de ¡Au!
¡Au! justifican plenamente el dicho que aún
se oye: Juraban como carramateros. No tardaba en formarse
grupo de mirones, algunos de ellos activos que se permitían
aconsejar y poner a disposición de los azorados
arrieros, sus conocimientos en la materia. Sudar, enganchar,
desenganchar, ir a buscar otro tiro, poner ramas y tablones
bajo las ruedas, a veces hasta dos o tres horas de trabajo
agotador en el que acababan roncos de gritar y jurar
los que tenían la mala fortuna de "hacer
blando", amén del natural ridículo
que suponía que el carro de Fulano o la galera
de Mengano hubiera atascado en pleno Huesca, que no
dejaba de tener su importancia. El alma popular estaba
en la convicción de que en estos casos las caballerías
sólo respondían a la blasfemia, que ésta
era el único sistema hábil para salir
del enredo y se hacía con toda la furia y rebuscamiento.
He visto a carreteros tirar la boina y patearla, mirar
al cielo echando venablos por la boca, los he visto
amenazar e incluso tirar la vara contra él y
hasta a un arriero ya impotente revolcarse jurando por
el suelo en la cuesta de Palacio dé Siétamo.
El arraigo de esta costumbre y creencia en el alma popular
nos llega reflejado en un sucedido de la vida del Obispo
Supervía, que bajando a Salas en coche de caballos,
tuvo la mala suerte de atascar.
Bajaron
del coche Obispo y familiar, mientras el cochero hacía
todo lo que sabía para librar al coche del cepo
sin lograrlo. Llegaron al lugar varios labradores que
igualmente intentaron sacarlo por las buenas sin conseguir
su propósito. Por fin, uno de ellos dijo muy
cortés: Marchen, señor Obispo un poco
para atrás y recen un par de Credos. Aún
no habían llegado don Mariano y su familiar al
“Jesucristo su único hijo...”, cuando
aterrados oyeron una sarta de blasfemias. Volvieron
la cabeza para impedirlo, pero ya no hacía falta,
el coche discurría ligero como llevado por los
ángeles a lo largo del camino. En plan de justificación
terció el buen labrador: Ya ha visto usted que
no ha habido más remedio…»
(Llanas, 1974).
González et
al. (1998) recogieron una versión similar (Historia
de un obispo y un carretero) de un informante de Alquézar
(Mariano Subías López). Es la siguiente:
«Una
vez, pasaba un carretero por delante del palacio del
obispo y, claro, era costumbre que, que se hacía
fangueras y se hacía… y se atascaban allí
los carros. Y, claro, ya llevaban un buen tiro de machos,
pero que llevaban carros grandes muy cargados y, a lo
mejor, no lo sabían sacar los machos. Y el señor
obispo estaba en el balcón del palacio. Y le
dijeron al carretero:
-
¿No saldrá el carro? ¿No saldrá?
Dice:
- Si no se retira el señor obispo, no.
- Ah, pos si por eso es, ya me voy a retirar - dijo
el señor obispo. Conque se retira el obispo y
dice el carretero:
- Macho, ¡me cago en el 1 de noviembre!
Y claro, con aquella…, con aquella blasfemia los
machos arrearon fuerte y salió el carro. Y dijo
el obispo, dice:
- Pues, pues hombre aún no me parece, aún
no me parece que la haya echao muy gorda. Y le dijo
un paje, dice:
- ¿Cómo? ¿Qué no? Dice que
se ha cagao en todos los santos.
- ¡Ah, sí! - dijo el obispo. El obispo
no había caído en eso».
Y, de un obispo, al
mismísimo Jesucristo. He aquí la historia
que le contaba su abuelo a Ángel Vila, arriero
de familia de arrieros “de siempre”:
«En
los tiempos en que Jesucristo andaba por el mundo, iban
de camino Él y algunos de sus discípulos.
La tarde anterior había habido una nube muy fuerte
que había dejado los caminos intransitables;
embarrados, embarrancados y llenos de arrastres.
Iban
caminando cuando pasaron junto a un carro que había
quedado atrapado en el barro. El carretero, de rodillas
junto al carro, oraba al cielo piadosamente: “Señor,
ayúdame y sácame el carro. Sácame
de este atolladero, Señor…”.
Jesucristo continuó impasible su camino.
Al
rato se encontraron con otro carro enterrado en el barro
hasta los ejes. El carretero descamisado y completamente
cubierto de lodo, sudando como un tito, empujaba corajudamente
con todas sus fuerzas al tiempo de arreaba a la bestia:
“Arre Morenaaa, ¡Tira que salga el carro…!
Me cago en la púa del almanaque que debajo está
todo el santoral”.
Así
un vez y otra, incansablemente, trataba de sacar el
carro con todas sus fuerzas: “¡Aaaaarre
Morenaaaa!, ¡Tiiiiira ! ¡Que me cago en
toda la corte celestial!
Dijo
Jesucristo a los apóstoles que le acompañaban:
“Ale, vamos a ayudar a este hombre a sacar el
carro”. Y así lo hicieron. El hombre deshecho
en sudor y reventado por el esfuerzo no sabía
como agradecérselo, “¡que Dios les
bendiga!”, y se deshacía en gratitudes.
Jesucristo
y los discípulos continuaron caminando y cuando
ya, pasado un buen rato, estaban alejados del carretero
San Pedro dirigiéndose a Jesucristo le dijo:
“Señor, hemos estado hablando sobre lo
ocurrido y no lo comprendemos. El primer carretero te
pedía devotamente que lo socorrieras y no hicimos
nada. Al segundo que no paraba de blasfemar, sin embargo
le hemos ayudado. ¿Nos lo puedes explicar?”.
“Mira
Pedro, el segundo, aunque en su desesperación
blasfemara, empujaba todo lo que podía y hacía
todo cuanto estaba en su mano. Pero es que el primero
no hacía ningún esfuerzo de su parte,
¡quería que lo hiciera yo todo…!».
Por otra parte, en
las calles comerciales de los grandes centros de distribución
de la época, como Jaca, las carretas podían
llegar a formar verdaderos tapones: «Algunos
vecinos de la calle del Zocotín, nos ruegan llamemos
la atención de la comisión correspondiente
hacia el abuso que se observa en aquella angosta vía,
donde casi diariamente se hayan detenidos carruajes,
que impiden materialmente el tránsito»
(El Pirineo Aragonés, 20 de abril de
1884). Vamos, como las furgonetas y camiones de carga
y descarga en nuestras ciudades del siglo XXI.
5. La crónica
negra: robos, asaltos y asesinatos
Secularmente, el Alto
Aragón fue, por muchos y diversos motivos, un
lugar poco seguro para los que lo transitaban. Por ejemplo,
mediado el siglo XVI las tierras altoaragonesas viven
una grave situación de conflicto. Si los robos
y asaltos a mercaderes habían sido los hechos
esporádicos que provocaron las primeras alarmas,
pronto se pasó a atentados y saqueos sin piedad
(Buesa, 1998). Ante el fracaso de la autoridad judicial,
el Virrey avisaba de un grave peligro: «si
no se castiga a los malhechores, los oficiales estarán
muy atemorizados y nadie pondrá coto a sus fechorías».
En 1556, en las Cortes aragonesas se denuncia que «en
el camino de Jaca, por ser tan fragoso, áspero
y montañoso, ha acontecido hacerse grandes y
muchos insultos, muertes y robos» (Buesa,
1998).
Situaciones similares
reaparecerían, con mayor o menor virulencia,
en muchas otras ocasiones y, en este sentido, el siglo
XIX, al que prestaremos una atención particular
en este capítulo, no fue una excepción.
Las crisis económicas y sociales originadas por
años de escasez fueron un mal endémico
a lo largo del mismo. Proliferaron revueltas motivadas
por el mal reparto de la propiedad, el hambre, las epidemias,
las crisis políticas, las guerras carlistas y
el bandolerismo (Adell y García, 2000 y 2002).
Algunos textos de extranjeros
que atraviesan la zona en el siglo XIX nos muestran
una especie de paraíso para bandoleros. Asaltos
a arrieros, carreteros y diligencias, grupos de vecinos
y compañías de guardias vigilando los
caminos, cruces de madera creciendo por todas partes
para indicar el escenario de un asesinato…. En
palabras de Cenac-Moncaut (1860), «Aragón
os ofrece su aridez, su aspereza, todos los rasgos de
la pobreza y de la incuria. Se siente uno en el fin
del mundo. (…) Ved unos campesinos andrajosos
trabajando en un campo lejano; llevan un fusil a la
espalda. ¡Qué veo ahora en el recodo de
un sendero!; un hombre a caballo, acompañado
por otro que lleva un trabuco... Será un bandido
y su compinche; no, es un señor que tiene miedo».
La desconfianza era total. El bandolerismo era particularmente
importante en la zona de Lanaja, Alcubierre, Poleñino,
Castejón de Monegros, Lalueza... (Figura 11)
pero llegaba mucho más al norte. Así,
el 21 de octubre de 1861 era detenido en Ansó,
su lugar de origen, el bandido Francisco Pérez
López Camilo; estaba reclamado por el
Juzgado de Sariñena acusado de numerosos robos.
Además, entre 1879 y 1889 existían partidas
de bandoleros que actuaban en los distritos municipales
de Biescas, Bergua, Sobás, Fiscal, Fablo y Guillué
(Adell y García, 2000 y 2002).

Figura 11. Sierra de
Alcubierre, tan unida a las historias de bandoleros.
Vista desde San Caprasio. Juan M. Rodríguez.
Mal andaba la cosa
cuando, a mediados del siglo XIX, se publicaban tantos
libros para aconsejar cómo actuar antes, durante
y después de ser robado. El de Dimas Camándula
(1844) (Figura 12) destacaba por encima de todos por
su elocuencia, especialmente la parte dedicada al «plan
de conducta en el acto y después de ser robado»,
donde se pone como ejemplo un caso reciente sucedido
a unos arrieros de Daroca:
«Ya
hemos visto cuan generalizada y universalizada es la
tendencia a apropiarse de lo que se dice ajeno; y hemos
dicho también que todo prójimo está
siempre y de continuo expuesto a ser robado. Cada día
que pasa sin que nos roben algo, debemos pensar que
se ha obrado un milagro. El día, pues, que nos
sintamos robados, conviene no asustarse, mirar el lance
como un suceso muy normal, y llevarlo todo por Dios.
¿Qué sacarían ustedes de enfadarse?
La salud se resentiría, y al cabo y al fin tan
robados habrán ustedes quedado de un modo como
de otro.
Tomen
ustedes paciencia; examinen su interior; vean si aquella
desgracia puede ser quizás el castigo providencial
de algún pecadillo transconejado, y abran expediente
privado en averiguación de las causas, circunstancias
y pormenores del robo, a fin de evitar que otro día
se repita el chasco…
Supongamos
que van ustedes de viaje y se encaran a un ladrón…
En tal caso, el remedio más eficaz el huir, si
se puede. Si es posible resistirse, y con seguridad
de vencer, tampoco es mala la resistencia. Pero como
generalmente en los robos rurales los ladrones suelen
ser dos o más, van armados y carecen de todo
sentimiento de humanidad, es muy raro que podamos huir
sin peligro ni resistirnos con ventaja. En tales casos,
más vale maña que fuerza.
Sirva
de verbi gratia el sucedido que leí en la Gaceta
de los Tribunales (periódico de Madrid) del 21
de abril de 1841 y que dice: “Daroca 8 de abril,
Caminaban á cargar aceite en el Bajo Aragón
dos arrieros jóvenes al pueblo de Romanos, cuando
á la conclusión de su viaje les salieron
dos malhechores armados: el uno de ellos se quedó
a corta distancia en acecho, y el otro, acercándose
a los viajeros, les exigió el dinero que llevaban.
Los pobres arrieros le tiraron en tierra 27 duros, que
era todo su caudal; pero al bajarse a cogerlos el salteador,
se le echaron encima, y con su misma arma le dieron
una tunda que le dejaron medio muerto. Visto esto por
el compañero que estaba de vigía, huyó
a todo correr para salvarse del furor de los arrieros"».

Figura 12. Portada
de Arte de Robar (esplicado en beneficio de los
que no son ladrones) ó Manual para no ser robado.
Dimas Camándula, 1844.
Las caballerías
ajenas eran un claro objeto de deseo, existiendo incluso
redes organizadas que, tras robarlas, las sacaban en
un pis-pas de la provincia. Hay que reconocer que la
forma de hacerlo era, en algunos casos, bastante ingeniosa:
«En
Navarra se ha establecido un servicio combinado para
el robo de caballerías. Los ladrones tienen sus
residencias en diferentes pueblos y al hacer el robo
de algún ganado, lo llevan al punto inmediato,
donde el otro compadre hace la misma operación,
y así sucesivamente hasta que lo sacan de la
provincia, resultando que los ladrones apenas se apartan
de su pueblo mientras que la caballería robada
recorre en un día o una noche muchas leguas de
distancia» (El Pirineo Aragonés,
23 de noviembre de 1884).
Por lo menos, las personas
robadas no sufrían lesiones. Algunos arrieros
y carreteros no tuvieron tanta suerte, ni tan siquiera
en tramos que, teóricamente, deberían
estar bastante transitados:
«En
término de Almudévar se ha perpetrado
un crimen, que según las señales, ha debido
ser motivado por el robo. Un carretero llamado Soro,
que se dedicaba al tráfico de productos entre
Zaragoza y Huesca, fue hallado en la carretera, destrozado
el cuerpo por golpes de palo y bajo una de las ruedas
del carro que guiaba. Suponiendo que, al pasar frente
a Almudévar, los ladrones aprovechando la sordera
de aquel infeliz y la circunstancia de hallarse cubierto
por una manta con broches, le sorprendieron y causaron
la muerte sin darle tiempo para defenderse, pues era
el hombre de animo sereno y gran energía. Refiérese
de él, que en el mismo lugar precisamente donde
ha sido muerto, fue asaltado hace algunos años
por algunos bandidos. Lejos de intimidarse, Soro sacó
una pequeña navaja, y con tal esfuerzo la usó,
que tras larga lucha, dejó muerto a uno de los
ladrones, hirió a otro y puso a los demás
en dispersión. Por este hecho se le concedió
licencia perpetua para usar armas, pero él, fiado
siempre en las simpatías que gozaba en el país,
viajaba desarmado. Supónese que sobre el cadáver
hallarían los criminales unos 50 duros»
(El Pirineo Aragonés, 21 de diciembre
de 1884) (Figura 13).
Desafortunadamente,
los casos son abundantes. Veamos algunos ejemplos:
«Detención
importante. Hace algunos dias dimos cuenta de haber
sido detenido, ingresando en la cárcel de este
partido, [el prófugo] Bernardino
Val (alias) Calzapreta. Hoy podemos añadir nuevos
detalles acerca de esta detención, que por las
circunstancias del individuo, reviste verdadera importancia.
(…) Se le imputan tan criminales hechos como el
asesinato de una señora en Belchite, el de su
padre estando trabajando en el monte de la misma población,
y el de un arriero de Plenas, después de robarle,
en el camino que conduce desde dicho pueblo á
Belchite» (Diario de Huesca,
17 de marzo de 1890).

Figura 13. Vicién.
Camino de Huesca a Almudévar. Cuantos carros
tuvieron que pasar por aquí y qué cargados
debían ir para dejar estas marcas. Juan M. Rodríguez.
«En
el camino de Alcubierre á Berbegal, ha sido herido
gravemente por dos disparos de arma de fuego que le
hicieron dos hombres enmascarados, el arriero Diego
Revilla, muy conocido y apreciado en aquella comarca,
donde se dedica al tráfico de aceite»
(Diario de Huesca, 1 de mayo de 1899).
«En
el término municipal de Valcárlos robaron
el día 5 tres desconocidos á un arriero,
vecino de Espinal, la cantidad de 17 duros, y después
de dejarlo atado á un árbol, huyeron los
ladrones, sin que hasta la fecha hayan sido habidos»
(Diario de Huesca, 11 de mayo de
1882).
«Unos
rateros sorprendieron y robaron anteayer á un
arriero en la carretera de Zaragoza en las inmediaciones
de la estación de Almudévar. En el mismo
dia háse también referido que después
de pasar el tren-correo de Madrid por dicha estación,
ya entrada la noche, se atropello al guarda-aguja, encerrándole
en su casilla y robándole cuanto dinero poseía.
La seguridad individual en nuestra provincia, por efecto
de la gran miseria que en ella se padece, está
amenazada seriamente si no se adoptan especiales medidas
de vigilancia en la población rural. Comprendiéndolo
así el gobernador civil Sr. Bisso, ha determinado
que vuelvan á sus puestos las fuerzas de la guardia
civil que se reconcentraron en la capital en los primeros
dias de la semana, acuerdo muy acertado y oportuno»
(Diario de Huesca, 30 de noviembre
de 1878). La noticia continuaba al día siguiente
con algunas aclaraciones:
«Aunque pudo intentarse no fue robado hace dos
dias el guarda-aguja de la estación de Almudevar
como se refirió en esta población, sino
que por el contrario este honrado empleado persiguió
y disparó su arma contra dos sujetos de apariencia
sospechosa que seguramente serían los que momentos
antes aligeraron los bolsillos de un arriero á
su paso por la carretera» (Diario
de Huesca, 1 de diciembre de 1878).
«Nuestro
corresponsal de Lérida nos comunica una noticia
de interés para aquella y esta provincia. Fuerzas
del cuerpo de carabineros, á las órdenes
del incansable teniente Sr. Pantoja, han capturado á
tres ladrones armados que se encontraban en acecho en
la carretera de Lérida á Huesca, proponiéndose
sorprender á algún arriero ó viajante
como lo venían haciendo desde algún tiempo
atrás, sembrando el pánico en las comarcas
limítrofes á ambas provincias y perjudicando
notablemente á la circulación y al tráfico.
La partida era mucho mas numerosa y tenia estensas ramificaciones,
por lo que á dicha captura ha seguido la detención
de varios otros sugetos á quienes se supone relacionados
con ella. El servicio realizado por el teniente de carabineros
Sr. Pantoja y la fuerza de su mando es muy importante
para la tranquilidad y movimiento comercial de las provincias
de Lérida y Huesca» (Diario
de Huesca, 9 de febrero de 1878).
Finalmente, algunas
veces los propios arrieros eran citados para que se
presentasen ante el juzgado por deudas no satisfechas
o por ser posibles testigos de hechos delictivos:
«Cédula
de citación del juez de instrucción del
partido de Boltaña para que comparezca en aquel
juzgado á prestar declaración en causa
que se instruye sobre robo de dinero y efectos de D.
Benigno Callizo, á un alpargatero de tierra baja
que en el mes de Octubre último concurrió
á la feria de aquella villa y vendió al
Andrés Callizo catorce pares de alpargatas y
una pieza de veton negro; y á un arriero que
en la última primavera estuvo en el pueblo de
Fiscal y pidió prestados 20 reales á Andrés
Callizo” (Boletín Oficial
de la Provincia, 30 de marzo de 1888).
«Cédula de citación
mandando comparecer ante el Juzgado de instrucción
de Jaca, á un arriero, vecino de Naval, que el
día 9 de Septiembre último, se hallaba
en el pueblo de Gillué, partido de Boltaña,
al objeto de prestar declaración en causa sobre
hurto contra Antonio Grasa» (Boletín
Oficial de la Provincia, 6 de junio de 1892).
6. ¡Menudo
carácter!
Los apartados anteriores
nos dejan ya una conclusión evidente: los pusilánimes
no tenían cabida entre los arrieros. Las condiciones
de trabajo requerían que los dedicados a este
oficio tuvieran un carácter fuerte revestido,
eso sí, de don de gentes. Tanto trato, tanto
trato…, era normal que reclamasen un trato justo
para con ellos. Si no, podían saltar chispas:
«Noches
pasadas se promovió una disputa entre un carretero
y el dependiente de consumos de la puerta de San Francisco,
por negarse con razón el último a tener
cuidado y vigilancia de un carro que el otro dejaba
en las afueras. La intervención de los carabineros
que en dicho punto prestan servicio, hizo que la contienda
no pasase más allá de propinarse algunas
chuletas» (El Pirineo Aragonés,
10 de febrero de 1884).
Aunque los arrieros
y carreteros pasaban gran parte de su tiempo fuera de
su pueblo, paradójicamente este hecho les procuraba
un gran sentimiento de pertenencia al mismo. De hecho,
sus clientes les solían conocían por su
nombre o apodo seguido de su lugar de origen (Mamón
de Naval, Perico de Alquézar, Tomasón
de Buera…). Pocas cosas les sentaban peor que
alguien hablase mal de sus convecinos:
«También
somos muy patriotas de nuestro pueblo. Una vez estaba
un arriero del pueblo [Colungo] comiendo
en una posada de Barbastro y los de la mesa de enfrente
uno de ellos criticaba que uno de Colungo le debía
cuatro ónzas de unos bueyes que le había
vendido. Dejó el arriero de comer yendo hacia
ellos con cara de pocos amigos y dando un fuerte puñetazo
en la mesa, le dijo al de los bueyes, sacando la bolsa
del ceñidor: “Toma las cuatro onzas, barfulaire,
y ¡nunca hables mal de nadie de mi pueblo!”.
El hombre contento por haber cobrado y blanco como la
pared del susto, le pidió perdón»
(Andreu, 1986).
Claro que, como en
toda profesión, siempre hay alguien que se sale
del tiesto:
«Se
está instruyendo una causa en extremo curiosa
y que prueba hasta donde puede llegar la obcecación
y salvajismo de un borracho. Llegó un arriero
a una taberna y pidió dos copas, una para él
y otra para su burro. Tomó el tabernero la ocurrencia
á guasa, pero el arriero insistió, amenazando
con un enorme cuchillo, y aquel sirvió el licor
en dos transparentes copas, de las que una bebió
el burro y otra el hombre. Los bebedores que se hallaban
en el establecimiento se burlaron grandemente de la
ocurrencia del forastero, pero éste, navaja en
mano, dispuso que se sirvieran unas copas á todos,
y les obligó que brindaran por el rocín,
siendo de ver cómo iban tocando con sus copas
en la que el arriero sostenía junto al hocico
de su compañero, repitiendo todos la consabida
frase de “a la salud del burro".
Una
vez libres de aquel cafre, denunciaron el hecho al juzgado,
y el arriero se halla bajo la acción del tribunal
por haberse gozado en amilanar á los otros con
tan brutal coacción»
(El Pirineo Aragonés, 30 de octubre
de 1887).
También había
algún que otro espabilado…:
«Un
arriero (según cuentan) llevaba un burro y se
le cayó; en seguida el arriero ofreció
muchas velas á San Antonio, si el burro se levantaba
sano, y así sucedió; pero entonces éste
dijo: Arre burro... ¡Ridiós si me haces
comprar velas! Y le dio unos cuantos palos»
(Diario de Huesca, 6 de diciembre de 1918).
… algún
que otro despistado:
«Y
esto nos recuerda el caso de aquel escribano, á
quien un amigo envió una cesta de cangrejos.
El arriero, que llevaba la cesta á la vez que
una carta en que se anunciaba el regalo, no tuvo cuidado
con aquella; y poco á poco los animalitos, que
estaban todos vivos, fueron saliéndose de la
misma y cayendo en el camino. Llegó el arriero,
dio al escribano la carta, y este dijo después
de leerla: - ¡Tío Juan! en esta carta me
dicen que vienen unos cangrejos. - ¡Pues me alegro
que vengan en la carta! - exclamó gozoso el tio
Juan; -porque lo que es en la cesta no ha quedado ni
uno!» (Diario de Huesca,
5 de febrero de 1884).
… algún
que otro maleducado:
«Sucedió
en Abizanda en otoño de 1932. Mi abuela materna
(María Mata Laplana), que era viuda, y estaba
delicada de salud, tomaba el sol en la puerta de su
casa cuando llegó un arriero, que solía
pasar una vez al año, y le ofreció unas
medias y mi abuela no quería comprarlas. Él
le insistió diciendo:
- Señora María, cómpreme estas
medias que son de Tolosa y llegan hasta “la cosa”.
Mi abuela le contestó ofendida:
- ¡¡Descarao, poca vergüenza!!! Pero
él volvió a insistir diciendo:
- Pues cómpreme estas otras que son de Logroño
y llegan hasta el coño.
Y mi abuela le dijo que no volviera más por allí»
(informante: Mª Pilar García
Guatas, Abizanda).
…y algún
que otro bromista (aunque no siempre le saliera bien
la jugada):
“No
menos importantes en la cultura vinícola son
los chascarrillos que han girado en torno a la misma,
como la que me contaron ocurrida entre dos arrieros.
Uno transportaba vino en odres cargado en las mulas,
dispuestos de forma que se ajustaran bien a las jalmas
de las mulas, y esto era que la boca de los odres, que
era el cuello del animal cuya piel había servido
para hacer el odre, fuera a la parte de atrás.
De esta forma y dada la práctica que tenían,
cuando querían dar a probar el vino desataban
el cordel que aprisionaba la boca, sujetándolo
con la mano, y al aflojar un poco dejaban salir un chorrico
de vino como si de una fuentecilla se tratara.
Total,
que al hallarse con otro arriero cuyas mulas iban sin
carga porque se dedicaba a otros transportes, le ofreció
el vino y se lo dio a degustar de la forma indicada;
el primer arriero no ató el odre que retenía
con la mano por si el segundo arriero –y potencial
comprador- quería degustarlo nuevamente para
quedar cerciorado de la calidad. Éste, con un
poco de picardía, le dijo al primero: “-
Bien, éste que he probado es bueno, pero el otro
no sé cómo será”. “-
Ten, aguanta éste, que desato el otro y lo probarás
también”. Cambio de mano en la boca del
primer odre. Se echa un buen trago del segundo a la
vez que, malintencionadamente, se deja desmandar un
poco por la cara y le dice: “- Bueno es, pero
toma, aguanta éste, que saco el pañuelo
para limpiarme”. El primer arriero se queda con
una mano en cada boca de odre mientras el otro se aleja
unos pasos”. “-Oye, ven para atar los boticos”.
“-No, no, que tengo prisa, otro día será”.
El buen arriero vinatero se queda con las dos manos
ocupadas sin poder soltar porque se le derramaría
el vino y la cara pegada al culo de la mula. Mal lo
debió pasar hasta que le llegara alguna ayuda,
aunque fuera a cuenta de dar a probar el vino.
Pasado algún tiempo, se vuelven a encontrar y
el bebedor por la cara, le hace una provocación.
-¿Qué tal llevas hoy el vino? ¿lo
probamos? “-Sí”, le contesta, pero
éste, antes de beberlo, se vuelve vinagre. Mientras
le dice eso, le suelta dos buenas bofetadas y le deja
la cara morada. “- Mírate a un espejo,
ya verás como tienes a cara avinagrada. Hasta
otro día que tengo prisa»
(Ara, 2004). Y es que, como dice el refrán, «arrieros
somos y en el camino nos encontraremos».
7. Nuevas técnicas
de venta: anuncios en los periódicos
Los tiempos iban cambiando
y, como estamos viendo, los periódicos tenían
una influencia cada vez mayor sobre la vida cotidiana
en la época en la que estamos centrando este
capítulo. Se distribuían con cierta rapidez
y su radio de acción era relativamente grande.
Era el vehículo ideal para dar a conocer las
mercancías que se vendían en las tiendas.
Esta circunstancia fue aprovechada por algunos arrieros,
que se aprovisionaban de géneros cercanos…
o lejanos empleando la mula, el carro o el ferrocarril
y los vendían posteriormente en ciertos puntos
de una localidad, dando una comisión al dueño
del establecimiento:
«En
la casa número 4 de la calle Zalmedina, carneceria
del Montañés, hallará el público
de venta por cuenta del arriero, higos de Fraga legítimos
á 6’50 pesetas caja de arroba, (12 y medio
kilos), y pimiento dulce procedente de Murcia, á
precio muy económico» (Diario
de Huesca, 5 de noviembre de 1886).
«Se
venden sardinas por cuenta del Arriero á una
peseta el 100 y á 15 céntimos docena y
por cubos enteros. Calle del Hospital numero 13»
(Diario de Huesca, 28 de diciembre de 1886).
«Castañas
de la Vera. Legítimas. Se acaban de recibir,
y se venden en el Fielato de esta población,
á 20 reales los 10 kilos, por cuenta del arriero»
(Diario de Huesca, 21 de diciembre
de 1883). Curiosamente, en este mismo número,
el fotógrafo Félix Preciado anunciaba
que, en su establecimiento de la calle del Coso Alto,
28 (Casino Principal), «se
retrata todos los dias aunque esté nublado y
se garantiza el parecido». ¡Menos
mal!
No obstante, las nuevas
técnicas de marketing no podían competir
en cuanto a ingenio y creatividad con algunas fórmulas
de antaño:
«Lo
que no sabemos es si a la venta ambulante de la sal
[producida en Salinas de Jaca],
se dedicaban hombres tan chizones como aquel arriero
de Naval, que pregonaba su género con una intrigante
formulilla: “¡Sal de Naval y simiente de
mocé!» (Dieste, 1994).
8. Esos malditos
quintos…
Como es bien sabido,
los “quintos” eran los jóvenes
que estaban en edad de hacer el servicio militar en
un año determinado. Su nombre procede de la contribución
de sangre u obligación de servicio militar que
Juan II de Castilla (1406-1454) impuso durante su reinado,
según la cual uno de cada cinco varones debía
servir en el ejército, disposición que
Felipe V retomó en 1705 (Real Orden de 7 de marzo
de 1705).
Durante unos días,
los quintos eran protagonistas de una especie de “rito
de paso”, tan común en las culturas
indígenas. El “programa” solía
incluir desde actividades lúdicas, religiosas
y deportivas (más o menos formales) hasta actos
de verdadero vandalismo (algunos convertidos en costumbre
y otros espontáneos) que se trataban con indulgencia.
Al fin y al cabo, eran unos días de cierta permisividad
en los rígidos esquemas rurales de otros tiempos.
Y, aunque el servicio militar ha desaparecido en España,
en muchos lugares de Huesca (Ayerbe, Almudévar…)
los quintos se han convertido en una tradición
festiva, por la que los jóvenes al cumplir la
mayoría de edad hacen una especie de fiesta.
Por ejemplo, en Alcolea de Cinca es tradición
que los quintos bajen al río el sábado
para comer y cortar los chopos que se "plantarán"
en las alcantarillas de las calles del pueblo.
Pues bien, los inefables
quintos también fueron una fuente de dolores
de cabeza para arrieros y carreteros. A veces la tomaban
con sus caballerías: desde desaparejarlas y soltarlas
en cualquier sitio, por inverosímil que fuese,
hasta pintarlas y emborracharlas, pasando por introducirles
pimienta y otras lindezas por “sálvese
las partes” (Figura 14). Todavía en pleno
siglo XXI, algunos quintos “sin mili” de
otros lares realizan “proezas” similares.
El titular del periódico es elocuente: «Los
quintos de Torreorgaz matan a una burra a patadas y
con un palo en el recto». La crónica
del suceso aún más:
«Una
docena de jóvenes de 17 años de Torreorgaz
mataron a una burra a puñetazos, patadas e insertándole
un palo en el recto hasta dejarla reventada por dentro.
Ocurrió en la madrugada de ayer, tras celebrar
una noche de juerga. Por tradición, los quintos
del pueblo salen todas las noches de los jueves desde
el mes de octubre hasta el puente de la Constitución,
el 6 de diciembre. Cortan una encina y la queman en
Nochebuena. Al año siguiente los relevarán
lo que cumplan 17 años. Según la alcaldesa,
“esta noche han salido 12 chicos, pero se les
ha ido de las manos”. Aseguró, además,
haberse planteado en más de una ocasión
acabar con la tradición de los quintos. “Cada
año pasa algo, aunque nunca se ha llegado al
extremo de lo que ha ocurrido hoy”»
(El Periódico de Extremadura, 31 de
octubre de 2009).

Figura 14. Las caballerías,
una (no tan) antigua fijación de los quintos.
No obstante, en el
Alto Aragón eran los carros los que parecían
tener un especial magnetismo para sus fechorías:
«A
medida que se acercaba el momento de abandonar el pueblo
para incorporarse al servicio militar, su comportamiento
era más festivo y desordenado, siendo de esperar
alguna broma pesada para grabarlo en el “historial”
de la quinta. En Laspuña, “ya empezábamos
15 días antes de marchar haciendo juergas”.
La mala fortuna hizo que, en uno de esos momentos, llegara
a ese pueblo un “carro de ésos que traían
los comestibles y el vino, que antes no había
carretera y los carros paraban abajo en el puente. La
gente bajaba con las caballerías y subían
el vino”. Pues bien, “un pobre señor
vino con el carro, lo dejó allí toda la
noche, subió a dormir p’aquí y al
día siguiente los quintos, por la cuesta ésa,
¡eh!, y no sé cómo, el carro con
los bocoyes de vino lo metieron en la plaza. El hombre
aquél estaba desesperado; - me lo tenéis
que bajar, ya os daré dos o tres jarros de vino”.
Y no era para menos ya que, entre el lugar donde se
dejaban los carros y la plaza del pueblo, había
una diferencia de unos 150 metros de altura.
Curiosamente,
los quintos de Robres tenían la costumbre de
que, la noche anterior a la Purísima, todos los
carros que había fuera, al raso, se cogían
y se llevaban a la plaza y se ponían en círculo
como los indios o se vulcaban y entonces se miraba a
ver qué quinta había cogido más
carros» (Lisón,
1986).
9. Referencias
Adell, J.A., García,
C. 2000. Historias de bandoleros aragoneses.
Pirineo, Huesca.
Adell, J.A., García,
C. 2002. Otros bandoleros aragoneses. Pirineo,
Huesca.
Andreu, A. 1986. Cólungo,
un pueblo con historia. Diario del Alto Aragón,
14 de agosto de 1986, Huesca.
Ara, V. 2004. Cuentos
y chistes sobre el vino en el Alto Aragón. Diario
del Alto Aragón, 21 de marzo de 2004, Huesca.
Biarge, A. A Lúsera,
por Belsué. Nueva España, 15
de abril de 1973, Huesca.
Breville, B. 2022.
Fraude alimentario. Le Monde Diplomatique en español.
Mayo, p. 32.
Buesa, D.J. 1998.
Gentes de Gavín para asustar mosenes.
Serrablo, 110: 13-14.
Cajal, P. 1969. X
siglos de historia de Naval (Huesca) y sus salinas y
anecdotario del autor. Edición del autor,
Barcelona.
Camándula,
D. 1844. Arte de Robar (esplicado en beneficio de
los que no son ladrones ó Manual para no ser
robado). Librería de D. Ignacio Boix, Madrid.
Cenac Moncaut, J.
1860. Histoire des peuples et des Etats Pyrenées-France
et Espagne, París.
Dieste, J.D. 1994.
Salinas de Jaca y la sal. Diario del Alto Aragón,
2 de octubre de 1994, Huesca.
González, C.,
Lacaste, A.J., Gracia, J.A. 1998. La sombra del
olvido: tradición oral en el pie de sierra meridional
de Guara. Instituto de Estudios Alto Aragoneses,
Huesca.
Lisón, J.C.
1986. Cultura e identidad en la provincia de Huesca.
C.A.I., Zaragoza.
Llanas, J.A. 1974.
De la lluvia. Nueva España, 24 de septiembre
de 1974, Huesca.
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