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Arrieros del Alto Aragón Arrieros del Alto Aragón
Una vida en el camino:
9. Gajes del oficio
  Juan Miguel Rodríguez Gómez
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«Tiene bonita torre la iglesia de Lúsera, de construcción esmerada. El campanario no cuelga ya bronce. Grave responsabilidad las de las campanas de los pueblos, cuyo tañido servía para congregar al pueblo, para marcar las horas de trabajo común, para apagar incendios, para dar batidas de alimañas y dar persecución a intrusos y malhechores; marcaban la llegada de la recua del arriero, la venida del médico, del veterinario...». Ana Biarge. A Lúsera, por Belsué. Nueva España, 15 de abril de 1973.

1. Introducción

Arrieros y carreteros tenían un modo de vida itinerante, encontrándose necesariamente expuestos a unas condiciones orográficas y climatológicas que podían llegar a ser muy duras. Para más inri, nunca dispusieron de buenas vías de comunicación. Surcaron los caminos del Alto Aragón en épocas de epidemias (que se trataron en un capítulo anterior), hambrunas, conflictos armados, bandolerismo, contrabando y estraperlo. Pero también fueron testigos de épocas de bonanza, celebraciones, fiestas y ferias. Todo un caldo de cultivo para miles de anécdotas. En este capítulo, se recoge una selección, con especial atención a aquellas que aparecieron en la prensa a partir del último cuarto del siglo XIX.

2. De los duros inviernos a la adulteración de los alimentos

«Aquellos inviernos de entonces…». Suena a frase hecha, pero es que, entre el último cuarto del siglo XIX y la primera mitad del XX, se sucedieron algunos inviernos particularmente rigurosos en territorio oscense (Figura 1). Frío, nieve, hielo, sabañones, oscuridad, incomunicación… Basta con leer el parte publicado el 18 de enero de 1885 en El Pirineo Aragonés: «El día 18 se helaron hasta los orines en los dormitorios y bastaba dejar caer el agua en el suelo para que quedara congelada al instante». En ese mismo año, el tráfico de diligencias entre Huesca y Jaca no se pudo reestablecer hasta ya entrada la primavera: «Asegúrase que desde primeros de abril, la empresa de diligencias titulada de la competencia, reanudará su servicio entre esta ciudad y Huesca, interrumpido por los accidentes del pasado invierno» (El Pirineo Aragonés, 29 de marzo de 1885).

El invierno no detenía la actividad de carreteros y arrieros pero, obviamente, llevaba aparejado ciertos riesgos “extraordinarios” y entorpecía notablemente su trabajo. Si las condiciones eran impracticables tenían que detenerse y esperar a que amainara el temporal: «El lunes aparecieron cubiertas de nieve todas las colinas que circundan nuestra ciudad y desde aquel día apenas hemos disfrutado de tiempo soportable. En la imposibilidad de pasar el puerto de Canfranc, han retrocedido algunos carros de transporte que se dirigían a Francia» (El Pirineo Aragonés, 12 de abril de 1885).

Figura 1. Carreteros atrapados tras una gran nevada en Jaca. Edición F. H. (Jaca). Colección del autor.

El hielo resultaba particularmente temido ya que era una causa frecuente de accidentes. Como aquel que tuvo lugar entre Biescas y Panticosa y que narraba el corresponsal de El Pirineo Aragonés en el Valle de Tena:
«Escarrilla, 15 de enero de 1883.

Una desgracia que en el día de ayer afectó sensiblemente á este reducido vecindario, me obliga a coger la pluma con objeto de dársela a conocer en breves líneas. El tan conocido y apreciado carretero de Loporzano apedillado Montory [Montori], que se encaminaba por la carretera de Biescas á Panticosa conduciendo un carro de su pertenencia, trató de evitar según refieren testigos presenciales, que el vehículo se inclinara y cayera á la cuneta á consecuencia de los esfuerzos y dificultades que á su marcha oponía el hallarse completamente helado el camino, cuando en un momento se le hizo imposible la resistencia, é inclinándose el carro al retroceso, ocupó por casualidad al citado conductor una posición peligrosa entre una gran peña que se halla al lado izquierdo de la carretera y una de las ruedas con tan mala suerte, que lo aplastó y ocasionó la muerte instantánea.

Me consta que el juzgado instruye las oportunas diligencias. Acompañaban al desgraciado un hermano suyo y otro joven del vecino pueblo de Sallent, que efecto de la impresión recibida, necesitaron también asistencia facultativa.

Nada más ocurre. Tenemos noticias del cambio de Ministerio, que no preocupa gran cosa á este montañoso país que nada absolutamente del tiempo dedica á la política, elemento indispensable en los centros oficiales. Lo que aquí necesitamos es paz y que dure, para podernos dedicar tranquilamente al recrío de caballerías, casi única ocupación del que habita estas apartadas regiones. La vida en estos pueblos es sumamente monótona en esta larga temporada de invierno, por lo que esta carta carece de la amenidad que quisiera darle. C.» (El Pirineo Aragonés, 21 de enero de 1883) (Figura 2).

Figura 2. Todavía caen buenas nevadas en Escarrilla de cuando en cuando: 5 de marzo de 2008, el telediario de Antena 3 abre con una conexión en directo desde esta localidad del Valle de Tena debido al temporal de nieve.

La crónica fue aprovechada por un lector para mostrar su pesar, pero también para quejarse de la calidad de algunos de los artículos que llegaban al valle:
«Valle de Tena, 5 de febrero de 1883.

En uno de sus números leí una carta fechada en Escarrilla, en la que con dolor ví la desgracia del honrado carretero Montoriz [Montori], suceso que nos impresionó hondamente por conocer muy de cerca de aquel laborioso e infortunado sujeto, y en la misma carta manifestaba su fiel corresponsal, que nada más de particular ocurría en los pueblos de este Valle.

Sin que mi ánimo sea censurar tan oportuna correspondencia, me atreveré a manifestar á V., llevado quizá de mi experiencia, que hay algo más, que debe llamar vivamente la atención de las autoridades municipales de los ocho distritos que lo forman, y es el escándalo inaudito y solapado con que varios carreteros y vivanderos expenden algunos artículos adulterados de consumo, principalmente los caldos, que por ser de primera necesidad, está en ello interesada la salud y la vida del consumidor, siendo naturalmente víctimas de la estafa, ó como deba calificarse, las clases media y proletaria, por carecer de recursos para abastecerse sin caer en manos de tales especuladores.

Refiérome en particular al vino y licores comunes, que hace ya bastante tiempo se expenden con abuso de la candidez de estos moradores. Dándoles en vez de lo que desean comprar, agua compuesta por drogas ó inmundicias, que según su cantidad no pueden menos de ser nocivas, comprometiendo muy fácilmente la salud y hasta la existencia del consumidor, como desgraciadamente lo prueba el rumor de haber sucedido casos en algunas localidades. Hace pocos días me contaron personas que merecen entero crédito, que se había analizado el vino de tres o cuatro carros que se dijo procedían de Villamayor y pueblos limítrofes en la provincia de Zaragoza, y resultó ser agua con azúcar y futchsina, lo cual no dejará también de redundar con el tiempo en descrédito de los excelentes vinos de aquella comarca.

Por hoy no puedo decir a V. mi domicilio fijo, pero como nacido en este Valle, en él resido y desde él fecho mi epístola. F.S.C.P.» (El Pirineo Aragonés, 11 de febrero de 1883).

Y es que, en aquellos años, había una auténtica obsesión (casi como la actual) por las sustancias químicas que se añadían intencionadamente a los alimentos para adulterarlos y que, no solo rebajaban su calidad, sino que ponían en peligro la salud del consumidor. Por supuesto, siempre han existido adulteraciones de los alimentos, desde camuflar los colores, olores y sabores de carnes prácticamente putrefactas (cochinilla, especias…) hasta mezclar la harina con toda clase de cosas que tuvieran un color parecido (yeso, tiza, talco…) Pero en el siglo XIX se produjo una gran expansión de la Química y los nuevos conocimientos podían causar estragos en manos de productores o distribuidores desaprensivos. La nueva base científica de las adulteraciones hizo que estas prácticas se conocieran como sofistificaciones de bebidas y alimentos. Cualquier fallecimiento que, en otro tiempo, se hubiera considerado como de causa natural ahora se relacionaba rápidamente con alguna sofisticación. La incipiente prensa también extendía las noticias sobre estas prácticas de una forma mucho más rápida, por lo que la preocupación llegó hasta las capas más populares.

El pistoletazo de salida para el apercibimiento (a gran escala) de la población sobre este tema fue la publicación en 1820 del libro A Treatise on Adulterations of Food and Culinary Poisons (Tratado sobre la adulteración de los alimentos y venenos culinarios) por parte del químico alemán Friedrich Accum (Figura 3). Accum llamaba la atención sobre el creciente número de fraudes y sus consecuencias sobre la salud de los consumidores. «La muerte está en la olla», destacaba la portada de su libro, retomando una frase del Antiguo Testamento.

Figura 3. Portada del libro A Treatise on Adulterations of Food and Culinary Poisons (Accum, 1820). En el siglo XIX, los alimentos y bebidas se convirtieron en sospechosos de cualquier tipo de adulteración “científica”. Biblioteca UCM.

El inventario elaborado por el científico era realmente para preocuparse. La pimienta blanca, más lujosa, con frecuencia solo era pimienta negra empapada en orina y luego secada al sol. La pimienta negra vendida a los pobres contenía una cantidad significativa de polvo. Se ponía ácido sulfúrico o vitriolo en el vinagre para aumentar su acidez, cobre en los pepinillos para volverlos más verdes o melaza para dar color a la cerveza. También se le añadían al té paja, hojas y diversas ramas secas, arena al azúcar, arsénico en las conservas, estricnina en la cerveza, óxido de cobre en la absenta … (Figura 4). Los alimentos y bebidas se transforman en auténticos venenos (Figura 5 y 6) y cualquier análisis es poco para comprobar su autenticidad y ausencia de peligros (Figura 7).

Figura 4. Algunas de las prácticas de adulteración de los alimentos practicadas frecuentemente en la época: adición de arena al azúcar (a), adición de agua insalubre a la leche (b), adición de todo tipo de polvos a la harina (c) o adición de vitriolo al vino o al vinagre (d). Dibujo publicado en la revista Punch a mediados del siglo XIX. Biblioteca UCM.

Figura 5. La niña dice: «mi madre dice si le puede proporcionar un cuarto de libra de su mejor té para matar ratas y una onza de chocolate para quitarse de encima a los escarabajos, gorgojos y carcomas». Revista Punch, 4 de agosto de 1855, p. 47. Biblioteca UCM.

Figura 6. La muerte trae alimentos adulterados a la mesa. Cómo viene la muerte,
caricatura de 1919 del Philadelphia Inquirer. Dominio público.

Figura 7. «Mira antes de comer y a ver si encuentras algún alimento que no esté adulterado».
Portada de la revista Puck (12 de marzo de 1884). Biblioteca UCM.

El vino, uno de los productos más consumidos en la época, era sin duda lo que más espoleaba la imaginación de los infractores. Mientras que los posaderos y taberneros agregaban agua para aumentar su volumen, los productores multiplicaban los trucos para corregir su brebaje. ¿El vino era demasiado ácido? Se vertía miel o sirope de azúcar. ¿Era demasiado claro? Se le añadían grosellas trituradas o bayas de saúco. ¿Faltaba uva? Se podía fabricar la bebida desde cero, por ejemplo, siguiendo esta receta de un manual holandés: «Para hacer vino español sin vino (…) coge veinticinco o treinta libras de pasas limpias y ponlas en un recipiente, añade cuatro partes más de agua, un poco de sándalo en un paño limpio y hierve esta mezcla en un caldero limpio (…), añade un poco de tártaro y déjalo fermentar» (Breville, 2022). Algunos viticultores también utilizaban litargirio, un óxido de plomo usado como colorante, lo que en ocasiones derivaba en una intoxicación saturnina que podía provocar fiebre, dolores de cabeza, temblores, convulsiones, parálisis y a veces incluso la muerte. ¡Y mejor no hablar de lo que se podía llegar a hacer con los productos más perecederos, como la carne o la leche!

El libro tuvo una gran repercusión para la época. Se vendieron miles de ejemplares en pocas semanas y se imprimieron más tiradas. En 1822, la obra fue traducida al alemán y posteriormente a otros idiomas y se publicaron extractos y dibujos de corte satírica en periódicos de toda Europa y Norteamérica. Se publicaron libros con la misma temática, también en España. Al reducirse el peligro de carestías y hambrunas, la gente de la época se preocupó menos por el problema cuantitativo y comenzó a interesarse más por la calidad de los alimentos. El descubrimiento de la teoría microbiana, que reveló la relación entre la alimentación y determinadas enfermedades, y el desarrollo de la corriente higienista también estimuló ese interés que fue creciendo a lo largo del siglo XIX. Y es que a las mil y una manipulaciones de comerciantes y productores se sumaban los problemas de higiene, en una época que no conoce el frigorífico, pero consume mucha leche, mantequilla, nata, huevos y carne, alimentos en los que diversos patógenos proliferan rápidamente si no se consumen rápidamente o si no se conservan en condiciones adecuadas. Poco a poco, los poderes públicos se fueron dotando de medios con los que detectar los alimentos en mal estado, manipulados y adulterados. A lo largo del siglo XIX se promulgaron diversos textos para castigar la falsificación de productos alimentarios. Las causas de los problemas de salud ya no estaban tan claras:

«Una breve y al parecer ligera enfermedad de dos días, un simple catarro, ha hecho bajar al sepulcro al más anciano de Jaca, al venerable José Villanúa, que durante una larga vida de 87 años había desafiado los rigores de los más crudos inviernos, viniendo á morir en el más benigno de todos ellos, y cuando su perfecta salud le auguraba todavía una dilatada vejez. Algunas personas empiezan a preocuparse seriamente, y hasta se habla de si podría influir en la pública salubridad la mala calidad y adulteración de los alimentos, especialmente de los vinos. No creemos que haya motivo racional ni fundado para estas preocupaciones.

La mortalidad aunque sea sensible, no es excesiva ni mucho menos alarmante. Las dignísimas profesiones médicas y nuestro celoso municipio velarán constantemente, no lo dudamos, porque los artículos de consumo reúnan las condiciones higiénicas y alimenticias que son de desear, evitando cuidadosamente que por una sórdida avaricia se cometan abusos que puedan traer fatales consecuencias, y castigándolos con mano fuerte si, lo que no es de esperar, llegara a descubrirse alguno.

Por lo demás, estamos tranquilos, nadie se muere hasta que Dios quiere, como dice el refrán y tengamos presente que la preocupación y el miedo pueril suele convertir en reales peligros ilusorios» (El Pirineo Aragonés, 4 de marzo de 1883).

En ese mismo número del periódico, dos arrieros manifestaban su indignación por la carta en la que se ponía en entredicho la honorabilidad de todos los que, como ellos, vendían habitualmente en el valle de Tena; estaban especialmente molestos porque la acusación se hubiese hecho sin aportar ninguna prueba y sin dar nombres concretos, lo que afectaba a la credibilidad de toda la profesión:
«En el número 43 de su popular é ilustre semanario, hemos visto inserta una carta del Valle de Tena, fecha 5 de febrero, y firmada con las iniciales F.S.C.P., en la cual se hacen duros cargos á los carreteros que surten de vino aquel Valle y se excita el celo de las autoridades para que pongan coto a tales abusos.

Traginantes honrados y acreditadísimos, y confiados en la tranquilidad de nuestra conciencia, no se nos hubiera ocurrido darnos por aludidos, si no fuera por lo que el señor F.S.C.P. añade de que “según le contaron, analizado el vino de tres o cuatro carros que se dijo procedían de Villamayor y pueblos limítrofes en la provincia de Zaragoza, resultó ser agua con azúcar y futchsina”.

En vista pues, de esta gran denuncia, que puede redundar en desprestigio nuestro, cumple a nuestra honradez manifestar al señor F.S.C.P. lo siguiente:

Que nosotros hemos subido al Valle vino de Villamayor, del cual tenemos en aquel país algunas existencias, cuya buena calidad puede comprobarse a cualquier hora, y que el comunicante hará un gran servicio, que nosotros seremos los primeros en agradecerle, si manifiestan públicamente en el periódico, quiénes eran los dueños de los tres o cuatro carros cuyo vino se analizó y resultó adulterado, pues de otro modo no queda muy bien parada su formalidad y buena fé.

Damos a V. las gracias, señor director, y retamos al comunicante á que demuestre la verdad y exactitud de los graves hechos que denuncia, citando personas, y dando el nombre de la suya, pues cuando se trata de cosas que pueden perjudicar a traficantes honrados y de buena fé, y sobre todo a la salud pública, no debe el que presta este gran servicio ocultarse bajo el velo nada menos que de cuatro iniciales.

Agustín Cabrero. José Lacruz» (El Pirineo Aragonés, 4 de marzo de 1883).

3. Más y más accidentes

Más allá del hielo, las posibles causas de accidentes eran numerosas. Podía ser un simple salto mal dado: «Un pobre muchacho carretero tuvo ayer tarde la desgracia de fracturarse una pierna al tratar de tirarse á la carretera desde un carro en que iba montado». El Pirineo Aragonés, 6 de marzo de 1887). De hecho, podían sobrevenir incluso cuando estaban alojados tranquilamente en una venta o mesón, recuperándose de los esfuerzos de la jornada. Así sucedió en la catástrofe de Espluvins, una venta situada en el leridano valle del Segre pero en la que no era raro que se alojasen arrieros altoaragoneses:

«Según carta que tenemos á la vista fechada en Coll de Nargó el 1.° del actual, escrita por persona competente, es aterrador el cuadro que presenta el sitio en que se levantaba la venta de Espluvins. Calcúlase que han caído sobre la carretera y casa de unos 3500 á 4000 metros cúbicos de piedra toba y están en peligro de desplomarse otros 7000 metros cúbicos. Esto demuestra lo espantoso que fue el derrumbamiento.

Debió ser tan terrible y grandioso el empuje de aquella avalancha de piedra, que parte de la venta de los Espluvins con sus cuadras fue á estrellarse contra la orilla opuesta del rio Segre con todos los habitantes. Hasta ahora se sabe con seguridad, que han perecido 10 personas, que son las siguientes: la madre del dueño de la posada, su mujer, 2 hijas, la criada, el criado, un carretero y un arriero de Orgañá, un arriero de Seo de Urgel y un carretero de Pons, ignorándose sí había más gente en la casa carretera y cuadras, pues como nadie ha sobrevivido á la catástrofe, salvo el dueño, que por hallarse fuera pudo escapar a una muerte segura, no es posible precisarlo. Témese, sin embargo, que sea mayor el número de victimas pues se habían visto poco antes á tres viandantes que no han parecido por ninguna parte.

Si la catástrofe hubiera ocurrido una hora más tarde en que llega allí el coche correo, las desgracias personales y las pérdidas materiales hubieran sido mayores, aunque estas últimas son también de mucha consideración; ya que además de los géneros almacenados, quedaron destruidos cuantos carros y vehículos había, además de 18 caballerías mayores. Los cadáveres que se supone estén sepultados en los escombros no se podrán extraer, hasta después de muchos días, pues antes hay que practicar muchas voladuras en la parte que amenaza ruina para evitar nuevas catástrofes. Se necesitan de 40 á 50 hombres durante 30 ó 40 días para despejar el lugar del siniestro. Se han reunido varios peones y auxiliares, que están trabajando sin descanso, bajo la dirección del ingeniero D. Alfonso Benavent.

El paso para las caballerías estaba interceptado, esperándose que por todo el día de ayer quedaría expedita una pequeña senda, como asi sucedió; pues ayer tarde pasó el capitán general con su escolta. A última hora hemos recibido un telegrama dándonos los nombres de las víctimas hasta ahora conocidas: que son: Raimunda Marot, madre del dueño de la venta, de 70 años; su mujer Rafaela Rafel, de 26 años; sus dos hijos Ramona y Francisco Saña Rafel de 4 y 1 año respectivamente; la criada Raimunda de 14; el mozo de cuadra Ramón Boixadós, de 46, y los arrieros y carreteros, José Estragués de 30; José Rosell, de 40; Pablo Villaginés, de 30 y Antonio Caminal, de 44 íd. También nos participan que en Pons ha sido recogido el cadáver del mozo de cuadra» (Diario de Huesca, 4 de junio de 1894).

Lo mismo pudo suceder algunos años antes en la catástrofe del hospital de Benasque, muy frecuentada por arrieros. La noche del 6 de enero de 1826 un violento alud proveniente del Pico de la Monteñeta asoló el hospital matando a todas las personas que lo ocupaban: «Un huracán o tormenta produjo el desprendimiento de las nieves que contenían los elevados montes de este puerto y su torrente arrebató e inundó el pequeño edificio que existía al pie de aquél, causando como es consiguiente su total destrucción y sepultando entre sus ruinas cinco víctimas que lo habitaban con el objeto de facilitar los auxilios a los viajeros» (Archivo Municipal de Benasque, 1075/1). Por fortuna, el hecho de que los arrieros no soliesen viajar entre el día de Navidad y Reyes evitó que hubiera más de uno en la lista de fallecidos.

Los encuentros con ciertos animales también podían dar algún que otro disgustillo. En este apartado, los toros se llevaban la palma:

«Un toro de la ganadería de Saltillo ha huido del cerrado, escapándose por los campos y caminos, sembrando el pánico y cometiendo atropellos sin cuento. Un arriero perdió el burro, que quedó muerto en la carretera, salvándose él subido á un árbol. Un grupo de mujeres que viajaban en caballerías tuvieron que abandonarlas y huir. El toro, en vertiginosa carrera, mató á dos bueyes que tiraban de una carreta, hiriendo al conductor» (Diario de Huesca, 27 de marzo de 1908).

Tan desafortunados encuentros no debían ser muy raros ya que, de hecho, figuraban como motivo del premonitorio cartel que anunciaba las corridas de toros de las Fiestas del Pilar de Zaragoza del año 1895 (Figura 8):

«El cartel mural es sumamente original; lleva la firma del notable artista D. Marcelino de Unceta, y esto constituye la mejor garantía de ejecución y de buen gusto. La composición representa una escena trágico-cómica. Un pobre arriero que se dirige por la carretera á vender su mercancía, vése de pronto sorprendido por la inesperada visita de un hermoso toro que acometiendo con furia al manso borriquillo, no encuentra su dueño otro lugar de salvación que en lo alto de un poste telegráfico, donde nerviosamente asido, contempla á su pie, con mirada de amargo terror, la feroz arremetida del toro al indefenso jumento; grupo que constituye un bello primor de escorzo. En lontananza aparece el pastor en medio de dos cabestros que tardamente llegan a impedir el daño ocasionado» (Diario de Huesca, 3 de octubre de 1895).

Figura 8. Desafortunado encuentro entre un arriero y un toro. Cartel de las corridas de toros de las Fiestas del Pilar de Zaragoza del año 1895.

Los nuevos sistemas de transporte no solo supusieron unos feroces competidores que acabaron por barrer del mapa a arrieros y carreteros, sino que también conllevaban riesgos físicos “a corto plazo”:

«Muerto por un tren. En el kilómetro 41 de la línea férrea ha sido atropellado por un tren un individuo llamado Diego Hernández, conductor de un carro. Iba el citado sujeto por medio de la vía cuando el convoy le alcanzó, dejándole muerto en el acto» (Diario de Huesca, 27 de marzo de 1908).

Pero, bueno, dentro de lo cabe, el riesgo de colisión con el ferrocarril era más bien bajo. Otra cosa eran las incipientes carreteras, utilizadas a la vez por caballerías, carros… y por “esos locos cacharros”, cada vez más rápidos y cada vez más numerosos (Figura 9). Hasta la primera mitad del siglo XX, los encontronazos con coches y camiones son escasos pero la tasa se dispara a partir de los años 50. Las caballerías y sus conductores pasan a hacerse asiduos en la sección de sucesos de los periódicos provinciales. Parece que los vehículos a motor tenían prisa por echar a esas molestas “antiguallas”, otrora reyes de caminos y sendas.

Figura 9. Carro y coche en Somport. Se iniciaba una convivencia no siempre fácil. Biblioteca UCM.

Los últimos casos se producen a principios de los 70, época en la que arrieros y carreteros “profesionales” ya constituían una especie en inminente peligro de extinción en el Alto Aragón (Figura 10). De hecho, como veremos en los siguientes casos, todos los carreteros o arrieros implicados tenían una edad bastante avanzada en el momento del “impacto”:

«Turismo artístico hacia el Pirineo Central. La jornada toca a su fin. La noche profundamente oscura; a cada momento el auto detiene su prudente marcha, para no estrellarnos con pesados carros que van sin luces, expuestas las mulas de los tiros al atropello de los autos. Los carreteros no abandonan su pesado sueño aunque la bocina rasgue el aire irritada, y pasamos como podemos, por uno u otro lado, forzosamente respetuosos con aquellos déspotas, allanadores de leyes y tiranuelos del camino» (J. García Mercader, El Cruzado Aragonés, 27 de febrero de 1954).

«Sucesos en la provincia. Arriero accidentado. En la carretera de Binéfar a Tárrega, dentro del término municipal de Tamarite de Litera, el turismo francés GE- 5.252-3-68 atropello a una burra, la cual dio un par de coces, rompió el parabrisas del vehículo y echó a correr, arrastrando en la carrera a su guía y propietario Antonio Maull Abilla, de 75 años de edad, vecino de Tamarite, que resultó con heridas de pronóstico reservado. El conductor del vehículo, Pedro Foret Gauthier, y la bestia salieron ilesos del percance. AI parecer, el herido sufre de sordera y no oyó las señales acústicas del coche, emitidas cuando aquél intentaba un brusco cambio de dirección» (Nueva España, 14 de septiembre de 1967).

«Sucesos en la provincia. Arriero herido en accidente de carretera. En la carretera comarcal 1.310, dentro del término de Ballobar, el camión matrícula HU- 11.415, conducido por Pascual Biarge Juan, de 45 años de edad, vecino de Almudévar, colisionó contra una caballería conducida por Andrés Miró Arilla, de 70 años de edad, que resultó con heridas de pronóstico leve. La bestia pereció poco después a consecuencia del trompazo recibido. El camionero salió ileso» (Nueva España, 17 de mayo de 1968).

«Sucesos en la provincia. Arriero herido en accidente. Dentro del término municipal de Alcampel, el camión matrícula HU-24.461, conducido por José Sánchez París, de 46 años de edad, con residencia en Binéfar, alcanzó a la cabalgadura conducida por José Brualla Brualla, de 77 años de edad, vecino de Alcampel, el cual, sufrió heridas de pronóstico leve. La res resultó también con lesiones» (Nueva España, 4 de marzo de 1971).

«Arriero herido. En la carretera de Tarragona a San Sebastián, dentro del término de Peraltilla, el turismo Z-68.885, conducido por Ramón Lámelas Sesé, de 24 años de edad, atropello a una caballería, montada por Tomás Zamora Mata, de 75 años de edad, vecino de Peraltilla, el cual sufrió heridas leves. El accidente se produjo al irrumpir la caballería en la calzada, procedente de un camino» (Nueva España, 23 de julio de 1971).

Figura 10. Ya no hay espacio para arrieros y carreteros. La grúa municipal de Zaragoza remolca una mula que impedía el tráfico rodado. Foto: Agencia EFE, junio de 1983.

4. De los atascos a la fea costumbre de blasfemar

Los cascos antiguos de muchas ciudades, villas y pueblos altoaragoneses, caracterizados por una red intrincada de calles estrechas y recodos casi imposibles, estaban hechos a la medida de las personas y sus caballerías, pero no tanto de los carros (y mucho menos cuando eran grandes e iban a plena carga). Así pasaba incluso en la mismísima villa de Naval. Los históricos estragos que la estrechez de la principal salida del pueblo causaba al tráfico de la sal, primero, y al transporte de viajeros después, fue descrita de forma gráfica por el navalés Privato Cajal (1969):

«No deja de ser éste [refiriéndose al ensanche que hubo que hacer para solucionar el problema], un pequeño hito en la historia urbanística de la villa, del que conviene dejar constancia, para conocimiento y curiosidad de las nuevas generaciones que no han vivido el estado anterior de esta entrada. Nos referimos a la de vehículos, limitada por el granero de la sal, en el lado Sur, y por las casas de Cajal (calle del Cuadro, 7), y las de Echevarría y Sabás (calle de San Miguel 1 y 3), lado Norte. Este estrecho paso, presenta, al salir del pueblo, una ligera pendiente en suave zigzag, lo suficiente para que resultase difícil y hasta peligrosa la salida de carros, cargados con dos o tres toneladas de sal ensacada, tirados por reatas de 4, 5 ó 6 machos, de peor dominar que el volante de un camión.

El carro tendía a estrellarse, por la inercia, en la esquina del granero, donde terminaba la recta, al bajar de la calle del Cuadro; y si, para salvar esta esquina, se arrimaba el carro a nuestra casa, se daba contra la esquina de ésta; y es por ello que está un poco achaflanada y estaba antes protegida con un buen guardacantón.

El carretero cogía la rienda derecha del macho de varas, para conducirlo en este zigzag; pero muchas veces les veíamos pasar hacia el lado de las casas, entre macho y macho, por debajo de los tirantes, para no verse atrapados contra la esquina del granero. Otro cogía el ronzal del macho delantero, para llevarlo por el lado conveniente, dentro del poco espacio disponible, para dirigir la tracción. Pero a pesar de tomar todas las medidas, eran muchos los carros que se atascaban en este estrecho y peligroso paso, secular escenario de juramentos, reniegos y palabrotas, hasta que desaparecieron los carros».

Y es que parece que la blasfemia era una característica íntimamente ligada a la profesión de arriero o carretero. Tal es así, que todavía empleamos el dicho «jurar - o hablar - como un carretero», que referirnos a «decir palabras injuriosas u ofensivas o echar maldiciones contra alguien o algo». El propio diccionario de la Real Academia Española (22ª edición) mantiene, entre las acepciones del término carretero, no solo al «fabricante de carros y carretas» o al «hombre que guía las caballerías o los bueyes que tiran de tales vehículos» sino también a aquella «persona que habla o se comporta con escasa educación o blasfema con facilidad».

El propio Cajal, bajo el epígrafe La fea costumbre de blasfemar, nos da su peculiar explicación sobre tal asociación:

«Desgraciadamente se sigue blasfemando mucho y empleando palabras lúbricas, y no sólo en las más bajas esferas, sino en buena parte de la sociedad española. Decimos española, porque no creemos que en todos los países tengan estos feos hábitos, pues podemos citar el siguiente ejemplo:

Un paisano nuestro, carretero-arriero de oficio, tenía, como tantos otros, la creencia de que blasfemando fuerte, las caballerías tiraban más; y cada vez que el carro se atascaba, sacaba a relucir todo su horrible repertorio. De ahí viene la frase “jura como un carretero”.

Estaba, en efecto, en lo cierto, de que las bestias se despabilaban cuando oían la blasfemia; pero era, porque después del grito venía, siempre, el latigazo, al que temían. Lo cual quiere decir que con las mismas voces de atención, con otras palabras hubiese obtenido el mismo resultado que con la blasfemia grosera.

Este paisano se fue a Cuba, donde estuvo unos años; y al regresar a España se quedó en Barcelona, y entró al servicio de nuestra empresa, como ordenanza de nuestro departamento; y jamás le oímos una palabra mal sonante, y no sólo por respeto a nosotros, sino debido a que había perdido aquel hábito de España, al estar en un país en el que, por lo visto, no se blasfema. ¡Lo que hace el ejemplo!».

En Huesca capital, los días lluviosos convertían las calles en un lodazal creando un escenario particularmente propicio para que los carreteros perdieran los nervios y comenzaran las blasfemias; ni la presencia del mismísimo señor obispo podían detenerlas:

«Siempre se ha dicho que los atardeceres lluviosos son momento propicio para la nostalgia y el recuerdo. Verdad debe de ser, pues en estos días en que pródiga nos visita la lluvia, no puedo separar de mi mente recuerdos que ya empiezan a ser lejanos de nuestros días de agua infantiles.

Es difícil pensar que entonces las cosas fueran diferentes, y la realidad es que de tejas para arriba el fenómeno sigue siendo el mismo: el mismo cielo, las mismas nubes, el mismo viento y los mismos relámpagos y truenos; pero de tejas abajo, todo ha cambiado, y no poco. (…)

Y después, el barro; la cosa en verano tenía remedio en un par de días, pero en invierno, de San Martín a San José, salvo en los días en que todo estaba helado, el circular era un verdadero suplicio. Para los peatones se habilitaban pasos que se engravaban, pero para los carros la cosa a veces se ponía imposible y sobrevenía la “atascada”, fruta del tiempo en estos meses.

Era esta escena cotidiana, hoy afortunadamente desaparecida desde que nuestras calles fueron pavimentadas y por otro lado han casi desaparecido los carros.

Si aterrador era el contemplar el estrépito y vocerío de una “rabosa” en el campo, más impresionante lo era en la ciudad, la “atascada urbana”, en el callejón de La Palma o en la Correría, a donde acudían grandes carros, era un espectáculo que difícilmente se puede olvidar.

Horribles blasfemias, gritos, alaridos y denuestos, mezclados con el ruido de las varas golpeando sobre los lomos de las caballerías y los gritos de ¡Au! ¡Au! justifican plenamente el dicho que aún se oye: Juraban como carramateros. No tardaba en formarse grupo de mirones, algunos de ellos activos que se permitían aconsejar y poner a disposición de los azorados arrieros, sus conocimientos en la materia. Sudar, enganchar, desenganchar, ir a buscar otro tiro, poner ramas y tablones bajo las ruedas, a veces hasta dos o tres horas de trabajo agotador en el que acababan roncos de gritar y jurar los que tenían la mala fortuna de "hacer blando", amén del natural ridículo que suponía que el carro de Fulano o la galera de Mengano hubiera atascado en pleno Huesca, que no dejaba de tener su importancia. El alma popular estaba en la convicción de que en estos casos las caballerías sólo respondían a la blasfemia, que ésta era el único sistema hábil para salir del enredo y se hacía con toda la furia y rebuscamiento. He visto a carreteros tirar la boina y patearla, mirar al cielo echando venablos por la boca, los he visto amenazar e incluso tirar la vara contra él y hasta a un arriero ya impotente revolcarse jurando por el suelo en la cuesta de Palacio dé Siétamo. El arraigo de esta costumbre y creencia en el alma popular nos llega reflejado en un sucedido de la vida del Obispo Supervía, que bajando a Salas en coche de caballos, tuvo la mala suerte de atascar.

Bajaron del coche Obispo y familiar, mientras el cochero hacía todo lo que sabía para librar al coche del cepo sin lograrlo. Llegaron al lugar varios labradores que igualmente intentaron sacarlo por las buenas sin conseguir su propósito. Por fin, uno de ellos dijo muy cortés: Marchen, señor Obispo un poco para atrás y recen un par de Credos. Aún no habían llegado don Mariano y su familiar al “Jesucristo su único hijo...”, cuando aterrados oyeron una sarta de blasfemias. Volvieron la cabeza para impedirlo, pero ya no hacía falta, el coche discurría ligero como llevado por los ángeles a lo largo del camino. En plan de justificación terció el buen labrador: Ya ha visto usted que no ha habido más remedio…» (Llanas, 1974).

González et al. (1998) recogieron una versión similar (Historia de un obispo y un carretero) de un informante de Alquézar (Mariano Subías López). Es la siguiente:

«Una vez, pasaba un carretero por delante del palacio del obispo y, claro, era costumbre que, que se hacía fangueras y se hacía… y se atascaban allí los carros. Y, claro, ya llevaban un buen tiro de machos, pero que llevaban carros grandes muy cargados y, a lo mejor, no lo sabían sacar los machos. Y el señor obispo estaba en el balcón del palacio. Y le dijeron al carretero:

- ¿No saldrá el carro? ¿No saldrá? Dice:
- Si no se retira el señor obispo, no.
- Ah, pos si por eso es, ya me voy a retirar - dijo el señor obispo. Conque se retira el obispo y dice el carretero:
- Macho, ¡me cago en el 1 de noviembre!
Y claro, con aquella…, con aquella blasfemia los machos arrearon fuerte y salió el carro. Y dijo el obispo, dice:
- Pues, pues hombre aún no me parece, aún no me parece que la haya echao muy gorda. Y le dijo un paje, dice:
- ¿Cómo? ¿Qué no? Dice que se ha cagao en todos los santos.
- ¡Ah, sí! - dijo el obispo. El obispo no había caído en eso».

Y, de un obispo, al mismísimo Jesucristo. He aquí la historia que le contaba su abuelo a Ángel Vila, arriero de familia de arrieros “de siempre”:

«En los tiempos en que Jesucristo andaba por el mundo, iban de camino Él y algunos de sus discípulos. La tarde anterior había habido una nube muy fuerte que había dejado los caminos intransitables; embarrados, embarrancados y llenos de arrastres.

Iban caminando cuando pasaron junto a un carro que había quedado atrapado en el barro. El carretero, de rodillas junto al carro, oraba al cielo piadosamente: “Señor, ayúdame y sácame el carro. Sácame de este atolladero, Señor…”.

Jesucristo continuó impasible su camino.

Al rato se encontraron con otro carro enterrado en el barro hasta los ejes. El carretero descamisado y completamente cubierto de lodo, sudando como un tito, empujaba corajudamente con todas sus fuerzas al tiempo de arreaba a la bestia: “Arre Morenaaa, ¡Tira que salga el carro…! Me cago en la púa del almanaque que debajo está todo el santoral”.

Así un vez y otra, incansablemente, trataba de sacar el carro con todas sus fuerzas: “¡Aaaaarre Morenaaaa!, ¡Tiiiiira ! ¡Que me cago en toda la corte celestial!

Dijo Jesucristo a los apóstoles que le acompañaban: “Ale, vamos a ayudar a este hombre a sacar el carro”. Y así lo hicieron. El hombre deshecho en sudor y reventado por el esfuerzo no sabía como agradecérselo, “¡que Dios les bendiga!”, y se deshacía en gratitudes.

Jesucristo y los discípulos continuaron caminando y cuando ya, pasado un buen rato, estaban alejados del carretero San Pedro dirigiéndose a Jesucristo le dijo: “Señor, hemos estado hablando sobre lo ocurrido y no lo comprendemos. El primer carretero te pedía devotamente que lo socorrieras y no hicimos nada. Al segundo que no paraba de blasfemar, sin embargo le hemos ayudado. ¿Nos lo puedes explicar?”.

“Mira Pedro, el segundo, aunque en su desesperación blasfemara, empujaba todo lo que podía y hacía todo cuanto estaba en su mano. Pero es que el primero no hacía ningún esfuerzo de su parte, ¡quería que lo hiciera yo todo…!».

Por otra parte, en las calles comerciales de los grandes centros de distribución de la época, como Jaca, las carretas podían llegar a formar verdaderos tapones: «Algunos vecinos de la calle del Zocotín, nos ruegan llamemos la atención de la comisión correspondiente hacia el abuso que se observa en aquella angosta vía, donde casi diariamente se hayan detenidos carruajes, que impiden materialmente el tránsito» (El Pirineo Aragonés, 20 de abril de 1884). Vamos, como las furgonetas y camiones de carga y descarga en nuestras ciudades del siglo XXI.

5. La crónica negra: robos, asaltos y asesinatos

Secularmente, el Alto Aragón fue, por muchos y diversos motivos, un lugar poco seguro para los que lo transitaban. Por ejemplo, mediado el siglo XVI las tierras altoaragonesas viven una grave situación de conflicto. Si los robos y asaltos a mercaderes habían sido los hechos esporádicos que provocaron las primeras alarmas, pronto se pasó a atentados y saqueos sin piedad (Buesa, 1998). Ante el fracaso de la autoridad judicial, el Virrey avisaba de un grave peligro: «si no se castiga a los malhechores, los oficiales estarán muy atemorizados y nadie pondrá coto a sus fechorías». En 1556, en las Cortes aragonesas se denuncia que «en el camino de Jaca, por ser tan fragoso, áspero y montañoso, ha acontecido hacerse grandes y muchos insultos, muertes y robos» (Buesa, 1998).

Situaciones similares reaparecerían, con mayor o menor virulencia, en muchas otras ocasiones y, en este sentido, el siglo XIX, al que prestaremos una atención particular en este capítulo, no fue una excepción. Las crisis económicas y sociales originadas por años de escasez fueron un mal endémico a lo largo del mismo. Proliferaron revueltas motivadas por el mal reparto de la propiedad, el hambre, las epidemias, las crisis políticas, las guerras carlistas y el bandolerismo (Adell y García, 2000 y 2002).

Algunos textos de extranjeros que atraviesan la zona en el siglo XIX nos muestran una especie de paraíso para bandoleros. Asaltos a arrieros, carreteros y diligencias, grupos de vecinos y compañías de guardias vigilando los caminos, cruces de madera creciendo por todas partes para indicar el escenario de un asesinato…. En palabras de Cenac-Moncaut (1860), «Aragón os ofrece su aridez, su aspereza, todos los rasgos de la pobreza y de la incuria. Se siente uno en el fin del mundo. (…) Ved unos campesinos andrajosos trabajando en un campo lejano; llevan un fusil a la espalda. ¡Qué veo ahora en el recodo de un sendero!; un hombre a caballo, acompañado por otro que lleva un trabuco... Será un bandido y su compinche; no, es un señor que tiene miedo». La desconfianza era total. El bandolerismo era particularmente importante en la zona de Lanaja, Alcubierre, Poleñino, Castejón de Monegros, Lalueza... (Figura 11) pero llegaba mucho más al norte. Así, el 21 de octubre de 1861 era detenido en Ansó, su lugar de origen, el bandido Francisco Pérez López Camilo; estaba reclamado por el Juzgado de Sariñena acusado de numerosos robos. Además, entre 1879 y 1889 existían partidas de bandoleros que actuaban en los distritos municipales de Biescas, Bergua, Sobás, Fiscal, Fablo y Guillué (Adell y García, 2000 y 2002).

Figura 11. Sierra de Alcubierre, tan unida a las historias de bandoleros. Vista desde San Caprasio. Juan M. Rodríguez.

Mal andaba la cosa cuando, a mediados del siglo XIX, se publicaban tantos libros para aconsejar cómo actuar antes, durante y después de ser robado. El de Dimas Camándula (1844) (Figura 12) destacaba por encima de todos por su elocuencia, especialmente la parte dedicada al «plan de conducta en el acto y después de ser robado», donde se pone como ejemplo un caso reciente sucedido a unos arrieros de Daroca:

«Ya hemos visto cuan generalizada y universalizada es la tendencia a apropiarse de lo que se dice ajeno; y hemos dicho también que todo prójimo está siempre y de continuo expuesto a ser robado. Cada día que pasa sin que nos roben algo, debemos pensar que se ha obrado un milagro. El día, pues, que nos sintamos robados, conviene no asustarse, mirar el lance como un suceso muy normal, y llevarlo todo por Dios. ¿Qué sacarían ustedes de enfadarse? La salud se resentiría, y al cabo y al fin tan robados habrán ustedes quedado de un modo como de otro.

Tomen ustedes paciencia; examinen su interior; vean si aquella desgracia puede ser quizás el castigo providencial de algún pecadillo transconejado, y abran expediente privado en averiguación de las causas, circunstancias y pormenores del robo, a fin de evitar que otro día se repita el chasco…

Supongamos que van ustedes de viaje y se encaran a un ladrón… En tal caso, el remedio más eficaz el huir, si se puede. Si es posible resistirse, y con seguridad de vencer, tampoco es mala la resistencia. Pero como generalmente en los robos rurales los ladrones suelen ser dos o más, van armados y carecen de todo sentimiento de humanidad, es muy raro que podamos huir sin peligro ni resistirnos con ventaja. En tales casos, más vale maña que fuerza.

Sirva de verbi gratia el sucedido que leí en la Gaceta de los Tribunales (periódico de Madrid) del 21 de abril de 1841 y que dice: “Daroca 8 de abril, Caminaban á cargar aceite en el Bajo Aragón dos arrieros jóvenes al pueblo de Romanos, cuando á la conclusión de su viaje les salieron dos malhechores armados: el uno de ellos se quedó a corta distancia en acecho, y el otro, acercándose a los viajeros, les exigió el dinero que llevaban. Los pobres arrieros le tiraron en tierra 27 duros, que era todo su caudal; pero al bajarse a cogerlos el salteador, se le echaron encima, y con su misma arma le dieron una tunda que le dejaron medio muerto. Visto esto por el compañero que estaba de vigía, huyó a todo correr para salvarse del furor de los arrieros"».

Figura 12. Portada de Arte de Robar (esplicado en beneficio de los que no son ladrones) ó Manual para no ser robado. Dimas Camándula, 1844.

Las caballerías ajenas eran un claro objeto de deseo, existiendo incluso redes organizadas que, tras robarlas, las sacaban en un pis-pas de la provincia. Hay que reconocer que la forma de hacerlo era, en algunos casos, bastante ingeniosa:

«En Navarra se ha establecido un servicio combinado para el robo de caballerías. Los ladrones tienen sus residencias en diferentes pueblos y al hacer el robo de algún ganado, lo llevan al punto inmediato, donde el otro compadre hace la misma operación, y así sucesivamente hasta que lo sacan de la provincia, resultando que los ladrones apenas se apartan de su pueblo mientras que la caballería robada recorre en un día o una noche muchas leguas de distancia» (El Pirineo Aragonés, 23 de noviembre de 1884).

Por lo menos, las personas robadas no sufrían lesiones. Algunos arrieros y carreteros no tuvieron tanta suerte, ni tan siquiera en tramos que, teóricamente, deberían estar bastante transitados:

«En término de Almudévar se ha perpetrado un crimen, que según las señales, ha debido ser motivado por el robo. Un carretero llamado Soro, que se dedicaba al tráfico de productos entre Zaragoza y Huesca, fue hallado en la carretera, destrozado el cuerpo por golpes de palo y bajo una de las ruedas del carro que guiaba. Suponiendo que, al pasar frente a Almudévar, los ladrones aprovechando la sordera de aquel infeliz y la circunstancia de hallarse cubierto por una manta con broches, le sorprendieron y causaron la muerte sin darle tiempo para defenderse, pues era el hombre de animo sereno y gran energía. Refiérese de él, que en el mismo lugar precisamente donde ha sido muerto, fue asaltado hace algunos años por algunos bandidos. Lejos de intimidarse, Soro sacó una pequeña navaja, y con tal esfuerzo la usó, que tras larga lucha, dejó muerto a uno de los ladrones, hirió a otro y puso a los demás en dispersión. Por este hecho se le concedió licencia perpetua para usar armas, pero él, fiado siempre en las simpatías que gozaba en el país, viajaba desarmado. Supónese que sobre el cadáver hallarían los criminales unos 50 duros» (El Pirineo Aragonés, 21 de diciembre de 1884) (Figura 13).

Desafortunadamente, los casos son abundantes. Veamos algunos ejemplos:

«Detención importante. Hace algunos dias dimos cuenta de haber sido detenido, ingresando en la cárcel de este partido, [el prófugo] Bernardino Val (alias) Calzapreta. Hoy podemos añadir nuevos detalles acerca de esta detención, que por las circunstancias del individuo, reviste verdadera importancia. (…) Se le imputan tan criminales hechos como el asesinato de una señora en Belchite, el de su padre estando trabajando en el monte de la misma población, y el de un arriero de Plenas, después de robarle, en el camino que conduce desde dicho pueblo á Belchite» (Diario de Huesca, 17 de marzo de 1890).

Figura 13. Vicién. Camino de Huesca a Almudévar. Cuantos carros tuvieron que pasar por aquí y qué cargados debían ir para dejar estas marcas. Juan M. Rodríguez.

«En el camino de Alcubierre á Berbegal, ha sido herido gravemente por dos disparos de arma de fuego que le hicieron dos hombres enmascarados, el arriero Diego Revilla, muy conocido y apreciado en aquella comarca, donde se dedica al tráfico de aceite» (Diario de Huesca, 1 de mayo de 1899).

«En el término municipal de Valcárlos robaron el día 5 tres desconocidos á un arriero, vecino de Espinal, la cantidad de 17 duros, y después de dejarlo atado á un árbol, huyeron los ladrones, sin que hasta la fecha hayan sido habidos» (Diario de Huesca, 11 de mayo de 1882).

«Unos rateros sorprendieron y robaron anteayer á un arriero en la carretera de Zaragoza en las inmediaciones de la estación de Almudévar. En el mismo dia háse también referido que después de pasar el tren-correo de Madrid por dicha estación, ya entrada la noche, se atropello al guarda-aguja, encerrándole en su casilla y robándole cuanto dinero poseía. La seguridad individual en nuestra provincia, por efecto de la gran miseria que en ella se padece, está amenazada seriamente si no se adoptan especiales medidas de vigilancia en la población rural. Comprendiéndolo así el gobernador civil Sr. Bisso, ha determinado que vuelvan á sus puestos las fuerzas de la guardia civil que se reconcentraron en la capital en los primeros dias de la semana, acuerdo muy acertado y oportuno» (Diario de Huesca, 30 de noviembre de 1878). La noticia continuaba al día siguiente con algunas aclaraciones: «Aunque pudo intentarse no fue robado hace dos dias el guarda-aguja de la estación de Almudevar como se refirió en esta población, sino que por el contrario este honrado empleado persiguió y disparó su arma contra dos sujetos de apariencia sospechosa que seguramente serían los que momentos antes aligeraron los bolsillos de un arriero á su paso por la carretera» (Diario de Huesca, 1 de diciembre de 1878).

«Nuestro corresponsal de Lérida nos comunica una noticia de interés para aquella y esta provincia. Fuerzas del cuerpo de carabineros, á las órdenes del incansable teniente Sr. Pantoja, han capturado á tres ladrones armados que se encontraban en acecho en la carretera de Lérida á Huesca, proponiéndose sorprender á algún arriero ó viajante como lo venían haciendo desde algún tiempo atrás, sembrando el pánico en las comarcas limítrofes á ambas provincias y perjudicando notablemente á la circulación y al tráfico. La partida era mucho mas numerosa y tenia estensas ramificaciones, por lo que á dicha captura ha seguido la detención de varios otros sugetos á quienes se supone relacionados con ella. El servicio realizado por el teniente de carabineros Sr. Pantoja y la fuerza de su mando es muy importante para la tranquilidad y movimiento comercial de las provincias de Lérida y Huesca» (Diario de Huesca, 9 de febrero de 1878).

Finalmente, algunas veces los propios arrieros eran citados para que se presentasen ante el juzgado por deudas no satisfechas o por ser posibles testigos de hechos delictivos:

«Cédula de citación del juez de instrucción del partido de Boltaña para que comparezca en aquel juzgado á prestar declaración en causa que se instruye sobre robo de dinero y efectos de D. Benigno Callizo, á un alpargatero de tierra baja que en el mes de Octubre último concurrió á la feria de aquella villa y vendió al Andrés Callizo catorce pares de alpargatas y una pieza de veton negro; y á un arriero que en la última primavera estuvo en el pueblo de Fiscal y pidió prestados 20 reales á Andrés Callizo” (Boletín Oficial de la Provincia, 30 de marzo de 1888).

«Cédula de citación mandando comparecer ante el Juzgado de instrucción de Jaca, á un arriero, vecino de Naval, que el día 9 de Septiembre último, se hallaba en el pueblo de Gillué, partido de Boltaña, al objeto de prestar declaración en causa sobre hurto contra Antonio Grasa» (Boletín Oficial de la Provincia, 6 de junio de 1892).

6. ¡Menudo carácter!

Los apartados anteriores nos dejan ya una conclusión evidente: los pusilánimes no tenían cabida entre los arrieros. Las condiciones de trabajo requerían que los dedicados a este oficio tuvieran un carácter fuerte revestido, eso sí, de don de gentes. Tanto trato, tanto trato…, era normal que reclamasen un trato justo para con ellos. Si no, podían saltar chispas:

«Noches pasadas se promovió una disputa entre un carretero y el dependiente de consumos de la puerta de San Francisco, por negarse con razón el último a tener cuidado y vigilancia de un carro que el otro dejaba en las afueras. La intervención de los carabineros que en dicho punto prestan servicio, hizo que la contienda no pasase más allá de propinarse algunas chuletas» (El Pirineo Aragonés, 10 de febrero de 1884).

Aunque los arrieros y carreteros pasaban gran parte de su tiempo fuera de su pueblo, paradójicamente este hecho les procuraba un gran sentimiento de pertenencia al mismo. De hecho, sus clientes les solían conocían por su nombre o apodo seguido de su lugar de origen (Mamón de Naval, Perico de Alquézar, Tomasón de Buera…). Pocas cosas les sentaban peor que alguien hablase mal de sus convecinos:

«También somos muy patriotas de nuestro pueblo. Una vez estaba un arriero del pueblo [Colungo] comiendo en una posada de Barbastro y los de la mesa de enfrente uno de ellos criticaba que uno de Colungo le debía cuatro ónzas de unos bueyes que le había vendido. Dejó el arriero de comer yendo hacia ellos con cara de pocos amigos y dando un fuerte puñetazo en la mesa, le dijo al de los bueyes, sacando la bolsa del ceñidor: “Toma las cuatro onzas, barfulaire, y ¡nunca hables mal de nadie de mi pueblo!”. El hombre contento por haber cobrado y blanco como la pared del susto, le pidió perdón» (Andreu, 1986).

Claro que, como en toda profesión, siempre hay alguien que se sale del tiesto:

«Se está instruyendo una causa en extremo curiosa y que prueba hasta donde puede llegar la obcecación y salvajismo de un borracho. Llegó un arriero a una taberna y pidió dos copas, una para él y otra para su burro. Tomó el tabernero la ocurrencia á guasa, pero el arriero insistió, amenazando con un enorme cuchillo, y aquel sirvió el licor en dos transparentes copas, de las que una bebió el burro y otra el hombre. Los bebedores que se hallaban en el establecimiento se burlaron grandemente de la ocurrencia del forastero, pero éste, navaja en mano, dispuso que se sirvieran unas copas á todos, y les obligó que brindaran por el rocín, siendo de ver cómo iban tocando con sus copas en la que el arriero sostenía junto al hocico de su compañero, repitiendo todos la consabida frase de “a la salud del burro".

Una vez libres de aquel cafre, denunciaron el hecho al juzgado, y el arriero se halla bajo la acción del tribunal por haberse gozado en amilanar á los otros con tan brutal coacción» (El Pirineo Aragonés, 30 de octubre de 1887).

También había algún que otro espabilado…:

«Un arriero (según cuentan) llevaba un burro y se le cayó; en seguida el arriero ofreció muchas velas á San Antonio, si el burro se levantaba sano, y así sucedió; pero entonces éste dijo: Arre burro... ¡Ridiós si me haces comprar velas! Y le dio unos cuantos palos» (Diario de Huesca, 6 de diciembre de 1918).

… algún que otro despistado:

«Y esto nos recuerda el caso de aquel escribano, á quien un amigo envió una cesta de cangrejos. El arriero, que llevaba la cesta á la vez que una carta en que se anunciaba el regalo, no tuvo cuidado con aquella; y poco á poco los animalitos, que estaban todos vivos, fueron saliéndose de la misma y cayendo en el camino. Llegó el arriero, dio al escribano la carta, y este dijo después de leerla: - ¡Tío Juan! en esta carta me dicen que vienen unos cangrejos. - ¡Pues me alegro que vengan en la carta! - exclamó gozoso el tio Juan; -porque lo que es en la cesta no ha quedado ni uno!» (Diario de Huesca, 5 de febrero de 1884).

… algún que otro maleducado:

«Sucedió en Abizanda en otoño de 1932. Mi abuela materna (María Mata Laplana), que era viuda, y estaba delicada de salud, tomaba el sol en la puerta de su casa cuando llegó un arriero, que solía pasar una vez al año, y le ofreció unas medias y mi abuela no quería comprarlas. Él le insistió diciendo:

- Señora María, cómpreme estas medias que son de Tolosa y llegan hasta “la cosa”.
Mi abuela le contestó ofendida:
- ¡¡Descarao, poca vergüenza!!! Pero él volvió a insistir diciendo:
- Pues cómpreme estas otras que son de Logroño y llegan hasta el coño.
Y mi abuela le dijo que no volviera más por allí»
(informante: Mª Pilar García Guatas, Abizanda).

…y algún que otro bromista (aunque no siempre le saliera bien la jugada):

“No menos importantes en la cultura vinícola son los chascarrillos que han girado en torno a la misma, como la que me contaron ocurrida entre dos arrieros. Uno transportaba vino en odres cargado en las mulas, dispuestos de forma que se ajustaran bien a las jalmas de las mulas, y esto era que la boca de los odres, que era el cuello del animal cuya piel había servido para hacer el odre, fuera a la parte de atrás. De esta forma y dada la práctica que tenían, cuando querían dar a probar el vino desataban el cordel que aprisionaba la boca, sujetándolo con la mano, y al aflojar un poco dejaban salir un chorrico de vino como si de una fuentecilla se tratara.

Total, que al hallarse con otro arriero cuyas mulas iban sin carga porque se dedicaba a otros transportes, le ofreció el vino y se lo dio a degustar de la forma indicada; el primer arriero no ató el odre que retenía con la mano por si el segundo arriero –y potencial comprador- quería degustarlo nuevamente para quedar cerciorado de la calidad. Éste, con un poco de picardía, le dijo al primero: “- Bien, éste que he probado es bueno, pero el otro no sé cómo será”. “- Ten, aguanta éste, que desato el otro y lo probarás también”. Cambio de mano en la boca del primer odre. Se echa un buen trago del segundo a la vez que, malintencionadamente, se deja desmandar un poco por la cara y le dice: “- Bueno es, pero toma, aguanta éste, que saco el pañuelo para limpiarme”. El primer arriero se queda con una mano en cada boca de odre mientras el otro se aleja unos pasos”. “-Oye, ven para atar los boticos”. “-No, no, que tengo prisa, otro día será”. El buen arriero vinatero se queda con las dos manos ocupadas sin poder soltar porque se le derramaría el vino y la cara pegada al culo de la mula. Mal lo debió pasar hasta que le llegara alguna ayuda, aunque fuera a cuenta de dar a probar el vino.

Pasado algún tiempo, se vuelven a encontrar y el bebedor por la cara, le hace una provocación. -¿Qué tal llevas hoy el vino? ¿lo probamos? “-Sí”, le contesta, pero éste, antes de beberlo, se vuelve vinagre. Mientras le dice eso, le suelta dos buenas bofetadas y le deja la cara morada. “- Mírate a un espejo, ya verás como tienes a cara avinagrada. Hasta otro día que tengo prisa»
(Ara, 2004). Y es que, como dice el refrán, «arrieros somos y en el camino nos encontraremos».

7. Nuevas técnicas de venta: anuncios en los periódicos

Los tiempos iban cambiando y, como estamos viendo, los periódicos tenían una influencia cada vez mayor sobre la vida cotidiana en la época en la que estamos centrando este capítulo. Se distribuían con cierta rapidez y su radio de acción era relativamente grande. Era el vehículo ideal para dar a conocer las mercancías que se vendían en las tiendas. Esta circunstancia fue aprovechada por algunos arrieros, que se aprovisionaban de géneros cercanos… o lejanos empleando la mula, el carro o el ferrocarril y los vendían posteriormente en ciertos puntos de una localidad, dando una comisión al dueño del establecimiento:

«En la casa número 4 de la calle Zalmedina, carneceria del Montañés, hallará el público de venta por cuenta del arriero, higos de Fraga legítimos á 6’50 pesetas caja de arroba, (12 y medio kilos), y pimiento dulce procedente de Murcia, á precio muy económico» (Diario de Huesca, 5 de noviembre de 1886).

«Se venden sardinas por cuenta del Arriero á una peseta el 100 y á 15 céntimos docena y por cubos enteros. Calle del Hospital numero 13» (Diario de Huesca, 28 de diciembre de 1886).

«Castañas de la Vera. Legítimas. Se acaban de recibir, y se venden en el Fielato de esta población, á 20 reales los 10 kilos, por cuenta del arriero» (Diario de Huesca, 21 de diciembre de 1883). Curiosamente, en este mismo número, el fotógrafo Félix Preciado anunciaba que, en su establecimiento de la calle del Coso Alto, 28 (Casino Principal), «se retrata todos los dias aunque esté nublado y se garantiza el parecido». ¡Menos mal!

No obstante, las nuevas técnicas de marketing no podían competir en cuanto a ingenio y creatividad con algunas fórmulas de antaño:

«Lo que no sabemos es si a la venta ambulante de la sal [producida en Salinas de Jaca], se dedicaban hombres tan chizones como aquel arriero de Naval, que pregonaba su género con una intrigante formulilla: “¡Sal de Naval y simiente de mocé!» (Dieste, 1994).

8. Esos malditos quintos…

Como es bien sabido, los “quintos” eran los jóvenes que estaban en edad de hacer el servicio militar en un año determinado. Su nombre procede de la contribución de sangre u obligación de servicio militar que Juan II de Castilla (1406-1454) impuso durante su reinado, según la cual uno de cada cinco varones debía servir en el ejército, disposición que Felipe V retomó en 1705 (Real Orden de 7 de marzo de 1705).

Durante unos días, los quintos eran protagonistas de una especie de “rito de paso”, tan común en las culturas indígenas. El “programa” solía incluir desde actividades lúdicas, religiosas y deportivas (más o menos formales) hasta actos de verdadero vandalismo (algunos convertidos en costumbre y otros espontáneos) que se trataban con indulgencia. Al fin y al cabo, eran unos días de cierta permisividad en los rígidos esquemas rurales de otros tiempos. Y, aunque el servicio militar ha desaparecido en España, en muchos lugares de Huesca (Ayerbe, Almudévar…) los quintos se han convertido en una tradición festiva, por la que los jóvenes al cumplir la mayoría de edad hacen una especie de fiesta. Por ejemplo, en Alcolea de Cinca es tradición que los quintos bajen al río el sábado para comer y cortar los chopos que se "plantarán" en las alcantarillas de las calles del pueblo.

Pues bien, los inefables quintos también fueron una fuente de dolores de cabeza para arrieros y carreteros. A veces la tomaban con sus caballerías: desde desaparejarlas y soltarlas en cualquier sitio, por inverosímil que fuese, hasta pintarlas y emborracharlas, pasando por introducirles pimienta y otras lindezas por “sálvese las partes” (Figura 14). Todavía en pleno siglo XXI, algunos quintos “sin mili” de otros lares realizan “proezas” similares. El titular del periódico es elocuente: «Los quintos de Torreorgaz matan a una burra a patadas y con un palo en el recto». La crónica del suceso aún más:

«Una docena de jóvenes de 17 años de Torreorgaz mataron a una burra a puñetazos, patadas e insertándole un palo en el recto hasta dejarla reventada por dentro. Ocurrió en la madrugada de ayer, tras celebrar una noche de juerga. Por tradición, los quintos del pueblo salen todas las noches de los jueves desde el mes de octubre hasta el puente de la Constitución, el 6 de diciembre. Cortan una encina y la queman en Nochebuena. Al año siguiente los relevarán lo que cumplan 17 años. Según la alcaldesa, “esta noche han salido 12 chicos, pero se les ha ido de las manos”. Aseguró, además, haberse planteado en más de una ocasión acabar con la tradición de los quintos. “Cada año pasa algo, aunque nunca se ha llegado al extremo de lo que ha ocurrido hoy”» (El Periódico de Extremadura, 31 de octubre de 2009).

Figura 14. Las caballerías, una (no tan) antigua fijación de los quintos.

No obstante, en el Alto Aragón eran los carros los que parecían tener un especial magnetismo para sus fechorías:

«A medida que se acercaba el momento de abandonar el pueblo para incorporarse al servicio militar, su comportamiento era más festivo y desordenado, siendo de esperar alguna broma pesada para grabarlo en el “historial” de la quinta. En Laspuña, “ya empezábamos 15 días antes de marchar haciendo juergas”. La mala fortuna hizo que, en uno de esos momentos, llegara a ese pueblo un “carro de ésos que traían los comestibles y el vino, que antes no había carretera y los carros paraban abajo en el puente. La gente bajaba con las caballerías y subían el vino”. Pues bien, “un pobre señor vino con el carro, lo dejó allí toda la noche, subió a dormir p’aquí y al día siguiente los quintos, por la cuesta ésa, ¡eh!, y no sé cómo, el carro con los bocoyes de vino lo metieron en la plaza. El hombre aquél estaba desesperado; - me lo tenéis que bajar, ya os daré dos o tres jarros de vino”. Y no era para menos ya que, entre el lugar donde se dejaban los carros y la plaza del pueblo, había una diferencia de unos 150 metros de altura.

Curiosamente, los quintos de Robres tenían la costumbre de que, la noche anterior a la Purísima, todos los carros que había fuera, al raso, se cogían y se llevaban a la plaza y se ponían en círculo como los indios o se vulcaban y entonces se miraba a ver qué quinta había cogido más carros» (Lisón, 1986).

9. Referencias

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