| «A
mi juicio, la causa principal de este descenso de la
población es la escasez asfixiante de vías
de comunicación, con todas sus consecuencias
en el orden espiritual, cultural, sanitario y económico.
De las 39 parroquías pirenaicas que hasta ahora
he recorrido en la santa visita pastoral, 24 de ellas
no tienen ni carretera ni camino vecinal. No pueden
usar rueda alguna. Ni siquiera a caballo pude vistarlas
en todo el trayecto de aquellos senderos montaraces,
pues sus cotas de nivel son tan pronunciadas y bordeadas
de desfiladeros tan profundos que hay que apearse en
al menos no pocos descensos. Nada tiene, pues, de extraño
que el montañés del Alto Aragón
siga midiendo sus distancias no por kilómetros
ni por leguas, sino por horas de camino. El hambre y
la sed de un pequeño camino vecinal es tan acuciante
en esta región pirenaica que, si no se les tiende
la mano, el Pirineo aragonés seguirá despoblándose,
no por falta de riqueza, sino por la imposibilidad de
su explotación económica.
El
problema de la vivienda es aquí la inversa de
otras regiones españolas: casas cerradas y amenazando
ruina en las aldeas, y los moradores no pueden transformar
su pobre economía actual por la misma falta de
carreteras que les imposibilita establecer cooperativas
lecheras, sidrerías o casitas de verano y turismo.
En mis charlas con los estupendos montañeses
del Alto Aragón, me piden unánimemente
que les ayude en su petición a los poderes públicos
en demanda de una simple pista, a cuya construcción
ellos mismos contribuirían encantados con aportaciones
de trabajo».
Obispo de Barbastro.
El Pirineo aragonés se despuebla por falta de
vías de comunicación. Diario YA,
Madrid, 6 de mayo de 1953; reproducido posteriormente
en El Cruzado Aragonés, Barbastro, 9
de mayo de 1953.
1. Introducción
Uno de los procesos
que han condicionado con más intensidad la historia
del Pirineo central a lo largo del último siglo
y medio ha sido la construcción de vías
de comunicación. En el imaginario de las comunidades
locales, las infraestructuras de transporte han sido,
debido a su capacidad transformadora y al volumen de
recursos necesarios para construirlas, uno de los símbolos
más potentes del progreso contemporáneo.
Un progreso ambivalente que, al tiempo que traía
riqueza a la región, llevaba también consigo,
en algunos casos, la semilla de una profunda crisis.
En este capítulo
se analiza la inversión en ferrocarriles y carreteras
en el Pirineo central entre mediados del siglo XIX y
la década de 1960. Se trata del periodo durante
el cual, gracias a esas inversiones, la región
se fue integrando con las economías de su entorno.
Lamentablemente, y como buena muestra de esa naturaleza
ambivalente del progreso a la que hacía referencia
más arriba, el efecto fundamental de esa integración
fue convertir al Pirineo central en reserva de mano
de obra y recursos naturales, y no en oferente de productos,
lo que tuvo efectos claramente negativos sobre las economías
de la región (Pinilla Navarro, 1995).
El análisis
se limita al Pirineo oscense y al Alto Pirineo catalán
(comarcas de la Vall d’Aran, l’Alta Ribagorça,
el Pallars Jussà, el Pallars Sobirà, l’Alt
Urgell y la Cerdanya), áreas caracterizadas por
una historia y unos problemas propios, muy diferentes
de los del resto de la cordillera. Así, en contraste
con esas comarcas, los valles navarros y las comarcas
catalanas del Berguedà, el Ripollés, la
Garrotxa o l’Empordà se beneficiaron de
un relieve más suave y de su mayor cercanía
a los centros urbanos, lo que permitió un mayor
dinamismo económico y el desarrollo temprano
de actividades industriales (Sabartés Guixés,
1998).
El capítulo
se divide en dos partes, seguidas de unas conclusiones.
El apartado que sigue a esta introducción se
centra en la segunda mitad del siglo XIX y los primeros
años del siglo XX, época durante la cual
el ferrocarril constituyó la principal infraestructura
del país en volumen de inversión, así
como el medio fundamental de integración de las
economías regionales españolas. Posteriormente
se analiza el proceso de construcción de carreteras
pirenaicas y sus principales efectos.
2. Las comunicaciones
en el Pirineo Central en el siglo XIX
Antes de la llegada
del ferrocarril, el tránsito de mercancías
y viajeros entre las regiones españolas tenía
lugar en su mayor parte por vía terrestre, a
través de una densa red de caminos y carreteras.
En cambio, el transporte por agua, mucho más
barato que el terrestre, tenía una importancia
muy limitada, debido a las características geográficas
del país. Así, a mediados del siglo XIX
tan solo existían en el territorio español
unos 300 km. de canales navegables (el Canal de Castilla
y el Canal Imperial de Aragón), a los que se
sumaban, con ciertas restricciones, los tramos finales
de los ríos Ebro y Guadalquivir. En cuanto a
la navegación de cabotaje, su utilidad estaba
restringida, obviamente, a la comunicación entre
las regiones litorales.
Para el transporte
terrestre se utilizaban carros o caballerías.
El uso de los primeros era mucho más económico
y eficiente que el transporte a lomos de mulas o caballos.
Así, en esa época, se calculaba que para
trasladar a lomos de animales la carga que podía
transportar un carro tirado por tres caballos y conducido
por un hombre, eran necesarios 20 caballos conducidos
por 12 hombres (Bourret, 1995). En el mismo sentido,
de acuerdo con los datos aportados por Gómez
Mendoza (1989), los precios del transporte por carro
eran en el siglo XIX en torno a un 58 % más bajos
que los precios del transporte a lomos de caballería.
Lamentablemente, el
uso de carros solo era posible en una pequeña
parte de la red viaria, debido a los escasos esfuerzos
estatales para construir carreteras de calidad antes
de 1850. Así, Madrazo (1984) indica que la longitud
de caminos de rueda en España durante la primera
mitad del siglo XIX era de unos 10.000 km., es decir,
bastante más reducida que la actual red de autopistas.
A la escasez de carreteras aptas para el tráfico
rodado se añadían los problemas para utilizar
los caminos existentes durante las estaciones húmedas,
puesto que la lluvia podía dejarlos inservibles
durante semanas. En esas condiciones, la cantidad de
mercancías que se podían transportar y
las distancias que se podían recorrer estaban
sometidas a límites rigurosos, más allá
de los cuales el coste del transporte resultaba prohibitivo.
Como consecuencia de todo ello, la integración
del mercado interior español estaba lejos de
ser completa a mediados del siglo XIX.
En el Pirineo central,
la falta de infraestructuras de transporte era, si cabe,
más grave que en el resto del país, puesto
que la red de caminos del Pirineo, aunque densa, era
totalmente inaccesible al tráfico rodado. El
único camino de toda la cordillera que se describía
como camino de ruedas en las guías de los siglos
XVI y XVII (aparte de los pasos extremos de Irún
y La Junquera) era el de Roncesvalles, en Navarra (Madrazo,
1984; Serrano Martín, 1999), y la ausencia de
caminos aptos para el tráfico rodado en la montaña
de la provincia de Huesca era confirmada a mediados
del siglo XIX por Pascual Madoz (Germán Zubero,
1999). De los caminos utilizados en época romana,
probablemente las vías transpirenaicas de Somport/Puerto
del Palo y de Puigcerdá habían sido originalmente
aptas para el tráfico de carros (Magallón
Botaya, 1999b), pero su deterioro impedía probablemente
ese uso hacía siglos, dado que no se mencionan
en las fuentes de época moderna. Entre la época
romana y la segunda mitad del siglo XIX, el único
intento de construir un camino apto para el tráfico
rodado en la vertiente española del Pirineo central
tuvo lugar en la década de 1760. Se trataba de
una iniciativa francesa para construir una carretera
transfronteriza por medio de un túnel que pasara
por debajo del puerto de La Pez, en el alto valle del
Cinqueta, pero el proyecto fue abortado antes de su
conclusión por el gobierno español de
Carlos III, aparentemente por razones estratégicas
(Bourret, 1995).
A la ausencia de caminos
de rueda se unían las dificultades impuestas
por el medio físico, ya que el tráfico
pirenaico, para pasar la frontera o para trasladarse
de un valle a otro, debía superar puertos muy
elevados e intransitables buena parte del año.
Al mismo tiempo, los desfiladeros calcáreos del
Prepirineo constituían obstáculos muy
difíciles de salvar en el acceso a la Depresión
del Ebro, que desde muchos valles pirenaicos resultaba
más difícil de alcanzar que la tierra
baja francesa (véase, por ejemplo, Bourret, 1995).
Los problemas impuestos por el medio físico eran
tan graves que buena parte de la red caminera no era
accesible ni siquiera a los animales de carga (Daumas,
1976). Como indicaba Madoz en 1850 sobre los caminos
pirenaicos: «sólo
los acostumbrados desde la infancia a aquellos precipicios
pueden andar por ellos, no obstante que todos los años
hay que lamentar alguna desgracia, ya de personas o
caballerías» (Latas Alegre,
1996: 47).
A pesar de esas dificultades,
los caminos del Pirineo central acogían un flujo
constante de intercambios comerciales entre los distintos
valles de la vertiente española y entre Francia
y España. Dentro de esa actividad comercial,
las relaciones con los valles de la vertiente francesa,
apoyadas por una red de hospitales a pie de puerto para
alojar a los viajeros (como los de Benasque, Gistaín
o San Nicolás de Bujaruelo), revestían
una especial importancia, debido a las diferencias climáticas
y de recursos entre ambas vertientes, que hacían
rentable el intercambio de sus producciones respectivas,
y también a la presencia de un importante comercio
de tránsito, en gran medida ilegal (Brives, 1984).
A pesar de ese dinamismo, al tratarse de un sistema
de transporte basado esencialmente en animales de carga
o en el trabajo humano, su potencial de crecimiento
era limitado, y el flujo de mercancías se mantuvo
siempre en una escala relativamente pequeña.
Hay que tener en cuenta, en este sentido, que una caballería
no podía transportar más de 120 kg., y
una persona más de 50 kg. en sus desplazamientos
(Bourret, 1995). Los únicos flujos que escapaban
a esa dependencia de las caballerías o el transporte
humano eran, por un lado, las cabañeras o carrerades
del ganado trashumante y, por otro, el transporte de
madera a través de la red fluvial, utilizando
el sistema de navatas o raiers. No
obstante, éste último también se
enfrentaba a límites estrictos en lo que respecta
al volumen total que podía transportarse y, especialmente,
al área de producción explotable, que
debía estar a una distancia relativamente corta
de los ríos.
A mediados del siglo
XIX se inició la construcción de la red
ferroviaria española. El ferrocarril supuso un
abaratamiento espectacular del transporte terrestre,
probablemente superior al 80 % de acuerdo con los datos
aportados por Gómez Mendoza (1982) y Madrazo
(1984). El resultado fue un impulso significativo a
la integración del mercado nacional. Lamentablemente,
la vertiente española del Pirineo central quedó
al margen del proceso de construcción de ferrocarriles
y, antes de la Primera Guerra Mundial, la única
línea ferroviaria de la región era la
de Huesca a Jaca, inaugurada en 1893.
Ello representaba un
claro contraste con la situación en el lado francés,
donde hacia 1900 había ya seis líneas
que penetraban en el Pirineo axial con destino a Laruns,
Pierrefitte-Nestalas, Bagneres de Luchon, St Girons,
Ax-les-Thermes y Quillan. Como consecuencia de la falta
de inversión, a finales del siglo XIX, el Pirineo
Central era una de las más extensas bolsas de
la geografía española sin ferrocarril,
y en la Vall d’Aran se alcanzaba la máxima
distancia del todo el Estado a una línea ferroviaria,
puesto que algunas poblaciones de esta comarca estaban
a más de 200 kilómetros de distancia de
la estación más cercana (Gómez
Mendoza, 1999). La Tabla 1 muestra la desventaja del
conjunto del Pirineo central en términos de densidad
de líneas ferroviarias a finales del siglo XIX.
Tabla 1. Densidad de
líneas ferroviarias y densidad de población
en el pirineo central en 1900.
|
Territorio |
Densidad ferroviaria (m de línea férrea
por km2) |
Densidad de población (habitantes por km2) |
|
Pirineo aragonés |
10 |
13 |
|
Alto Pirineo catalán |
0 |
13 |
| Pirineo
central (total) |
6 |
13 |
| Aragón |
16 |
19 |
|
Cataluña |
42 |
61 |
|
España |
26 |
37 |
Fuentes: Densidad ferroviaria: elaboración
propia a partir de la Estadística de las
Obras Públicas (1899-1900) y del Anuario
de Ferrocarriles de D. Enrique de la Torre
(1900). Densidad de población: Ayuda y Pinilla
Navarro (2002) y Sabartés Guixés (1998:
19-21).
Esa exclusión
era sentida dolorosamente por la población local
desde que se inició la construcción de
la red. Como indicaba un autor anónimo en 1859:
«Desatendido en el interior
por consideraciones de economía mal aplicada,
condenado al completo aislamiento, (…) el Alto
Aragón, Señora, ve por todas partes animación
y vida, mientras se le condena al suplicio de la quietud»
(Caminos de Hierro de los Pirineos, 1859, citado
por Vidal Raich, 1994: 181). No obstante, la ausencia
de líneas férreas tenía una evidente
justificación económica. En España,
la construcción de ferrocarriles, desarrollada
en su mayor parte por la iniciativa privada, respondía
en primer lugar al criterio de la rentabilidad esperada
de cada línea, y en ese ámbito el Pirineo
central estaba en clara desventaja, ya que en él
coincidían unos elevados costes de construcción
con unas expectativas de tráfico muy reducidas,
debido a la escasa densidad de población de la
zona y a la gran distancia que la separaba de los centros
urbanos españoles.
Es cierto que las subvenciones
estatales podían alterar esa situación
al permitir a las compañías concesionarias
trasladar parte del coste de construcción de
las líneas a la Administración Pública
y, de hecho, el Estado español mostró
su interés por impulsar y financiar parcialmente
la construcción de varios ferrocarriles transpirenaicos,
ya desde la década de 1860. Sin embargo, esas
iniciativas se vieron obstaculizadas hasta principios
del siglo XX por la falta de acuerdo con el Estado francés
sobre las líneas a construir, así como
por el escaso interés del país vecino
en hacer avanzar los proyectos. Los desacuerdos iniciales,
según indican Vidal Raich (1994), y Parra de
Mas (1999), se debían a que el Estado español
defendió desde un principio la opción
del ferrocarril de Canfranc, mientras que Francia, por
el contrario, daba prioridad a la conexión Lleida-Sant
Girons por el valle de la Noguera Pallaresa, ya que
esa línea le ofrecía una vía de
comunicación terrestre directa entre París
y Cartagena que facilitaría notablemente la conexión
de la metrópoli con el Oranesado. No obstante,
a partir de 1890, el problema principal ya no fue tanto
ese desacuerdo como la falta total de interés
de Francia por los ferrocarriles transpirenaicos, debido
en buena medida a las significativas mejoras de la conexión
marítima entre los puertos franceses y el Norte
de África. Solo en 1903 volvieron a entablarse
negociaciones sobre la cuestión, en el contexto
del acercamiento de Francia a España alrededor
de la cuestión de Marruecos, alcanzándose
en 1907 un acuerdo sobre la construcción de los
ferrocarriles de Canfranc, Lleida-Sant Girons y Ripoll-Ax-les-Thermes.
Las obras de estos
ferrocarriles, sin embargo, se desarrollaron con una
lentitud exasperante, de modo que las líneas
de Canfranc y Ripoll-Ax-les-Thermes no se inauguraron
hasta 1928, y la construcción del ferrocarril
de Lleida a Sant Girons se interrumpió definitivamente
en 1951 a la altura de La Pobla de Segur. Para entonces,
el automóvil se había ya convertido en
un serio competidor del ferrocarril, lo que se tradujo
en que esas líneas ferroviarias tuvieran unos
resultados paupérrimos durante toda su existencia.
De hecho, la rentabilidad
que podía esperarse de estas líneas ya
era muy baja incluso antes de la aparición del
automóvil. El problema esencial de los ferrocarriles
transpirenaicos era su incapacidad para arrebatar cuota
de mercado a las líneas de los extremos de la
cordillera, ya que las pequeñas reducciones de
la distancia entre centros urbanos españoles
y franceses que estas líneas aportaban con respecto
a las de Irún o Portbou, eran más que
compensadas por la lentitud y los altos costes impuestos
por las dificultades del trazado. Su escasa capacidad
para atraer tráfico quedó patente desde
el principio de la explotación. Así, en
1929, Irún concentró el 82,3 % del tráfico
de viajeros y el 92,5 % del tráfico de mercancías
expedidos desde el conjunto de las tres estaciones de
Irún, Canfranc y Puigcerdà (Vidal Raich,
1994).
Posteriormente, la
situación de las líneas ferroviarias del
Pirineo central tendió a empeorar aún
más, debido a la competencia de la carretera,
pero también a la escasa inversión de
RENFE en esas rutas. Como resultado, a principios de
los años 90 del siglo XX, mientras Irún
y Portbou tenían un tránsito anual de
3,3 millones de viajeros y 2,6 millones de toneladas
de mercancías, por Puigcerdà circulaban
80.000 viajeros y no existía tráfico de
mercancías. En cuanto a Canfranc, antes de su
cierre en 1970 habían circulado anualmente por
la estación 20.000 viajeros y 150.000 toneladas
de mercancías, que constituían el 4,8
por ciento de todo el tráfico ferroviario transfronterizo
(Sánchez Blanco; 1992; Vidal Raich, 1994; Latas
Alegre, 1996).
En todo caso, con la
excepción de la línea de Jaca, el Pirineo
central quedó excluido del sistema ferroviario
español hasta bien entrado el siglo XX, y esa
exclusión se tradujo en el creciente aislamiento
relativo de la zona. Mientras las áreas del entorno
experimentaban una transformación revolucionaria
en sus sistemas de transporte, el Pirineo siguió
dependiendo de las técnicas de acarreo tradicionales.
Como consecuencia de ese aislamiento, la influencia
de la modernización económica que estaba
teniendo lugar en las áreas cercanas a la cordillera
llegó muy mitigada a la mayor parte de los valles.
Tanto la extracción de los recursos locales para
su uso en el exterior como el desarrollo de actividades
económicas alternativas a las tradicionales en
el interior, se enfrentaron a límites estrictos
al depender de las mulas para el transporte de las mercancías
y de las personas. Pero, al mismo tiempo, también
la penetración de productos del exterior y el
consiguiente declive de la actividad económica
interior, fueron menos intensos que en otras regiones,
lo que ayuda a entender la supervivencia de formas de
producción e intercambio tradicionales hasta
al menos los primeros años del siglo XX. Así
ocurrió, por ejemplo, con la trashumancia (Pinilla
Navarro, 1995) o con la agricultura tradicional, puesto
que en 1900 todavía se cultivaba cereal alimento
en terrenos de muy mala calidad, como articas
y parcelas con fuertes pendientes (Lasanta Martínez,
1989).
En contraste, el Pirineo
francés, conectado estrechamente en ese periodo
con las ciudades del Sur de Francia, sufrió el
más grave hundimiento económico y demográfico
de su historia ya en la segunda mitad del siglo XIX.
Es interesante comprobar cómo, dentro del Pirineo
central español, los pocos casos en que se experimentó
un dinamismo y una modernización económica
apreciables estuvieron vinculados a las contadísimas
líneas ferroviarias pirenaicas. Así ocurrió,
por ejemplo, con la producción maderera de la
Jacetania: de acuerdo con Pinilla Navarro (1995), alrededor
de 1950 más de la mitad de la producción
maderera de la provincia de Huesca se obtenía
en el partido judicial de Jaca, gracias a la disponibilidad
de transporte ferroviario. Lo mismo puede decirse de
la actividad turística de la Cerdanya desde los
años 30 (Arqué et al., 1982) y, muy especialmente,
del surgimiento a partir de 1921 de un distrito industrial
en Sabiñánigo, basado en sectores electrointensivos,
y donde la conexión con la red ferroviaria española
fue esencial para dar salida a la producción
final. En contraste, el vínculo ferroviario con
Francia desde 1928 fue mucho menos relevante, debido
a la nula orientación exportadora de la producción
local, aunque facilitó la llegada de alúmina
calcinada a Sabiñánigo a menor coste que
el que tenía la suministrada a través
del puerto de Tarragona (Latas Alegre, 1996).
3. La construcción
de la red pirenaica de carreteras
Para aquellas áreas
que, como el Pirineo central, habían sido marginadas
de la red ferroviaria debido a los elevados costes de
construcción de las líneas o el escaso
tráfico esperado, la difusión del automóvil
fue la primera oportunidad real para lograr una integración
plena en la economía nacional. El coste de construcción
de un kilómetro de carretera era entre 10 y 15
veces más barato que el de un kilómetro
de ferrocarril y, al mismo tiempo, la menor escala y
la mayor flexibilidad del transporte por camión
hacían a éste especialmente apropiado
para áreas con bajas densidades de población.
En realidad, la construcción
de una red de carreteras que conectara los valles pirenaicos
con las ciudades españolas se había iniciado
ya antes de la difusión del automóvil,
sobre todo en las comarcas catalanas, aunque a un ritmo
más lento que en el resto del país (Tabla
2). La ausencia de ferrocarriles, sin embargo, había
reducido notablemente el impacto de esta red incipiente.
En la época de los carros, el transporte por
carretera podía desempeñar una función
importante como medio complementario al ferrocarril
en las distancias cortas y medias. Sin embargo, en los
trayectos más largos, el uso de carros resultaba
prohibitivo para la mayor parte de las mercancías,
y especialmente para aquellas con una elevada relación
entre peso y valor. Esto limitaba considerablemente
las relaciones entre el Pirineo central y la tierra
baja, ya que las distancias a recorrer por carretera
eran largas, y las especializaciones tradicionales de
la montaña eran relativamente pesadas en relación
con su precio (Domínguez Martín, 1995).
Resulta sintomático, en este sentido, el caso
de la Conca de Tremp, especializada en la producción
vitivinícola desde mediados del siglo XIX y que
vendía su producción en las comarcas del
Alto Pirineo catalán, utilizando para ello la
red de caminos de herradura. Esta comarca fue la última
área catalana afectada por la filoxera, pero
no pudo aprovechar esa ventaja para colocar su producción
en los mercados urbanos ya que, a pesar contar con carreteras,
las distancias a recorrer y el mal estado habitual del
firme encarecían en exceso el transporte hasta
los mercados de la tierra baja (Tarraubella Mirabet,
1990).
Tabla 2. Densidad de
la red de carreteras y densidad de población
en el Pirineo central (1896-2002).
| |
1890 |
1957
|
| Territorio
|
Densidad
red de carreteras (m/km2)
|
Densidad de población (habitantes/km2)
|
Densidad
red de carreteras (m/km2)
|
Densidad de población (habitantes/km2)
|
| Pirineo aragonés |
46 |
13a
|
69c |
10d |
|
Alto Pirineo catalán
|
12 |
15b
|
73c |
13d |
| Pirineo
central (total)
|
31
|
14
|
71c |
11d |
| Aragón
|
51 |
19 b
|
|
23d
|
| Cataluña
|
98 |
57 b
|
|
122d
|
| España
|
73 |
35
b
|
|
60d
|
Fuentes: La densidad
de la red de carreteras en 1890 ha sido elaborada por
el autor a partir de la Memoria sobre el estado
de las Obras Públicas en España en lo
referente a carreteras (1890). Para 1957, los datos
de Aragón, Cataluña y España proceden
del Anuario Estadístico de España,
y las cifras referidas al Pirineo han sido proporcionadas
por Fernando Collantes. Los datos de densidad de población
proceden de Ayuda y Pinilla Navarro (2002), Sabartes
Guixés (1998) y Censos de la Población
de España.
Notas: (a) interpolación geométrica
de las cifras de 1860 y 1900; (b) en 1887; (c) como
representativas de las cifras de densidad de la red
de carreteras del Pirineo central en 1957 se han tomado,
en el caso del Pirineo aragonés, datos referidos
al conjunto de los valles aragoneses y navarros y, en
el caso del Alto Pirineo catalán, datos del conjunto
de las comarcas pirenaicas catalanas. Dado que tanto
los valles navarros como el Pirineo oriental son áreas
con una mayor densidad económica que el Pirineo
central, esas cifras son probablemente algo mayores
de lo que serían los datos referidos al Pirineo
central en sentido estricto; (d) en 1960.
La difusión
del automóvil alteró esa situación,
convirtiendo la carretera en un instrumento clave para
la integración económica de la región
pirenaica con su entorno. Por eso mismo, la forma en
que se construyó la red es esencial para entender
el modo en que tuvo lugar dicho proceso de integración.
La red de carreteras que se planificó para el
Pirineo a mediados del siglo XIX, y cuya construcción
se prolongó prácticamente hasta la década
de 1960, puede describirse como un sistema de drenaje.
En otras palabras, la red estaba constituida por una
serie de rutas que, partiendo de la tierra baja, iban
siguiendo, en dirección ascendente, los cursos
de los ríos principales de la cordillera y de
sus afluentes más importantes, en una escalada
progresiva hacia las cabeceras de los valles. Esta forma
de desarrollo viario, relegaba la superación
de los interfluvios entre valles o entre Francia y España
a las últimas etapas de la construcción
de la red.
Este esquema constructivo
respondía a factores tanto geográficos
como institucionales. Desde el punto de vista de la
geografía de la región, la construcción
resultaba mucho más sencilla en los fondos de
valle, que eran además las zonas más pobladas,
mientras que los interfluvios planteaban unas dificultades
orográficas mucho mayores (Echeverría
et al., 1999). Al mismo tiempo, desde el punto de vista
institucional, la división política entre
Francia y España se alzó como un importante
obstáculo para la comunicación entre las
vertientes Norte y Sur de la cordillera, ya que el objetivo
básico de ambos Estados era conectar los altos
valles pirenaicos con las ciudades de la tierra baja
de su propia vertiente. De ese modo, el trazado de la
red ignoraba las relaciones económicas entre
valles y los tradicionales intercambios transfronterizos
entre las comunidades de ambas vertientes. Como consecuencia,
en el caso del tráfico entre Francia y España,
la red de carreteras contribuyó al establecimiento
de una frontera económica entre los dos países
que antes no existía. Los distintos valles del
Pirineo central español quedaron relativamente
aislados entre sí y con respecto a las ciudades
de la vertiente Norte, y su tráfico se orientó
cada vez más hacia la Depresión del Ebro.
Ello fue sobre todo en detrimento de la actividad económica
de los valles centrales, de mayor longitud, y cuyas
relaciones comerciales acabaron limitándose a
las que podían mantener con los centros urbanos
del Sur, situados a una enorme distancia (véase,
por ejemplo, Cuesta, 2001).
Como se indicaba anteriormente,
el proceso de construcción de esa red se inició,
de hecho, a mediados del siglo XIX, con un retraso considerable
en comparación con Francia, donde una mayor disponibilidad
de recursos públicos, una orografía más
sencilla y una densidad de población más
elevada permitieron que el Pirineo central francés
contara ya a finales del siglo XVIII con una red de
carreteras relativamente densa, muy relacionada con
la práctica del termalismo (Bourret, 1995; Briffaud,
1994). En el lado español, la construcción
empezó por los valles de los extremos oriental
y occidental, que tenían un trazado relativamente
más sencillo y cruzaban áreas más
pobladas. Hacia 1880 se había terminado ya la
carretera que seguía la tradicional ruta del
Somport y se habían construido los primeros tramos
de la de l’Alt Urgell.
En cuanto a los demás
valles del Pirineo central, empezaron a conectarse a
la red a partir de esa fecha, de modo que a la altura
de 1914 buena parte de las carreteras de valle estaban
ya bastante avanzadas. De Este a Oeste, se habían
construido la que seguía el curso del Segre hasta
La Seu d’Urgell, la de los Pallars hasta Sort,
la del valle del río Ésera hasta Campo,
la del Cinca hasta la entrada del desfiladero de las
Devotas, la del Ara hasta Broto, y las del Gállego
y el Aragón hasta la frontera. No obstante, ese
año todavía carecían de conexión
a la red algunas poblaciones importantes de los valles
más altos, como Puigcerdà, Esterri d’Aneu,
Viella (aunque esta última estaba conectada con
Francia desde 1868), Benasque, Plan y Bielsa, así
como algunos valles en su integridad, como el del Isábena
y el de la Noguera Ribagorzana.
A partir de 1914 se
aceleró el proceso de construcción de
carreteras, estimulado tanto por las nuevas posibilidades
abiertas por el automóvil como por la necesidad
de facilitar el acceso a los recursos hídricos
pirenaicos. Éste último factor consolidó
el carácter de drenaje de la red, ya que lo esencial
era garantizar la conexión entre los saltos de
agua de la cordillera y los centros industriales externos
a la misma, y no conectar los valles pirenaicos entre
sí. Como consecuencia, entre 1914 y 1970 se fueron
completando las carreteras de valle que se habían
iniciado en el periodo anterior. Después de 1914
se finalizó la prolongación de la carretera
del valle del Segre hasta Puigcerdà (donde se
llegó en 1915), la de los Pallars hasta Esterri
d’Aneu (1915) y hasta Viella por la Bonaigua (1925),
la del valle del Ésera hasta Benasque (1918),
la del Cinca hasta Bielsa (1921), y se construyeron
otras nuevas, como la del Isábena hasta La Puebla
de Roda (1931), la del Alcanadre hasta Rodellar (1930)
y las de algunos valles tributarios de la Noguera Pallaresa,
como Cardós y Vall Ferrera. En contraste, la
carretera del valle de la Noguera Ribagorzana, que era
el de mayores dificultades físicas y mayor debilidad
demográfica de la región, no se inició
hasta los años 40, y culminó con la apertura
al tráfico del túnel de Viella en 1949.
No obstante, la parte inferior de este valle, bloqueada
por los desfiladeros de Monsech y anegada posteriormente
por los embalses de Canelles y Santa Ana, quedó
sin carretera, estableciéndose la comunicación
con la tierra baja por Benabarre. En esa misma década
se prolongó también la carretera del valle
del Ara hasta Ordesa y la del Isábena hasta el
monasterio de Obarra, y se concluyeron los últimos
tramos de la que seguía el curso del río
Vero hasta Arcusa. La última de las carreteras
de valle en terminarse fue la paralela al río
Cinqueta, que en los años 50 llegaba hasta Plan
y San Juan de Plan, al tiempo que se iniciaba la prolongación
de la carretera de Bielsa hasta la frontera, por el
valle del río Barrosa.
En contraste, las conexiones
entre valles solo empezaron a construirse, muy lentamente,
a partir de 1930, y estuvieron caracterizadas, por lo
general, por su escasez, su mala calidad y las dificultades
técnicas con las que se enfrentó su construcción.
En la mayoría de los casos se estableció
una sola vía de comunicación entre valles,
lo que resultaba totalmente insuficiente dada la larguísima
extensión de algunos de ellos. Por ejemplo, todavía
en 1970 los valles del Cinca y del Ésera estaban
comunicados por una sola carretera (la de Aínsa-Campo),
y lo mismo ocurría entre los valles del Ésera
y la Noguera Ribagorzana (carretera de Castejón
de Sos-Pont de Suert), y entre los Pallars y el valle
del Segre (conectados a la altura de Tremp). En tan
solo dos casos se estableció una segunda vía
de comunicación: por un lado, entre los valles
del Gállego y del Ara (el Cotefablo entre Biescas
y Broto, y el Serrablo a la altura de Boltaña),
y, por otro, entre la comarca catalana de l’Alta
Ribagorça y los Pallars (a la altura de La Pobla
de Segur y de Tremp).
Por fin, en lo que
respecta a los pasos a Francia, únicamente los
de los extremos (Somport y Puigcerdà) y el de
Viella (a partir de la apertura del túnel en
1949) eran vías de calidad aceptable. En cambio,
el Portalet, el túnel de Bielsa (construido ya
en los años 70) o la carretera de La Seu-Andorra-Puymorens
(terminada en 1932) ofrecían tan solo un acceso
precario al país vecino, y en invierno era muy
difícil mantenerlos abiertos con suficientes
garantías.
Las carreteras mencionadas
en los párrafos anteriores constituían
la red pirenaica básica que, obviamente, solo
daba servicio a una pequeña parte de los núcleos
de población existentes en la zona. Como consecuencia,
tal como recoge Daumas (1976), solo 50 municipios del
Alto Aragón Oriental, de un total 120, disponían
de carretas o de carros en 1945. En el resto, la ausencia
de infraestructuras restaba a esos vehículos
toda utilidad. La conexión a la red de los núcleos
que quedaban fuera de esa red básica no se inició,
prácticamente, hasta los años 40 del siglo
XX y fue avanzando muy lentamente. El progreso de la
construcción dependía, en cada caso, de
los esfuerzos financieros de unos Ayuntamientos y Diputaciones
escasamente dotados o incluso, en algunos casos, de
la voluntad de particulares adinerados, como ocurrió
con la pista a Laguarta por la Guarguera, construida
en 1910 por iniciativa del mayor propietario del pueblo,
para poder acceder al mismo en automóvil (García
Ruiz, 1976). En algunos casos, la construcción
también avanzaba cuando la ruta respondía
a los intereses de las empresas madereras, del Patrimonio
Forestal del Estado o de las compañías
eléctricas. De cualquier modo, la lentitud y
la insuficiencia de esos esfuerzos se reflejan en el
hecho de que, todavía a finales de los años
60, una proporción importante de la población
seguía sin tener acceso a carretera o pista.
Esa situación de carencia, de hecho, no solamente
afectaba a los residentes de núcleos situados
en los interfluvios, sino también a los de algunas
poblaciones de fondo de valle relativamente cercanas
a las carreteras principales, como Sahún o Gistaín.
Más concretamente,
en el Sobrarbe y la Ribagorza aragonesa unas 32.500
personas vivían en 1940 en núcleos sin
acceso a carretera o pista, lo que equivalía
al 51 por ciento de la población de esas dos
comarcas. En 1965 ese porcentaje se había reducido
al 16 por ciento, pero todavía 206 núcleos
de población, en los que residían unas
7.000 personas, carecían de una pista apta para
el tráfico rodado que los conectara a la red
general de carreteras (Daumas, 1976). En algún
caso, esos núcleos incomunicados albergaban poblaciones
relativamente importantes, como Gistaín y los
pueblos de la Comuna, con más de 700 habitantes
en su conjunto, o Fanlo y el valle de Vio, donde más
de 500 personas debían caminar de 2 a 3 horas
para llegar a la carretera más cercana. En algunos
núcleos menores y peor comunicados la distancia
a la red podía ser aún mayor, como en
el caso de Nocito, cuyos habitantes debían caminar
en 1960 unas 7 horas para alcanzar la red de carreteras
en Rodellar (García Ruiz, 1976).
En cualquier caso,
a finales de los años 60 del siglo XX la cordillera
contaba con una red básica de carreteras. Se
trataba de un sistema viario de muy mala calidad, como
se refleja por ejemplo en el hecho, subrayado por Daumas
(1976), de que a principios de los años 70 hubiera
muy pocos kilómetros de carretera asfaltada en
el Sobrarbe y la Ribagorza aragonesa, ya que la mayoría
de la red estaba empedrada o simplemente explanada.
Unos años antes, en una guía para turistas
publicada en inglés, Myhill (1966) desaconsejaba
el uso del automóvil en algunos de los tramos
más elevados de las carreteras de valle, como
el desfiladero de las Devotas que daba acceso a los
valles de Bielsa y Gistaín, o la carretera del
valle del Ésera por encima de Benasque, así
como en algunas de las carreteras transversales. En
todo caso, a pesar de esa mala calidad, la red consiguió
conectar la mayor parte de la región con el sistema
nacional de transporte y romper el relativo aislamiento
económico en que había permanecido el
área hasta al menos las primeras décadas
del siglo XX. Y, como consecuencia de la ruptura de
ese aislamiento, a partir de mediados de siglo la creciente
competencia exterior hizo desaparecer progresivamente
aquellos sectores tradicionales cuya supervivencia había
estado basada en la protección que proporcionaban
los altos costes de transporte, empezando por la propia
producción agrícola del Pirineo central,
que se redujo espectacularmente a partir de los años
50 (Lasanta Martínez, 1989).
Sin embargo, si bien
las carreteras crearon las condiciones para la desaparición
de sectores tradicionales, no fueron tan efectivas en
lo que respecta al estímulo de actividades económicas
alternativas en la región. Como se ha comentado
anteriormente, la red de carreteras pirenaicas conectaba
cada uno de los valles con la tierra baja, pero, en
cambio, no facilitaba los intercambios entre los diferentes
valles ni entre ambas vertientes de la cordillera. Como
consecuencia, la evolución económica de
cada valle acabó dependiendo básicamente
de su propia dimensión, de sus recursos y de
su distancia a los centros urbanos españoles.
En los valles extremos (los del Aragón, el Gállego
y el Segre), en los que había mejores condiciones
para el desarrollo económico (es decir, una mayor
densidad de población y una menor distancia a
las ciudades catalanas, aragonesas o vasconavarras),
la red de transporte hizo posible la aparición
o la consolidación de industrias de transformación
y de servicios en torno a los núcleos de Sabiñánigo,
La Seu d’Urgell, Jaca y Puigcerdà.
En cambio, en el Sobrarbe,
la Ribagorza aragonesa y catalana y los Pallars, compuestos
por valles escasamente poblados y a una enorme distancia
de los centros urbanos del Sur (distancia mucho mayor,
de hecho, que la que les separaba de las ciudades francesas),
era muy difícil que tuvieran lugar procesos similares.
Como consecuencia, sus economías siguieron basadas
en gran medida en algunas actividades tradicionales
residuales y en la extracción de recursos como
la energía eléctrica o la madera para
su transformación o su utilización en
el exterior. En esas áreas, la ausencia de sectores
dinámicos se tradujo en que sus centros económicos
se situaran fuera del valle, en los núcleos urbanos
de la tierra baja, mientras las capitales comarcales
(poblaciones como L’Aínsa, Boltaña,
Graus, Pont de Suert o Tremp) quedaban relegadas a funciones
económicas secundarias.
Al mismo tiempo, los
numerosos pueblos y aldeas que quedaron fuera de la
red vieron hipotecado su futuro a medio plazo. A la
ausencia de carreteras, que hacía muy difícil
la explotación de los recursos locales, se unía,
en la mayor parte de los casos, una total carencia de
servicios básicos que, en una etapa como las
décadas de 1950 y 1960 en la que el conjunto
del país estaba experimentando una rápida
transformación económica, significaba
el hundimiento de la calidad de vida del área
en términos relativos. Así, en 1965, 18.700
habitantes del Sobrarbe y la Ribagorza (un 35 % del
total) vivían en núcleos sin conexión
a la red telefónica, incluyendo localidades como
Arén, que contaba con 848 habitantes en esa fecha
(Daumas, 1976). En esos años se consolidó
una fuerte diferenciación interna entre una serie
de núcleos relativamente bien equipados (algunos
ya desde las primeras décadas del siglo XX) y
otros totalmente vacíos de servicios básicos
hasta la década de 1970. La consecuencia directa
de esa situación fue el abandono durante los
años 50, 60 y 70 del siglo XX de una gran cantidad
de núcleos situados en los interfluvios y apartados
de las redes básicas de comunicación.
Por poner un ejemplo de la diferente evolución
demográfica entre los núcleos de fondo
de valle y los situados en las laderas y los interfluvios,
en el valle de Benasque los primeros perdieron el 22
% de su población entre 1940 y 1980, mientras
los segundos vieron disminuir su población en
un 51 % (Lasanta Martínez, 1989). En los casos
de los valles con mayor potencial de desarrollo (los
de los ríos Aragón, Gállego y Segre),
ese proceso de despoblación fue en parte compensado
por el crecimiento de los núcleos centrales de
cada valle. En cambio, en el Sobrarbe, la Ribagorza
y los Pallars, las cabeceras de valle también
entraron en crisis y el movimiento migratorio se dirigió
de forma mayoritaria al exterior de la cordillera.
Obviamente, no se puede
acusar a la ausencia de servicios de ser la causa más
importante de la despoblación. De hecho, hay
casos de despoblados que disponían de acceso
rodado e incluso de conexión a la red telefónica
y eléctrica antes de su abandono. Los problemas
de esos núcleos iban mucho más allá
de la carencia de infraestructuras. Se trataba de poblaciones
ubicadas, por lo general, a gran altitud, en áreas
de pendientes fuertes, suelos esqueléticos y
escasez de agua, que hacían muy difícil
su supervivencia (López Palomeque, 1996). La
situación más crítica en este sentido
se producía en el Prepirineo calcáreo,
de mayor sequedad y suelos más pobres que el
Pirineo axial. Posiblemente, el papel de la carencia
de servicios básicos en ese contexto fue el de
acelerar la salida de la población, al hundir
la calidad de vida e impedir el desarrollo de actividades
económicas alternativas a las tradicionales.
De esta forma, las actuaciones públicas en materia
de carreteras, que tendieron a acelerar esa crisis,
reflejaban, en cierta medida, la aceptación por
el Estado de la despoblación de la montaña
como algo inevitable o, incluso, cierta voluntad política
de reforzarla (Pinilla Navarro, 1995).
4. Conclusiones
A lo largo de las páginas
precedentes se ha analizado la inversión en infraestructuras
de transporte en el Pirineo central entre mediados del
siglo XIX y la segunda mitad del siglo XX. En ese proceso
se han distinguido dos etapas. En primer lugar, durante
la construcción de la red española de
ferrocarriles a lo largo de la segunda mitad del siglo
XIX y los primeros años del siglo XX, las inversiones
en la región fueron mínimas y la mayor
parte del Pirineo se mantuvo en una situación
de aislamiento relativo.
Esa atonía inversora
se rompió en la segunda etapa, a partir de la
década de 1910. Entre 1910 y 1975 la cordillera
recibió considerables inversiones dirigidas a
la construcción de carreteras. Los efectos de
ese esfuerzo inversor, sin embargo, no pueden considerarse
muy positivos. La red de carreteras se orientó
fundamentalmente a facilitar el acceso a los valles
altos desde la tierra baja, descuidando las conexiones
entre valles y con la vertiente Norte. Esa estructura
dificultó notablemente el desarrollo económico
de los valles centrales, con escasas densidades de población
y a una gran distancia de los centros urbanos del Sur,
y dejó aislados una gran cantidad de núcleos
habitados, que fueron abandonándose progresivamente
a lo largo de los años 50, 60 y 70.
Solo en las últimas
décadas, a partir de mediados de los años
70 del siglo XX, ha habido un esfuerzo continuado por
resolver las carencias más importantes de los
núcleos pirenaicos menores y de los valles peor
situados. Ese esfuerzo ha sido especialmente intenso
desde la segunda mitad de los años 80, gracias
al crecimiento de la inversión pública
y a una mayor presencia de los criterios de política
territorial en las actuaciones del Estado y de las Comunidades
Autónomas. Así, por ejemplo, las conexiones
entre valles en sentido Este-Oeste (los llamados “Ejes
Pirenaicos”) se fueron convirtiendo gradualmente
en una prioridad para el Sector Público. Es de
lamentar, sin embargo, que los avances en esta dirección
hayan sido limitados y que aún se mantenga la
precariedad de muchos de los tramos de estos ejes. De
hecho, en la actualidad la red de carreteras pirenaicas
se caracteriza todavía por una baja conectividad
o, en otras palabras, por un gran porcentaje de recorridos
en “cul de sac”, lo que incrementa las distancias
a recorrer y el coste de las relaciones económicas
entre las distintas comarcas. Estos problemas llegan
al máximo en los valles centrales de la región,
siendo probablemente el Sobrarbe la comarca con peores
niveles de accesibilidad de todo Aragón.
A lo largo de las últimas
décadas se ha ido también dando poco a
poco acceso rodado a la mayoría de los núcleos
habitados de la cordillera, aunque en condiciones relativamente
precarias al principio, con pistas sin asfaltar y en
deficiente estado de conservación. Al mismo tiempo
se han ido extendiendo a todos los núcleos habitados
otros servicios, como la red telefónica (especialmente
a partir de 1990), o el suministro de electricidad (bien
mediante conexiones a la red general o mediante la instalación
de placas solares), aunque a mediados de los 90 todavía
había déficits notables en este terreno.
Este conjunto de políticas ha reducido en cierta
medida, aunque no totalmente, las desventajas de las
comarcas pirenaicas. Lamentablemente, son esfuerzos
que han llegado demasiado tarde para muchas áreas
en las que el proceso de despoblación es ya irreversible.
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