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Una vida en el camino:
 
4. Epidemias: un lastre para el tránsito de personas y mercancías
  Juan Miguel Rodríguez Gómez
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«Considera lo que hemos sido y lo que ahora somos… ¡Dónde estáis amigos queridos!
¡dónde los rostros amados! Éramos una multitud, ahora estamos casi solos…»
. Petrarca, Cartas familiares, 1349-1350.

1. Introducción

Los arrieros hicieron sus viajes en tiempos en los que eran frecuentes las epidemias, siempre rodeadas de supersticiones, supercherías y falsos remedios. Es comprensible ya que, por aquel entonces, no se conocían ni los agentes etiológicos causantes de las enfermedades infecciosas ni sus mecanismos de transmisión. En consecuencia, cualquier persona o mercancía que fuera de un sitio para otro era inmediatamente sospechosa de propagar la enfermedad y su integridad física corría serio peligro (Figura 1).

Figura 1. El viajero siempre ha sido considerado como un propagador de epidemias. En la imagen se representa a La Muerte, que «siempre viaja al lado del arriero y del comerciante». Danzas Macabras, Hans Holbein, 1540. Fondos UCM.

En este sentido, es ilustrativa la advertencia realizada durante una epidemia de cólera ya en el siglo XIX: «Hay en algunos pueblos de la ribera del Gállego la falsa creencia que motiva su falta de ilustración, de que algunos viajeros pobres y extranjeros, van inficionando las fuentes y ríos, echando ingredientes que llevan preparados, y que causan los cólicos malignos que se dejan sentir. Debemos llamar la atención de las autoridades, porque si tal error no se desvanece, podría cometerse algún atropello punible, a juzgar por lo que hemos oído» (El Pirineo Aragonés, 23 de agosto de 1885). Por esas mismas fechas, se produjo un tumulto contra una mujer de Aniés con síntomas de la enfermedad, a quien un numeroso grupo quería expulsar del pueblo. La mujer murió y se investigó el caso ya que se sospechó que el fallecimiento fue consecuencia de las agresiones recibidas, condenando a los 16 vecinos encausados por atropello (Archivo Histórico Provincial de Huesca, Sentencias Criminales, 1886, número 98). Como diría más tarde Einstein, «el mundo no está en peligro por las malas personas sino por aquellas que permiten la maldad».

Los tres grandes agentes del “apocalipsis” fueron, sucesivamente, la peste negra, el cólera y la gripe; no obstante, hay que recordar que los microorganismos que causaban estas enfermedades no estaban precisamente solos, sino que convivían, en mortífera fraternidad, con los responsables de difteria, tifus, escarlatina, sarampión, tuberculosis… No es de extrañar que las epidemias multiplicasen las tasas de mortalidad en épocas en las que ya eran, de por sí, muy elevadas. Además, como a perro flaco todo son pulgas, solían ir de la mano de la falta de higiene y de las grandes hambrunas derivadas de la escasez y carestía de los alimentos básicos. Eito (2010) lo expone magníficamente al comentar que las epidemias «llegan sin que nadie sepa qué puerta han utilizado para entrar, se cargan a la mitad de la población en poco tiempo, y pasado éste, desaparecen de la misma forma misteriosa que ha llegado. Sólo hay una que persiste miles y miles de años: la miseria, la peor de las plagas».

2. La peste negra o bubónica

La peste es una enfermedad infecciosa causada por la bacteria Yersinia pestis (Figura 2) y afecta tanto a animales como a humanos. Nos encontramos ante una enfermedad paradigmática por su capacidad de diseminación y por sus efectos devastadores sobre la población. De hecho, se estima que, a lo largo de la historia, han muerto de peste más de 200 millones de personas, convirtiéndose así en una de las enfermedades infecciosas más letales de las conocidas hasta la fecha.

Todo comenzó en el año 1348, cuando la entonces misteriosa enfermedad se cebó con la indefensa población de casi todo el continente europeo. Para las supersticiosas gentes de aquella época era el comienzo del fin del mundo: la Providencia castigaba así a los hombres por todos sus pecados (Figura 3). El infierno se hacía realidad sobre la Tierra sembrando de cadáveres y apestados las sucias calles de las grandes ciudades y de los pequeños pueblos de un extremo al otro del continente (Figura 4).

Figura 2. Yersinia pestis, la bacteria responsable de la peste negra. Fondos
UCM.

Figura 3. El triunfo de la Muerte, de Pieter Brueghel el Viejo (1562). Museo del Prado. Esta obra muestra la sensibilidad bajomedieval posterior a la peste de 1348. Fondos UCM.

Los primeros síntomas de la enfermedad consistían en fiebre elevada y escalofríos que, en ocasiones, se confundían con los de otras enfermedades. Poco después, hacían acto de presencia angustia y ansiedad, unidas a un aumento de la fiebre, mareos y vómitos. El paciente vivía en un estado de postración, en medio de fuertes sudores que desprendían un profundo y particular olor, que se ha descrito como similar al de la paja podrida. A ello se unían terribles dolores de cabeza, sensación de asfixia, grandes temblores y una lengua pastosa y blanquecina. Aunque desagradable, esto no era lo peor; pronto se inflamaban los ganglios linfáticos (especialmente los axilares, cervicales e inguinales) que podían llegar a alcanzar el tamaño de una manzana; el vulgo empleaba la palabra bubones (del griego, bulto) para referirse a los ganglios inflamados y de ahí la denominación “peste bubónica” (Figura 5).

Figura 4. Mapa en el que se observa la rápida extensión de la epidemia de
peste negra de 1348 por el continente europeo, incluyendo la Corona de Aragón. Fondos UCM.

Figura 5. Miniatura de la Biblia de Toggenburg (1411) mostrando una pareja con los “bubones” característicos de la peste negra. Fondos UCM.

No era extraño que los bubones supurasen, generando un horrible hedor y, si llegaban a romperse, producían terribles dolores al paciente (Figura 6). Los bubones y úlceras resultantes adquirían un color negruzco. Este hecho, unido a que se solía producir un color azulado o negruzco en zonas isquémicas de la piel, hizo que la enfermedad también se conociese como peste negra (Figura 7). La forma septicémica, más grave aún, podía conducir al desarrollo de sintomatología respiratoria (síndrome gripal, neumonía, esputos sanguinolentos) o neurológica (convulsiones, opistótonos, etc.), con muy mal pronóstico.

Figura 6. Bubón en el muslo de un afectado por peste negra en nuestros tiempos. Fuente: Center for Disease Control, Atlanta, EE UU. Fondos UCM.

Figura 7. Color negruzco causado por isquemia durante un caso de peste negra en África. De ahí el nombre de peste negra. Fondos UCM.

En cualquier caso, se trataba de una enfermedad muy dramática, con una elevada tasa mortalidad y que causaba verdadero pánico entre la población. Veamos una descripción coetánea de la enfermedad y de los truculentos remedios que se recomendaban para su tratamiento:

«En los tiempos de la pestilencia enferman más deste mal; de primero sienten grant afogamiento, e huéleles mal la boca, e están vascando, e tienen ençendimiento e vomitan feas humores de diversas colores. Entonçes deven los sanos, lo primero, conformar con la boluntat del Señor Dios, e regir sus ánimas con sanctos e claros pensamientos. E, lo principal es salir de aquella tierra onde causa o está causada la pestilencia, e lo más ante que pudiere; e asconderse del ayre quanto podiere.

E apoque el vañarse en río nin en vaño, e use muy poco de las mugeres. Riegen el suelo con vinagre, sofumen la casa con grasa o ençiensso, e tengan fumo de tomillo, e huelan un paño mojado en vinagre e agua rosada; veviendo de sus mesmas orinas cada uno algunas mañanas quanto cabe en las manos. E, el que sintiere algo de la pestilencia, bien es tirar unas seys onças de sangre en dos días. Los que sienten el mal de la landre [bubones] en la yngle e en el cuerpo toviera las dichas señales, poner encima azeyte e, si más fuer menester pongan ençima pollos, o ranas, o siesos del gallo, o perrillos chicos aviertos en calientes. Sájenle en las piernas, en el sobaco, o garganta, o tras la oreja e échenle ventosas ençima de saja» (Alonso de Chirino, 1420).

En la Europa medieval, la mayoría de los contagios se producían por la picadura de pulgas que contenían la bacteria y que, a su vez, que eran transportadas por roedores. De hecho, los roedores eran los reservorios más importantes de Yersinia pestis y los únicos que tenían importancia epidemiológica a largo plazo. En aquel entonces, la gente estaba acostumbrada a convivir con las ratas, que se hallaban por doquier, y nadie sospechaba que eran un eslabón clave de la cadena de transmisión (Figura 8). Además, cuando la infección derivaba en infección pulmonar (la variante neumónica), el paciente se convertía en foco de contagio, al poder transmitir la enfermedad por el aire, a través de la tos, de forma similar a la gripe.

Como se consideraba que la peste bubónica era una especie de plaga bíblica que se abatía sobre los hombres para castigarlos por sus pecados, se creó un clima de histeria religiosa en el que las gentes imploraban al cielo, sacaban las reliquias de las iglesias, se realizaban rituales eclesiásticos, se celebraban múltiples misas… También se hicieron muy populares las llamadas procesiones de flagelantes, que recorrían ciudades y pueblos azotándose con varas y látigos, como si del mismísimo Juicio Final se tratase, desgarrando sus carnes e implorando el perdón entre charcos de sangre (Figura 9). Sin embargo, estos multitudinarios actos y desplazamiento facilitaron en muchas ocasiones la expansión de la enfermedad. El fanatismo era cada vez más extremo y, para que el Todopoderoso perdonara al hombre, al pecador, en varios lugares se expulsó de las ciudades a las prostitutas, a los moriscos y a los judíos; estos últimos fueron el colectivo más perseguido y, de hecho, muchos fueron pasados a cuchillo o quemados vivos en diferentes lugares de Europa, incluyendo la Corona de Aragón (Figura 10).

Figura 8. Las ratas inundaban las poblaciones medievales y eran fundamentales en el ciclo de transmisión de la peste. Las ratas devoran a un difunto, siglo XV. Museo Condé, Chantilly. Fondos UCM.

Figura 9. Las procesiones de flagelantes se convirtieron en una imagen cotidiana. Representación de las procesiones de Geissler, hacia 1350, Crónica de Gilles Li Muisis, fol. 16v. Biblioteca Real de Bélgica, Bruselas. Dominio Público.

Los siglos XIV y XVII fueron especialmente nefastos para Aragón por lo que respecta a la peste. Los cálculos más optimistas estiman que, solo en el año 1348, causó la muerte de más de la mitad de la población del Reino, ¡casi nada! En el siglo XVII, los mayores estragos en el Alto Aragón se produjeron entre 1651 y 1654 (Maiso, 1982) (Figura 11). La peste había aparecido en Valencia en 1647 procedente de Argel. Rápidamente, Aragón envía al diputado Pedro Soriano Royo a la frontera con Valencia para averiguar el estado de la enfermedad y, en consecuencia, tomar las decisiones que fuesen más convenientes. El diputado confirma que se trata de peste e, inmediatamente, se dictan mandatos, órdenes y bandos prohibiendo el tránsito de personas y mercancías hacia Aragón (Archivo de la Diputación de Zaragoza, 1647). A pesar de ello, se introduce en el Bajo Aragón en 1648 y llega a Huesca en 1651, provocando la muerte de la cuarta parte de la población. Entre 1652 y 1654, la epidemia se extiende por la provincia (Tamarite, Almunia de San Juan, Barbastro, Alquézar, Alberuela, Igries, Salinas de Hoz, Belver, Pertusa, Piracés, Almudévar, Poleniño, Lanaja…) y llega hasta las zonas más altas del Pirineo (Jaca, Biescas, Pueyo, Lanuza, Sallent, Tramacastilla, Panticosa, Otal, Linás, Yosa de Broto, Torla, Broto, Boltaña, Bielsa, Gistaín, Serveto, Plan, San Juan de Plan, Foradada, Campo, Benasque, Cerler…).

Figura 10. Quema de judíos, a los que se responsabilizaba de la epidemia.
Crónica de Núremberg, Hartmann Schedel, 1493. Fondos UCM.

Figura 11. Itinerario de la epidemia de peste que asoló el Alto Aragón en el siglo XVII.

Las penas para los que incumplían las normas establecidas para tratar de evitar el avance de la epidemia eran severas. Basta leer el bando que se leyó el 11 de septiembre de 1586 en todas las calles y plazas de Tudela (Navarra):

«A causa de la peste que hay en el Valle de Arán, Condado de Ribagorza y en la ciudad de Barbastro y Villa de Monzón, se prohíbe a todos los vecinos de Tudela que vayan a dichos lugares y sus alrededores, que acojan en sus casas a las personas o mercancías provenientes de esas tierras, bajo la multa de 200 ducados. Si el contraventor fuese persona de calidad, recibirá como castigo 100 azotes y cuatro años de galeras. Los demás, incurrirán en destierro durante cuatro años».

Ese mismo año, la junta del valle de Tena incluyó en sus estatutos la prohibición de la entrada de forasteros en el valle ante la amenaza de que llegara hasta allí la epidemia de peste que asolaba otros lugares. La única excepción que se contempló fue la de aquellos arrieros navaleses que subiesen a vender sal. Eso sí, la venta del preciado mineral tenía que realizarse en plaza pública o extramuros y los arrieros no podían ser alojados en casas particulares (Gómez de Valenzuela, 2000).

Ante el desconocimiento de los mecanismos de transmisión de la enfermedad, los malos alimentos y las ropas andrajosas (siempre ligados al hambre y la pobreza) fueron señalados como la principal causa de la peste. Obviamente, las personas malnutridas o desnutridas y, en consecuencia, más débiles e inmunodeprimidas, tenían menos probabilidades de supervivencia tras adquirir la infección. No tardaron en encontrarse “culpables” entre algunos de los productos habitualmente transportados por los arrieros. Entre ellos destacaba el aguardiente porque «calentaba la sangre de un modo extraño y corrompía los humores generando la peste» (Biraben, 1975). Los médicos de Huesca dictaminan que «el exceso y frequentacion» del aguardiente dañaba la salud y había sido uno de los motivos por los que la epidemia había llegado a la ciudad (Archivo Municipal de Huesca, 1652). El otro gran producto del comercio arrieril señalado con el dedo acusador fue el pescado, especialmente el bacalao y el abadejo (Maiso, 1982). Y es que, como ya se había señalado en la epidemia de peste de 1564 «todos los que adolecían de dicho mal era gente pobre, harta de comer abadejo en la pasada quaresma» (Porcell, 1565). La falsa acusación cala tan hondo que la autoridad eclesiástica de Huesca permite comer carne en la cuaresma de 1652 como medida estrella para atajar la epidemia (Archivo Capitular de Huesca, 1652).

Desde el punto de vista territorial, social y comercial, una de las consecuencias más espectaculares de la epidemia fue el abandono de pueblos enteros. Los despoblados no siempre se asocian a la peste, pero se considera que fue un factor importante, junto con las hambrunas, la dureza del terreno y/o del clima y los abusos señoriales. En cualquier caso, fue un fenómeno común en toda Europa occidental (en Francia se llaman villages désertés; en Alemania, wüstungen; en Inglaterra, lost villages, ...). En nuestro ámbito, fue el principal origen del mito de las abuelas, muy extendido en todo el Alto Aragón (Laluenga, Angües, Casbas, Loporzano, Adahuesca, Fañanas, Lasaosa, Oto…) (Benito, 1987; Satué, 1987). La leyenda tiene unos elementos comunes en todas las localidades: un pueblo es asolado por una peste y solo una o dos abuelas sobreviven; al verse desamparadas vagan buscando asilo en las poblaciones vecinas, en las que son sistemáticamente rechazadas ante el temor a un posible contagio; finalmente, llegan a un pueblo más compasivo y menos escrupuloso en el que les proporcionan alimento y un lugar más o menos apartado (cueva, iglesia, hospital…) para que vivan. Como únicas supervivientes heredan las propiedades de sus antiguos convecinos y al morir ceden sus derechos al pueblo que las acogió.

3. El cólera

A partir del siglo XIX, las epidemias más temidas fueron las del cólera que, procedentes de Asia, invadieron España en cuatro oleadas sucesivas (1833-34, 1854, 1865 y 1885), siendo la última la de peor recuerdo en territorio oscense; ese mismo año, finalizaba la última guerra carlista, moría Alfonso XII, comenzaba la Restauración y se introducía la filoxera en los viñedos. Aunque son hechos que nos suenan mucho más cercanos en el tiempo, el cólera se combatía básicamente con los mismos métodos con los que anteriormente se había hecho frente a la peste, métodos que hoy nos harían reír... o llorar ya que, en general, no servían absolutamente para nada. Era terreno abonado para productos milagrosos (Eito, 2009):

«Medicación anticolérica: hallase de venta en Adahuesca, dirigiéndose don José Rodellar, farmacéutico. Frasco con cien gotas, 3 pesetas».

«Jarabe de chordón recién llegado de la montaña. Véndese en la Correría y confitería de Gil Hnos., Ramiro el Monje 8».

«Bujías desinfectantes, preparadas con azufre y ácido fénico, su empleo es igual al de la bujía ordinaria. Farmacia de Rayón, calle San Orencio 17».

El cólera es una enfermedad diarreica aguda causada por la bacteria Vibrio cholera (Figura 12) que, si no se trata adecuadamente –tal y como sucedía en el siglo XIX-, puede causar la mortalidad de hasta el 50% de las personas afectadas, especialmente niños y ancianos. La bacteria se transmite ingiriendo agua o alimentos contaminados con las heces de las personas infectadas, siendo muy rara su transmisión directa de una persona a otra; por lo tanto, el contacto casual con una persona infectada no constituye un riesgo para contraer la enfermedad.

Ese modo de transmisión hizo que, precisamente durante esta epidemia, se estableciera una dura batalla entre los partidarios de las viejas medidas de control de epidemias (lazaretos, cuarentenas, cordones de seguridad, patentes limpias, hogueras y fumigaciones) y los partidarios de los nuevos conocimientos bacteriológicos y epidemiológicos. Estos últimos -menos numerosos pero apoyados por el Gobierno- sabían que la única forma eficaz de evitar la epidemia era la construcción de modernos sistemas de abastecimiento de aguas y de tratamiento de aguas fecales, infraestructuras prácticamente inexistentes en el Alto Aragón del 1885.

Los lazaretos eran recintos aislados y cercados cuya finalidad era la de acoger a las personas y mercancías que llegasen de lugares en los que hubiese una epidemia y que, en consecuencia, tuvieran el potencial de transmitir la infección; en esos lugares, eran observados durante el tiempo mínimo en el que se consideraba que se podían manifestar los síntomas de la enfermedad si realmente estuviesen infectados. Estos establecimientos debían ofrecer la suficiente capacidad para cobijar a las personas y para extender, ventilar y purificar los efectos de comercio (lanas, tejidos, alimentos, tinajas, cántaros, vajilla…). Transcurrido el tiempo indicado (cuarentena) sin que surgiera ninguna sospecha, la persona en cuestión recibía la patente limpia, una especie de pasaporte sanitario con el que podía reanudar su viaje. Pero, por muy férreas que fuesen tales medidas, eran completamente inútiles si las hortalizas y verduras se seguían regando con aguas fecales, si los pozos y fuentes de los que se abastecía la población estaban contaminados y si la higiene alimentaria brillaba por su ausencia. En tales circunstancias, no había nada que hacer. Simplemente, esperar a que la epidemia pasara dejando su reguero de muertos.

Figura 12. Vibrio cholerae, la bacteria causante del cólera. Fondos UCM.

Lamentablemente, las entidades locales fueron, en general, partidarias de los métodos tradicionales. Y no solo es que fuesen medidas inútiles, sino que, al fomentar el aislamiento de personas y mercancías, llevaban aparejado otro gran problema: el desabastecimiento de pueblos, villas y ciudades.

Entre las epidemias de cólera, la de 1885 es la que está mejor documentada ya que, para entonces, existían diversos periódicos y unos lectores ávidos de noticias sobre un tema francamente preocupante. Hablaremos de ella detenidamente ya que supone un ejemplo paradigmático de cómo la combinación de una falta de recursos eficaces y de numerosos errores de planificación puede tener consecuencias fatales sobre la población y el comercio. Y lo haremos, de la mano de El Pirineo Aragonés (Figura 13) ya que, número a número, siguió de cerca el avance de la epidemia hacia la provincia, siempre con la cándida convicción de que las medidas que se adoptasen serían suficientes para evitar su temible desembarco y todo se quedaría en un pequeño susto.

Figura 13. Detalle del primer número de El Pirineo Aragonés (23 de abril de 1882). Este periódico siguió con detalle la evolución del cólera en la provincia de Huesca.

Empecemos. El 21 de junio de 1885, y ante las noticias que venían de otras zonas de España y de Francia, las páginas de la citada publicación urgían a la inminente adopción de las viejas e ineficaces medidas preventivas en la ciudad de Jaca:

«La enfermedad que sufren algunas poblaciones de levante está reconocida como cólera morbo asiático. No hay otro recurso que establecer un lazareto que impida el roce de los viajeros con los habitantes de la población, y que de ningún modo fuese obstáculo para la continuación de su viaje». Y las proponía «a pesar de que en una conferencia internacional sanitaria celebrada recientemente en Roma, se ha votado por todos los asistentes representantes de las naciones, menos el de Turquía, por que se supriman los acordonamientos y lazaretos por innecesarios para contener la epidemia».

El guante fue recogido por la junta local, que fue preparando la aplicación de las medidas durante las siguientes semanas. El número del 26 de julio de 1885 informaba de los «Acuerdos de la Junta de Sanidad a la que prodigamos merecidos elogios, por su especial celo en la adopción de medidas para preservarnos de la mortífera epidemia. Las novedades á que aludimos consisten en el establecimiento del gabinete de fumigación, á cargo del joven médico Señor Espallarga y del practicante Don Juan Domínguez, que espontáneamente se prestaron a este meritorio servicio, y de un lazareto en el llamado Mesón de Pequen, local cedido también generosamente por su amable propietario, á cuyo punto son conducidos los viajeros después de fumigados, y en él reciben los cuidados de las virtuosas Hermanas de la Caridad. El jueves fue el primer día que se planteó y en pocas horas de tomar el acuerdo tan discutido, cogió de sorpresa a los viajeros la noticia de no poder entrar en la población sino después de sufrir cinco días de cuarentena». El periódico se hace cruces con la decisión de «la villa de Biescas [que] no ha creído conveniente establecer ninguna clase de prevenciones contra toda clase de viajeros que la visiten» y exclama: «¡Que no se dé el caso de que un viajero pase a Biescas, Panticosa o Canfranc y a la mañana siguiente penetre en la ciudad como de buena procedencia!».

Pero al día siguiente de su implantación, las caducas medidas de Jaca sufren un inesperado revés «por ingerencias de agentes del Gobierno», que habían recibido un telegrama del Gobernador para que «se atengan las autoridades a la circular sobre sanidad, en la que se proscriben los lazaretos». El telegrama recuerda que los lazaretos «están condenados por considerarlos impracticables e inútiles y perjudican hondamente el comercio y la industria» y que solo tenían que sufrir cuarentena los viajeros «que no traigan patente limpia». El Pirineo Aragonés no hizo ningún esfuerzo por disimular su contrariedad.

No obstante, el llamamiento del Gobierno al cumplimiento de sus instrucciones en materia de epidemia colérica fue desoído por la mayoría de los pueblos y ciudades, firmemente arraigados a sus convicciones tradicionales e incrédulos ante los avances científicos. Así, una semana después (el 2 de agosto de 1885) el mismo periódico anuncia que «hoy mismo está sosteniendo una lucha a brazo partido el ministro de la Gobernación con los gobernadores, y éstos con los pueblos que tienen establecidos lazaretos, cuarentenación y cordones de seguridad, sin que hasta la fecha hayan podido conseguir gran cosa, por lo arraigado que se encuentra en los pueblos el convencimiento de que estas medidas son las únicas que pueden impedir la importación de la epidemia en las poblaciones». Sin embargo, en ese mismo número ya se observa un cambio sustancial en la opinión de El Pirineo Aragonés, cuyo director parece haber reflexionado o haber recibido instrucción sobre el tema:

«Los inconvenientes y perjuicios que apuntamos respecto a los lazaretos aumentan con los acordonamientos que establecen los pueblos. Es fácil incomunicarse absolutamente y resistir de este modo a la invasión de la epidemia, pero es muy difícil vivir en esa situación mucho tiempo. Los pueblos que han querido ensayar el procedimiento, han tenido que desistir muy pronto. Han imitado la conducta del Tío Neotes, celebrado manchego por su talento, que habiendo querido hacer un sitio destinado para guardar cerdos, empezó a construir las paredes sin cuidarse de hacer una salida, y con tanto entusiasmo construyó, que cuando acabó se halló encerrado dentro, teniendo que derribar las paredes para que pudiera salir».

En cualquier caso, en el valle de Canfranc, en la partida de L’Anglassé, se instaló un lazareto donde eran internados todos los sospechosos de portar la enfermedad que procedían de Francia (Figura 14).

Figura 14. Restos de la antigua Fundería de L'Anglassé, cerca de Canfranc, superviviente del complejo industrial donde se fundían el cobre y el hierro de las minas próximas, a finales del siglo XVIII. En sus cercanías, se ubicaba el antiguo lazareto para los sospechosos de propagar enfermedades desde Francia. Juan M. Rodríguez.

Mientras tanto, el manejo de la situación en la capital de la Jacetania seguía dejando mucho que desear:

«El estimable diario de Zaragoza “La Derecha”, dice en su número de anteayer: Se nos ha dado a conocer una carta en la que se habla de esto en forma que nos ha impresionado, pues se consigna en ella que los servicios sanitarios no están montados conforme corresponde a una población de la importancia de Jaca, que con justicia ha gozado siempre fama de culta y bien administrada. En el cementerio de dicha ciudad existían a las tres de la tarde de anteayer ocho cadáveres sin recibir sepultura y expuestos a los rayos del sol, circunstancia que influye poderosamente para adelantar la descomposición; habiendo entre ellos dos personas que fallecieron el día anterior a las cinco y a las nueve de la mañana respectivamente. Por lo que deducimos que no se ha establecido un depósito de cadáveres con las condiciones y requisitos de la importancia de esta clase de instalaciones... Es extraño que en Jaca, cuyo ayuntamiento cuenta con recursos propios para todas las atenciones y singularmente para aquellas que más preferentemente afectan al bienestar de sus administrados, y en cuyo vecindario existen tantas personas acomodadas y espléndidas, no se haya procurado organizar un hospital especial de coléricos independiente del de enfermedades comunes para evitar el contagio de los pacientes existentes en éste; que no haya hecho lo mismo respecto a la habilitación de un depósito de cadáveres y un servicio de guardia médica permanente o por lo menos nocturna, pues para ello hay en aquella ciudad un cuerpo de profesores tan ilustrado como noble que no esquivaría su concurso...» (El Pirineo Aragonés, 17 de agosto de 1885).

Como bien preveían las autoridades sanitarias, las trasnochadas medidas implantadas en gran parte del territorio no supusieron ningún freno para el avance del coléra por la provincia y el 18 de agosto de 1885 el periódico anuncia que «ha sido declarada oficialmente la epidemia colérica en Huesca [capital]». Más al norte, la población y las autoridades locales, en vez de poner sus barbas a remojar, intentaban evadirse de la tozuda realidad. Cualquier caso de gastroenteritis aguda en una localidad teóricamente indemne hasta ese momento era achacado a simples desarreglos, al consumo de verduras y frutas, o al de aguardiente y otros licores... Si el caso era más intenso se calificaba irónica o eufemísticamente como cólico maligno o cólico de mala especie, si afectaba a un niño, como de diarrea asociada a la dentición, etc.; siempre había una excusa mejor que reconocer que había hecho acto de entrada el cólera.

Las campanas de la catedral jacetana dejaron de tocar a agonía ya que era evidente que lo hacía con mucha más frecuencia que de costumbre y, ante todo, no había que alarmar más a la población:

«El recrudecimiento observado durante la pasada semana en la enfermedad reinante puede explicarse por el cambio de temperatura pero a él habrá contribuido sin duda, el desordenado uso que algunos hacen de las verduras y frutas. No cesaremos de recomendar que por ahora se abstengan todos de consumir estos artículos... La paralización que ha sufrido el comercio de nuestra plaza desde los comienzos de agosto hasta el presente, ha causado perjuicios de consideración en toda la comarca... Algunas noches de la pasada semana, se han encendido hogueras en las calles de esta ciudad, procedimiento que nos parece acertado para la modificación de la atmósfera, lo mismo que otros que se emplean para la desinfección de las casas en que fallecieron coléricos» (El Pirineo Aragonés, 15 de agosto de 1885) (Figura 15).

Figura 15. Los porches del mercado, testigos de los prolegómenos del cólera en Jaca. «La paralización que ha sufrido el comercio de nuestra plaza desde los comienzos de agosto hasta el presente, ha causado perjuicios de consideración en toda la comarca...» (El Pirineo Aragonés, 1885). Postal colección del autor.

Como los casos iban en aumento y la tasa de mortalidad ya casi quintuplicaba la habitual, se acuñó el término influencia colérica para referirse a algo parecido al cólera, pero seguir negando tajantemente su presencia:

«No nos cabe duda que estamos sufriendo durante el mes actual la influencia colérica en esta ciudad. Así lo hemos oído decir a respetables médicos y de esta verdad es testimonio en bastante número de indisposiciones de vientre observadas por todos y algunas defunciones ocasionadas por estos cólicos de mala especie. Pero, frente a esta verdad, puede asentarse otra muy consoladora y de igual modo indubitada. La epidemia de cólera no existe ni ha existido en esta ciudad» (El Pirineo Aragonés, 30 de agosto de 1885).

Por fin, lo inevitable; hay que reconocer oficialmente el secreto a voces: existe cólera en Jaca y en el resto del partido, pero (siempre hay un pero) solo se admite con la boca pequeña y se niega que forme parte de la epidemia general:

«Hoy tenemos que ratificarnos (…). Pero á pesar del recrudecimiento observado y de la alarma que produjo el abundante número de enfermos con que ha comenzado el mes, y las excesivas defunciones registradas, en relación con tiempos normales, insistimos en que la enfermedad reinante no puede todavía llamarse epidemia, por la marcha vacilante é insegura que lleva (…). No negamos en absoluto, de que estemos como lo está toda nuestra región, bajo la influencia colérica ya que prueban bien esta verdad los casos ocurridos en Panticosa, Biescas, Sardiniés, Javierrelatre, Santa María y Lapeña, Santa Eulalia y otros pueblos del partido» (El Pirineo Aragonés, 6 de septiembre de 1885).

Parece que la enfermedad quiere dejar las cosas claras de una vez por todas y durante la siguiente semana ataca sin piedad; los casos se disparan y la tasa de mortalidad se multiplica mucho más. Ante la brutal evidencia, sobran los paños calientes; ya solo queda el consuelo de que se recobre la normalidad lo antes posible:

«Más sobre el cólera en Jaca. Nuestra misión de hacer públicos los hechos con la exactitud e imparcialidad debida nos obliga hoy tristemente a presentar la dolorosa realidad porque hemos atravesado en la última semana. ¿Qué razones han podido ser causa de que tan despiadada se haya presentado con nosotros la enfermedad, siquiera haya prontamente suavizado sus rigores? La paralización que ha sufrido el comercio de nuestra plaza desde los comienzos de agosto hasta el presente, ha causado perjuicios de consideración en toda la comarca; afortunadamente, esperamos que pronto nos veremos libres de la epidemia y en breve volverá a tomar la ciudad su aspecto ordinario, y se verán nuestras calles transitadas por los habitantes de los pueblos del partido» (El Pirineo Aragonés, 13 de septiembre de 1885).

En Biescas tampoco querían quitarse la venda de los ojos; pensaban que habían acertado en no adoptar las ineficientes medidas tomadas en otros pueblos sin tener en cuenta que tampoco habían implantado ninguna otra que fuese acertada:

«Biescas, 21-8-85. Sr. Director de El Pirineo Aragonés.

Muy Sr. mío: al manifestar a V., Señor director, y lectores de su periódico, que el estado de salud es satisfactorio en esta villa, no puedo menos de participar algunas arbitrariedades que se cometen en estos contornos, sin duda ninguna llevadas a cabo por los presidentes de monterilla, en los municipios de los pueblos circunvecinos.

Pulula entre estos el rumor, de que esta Villa, esta infestada de la epidemia reinante, y que causa muchas víctimas; pero gracias al Todo-Poderoso, estamos libres de tan terrible huésped. Lo único que hemos tenido es, que algunas personas de esta localidad han sido atacadas de fuertes colerines, que se acostumbran á suceder todos los años por esta época, los que han tenido lugar en personas desarregladas, que han abusado de los alcoholes, agua y hortalizas. Estas creo sean las causas, y la última la más principal, que han motivado tan fuertes cólicos que en todo este mes han llevado a la tumba a cinco ó seis personas de ya avanzada edad, uniendo a este número tres ó cuatro más que han fallecido de enfermedades comunes; ya todo ha cesado por hoy en lo que se refiere a los cólicos malignos, atendiendo a que todos procuran observar un plan higiénico riguroso, aconsejado por la ciencia, como lo demuestran las certificaciones de los facultativos de esta Villa.

Aquí se cumplen exactamente las órdenes superiores; no hay lazareto; no se detiene por lo tanto a ningún transeúnte, aunque éste haya de morar en la localidad, y sí el único medio que para estos se emplea, como medida preservativa, es la fumigación. No así en los pueblos circunvecinos, según informes de personas fidedignas: en el próximo de Senegüé, se prohíbe la entrada a todo transeúnte, por cuatro hombres armados ad hoc sopena de sufrir tan solo ocho ó nueve días de cuarentena; en el de Barbenuta, han impuesto cuatro pesetas de multa a todo vecino que entre en esta villa, sin perjuicio de ser trasladado a cierta distancia de su hogar, a sufrir cuarentena; y así de algunos otros, que no cito por no hacerme por demás molesto en las ilusorias medidas preventivas tomadas a fuerza de ignorancia y caciquismo [por] varios pueblos (…). Para evitar estos abusos, sería lo más justo, se castigara con el rigor de la ley á los trasgresores, que se mofan del viajero, y lo que es más, de los que ejercen la más alta autoridad [del Gobierno]» (El Pirineo Aragonés, 23 de agosto de 1885).

El fatal desenlace era inminente y, de hecho, el cólera de 1885 produjo estragos en Biescas (Leante, 1889; Satué, 2003) y Gavín. Yésero se libró del azote y los vecinos lo atribuyeron a la providencial intercesión de la Virgen de las Nieves (Figura 16).

Figura 16. Ermita de Nuestra Señora de las Nieves, Yésero. El cólera no pasó por esta población y sus habitantes lo atribuyeron a la intercesión de esta virgen. Juan M. Rodríguez.

En Sariñena, más de lo mismo. El corresponsal del Diario de Huesca en la localidad monegrina comentaba en el número del 28 de agosto de 1885 que, aunque en la provincia la gente está preocupada por el «terrible huésped indiano que con mano despiadada va segando vidas, doquiera sienta su letal y mortífera planta», allí «disfrutan de tan perfecta salud, cual nunca se había observado en igual época de otros años, en que por el abuso de frutas y legumbres abundaban los cólicos y desarreglos intestinales. Pero si por casualidad asomara su faz tan terrible enemigo, es muy probable no adquiriera grandes dimensiones, gracias a las medidas de higiene y de policía urbana han tomado las Juntas de Sanidad… Otra de las medidas tomadas, ha sido el quemar azufre en abundancia dos veces por semana por todas las calles; para los transeúntes se practica la inspección sanitaria y la fumigación en una ermita a 200 metros de la población, donde hay también local a propósito para hospital con algunas camas. Si afortunados hemos sido hasta la actualidad, en lo que al cólera se refiere, no asimismo en la cosecha de cereales que ha sido desastrosa. Si se agrega esto el estado deplorable de las cepas que es la principal riqueza del país, se puede formar juicio del estado mísero de estos honrados montañeses, sobre los cuales hace dos años llueven calamidades sin cuento». Cuatro días más tarde se confirmaba que el cólera había invadido la villa de Sariñena (Diario de Huesca, 2 de septiembre de 1885).

En ese mismo número se añadía que, «con el fin de evitar en lo posible el contagio del cólera, de cuyo azote, por desgracia, hállanse invadidas varias localidades de la provincia, han acordado suprimir por este año sus fiestas populares, que se celebran en distintos días del actual mes de septiembre, los pueblos siguientes: El Grado, Caserras, Antillón, Arascués, Viacamp, Cuarte, Argavieso, Aniés, Puibolea y Torres de Montes. También los ayuntamientos de Tolva y Berdún han resuelto suspender las respectivas fiestas».

Al menos la epidemia deja algunas lecciones: no había existido ningún plan sensato para impedir su avance en ciudades y núcleos con una población relativamente elevada. ¡Qué decir de las pequeñas localidades de la montaña! Simplemente, habían sido dejadas a su suerte, como tantas veces antes y tantas veces después:

«Curso de la epidemia en Jaca. Afortunadamente hemos entrado con rapidez en el periodo de descenso iniciado a fines de la semana anterior y si no se siente algún recrudecimiento, pronto hemos de vernos completamente libres en Jaca del azote que ha pasado con inusitado rigor en esta montaña.

La situación de algunos pueblos del partido no es tan satisfactoria, especialmente en Panticosa, Sallent, Sardiniés, Gavín, Javierregay y algún otro; ha mejorado notablemente en Javierrelatre, Acumuer, Abay y Biescas, y en algunos de insignificante vecindario ha pasado desapercibida la enfermedad, a pesar de que el fallecimiento de uno ó dos individuos era una cifra comparativamente de importancia en relación a la mortalidad normal. Sabemos que en casi ninguno de estos puntos se ha organizado servicio público alguno, no seguido plan de campaña para combatir la epidemia; al igual que en la capital del partido, los pueblos tampoco han tenido las atenciones y cuidados que la enfermedad exige, y que podían haber sido socorridos por la mano oficial y complementados por la caridad pública. La higiene pública y la desinfección no han sido conocidas en algunos puntos, y todo ha quedado reducido y aislado al cuidado particular, ineficaz en pueblos donde no hay servicio médico ni farmacia. Hemos oído contar escenas y casos, cuya consignación nos repugna, y que revelan la negación de todo sentimiento de caridad para con el prójimo. Tal era el espanto de que se sentían dominados los moradores.

No hemos sabido que la primera autoridad civil ni la diputación provincial, hayan parado la atención en aliviar la situación de los pueblos de esta montaña, ya procurando servicio médico, ya enviando recursos, sin duda porque pacientemente en su mayoría han pasado el mal sin solicitar nada» (20 de septiembre de 1885).

Y es que el alivio dura poco ante el panorama que se presenta de cara al invierno: las medidas tomadas no solo bloquean el comercio y generan desabastecimiento, sino que, al no ser eficaces, hacen que las personas abandonen sus localidades ante el temor de convertirse en las siguientes víctimas. En consecuencia, no se efectúan las labores agropecuarias que mantenían el ciclo rural anual y las consecuencias pueden ser lamentables…

«El próximo invierno. El comercio en todas sus manifestaciones, que con su constante movimiento lleva las riquezas de unos puntos a otros, nivelando de este modo los excesos y la falta de productos, señalando con precisión como invariable barómetro la altura de la riqueza de cualquier pueblo; el comercio, pues, ha sido brutalmente herido de muerte, al tender la epidemia su negro manto sobre ricas comarcas de nuestro suelo.

Los habitantes de los pueblos y de los campos, poseidos de un invencible terror, mirando espantados como la muerte se enseñoreaba paulatinamente de los albergues y viviendas, y con el fundado temor de que pronto pudiesen ser víctimas de la epidemia, abandonaron en su tiempo los trabajos y faenas que tienen por objeto proporcionar el alimento de casi todo un año» (El Pirineo Aragonés, 8 de noviembre de 1885).

A continuación, y a modo de ejemplo, veremos los efectos de la epidemia en Javierregay, una aldea entre Puente la Reina y Hecho, con una población que no llegaba a los 300 habitantes en 1885 (Eito, 2010). Así, durante la primera quincena del mes de septiembre fallecieron según los respectivos certificados médicos una media cercana a una persona al día:

«El día 2, Juan Cañardo, de 14 meses, de una diarrea propia de la dentición. El 6, fallecieron: Manuela Javierre, de 42 años, y Ana Rosa Ara, de 65 años, ambas de una coleriforme. El 7, Miguela Araguás, de 55 años, de cólera esporádico; Eusebio Bandrés de 27 meses, de mal coleriforme. María Juana Calvo, soltera, de 20 años, de un cólico esporádico, y Manuela Sánchez Bandrés, de 40 años, de cólico esporádico. El 8, Petra Lobera, 59 años, de una hemiplejia. El 9, Francisco Jarne, y Vicente Galindo de 62 años, ambos de cólico esporádico. El 10, Ángela Ara Aragués, de 2 años, de diarrea producida por la dentición. El 12, Santa Sánchez, de 5 años, de cólico esporádico. El 14, Juan Miguel Oliván, de 57 años, de cólera esporádico. El 17, Ramón Sarsa, casado, de 42 años, cólico esporádico».

Arrieros y carreteros, aparte de verse prácticamente obligados a cesar en su actividad, también tuvieron su protagonismo místico:

«Dice el Norte de Aragón [que] como en todas las epidemias análogas y en todos los pueblos han empezado a circular diferentes consejos y rumores acerca del origen de la enfermedad. Ya es la estupenda especie, que corre como artículo de fé, de que los médicos reciben cinco duros del gobierno por cada enfermo que despachan para el otro mundo, mediante unas ciertas gotitas que hace reventar a un ciudadano en algunos minutos; ya un médico que revienta, a su vez, constreñido por la familia del enfermo a sorberse la pócima a éste destinada; y ya es, en fin, la Virgen del Puig, que desciende de su empíreo trono para circular por los campos y recetar su inefable remedio.

Según un periódico local, un carretero iba por el Camino Real de Barcelona, cuando se le acercó una viejecita, que estaba sentada á la orilla del Camino, suplicándole que le dejase subir al carro para continuar su viaje. -¡Miren la abuela, contestó el carretero; si fuera una muchacha de quince años…! Y volviendo la espalda á la viejecita, prosiguió su camino.

Acertó a pasar, momentos después, otro carretero, á quien la anciana volvió a dirigir las mismas súplicas que al primero, a lo que accedió aquél, más compasivo que su colega. Una vez en el carro la anciana, trabóse conversación entre ésta y el carretero, recayendo como es natural, sobre el cólera. Mire usted, dijo la anciana, ese carretero que iba delante de nosotros se ha muerto de cólera.

En efecto, a los pocos momentos alcanzaban el otro carro, que estaba detenido. Dentro de él aparecía muerto el carretero que negó un asiento a la viejecita. El conductor de esta, lleno de admiración oyó de labios de la anciana, que todos los que tuvieran un poco de aceite de la lámpara que arde en el Templo donde se venera la Virgen del Puig, estaban indemnes. Luego partió hacia el pueblo inmediato para dar cuenta de lo ocurrido, Al volver la viejecita había desaparecido, atribuyendo el hecho a la misma Virgen del Puig.

Circuló bien pronto la noticia por todos los pueblos inmediatos, formándose peregrinos á aquel templo, de gente ansiosa de tocar el aceite reputado como milagroso» (El Pirineo Aragonés, 21 de junio de 1885).

Lamentablemente, todo parece indicar que el preciado aceite carecía de cualquier virtud terapéutica. Veamos, si no, la noticia que apareció en el mismo periódico apenas una semana después:

«Ha fallecido en El Puig, de un ataque fulminante de cólera, el sacristán de la iglesia que espendía el aceite de la lámpara como remedio milagroso ante el cólera» (El Pirineo Aragonés, 28 de junio de 1885).

Las epidemias de cólera del último cuarto del siglo XIX condujeron a una reconsideración general de los sistemas de suministro de agua para consumo y de canalización y tratamiento de las aguas residuales, por lo que rápidamente dejaron de ser noticia.

 

4. La gripe “española”

La última epidemia de consideración en el tiempo de los arrieros fue la gripe de 1918 (gripe española o gran gripe), que interrumpió el descenso de las tasas de mortalidad iniciado con el cambio de siglo. La causa fue un virus de la gripe de tipo A y subtipo H1N1 (Figura 17) y constituyó una de las epidemias más letales en la historia de la humanidad. A diferencia de otras epidemias de gripe, cuyas tasas de mortalidad se suelen nutrir básicamente de niños y ancianos, muchas de las víctimas de esta epidemia fueron jóvenes y adultos saludables. Esa última circunstancia hizo que cerrasen numerosas casas altoaragonesas. Para muestra un botón: Sebastián Escartín Duaso, amo de Casa Pedro Escartín, una casa de infanzones de Escartín (Sobrepuerto), falleció el año 1918 a consecuencia de la gripe y la viuda e hijos tuvieron que emigrar a Zaragoza (Satué, 1992) (Figura 18).

Figura 17. El virus de la famosa gripe española. Fondos UCM.

El apelativo de gripe española se debe a que la pandemia recibió una mayor atención de la prensa en España que en el resto de Europa, ya que España no se vio involucrada en la Primera Guerra Mundial y, por tanto, no censuró la información sobre la enfermedad. Los países implicados en la Gran Guerra no informaban sobre la epidemia para no desmoralizar a las tropas, de modo que las únicas noticias venían en la prensa española. La gripe española debe su nombre, por tanto, a la censura de tiempos de guerra, y no a su origen, ya que el primer caso se registró en Camp Funston (Kansas) el 4 de marzo de 1918 (Figura 19). En abril ya se había propagado por toda Norteamérica, y también saltado a Europa con las tropas americanas. Para recalcar la elevada tasa de mortalidad asociada a esa epidemia baste decir que, si la Gran Guerra terminó en 1918 con nueve millones de muertos, la gripe española acabó con la vida de 40 millones de personas en ese mismo año.

Figura 18. Casa Pedro Escartín (Escartín), cerrada por la emigración de la familia a Zaragoza tras la muerte del amo a consecuencia de la gripe española. Juan M. Rodríguez.

Figura 19. Hospital de Camp Funston (Kansas, Estados Unidos), donde empezó la epidemia de gripe en 1918. Fondos UCM.

España fue uno de los países más afectados con cerca de 8 millones de personas infectadas en mayo de 1918 y alrededor de 300.000 muertes (a pesar de que las cifras oficiales redujeron las víctimas a “solo” 147.114 en toda España, de las que aproximadamente 10.000 eran aragónesas). La enfermedad se cebó con la población rural. «En Apiés sigue haciendo estragos la traidora enfermedad. Las defunciones son más numerosas cada día. Una hermosa joven de Huesca que fue al pueblo para apadrinar una sobrina recién nacida ha fallecido en pocas horas» (Heraldo de Aragón, 20 de septiembre de 1918).

La invasión de la provincia de Huesca tiene lugar en septiembre y el “arsenal” para hacer frente a una cepa particularmente virulenta del virus de la gripe era para echarse a temblar: alcohol mentolado, azufre (Zotal) y encalado de las casas. El virus campa a sus anchas por territorio oscense durante ese mes y el siguiente, yendo y viniendo como en oleadas. En Hecho se declaran 800 casos (60% de la población) en el estrecho margen de dos días, llegando a morir 7 personas en un solo día (Benito, 2008). La crónica de afectados y fallecidos en Luesia (Cinco Villas), en apenas un mes, refleja el terrible impacto de la gripe “del 18” (Heraldo de Aragón):

«El primer fallecimiento en Luesia por la llamada Gripe Española fue el 3 de octubre de 1918, una niña de 8 años de edad, llamada Angeles Begué Escabosa. El último fallecido fue el 7 de noviembre, una mujer de 61 años, llamada Alejandra Asín Garcés. En poco más de un mes murieron 84 personas. La edad media de los fallecidos fue de 22,97 años, Murieron 38 hombres y 46 mujeres. De los 1700 habitantes de Luesia enfermaron 1200 personas. Finalizada la epidemia, el párroco y el médico fueron condecorados con la Cruz de Beneficencia de primera clase con distintivo morado y negro».

El seguimiento que los periódicos El Noticiero y Heraldo de Aragón hicieron de la epidemia en el Bajo Aragón nos permite valorar en toda su intensidad su impacto sobre el comercio y sobre los pobres pastores trashumantes del Alto Aragón que, precisamente, durante ese mes de octubre llegaban a sus pastos de invierno. Repasemos algunos extractos de las crónicas de aquellos días:

«En Urrea de Gaén el alcalde ejerciente, D. Ramón Martín, mandó un telegrama, dirigido al Ministro de la Gobernación, a instancias de los 4 únicos concejales, todavía no enfermos, en el que se le comunica que no hay alimentos propios para los enfermos y niños, como la leche, ni personal sanitario ni desinfectantes. Familias enteras están en cama y más de media población está invadida. Unos mueren por congestión bronco-neumónica; y otros degeneran en fiebres tifoideas. Mueren muchos niños de pecho, porque sus madres no los pueden amamantar. Hay muchísimas defunciones» (Heraldo de Aragón, 12 de octubre).

«En Samper de Calanda está atacando con furor la epidemia. (…) Está haciendo estragos entre la juventud... En pocos días se han producido 6 bajas. Cuatro son de jóvenes de 18 a 25 años, y dos de unos 40 o 42 años. Graves hay varios y enfermos muchísimos. (…) El pánico es tremendo, y lo peor del caso, ya que los medios científicos son relativamente buenos, es la carencia absoluta de leche, base primordial del tratamiento de esta epidemia» (El Noticiero, 15 de octubre).

«En Caspe se está extendiendo con rapidez, con 2.000 atacados, por lo que resultan insuficientes los 4 médicos. En algunas familias están invadidos todos, y tienen que ser asistidos por vecinos caritativos. Hay bastantes graves. Ayer fallecieron 7, y 5 hoy. Escasea la leche y la carne, por ello el Ayuntamiento las ha suprimido de los cafés y casinos, y además ha encargado leche condensada. (…) En la Iglesia parroquial se ha hecho una rogativa para solicitar el favor divino» (El Noticiero, 16 de octubre).

«En Urrea de Gaén se ha sentido un gran desencanto. Se esperaban las ayudas sanitarias, y lo único que se ha producido ha sido la visita de un delegado sanitario, que se marchó rápidamente, no sin antes pagar 50 pesetas al chofer. En 11 días ha habido 700 casos y 40 defunciones, siendo un pueblo de 1.258 habitantes» (El Noticiero, 17 de octubre).

«El viernes 18, en Híjar, (…) se nos comunica que la acequia del Lugar por higiene quedará cerrada. ¡Ya era hora! La Junta de Sanidad está tomando decisiones, pero se podía extremar más. Emigrantes y vecinos, que trabajaban ausentes de su patria chica, regresan y se da el caso que, casi todos, vienen enfermos y han tenido alguna baja. Convendría someter a los viajeros a observación en un lazareto, y para eso tenemos la ermita de Santa Quiteria, muy aireada y que podría servir de lugar de aislamiento, tras ser desinfectada.

Los enterradores se han declarado en huelga. No tenemos leche, ni huevos, y la leche condensada, la poca que había, está a precios muy caros. Para solucionar estos problemas, el alcalde ha actuado rápido; ha montado un nuevo servicio de enterradores y ha decomisado las latas de leche condensada, que se venden en la Casa Consistorial. El farmacéutico está haciendo todo lo posible para que no falte este artículo» (El Noticiero, 19 de octubre).

«En Albalate del Arzobispo el día 14 las calles, a partir de las 8 de la noche, estaban totalmente desiertas, ya que todo el mundo amedrentado estaba en sus casas. No obstante parece que la situación es más grave en La Puebla de Híjar, Híjar y Urrea, debido a las malas aguas. (…) Se están produciendo abusos en los precios de los alimentos necesarios para los enfermos, como son los huevos, la leche y la gallina. Los huevos se pagan a 30 céntimos la unidad. La leche a 40 céntimos el litro. A una persona pudiente de la localidad se le ha cobrado a 16 pesetas una gallina.

En Samper de Calanda hay en estos momentos 500 atacados y 16 muertos. La Junta de Sanidad, siguiendo las directrices de las autoridades gubernativas, ha tomado las siguientes medidas: cierre de las escuelas, desinfección de las viviendas de atacados, traslado de los muertos, acto seguido, al depósito, sin toques de campanas ni funerales; sitio adecuado para lavar las ropas de los infectados; aislamiento completo de los enfermos; prohibición absoluta de venta de pescados; aconsejar no visitar a los enfermos; blanqueo de las viviendas; desaparición de los estercoleros; y regado, a diario, de calles y, a ser posible, con Zotal.

Hay un gran pánico en todo el pueblo. En algunas casas, incluso, han muerto todos, por lo que ha sido necesario cerrarlas. Ayer murieron 7; hoy creo que 3; y están en la agonía 4 o 5.

Los enterradores se han declarado en huelga. No hay leche, ni huevos, ni leche condensada; los pocos frascos que quedaban se pagan a precios inmensos. Ante estos problemas tan graves, el alcalde, con buen criterio, ha montado un nuevo servicio de enterradores, y ha decomisado a los deshonestos industriales los botes de leche, y se venden en el Ayuntamiento a precio de tasa» (Heraldo de Aragón, 20 de octubre).

«Nos mandan a nuestra redacción una carta desde Caspe en los siguientes términos: La epidemia aquí, sigue su acción devastadora; de tal modo que la población está influida de un pánico horroroso. Los campos están desiertos, por las calles sólo se ve algún transeúnte, por hallarse todos encerrados en sus casas. Le digo a usted que el cuadro que ofrece esta ciudad con todos sus accidentes no puede ser más triste y deprimente. Ayer había en el cementerio 13 cadáveres; las invasiones seguían aumentando y lo mismo ocurría con las defunciones» (El Noticiero, 25 de octubre)

 

5. El arriero espía o una epidemia del ganado en el Bearn

Si las epidemias humanas podían causar grandes estragos socioeconómicos, las que afectaban al ganado tampoco eran mancas. De entrada, podían hundir al sector ganadero y a todas las actividades vinculadas al mismo (producción y comercialización de carne y productos cárnicos, leche, quesos, lana, cueros…); las consecuencias podían ser realmente dramáticas en el Alto Aragón. Por otra parte, existía el temor a un posible contagio a las personas, como sucedía con ciertas enfermedades zoonóticas (glosopeda, carbunco…). Y daba igual que el problema apareciera en la vertiente española o en la parte francesa ya que el intercambio ganadero era el pan nuestro de cada día.

Los temores ante una epidemia del ganado provocaban oscilaciones en el precio de los productos agrícolas y ganaderos que hundían todavía más a los pequeños propietarios, ya que de un año a otro el trigo podía subir o bajar hasta un 700 por ciento. Todas estas desgracias obligaban a los pequeños agricultores y ganaderos y a los jornaleros oscenses a acudir a las ciudades buscando una salida a la penuria económica; este hecho provocaba una sobrepoblación que, a su vez, se convertía en excelente caldo de cultivo para la propagación de enfermedades y epidemias (Serrano, 1995).

Un Real Acuerdo conservado en el Archivo Histórico Provincial de Zaragoza (1746) describe un caso particular en el que un arriero proporcionó información clave para el manejo de la situación por parte aragonesa. El suceso se inició a principios del verano de 1746 en Jaca se recibe la noticia de que en «el Principado de Bearne se padecía epidemia de los ganados bacunos». Rápidamente se pidieron noticias sobre este rumor al Ayuntamiento de Olorón «estrañando que le faltase el haviso de esta nobedad como en semejantes recíprocamente se comunican». La respuesta francesa, temerosa a un cierre de fronteras, es vaga: reconocen que han experimentado la muerte «de algunas bacas» pero «lo atribuyen al calor excesivo sin haver entrado en recelo de que fuese por enfermedad epidemial». La carta no es convincente y se ordena a los Justicias de la frontera que vayan a la zona e investiguen las causas de las muertes de los animales. El de Broto descubre que «en Bigorra se han tomado algunas precauciones para que los ganados bacunos de la tierra vaxa donde se padece esta epidemia no se mezclen con los de la montaña». Las crecientes sospecha se confirman cuando precisamente un arriero informa que «todo el Principado de Bearne como la Bigorra» sufre una epidemia que afecta «a todo género de ganados, y asta a las aves».

Ante la gravedad del asunto, se ordena de inmediato a los pastores que no mezclen su ganado con los franceses y que éstos no crucen a la parte española bajo ningún pretexto; para ello se disponen «centinelas en los parajes más conbenientes». Paralelamente, el Corregidor de Jaca, Felipe Ramírez de Arellano, comunica el problema al Intendente Corregidor de Zaragoza y éste a la Real Audiencia. El 22 de agosto, se despachan circulares a los Corregidores de Jaca, Huesca, Barbastro, Benabarre y al Alcalde Mayor de las Cinco Villas para que en un plazo de 24 horas notifiquen la prohibición de introducir en Aragón «ganados maiores y menores, ni carnes o aves vivas o muertas a efecto de pastar en Aragón, venderlos o hazer otro comercio», a aquellos lugares de sus términos que sean fronterizos con Francia.

Además, se ordenaba que «la expresada prohibición se tenga notizia en toda la raya divisiba de ambos dominios y que nadie se escuse por ignorancia». Para hacer cumplir la orden se dispondrían guardas centinelas «en los parages y transitos regulares y demás que sean convenientes, guardas de confianza que formen un cordón en toda la raya». Por si las moscas, se envían comisionados al Bearn y Bigorra para que averigüen si la enfermedad se extiende a «otra especie de aberios, aves o personas» o por otras comarcas de Francia. Cada quince días, los miembros de la expedición deben informar por escrito al Regente de Zaragoza sobre la evolución de la epidemia en territorio francés para, «si la necesidad lo pide», enviar tropas militares que sellen los pasos con Francia.

6. Reflexiones tras la pandemia de COVID-19

La historia se repite. El coronavirus 2, universalmente conocido como SARS-CoV-2 (acrónimo del inglés, Severe Acute Respiratory Syndrome Coronavirus 2), fue identificado en 2019 como el agente causante de una nueva enfermedad respiratoria aguda: la “enfermedad del coronavirus 2019” (COVID-19; del inglés, COronaVIrus Disease 2019). Esta enfermedad comenzó en la provincia de Hubei (China) pero su rápida expansión hizo que el 30 de enero de 2020 fuese declarada emergencia sanitaria de preocupación internacional por la Organización Mundial de la Salud. Poco después, el 11 de marzo, fue reconocida como pandemia por ese mismo organismo. La pandemia se extendió por prácticamente todos los países del mundo. En octubre de 2023 se habían confirmado más de 769 millones de casos de la enfermedad en con una cifra oficial de fallecidos por encima de los 9 millones, aunque el número real, tanto de casos como de fallecidos, puede haber sido al menos tres veces mayor.

Como en la Edad Media, los modernos arrieros (básicamente el sector del transporte de mercancías por carretera) han mostrado una gran resiliencia ante la pandemia. Incluso en los meses de confinamiento, gran parte de los pocos vehículos que circulaban por nuestras carreteras eran los camiones y furgonetas de los transportistas (Figura 20).

Figura 20. Como en tiempos pasados, el sector del transporte ha mostrado ser esencial durante la pandemia de COVID-19. Fuente: Transporte3.com

Como actividad esencial, las empresas y profesionales de este sector han mantenido la cadena de suministro, asegurando a su vez el abastecimiento de productos de primera necesidad, especialmente los relacionados con la alimentación y la higiene. Este hecho ha sido si cabe más relevante que en las grandes epidemias pasadas ya que nunca en nuestra historia había existido una disociación tan grande entre las zonas productoras de alimentos (zonas rurales) y los grandes centros de consumo (ciudades). Son lecciones para nuestro futuro.

 

7. Referencias

Archivo Capitular de Huesca. 1652. Libro de Gestis. Memoria de los sucesos de la peste.

Archivo de la Diputación de Zaragoza. 1647. Carta de Pedro Soriano Royo desde Sarrión a los diputados del reino del 20 de septiembre de 1647. Libro de cartas responsivas de 1647 a 1648, vol. VIII, f. 209-209’.

Archivo Histórico Provincial de Zaragoza. 1746. Real Acuerdo sobre epidemia de los ganados en el Bearn. Sección “Real Acuerdo. Huesca”: caja 67, doc. 6.

Archivo Municipal de Huesca. 1652. Libro de actos comunes del 31 de marzo de 1652. folios 79-81’

Benito, M. 1987. Las abuelas, mito, leyenda y rito. Temas de Antropología Aragonesa, 3: 46-67.

Benito, M. 2008. Don Rafael Gil García y la gripe del 18. 4 Esquinas, 196: 22-23.

Biraben, J.N. 1975. Les hommes et la peste en France et dans les pays européens et méditerranéens. Mouton, Paris.

Chirino, Alonso de. 1420. Del regimiento en tiempo de pestilencia. Menor daño de la Medeçina, segunda parte, Capítulo XIII, pp. 39-45. El Escorial, MS b.IV.34.

Eito, A. 2009. Epidemia de cólera en España en 1885. Huesca. Cuadernos Altoaragoneses. Diario del Alto Aragón (dominical del 30 de agosto de 2009), Huesca.

Eito, A. 2010. El cólera en Jaca y su comarca, 1885. Huesca. Cuadernos Altoaragoneses. Diario del Alto Aragón (dominical del 27 de junio de 2010), Huesca.

Gómez de Valenzuela, M. 2000. Los Estatutos del Valle de Tena (1429-1699). Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, Zaragoza.

Leante, R. 1889. Culto de María en la diócesis de Jaca. Imprenta Mariana, Lérida.

Maiso, J. 1982. La peste aragonesa de 1648 a 1654. Universidad de Zaragoza.

Porcell, J.T. 1565. Información y curación de la peste de Çaragoça. Y preservacion contra peste en general. Viuda de Bartolomé de Nágera, Zaragoza.

Satué, E. 1987. Ritos funerarios en Serrablo (II). Serrablo, 63: 6-7.

Satué, E. 2003. Rogativas o veneraciones en demanda de agua. Serrablo, 129: 8-12.

Satué, J.M. 1992. Semblanzas de mi lugar: Escartín. Serrablo, 86: 4-6.