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«Considera
lo que hemos sido y lo que ahora somos… ¡Dónde
estáis amigos queridos!
¡dónde los rostros amados! Éramos
una multitud, ahora estamos casi solos…».
Petrarca, Cartas familiares, 1349-1350.
1. Introducción
Los arrieros hicieron
sus viajes en tiempos en los que eran frecuentes las
epidemias, siempre rodeadas de supersticiones, supercherías
y falsos remedios. Es comprensible ya que, por aquel
entonces, no se conocían ni los agentes etiológicos
causantes de las enfermedades infecciosas ni sus mecanismos
de transmisión. En consecuencia, cualquier persona
o mercancía que fuera de un sitio para otro era
inmediatamente sospechosa de propagar la enfermedad
y su integridad física corría serio peligro
(Figura 1).

Figura 1. El viajero
siempre ha sido considerado como un propagador de epidemias.
En la imagen se representa a La Muerte, que
«siempre viaja al lado del arriero y del comerciante».
Danzas Macabras, Hans Holbein, 1540. Fondos UCM.
En este sentido, es
ilustrativa la advertencia realizada durante una epidemia
de cólera ya en el siglo XIX: «Hay
en algunos pueblos de la ribera del Gállego la
falsa creencia que motiva su falta de ilustración,
de que algunos viajeros pobres y extranjeros, van inficionando
las fuentes y ríos, echando ingredientes que
llevan preparados, y que causan los cólicos malignos
que se dejan sentir. Debemos llamar la atención
de las autoridades, porque si tal error no se desvanece,
podría cometerse algún atropello punible,
a juzgar por lo que hemos oído»
(El Pirineo Aragonés, 23 de agosto de
1885). Por esas mismas fechas, se produjo un tumulto
contra una mujer de Aniés con síntomas
de la enfermedad, a quien un numeroso grupo quería
expulsar del pueblo. La mujer murió y se investigó
el caso ya que se sospechó que el fallecimiento
fue consecuencia de las agresiones recibidas, condenando
a los 16 vecinos encausados por atropello (Archivo Histórico
Provincial de Huesca, Sentencias Criminales, 1886, número
98). Como diría más tarde Einstein, «el
mundo no está en peligro por las malas personas
sino por aquellas que permiten la maldad».
Los tres grandes agentes
del “apocalipsis” fueron, sucesivamente,
la peste negra, el cólera y la gripe; no obstante,
hay que recordar que los microorganismos que causaban
estas enfermedades no estaban precisamente solos, sino
que convivían, en mortífera fraternidad,
con los responsables de difteria, tifus, escarlatina,
sarampión, tuberculosis… No es de extrañar
que las epidemias multiplicasen las tasas de mortalidad
en épocas en las que ya eran, de por sí,
muy elevadas. Además, como a perro flaco todo
son pulgas, solían ir de la mano de la falta
de higiene y de las grandes hambrunas derivadas de la
escasez y carestía de los alimentos básicos.
Eito (2010) lo expone magníficamente al comentar
que las epidemias «llegan
sin que nadie sepa qué puerta han utilizado para
entrar, se cargan a la mitad de la población
en poco tiempo, y pasado éste, desaparecen de
la misma forma misteriosa que ha llegado. Sólo
hay una que persiste miles y miles de años: la
miseria, la peor de las plagas».
2. La peste
negra o bubónica
La peste es una enfermedad
infecciosa causada por la bacteria Yersinia pestis
(Figura 2) y afecta tanto a animales como a humanos.
Nos encontramos ante una enfermedad paradigmática
por su capacidad de diseminación y por sus efectos
devastadores sobre la población. De hecho, se
estima que, a lo largo de la historia, han muerto de
peste más de 200 millones de personas, convirtiéndose
así en una de las enfermedades infecciosas más
letales de las conocidas hasta la fecha.
Todo comenzó en el año 1348, cuando la
entonces misteriosa enfermedad se cebó con la
indefensa población de casi todo el continente
europeo. Para las supersticiosas gentes de aquella época
era el comienzo del fin del mundo: la Providencia castigaba
así a los hombres por todos sus pecados (Figura
3). El infierno se hacía realidad sobre la Tierra
sembrando de cadáveres y apestados las sucias
calles de las grandes ciudades y de los pequeños
pueblos de un extremo al otro del continente (Figura
4).

Figura 2. Yersinia
pestis, la bacteria responsable de la peste negra.
Fondos
UCM.

Figura 3. El triunfo
de la Muerte, de Pieter Brueghel el Viejo (1562). Museo
del Prado. Esta obra muestra la sensibilidad bajomedieval
posterior a la peste de 1348. Fondos UCM.
Los primeros síntomas
de la enfermedad consistían en fiebre elevada
y escalofríos que, en ocasiones, se confundían
con los de otras enfermedades. Poco después,
hacían acto de presencia angustia y ansiedad,
unidas a un aumento de la fiebre, mareos y vómitos.
El paciente vivía en un estado de postración,
en medio de fuertes sudores que desprendían un
profundo y particular olor, que se ha descrito como
similar al de la paja podrida. A ello se unían
terribles dolores de cabeza, sensación de asfixia,
grandes temblores y una lengua pastosa y blanquecina.
Aunque desagradable, esto no era lo peor; pronto se
inflamaban los ganglios linfáticos (especialmente
los axilares, cervicales e inguinales) que podían
llegar a alcanzar el tamaño de una manzana; el
vulgo empleaba la palabra bubones (del griego,
bulto) para referirse a los ganglios inflamados
y de ahí la denominación “peste
bubónica” (Figura 5).
Figura 4. Mapa en el
que se observa la rápida extensión de
la epidemia de
peste negra de 1348 por el continente europeo, incluyendo
la Corona de Aragón. Fondos UCM.

Figura 5. Miniatura
de la Biblia de Toggenburg (1411) mostrando una pareja
con los “bubones” característicos
de la peste negra. Fondos UCM.
No era extraño
que los bubones supurasen, generando un horrible hedor
y, si llegaban a romperse, producían terribles
dolores al paciente (Figura 6). Los bubones y úlceras
resultantes adquirían un color negruzco. Este
hecho, unido a que se solía producir un color
azulado o negruzco en zonas isquémicas de la
piel, hizo que la enfermedad también se conociese
como peste negra (Figura 7). La forma septicémica,
más grave aún, podía conducir al
desarrollo de sintomatología respiratoria (síndrome
gripal, neumonía, esputos sanguinolentos) o neurológica
(convulsiones, opistótonos, etc.), con muy mal
pronóstico.

Figura 6. Bubón
en el muslo de un afectado por peste negra en nuestros
tiempos. Fuente: Center for Disease Control, Atlanta,
EE UU. Fondos UCM.

Figura 7. Color negruzco
causado por isquemia durante un caso de peste negra
en África. De ahí el nombre de peste negra.
Fondos UCM.
En cualquier caso,
se trataba de una enfermedad muy dramática, con
una elevada tasa mortalidad y que causaba verdadero
pánico entre la población. Veamos una
descripción coetánea de la enfermedad
y de los truculentos remedios que se recomendaban para
su tratamiento:
«En los tiempos de la
pestilencia enferman más deste mal; de primero
sienten grant afogamiento, e huéleles mal la
boca, e están vascando, e tienen ençendimiento
e vomitan feas humores de diversas colores. Entonçes
deven los sanos, lo primero, conformar con la boluntat
del Señor Dios, e regir sus ánimas con
sanctos e claros pensamientos. E, lo principal es salir
de aquella tierra onde causa o está causada la
pestilencia, e lo más ante que pudiere; e asconderse
del ayre quanto podiere.
E
apoque el vañarse en río nin en vaño,
e use muy poco de las mugeres. Riegen el suelo con vinagre,
sofumen la casa con grasa o ençiensso, e tengan
fumo de tomillo, e huelan un paño mojado en vinagre
e agua rosada; veviendo de sus mesmas orinas cada uno
algunas mañanas quanto cabe en las manos. E,
el que sintiere algo de la pestilencia, bien es tirar
unas seys onças de sangre en dos días.
Los que sienten el mal de la landre
[bubones]
en la yngle e en el cuerpo toviera las dichas señales,
poner encima azeyte e, si más fuer menester pongan
ençima pollos, o ranas, o siesos del gallo, o
perrillos chicos aviertos en calientes. Sájenle
en las piernas, en el sobaco, o garganta, o tras la
oreja e échenle ventosas ençima de saja»
(Alonso de Chirino, 1420).
En la Europa medieval,
la mayoría de los contagios se producían
por la picadura de pulgas que contenían la bacteria
y que, a su vez, que eran transportadas por roedores.
De hecho, los roedores eran los reservorios más
importantes de Yersinia pestis y los únicos
que tenían importancia epidemiológica
a largo plazo. En aquel entonces, la gente estaba acostumbrada
a convivir con las ratas, que se hallaban por doquier,
y nadie sospechaba que eran un eslabón clave
de la cadena de transmisión (Figura 8). Además,
cuando la infección derivaba en infección
pulmonar (la variante neumónica), el paciente
se convertía en foco de contagio, al poder transmitir
la enfermedad por el aire, a través de la tos,
de forma similar a la gripe.
Como se consideraba
que la peste bubónica era una especie de plaga
bíblica que se abatía sobre los hombres
para castigarlos por sus pecados, se creó un
clima de histeria religiosa en el que las gentes imploraban
al cielo, sacaban las reliquias de las iglesias, se
realizaban rituales eclesiásticos, se celebraban
múltiples misas… También se hicieron
muy populares las llamadas procesiones de flagelantes,
que recorrían ciudades y pueblos azotándose
con varas y látigos, como si del mismísimo
Juicio Final se tratase, desgarrando sus carnes e implorando
el perdón entre charcos de sangre (Figura 9).
Sin embargo, estos multitudinarios actos y desplazamiento
facilitaron en muchas ocasiones la expansión
de la enfermedad. El fanatismo era cada vez más
extremo y, para que el Todopoderoso perdonara al hombre,
al pecador, en varios lugares se expulsó de las
ciudades a las prostitutas, a los moriscos y a los judíos;
estos últimos fueron el colectivo más
perseguido y, de hecho, muchos fueron pasados a cuchillo
o quemados vivos en diferentes lugares de Europa, incluyendo
la Corona de Aragón (Figura 10).

Figura 8. Las ratas
inundaban las poblaciones medievales y eran fundamentales
en el ciclo de transmisión de la peste. Las
ratas devoran a un difunto, siglo XV. Museo Condé,
Chantilly. Fondos UCM.

Figura 9. Las procesiones
de flagelantes se convirtieron en una imagen cotidiana.
Representación de las procesiones de Geissler,
hacia 1350, Crónica de Gilles Li Muisis,
fol. 16v. Biblioteca Real de Bélgica, Bruselas.
Dominio Público.
Los siglos XIV y XVII
fueron especialmente nefastos para Aragón por
lo que respecta a la peste. Los cálculos más
optimistas estiman que, solo en el año
1348, causó la muerte de más de la mitad
de la población del Reino, ¡casi nada!
En el siglo XVII, los mayores estragos en el Alto Aragón
se produjeron entre 1651 y 1654 (Maiso, 1982) (Figura
11). La peste había aparecido en Valencia en
1647 procedente de Argel. Rápidamente, Aragón
envía al diputado Pedro Soriano Royo a la frontera
con Valencia para averiguar el estado de la enfermedad
y, en consecuencia, tomar las decisiones que fuesen
más convenientes. El diputado confirma que se
trata de peste e, inmediatamente, se dictan mandatos,
órdenes y bandos prohibiendo el tránsito
de personas y mercancías hacia Aragón
(Archivo de la Diputación de Zaragoza, 1647).
A pesar de ello, se introduce en el Bajo Aragón
en 1648 y llega a Huesca en 1651, provocando la muerte
de la cuarta parte de la población. Entre 1652
y 1654, la epidemia se extiende por la provincia (Tamarite,
Almunia de San Juan, Barbastro, Alquézar, Alberuela,
Igries, Salinas de Hoz, Belver, Pertusa, Piracés,
Almudévar, Poleniño, Lanaja…) y
llega hasta las zonas más altas del Pirineo (Jaca,
Biescas, Pueyo, Lanuza, Sallent, Tramacastilla, Panticosa,
Otal, Linás, Yosa de Broto, Torla, Broto, Boltaña,
Bielsa, Gistaín, Serveto, Plan, San Juan de Plan,
Foradada, Campo, Benasque, Cerler…).

Figura 10. Quema de
judíos, a los que se responsabilizaba de la epidemia.
Crónica de Núremberg, Hartmann
Schedel, 1493. Fondos UCM.

Figura 11. Itinerario
de la epidemia de peste que asoló el Alto Aragón
en el siglo XVII.
Las penas para los
que incumplían las normas establecidas para tratar
de evitar el avance de la epidemia eran severas. Basta
leer el bando que se leyó el 11 de septiembre
de 1586 en todas las calles y plazas de Tudela (Navarra):
«A causa
de la peste que hay en el Valle de Arán, Condado
de Ribagorza y en la ciudad de Barbastro y Villa de
Monzón, se prohíbe a todos los vecinos
de Tudela que vayan a dichos lugares y sus alrededores,
que acojan en sus casas a las personas o mercancías
provenientes de esas tierras, bajo la multa de 200 ducados.
Si el contraventor fuese persona de calidad, recibirá
como castigo 100 azotes y cuatro años de galeras.
Los demás, incurrirán en destierro durante
cuatro años».
Ese mismo año,
la junta del valle de Tena incluyó en sus estatutos
la prohibición de la entrada de forasteros en
el valle ante la amenaza de que llegara hasta allí
la epidemia de peste que asolaba otros lugares. La única
excepción que se contempló fue la de aquellos
arrieros navaleses que subiesen a vender sal. Eso sí,
la venta del preciado mineral tenía que realizarse
en plaza pública o extramuros y los arrieros
no podían ser alojados en casas particulares
(Gómez de Valenzuela, 2000).
Ante el desconocimiento
de los mecanismos de transmisión de la enfermedad,
los malos alimentos y las ropas andrajosas (siempre
ligados al hambre y la pobreza) fueron señalados
como la principal causa de la peste. Obviamente, las
personas malnutridas o desnutridas y, en consecuencia,
más débiles e inmunodeprimidas, tenían
menos probabilidades de supervivencia tras adquirir
la infección. No tardaron en encontrarse “culpables”
entre algunos de los productos habitualmente transportados
por los arrieros. Entre ellos destacaba el aguardiente
porque «calentaba
la sangre de un modo extraño y corrompía
los humores generando la peste»
(Biraben, 1975). Los médicos de Huesca dictaminan
que «el exceso y frequentacion»
del aguardiente dañaba la salud y había
sido uno de los motivos por los que la epidemia había
llegado a la ciudad (Archivo Municipal de Huesca, 1652).
El otro gran producto del comercio arrieril señalado
con el dedo acusador fue el pescado, especialmente el
bacalao y el abadejo (Maiso, 1982). Y es que, como ya
se había señalado en la epidemia de peste
de 1564 «todos los que
adolecían de dicho mal era gente pobre, harta
de comer abadejo en la pasada quaresma»
(Porcell, 1565). La falsa acusación cala tan
hondo que la autoridad eclesiástica de Huesca
permite comer carne en la cuaresma de 1652 como medida
estrella para atajar la epidemia (Archivo Capitular
de Huesca, 1652).
Desde el punto de vista
territorial, social y comercial, una de las consecuencias
más espectaculares de la epidemia fue el abandono
de pueblos enteros. Los despoblados no siempre se asocian
a la peste, pero se considera que fue un factor importante,
junto con las hambrunas, la dureza del terreno y/o del
clima y los abusos señoriales. En cualquier caso,
fue un fenómeno común en toda Europa occidental
(en Francia se llaman villages désertés;
en Alemania, wüstungen; en Inglaterra,
lost villages, ...). En nuestro ámbito,
fue el principal origen del mito de las abuelas, muy
extendido en todo el Alto Aragón (Laluenga, Angües,
Casbas, Loporzano, Adahuesca, Fañanas, Lasaosa,
Oto…) (Benito, 1987; Satué, 1987). La leyenda
tiene unos elementos comunes en todas las localidades:
un pueblo es asolado por una peste y solo una
o dos abuelas sobreviven; al verse desamparadas vagan
buscando asilo en las poblaciones vecinas, en las que
son sistemáticamente rechazadas ante el temor
a un posible contagio; finalmente, llegan a un pueblo
más compasivo y menos escrupuloso en el que les
proporcionan alimento y un lugar más o menos
apartado (cueva, iglesia, hospital…) para que
vivan. Como únicas supervivientes heredan las
propiedades de sus antiguos convecinos y al morir ceden
sus derechos al pueblo que las acogió.
3. El cólera
A partir del siglo
XIX, las epidemias más temidas fueron las del
cólera que, procedentes de Asia, invadieron España
en cuatro oleadas sucesivas (1833-34, 1854, 1865 y 1885),
siendo la última la de peor recuerdo en territorio
oscense; ese mismo año, finalizaba la última
guerra carlista, moría Alfonso XII, comenzaba
la Restauración y se introducía la filoxera
en los viñedos. Aunque son hechos que nos suenan
mucho más cercanos en el tiempo, el cólera
se combatía básicamente con los mismos
métodos con los que anteriormente se había
hecho frente a la peste, métodos que hoy nos
harían reír... o llorar ya que, en general,
no servían absolutamente para nada. Era terreno
abonado para productos milagrosos (Eito, 2009):
«Medicación
anticolérica: hallase de venta en Adahuesca,
dirigiéndose don José Rodellar, farmacéutico.
Frasco con cien gotas, 3 pesetas».
«Jarabe de chordón recién llegado
de la montaña. Véndese en la Correría
y confitería de Gil Hnos., Ramiro el Monje 8».
«Bujías
desinfectantes, preparadas con azufre y ácido
fénico, su empleo es igual al de la bujía
ordinaria. Farmacia de Rayón, calle San Orencio
17».
El cólera es
una enfermedad diarreica aguda causada por la bacteria
Vibrio cholera (Figura 12) que, si no se trata adecuadamente
–tal y como sucedía en el siglo XIX-, puede
causar la mortalidad de hasta el 50% de las personas
afectadas, especialmente niños y ancianos. La
bacteria se transmite ingiriendo agua o alimentos contaminados
con las heces de las personas infectadas, siendo muy
rara su transmisión directa de una persona a
otra; por lo tanto, el contacto casual con una persona
infectada no constituye un riesgo para contraer la enfermedad.
Ese modo de transmisión
hizo que, precisamente durante esta epidemia, se estableciera
una dura batalla entre los partidarios de las viejas
medidas de control de epidemias (lazaretos, cuarentenas,
cordones de seguridad, patentes limpias, hogueras y
fumigaciones) y los partidarios de los nuevos conocimientos
bacteriológicos y epidemiológicos. Estos
últimos -menos numerosos pero apoyados por el
Gobierno- sabían que la única forma eficaz
de evitar la epidemia era la construcción de
modernos sistemas de abastecimiento de aguas y de tratamiento
de aguas fecales, infraestructuras prácticamente
inexistentes en el Alto Aragón del 1885.
Los lazaretos
eran recintos aislados y cercados cuya finalidad era
la de acoger a las personas y mercancías que
llegasen de lugares en los que hubiese una epidemia
y que, en consecuencia, tuvieran el potencial de transmitir
la infección; en esos lugares, eran observados
durante el tiempo mínimo en el que se consideraba
que se podían manifestar los síntomas
de la enfermedad si realmente estuviesen infectados.
Estos establecimientos debían ofrecer la suficiente
capacidad para cobijar a las personas y para extender,
ventilar y purificar los efectos de comercio (lanas,
tejidos, alimentos, tinajas, cántaros, vajilla…).
Transcurrido el tiempo indicado (cuarentena)
sin que surgiera ninguna sospecha, la persona en cuestión
recibía la patente limpia, una especie
de pasaporte sanitario con el que podía reanudar
su viaje. Pero, por muy férreas que fuesen tales
medidas, eran completamente inútiles si las hortalizas
y verduras se seguían regando con aguas fecales,
si los pozos y fuentes de los que se abastecía
la población estaban contaminados y si la higiene
alimentaria brillaba por su ausencia. En tales circunstancias,
no había nada que hacer. Simplemente, esperar
a que la epidemia pasara dejando su reguero de muertos.

Figura 12. Vibrio
cholerae, la bacteria causante del cólera.
Fondos UCM.
Lamentablemente, las
entidades locales fueron, en general, partidarias de
los métodos tradicionales. Y no solo es
que fuesen medidas inútiles, sino que, al fomentar
el aislamiento de personas y mercancías, llevaban
aparejado otro gran problema: el desabastecimiento de
pueblos, villas y ciudades.
Entre las epidemias
de cólera, la de 1885 es la que está mejor
documentada ya que, para entonces, existían diversos
periódicos y unos lectores ávidos de noticias
sobre un tema francamente preocupante. Hablaremos de
ella detenidamente ya que supone un ejemplo paradigmático
de cómo la combinación de una falta de
recursos eficaces y de numerosos errores de planificación
puede tener consecuencias fatales sobre la población
y el comercio. Y lo haremos, de la mano de El Pirineo
Aragonés (Figura 13) ya que, número
a número, siguió de cerca el avance de
la epidemia hacia la provincia, siempre con la cándida
convicción de que las medidas que se adoptasen
serían suficientes para evitar su temible desembarco
y todo se quedaría en un pequeño susto.
Figura 13. Detalle
del primer número de El Pirineo Aragonés
(23 de abril de 1882). Este periódico siguió
con detalle la evolución del cólera en
la provincia de Huesca.
Empecemos. El 21 de
junio de 1885, y ante las noticias que venían
de otras zonas de España y de Francia, las páginas
de la citada publicación urgían a la inminente
adopción de las viejas e ineficaces medidas preventivas
en la ciudad de Jaca:
«La
enfermedad que sufren algunas poblaciones de levante
está reconocida como cólera morbo asiático.
No hay otro recurso que establecer un lazareto que impida
el roce de los viajeros con los habitantes de la población,
y que de ningún modo fuese obstáculo para
la continuación de su viaje».
Y las proponía
«a pesar de que en una conferencia internacional
sanitaria celebrada recientemente en Roma, se ha votado
por todos los asistentes representantes de las naciones,
menos el de Turquía, por que se supriman los
acordonamientos y lazaretos por innecesarios para contener
la epidemia».
El guante fue recogido
por la junta local, que fue preparando la aplicación
de las medidas durante las siguientes semanas. El número
del 26 de julio de 1885 informaba de los «Acuerdos
de la Junta de Sanidad a la que prodigamos merecidos
elogios, por su especial celo en la adopción
de medidas para preservarnos de la mortífera
epidemia. Las novedades á que aludimos consisten
en el establecimiento del gabinete de fumigación,
á cargo del joven médico Señor
Espallarga y del practicante Don Juan Domínguez,
que espontáneamente se prestaron a este meritorio
servicio, y de un lazareto en el llamado Mesón
de Pequen, local cedido también generosamente
por su amable propietario, á cuyo punto son conducidos
los viajeros después de fumigados, y en él
reciben los cuidados de las virtuosas Hermanas de la
Caridad. El jueves fue el primer día que se planteó
y en pocas horas de tomar el acuerdo tan discutido,
cogió de sorpresa a los viajeros la noticia de
no poder entrar en la población sino después
de sufrir cinco días de cuarentena».
El periódico se hace cruces con la decisión
de «la villa de Biescas
[que] no ha creído
conveniente establecer ninguna clase de prevenciones
contra toda clase de viajeros que la visiten»
y exclama: «¡Que
no se dé el caso de que un viajero pase a Biescas,
Panticosa o Canfranc y a la mañana siguiente
penetre en la ciudad como de buena procedencia!».
Pero al día
siguiente de su implantación, las caducas medidas
de Jaca sufren un inesperado revés «por
ingerencias de agentes del Gobierno»,
que habían recibido un telegrama del Gobernador
para que «se atengan
las autoridades a la circular sobre sanidad, en la que
se proscriben los lazaretos». El telegrama
recuerda que los lazaretos «están
condenados por considerarlos impracticables e inútiles
y perjudican hondamente el comercio y la industria»
y que solo tenían que sufrir
cuarentena los viajeros «que
no traigan patente limpia». El
Pirineo Aragonés no hizo ningún esfuerzo
por disimular su contrariedad.
No obstante, el llamamiento
del Gobierno al cumplimiento de sus instrucciones en
materia de epidemia colérica fue desoído
por la mayoría de los pueblos y ciudades, firmemente
arraigados a sus convicciones tradicionales e incrédulos
ante los avances científicos. Así, una
semana después (el 2 de agosto de 1885) el mismo
periódico anuncia que «hoy
mismo está sosteniendo una lucha a brazo partido
el ministro de la Gobernación con los gobernadores,
y éstos con los pueblos que tienen establecidos
lazaretos, cuarentenación y cordones de seguridad,
sin que hasta la fecha hayan podido conseguir gran cosa,
por lo arraigado que se encuentra en los pueblos el
convencimiento de que estas medidas son las únicas
que pueden impedir la importación de la epidemia
en las poblaciones». Sin embargo,
en ese mismo número ya se observa un cambio sustancial
en la opinión de El Pirineo Aragonés,
cuyo director parece haber reflexionado o haber recibido
instrucción sobre el tema:
«Los
inconvenientes y perjuicios que apuntamos respecto a
los lazaretos aumentan con los acordonamientos que establecen
los pueblos. Es fácil incomunicarse absolutamente
y resistir de este modo a la invasión de la epidemia,
pero es muy difícil vivir en esa situación
mucho tiempo. Los pueblos que han querido ensayar el
procedimiento, han tenido que desistir muy pronto. Han
imitado la conducta del Tío Neotes, celebrado
manchego por su talento, que habiendo querido hacer
un sitio destinado para guardar cerdos, empezó
a construir las paredes sin cuidarse de hacer una salida,
y con tanto entusiasmo construyó, que cuando
acabó se halló encerrado dentro, teniendo
que derribar las paredes para que pudiera salir».
En cualquier caso, en el valle de Canfranc, en la partida
de L’Anglassé, se instaló
un lazareto donde eran internados todos los sospechosos
de portar la enfermedad que procedían de Francia
(Figura 14).

Figura 14. Restos de
la antigua Fundería de L'Anglassé,
cerca de Canfranc, superviviente del complejo industrial
donde se fundían el cobre y el hierro de las
minas próximas, a finales del siglo XVIII. En
sus cercanías, se ubicaba el antiguo lazareto
para los sospechosos de propagar enfermedades desde
Francia. Juan M. Rodríguez.
Mientras tanto, el
manejo de la situación en la capital de la Jacetania
seguía dejando mucho que desear:
«El
estimable diario de Zaragoza “La Derecha”,
dice en su número de anteayer: Se nos ha dado
a conocer una carta en la que se habla de esto en forma
que nos ha impresionado, pues se consigna en ella que
los servicios sanitarios no están montados conforme
corresponde a una población de la importancia
de Jaca, que con justicia ha gozado siempre fama de
culta y bien administrada. En el cementerio de dicha
ciudad existían a las tres de la tarde de anteayer
ocho cadáveres sin recibir sepultura y expuestos
a los rayos del sol, circunstancia que influye poderosamente
para adelantar la descomposición; habiendo entre
ellos dos personas que fallecieron el día anterior
a las cinco y a las nueve de la mañana respectivamente.
Por lo que deducimos que no se ha establecido un depósito
de cadáveres con las condiciones y requisitos
de la importancia de esta clase de instalaciones...
Es extraño que en Jaca, cuyo ayuntamiento cuenta
con recursos propios para todas las atenciones y singularmente
para aquellas que más preferentemente afectan
al bienestar de sus administrados, y en cuyo vecindario
existen tantas personas acomodadas y espléndidas,
no se haya procurado organizar un hospital especial
de coléricos independiente del de enfermedades
comunes para evitar el contagio de los pacientes existentes
en éste; que no haya hecho lo mismo respecto
a la habilitación de un depósito de cadáveres
y un servicio de guardia médica permanente o
por lo menos nocturna, pues para ello hay en aquella
ciudad un cuerpo de profesores tan ilustrado como noble
que no esquivaría su concurso...»
(El Pirineo Aragonés, 17 de agosto de
1885).
Como bien preveían
las autoridades sanitarias, las trasnochadas medidas
implantadas en gran parte del territorio no supusieron
ningún freno para el avance del coléra
por la provincia y el 18 de agosto de 1885 el periódico
anuncia que «ha sido
declarada oficialmente la epidemia colérica en
Huesca [capital]».
Más al norte, la población y las autoridades
locales, en vez de poner sus barbas a remojar, intentaban
evadirse de la tozuda realidad. Cualquier caso de gastroenteritis
aguda en una localidad teóricamente indemne hasta
ese momento era achacado a simples desarreglos, al consumo
de verduras y frutas, o al de aguardiente y otros licores...
Si el caso era más intenso se calificaba irónica
o eufemísticamente como cólico maligno
o cólico de mala especie, si afectaba
a un niño, como de diarrea asociada a la
dentición, etc.; siempre había una
excusa mejor que reconocer que había hecho acto
de entrada el cólera.
Las campanas de la
catedral jacetana dejaron de tocar a agonía ya
que era evidente que lo hacía con mucha más
frecuencia que de costumbre y, ante todo, no había
que alarmar más a la población:
«El
recrudecimiento observado durante la pasada semana en
la enfermedad reinante puede explicarse por el cambio
de temperatura pero a él habrá contribuido
sin duda, el desordenado uso que algunos hacen de las
verduras y frutas. No cesaremos de recomendar que por
ahora se abstengan todos de consumir estos artículos...
La paralización que ha sufrido el comercio de
nuestra plaza desde los comienzos de agosto hasta el
presente, ha causado perjuicios de consideración
en toda la comarca... Algunas noches de la pasada semana,
se han encendido hogueras en las calles de esta ciudad,
procedimiento que nos parece acertado para la modificación
de la atmósfera, lo mismo que otros que se emplean
para la desinfección de las casas en que fallecieron
coléricos» (El Pirineo
Aragonés, 15 de agosto de 1885) (Figura
15).

Figura 15. Los porches
del mercado, testigos de los prolegómenos del
cólera en Jaca. «La
paralización que ha sufrido el comercio de nuestra
plaza desde los comienzos de agosto hasta el presente,
ha causado perjuicios de consideración en toda
la comarca...» (El Pirineo Aragonés,
1885). Postal colección del autor.
Como los casos iban
en aumento y la tasa de mortalidad ya casi quintuplicaba
la habitual, se acuñó el término
influencia colérica para referirse a
algo parecido al cólera, pero seguir negando
tajantemente su presencia:
«No
nos cabe duda que estamos sufriendo durante el mes actual
la influencia colérica en esta ciudad. Así
lo hemos oído decir a respetables médicos
y de esta verdad es testimonio en bastante número
de indisposiciones de vientre observadas por todos y
algunas defunciones ocasionadas por estos cólicos
de mala especie. Pero, frente a esta verdad, puede asentarse
otra muy consoladora y de igual modo indubitada. La
epidemia de cólera no existe ni ha existido en
esta ciudad» (El Pirineo Aragonés,
30 de agosto de 1885).
Por fin, lo inevitable;
hay que reconocer oficialmente el secreto a voces: existe
cólera en Jaca y en el resto del partido, pero
(siempre hay un pero) solo se admite con la boca
pequeña y se niega que forme parte de la epidemia
general:
«Hoy
tenemos que ratificarnos (…). Pero á pesar
del recrudecimiento observado y de la alarma que produjo
el abundante número de enfermos con que ha comenzado
el mes, y las excesivas defunciones registradas, en
relación con tiempos normales, insistimos en
que la enfermedad reinante no puede todavía llamarse
epidemia, por la marcha vacilante é insegura
que lleva (…). No negamos en absoluto, de que
estemos como lo está toda nuestra región,
bajo la influencia colérica ya que prueban bien
esta verdad los casos ocurridos en Panticosa, Biescas,
Sardiniés, Javierrelatre, Santa María
y Lapeña, Santa Eulalia y otros pueblos del partido»
(El Pirineo Aragonés, 6 de septiembre
de 1885).
Parece que la enfermedad
quiere dejar las cosas claras de una vez por todas y
durante la siguiente semana ataca sin piedad; los casos
se disparan y la tasa de mortalidad se multiplica mucho
más. Ante la brutal evidencia, sobran los paños
calientes; ya solo queda el consuelo de que se
recobre la normalidad lo antes posible:
«Más
sobre el cólera en Jaca. Nuestra misión
de hacer públicos los hechos con la exactitud
e imparcialidad debida nos obliga hoy tristemente a
presentar la dolorosa realidad porque hemos atravesado
en la última semana. ¿Qué razones
han podido ser causa de que tan despiadada se haya presentado
con nosotros la enfermedad, siquiera haya prontamente
suavizado sus rigores? La paralización que ha
sufrido el comercio de nuestra plaza desde los comienzos
de agosto hasta el presente, ha causado perjuicios de
consideración en toda la comarca; afortunadamente,
esperamos que pronto nos veremos libres de la epidemia
y en breve volverá a tomar la ciudad su aspecto
ordinario, y se verán nuestras calles transitadas
por los habitantes de los pueblos del partido»
(El Pirineo Aragonés, 13 de septiembre
de 1885).
En Biescas tampoco
querían quitarse la venda de los ojos; pensaban
que habían acertado en no adoptar las ineficientes
medidas tomadas en otros pueblos sin tener en cuenta
que tampoco habían implantado ninguna otra que
fuese acertada:
«Biescas,
21-8-85. Sr. Director de El Pirineo Aragonés.
Muy
Sr. mío: al manifestar a V., Señor director,
y lectores de su periódico, que el estado de
salud es satisfactorio en esta villa, no puedo menos
de participar algunas arbitrariedades que se cometen
en estos contornos, sin duda ninguna llevadas a cabo
por los presidentes de monterilla, en los municipios
de los pueblos circunvecinos.
Pulula
entre estos el rumor, de que esta Villa, esta infestada
de la epidemia reinante, y que causa muchas víctimas;
pero gracias al Todo-Poderoso, estamos libres de tan
terrible huésped. Lo único que hemos tenido
es, que algunas personas de esta localidad han sido
atacadas de fuertes colerines, que se acostumbran á
suceder todos los años por esta época,
los que han tenido lugar en personas desarregladas,
que han abusado de los alcoholes, agua y hortalizas.
Estas creo sean las causas, y la última la más
principal, que han motivado tan fuertes cólicos
que en todo este mes han llevado a la tumba a cinco
ó seis personas de ya avanzada edad, uniendo
a este número tres ó cuatro más
que han fallecido de enfermedades comunes; ya todo ha
cesado por hoy en lo que se refiere a los cólicos
malignos, atendiendo a que todos procuran observar un
plan higiénico riguroso, aconsejado por la ciencia,
como lo demuestran las certificaciones de los facultativos
de esta Villa.
Aquí
se cumplen exactamente las órdenes superiores;
no hay lazareto; no se detiene por lo tanto a ningún
transeúnte, aunque éste haya de morar
en la localidad, y sí el único medio que
para estos se emplea, como medida preservativa, es la
fumigación. No así en los pueblos circunvecinos,
según informes de personas fidedignas: en el
próximo de Senegüé, se prohíbe
la entrada a todo transeúnte, por cuatro hombres
armados ad hoc sopena de sufrir tan solo ocho ó
nueve días de cuarentena; en el de Barbenuta,
han impuesto cuatro pesetas de multa a todo vecino que
entre en esta villa, sin perjuicio de ser trasladado
a cierta distancia de su hogar, a sufrir cuarentena;
y así de algunos otros, que no cito por no hacerme
por demás molesto en las ilusorias medidas preventivas
tomadas a fuerza de ignorancia y caciquismo [por]
varios pueblos (…). Para evitar estos abusos,
sería lo más justo, se castigara con el
rigor de la ley á los trasgresores, que se mofan
del viajero, y lo que es más, de los que ejercen
la más alta autoridad [del Gobierno]»
(El Pirineo Aragonés, 23 de agosto de
1885).
El fatal desenlace
era inminente y, de hecho, el cólera de 1885
produjo estragos en Biescas (Leante, 1889; Satué,
2003) y Gavín. Yésero se libró
del azote y los vecinos lo atribuyeron a la providencial
intercesión de la Virgen de las Nieves (Figura
16).

Figura 16. Ermita de
Nuestra Señora de las Nieves, Yésero.
El cólera no pasó por esta población
y sus habitantes lo atribuyeron a la intercesión
de esta virgen. Juan M. Rodríguez.
En Sariñena,
más de lo mismo. El corresponsal del Diario
de Huesca en la localidad monegrina comentaba en
el número del 28 de agosto de 1885 que, aunque
en la provincia la gente está preocupada por
el «terrible huésped
indiano que con mano despiadada va segando vidas, doquiera
sienta su letal y mortífera planta»,
allí «disfrutan
de tan perfecta salud, cual nunca se había observado
en igual época de otros años, en que por
el abuso de frutas y legumbres abundaban los cólicos
y desarreglos intestinales. Pero si por casualidad asomara
su faz tan terrible enemigo, es muy probable no adquiriera
grandes dimensiones, gracias a las medidas de higiene
y de policía urbana han tomado las Juntas de
Sanidad… Otra de las medidas tomadas, ha sido
el quemar azufre en abundancia dos veces por semana
por todas las calles; para los transeúntes se
practica la inspección sanitaria y la fumigación
en una ermita a 200 metros de la población, donde
hay también local a propósito para hospital
con algunas camas. Si afortunados hemos sido hasta la
actualidad, en lo que al cólera se refiere, no
asimismo en la cosecha de cereales que ha sido desastrosa.
Si se agrega esto el estado deplorable de las cepas
que es la principal riqueza del país, se puede
formar juicio del estado mísero de estos honrados
montañeses, sobre los cuales hace dos años
llueven calamidades sin cuento». Cuatro
días más tarde se confirmaba que el cólera
había invadido la villa de Sariñena (Diario
de Huesca, 2 de septiembre de 1885).
En ese mismo número
se añadía que, «con
el fin de evitar en lo posible el contagio del cólera,
de cuyo azote, por desgracia, hállanse invadidas
varias localidades de la provincia, han acordado suprimir
por este año sus fiestas populares, que se celebran
en distintos días del actual mes de septiembre,
los pueblos siguientes: El Grado, Caserras, Antillón,
Arascués, Viacamp, Cuarte, Argavieso, Aniés,
Puibolea y Torres de Montes. También los ayuntamientos
de Tolva y Berdún han resuelto suspender las
respectivas fiestas».
Al menos la epidemia
deja algunas lecciones: no había existido ningún
plan sensato para impedir su avance en ciudades y núcleos
con una población relativamente elevada. ¡Qué
decir de las pequeñas localidades de la montaña!
Simplemente, habían sido dejadas a su suerte,
como tantas veces antes y tantas veces después:
«Curso
de la epidemia en Jaca. Afortunadamente hemos
entrado con rapidez en el periodo de descenso iniciado
a fines de la semana anterior y si no se siente algún
recrudecimiento, pronto hemos de vernos completamente
libres en Jaca del azote que ha pasado con inusitado
rigor en esta montaña.
La situación de algunos pueblos del partido no
es tan satisfactoria, especialmente en Panticosa, Sallent,
Sardiniés, Gavín, Javierregay y algún
otro; ha mejorado notablemente en Javierrelatre, Acumuer,
Abay y Biescas, y en algunos de insignificante vecindario
ha pasado desapercibida la enfermedad, a pesar de que
el fallecimiento de uno ó dos individuos era
una cifra comparativamente de importancia en relación
a la mortalidad normal. Sabemos que en casi ninguno
de estos puntos se ha organizado servicio público
alguno, no seguido plan de campaña para combatir
la epidemia; al igual que en la capital del partido,
los pueblos tampoco han tenido las atenciones y cuidados
que la enfermedad exige, y que podían haber sido
socorridos por la mano oficial y complementados por
la caridad pública. La higiene pública
y la desinfección no han sido conocidas en algunos
puntos, y todo ha quedado reducido y aislado al cuidado
particular, ineficaz en pueblos donde no hay servicio
médico ni farmacia. Hemos oído contar
escenas y casos, cuya consignación nos repugna,
y que revelan la negación de todo sentimiento
de caridad para con el prójimo. Tal era el espanto
de que se sentían dominados los moradores.
No
hemos sabido que la primera autoridad civil ni la diputación
provincial, hayan parado la atención en aliviar
la situación de los pueblos de esta montaña,
ya procurando servicio médico, ya enviando recursos,
sin duda porque pacientemente en su mayoría han
pasado el mal sin solicitar nada»
(20 de septiembre de 1885).
Y es que el alivio
dura poco ante el panorama que se presenta de cara al
invierno: las medidas tomadas no solo bloquean
el comercio y generan desabastecimiento, sino que, al
no ser eficaces, hacen que las personas abandonen sus
localidades ante el temor de convertirse en las siguientes
víctimas. En consecuencia, no se efectúan
las labores agropecuarias que mantenían el ciclo
rural anual y las consecuencias pueden ser lamentables…
«El
próximo invierno. El comercio en todas
sus manifestaciones, que con su constante movimiento
lleva las riquezas de unos puntos a otros, nivelando
de este modo los excesos y la falta de productos, señalando
con precisión como invariable barómetro
la altura de la riqueza de cualquier pueblo; el comercio,
pues, ha sido brutalmente herido de muerte, al tender
la epidemia su negro manto sobre ricas comarcas de nuestro
suelo.
Los
habitantes de los pueblos y de los campos, poseidos
de un invencible terror, mirando espantados como la
muerte se enseñoreaba paulatinamente de los albergues
y viviendas, y con el fundado temor de que pronto pudiesen
ser víctimas de la epidemia, abandonaron en su
tiempo los trabajos y faenas que tienen por objeto proporcionar
el alimento de casi todo un año»
(El Pirineo Aragonés, 8 de noviembre
de 1885).
A continuación,
y a modo de ejemplo, veremos los efectos de la epidemia
en Javierregay, una aldea entre Puente la Reina y Hecho,
con una población que no llegaba a los 300 habitantes
en 1885 (Eito, 2010). Así, durante la primera
quincena del mes de septiembre fallecieron según
los respectivos certificados médicos una media
cercana a una persona al día:
«El día
2, Juan Cañardo, de 14 meses, de una diarrea
propia de la dentición. El 6, fallecieron: Manuela
Javierre, de 42 años, y Ana Rosa Ara, de 65 años,
ambas de una coleriforme. El 7, Miguela Araguás,
de 55 años, de cólera esporádico;
Eusebio Bandrés de 27 meses, de mal coleriforme.
María Juana Calvo, soltera, de 20 años,
de un cólico esporádico, y Manuela Sánchez
Bandrés, de 40 años, de cólico
esporádico. El 8, Petra Lobera, 59 años,
de una hemiplejia. El 9, Francisco Jarne, y Vicente
Galindo de 62 años, ambos de cólico esporádico.
El 10, Ángela Ara Aragués, de 2 años,
de diarrea producida por la dentición. El 12,
Santa Sánchez, de 5 años, de cólico
esporádico. El 14, Juan Miguel Oliván,
de 57 años, de cólera esporádico.
El 17, Ramón Sarsa, casado, de 42 años,
cólico esporádico».
Arrieros y carreteros,
aparte de verse prácticamente obligados a cesar
en su actividad, también tuvieron su protagonismo
místico:
«Dice
el Norte de Aragón [que] como
en todas las epidemias análogas y en todos los
pueblos han empezado a circular diferentes consejos
y rumores acerca del origen de la enfermedad. Ya es
la estupenda especie, que corre como artículo
de fé, de que los médicos reciben cinco
duros del gobierno por cada enfermo que despachan para
el otro mundo, mediante unas ciertas gotitas que hace
reventar a un ciudadano en algunos minutos; ya un médico
que revienta, a su vez, constreñido por la familia
del enfermo a sorberse la pócima a éste
destinada; y ya es, en fin, la Virgen del Puig, que
desciende de su empíreo trono para circular por
los campos y recetar su inefable remedio.
Según
un periódico local, un carretero iba por el Camino
Real de Barcelona, cuando se le acercó una viejecita,
que estaba sentada á la orilla del Camino, suplicándole
que le dejase subir al carro para continuar su viaje.
-¡Miren la abuela, contestó el carretero;
si fuera una muchacha de quince años…!
Y volviendo la espalda á la viejecita, prosiguió
su camino.
Acertó
a pasar, momentos después, otro carretero, á
quien la anciana volvió a dirigir las mismas
súplicas que al primero, a lo que accedió
aquél, más compasivo que su colega. Una
vez en el carro la anciana, trabóse conversación
entre ésta y el carretero, recayendo como es
natural, sobre el cólera. Mire usted, dijo la
anciana, ese carretero que iba delante de nosotros se
ha muerto de cólera.
En
efecto, a los pocos momentos alcanzaban el otro carro,
que estaba detenido. Dentro de él aparecía
muerto el carretero que negó un asiento a la
viejecita. El conductor de esta, lleno de admiración
oyó de labios de la anciana, que todos los que
tuvieran un poco de aceite de la lámpara que
arde en el Templo donde se venera la Virgen del Puig,
estaban indemnes. Luego partió hacia el pueblo
inmediato para dar cuenta de lo ocurrido, Al volver
la viejecita había desaparecido, atribuyendo
el hecho a la misma Virgen del Puig.
Circuló
bien pronto la noticia por todos los pueblos inmediatos,
formándose peregrinos á aquel templo,
de gente ansiosa de tocar el aceite reputado como milagroso»
(El Pirineo Aragonés, 21 de junio de
1885).
Lamentablemente, todo
parece indicar que el preciado aceite carecía
de cualquier virtud terapéutica. Veamos, si no,
la noticia que apareció en el mismo periódico
apenas una semana después:
«Ha
fallecido en El Puig, de un ataque fulminante de cólera,
el sacristán de la iglesia que espendía
el aceite de la lámpara como remedio milagroso
ante el cólera» (El Pirineo
Aragonés, 28 de junio de 1885).
Las epidemias de cólera
del último cuarto del siglo XIX condujeron a
una reconsideración general de los sistemas de
suministro de agua para consumo y de canalización
y tratamiento de las aguas residuales, por lo que rápidamente
dejaron de ser noticia.
4. La gripe
“española”
La última epidemia
de consideración en el tiempo de los arrieros
fue la gripe de 1918 (gripe española
o gran gripe), que interrumpió el descenso
de las tasas de mortalidad iniciado con el cambio de
siglo. La causa fue un virus de la gripe de tipo A y
subtipo H1N1 (Figura 17) y constituyó una de
las epidemias más letales en la historia de la
humanidad. A diferencia de otras epidemias de gripe,
cuyas tasas de mortalidad se suelen nutrir básicamente
de niños y ancianos, muchas de las víctimas
de esta epidemia fueron jóvenes y adultos saludables.
Esa última circunstancia hizo que cerrasen numerosas
casas altoaragonesas. Para muestra un botón:
Sebastián Escartín Duaso, amo de Casa
Pedro Escartín, una casa de infanzones de Escartín
(Sobrepuerto), falleció el año 1918 a
consecuencia de la gripe y la viuda e hijos tuvieron
que emigrar a Zaragoza (Satué, 1992) (Figura
18).

Figura 17. El virus
de la famosa gripe española. Fondos
UCM.
El apelativo de gripe
española se debe a que la pandemia recibió
una mayor atención de la prensa en España
que en el resto de Europa, ya que España no se
vio involucrada en la Primera Guerra Mundial y, por
tanto, no censuró la información sobre
la enfermedad. Los países implicados en la Gran
Guerra no informaban sobre la epidemia para no desmoralizar
a las tropas, de modo que las únicas noticias
venían en la prensa española. La gripe
española debe su nombre, por tanto, a la
censura de tiempos de guerra, y no a su origen, ya que
el primer caso se registró en Camp Funston (Kansas)
el 4 de marzo de 1918 (Figura 19). En abril ya se había
propagado por toda Norteamérica, y también
saltado a Europa con las tropas americanas. Para recalcar
la elevada tasa de mortalidad asociada a esa epidemia
baste decir que, si la Gran Guerra terminó en
1918 con nueve millones de muertos, la gripe española
acabó con la vida de 40 millones de personas
en ese mismo año.
Figura 18. Casa Pedro
Escartín (Escartín), cerrada por la emigración
de la familia a Zaragoza tras la muerte del amo a consecuencia
de la gripe española. Juan M. Rodríguez.

Figura 19. Hospital
de Camp Funston (Kansas, Estados Unidos), donde empezó
la epidemia de gripe en 1918. Fondos UCM.
España fue uno
de los países más afectados con cerca
de 8 millones de personas infectadas en mayo de 1918
y alrededor de 300.000 muertes (a pesar de que las cifras
oficiales redujeron las víctimas a “solo”
147.114 en toda España, de las que aproximadamente
10.000 eran aragónesas). La enfermedad se cebó
con la población rural. «En
Apiés sigue haciendo estragos la traidora enfermedad.
Las defunciones son más numerosas cada día.
Una hermosa joven de Huesca que fue al pueblo para apadrinar
una sobrina recién nacida ha fallecido en pocas
horas» (Heraldo de Aragón,
20 de septiembre de 1918).
La invasión
de la provincia de Huesca tiene lugar en septiembre
y el “arsenal” para hacer frente a una cepa
particularmente virulenta del virus de la gripe era
para echarse a temblar: alcohol mentolado, azufre (Zotal)
y encalado de las casas. El virus campa a sus anchas
por territorio oscense durante ese mes y el siguiente,
yendo y viniendo como en oleadas. En Hecho se declaran
800 casos (60% de la población) en el estrecho
margen de dos días, llegando a morir 7 personas
en un solo día (Benito, 2008). La crónica
de afectados y fallecidos en Luesia (Cinco Villas),
en apenas un mes, refleja el terrible impacto de la
gripe “del 18” (Heraldo de Aragón):
«El primer
fallecimiento en Luesia por la llamada Gripe Española
fue el 3 de octubre de 1918, una niña de 8 años
de edad, llamada Angeles Begué Escabosa. El último
fallecido fue el 7 de noviembre, una mujer de 61 años,
llamada Alejandra Asín Garcés. En poco
más de un mes murieron 84 personas. La edad media
de los fallecidos fue de 22,97 años, Murieron
38 hombres y 46 mujeres. De los 1700 habitantes de Luesia
enfermaron 1200 personas. Finalizada la epidemia, el
párroco y el médico fueron condecorados
con la Cruz de Beneficencia de primera clase con distintivo
morado y negro».
El seguimiento que
los periódicos El Noticiero y Heraldo
de Aragón hicieron de la epidemia en el
Bajo Aragón nos permite valorar en toda su intensidad
su impacto sobre el comercio y sobre los pobres pastores
trashumantes del Alto Aragón que, precisamente,
durante ese mes de octubre llegaban a sus pastos de
invierno. Repasemos algunos extractos de las crónicas
de aquellos días:
«En
Urrea de Gaén el alcalde ejerciente, D. Ramón
Martín, mandó un telegrama, dirigido al
Ministro de la Gobernación, a instancias de los
4 únicos concejales, todavía no enfermos,
en el que se le comunica que no hay alimentos propios
para los enfermos y niños, como la leche, ni
personal sanitario ni desinfectantes. Familias enteras
están en cama y más de media población
está invadida. Unos mueren por congestión
bronco-neumónica; y otros degeneran en fiebres
tifoideas. Mueren muchos niños de pecho, porque
sus madres no los pueden amamantar. Hay muchísimas
defunciones» (Heraldo de Aragón,
12 de octubre).
«En Samper de Calanda
está atacando con furor la epidemia. (…)
Está haciendo estragos entre la juventud... En
pocos días se han producido 6 bajas. Cuatro son
de jóvenes de 18 a 25 años, y dos de unos
40 o 42 años. Graves hay varios y enfermos muchísimos.
(…) El pánico es tremendo, y lo peor del
caso, ya que los medios científicos son relativamente
buenos, es la carencia absoluta de leche, base primordial
del tratamiento de esta epidemia»
(El Noticiero, 15 de octubre).
«En
Caspe se está extendiendo con rapidez, con 2.000
atacados, por lo que resultan insuficientes los 4 médicos.
En algunas familias están invadidos todos, y
tienen que ser asistidos por vecinos caritativos. Hay
bastantes graves. Ayer fallecieron 7, y 5 hoy. Escasea
la leche y la carne, por ello el Ayuntamiento las ha
suprimido de los cafés y casinos, y además
ha encargado leche condensada. (…) En la Iglesia
parroquial se ha hecho una rogativa para solicitar el
favor divino» (El Noticiero,
16 de octubre).
«En
Urrea de Gaén se ha sentido un gran desencanto.
Se esperaban las ayudas sanitarias, y lo único
que se ha producido ha sido la visita de un delegado
sanitario, que se marchó rápidamente,
no sin antes pagar 50 pesetas al chofer. En 11 días
ha habido 700 casos y 40 defunciones, siendo un pueblo
de 1.258 habitantes» (El Noticiero,
17 de octubre).
«El
viernes 18, en Híjar, (…) se nos comunica
que la acequia del Lugar por higiene quedará
cerrada. ¡Ya era hora! La Junta de Sanidad está
tomando decisiones, pero se podía extremar más.
Emigrantes y vecinos, que trabajaban ausentes de su
patria chica, regresan y se da el caso que, casi todos,
vienen enfermos y han tenido alguna baja. Convendría
someter a los viajeros a observación en un lazareto,
y para eso tenemos la ermita de Santa Quiteria, muy
aireada y que podría servir de lugar de aislamiento,
tras ser desinfectada.
Los
enterradores se han declarado en huelga. No tenemos
leche, ni huevos, y la leche condensada, la poca que
había, está a precios muy caros. Para
solucionar estos problemas, el alcalde ha actuado rápido;
ha montado un nuevo servicio de enterradores y ha decomisado
las latas de leche condensada, que se venden en la Casa
Consistorial. El farmacéutico está haciendo
todo lo posible para que no falte este artículo»
(El Noticiero, 19 de octubre).
«En
Albalate del Arzobispo el día 14 las calles,
a partir de las 8 de la noche, estaban totalmente desiertas,
ya que todo el mundo amedrentado estaba en sus casas.
No obstante parece que la situación es más
grave en La Puebla de Híjar, Híjar y Urrea,
debido a las malas aguas. (…) Se están
produciendo abusos en los precios de los alimentos necesarios
para los enfermos, como son los huevos, la leche y la
gallina. Los huevos se pagan a 30 céntimos la
unidad. La leche a 40 céntimos el litro. A una
persona pudiente de la localidad se le ha cobrado a
16 pesetas una gallina.
En
Samper de Calanda hay en estos momentos 500 atacados
y 16 muertos. La Junta de Sanidad, siguiendo las directrices
de las autoridades gubernativas, ha tomado las siguientes
medidas: cierre de las escuelas, desinfección
de las viviendas de atacados, traslado de los muertos,
acto seguido, al depósito, sin toques de campanas
ni funerales; sitio adecuado para lavar las ropas de
los infectados; aislamiento completo de los enfermos;
prohibición absoluta de venta de pescados; aconsejar
no visitar a los enfermos; blanqueo de las viviendas;
desaparición de los estercoleros; y regado, a
diario, de calles y, a ser posible, con Zotal.
Hay
un gran pánico en todo el pueblo. En algunas
casas, incluso, han muerto todos, por lo que ha sido
necesario cerrarlas. Ayer murieron 7; hoy creo que 3;
y están en la agonía 4 o 5.
Los
enterradores se han declarado en huelga. No hay leche,
ni huevos, ni leche condensada; los pocos frascos que
quedaban se pagan a precios inmensos. Ante estos problemas
tan graves, el alcalde, con buen criterio, ha montado
un nuevo servicio de enterradores, y ha decomisado a
los deshonestos industriales los botes de leche, y se
venden en el Ayuntamiento a precio de tasa»
(Heraldo de Aragón, 20 de octubre).
«Nos
mandan a nuestra redacción una carta desde Caspe
en los siguientes términos: La epidemia aquí,
sigue su acción devastadora; de tal modo que
la población está influida de un pánico
horroroso. Los campos están desiertos, por las
calles sólo se ve algún transeúnte,
por hallarse todos encerrados en sus casas. Le digo
a usted que el cuadro que ofrece esta ciudad con todos
sus accidentes no puede ser más triste y deprimente.
Ayer había en el cementerio 13 cadáveres;
las invasiones seguían aumentando y lo mismo
ocurría con las defunciones»
(El Noticiero, 25 de octubre)
5. El arriero
espía o una epidemia del ganado en el Bearn
Si las epidemias humanas
podían causar grandes estragos socioeconómicos,
las que afectaban al ganado tampoco eran mancas. De
entrada, podían hundir al sector ganadero y a
todas las actividades vinculadas al mismo (producción
y comercialización de carne y productos cárnicos,
leche, quesos, lana, cueros…); las consecuencias
podían ser realmente dramáticas en el
Alto Aragón. Por otra parte, existía el
temor a un posible contagio a las personas, como sucedía
con ciertas enfermedades zoonóticas (glosopeda,
carbunco…). Y daba igual que el problema apareciera
en la vertiente española o en la parte francesa
ya que el intercambio ganadero era el pan nuestro de
cada día.
Los temores ante una
epidemia del ganado provocaban oscilaciones en el precio
de los productos agrícolas y ganaderos que hundían
todavía más a los pequeños propietarios,
ya que de un año a otro el trigo podía
subir o bajar hasta un 700 por ciento. Todas estas desgracias
obligaban a los pequeños agricultores y ganaderos
y a los jornaleros oscenses a acudir a las ciudades
buscando una salida a la penuria económica; este
hecho provocaba una sobrepoblación que, a su
vez, se convertía en excelente caldo de cultivo
para la propagación de enfermedades y epidemias
(Serrano, 1995).
Un Real Acuerdo conservado
en el Archivo Histórico Provincial de Zaragoza
(1746) describe un caso particular en el que un arriero
proporcionó información clave para el
manejo de la situación por parte aragonesa. El
suceso se inició a principios del verano de 1746
en Jaca se recibe la noticia de que en «el
Principado de Bearne se padecía epidemia de los
ganados bacunos». Rápidamente
se pidieron noticias sobre este rumor al Ayuntamiento
de Olorón «estrañando
que le faltase el haviso de esta nobedad como en semejantes
recíprocamente se comunican».
La respuesta francesa, temerosa a un cierre de fronteras,
es vaga: reconocen que han experimentado la muerte «de
algunas bacas» pero «lo
atribuyen al calor excesivo sin haver entrado en recelo
de que fuese por enfermedad epidemial».
La carta no es convincente y se ordena a los Justicias
de la frontera que vayan a la zona e investiguen las
causas de las muertes de los animales. El de Broto descubre
que «en Bigorra se han
tomado algunas precauciones para que los ganados bacunos
de la tierra vaxa donde se padece esta epidemia no se
mezclen con los de la montaña».
Las crecientes sospecha se confirman cuando precisamente
un arriero informa que «todo
el Principado de Bearne como la Bigorra»
sufre una epidemia que afecta «a
todo género de ganados, y asta a las aves».
Ante la gravedad del
asunto, se ordena de inmediato a los pastores que no
mezclen su ganado con los franceses y que éstos
no crucen a la parte española bajo ningún
pretexto; para ello se disponen «centinelas
en los parajes más conbenientes».
Paralelamente, el Corregidor de Jaca, Felipe Ramírez
de Arellano, comunica el problema al Intendente Corregidor
de Zaragoza y éste a la Real Audiencia. El 22
de agosto, se despachan circulares a los Corregidores
de Jaca, Huesca, Barbastro, Benabarre y al Alcalde Mayor
de las Cinco Villas para que en un plazo de 24 horas
notifiquen la prohibición de introducir en Aragón
«ganados maiores y menores,
ni carnes o aves vivas o muertas a efecto de pastar
en Aragón, venderlos o hazer otro comercio»,
a aquellos lugares de sus términos que sean fronterizos
con Francia.
Además, se ordenaba
que «la expresada prohibición
se tenga notizia en toda la raya divisiba de ambos dominios
y que nadie se escuse por ignorancia». Para
hacer cumplir la orden se dispondrían guardas
centinelas «en los parages
y transitos regulares y demás que sean convenientes,
guardas de confianza que formen un cordón en
toda la raya». Por si las moscas,
se envían comisionados al Bearn y Bigorra para
que averigüen si la enfermedad se extiende a «otra
especie de aberios, aves o personas» o
por otras comarcas de Francia. Cada quince días,
los miembros de la expedición deben informar
por escrito al Regente de Zaragoza sobre la evolución
de la epidemia en territorio francés para, «si
la necesidad lo pide», enviar tropas
militares que sellen los pasos con Francia.
6. Reflexiones
tras la pandemia de COVID-19
La historia se repite.
El coronavirus 2, universalmente conocido como SARS-CoV-2
(acrónimo del inglés, Severe Acute
Respiratory Syndrome Coronavirus 2), fue identificado
en 2019 como el agente causante de una nueva enfermedad
respiratoria aguda: la “enfermedad del coronavirus
2019” (COVID-19; del inglés, COronaVIrus
Disease 2019). Esta enfermedad comenzó en
la provincia de Hubei (China) pero su rápida
expansión hizo que el 30 de enero de 2020 fuese
declarada emergencia sanitaria de preocupación
internacional por la Organización Mundial de
la Salud. Poco después, el 11 de marzo, fue reconocida
como pandemia por ese mismo organismo. La pandemia se
extendió por prácticamente todos los países
del mundo. En octubre de 2023 se habían confirmado
más de 769 millones de casos de la enfermedad
en con una cifra oficial de fallecidos por encima de
los 9 millones, aunque el número real, tanto
de casos como de fallecidos, puede haber sido al menos
tres veces mayor.
Como en la Edad Media,
los modernos arrieros (básicamente el sector
del transporte de mercancías por carretera) han
mostrado una gran resiliencia ante la pandemia. Incluso
en los meses de confinamiento, gran parte de los pocos
vehículos que circulaban por nuestras carreteras
eran los camiones y furgonetas de los transportistas
(Figura 20).

Figura 20. Como en
tiempos pasados, el sector del transporte ha mostrado
ser esencial durante la pandemia de COVID-19. Fuente:
Transporte3.com
Como actividad esencial,
las empresas y profesionales de este sector han mantenido
la cadena de suministro, asegurando a su vez el abastecimiento
de productos de primera necesidad, especialmente los
relacionados con la alimentación y la higiene.
Este hecho ha sido si cabe más relevante que
en las grandes epidemias pasadas ya que nunca en nuestra
historia había existido una disociación
tan grande entre las zonas productoras de alimentos
(zonas rurales) y los grandes centros de consumo (ciudades).
Son lecciones para nuestro futuro.
7. Referencias
Archivo Capitular de
Huesca. 1652. Libro de Gestis. Memoria de los sucesos
de la peste.
Archivo de la Diputación
de Zaragoza. 1647. Carta de Pedro Soriano Royo desde
Sarrión a los diputados del reino del 20 de septiembre
de 1647. Libro de cartas responsivas de 1647 a 1648,
vol. VIII, f. 209-209’.
Archivo Histórico
Provincial de Zaragoza. 1746. Real Acuerdo sobre
epidemia de los ganados en el Bearn. Sección
“Real Acuerdo. Huesca”: caja 67, doc. 6.
Archivo Municipal
de Huesca. 1652. Libro de actos comunes del 31 de
marzo de 1652. folios 79-81’
Benito, M. 1987. Las
abuelas, mito, leyenda y rito. Temas de
Antropología Aragonesa, 3: 46-67.
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4 Esquinas, 196: 22-23.
Biraben, J.N. 1975.
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européens et méditerranéens.
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Chirino, Alonso de.
1420. Del regimiento en tiempo de pestilencia. Menor
daño de la Medeçina, segunda parte,
Capítulo XIII, pp. 39-45. El Escorial, MS b.IV.34.
Eito, A. 2009. Epidemia
de cólera en España en 1885. Huesca.
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(dominical del 30 de agosto de 2009), Huesca.
Eito, A. 2010. El
cólera en Jaca y su comarca, 1885. Huesca.
Cuadernos Altoaragoneses. Diario del Alto Aragón
(dominical del 27 de junio de 2010), Huesca.
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del País, Zaragoza.
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de María en la diócesis de Jaca. Imprenta
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de Zaragoza.
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