«Yo
me hice amigo de él y de su boca aprendí
muchas de esas cosas raras que solo saben los
vagabundos. Por ejemplo, que nunca puedes decir que
no volverás a un sitio y que la mejor novela
está escrita en los caminos».
Julio Llamazares. La nieve de octubre. El País,
19 de marzo de 1991.
1. Un repaso a las pinturas
rupestres de Guara: de la caza a la ganadería
Las paredes de los
espectaculares cañones de la sierra de Guara
albergan un conjunto de pinturas rupestres único
en el mundo. En sus abrigos rocosos (Figuras 1 y 2)
se esconden representaciones que recorren todo el abanico
estilístico de la Prehistoria, desde el arte
paleolítico al esquemático, pasando por
las manifestaciones más septentrionales de arte
levantino en la península ibérica. Estas
pinturas están datadas entre el 22.000 y el 1.500
a. C. y constituyen una auténtica crónica
de los cambios climáticos que sufrió la
zona y de los cambios culturales y socioeconómicos
que experimentaron las personas que la habitaban, claves
para entender el surgimiento de los arrieros.

Figura 1. El Vero: un libro abierto
de la transición del Paleolítico al Neolítico.
Tozal de Mallata. Juan M. Rodríguez.

Figura 2. Entorno de la cueva de Fuente del Trucho
y de las covachas de Arpán.
Al fondo y a la izquierda, Alquézar. Juan M.
Rodríguez.
Las primeras pinturas
se realizaron en el Paleolítico Superior, hacia
el 25.000 a. C. y se extienden hasta aproximadamente
el 10.000 a. C. Durante este período, los autores
de las pinturas de la Fuente del Trucho (Figura 3),
la única muestra de este tipo de arte en Aragón,
vivían en el interior de cuevas para protegerse
del intenso frío glaciar. Su subsistencia se
basaba en la caza, la pesca y la recolección,
lo que implicaba una vida nómada, subordinada
a las variaciones estacionales y, en consecuencia, a
la migración de las especies cinegéticas
(caballos, cabras, ciervos…). Durante todo este
período, los animales con los que comparte su
ecosistema son sagrados, los ídolos indiscutibles,
de los que depende y a los que se admira. Se trata de
una iconografía eminentemente zoomórfica:
las representaciones realistas de animales constituyen
el tema fundamental del arte Paleolítico Superior
(Giedion, 1981). Incluso el chamán (el mago-artista)
intentaba aprehender los rasgos animales: iba vestido
con pieles, llevaba máscaras y cornamentas y
se movía imitando sus movimientos (¿el
origen de la danza?). En contraste, las figuras humanas
son escasas y muy poco elaboradas en comparación
con las de animales. La mujer no aparece en ninguna
pintura de este período.
Estas pinturas se realizan
en cuevas profundas y se localizan en habitáculos
recónditos, donde las numerosas siluetas se acumulan
unas sobre otras. Resulta evidente que no estaban destinadas
a la exhibición pública, sino que estaban
reservadas para los iniciados en los secretos de la
cueva y/o de la pintura. Las figuras se distribuyen
sobre un espacio libre e irregular, sin segundo plano,
sin línea de suelo ni de horizonte. Los animales
se confrontan, sin mantener las mismas proporciones
de tamaño, e incluso con frecuencia se superponen
en un mismo lugar. Este hecho ha llevado a pensar que
el acto de pintar es un ritual mágico, que se
lleva a cabo sobre un lugar de características
sagradas, de ahí que se reutilice periódicamente.
La regularidad de los repintes insinúa la posible
regulación a través de rudimentarios calendarios
(ciclos astronómicos, migraciones animales, etc.).
En cualquier caso, el significado se nos escapa a pesar
de las numerosas interpretaciones que se han dado hasta
la fecha.

Figura 3. Arte Paleolítico en
la Cueva del Trucho. Fondos UCM.
Por otra parte, resulta
cada vez más evidente que el arte paleolítico
responde a unas condiciones de vida muy particulares,
de tal manera que podemos encontrar puntos comunes entre
las expresiones gráficas de los lejanos cazadores
paleolíticos y las recientes de pueblos cazadores
actuales como los esquimales del Ártico, los
aborígenes de la zona septentrional de Australia
o los bosquimanos del África Austral. Es decir,
a pesar de la distancia en el espacio o en el tiempo,
habría que hablar de un arte de cazadores,
nacido de un tipo de lucha por la supervivencia en la
que la caza es una constante obsesiva (Beltrán,
1993; 2001).
En el período
Epipaleolítico, hacía el 10.000 a. C.,
el clima de la Península Ibérica comienza
a ser bastante más benigno y los glaciares inician
un progresivo retroceso, hecho que constituye el pistoletazo
de salida para un cambio sin precedentes en la forma
de vida humana. Las grandes estepas de la Era Glaciar
se empiezan a cubrir con bosques, provocando la emigración
o extinción de ciertas especies animales que
estaban adaptadas a las frías condiciones glaciales
y que constituían parte esencial de la dieta
del hombre. Los grupos humanos, hasta entonces cazadores-recolectores,
tuvieron que adaptarse a un nuevo modo de vida y a elaborar
nuevas estrategias, técnicas y herramientas de
subsistencia. La retirada de los glaciares hacia el
norte dejó libres muchas tierras que empezaron
a ser ocupadas por el hombre. Ante la posibilidad de
nuevos territorios aprovechables, los grupos se diseminaron
apareciendo los primeros asentamientos estacionales,
aunque el cambio no fue drástico ni repentino.
En este contexto, y hacia el 8.000 a. C., se inicia
el estilo artístico conocido como levantino que
se prolongará hasta el 4.000 a. C. Los conjuntos
pictóricos levantinos evolucionan gradualmente
desde las figuras naturalistas relacionadas con el arte
paleolítico hasta los signos esquemáticos
sincrónicos de las culturas del Neolítico
y la Edad de Bronce.
Las pinturas levantinas,
como las de Arpán (Figura 4), Chimiachas (Figura
5) o Muriecho, se diferencian de las precedentes en
que no se realizan en lo más recóndito
de una cueva, sino en abrigos naturales, casi expuestas
a la vista. En estos abrigos se originó y desarrolló
el arte de un pueblo todavía cazador pero que
ya andaba inmerso en escarceos con unas prácticas
agropecuarias rudimentarias. El hombre dejaba de ser
depredador/carroñero para convertirse en productor
de sus propios alimentos, un proceso gradual y secuencial
que, en lo referente a los animales, implicó
las siguientes etapas: (1) captura; (2) cautividad;
(3) domesticación; (4) pastoreo; (5) cría;
y (6) explotación (Beltrán, 1993). Se
asistía a una de las revoluciones más
profundas que haya sufrido la relación del hombre
con el mundo: el destronamiento del animal.

Figura 4. Arte Levantino en las covachas
de Arpán. Juan M. Rodríguez.
La naturaleza pasa
de ser el hábitat del hombre, donde vive en equilibrio
con otras especies, a verse como un conjunto de recursos
económicos que deben ser convenientemente gestionados.
En la pintura se manifiesta con una presencia obsesiva
de la figura humana en escenas que ofrecen una gran
sensación de movilidad y que llegan a ser muy
complejas. El hombre se convierte en protagonista de
multitud de escenas de caza o guerra, danzas o actividades
de recolección e, incluso, de faenas de pastoreo
al final de este período. Algunos autores han sugerido
que la aparición de escenas de lucha podría
ser reflejo de una creciente competitividad entre los
grupos por el control de los recursos alimentarios.
La economía de producción y la sedentarización
se abrían paso a marchas forzadas. Entonces pudieron
nacer los primeros poblados estables dotados de un urbanismo
elemental.

Figura 5. Arte Levantino en las covachas
de Chimiachas. Juan M. Rodríguez.
Finalmente, el arte
esquemático se desarrolló entre el 5.000
y el 1.500 a. C. (Neolítico) y, durante el primer
milenio de su existencia, convivió con el estilo
levantino, del que en ocasiones es difícil diferenciar.
Los enclaves en los que aparece el arte esquemático
son muy similares a los que acogían el estilo
levantino. Se continúa pintando al aire libre,
en pequeños abrigos apenas protegidos. Precisamente,
este estilo es el más abundante en Huesca, con
una cincuentena de estaciones localizadas. Globalmente,
en este período ya se ha producido una completa transformación
de los sistemas económicos, sociales y espirituales.
La agricultura necesita
del establecimiento de los pueblos en un lugar fijo
y esto conlleva el aumento de individuos que forman
los distintos grupos humanos, que se organizan en nuevas
formas jerárquicas. La densidad de la población
mundial antes de la Revolución Neolítica
no supera los diez millones de habitantes, pero, con
el advenimiento del sedentarismo, llega a alrededor
de 300 millones hace 4.000 años. El hombre depredador
y carroñero que antes había consumido
en un pequeño margen de tiempo los alimentos
que conseguía, se ha convertido en agricultor
y ganadero, y logra producciones que le permiten acumular
excedentes. El nuevo ciclo vio aparecer conceptos hasta
entonces inexistentes como la posesión de tierras,
la colonización o el comercio.
El sintetismo y la
abstracción son las características más
destacadas del arte de este período. Las figuras
humanas aparecen con forma de ancla, cruces, líneas
simples, etc., en escenas de caza, recolección,
luchas reales o simuladas, danzas de arqueros, bailes
de mujeres y hombres, etc., y en muchos casos portan
utensilios (arcos, flechas, cestos, escalas…).
Los animales se representan con la misma fórmula,
en la que únicamente podemos distinguir su condición
de cuadrúpedos. Otra de las principales novedades
es la aparición de signos abstractos, cuyos códigos
de interpretación desconocemos. Pero, además,
ya se hace evidente la nueva situación productiva
y tecnológica: aparecen escenas de domesticación
y pastoreo, así como diversos instrumentos utilizables
en labores agrícolas. Por ejemplo, en el grupo
de abrigos de Mallata, Gallinero y Barfaluy, en los
acantilados del Vero, destacan escenas en las que aparecen
personajes que sujetan cuadrúpedos con cuerdas
o directamente por el hocico (Figuras 6 y 7).

Figura 6. Arte esquemático en
el Tozal de Mallata. Juan M. Rodríguez.

Figura 7. Arte esquemático en
las covachas de Gallinero. Juan M. Rodríguez.
Fuera del entorno del
río Vero, pero en sus cercanías, cabe
destacar las primeras representaciones esquemáticas
de carros en La Puebla de Castro (Baldellou et al.,
1996) (Figura 8), y cuadrúpedos y signos en Estadilla
(Figura 9). En otros lugares de Aragón, como
en el abrigo de los Borriquitos de El Mortero (Alacón,
Teruel), aparecen posibles escenas de doma y monta de
asnos. En conclusión, las primeras representaciones
nos hablan de gente cazadora-recolectora y nómada
mientras que unos pocos miles de años después
se refieren a una sociedad sedentaria que practica la
agricultura y la ganadería (Figura 10).

Figura 8. Posibles representaciones
de carros en El Remosillo (La Puebla de Castro). Fondos
UCM.
Pese a los notables
adelantos en técnica pictórica durante
el final del Neolítico, el desarrollo de nuevos
materiales condujo a cierto abandono de esta actividad
en favor de las construcciones megalíticas, la
escultura, la cestería, la actividad textil y
la cerámica. Esta última fue particularmente
importante, habiéndose encontrado ejemplares
similares en regiones muy diversas. Entre los rasgos
comunes en las piezas destacan la decoración
simple de triángulos, espirales, líneas
onduladas y otros motivos geométricos; no obstante,
la cerámica adopta distintas formas (de cesta,
calabaza, campana o sacos de piel) dependiendo de la
zona particular que la origine. Una de las tipologías
más espectaculares es la cerámica neolítica
campaniforme, de origen ibérico y que logró
extenderse a toda Europa. Precisamente, las primeras
noticias sobre alfarería en Naval aparecen ya
en esta época y todo parece indicar que, en esta
localidad, alfarería, salinas y arriería
tuvieron un desarrollo paralelo.

Figura 9. Arte esquemático (cuadrúpedo,
signos) en Estadilla. Juan M. Rodríguez.

Figura 10. Presencia humana en el Vero:
arte rupestre y arnales en Barfaluy. Juan M. Rodríguez.
2. Sí,
pero… ¿qué tiene que ver todo esto
con los trashumantes?
La necesidad de sal
de un animal depende de su dieta. Así, los animales
que ingieren exclusiva o mayoritariamente carne tienen
satisfechas sus necesidades de los dos elementos (Na+,
Cl-) que proporciona la sal (cloruro sódico:
NaCl). Sin embargo, la situación es distinta
en los animales que se alimentan exclusivamente de vegetales,
para los que resulta imprescindible la ingestión
de sal con una cierta periodicidad. En principio, esto
no supone ningún problema para los animales en
libertad ya que existen lugares en los que la sal se
encuentra en la superficie de la tierra y los herbívoros
se desplazan a esos lugares para lamerla. Para ellos,
las “lamidas de sal” son tan necesarias
como el alimento y el agua. Pero cuando las poblaciones
humanas se hacen sedentarias, los movimientos del ganado
quedan restringidos y no tienen acceso libre a los salares.
Los seres humanos somos
omnívoros y nuestras necesidades de sal dependen
igualmente de nuestra dieta. Los cazadores paleolíticos
seguían a las manadas y, si era necesario, recurrían
a las mismas fuentes de sal. No obstante, su dieta era
eminentemente cárnica, con lo que las deficiencias
serían poco comunes. Mientras una persona coma
cantidades adecuadas de carne asada procedente de la
caza o de los animales de abasto y consuma leche u otros
productos lácteos, como los quesos, tendrá
cubierta su necesidad de sal. Sin embargo, cuando los
cereales y otros productos de origen vegetal se convirtieron
en el principal componente de la dieta, tal como sucedió
en el Neolítico, las cosas cambiaron.
La situación
se agravó cuando los avances en las técnicas
alfareras hicieron posible la cocción de los
alimentos ya que, con esta técnica culinaria,
la carne pierde gran parte de su sal. Con una dieta
así se llegaría a producir la muerte de
una persona por déficit de sal. En consecuencia,
es la necesidad de sal la que impulsó al hombre
neolítico a salar sus comidas, notando que, además,
mejoraba su sabor y permitía su conservación
durante largos períodos de tiempo. Este descubrimiento
alargó la disponibilidad de la carne y sus derivados
tras el sacrificio de los animales, como se sigue poniendo
de manifiesto en las matacías actuales, e incluso
se ha sugerido que fue una de las causas que permitieron
el crecimiento de la población humana (Asimov,
1986).
En resumen, una vez
llegados al Neolítico, la sal se convierte en
un seguro de vida o, mejor dicho, su carencia pasa a
ser un seguro de muerte; en consecuencia, había
que asegurar un suministro continuo de este mineral.
La sedentarización de las comunidades humanas
hizo que los viajes periódicos en busca de sal,
a veces largos y peligrosos, se convirtieran en una
labor poco atractiva y eminentemente anti-económica
si afectaban a muchos de sus miembros. Sin embargo,
la suma de otros acontecimientos neolíticos ofreció
una solución aceptable a este problema:
-
La cría y doma de asnos, primero, y caballos,
después, junto con el inicio de la cría
mular, proporcionan medios de transporte más
rápidos y con mayor capacidad de carga.
-
Las actividades cesteras, textiles y alfareras proporcionan
recipientes adecuados para su transporte.
-
El aumento de los asentamientos estables propicia
la creación de una red de vías de
comunicación entre ellos, las zonas de pastoreo
y las de abastecimiento de sal.
-
Se empiezan a explotar las salinas, entre ellas
las de Naval (Edad de Bronce).
-
La producción organizada de sal genera grandes
excedentes que se pueden comercializar.
-
Empiezan a existir excedentes de otros productos
agroalimentarios (cereales, vino, aceite, frutos
secos, quesos, pieles…) que es necesario intercambiar.
Todo ello supuso un
caldo de cultivo idóneo para el surgimiento de
una figura que fue clave en el comercio durante siglos
y siglos: los arrieros.
3. Megalitos:
¿los mojones del Neolítico?
El inicio de la trashumancia
como práctica ganadera y la aparición
de los primitivos arrieros fueron frutos neolíticos.
Pero también la construcción de monumentos
megalíticos, entre los que destacan menhires,
dólmenes, túmulos y crónlechs.
«Los artífices
del fenómeno megalítico serán grupos
humanos neolitizados con claros procesos de domesticación
y condicionados por la trashumancia. Se observa una
marcada dicotomía entre las formas de vida de
la tierra llana y la montaña. Con la agricultura
en el llano como piedra angular del sustento (hallazgos
de molinos de mano y hojas de hoz de sílex con
pátina de cereal) y en la montaña pequeñas
poblaciones que viven principalmente del pastoreo y
apenas han conseguido activar la agricultura»
(Alagón, 2006). Formas complementarias de vida,
productos complementarios: necesidad de intercambios.
Precisamente, los restos
megalíticos constituyen auténticas hojas
de ruta de los itinerarios empleados habitualmente por
los primitivos trashumantes y arrieros y que, en cierta
medida, han estado vigentes hasta hace apenas unos años.
El fenómeno megalítico ha sido muy estudiado
en el ámbito pirenaico catalán, navarro
y vasco (Pericot, 1950), pero ha recibido mucha menos
atención en la parte aragonesa. Y, sin embargo,
los estudios que se están llevando a cabo en
estos últimos años ponen de manifiesto
que la riqueza megalítica del Alto Aragón
es similar a la de otras zonas vecinas (Prames, 2007).
De hecho, en la provincia de Huesca existe una buena
colección de dólmenes y túmulos,
aunque algunos se encuentran en lugares de difícil
acceso y la mayoría están sin señalizar
convenientemente. Resulta revelador el testimonio de
Jesús Tornero, un ingeniero de montes que realizó
un proyecto de ordenación de pastos en Basarán
en 1957 y que, una vez finalizado, fue reclutado por
el también ingeniero Miguel Navarro Garnica para
participar en las labores de compra de pueblos y repoblación
forestal que entonces llevaba a cabo el Patrimonio Forestal
del Estado (PFE) en esta provincia. Tornero intervino
en numerosas actuaciones en el amplio espacio entre
Sobrepuerto y el valle de Nocito, y nos contaba que
en su labor identificaron numerosísimos megalitos
o restos megalíticos que lamentablemente no fueron
ni señalizados ni mucho menos estudiados. Muy
pocos se salvaron del anonimato y, entre ellos, destaca
el dolmen de Ibirque (Caseta de las Brujas), descubierto
en 1949 por el citado Miguel Navarro (Figura 11).

Figura 11. Caseta de las brujas o dolmen
de Ibirque, con Guara al fondo.
Lugar de paso, con grandes vistas y gran control del
territorio. Juan M. Rodríguez.
Aún así,
perduran notables huellas del megalitismo neolítico
en algunas zonas del Alto Aragón. En general,
suelen tener dos tipos de ubicaciones; la primera comprende
las cabeceras de grandes valles donde se ubican los
pastos estivales (valle de Tena, Alto Valle de Aísa,
Zuriza, Oza-Guarrinza…), lo que atestigua la presencia
del hombre en las tierras más altas desde tiempos
prehistóricos (Figura 12). Este tipo de megalitos
parece íntimamente ligado a la actividad pastoril.
No es casualidad que, en estas zonas, megalitos, túmulos
y cámaras dolménicas se entremezclen con
mallatas y cabañas utilizadas por pastores contemporáneos
(Figura 13). Tampoco lo es la afición de estos
mismos pastores a construir círculos de piedra
y pilones (Figura 14).

Figura 12. Dolmen de Aguas Tuertas a
la orilla del Aragón Subordán.
Juan M. Rodríguez.

Figura 13. Túmulo y construcción
pastoril en el camino al puerto de Acherito.
Juan M. Rodríguez.

Figura 14. Pilón de origen pastoril
entre los puertos de Otal y Yosa de Broto. Un mirador
excepcional. Juan M. Rodríguez
Actualmente los piensos
compuestos y las distintas presentaciones de la sal
solucionan los requisitos minerales del ganado; sin
embargo, el aporte de sal al ganado era una actividad
esencial para la economía de la montaña
hasta hace apenas unas décadas. Testigo de ellos
son algunos topónimos del Alto Aragón
que hacen alusión a los lugares donde se suministraba
sal al ganado o las famosas piedras de la sal, como
las de Escartín, en la que cada casa depositaba
la sal para sus animales (Figura 15). En los corrales
de los aborrales o de las parideras de Tierra Baja también
era constante la presencia cercana de grandes piedras
planas (saleras), con el mismo fin. Almagro
(1942), haciendo referencia a los megalitos de Guarrinza,
describe una práctica que ha persistido hasta
la actualidad:
«Megalito
VI. Se aprecian en él toda la serie de enormes
losas que le circundaron, algunas de las cuales todavía
están en pie, pero hallándose en la actualidad
la mayor parte de tales piedras tiradas en el suelo,
unas por la acción del tiempo y otras por los
pastores que las han derrumbado para aprovechar su superficie
plana como poyo donde dar sal a los rebaños,
pues tal cabezuelo es sumamente a propósito para
reunir ganados con tal fin. Así hoy se aprecian
dichas piedras caídas en círculo y como
mesas donde toma la sal el ganado…
Megalitos
VII y VIII. Lo forman dos círculos de piedras
casi perfectos, de los cuales se aprecia la forma clara
por las losas que aún perduran, unas derechas
aún, otras caídas y otras derribadas,
con idéntico fin de servir de mesas de sal para
los ganados…».
Esta estampa se sigue observando todos los años
en los pastos estivales de Góriz y de tantos
otros rincones del Pirineo aragonés (Figura 16)
mientras que en otros sitios se recurre a métodos
más modernos, como el empleo de helicópteros
(Figura 17).

Figura 15. Piedras de la sal (Escartín,
Sobrepuerto). Juan M. Rodríguez.

Figura 16. Antonio López (Casa
Ballarín, Ligüerre de Ara) suministrando
sal a su ganado en Góriz (julio, 2007). Juan
M. Rodríguez.

Figura 17. Suministro de sal para el
ganado con helicóptero en los valles pirenaicos.
Fondos UCM.
El segundo tipo de
ubicación de megalitos coincide con zonas de
paso más o menos obligado para rebaños
e intercambios de mercancías: Arén, Aler,
Tramacastilla, Piedrafita, Santa Elena (Biescas), Ibirque,
Pardina de Orlato, Nocito, Belsué, Rodellar/Nasarre,
Panzano, Arcusa, Paúles de Sarsa, Almazorre….
(Figura 18). Estas localizaciones parecen más
entroncadas con el afán perenne del hombre por
señalizar sus vías de comunicación
y anticipan la llegada de los miliarios romanos e, incluso,
de los mojones de piedra que aún jalonan algunas
carreteras y cabañeras. Aquí los megalitos
no son los únicos vestigios del viejo trasiego
humano entre la montaña y el llano, sino que,
como se ha comentado anteriormente, se encuentran acompañados
de una importante red de cuevas y abrigos, con restos
de ocupación humana desde el epipaleolítico
hasta la Edad de Bronce y abundantes pinturas rupestres.
Estas pinturas nos dan otra pista ya que «podemos
vincular la localización de los abrigos pintados
y el paisaje en posiciones dominantes con gran control
visual y fácil defensa. Lugares vinculados a
puntos de agua, pasos obligados en parajes de difícil
acceso y accidentes topográficos excepcionales.
Se puede plantear una complicada red de comunicaciones
o caminos que conectan todos estos sectores»
(Alagón, 2006).

Figura 18. Dolmen La Caseta de las Balanzas,
en Almazorre. Juan M. Rodríguez.
Aunque la interpretación
de los megalitos ha sido y es objeto de controversia,
actualmente se tiende a relativizar su función
funeraria y a enfatizar su relación con la trashumancia
y el comercio a la vez que se señala la necesidad
de desentrañar su papel en la ocupación
del suelo pirenaico (García, 2001). En cualquier
caso, es a partir del período megalítico cuando
se pone de manifiesto la voluntad de los pueblos por
señalizar y delimitar el espacio en el que se
enmarcan sus actividades. El control de los escasos
puntos de paso entre, por ejemplo, las dos vertientes
de una sierra crearían un circuito para un tránsito
continuo y creciente de personas, ganado, mercancías
e información (García, 2001). Los dólmenes
y túmulos son tanto tumbas como elementos señalizadores
y su emplazamiento ha sido escogido siempre con sumo
cuidado, privilegiando una perspectiva concreta y en
relación sistemática con lugares de tránsito.
No es casualidad que, precisamente desde ese momento
se puedan documentar con claridad contactos que implican
el intercambio de materias primas y elementos ideológicos
(Garde, 2001).
Realmente, el sistema
viario pastoral-arrieril era bastante más complejo
y diversificado de lo que se tiende a pensar en la actualidad.
Se trazaron interconexiones y enlaces entre vías
y llegaron a convertirse en una compleja y dinámica
red de vasos comunicantes. Grandes arterias y venas
con numerosos capilares que mantenían en contacto
unas con otras. Las últimas investigaciones apuntan
hacia una intensa circulación de ganado y mercancías
mediante conexión de las vías pecuarias
y políticas de intercambio y amistad (García,
2001).
La asociación
entre vías de comunicación y megalitos
no es exclusiva del Alto Aragón, sino que está
extendida por toda la Península Ibérica
e incluye corredores comunes a comercio y trashumancia,
pero también muchos otros que nunca se emplearon
para el tránsito de rebaños trashumantes.
El Camino de los Arrieros del Concejo de Ortigueira
(La Coruña) es un buen ejemplo. La información
turística dice que “discurre
a lo largo de unos 40 Km. por una vía
de tránsito natural, que une
As Pontes con el puerto de Bares atravesando
las sierras de A Faladoira y A Coriscada. Este
camino ha sido empleado desde la prehistoria
como vía de intercambio comercial.
Presenta también una red de vías
transversales que descienden a los pueblos de los alrededores.
La ruta aquí propuesta no abarca sus 40 Km.,
sino aproximadamente 6, en los que se encuentran cuatro
necrópolis tumulares, además
de miradores naturales. Para seguir
el camino original hay que tener en cuenta algunos puntos
básicos: 1) Discurre por una línea próxima
a la cima, pero siempre por su ladera
oeste, procurando las pendientes más
suaves. 2) Los promontorios se pasan por su
zona más elevada, que está mejor
drenada y permite una mayor visibilidad.
3) Va siempre próximo
a las necrópolis localizadas. Interés
arqueológico y paisajístico”.
Agradezco este párrafo anónimo a quien
lo hay escrito porque es difícil resumir de una
forma tan precisa y concisa las principales características
de los caminos que surcaron los arrieros por el mismísmimo
Alto Aragón. Caminos muy antiguos que conectaban
zonas separadas por barreras físicas pero con
producciones complementarias. Caminos que se intricaban
con las redes locales, de tal manera que llegaban hasta
la pardina más pequeña. Caminos que buscaban
el trazado más idóneo posible. Caminos
con una gran riqueza arqueológica y biológica.
4. Trashumantes
y arrieros: nómadas en un mundo sendentario
La trashumancia y la
arriería son dos actividades que surgen simultáneamente
como respuesta a las necesidades creadas durante la
revolución neolítica, período en el que
se establece un nuevo sistema socioeconómico
basado en el sedentarismo. Mientras que la agricultura
ha tenido un papel fundamental en la sedentarización
de los pueblos, la ganadería y el comercio ambulante
lo jugaron en la perpetuación de una forma de
vida semi-nómada a través de la trashumancia
y la arriería, respectivamente.
La mayor parte de las
actividades arrieriles y trashumantes suelen ser opacas
a la mirada del historiador. Su carácter móvil
o provisional hace que apenas dejen rastro arqueológico
y, desde el punto de vista institucional, su vida ha
tendido a regirse por los usos consuetudinarios: la
palabra dada, el apretón de manos y la memoria
de los testigos (si los hubiere). Solo se recurre a
la formalización de documentos escritos de forma
excepcional. Los historiadores descubren el reflejo
de los pastores y arrieros en la sociedad civilizada:
cuestiones de propiedad, derechos de paso y de pasto,
pagos en aduanas, testamentos y donaciones. Pero, raramente,
asoman en esos testimonios su quehacer cotidiano, sus
aspiraciones, las dificultades de la actividad y la
repercusión cultural y social de su forma de
vida (Gómez- Pantoja, 2001).
Y, sin embargo, el
permanente movimiento pendular “montaña-tierra
baja” de arrieros y pastores ha jugado un
papel fundamental como agente de cambio y de riqueza
desde tiempos remotos. Aunque los historiadores de antaño
solían considerar que las invasiones fueron el
principal motor de cambio, ahora parece imponerse la
idea de que el intercambio social lento, de larga duración,
cumple igualmente y de modo mucho más creíble
ese papel de agente de difusión de ideas, modos
de vida y cultura. En este sentido, la trashumancia
y la arriería, con sus movimientos regulares
y sus rutas interconectadas, ocupan un lugar destacado
desde la Protohistoria y se les puede atribuir numerosas
concomitancias culturales, sociales y/o económicas
entre zonas distantes (Gómez-Pantoja, 2001).
En otras palabras, el desplazamiento regular de ganaderos
y arrieros entre zonas más o menos lejanas constituye
un vector más creíble que los grandes
y violentos desplazamientos de gentes a los que los
eruditos de los dos últimos siglos atribuían
el progreso de la Historia (Braudel, 1949). La cosmovisión
circular del arriero y del trashumante, a despecho de
las fronteras políticas y culturales, muestra
una continuidad histórica y una impronta vital
cuya influencia ha sido patente hasta hace apenas unas
décadas. Eran dos actividades que permitían
comparar formas de vida (“ver mundo”)
y, en consecuencia, fomentaban la asimilación/transmisión
de cualquier conocimiento que pudiera ser útil
(Galán y Ruiz-Gálvez, 2001; Gardes, 2001).
«El pastor en movimiento
vive en medios histórico-físicos distintos
en diferentes épocas del año. Esta ha
sido su fuerza y su grandeza. También su debilidad»
(Caro Baroja, 1988). Las mismas palabras son aplicables
a los arrieros.
Obviamente, estos movimientos
se hacían en unas épocas en la que no
existían ni los medios de transporte de masas
ni los medios de comunicación de los que disponemos
en la actualidad. De hecho, se trataba de épocas
“bipolares” en las que mientras
unas personas cubrían cíclicamente distancias
largas, otras morían sin apenas haber salido
de los límites de su municipio o de los municipios
más cercanos. De ahí la importancia social,
cultural y económica de los seminómadas.
Dieste (2003) recoge
un chascarrillo que le transmitió un informante
y que describe gráficamente la situación:
«Una mesacha de Otal,
Dios que cuestarruzios que te quitan el pulso, subió
en romería hasta la ermiteta de San Benito, que
estaba a caballo de los montes y al esgollarriar desde
allí los paisajes lueñizos que se beyeban
cata ta toz los cabos, se quedó con agüilla
en os ojos y exclamaba… ¡no podríais
saber o grande que es el mundo niñas!».
El informante, procedente de Lárrede, deseaba
enfatizar el aislamiento de Otal y otros pueblos de
Sobrepuerto desde una perspectiva actual. Sin embargo,
hasta la construcción de carreteras en los años
30 del siglo pasado, la situación de Otal era
equiparable a la de muchos otros pueblos del Alto Aragón:
todos formaban parte de una densa red de caminos con
un tránsito más o menos fluido de personas
y animales (Figura 19). Si el informante pudiera viajar
algunas décadas en el tiempo se asombraría
al ver como alguna que otra casa de Lárrede tenía
que recurrir a los préstamos de Casa Cosme de
Cortillas (¡allá en el Sobrepuerto!) para
salir adelante. ¡Otros tiempos!

Figura 19. El Alto Aragón, una
densa red de pueblos y caminos en el mapa incluido en
el libro de Asso (1798).
5. Referencias
Alagón, A. 2006.
Prehistoria y antigüedad. En: Severino Pallaruelo
(Coord.), Comarca de Sobrarbe. Colección
Territorio 23, pp. 85-94. Diputación General
de Aragón, Zaragoza.
Almagro, M. 1942.
La cultura megalítica en el Alto Aragón
(I). Ampurias, 4: 155-169.
Asimov. I. 1986. Vida
y Tiempo. Plaza & Janés, Barcelona.
Asso, I. de. 1798.
Historia de la Economía Política de
Aragón. Zaragoza.
Baldellou, V., Painaul
A., Calvo M.J., Ayuso, P. 1996. Las pinturas rupestres
de Remosillo en el Congosto de Olvena (Huesca).
Bolskan, 13: 173-216.
Beltrán, A. 2001. Divagaciones sobre el arte
postpaleolítico español. Quaderns
de Prehistòria i Arqueologia de Castelló,
22: 33-43.
Beltrán, A.
1993. Arte Prehistórico en Aragón.
Ibercaja, Zaragoza.
Braudel, F. 1949.
La Méditerranée et le monde méditerranéen
à l’époque de Philippe II,
vol. I. Librairie Armand Collin, París.
Caro Baroja, J. 1988.
Prólogo. En: García Martín, P.,
La ganadería Mesteña en la España
Borbónica (1700-1836), p. 13. MAPA, Madrid.
Dieste, J. 2003. Apodos
altoaragoneses. Serrablo, 127: 10-12.
Galán, E. y
Ruiz-Gálvez, M. 2001. Rutas ganaderas, transterminancia
y caminos antiguos. En: Los Rebaños
de Gerión. Pastores y Trashumancia en Iberia
Antigua y Medieval, p. 263-278. Casa de Velázquez,
Madrid.
García, P.
2001. La principal sustancia destos reynos. De la trashumancia
premesteña en la Península Ibérica
En: Los Rebaños de Gerión. Pastores
y Trashumancia en Iberia Antigua y Medieval, p.
1-19. Casa de Velázquez, Madrid
Gardes, P. 2001. La
problématique de la transhumance protohistorique.
L’exemple des Pyrénées occidentales.
En: Los Rebaños de Gerión. Pastores
y Trashumancia en Iberia Antigua y Medieval, p.
279-311. Casa de Velázquez, Madrid.
Giedion, S. 1981.
El Presente Eterno. Los Comienzos del Arte. Alianza
Editorial, Madrid.
Gómez-Pantoja,
J. 2001. Pastio agrestis. Pastoralismo en Hispania
romana. En:
Los Rebaños de Gerión. Pastores y
Trashumancia en Iberia Antigua y Medieval,
p. 177-213. Casa de Velázquez, Madrid.
Pericot, L. 1950.
Los Sepulcros Megalíticos Catalanes y la
Cultura Pirenaica. Consejo Superior de Investigaciones
Científicas, Instituto de Estudios Pirenaicos,
Barcelona
Prames, 2007. Megalitos
del Alto Aragón. Prames, Zaragoza.
|