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Una vida en el camino:
 
2. El origen de la arriería: ¿de trashumantes a arrieros?
  Juan Miguel Rodríguez Gómez
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«Yo me hice amigo de él y de su boca aprendí muchas de esas cosas raras que solo saben los vagabundos. Por ejemplo, que nunca puedes decir que no volverás a un sitio y que la mejor novela está escrita en los caminos». Julio Llamazares. La nieve de octubre. El País, 19 de marzo de 1991.

1. Un repaso a las pinturas rupestres de Guara: de la caza a la ganadería

Las paredes de los espectaculares cañones de la sierra de Guara albergan un conjunto de pinturas rupestres único en el mundo. En sus abrigos rocosos (Figuras 1 y 2) se esconden representaciones que recorren todo el abanico estilístico de la Prehistoria, desde el arte paleolítico al esquemático, pasando por las manifestaciones más septentrionales de arte levantino en la península ibérica. Estas pinturas están datadas entre el 22.000 y el 1.500 a. C. y constituyen una auténtica crónica de los cambios climáticos que sufrió la zona y de los cambios culturales y socioeconómicos que experimentaron las personas que la habitaban, claves para entender el surgimiento de los arrieros.

Figura 1. El Vero: un libro abierto de la transición del Paleolítico al Neolítico.
Tozal de Mallata. Juan M. Rodríguez.


Figura 2. Entorno de la cueva de Fuente del Trucho y de las covachas de Arpán.
Al fondo y a la izquierda, Alquézar. Juan M. Rodríguez.

Las primeras pinturas se realizaron en el Paleolítico Superior, hacia el 25.000 a. C. y se extienden hasta aproximadamente el 10.000 a. C. Durante este período, los autores de las pinturas de la Fuente del Trucho (Figura 3), la única muestra de este tipo de arte en Aragón, vivían en el interior de cuevas para protegerse del intenso frío glaciar. Su subsistencia se basaba en la caza, la pesca y la recolección, lo que implicaba una vida nómada, subordinada a las variaciones estacionales y, en consecuencia, a la migración de las especies cinegéticas (caballos, cabras, ciervos…). Durante todo este período, los animales con los que comparte su ecosistema son sagrados, los ídolos indiscutibles, de los que depende y a los que se admira. Se trata de una iconografía eminentemente zoomórfica: las representaciones realistas de animales constituyen el tema fundamental del arte Paleolítico Superior (Giedion, 1981). Incluso el chamán (el mago-artista) intentaba aprehender los rasgos animales: iba vestido con pieles, llevaba máscaras y cornamentas y se movía imitando sus movimientos (¿el origen de la danza?). En contraste, las figuras humanas son escasas y muy poco elaboradas en comparación con las de animales. La mujer no aparece en ninguna pintura de este período.

Estas pinturas se realizan en cuevas profundas y se localizan en habitáculos recónditos, donde las numerosas siluetas se acumulan unas sobre otras. Resulta evidente que no estaban destinadas a la exhibición pública, sino que estaban reservadas para los iniciados en los secretos de la cueva y/o de la pintura. Las figuras se distribuyen sobre un espacio libre e irregular, sin segundo plano, sin línea de suelo ni de horizonte. Los animales se confrontan, sin mantener las mismas proporciones de tamaño, e incluso con frecuencia se superponen en un mismo lugar. Este hecho ha llevado a pensar que el acto de pintar es un ritual mágico, que se lleva a cabo sobre un lugar de características sagradas, de ahí que se reutilice periódicamente. La regularidad de los repintes insinúa la posible regulación a través de rudimentarios calendarios (ciclos astronómicos, migraciones animales, etc.). En cualquier caso, el significado se nos escapa a pesar de las numerosas interpretaciones que se han dado hasta la fecha.

Figura 3. Arte Paleolítico en la Cueva del Trucho. Fondos UCM.

Por otra parte, resulta cada vez más evidente que el arte paleolítico responde a unas condiciones de vida muy particulares, de tal manera que podemos encontrar puntos comunes entre las expresiones gráficas de los lejanos cazadores paleolíticos y las recientes de pueblos cazadores actuales como los esquimales del Ártico, los aborígenes de la zona septentrional de Australia o los bosquimanos del África Austral. Es decir, a pesar de la distancia en el espacio o en el tiempo, habría que hablar de un arte de cazadores, nacido de un tipo de lucha por la supervivencia en la que la caza es una constante obsesiva (Beltrán, 1993; 2001).

En el período Epipaleolítico, hacía el 10.000 a. C., el clima de la Península Ibérica comienza a ser bastante más benigno y los glaciares inician un progresivo retroceso, hecho que constituye el pistoletazo de salida para un cambio sin precedentes en la forma de vida humana. Las grandes estepas de la Era Glaciar se empiezan a cubrir con bosques, provocando la emigración o extinción de ciertas especies animales que estaban adaptadas a las frías condiciones glaciales y que constituían parte esencial de la dieta del hombre. Los grupos humanos, hasta entonces cazadores-recolectores, tuvieron que adaptarse a un nuevo modo de vida y a elaborar nuevas estrategias, técnicas y herramientas de subsistencia. La retirada de los glaciares hacia el norte dejó libres muchas tierras que empezaron a ser ocupadas por el hombre. Ante la posibilidad de nuevos territorios aprovechables, los grupos se diseminaron apareciendo los primeros asentamientos estacionales, aunque el cambio no fue drástico ni repentino. En este contexto, y hacia el 8.000 a. C., se inicia el estilo artístico conocido como levantino que se prolongará hasta el 4.000 a. C. Los conjuntos pictóricos levantinos evolucionan gradualmente desde las figuras naturalistas relacionadas con el arte paleolítico hasta los signos esquemáticos sincrónicos de las culturas del Neolítico y la Edad de Bronce.

Las pinturas levantinas, como las de Arpán (Figura 4), Chimiachas (Figura 5) o Muriecho, se diferencian de las precedentes en que no se realizan en lo más recóndito de una cueva, sino en abrigos naturales, casi expuestas a la vista. En estos abrigos se originó y desarrolló el arte de un pueblo todavía cazador pero que ya andaba inmerso en escarceos con unas prácticas agropecuarias rudimentarias. El hombre dejaba de ser depredador/carroñero para convertirse en productor de sus propios alimentos, un proceso gradual y secuencial que, en lo referente a los animales, implicó las siguientes etapas: (1) captura; (2) cautividad; (3) domesticación; (4) pastoreo; (5) cría; y (6) explotación (Beltrán, 1993). Se asistía a una de las revoluciones más profundas que haya sufrido la relación del hombre con el mundo: el destronamiento del animal.

Figura 4. Arte Levantino en las covachas de Arpán. Juan M. Rodríguez.

La naturaleza pasa de ser el hábitat del hombre, donde vive en equilibrio con otras especies, a verse como un conjunto de recursos económicos que deben ser convenientemente gestionados. En la pintura se manifiesta con una presencia obsesiva de la figura humana en escenas que ofrecen una gran sensación de movilidad y que llegan a ser muy complejas. El hombre se convierte en protagonista de multitud de escenas de caza o guerra, danzas o actividades de recolección e, incluso, de faenas de pastoreo al final de este período. Algunos autores han sugerido que la aparición de escenas de lucha podría ser reflejo de una creciente competitividad entre los grupos por el control de los recursos alimentarios. La economía de producción y la sedentarización se abrían paso a marchas forzadas. Entonces pudieron nacer los primeros poblados estables dotados de un urbanismo elemental.

Figura 5. Arte Levantino en las covachas de Chimiachas. Juan M. Rodríguez.

Finalmente, el arte esquemático se desarrolló entre el 5.000 y el 1.500 a. C. (Neolítico) y, durante el primer milenio de su existencia, convivió con el estilo levantino, del que en ocasiones es difícil diferenciar. Los enclaves en los que aparece el arte esquemático son muy similares a los que acogían el estilo levantino. Se continúa pintando al aire libre, en pequeños abrigos apenas protegidos. Precisamente, este estilo es el más abundante en Huesca, con una cincuentena de estaciones localizadas. Globalmente, en este período ya se ha producido una completa transformación de los sistemas económicos, sociales y espirituales.

La agricultura necesita del establecimiento de los pueblos en un lugar fijo y esto conlleva el aumento de individuos que forman los distintos grupos humanos, que se organizan en nuevas formas jerárquicas. La densidad de la población mundial antes de la Revolución Neolítica no supera los diez millones de habitantes, pero, con el advenimiento del sedentarismo, llega a alrededor de 300 millones hace 4.000 años. El hombre depredador y carroñero que antes había consumido en un pequeño margen de tiempo los alimentos que conseguía, se ha convertido en agricultor y ganadero, y logra producciones que le permiten acumular excedentes. El nuevo ciclo vio aparecer conceptos hasta entonces inexistentes como la posesión de tierras, la colonización o el comercio.

El sintetismo y la abstracción son las características más destacadas del arte de este período. Las figuras humanas aparecen con forma de ancla, cruces, líneas simples, etc., en escenas de caza, recolección, luchas reales o simuladas, danzas de arqueros, bailes de mujeres y hombres, etc., y en muchos casos portan utensilios (arcos, flechas, cestos, escalas…). Los animales se representan con la misma fórmula, en la que únicamente podemos distinguir su condición de cuadrúpedos. Otra de las principales novedades es la aparición de signos abstractos, cuyos códigos de interpretación desconocemos. Pero, además, ya se hace evidente la nueva situación productiva y tecnológica: aparecen escenas de domesticación y pastoreo, así como diversos instrumentos utilizables en labores agrícolas. Por ejemplo, en el grupo de abrigos de Mallata, Gallinero y Barfaluy, en los acantilados del Vero, destacan escenas en las que aparecen personajes que sujetan cuadrúpedos con cuerdas o directamente por el hocico (Figuras 6 y 7).

Figura 6. Arte esquemático en el Tozal de Mallata. Juan M. Rodríguez.

Figura 7. Arte esquemático en las covachas de Gallinero. Juan M. Rodríguez.

Fuera del entorno del río Vero, pero en sus cercanías, cabe destacar las primeras representaciones esquemáticas de carros en La Puebla de Castro (Baldellou et al., 1996) (Figura 8), y cuadrúpedos y signos en Estadilla (Figura 9). En otros lugares de Aragón, como en el abrigo de los Borriquitos de El Mortero (Alacón, Teruel), aparecen posibles escenas de doma y monta de asnos. En conclusión, las primeras representaciones nos hablan de gente cazadora-recolectora y nómada mientras que unos pocos miles de años después se refieren a una sociedad sedentaria que practica la agricultura y la ganadería (Figura 10).

Figura 8. Posibles representaciones de carros en El Remosillo (La Puebla de Castro). Fondos UCM.

Pese a los notables adelantos en técnica pictórica durante el final del Neolítico, el desarrollo de nuevos materiales condujo a cierto abandono de esta actividad en favor de las construcciones megalíticas, la escultura, la cestería, la actividad textil y la cerámica. Esta última fue particularmente importante, habiéndose encontrado ejemplares similares en regiones muy diversas. Entre los rasgos comunes en las piezas destacan la decoración simple de triángulos, espirales, líneas onduladas y otros motivos geométricos; no obstante, la cerámica adopta distintas formas (de cesta, calabaza, campana o sacos de piel) dependiendo de la zona particular que la origine. Una de las tipologías más espectaculares es la cerámica neolítica campaniforme, de origen ibérico y que logró extenderse a toda Europa. Precisamente, las primeras noticias sobre alfarería en Naval aparecen ya en esta época y todo parece indicar que, en esta localidad, alfarería, salinas y arriería tuvieron un desarrollo paralelo.

Figura 9. Arte esquemático (cuadrúpedo, signos) en Estadilla. Juan M. Rodríguez.

Figura 10. Presencia humana en el Vero: arte rupestre y arnales en Barfaluy. Juan M. Rodríguez.

2. Sí, pero… ¿qué tiene que ver todo esto con los trashumantes?

La necesidad de sal de un animal depende de su dieta. Así, los animales que ingieren exclusiva o mayoritariamente carne tienen satisfechas sus necesidades de los dos elementos (Na+, Cl-) que proporciona la sal (cloruro sódico: NaCl). Sin embargo, la situación es distinta en los animales que se alimentan exclusivamente de vegetales, para los que resulta imprescindible la ingestión de sal con una cierta periodicidad. En principio, esto no supone ningún problema para los animales en libertad ya que existen lugares en los que la sal se encuentra en la superficie de la tierra y los herbívoros se desplazan a esos lugares para lamerla. Para ellos, las “lamidas de sal” son tan necesarias como el alimento y el agua. Pero cuando las poblaciones humanas se hacen sedentarias, los movimientos del ganado quedan restringidos y no tienen acceso libre a los salares.

Los seres humanos somos omnívoros y nuestras necesidades de sal dependen igualmente de nuestra dieta. Los cazadores paleolíticos seguían a las manadas y, si era necesario, recurrían a las mismas fuentes de sal. No obstante, su dieta era eminentemente cárnica, con lo que las deficiencias serían poco comunes. Mientras una persona coma cantidades adecuadas de carne asada procedente de la caza o de los animales de abasto y consuma leche u otros productos lácteos, como los quesos, tendrá cubierta su necesidad de sal. Sin embargo, cuando los cereales y otros productos de origen vegetal se convirtieron en el principal componente de la dieta, tal como sucedió en el Neolítico, las cosas cambiaron.

La situación se agravó cuando los avances en las técnicas alfareras hicieron posible la cocción de los alimentos ya que, con esta técnica culinaria, la carne pierde gran parte de su sal. Con una dieta así se llegaría a producir la muerte de una persona por déficit de sal. En consecuencia, es la necesidad de sal la que impulsó al hombre neolítico a salar sus comidas, notando que, además, mejoraba su sabor y permitía su conservación durante largos períodos de tiempo. Este descubrimiento alargó la disponibilidad de la carne y sus derivados tras el sacrificio de los animales, como se sigue poniendo de manifiesto en las matacías actuales, e incluso se ha sugerido que fue una de las causas que permitieron el crecimiento de la población humana (Asimov, 1986).

En resumen, una vez llegados al Neolítico, la sal se convierte en un seguro de vida o, mejor dicho, su carencia pasa a ser un seguro de muerte; en consecuencia, había que asegurar un suministro continuo de este mineral. La sedentarización de las comunidades humanas hizo que los viajes periódicos en busca de sal, a veces largos y peligrosos, se convirtieran en una labor poco atractiva y eminentemente anti-económica si afectaban a muchos de sus miembros. Sin embargo, la suma de otros acontecimientos neolíticos ofreció una solución aceptable a este problema:

  • La cría y doma de asnos, primero, y caballos, después, junto con el inicio de la cría mular, proporcionan medios de transporte más rápidos y con mayor capacidad de carga.
  • Las actividades cesteras, textiles y alfareras proporcionan recipientes adecuados para su transporte.
  • El aumento de los asentamientos estables propicia la creación de una red de vías de comunicación entre ellos, las zonas de pastoreo y las de abastecimiento de sal.
  • Se empiezan a explotar las salinas, entre ellas las de Naval (Edad de Bronce).
  • La producción organizada de sal genera grandes excedentes que se pueden comercializar.
  • Empiezan a existir excedentes de otros productos agroalimentarios (cereales, vino, aceite, frutos secos, quesos, pieles…) que es necesario intercambiar.

Todo ello supuso un caldo de cultivo idóneo para el surgimiento de una figura que fue clave en el comercio durante siglos y siglos: los arrieros.

 

3. Megalitos: ¿los mojones del Neolítico?

El inicio de la trashumancia como práctica ganadera y la aparición de los primitivos arrieros fueron frutos neolíticos. Pero también la construcción de monumentos megalíticos, entre los que destacan menhires, dólmenes, túmulos y crónlechs. «Los artífices del fenómeno megalítico serán grupos humanos neolitizados con claros procesos de domesticación y condicionados por la trashumancia. Se observa una marcada dicotomía entre las formas de vida de la tierra llana y la montaña. Con la agricultura en el llano como piedra angular del sustento (hallazgos de molinos de mano y hojas de hoz de sílex con pátina de cereal) y en la montaña pequeñas poblaciones que viven principalmente del pastoreo y apenas han conseguido activar la agricultura» (Alagón, 2006). Formas complementarias de vida, productos complementarios: necesidad de intercambios.

Precisamente, los restos megalíticos constituyen auténticas hojas de ruta de los itinerarios empleados habitualmente por los primitivos trashumantes y arrieros y que, en cierta medida, han estado vigentes hasta hace apenas unos años. El fenómeno megalítico ha sido muy estudiado en el ámbito pirenaico catalán, navarro y vasco (Pericot, 1950), pero ha recibido mucha menos atención en la parte aragonesa. Y, sin embargo, los estudios que se están llevando a cabo en estos últimos años ponen de manifiesto que la riqueza megalítica del Alto Aragón es similar a la de otras zonas vecinas (Prames, 2007). De hecho, en la provincia de Huesca existe una buena colección de dólmenes y túmulos, aunque algunos se encuentran en lugares de difícil acceso y la mayoría están sin señalizar convenientemente. Resulta revelador el testimonio de Jesús Tornero, un ingeniero de montes que realizó un proyecto de ordenación de pastos en Basarán en 1957 y que, una vez finalizado, fue reclutado por el también ingeniero Miguel Navarro Garnica para participar en las labores de compra de pueblos y repoblación forestal que entonces llevaba a cabo el Patrimonio Forestal del Estado (PFE) en esta provincia. Tornero intervino en numerosas actuaciones en el amplio espacio entre Sobrepuerto y el valle de Nocito, y nos contaba que en su labor identificaron numerosísimos megalitos o restos megalíticos que lamentablemente no fueron ni señalizados ni mucho menos estudiados. Muy pocos se salvaron del anonimato y, entre ellos, destaca el dolmen de Ibirque (Caseta de las Brujas), descubierto en 1949 por el citado Miguel Navarro (Figura 11).

Figura 11. Caseta de las brujas o dolmen de Ibirque, con Guara al fondo.
Lugar de paso, con grandes vistas y gran control del territorio. Juan M. Rodríguez.

Aún así, perduran notables huellas del megalitismo neolítico en algunas zonas del Alto Aragón. En general, suelen tener dos tipos de ubicaciones; la primera comprende las cabeceras de grandes valles donde se ubican los pastos estivales (valle de Tena, Alto Valle de Aísa, Zuriza, Oza-Guarrinza…), lo que atestigua la presencia del hombre en las tierras más altas desde tiempos prehistóricos (Figura 12). Este tipo de megalitos parece íntimamente ligado a la actividad pastoril. No es casualidad que, en estas zonas, megalitos, túmulos y cámaras dolménicas se entremezclen con mallatas y cabañas utilizadas por pastores contemporáneos (Figura 13). Tampoco lo es la afición de estos mismos pastores a construir círculos de piedra y pilones (Figura 14).

Figura 12. Dolmen de Aguas Tuertas a la orilla del Aragón Subordán.
Juan M. Rodríguez.

Figura 13. Túmulo y construcción pastoril en el camino al puerto de Acherito.
Juan M. Rodríguez.

Figura 14. Pilón de origen pastoril entre los puertos de Otal y Yosa de Broto.
Un mirador excepcional. Juan M. Rodríguez

Actualmente los piensos compuestos y las distintas presentaciones de la sal solucionan los requisitos minerales del ganado; sin embargo, el aporte de sal al ganado era una actividad esencial para la economía de la montaña hasta hace apenas unas décadas. Testigo de ellos son algunos topónimos del Alto Aragón que hacen alusión a los lugares donde se suministraba sal al ganado o las famosas piedras de la sal, como las de Escartín, en la que cada casa depositaba la sal para sus animales (Figura 15). En los corrales de los aborrales o de las parideras de Tierra Baja también era constante la presencia cercana de grandes piedras planas (saleras), con el mismo fin. Almagro (1942), haciendo referencia a los megalitos de Guarrinza, describe una práctica que ha persistido hasta la actualidad:

«Megalito VI. Se aprecian en él toda la serie de enormes losas que le circundaron, algunas de las cuales todavía están en pie, pero hallándose en la actualidad la mayor parte de tales piedras tiradas en el suelo, unas por la acción del tiempo y otras por los pastores que las han derrumbado para aprovechar su superficie plana como poyo donde dar sal a los rebaños, pues tal cabezuelo es sumamente a propósito para reunir ganados con tal fin. Así hoy se aprecian dichas piedras caídas en círculo y como mesas donde toma la sal el ganado…

Megalitos VII y VIII. Lo forman dos círculos de piedras casi perfectos, de los cuales se aprecia la forma clara por las losas que aún perduran, unas derechas aún, otras caídas y otras derribadas, con idéntico fin de servir de mesas de sal para los ganados…».

Esta estampa se sigue observando todos los años en los pastos estivales de Góriz y de tantos otros rincones del Pirineo aragonés (Figura 16) mientras que en otros sitios se recurre a métodos más modernos, como el empleo de helicópteros (Figura 17).

Figura 15. Piedras de la sal (Escartín, Sobrepuerto). Juan M. Rodríguez.

Figura 16. Antonio López (Casa Ballarín, Ligüerre de Ara) suministrando sal a su ganado en Góriz (julio, 2007). Juan M. Rodríguez.

Figura 17. Suministro de sal para el ganado con helicóptero en los valles pirenaicos. Fondos UCM.

El segundo tipo de ubicación de megalitos coincide con zonas de paso más o menos obligado para rebaños e intercambios de mercancías: Arén, Aler, Tramacastilla, Piedrafita, Santa Elena (Biescas), Ibirque, Pardina de Orlato, Nocito, Belsué, Rodellar/Nasarre, Panzano, Arcusa, Paúles de Sarsa, Almazorre…. (Figura 18). Estas localizaciones parecen más entroncadas con el afán perenne del hombre por señalizar sus vías de comunicación y anticipan la llegada de los miliarios romanos e, incluso, de los mojones de piedra que aún jalonan algunas carreteras y cabañeras. Aquí los megalitos no son los únicos vestigios del viejo trasiego humano entre la montaña y el llano, sino que, como se ha comentado anteriormente, se encuentran acompañados de una importante red de cuevas y abrigos, con restos de ocupación humana desde el epipaleolítico hasta la Edad de Bronce y abundantes pinturas rupestres. Estas pinturas nos dan otra pista ya que «podemos vincular la localización de los abrigos pintados y el paisaje en posiciones dominantes con gran control visual y fácil defensa. Lugares vinculados a puntos de agua, pasos obligados en parajes de difícil acceso y accidentes topográficos excepcionales. Se puede plantear una complicada red de comunicaciones o caminos que conectan todos estos sectores» (Alagón, 2006).

Figura 18. Dolmen La Caseta de las Balanzas, en Almazorre. Juan M. Rodríguez.

Aunque la interpretación de los megalitos ha sido y es objeto de controversia, actualmente se tiende a relativizar su función funeraria y a enfatizar su relación con la trashumancia y el comercio a la vez que se señala la necesidad de desentrañar su papel en la ocupación del suelo pirenaico (García, 2001). En cualquier caso, es a partir del período megalítico cuando se pone de manifiesto la voluntad de los pueblos por señalizar y delimitar el espacio en el que se enmarcan sus actividades. El control de los escasos puntos de paso entre, por ejemplo, las dos vertientes de una sierra crearían un circuito para un tránsito continuo y creciente de personas, ganado, mercancías e información (García, 2001). Los dólmenes y túmulos son tanto tumbas como elementos señalizadores y su emplazamiento ha sido escogido siempre con sumo cuidado, privilegiando una perspectiva concreta y en relación sistemática con lugares de tránsito. No es casualidad que, precisamente desde ese momento se puedan documentar con claridad contactos que implican el intercambio de materias primas y elementos ideológicos (Garde, 2001).

Realmente, el sistema viario pastoral-arrieril era bastante más complejo y diversificado de lo que se tiende a pensar en la actualidad. Se trazaron interconexiones y enlaces entre vías y llegaron a convertirse en una compleja y dinámica red de vasos comunicantes. Grandes arterias y venas con numerosos capilares que mantenían en contacto unas con otras. Las últimas investigaciones apuntan hacia una intensa circulación de ganado y mercancías mediante conexión de las vías pecuarias y políticas de intercambio y amistad (García, 2001).

La asociación entre vías de comunicación y megalitos no es exclusiva del Alto Aragón, sino que está extendida por toda la Península Ibérica e incluye corredores comunes a comercio y trashumancia, pero también muchos otros que nunca se emplearon para el tránsito de rebaños trashumantes. El Camino de los Arrieros del Concejo de Ortigueira (La Coruña) es un buen ejemplo. La información turística dice que “discurre a lo largo de unos 40 Km. por una vía de tránsito natural, que une As Pontes con el puerto de Bares atravesando las sierras de A Faladoira y A Coriscada. Este camino ha sido empleado desde la prehistoria como vía de intercambio comercial. Presenta también una red de vías transversales que descienden a los pueblos de los alrededores. La ruta aquí propuesta no abarca sus 40 Km., sino aproximadamente 6, en los que se encuentran cuatro necrópolis tumulares, además de miradores naturales. Para seguir el camino original hay que tener en cuenta algunos puntos básicos: 1) Discurre por una línea próxima a la cima, pero siempre por su ladera oeste, procurando las pendientes más suaves. 2) Los promontorios se pasan por su zona más elevada, que está mejor drenada y permite una mayor visibilidad. 3) Va siempre próximo a las necrópolis localizadas. Interés arqueológico y paisajístico. Agradezco este párrafo anónimo a quien lo hay escrito porque es difícil resumir de una forma tan precisa y concisa las principales características de los caminos que surcaron los arrieros por el mismísmimo Alto Aragón. Caminos muy antiguos que conectaban zonas separadas por barreras físicas pero con producciones complementarias. Caminos que se intricaban con las redes locales, de tal manera que llegaban hasta la pardina más pequeña. Caminos que buscaban el trazado más idóneo posible. Caminos con una gran riqueza arqueológica y biológica.

4. Trashumantes y arrieros: nómadas en un mundo sendentario

La trashumancia y la arriería son dos actividades que surgen simultáneamente como respuesta a las necesidades creadas durante la revolución neolítica, período en el que se establece un nuevo sistema socioeconómico basado en el sedentarismo. Mientras que la agricultura ha tenido un papel fundamental en la sedentarización de los pueblos, la ganadería y el comercio ambulante lo jugaron en la perpetuación de una forma de vida semi-nómada a través de la trashumancia y la arriería, respectivamente.

La mayor parte de las actividades arrieriles y trashumantes suelen ser opacas a la mirada del historiador. Su carácter móvil o provisional hace que apenas dejen rastro arqueológico y, desde el punto de vista institucional, su vida ha tendido a regirse por los usos consuetudinarios: la palabra dada, el apretón de manos y la memoria de los testigos (si los hubiere). Solo se recurre a la formalización de documentos escritos de forma excepcional. Los historiadores descubren el reflejo de los pastores y arrieros en la sociedad civilizada: cuestiones de propiedad, derechos de paso y de pasto, pagos en aduanas, testamentos y donaciones. Pero, raramente, asoman en esos testimonios su quehacer cotidiano, sus aspiraciones, las dificultades de la actividad y la repercusión cultural y social de su forma de vida (Gómez- Pantoja, 2001).

Y, sin embargo, el permanente movimiento pendular “montaña-tierra baja” de arrieros y pastores ha jugado un papel fundamental como agente de cambio y de riqueza desde tiempos remotos. Aunque los historiadores de antaño solían considerar que las invasiones fueron el principal motor de cambio, ahora parece imponerse la idea de que el intercambio social lento, de larga duración, cumple igualmente y de modo mucho más creíble ese papel de agente de difusión de ideas, modos de vida y cultura. En este sentido, la trashumancia y la arriería, con sus movimientos regulares y sus rutas interconectadas, ocupan un lugar destacado desde la Protohistoria y se les puede atribuir numerosas concomitancias culturales, sociales y/o económicas entre zonas distantes (Gómez-Pantoja, 2001). En otras palabras, el desplazamiento regular de ganaderos y arrieros entre zonas más o menos lejanas constituye un vector más creíble que los grandes y violentos desplazamientos de gentes a los que los eruditos de los dos últimos siglos atribuían el progreso de la Historia (Braudel, 1949). La cosmovisión circular del arriero y del trashumante, a despecho de las fronteras políticas y culturales, muestra una continuidad histórica y una impronta vital cuya influencia ha sido patente hasta hace apenas unas décadas. Eran dos actividades que permitían comparar formas de vida (“ver mundo”) y, en consecuencia, fomentaban la asimilación/transmisión de cualquier conocimiento que pudiera ser útil (Galán y Ruiz-Gálvez, 2001; Gardes, 2001). «El pastor en movimiento vive en medios histórico-físicos distintos en diferentes épocas del año. Esta ha sido su fuerza y su grandeza. También su debilidad» (Caro Baroja, 1988). Las mismas palabras son aplicables a los arrieros.

Obviamente, estos movimientos se hacían en unas épocas en la que no existían ni los medios de transporte de masas ni los medios de comunicación de los que disponemos en la actualidad. De hecho, se trataba de épocas “bipolares” en las que mientras unas personas cubrían cíclicamente distancias largas, otras morían sin apenas haber salido de los límites de su municipio o de los municipios más cercanos. De ahí la importancia social, cultural y económica de los seminómadas.

Dieste (2003) recoge un chascarrillo que le transmitió un informante y que describe gráficamente la situación: «Una mesacha de Otal, Dios que cuestarruzios que te quitan el pulso, subió en romería hasta la ermiteta de San Benito, que estaba a caballo de los montes y al esgollarriar desde allí los paisajes lueñizos que se beyeban cata ta toz los cabos, se quedó con agüilla en os ojos y exclamaba… ¡no podríais saber o grande que es el mundo niñas!». El informante, procedente de Lárrede, deseaba enfatizar el aislamiento de Otal y otros pueblos de Sobrepuerto desde una perspectiva actual. Sin embargo, hasta la construcción de carreteras en los años 30 del siglo pasado, la situación de Otal era equiparable a la de muchos otros pueblos del Alto Aragón: todos formaban parte de una densa red de caminos con un tránsito más o menos fluido de personas y animales (Figura 19). Si el informante pudiera viajar algunas décadas en el tiempo se asombraría al ver como alguna que otra casa de Lárrede tenía que recurrir a los préstamos de Casa Cosme de Cortillas (¡allá en el Sobrepuerto!) para salir adelante. ¡Otros tiempos!

Figura 19. El Alto Aragón, una densa red de pueblos y caminos en el mapa incluido en el libro de Asso (1798).

 

5. Referencias

Alagón, A. 2006. Prehistoria y antigüedad. En: Severino Pallaruelo (Coord.), Comarca de Sobrarbe. Colección Territorio 23, pp. 85-94. Diputación General de Aragón, Zaragoza.

Almagro, M. 1942. La cultura megalítica en el Alto Aragón (I). Ampurias, 4: 155-169.

Asimov. I. 1986. Vida y Tiempo. Plaza & Janés, Barcelona.

Asso, I. de. 1798. Historia de la Economía Política de Aragón. Zaragoza.

Baldellou, V., Painaul A., Calvo M.J., Ayuso, P. 1996. Las pinturas rupestres de Remosillo en el Congosto de Olvena (Huesca). Bolskan, 13: 173-216.

Beltrán, A. 2001. Divagaciones sobre el arte postpaleolítico español. Quaderns de Prehistòria i Arqueologia de Castelló, 22: 33-43.

Beltrán, A. 1993. Arte Prehistórico en Aragón. Ibercaja, Zaragoza.

Braudel, F. 1949. La Méditerranée et le monde méditerranéen à l’époque de Philippe II, vol. I. Librairie Armand Collin, París.

Caro Baroja, J. 1988. Prólogo. En: García Martín, P., La ganadería Mesteña en la España Borbónica (1700-1836), p. 13. MAPA, Madrid.

Dieste, J. 2003. Apodos altoaragoneses. Serrablo, 127: 10-12.

Galán, E. y Ruiz-Gálvez, M. 2001. Rutas ganaderas, transterminancia y caminos antiguos. En: Los Rebaños de Gerión. Pastores y Trashumancia en Iberia Antigua y Medieval, p. 263-278. Casa de Velázquez, Madrid.

García, P. 2001. La principal sustancia destos reynos. De la trashumancia premesteña en la Península Ibérica En: Los Rebaños de Gerión. Pastores y Trashumancia en Iberia Antigua y Medieval, p. 1-19. Casa de Velázquez, Madrid

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