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«¿Y
quién viaja por estas comarcas? Principalmente
los arrieros y sus largas recuas de mulas, adornadas
con campanillas de monótono tintineo. Vedlos,
con sus rostros atezados, sus trajes pardos, sus sombrerotes
gachos; ved a los arrieros, verdaderos señores
de las rutas de España, más respetados
en estos caminos polvorientos que los duques y los condes».
George Borrow, The Bible in Spain, 1843.
1. Introducción
Durante muchos siglos,
los arrieros fueron fundamentales para la economía
altoaragonesa. Sin embargo, hace apenas unas décadas,
desaparecieron por completo, en un proceso paralelo
al que sufrieron otros sistemas de transporte de mercancías:
«La
humanidad es como el árbol de hoja caduca. En
cada estación ha de renovar sus hojas, si no
quiere morir. Cada nueva cultura marca un cambio de
estación y trae nuevas profesiones y nuevas actividades,
que son como hojas, que se van sucediendo. El navatero
es una de esas hojas caídas, que no volveremos
a ver brotar, si no es a causa de algún cataclismo
que trastorne la marcha de la humanidad.
En
la época paleolítica, el que tenía
una mina de pedernal, tenía un tesoro; y el que
poseía el secreto de tallarlo, poseía
la llave de la vida. Pero pasó el tallador de
pedernal y así ha pasado también el navatero,
de la misma suerte que pasó el arriero navalés.
Dentro de poco, ya no sabrán explicarse la frase,
que aún dicen por la montaña al niño
que es castigado: - ¡Te vas a ver más apaleado
que burro navalés! (…) El navatero está
ya muerto como el paleolítico tallador de pedernal»
(Arcediano, 1954). Arrieros y navateros: un mismo final
y unos mismos sucesores: el ferrocarril y el camión
(Figura 1).

Figura 1. Puentes de
Olvena. Ayer y hoy: de arrieros a camioneros.
Juan M. Rodríguez.
Se fueron sin hacer
ruido y, tal es así, que resulta francamente
difícil encontrar testimonios de los últimos
que ejercieron en esta tierra, allá a mediados
del siglo XX. En las páginas de este libro irán
apareciendo desde los antiguos moros de Naval hasta
aquéllos con los que se extinguió este
oficio en el Alto Aragón y cuyos nombres aún
conservan un sitio en la memoria de los más mayores.
Mamón, Banastón, Cardelina, Susana,
Aguador, Fantova, Luquetas, Perús, Casolas, Tomasón,
Jabonero o Fabián volverán a salir
con sus caballerías por los antiguos caminos,
algunos convertidos en senderos, pistas o incluso carreteras.
Otros impracticables o desaparecidos. También
los antiguos mesones volverán a abrir sus puertas
para la ocasión y sabremos qué fue de
los últimos mesoneros. Recorreremos lugares míticos,
como Barranco Fondo, Sevil, Sescún o Cuello Bail,
en los que aún se conserva el viejo aroma de
la trashumancia y la arriería.
Volverán a nuestra
mente imágenes ya perdidas, como aquéllas
que describía Washington Irving a mediados del
siglo XIX: «Los peligros
del viaje [en España]
ponen asimismo de manifiesto un sistema de viajar semejante,
aunque en menor grado, al de las caravanas orientales.
Los arrieros o trajinantes, agrupados en convoyes, emprenden
la marcha en largas y bien armadas filas. Por este primitivo
procedimiento se realiza el comercio del país.
El arriero es el medio y el auténtico viajero
que cruza la Península desde los Pirineos y Asturias
hasta las Alpujarras, la Serranía de Ronda, e
incluso, hasta las puertas de Gibraltar. Vive frugal
y sobriamente; sus alforjas, por lo común de
burdo paño, guardan sus parcas provisiones, y
lleva además una bota de cuero, que pende del
arzón de la cabalgadura, con vino o agua, suministro
imprescindible cuando cruza los montes estériles
o las sedientas llanuras. La manta de la mula, tendida
en el suelo, es su lecho por la noche, utilizando la
albarda como almohada. Su corto, pero gallardo y vigoroso
aspecto, denota energía; de morena tez, tostada
por el sol; firme la mirada, pero la expresión
serena, excepto cuando se aviva por una súbita
emoción; de francos ademanes, varonil y amable,
nunca pasa sin pronunciar este grave saludo: ¡Dios
guarde a usted! ¡Vaya usted con Dios, caballero!
(…) Es asimismo muy pintoresco el tropiezo con
una fila de arrieros en un puerto de la montaña.
En primer lugar se oyen las campanillas de las mulas
de delante, que rompen con su sencilla melodía
la paz de las colinas; o quizás, la voz de un
arriero que grita a alguna bestia perezosa o salida
de la recua, o canta alguna balada tradicional con toda
la fuerza de sus pulmones. Ves, en fin, las mulas en
lentos zigzags a lo largo del escarpado desfiladero,
o bajando muchas veces tajos profundos hasta que su
silueta se perfile sobre el horizonte, o subiendo por
las simas ásperas y profundas abiertas a sus
pies» (Figura 2).

Figura 2. Recua de
machos atravesando un puerto en algún lugar del
Alto
Aragón. Autor desconocido. Fondos UCM.
2. ¿Quién
era un arriero?
El diccionario de la
Real Academia define arriero como todo aquél
que trajinaba con bestias de carga y nos recuerda que
esta palabra deriva de la interjección ¡arre!,
que es la voz empleada para hacer andar a los animales.
A acarrear géneros de un lugar a otro se ha dedicado
desde antiguo mucha gente, especialmente en los terrenos
montañosos en los que los vehículos a
motor no solo tardaron tanto tiempo en aparecer,
sino que, en ocasiones, solo lo hicieron cuando
los pueblos ya estaban deshabitados.
Por el Alto Aragón
han desfilado buhoneros, quincalleros y muchos otros
tipos de vendedores ambulantes. Sin embargo, entre los
del gremio, el término ARRIERO con mayúsculas
no se aplicaba a cualquiera, sino que denotaba un alto
grado de profesionalización y, en consecuencia,
quedaba reservado para aquéllos que reunían
una serie de características particulares, entre
las que destacan las siguientes:
(1) Se dedicaban exclusivamente
a esta actividad, siendo su fuente única o principal
de ingresos.
(2) Vendían
o trocaban productos de primera necesidad (aceite, vino,
vajilla, sal…), de los que eran deficitarios los
pueblos a los que acudían y, salvo excepciones,
no elaboraban los productos que comercializaban.
(3) Seguían
rutas más o menos fijas que recorrían
de forma cíclica. Estas rutas implicaban distancias
relativamente largas, por lo que pasaban mucho más
tiempo fuera que dentro de sus pueblos.
(4) Entre pueblo y
pueblo, siempre se detenían a comer o pernoctar
en los mismos mesones. Igualmente, en cada pueblo se
alojaban en una casa fija, que solo cambiaban en caso
de que ésta cerrara y sus habitantes migraran
a otro lugar. Por este motivo, no es de extrañar
que en las casas en las que paraban (y en muchas otras)
no se les considerase como meros comerciantes sino prácticamente
como parte de la familia.
(5) El hecho de contar
con una clientela fija, a la que veían periódicamente
y con la que existía una relación de familiaridad,
evitaba la tentación de vender productos en mal
estado o a precios abusivos.
En consecuencia, no
se consideraban arrieros a los agricultores o ganaderos
que, en ciertas circunstancias (épocas de menor
laboreo, ferias, mercados, romerías…) y
siempre de forma ocasional, aprovechan para llevar sus
productos (como, por ejemplo, frutas, hortalizas o zoquetas)
a los puntos de venta. Tampoco los que transportaban
su trigo o sus aceitunas al molino, los que bajaban
leña del monte ni los que arrimaban madera, losa
o piedras a una obra.
3. Entre la Tierra
Baja y la Montaña… centros arrieros
En el territorio oscense,
existen una serie de pueblos que servían de frontera
a dos mundos tan distintos como complementarios: La
Montaña y El Llano (Figura 3). Ninguno se podía
permitir el lujo de vivir a espaldas del otro ya que
ciertos productos básicos sobraban en una parte
mientras faltaban en la otra y viceversa. Por ello,
no es de extrañar que la zona “fronteriza”
se convirtiera en un excelente caldo de cultivo para
el desarrollo de una actividad arriera febril (Figura
4).

Figura 3. La divisoria
entre la Montaña y la Tierra Baja. Adaptado de
Lisón (1986).
La división
más conocida entre los habitantes de la provincia
de Huesca es la de la Montaña y la Ribera o Tierra
Baja, que la parte en dos mitades bien diferenciadas
(Lisón, 1986). Son entidades geográficas
intercomarcales tan definidas que, como vemos, se solían
y suelen escribir como nombres propios. Durante meses,
«el montañés
queda aislado de Tierra Baja, que en realidad es su
“extranjero”» (Andolz,
1988). En el pasado, los habitantes de las dos zonas
asumían esta distinción y consideraban
su modo de vida, costumbres y tradiciones diferentes
y, en cierto modo, incompatibles. De hecho, estas diferencias
fueron palpables a ojos de terceras partes cuando al
crearse los pueblos de colonización en el territorio
oscense se mezclaron colonos de ambas procedencias.
Las memorias sobre constitución de las nuevas
entidades municipales de Orillena, Curbe o San Lorenzo
del Flumen, por ejemplo, son elocuentes. Así,
en el apartado 13.2.1 de las mismas, y bajo el epígrafe
Características sociológicas de sus
habitantes se expone que «el
hecho de que sea tan diversa la procedencia hace que
se dificulte la convivencia; el distinto carácter
y costumbres de los de procedencia del Norte de la Provincia
de Huesca y de los del Sur de la misma provincia, ha
motivado problemas de adaptación».

Figura 4. «El
que trae lo uno, lleva lo otro para ganar también
en ello» (Arcediano
Domer, 1684). Los arrieros, nexo entre la Montaña
y la Tierra Baja. Adaptado de Lisón (1986).
El ya citado Lisón
recoge testimonios muy reveladores de ribereños
y montañeses, preguntados por las diferencias
entre ambos. En Camporrotuno le dicen que, «sí,
bueno, aquí nos consideramos montañeses,
lo que pasa [es que]
nosotros, por ejemplo, a los de Arcusa ya les decimos
pa’l caso montañeses, y a nosotros los
de Abizanda o los del otro pueblo de abajo, pues también.
Según con quien te juntas. De aquí p’arriba,
pa nosotros todos son montañeses pero nosotros,
si nos juntamos con cualquiera de Barbastro, Abizanda,
Naval, pues a nosotros nos consideran montañeses.
Los de Barbastro a los del Grado ya les dicen que son
montañeses. (…) O sea, a lo mejor los de
Barbastro los consideran a todos igual, pero nosotros
a ellos [los de los valles altos]
los consideramos como montañeses y nosotros como
si no lo fuéramos»; pero, bueno,
si hay que poner un límite en esta zona de Huesca,
la cosa estaba bastante clara «de
la sierra de Naval p’arriba, Montaña; de
la sierra de Naval p’abajo, Tierra Baja».
En Barluenga, cerca
ya de Huesca capital, la opinión era que «a
partir de Guara y Gratal es Montaña».
En Navarri, en la Baja Ribagorza, le decían que
«nos llaman montañeses,
pero no nos consideramos montañeses; ahí
ya hay un poco de discusión. Aquí llamamos
montañeses de Campo p’arriba; los de Campo
no, de ahí p’arriba».
Según los de Ayerbe, «la
Montaña comienza aquí mismo, a 10 kilómetros,
en Riglos, Bentué… Bolea y Loarre son Ribera,
pero ya están en las estribaciones. Y a los de
Riglos no se les dice Montaña pero en realidad
ya están. Hasta que no se llega a Jacetania no
es Montaña». Para otro de Ayerbe,
«el montañés
es de Puentelarreina p’arriba». En
Estiche, «la Montaña
empieza aquí en Graus. De Graus p’arriba,
sí». Para
los ansotanos, «la Tierra
Baja empieza por Ayerbe; sí, de Ayerbe para abajo».
En Borau, «la
Tierra baja de La Peña p’abajo. Bueno,
y eso de Larués y Bailo tampoco son montaña
ya. Ahí ya no nieva como aquí».
Según uno de Estopiñán
del Castillo, «los de
Alcampel nos dicen montañeses pero esto no es
Montaña. Aquí Montaña lo consideramos
de Arén p’arriba y Tierra Baja, pues Tamarite,
del Canal p’abajo».
Entre las diferencias
entre un montañés y un habitante del llano,
hay una que parece clave y definitoria: la trashumancia
(Lisón, 1986). Y es que «cuando
la trashumancia le abre al exterior, el montañés
comprueba que todos los otros montañeses son
sus compañeros de viaje por la vida, sus hermanos
de carácter, de lengua, de creencias, de costumbres…
y que los habitantes del llano son los extraños,
con una vida muy diferente de la suya y un concepto
de valores que implican un baremo completamente distinto.
En su tabla de valencias no significa lo mismo el trabajo,
el tiempo, la palabra dada, el sudor, la casa, la amistad,
el dinero, la broma, el orgullo…»
(Andolz, 1988).
En cualquier caso,
entre la Montaña más alta (Valles Altos:
Ansó, Hecho, Tena, Bielsa, Gistáu, Benasque…)
y la Ribera hay zonas intermedias (depresiones intermedias)
en las que siempre se suele considerar más montañés
al de más arriba, en el sentido de latitud (Figura
4). Incluso entre lugares cercanos, es más montañés
el de más alto, en el sentido de altitud.
Arnal Cavero (1953)
distinguía tres zonas (Montaña, Somontano
y Tierra Baja) y, aunque reconoce la dificultad para
establecer una separación clara, las define de
la siguiente manera: «¿Dónde
empiezan y dónde terminan la Montaña,
el Somontano y la Tierra Baja? ¿Y quién
puede señalar bien dónde empieza el pecado
mortal y dónde acaba el venial? ¿Y hasta
qué punto llega la falta y dónde empieza
el delito? Y… ¿qué anchura tiene
esa zona, esa tierra de nadie que hay entre la virtud
y el vicio?
Ayerbe, Bolea, Aguas, Labata, Casbas, Bierge, Adahuesca,
Alquézar, Colungo, Naval, El Grado, Graus, Benabarre…
podrían ser los puntos que determinasen una línea
convencional, algo sinuosa, imaginaria, que indicase
el límite meridional montañés y
el comienzo del Somontano. La Tierra Baja sería
todo el terreno que está a la derecha de la vía
férrea de Zaragoza a Barcelona, pasando
por Tardienta, Grañén, Sariñena,
Monzón, Binéfar…».
Dentro del polígono
delimitado por las carreteras Huesca-Barbastro, Barbastro-Naval-Aínsa,
Aínsa-Broto, Broto-Biescas, Biescas-Sabiñánigo-Jaca
y Jaca-Ayerbe-Huesca, y sobrepasada ya la primera mitad
del siglo XX, «los pueblos
se comunican por caminos de herradura y sendas de cabras;
a la romana hay trozos “calzados” todavía
y alguna piedra miliaria (güegas) se encuentra
en aquellos caminos antiquísimos, trazados en
roca viva, algunos. Los mulos, los machos, las “recuas”
son aún y han sido siempre los medios de locomoción
y transporte; los arrieros aún recorren pueblos
y aldeas alejados de la periferia por donde ya corren
los autos sobre las carreteras periféricas que
se indicaron. (…) Los arrieros llevan todavía
con sus recuas de machos y de burros cargas de géneros
a los pueblos montañeses a los que no llega el
camión ni el carro» (Arnal
Cavero, 1953).
Precisamente, en todas
las zonas de transición Montaña-Llano,
hubo numerosos núcleos con cierta tradición
arriera (Graus, Adahuesca, Alberuela de La Liena, Buera,
Colungo, Castilsabás, Bandaliés, Sipán,
la zaragozana Ruesta…); sin duda, entre todos
ellos, Naval brilló con luz propia, posiblemente
gracias a sus propias limitaciones para el desarrollo
agrario y ganadero. Madoz (1845), en su célebre
Diccionario, comenta que «el
terreno, aunque de reducida estensión, pues solamente
produce para la cuarta parte de los moradores, es de
buena calidad y bastante feraz, todo reducido, puede
decirse á cultivo sin que haya más monte
que el escasamente necesario para la manutención
y pasto del ganado abastecedor de carnes al público
y algunas cabras para leche (…). La cría
de ganado es insignificante, á causa de lo reducido
de su término para poder pastar». En
justa compensación, la industria (a través
de diversos oficios) y el comercio siempre fueron sectores
particularmente activos en Naval, tal y como describe
nuevamente Madoz: «además
de la agricultura hay diferentes fábricas de
bajilla de fuego de muy buena calidad (…); existen
muchos alpargaderos, una fábrica de jabón,
tres ó cuatro de aguardientes (…), un molino
harinero, varios herreros, tejedores, sastres, zapateros,
carpinteros y arrieros, siendo estos los que más
hacen brillar este ramo».
La naturaleza no fue
ajena a este desarrollo de los sectores secundario y
terciario pues dotó a Naval de tres grandes privilegios
que fueron sabiamente explotados: (1) arcilla de primera
calidad sobre la que se cimentó una importantísima
actividad alfarera, orientada hacia la ollería,
también conocida como cerámica de
fuego; (2) las salinas, «indisputablemente
de las mejores que se conocen en España»
(Madoz, 1845); y (3) un emplazamiento estratégico
para servir de conexión a la montaña y
al llano, lo que convirtió a la villa en un centro
arriero de primera magnitud. Durante varios siglos,
los arrieros navaleses constituyeron una auténtica
flota que llegaba hasta el último rincón
del Pirineo aragonés, además de a algunas
zonas del navarro, del leridano y del francés,
e incluso hasta las zonas costeras del sur de Francia
y del norte de España. Surcaron incansablemente
todos los caminos imaginables y este continuado ir y
venir se conserva aún en la memoria de los altoaragoneses
más mayores. Y no es de extrañar porque
fueron los máximos responsables de «la
extracción de la bajilla á todos los pueblos
de la izquierda del Ebro hasta el Pirineo, como también
de jabón, vino, aguardiente y otros, y la importación
de cáñamo para la fábrica de alpargatas»
(Madoz, 1845). Las partidas de nacimiento más
antiguas disponibles en el Ayuntamiento de Naval (años
1871 y 1872) indican, entre otros datos, los oficios
de los padres y abuelos, y muestran el gran porcentaje
de navaleses que se dedicaban a la arriería (Tabla
1). Así, entre un 32 y un 34% de los padres de
los niños nacidos en la villa esos dos años
se dedicaban a dicho oficio. Alquézar también
fue importante centro arriero, aunque a la sombra de
Naval. Así, entre su industria destacaban «varios
telares de lienzos ordinarios, la arriería y
el hilado de lana y estambre á que se dedican
gran número de mujeres, dos molinos harineros
y tres de aceite» mientras que el comercio se
circunscribía «al cambio de los artículos
sobrantes por otros que faltan para el consumo»
(Madoz, 1845). Desde luego, en esa última frase
se encierra todo el espíritu de la actividad
arrieril. Otros pueblos cercanos, citados anteriormente,
también contaron con algunos que otros vecinos
dedicados a la arriería, aunque, en cualquier
caso, su impacto sobre el intercambio de productos fue
menor.
Tabla 1. Arrieros de
Naval que figuran como padres o abuelos (p.: paterno;
m.: materno)
en las partidas de nacimiento del municipio (años
1871 y 1872).
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4. Cualidades de un arriero
La arriería era una
actividad en la que se mezclaban toda una serie de motivaciones:
la necesidad económica, la aventura y el riesgo, la
tradición, la habilidad, la picardía, la inteligencia,
el valor, las estrechas relaciones personales… En un
panel del Centro de Interpretación de la Alfarería
de Naval se exhibe un cartel moderno, con el título
«Se necesita arriero», en el que se consideran
como «imprescindibles» para el oficio
las siguientes cualidades: «fuerza física,
carácter, facilidad de palabra, disponibilidad para
viajar y capacidad de persuasión»; a cambio,
«se ofrece: pernocta en fondas decorosas, pago en especie
por comisión, posibilidad de conocer gente y una vida
de aventuras» (Figura 5). Se trata de un buen resumen,
a excepción de la, más que discutible, «pernocta
en fondas decorosas» ya que, en muchas ocasiones,
no pernoctaban en fondas y, cuando lo hacían, no todas
eran decorosas, ni siquiera desde la perspectiva de los sufridos
arrieros.

Figura 5. Se necesita arriero
… aunque el alojamiento casi nunca era muy
decoroso. Centro de Interpretación de la Alfarería
(Naval, Huesca).
Los arrieros ejercían
un oficio ciertamente peculiar. No era todo montarse en un
animal y, ¡hala!, para adelante. Tenían que mamar
el oficio desde chicos, aprender rápidamente a tratar
y aparejar a los animales, a sujetar y proteger las mercancías
que portaban, a negociar con los proveedores y a ganarse a
los clientes, a conocer los precios y sus fluctuaciones. No
se podían quedar desabastecidos ni adquirir más
género del que pudieran vender.
Además, no les quedaba
más remedio que aprender a lidiar con la casi imprevisible
climatología del Alto Aragón, tan propensa a
cambios bruscos. La exposición a condiciones que iban
desde un sol de justicia a nevadas «de las de entonces»,
pasando por lluvia, niebla, tormentas o ventiscas, formaba
parte de lo que hoy se conocería como su ambiente
laboral normal (Figura 6). Por no hablar de la orografía
a la que se solían enfrentar. Ya lo dice la copla popular:
«Las coplas todas de
altura
son las del Alto Aragón,
detrás de un monte, otro monte,
lo mismo que el anterior»
O en la traducción
que hizo Manuel Domínguez de la canción De
cap tà l'immortèla (Nadau, L'immortèla,
1978) y que aparece en la canción Hacia la flor
de nieve de la Ronda de Boltaña (disco La
huella que el tiempo deja, 2014):
«Tras el tozal,
otro tozal, otro tozal… y otro tozal»

Figura 6. El día a
día de los arrieros: condiciones climáticas
y orográficas
duras. Autor desconocido. Fondos UCM.
Del éxito de un viaje
dependía parte del sustento de la familia durante un
periodo de tiempo, pues el arriero compraba en la Tierra Baja
una serie de productos para vender o cambiar por otros en
la Montaña. Durante el viaje llevaba consigo todo el
dinero que había podido obtener con las ventas y/o
los productos que había obtenido a trueque; por otra
parte, sus caballerías representaban una parte importante
de su patrimonio. El viaje era largo, muchas veces de noche,
bajo una climatología adversa y con los animales bien
cargados (Figura 7). Un accidente, un mal negocio, un robo,
la posibilidad de ser asaltados por bandidos o detenidos por
la Guardia Civil en los tiempos del estraperlo…, cualquier
imprevisto podía tener un fuerte impacto en la economía
del arriero y su familia.

Figura 7. El día a
día de los arrieros: machos bien cargados. Fondos UCM.
Entre los arrieros del Alto
Aragón, las disputas, desencuentros y piques comerciales
debieron ser excepcionales, incluso entre aquéllos
cuyas rutas se solapaban parcial o totalmente; de hecho, hasta
la fecha, no he encontrado ningún documento o testimonio
que indique lo contrario. Bien al contrario, entre ellos existía
una relación cordial, que no solo se limitaba
a las partidas de cartas que compartían cuando coincidían
en un mismo pueblo sino que, en ocasiones, se traducían
en actos casi heroicos de solidaridad, y algún que
otro ejemplo ilustrativo aparecerá en capítulos
posteriores. Una de las principales razones que explican esta
ausencia de conflictividad era, sin duda, la proverbial discreción
de los arrieros, que solían atenerse al refrán
de «no preguntes al arriero si pierde o gana, sino
si vuelve y carga». Por otra parte, era importante
no hablar nunca mal de nadie ya que, aunque no lo parezca,
los arrieros sabían que en el camino hasta los bojes
tenían oídos.
Aunque todos estos aspectos
tenían una importancia innegable, hemos dejado los
más destacados para el final: autoestima y compenetración
con las caballerías. En efecto, los arrieros necesitaban
una moral a prueba de bombas, confianza en sus posibilidades
y, ante todo, sentirse a gusto consigo mismos. Esta última
cualidad era muy importante y queda perfectamente descrita
en uno de los escasísimos estudios dedicados a la arriería,
cuando un padre le da a su hijo el siguiente consejo: «Muchos
son los ratos que vas a pasar solo en este oficio.
Aprende a ser tu mejor compañero y a recibir apaciblemente
los sufrimientos que te tenga asignada la vida»
(García, 2002). Y tenían que conocer perfectamente
a sus caballerías, sus hábitos y defectos, sus
posibilidades y necesidades (Figura 8).

Figura 8. La mula: el camello
de los Pirineos. Fotografía: Burton Holmes.
Fondos UCM.
Finalmente, En su página
web, Juan Manuel Grijalvo se preguntaba ¿Cuánta
carga puede llevar un burro? y su conclusión
era que dependía de muchos factores, siendo uno de
los más importantes el arriero en cuestión:
«Vayamos
por partes. En primer lugar, depende del burro. Puede ser
grande o pequeño, joven o viejo, fuerte o flojo, burro
o burra, etcétera. También influye la naturaleza
de la carga. A igualdad de peso, no es lo mismo llevar paja
que piedras. Luego está el camino; si es bueno o malo,
si es cuesta arriba, etcétera. Y no olvidemos las albardas.
Han de ser cómodas de llevar y tan ligeras como sea
posible.
Repasando
lo dicho, vemos que casi todo se puede controlar en alguna
medida. El burro es el que es, pero si está bien alimentado
y bien cuidado, trabaja mejor. En cuanto a la carga, el arriero
ha de equilibrarla: si está bien distribuida, el burro
puede llevar más. Los caminos también son los
que son, pero como todos llevan a Roma podemos escoger el
que más nos convenga. La sabiduría popular nos
dice que lo mejor es dejar que lo elija... el burro, naturalmente.
En otros tiempos, para trazar una carretera soltaban uno y
la hacían por donde pasaba el animalito. Ahora, como
quedan tan pocos, hay que contratar ingenieros. Y por último,
podemos decir que a más albardas menos carga útil.
Por eso han de ser ligeras.
Al estudiar la cuestión, hemos hallado un factor importante
que no estaba en la pregunta, a saber, el arriero. Si es competente,
sabrá cuánto puede exigir a cada burro, cómo
repartir la carga entre ellos, cómo hablarles, por
dónde ir, el peso adecuado de las albardas, etcétera.
No se puede subestimar la importancia del arriero en la correcta
gestión de la recua» (http://www.grijalvo.com/articulos/taburro.htm).
Ford subrayaba lo bien que cargaban los arrieros a sus caballerías:
«Van muy cargados, pero científicamente, si así
puede decirse. La carga de cada uno se divide en tres partes,
una colgada a cada lado del lomo y otra en medio. Si no está
bien equilibrado el peso, el arriero lo descarga o lo arregla,
añadiendo una piedra a la parte más ligera,
compensándose el aumento de peso que esto supone con
la comodidad que representa el llevar una carga igual».
La importancia de la correcta distribución de la carga
en una caballería o en un medio de transporte con tracción
animal es evidente incluso en nuestros días (Figura
9). En muchos lugares del planeta este tipo de transporte
sigue totalmente vigente (Figura 10).

Figura 9. Magreb actual.
Ejemplo de que hay que saber calcular bien la carga
que puede soportar una caballería. Fondos UCM.

Figura 10. Viejo sistema
de transporte para mercancías más modernas.
Magreb
actual. Fondos UCM.
El arriero se sentía
orgulloso de poseer buenas caballerías
«bien vestidas, bien calzadas, limpias y cuidadas»
(Figura 11). Los animales constituían
su seguridad, su orgullo y todo un símbolo de su identidad.
Por su parte, las caballerías han salvado la vida de
muchos arrieros ya que daban aviso de prácticamente
cualquier peligro.
«Cuando las nieblas, por ejemplo, era muy fácil
estrellarse los sesos, pero quien se confiaba a ellas iba
seguro, porque parecía que iban hasta olisqueando el
camino». Así, cuando
el arriero iba por esas montañas «y
se liaba a llover o nevar, allí no había otra
cosa que poner en la inteligencia de las caballerías
la vida de uno, porque en ello te iba el salvarse o fenecer.
¡Esa era la arriería, sí señores!»
(García, 2002).

Figura 11. Caballerías
“bien vestidas”. Autor desconocido. Fondos
UCM.
5. El atuendo del arriero
Era fácil reconocer
a los arrieros, no solo por su estampa
típica, con las caballerías y las mercancías,
sino también por su vestimenta. En algunas zonas de
gran actividad arriera, como La Maragatería (León)
era particularmente llamativa e incluso fue precedente de
la del gaucho argentino; sin embargo, en el Alto Aragón
era mucho más discreta (Figura 12).

Figura 12. Arriero mostrando
su vestimenta característica, en la que destaca el
chaleco, la faja y la tralla. Autor desconocido. Fondos UCM.
La parte oculta
solía consistir en unos calzoncillos blancos, hasta
los tobillos y fabricados de un lienzo muy fuerte, y una camiseta
cerrada al cuello con botones, de mayor o menor grosor, dependiendo
de la climatología. Encima, e independientemente de
la estación del año, llevaban unos pantalones
de pana fuerte, muy resistente, idónea para la carga
y descarga, y un chaleco con un bolsillo grande con cierre
para guardar la cartera con el dinero y los documentos que
se pudieran necesitar. Otro elemento característico
era la faja, consistente en un trozo de tela de unos veinticinco
centímetros de anchura y dos metros de largo, que se
liaba bien apretada y con la que se protegían el vientre
y los riñones del frío y de los esfuerzos. Cuando
hacía frío, se abrigaban con una chaqueta de
pana y si hacia viento, llovía o nevaba, hacían
uso del capote. Y no hay que olvidarse de la clásica
manta barreada, tan útil que se llegó a decir
que para un arriero su manta era su casa. La cabeza se cubría
con una boina, elemento que formaba parte de la fisonomía
facial del arriero hasta el punto de que varias esposas e
hijas de arrieros me han comentado que no reconocerían
a su esposo/padre sin ese elemento. En algunas circunstancias,
se rodeaban el cuello con un pañuelo o bufanda. Un
complemento inseparable eran las alforjas, en las que llevaban
pan, longaniza, chullas… y el vino. Como dice uno de
los últimos arrieros de Naval, «más
valía vino caliente que agua fría»
para esto de andar por esos caminos.
6. Referencias
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Aragón. Mira Editores, Zaragoza.
Arcediano, El. 1954.
Navatero. El Cruzado Aragonés, 1802
(1 de mayo de 1954), Barbastro.
Arcediano Domer. 1684.
Discursos histórico-políticos,
Zaragoza.
Arnal Cavero, P. 1953.
Refranes, dichos, mazadas… en el Somontano
y montaña oscense. Institución Fernando
el Católico, Zaragoza.
Ford, R. 1845. Manual
para viajeros por España y lectores en casa,
observaciones generales sobre el país y
sus ciudades, costumbres de sus habitantes, su religión
y sus leyendas. Turner (edición de
1988), Madrid.
García, I.
Arrieros en la Serranía de Ronda, Alpujarra y
Campo de Gibraltar. Historias de posadas, caminos, ferias
y contrabando. Guadiaro, Granada, 2002.
Irving, W. 1832. Cuentos
de la Alhambra. Edición de 1998. Espasa-Calpe,
Madrid.
Lisón, J.C.
1986. Cultura e identidad en la provincia de Huesca.
Caja de Ahorros de la Inmaculada, Zaragoza.
Madoz, P. Diccionario
geográfico-estadístico-histórico
de España y sus posesiones de Ultramar.
Madrid, 1845.
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