




BUERBA.
Los miembros de La Ronda de Boltaña no son sólo herederos del oficio de músicos. Pretenden mantener vivo un espíritu y un sonido que casi se había apagado en los valles sobrarbenses.
La gente, se iba de las montañas y se llevaban la música y las rondas. Además, las ideas de lo tradicional se ceñían a un solo modelo en el que muchos instrumentos y melodías quedaban arrinconados. La Ronda también ha estado este año en la fiesta de San Miguel de Buerba.
Va a empezar el baile de la tarde y hay alguien que lo espera con especial emoción: Gabriel Vitales fue músico del pueblo. Violinista, hasta que se casó y se fue a Monzón, donde trabajó 25 años. Ya jubilado, vuelve siempre que puede a su casa. En la víspera, ha participado en la ronda, pero ahora está muy atento porque se baila el Cascabillo. Empieza a tocar La Ronda de Boltaña. En la plaza se forma un gran corro que se hace impenetrable cuando algún danzante trata de romperlo. La música, circular, va creciendo hasta que, de pronto, los del corro eligen a su "alcalde" y lo levantan por encima de sus cabezas. Gabriel Vitales sonríe desde arriba.
"Hasta que no empezamos a tocar en la calle no nos dimos cuenta del valor que tiene el hecho en sí", explica Manuel Domínguez, uno de los cuatro miembros de La Ronda que han acudido este año hasta el Valle Vió, junto a Ignacio Pardinilla, Julián de L'Albeitar y Sarrablo. En 1992 la Ronda actuó por primera vez en las fiestas de San Pablo, el patrón invernal boltañés. Tocaban en el "palotiau" y decidieron recuperar una tradición extinguida: la de la ronda por las calles. Lo hicieron con todas las consecuencias, es decir, creando algo vivo y nuevo. "Nosotros no somos tradicionales ni tampoco músicos, somos gente que tocamos instrumentos y, eso sí, hacemos cosas bonitas", dice sonriendo Pardinilla. "El sonido es tradicional, o nos parece que lo es... A la gente se lo parece", concluye Julián de l'Albeitar. "Hoy en día, por qué no pensar: vamos a utilizar los mismos moldes, el mismo acto, pero para de- cir cosas nuevas; La música tradicional siempre ha tenido varias funciones: la fiesta en la calle, el baile (sobre todo) y también la de transmitir noticias, historias... Eso se había perdido. Estamos quizás más cerca de un fenómeno de hace menos años, como el de los cantautores que de un fenómeno folk", opina Domínguez. "Lo importante en nuestras canciones es el mensaje", apunta Sarrablo. "El mensaje que dicen las letras y el de que hoy estamos aquí", completa Domínguez. El suyo es un compromiso con las gentes y los pueblos del Pirineo. "Nunca hemos dado un paso atrás en la defensa de la montaña pero algunos nos quieren encasillar con temas como el del agua. Nosotros queremos hablar de la vida. No nos hemos centrado en temas reivindicativos".
En la actualidad, La Ronda la forman nueve músicos. Todos varones. "Aunque La Ronda parezca tan misógina, en absoluto es así. Simplemente todos los que tocábamos éramos hombres", dicen. Ellos afirman querer contar cómo ven el país y por qué quieren vivir en él. "Somos un cruce entre dos territorios: por un lado podemos tener más en común con nuestros vecinos franceses, catalanes o vascos pero, por otro, con la gente del llano nos unen otras cosas, sobre todo la voluntad de ser aragoneses".
En Buerba ha anochecido. Alumbrados por velas de cumpleaños y pequeñas pantallas de vídeo digital, La Ronda sigue tocando. Poco a poco, las voces se van levantando hasta el grito final de "País Perdido", el himno de Sobrarbe.
D. GALINDO