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LA RONDA MONTAÑESA
Pocas cosas hay tan emocionantes, como sentir la magia de las montañas penetrar en los pulmones confundida con el aroma del boj y del pino, oírla cómo se fusiona con el rumor del río Cinqueta sorteando rápidos y acariciando piedras milenarias. Contemplarla reflejada en aguas cristalinas bebidas siglo tras siglo por parejas de enamorados de Chistén para apagar su sed de pasión.
A la magia de la montaña se la ve en las cumbres de Cotiella y de la Peña Montañesa, deslizándose por sus laderas hacia Entremón, hacia Laspuña y Badaín, llevada por la neblina de los atardeceres otoñales. Se la siente bajo el dolmen de Tella, fiel testigo del paso del tiempo, cruzando por estos parajes de belleza interminable hacia las cumbres de Monte Perdido y los bosques y cascadas de Ordesa. Navega desde el valle de Pineta entre las aguas del Cinca bajando hacia Aínsa y Mediano, remansándose en pantanos bajo los que naufragaron los sueños de adolescentes a los que fascinaban las profundidades de los mares lejanos.
Esta magia está en constante ebullición bajo la tierra del cementerio de Saravillo, donde la leyenda mantiene viva la llama de personajes inolvidables, como Mosén Bruno Fierro, mucho más venerado en estos lares que afamados santos oficiales de la tierra baja.
Es el sentimiento que, cada primavera, reverdece con la albahaca de las huertas y balcones, invitando a la fiesta en todos los pueblos del Alto Aragón, propiciando la ronda que lleva música y amistad de casa en casa y de pueblo en pueblo. Es el recuerdo por los pueblos
vacíos como Sieste, Ascaso, Margudgued y Aguilar, por las casas derruidas y las haciendas yermas de Santa Justa, de Fumanal o Pamporciello, lugares en los que ya sólo habitan tenaces relojes de sol que cuentan el tiempo que falta por ver volver a los que se fueron.
Es la magia de la música del laúd que tocaba el abuelo Angel de casa Gabás con sus hermanos y amigos, cuando aún eran jóvenes, en Señes y Serveto, en Plan y en San Juan. Es el sonido de la gaita que despertaba en la mañanada a los
recién casados haciendo sentir sus ecos por los valles, solanas y sobremontes. Es esa misma música de la Ronda de Boltaña que, con sonidos de viejos palotiaus y melodías sorprendentes como "Habanera triste" y "Luz de otoño", inunda como un viento rondador los corazones y atenaza las gargantas al rememorar los viejos lugares que nos vieron nacer y crecer.
Es la magia de haber conocido la montaña, de haberse enamorado de ella y de no poderla olvidar nunca jamás.
Jose Luis Solanilla
Heraldo de Aragon
23-Noviembre-1.996
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